Infiltrarme en la Universidad Queen Mary fue mucho más fácil de lo que había imaginado. Tenía la edad perfecta para ser una estudiante y me había esforzado por lucir como si perteneciera a ese lugar. Llevando un par de folletos que tomé del hall de entrada, nadie me detuvo cuando traspasé las puertas.
-¿Puedo ayudarte? -me preguntó la recepcionista del congreso cuando me acerqué. Esperaba que no notara las sombras debajo de los ojos o mi incomodidad al sonreír. Frente a ella, tenía una pila de carpetas y tarjetas de plástico dispuestas por orden alfabético. Paseé la vista por la selección y me decidí por "Ann Peters". Luego eché una mirada fugaz por encima del hombro para controlar que no hubiera nadie detrás que pudiera delatarme.
-Hola, soy Ann Peters.
Con una sonrisa cálida, me extendió la identificación y el material del congreso sin otro comentario. Pero, en realidad, ¿quién iba a entrar sin autorización a un encuentro sobre -leí el artículo- Modelado del cambio climático? Reprimí un gruñido mientras imaginaba una banda de tragalibros desfilando por una pasarela con una gran variedad de impermeables y anteojos de sol.
-La primera conferencia comenzará en una hora pero puedes ir a la cafetería o visitar la exhibición en la biblioteca de la universidad.
-Muy bien, gracias -me gustaban las bibliotecas: siempre habían sido mi refugio. La carpeta bajo el brazo, me dirigí deprisa hacia donde me había señalado. Confiaba en que la mujer no recordaría que ya me había llevado la carpeta de Ann Peters y, al no encontrarla, lo atribuyera a una equivocación. Pero, por las dudas, me esmeré en cambiar mi apariencia. Ingresé en el baño de damas y me recogí el pelo con un pañuelo oscuro. Luego me puse mis lentes favoritos con una gruesa armazón negra, que me daban un aire intelectual. Para lucir muy distinta del
día anterior, había elegido una camisa blanca de manga larga, una chaqueta y una falda desaliñada. El conjunto desastroso se completaba con zapatos de suela gruesa y sin aretes. Como toque final, di vuelta la tarjeta con el nombre: no deseaba toparme con la verdadera Ann y sentir vergüenza por llevar su nombre colgando del cuello. Escribí "Wendy Barrie" en el espacio libre, el primer nombre que me vino a la mente continuando con la idea de Peters. Me estudié en el espejo y decidí que podía pasar como una persona completamente diferente. Wendy, la hermana fea de la Cenicienta que había perdido el zapatito.
Todavía faltaba quitarme el maquillaje. Me saqué los lentes, me mojé el rostro y lo sequé con una toalla de mano dejando mi piel limpia. Hasta yo podía darme cuenta de que sin máscara ni delineador me veía más vulnerable y cansada. Llevaba veinticuatro horas sin dormir y no había tomado más que un sorbo de agua durante las últimas doce horas. Si no terminaba eso pronto, no estaría en condiciones de hacer otro intento. Ya sabía que el líder se sentiría decepcionado conmigo; mi objetivo seguramente no había tenido tiempo de reemplazar su equipo y lo único que podría quitarle, con suerte, sería algo de dinero y el pasaporte. Mi confianza había recibido un rudo golpe.
No conseguía olvidar que ayer, el chico se había resistido a mi ataque. Ahora que sabía lo que podía ocurrir, tal vez ya no tendría esos pocos segundos de tiempo suspendido. Sin embargo, si no lograba robarle algo, moriría de sed: eso hizo que mi mente se concentrara como nunca.
Respiré hondo para calmar mis nervios temblorosos, consulté el plano que se hallaba en la portada del programa del congreso y me dirigí a la biblioteca. No tenía la menor intención de ver la muestra pero había decidido que sería el mejor lugar para espiar a las personas que asistían a la conferencia. Encontré un rincón tranquilo en la sección de leyes ambientales, tomé un libro del estante y lo coloqué delante de mí, una barrera frente al resto del mundo. Desde allí, tenía una buena visión: podía divisar el patio -donde la cafetería estaba haciendo un buen negocio con los cafés y las croissants matinales- así como la exhibición, que todos deberían estar recorriendo.
Mi estómago rugió comunicándome que tenía hambre, pero una obstrucción en la garganta me advirtió que no comiera.
