Una vez que concluyó el seminario, todos se retiraron, pero Toshiro no se levantó y, por lo tanto, yo también permanecí en mi lugar. La doctora Sharma fue la primera en marcharse mientras comentaba algo acerca de que los panini de la cantina no eran malos si uno llegaba temprano. Nos quedamos sentados en silencio observando el éxodo del resto de los asistentes, cuyos pensamientos estaban concentrados en el almuerzo.

Los míos también. Más allá de todo lo sucedido, estaba hambrienta. Y cansada, muy cansada. Acababa de descubrir que el cuento de hadas era real: las almas gemelas existían y esa era la mía. Siempre había imaginado que la revelación me proporcionaría una enorme excitación, como ganar la lotería, pero en cambio, me sentía triste y vacía. Sabía que Toshiro no podía ser mío aunque lo deseará más que nada en el mundo. Yo era la niña sin dinero en los bolsillos y la nariz pegada contra el vidrio de la tienda de dulces. Tenía que enfrentar los hechos: era una delincuente que nunca había ido a la escuela; él era el mejor de la clase y todo lo que lo rodeaba era honesto e inmaculado. Él vivía en los Estados Unidos y yo en un complejo poco memorable de viviendas ocupadas ilegalmente. Él era decente y tenía futuro; yo tenía ataduras con la Comunidad que serían difíciles de romper, y una especie de padre, recientemente descubierto, que me había atrapado entre sus garras. El líder tenía su propia manera de saber las cosas: no era tan fácil como decir "renuncio". Jinta me había dicho que podía desaparecer, pero yo no imaginaba cómo hacerlo. Permanecer cerca del último objetivo al que debía asaltar sería una tremenda estupidez. Cualquiera que quisiera encontrarme empezaría por mi último trabajo conocido y eso conduciría al vidente directamente hacia Toshiro.

Yo no lo merecía y no podía involucrarlo en mis problemas.

-¿Comenzamos por nuestros nombres? -preguntó Toshiro suavemente mientras tomaba mi mano vendada-. Me llamo Toshiro Kurosaki y soy de Wrickenridge, Colorado -hizo una pausa, pero no llené el silencio-. Eso queda en Estados Unidos, en las Montañas Rocallosas -permanecí callada- Tengo siete hermanos y soy el sexto. Mi hermano menor, Ichigo, encontró a su alma gemela hace pocos meses.

Sonaba bien: una familia grande, hermanos, una buena vida. Me sentí feliz por él: tenía adónde regresar.

-¿Y qué puedes decirme de ti? ¿Wendy es tu verdadero nombre?

Me arranqué la identificación: ya no tenía sentido seguir disfrazada. No podía distinguir las palabras que yo misma había escrito porque mis ojos no dejaban de dar vueltas.

-Hey, ¿qué te pasa? -tomó mi cabeza y la apoyó en su hombro. Me sentí tan bien-