Cómo sería, me pregunté mientras observaba a los estudiantes reunidos bajo el sol, acceder a semejantes oportunidades como viajar, tener amigos, una educación. Esbeltas y elegantes como dos gacelas en la llanura, las dos chicas con quienes había conversado en el estadio atravesaron mi campo visual. Eran de una especie diferente a mí, seres superiores que ignoraban la suerte que tenían. También había un buen número de elefantes: chicos torpes que no sabían qué hacer con sus miembros o cómo bajar las pilas de libros. Ellos me resultaban menos intimidantes. Un muchacho asiático, bajito, acechó entre la multitud: un ave zancuda en medio del lago picoteando trozos elegidos aquí y allá. Y luego hizo su aparición el leopardo rondando en medio del grupo con el movimiento fluido de los grandes felinos y se quitó la mochila con un balanceo de los hombros. Exhalé el aire que no sabía que estaba conteniendo: mi objetivo. Se sentó junto a las gacelas y aceptó un trozo de croissant que le ofreció la castaña. Conversaron y rieron juntos con toda naturalidad. ¿Cómo podían hacer amigos con tanta facilidad? ¿Acaso no sabían que no se podía confiar en nadie? Observándolos desde afuera, envidié ese compañerismo tan natural, pero, al mismo tiempo, sentí algo de recelo. Ninguna de las personas que yo conocía se comportaba de esa manera.
Una vez que bebieron el café, los tres se encaminaron hacia donde yo me encontraba. Cuando mi leopardo se detuvo brevemente para decirle algo al ave zancuda, me encogí detrás del libro. Sería perfecto que entraran a la biblioteca: podría hacer mi trabajo sin llamar la atención. Espiando por arriba del libro, comprobé que había dejado su mochila al cuidado del estudiante asiático. Experimenté una ola de fastidio: parecía como si lo hubiera hecho a propósito para desbaratar mis planes. De modo que me vas a complicar las cosas, amigo, pensé.
Al ingresar, las voces de su charla se extendieron por la atmósfera de la biblioteca. Ya había notado que, fuera del período de clases, el lugar estaba vacío, los estudiantes estaban de vacaciones y ninguno de los otros participantes del congreso demostraba interés en entrar y alejarse del sol.
Mis tres objetivos rodearon los tableros de anuncios.
-Toshiro, ¿ya les contaste a tus padres acerca de tu iPad?- preguntó la gacela pelirroja tocándole el brazo.
Toshiro. Así que ese era su nombre.
-Anoche. Pero está todo bien, Riruka. Por suerte, era un obsequio. Era de una generación de iPads que Apple me había dado para evaluar -tenía una voz increíble, seductora. Podría escucharlo durante horas aunque estuviera recitando la guía telefónica.
-Guau -ella lo observó con adoración. Tuve un extraño impulso de darle una bofetada para sacarla de su aturdimiento.
-Sí, se suponía que tenía que ser un secreto -se alejó un paso, algo avergonzado al sentir que había acaparado la atención de su amiga-. Como no fue robada sino que quedó destruida, eso molestará menos a la compañía que si la ladrona hubiera logrado arrebatármela. Es probable que estén enojados, pero no conmigo.
Al menos eso podría explicar la insistencia del líder de conseguir el equipo de ese chico: un nuevo modelo de cualquier aparato de Apple valdría una fortuna.
La chica escandinava se detuvo delante de la foto del derretimiento de icebergs.
-Qué miserable esa ladrona. ¿Por qué escapar con tus cosas para luego quemarlas? Eso fue realmente una maldad.
-No sé por qué haría algo semejante -comentó él alzando los hombros-. Probablemente estaba drogada... ya sabes, colada hasta las cejas.
Jamás. Ya tenía suficientes problemas como para agregar una adicción a la lista.
Riruka frunció el ceño.
-Pero hizo un buen trabajo... yo ni siquiera noté el arrebato, ¿Y tú, Momo?
-No. Todo fue muy raro. Hey, miren esto -los arrastró hacia el tablero del otro extremo. Al quedar de espaldas a mí, aproveché su distracción y me levanté para marcharme esperando poder acercarme a su mochila mientras él se encontraba en la sala.
Salí al exterior y estudié la cafetería para ver si era el sitio adecuado para uno de mis asaltos. No me tomó mucho tiempo constatar que había demasiada gente y que el lugar estaba rodeado de cientos de oficinas. ¿Funcionaría el antiguo método de acercarme y tomar el botín? Los auriculares en los oídos, la cabeza hacia atrás para disfrutar del sol, el chico asiático estaba sentado sobre el bolso como una gallina sobre un huevo. Podía imaginar el alboroto que provocaría y me hallaba demasiado lejos de la salida como para estar segura de que lograría escapar del predio. Revisando el horario, descubrí que tenían un seminario a las once en una sala más pequeña. Nunca había tenido la posibilidad de asistir a la universidad pero, por lo que había podido ver en televisión y en cine, los seminarios eran más reducidos que las conferencias. Como mi poder funcionaba sobre un máximo de treinta personas al mismo tiempo, esa me pareció la mejor oportunidad.
Confiaba en que mi disfraz habría que nadie me relacionase con la ladrona del día anterior, seguí a los estudiantes del congreso hasta la charla introductoria. Ubicada en la última fila, me sentí como si estuviera en el piso superior de un autobús observando a las personas que se encontraban abajo sin escuchar bien lo que decían pero disfrutando de la esperiencia de husmear en la vida de los otros. Las dos profesoras conversaban animadamente en el frente mientras realizaban una presentación con imágenes cual hábiles estafadoras atrayendo con su discurso a la multitud. No me habría sorprendido que terminaran invitándonos a todos a poner dinero para comprar un tiempo compartido en Tenerife, Pero concluyeron sin ofrecernos nada. A mi entender, una oportunidad perdida: a esas alturas, cualquier miembro de la Comunidad habría logrado quitarles a los estudiantes todo el dinero que llevaban encima.
El público salió en fila de la sala diciendo a qué grupos de dirigiría a continuación.
-Yo voy a ir a "Evidencia Científica" -declaró Gacela Riruka alegremente-. ¿Ustedes qué van a hacer? ¿Momo?
-Estaba pensando en "Impactos Humanos" -respondió Momo posando sus ojos esperanzados en Toshiro, que había reemplazado las gafas de sol por unos lentes divinos sin armazón.
¿Divinos? ¡Contrólate, Karin!
-Yo me decidí por "Impacto en el Ecosistema" así que nos vemos después -anunció Toshiro y dobló hacia la izquierda al final del corredor.
Las dos chicas se veían molestas por haber elegido incorrectamente. Casi me eché a reír: eran tan transparentes en su deseo de acaparar al mejor chico del grupo. Toshiro, por su parte, no pareció lamentar liberarse durante un rato de los intentos más bien obvios de las dos gacelas de convertirlo en su romance de congreso. Llegué a la conclusión de que no sabía bien cómo manejar esas señales tan claras de interés femenino. Pobre chico guapo y grandote, pensé con una sonrisa de suficiencia mientras partía trás él.
Nosotros, los interesados en los Impactos en el Ecosistema (acababa de elegir ese grupo), nos ubicamos en una salita del primer piso, en uno de los edificios más antiguos de la universidad. Me senté cerca de la ventana y detrás de mi objetivo. Ese piso tenía un balcón que daba a un espacio verde, donde había una torre con un reloj blanco: un toque de elegancia decimonónica en medio de Mile End Road. Al otro lado de un muro bajo y blanco, tenía la visión tranquilizadora de mi mundo: los automóviles, los taxis y los transeúntes. No podía actuar hasta que todos hubieran llegado para que no me interrumpieran, de modo que conté lentamente la cantidad de personas que cruzaba la puerta y comencé a preocuparme cuando llegué a veinticinco. El sudor comenzó a correr por mi espalda: todavía faltaba el disertante y ya casi habíamos llegado a mi tope máximo.
Y, en ese momento, mi leopardo decidió mostrarse amable.
Toshiro se dio vuelta y sonrió. Probablemente, había pensado que estaría a salvo conmigo ya que era la única chica que todavía no le había pedido su número de teléfono.
-Hola, mmm... -echó un vistazo a mi tarjeta-, Wendy. Llegaste hoy, ¿verdad? -un sonido agradable y pleno de humor que me provocó deseos de ronronear como una gata contenta.
-Sí -mi voz salió como un suspiro: no era mi culpa, ya que hacía siglos que no bebía nada.
-¿Algún parentesco?
-¿Perdón?
Señaló mi nombre con un lápiz.
-Para J. M. Barrie. Ya sabes, ¿Peter Pan y Wendy?
¿Lo sabía? ¿Ese genio de la ciencia sabía que el libro se había publicado por primera vez con los dos nombres en el título? Pensaba que solamente las personas marginadas como yo que rondábamos los oscuros rincones de las bibliotecas públicas nos interesábamos en esos misterios. Pero estaba esperando una respuesta. No podía continuar observándolo boquiabierta como un pez en la orilla.
-Eh... no. Ojalá.
-¿De qué escuela vienes? -me miró como si pensara que me conocía pero no pudiera recordar de dónde.
Recurrí al primer lugar que me vino a la mente.
-Newclaste... eh... Escuela de Mujeres.
-Newclaste. Eso está al norte de Inglaterra, ¿verdad?
-Ajá -Wendy no diría "ajá"-. Sí, cerca del límite con Escocia.
-Nunca estuve ahí -eso era un alivio. Teniendo en cuenta cómo me estaba acompañando la suerte, podría haber tenido parientes cercanos en mi lugar de nacimiento-. ¿También vas a la universidad allá?
-Mmm... sí -me esforcé por buscar un sitio que él no conociera-. Aberdeen.
-Genial. Ahí tienen un departamento de Geociencia fabuloso, que está llevando a cabo investigaciones realmente innovadoras relacionadas con la extracción del petróleo. ¿Leíste el último trabajo sobre el almacenamiento de CO2? No.
-Por supuesto. Por eso me anoté ahí. Soy la reina de la Geociencia. El petróleo... eh... la atracción es tan fascinante -cierra la boca, Karin.
-Querrás decir extracción, -me corrigió Toshiro, lanzándome una mirada de escepticismo.
-Perdón, fue un lapsus. Extracción.
Continuaba observándome con recelo.
-¿Y en qué curso estás?
-Geociencia -obvio, era una buena manera de no meter la pata.
-Claro, pero dentro de eso tienes que elegir una especialización, ¿no?- ¿Sí?
-Bueno, yo pensé que podría concentrarme en la parte de Geo para empezar -eso sonó como una estupidez-. Quiero decir, Geografía- ¿era eso la Geociencia? Ni idea.
Mi respuesta pareció satisfacerlo. Me sentí como alguien que acababa de evitar un choque automovilístico frenando a último momento, los neumáticos continuaban chirriando dentro de mi cabeza.
-En otoño, voy a estudiar Ciencias Ambientales en Berkeley pero también echaré un vistazo al programa de Geografía, así que tenemos mucho en común -volteó hacia el frente en el momento en que ingresaba la profesora. ¿Sí?
-Eh... sí, qué interesante. Berkeley.
Echó una mirada por encima del hombro.
-California.
Por su expresión expectante, supuse que era algo que debía saber.
-Claro. He oído hablar de Berkeley. Por supuesto.
Perfecto: había confirmado su impresión de que Wendy era una idiota que no debería estar estudiando Geografía ya que no sabía dónde quedaba Berkeley.
La profesora, una joven india, se dirigió al frente de la sala y levantó la mano hipnotizándome con el tintineo de sus infinitos brazaletes. Yo nunca usaba esas cosas pues eran un obstáculo en los robos.
-Hola a todos. Soy la doctora Sharma. No saben lo encantada que estoy de ver que tantos hayan elegido esta opción.
Yo no: según mis cálculos, éramos treinta y dos. Nunca había intentado paralizar a tanta gente al mismo tiempo.
-Todos ustedes han sido elegidos porque son los mejores estudiantes de ciencias de sus universidades o escuelas: las estrellas más brillantes, que esperamos que nos alumbren durante las próximas décadas. Y, como ya saben, en los Impactos en el Ecosistema es donde estará la acción para los científicos innovadores. Comenzaremos haciendo una mesa redonda para conocernos un poco más.
Mejor no. Tenía que detener eso antes de que me hiciera hablar a mí. Cerré los ojos y busqué los patrones mentales del grupo. Recibí un rumor general en azules y verdes fríos, imágenes de montañas y ríos pasaron con rapidez; un par de chicas tenían el rostro de Toshiro flotando ensoñadoramente por sus praderas; mi objetivo estaba atrapado en una zona blanca y negra, mi aspecto de ayer se mezclaba con el de hoy.
Diablos, estaba descubriendo mi juego: la sospecha provocaba una fractura de llamaradas anaranjada en el blanco y negro.
-La chica del fondo... lo siento pero no sé tu nombre... ¿te encuentras bien?
Cuando abrí los ojos, me di cuenta de que la doctora Sharma se dirigía a mí. Los esquemas mentales reunidos tan cuidadosamente se dispersaron como ovejas escapando del redil. Asentí.
-Menos mal, porque suelo dormir a mis alumnos pero después de hablar un poco, no antes de comenzar.
El público río educadamente.
-Sí... eh... lo lamento -dije vacilante.
-¿Comenzamos entonces? Tal vez el alumno que se encuentra delante de ti podría presentarse.
De una sacudida, Toshiro emergió de sus propios pensamientos.
-Sí, doctora, con todo gusto.
Me habría encantado escucharlo, pero tenía una misión que cumplir. Extendí mi mente para reunir los hilos de los pensamientos del grupo, los atraje hacia mí y luego...
Todo se detuvo. Funcionó... por un segundo. Alguien estaba resistiéndose, intentando desengancharse de mi trampa y no tuve que mirar para saber de quién se trataba. No tenía tiempo de revisar sus pertenencias: simplemente tomé el bolso y salí corriendo. Al instante, tropecé con las piernas del chico sentado enfrente, que estaban estiradas sobre el pasillo.
…
Me quedé quieta. ¿Alma gemela? Tenía que estar bromeando: eso era un cuento de hadas.
-Entonces sabes lo que significa -rozó mi cuello y me estremecí. Mi cuerpo lo reconocía a pesar de que mi mente continuaba aullando que debía largarme de ahí-. Pensé que quizás no lo sabías. El alma gemela de mi hermano no estaba enterada de nada. ¿Eres una savant?
Alcancé a oír sonidos en el corredor, que pertenecían al resto del grupo del seminario, que había salido en busca de los dos miembros errantes. Asentí
Alguien se acercaba a nuestra sala.
-Si te permito levantarte, ¿les decimos que es una broma?
Volví a asentir mientras planeaba arrojarme por la ventana tan pronto como me soltara.
-Pero tienes que prometerme que no harás ninguna estupidez como tratar de escapar de mí.
Maldición.
-De acuerdo -respondí. Al menos, si conseguíamos fingir que se trataba de una broma, ganaría un poco más de tiempo.
Cuando deslizó la mano hacia abajo para tomar la mía, se topó con el vendaje.
-¿Yo hice eso?
No contesté.
-Lo siento. No podía dejar que te llevaras esas máquinas... no eran mías. Pero admito que perdí el control. Si no consigo dominar mis emociones, mi don se me va de las manos. Ayer realmente me enfureciste.
¿Entonces no había disfrutado de prenderme fuego? Yo había visto su mente: sabía que le había gustado burlar a la astuta ladrona.
Tomándome del codo, me ayudó a ponerme de pie justo en el momento en que la puerta se abrió de golpe.
-¿Qué está ocurriendo aquí? -la doctora Sharma se detuvo en la entrada con expresión exasperada.
Toshiro se colocó delante de mí en actitud protectora.
-Por favor, doctora, acepte nuestras disculpas. Wendy y yo somos viejos amigos y, cada vez que nos vemos, ella tiene la costumbre de burlarse de mí llevándose mi bolso -se encogió de hombros-. Comenzó en el primer curso robándome las golosinas y ahora se lleva la mochila entera. Sé que es algo infantil.
-Los dos me han decepcionado. Este congreso no es para niños sino para jóvenes... compórtense como chicos de su edad.
Al sentir que me tambaleaba, Toshiro deslizó la mano hacia la cintura y me sostuvo.
-Tiene razón. Ha sido muy clara. Por favor acepte nuestras disculpas.
-Regresen al seminario así podemos trabajar -se alejó impaciente con un revoloteo de su chaqueta holgada color turquesa.
-No puedo volver a entrar allí -susurré mientras Toshiro me empujaba con él.
-Sí, puedes. Hay un receso a las doce y podremos decidir qué hacemos entonces.
-No sé nada de eso a lo que te dedicas.
Hizo una mueca burlona. Quedaba claro que estaba disfrutando de la situación y no le resultaba una pesadilla como a mí.
-Eso imaginé... la reina de la Geociencia.
Aparecieron manchas negras en mi visión y sacudí la cabeza.
-¿Estás bien?
No, no estaba bien. Ladrona. Alma gemela. Desastre. Tenía tanta sed que no podía pensar. Me lamí los labios resecos.
Toshiro me condujo de regreso a la sala del seminario tomándose en broma los comentarios de su abrupta partida.
Repartió disculpas como un señor benévolo desparramando monedas de oro a manos llenas y me arrastró hacia el asiento contiguo al de él sin dejar de sujetarme el brazo.
-¿Tienes esposas? -masculló por lo bajo esperando que compartiera el chiste.
Apoyé mi cabeza en la mesa mientras la profesora continuaba la clase. Afortunadamente, había abandonado la idea de la mesa redonda después de ese despliegue perturbador de entusiasmo.
Una botella de agua surgió delante de mi nariz. Bebe.
No puedo.
¿Por qué? Todavía no la abrí.
Por favor, déjame robarte algo.
Los ojos posados en mí, Toshiro guardó la botella en la mochila y me hizo una seña.
Esa botella de agua es mía. No se te ocurra quitármela.
Estiré la mano y la tomé. Desenrosqué la tapa y bebí un trago. La sensación fue maravillosa, tan buena que la tomé toda.
Después de contemplar la escena, Toshiro puso una expresión de incredulidad.
Eres rara.
Aplasté el envase vacío.
¿Y tú no?
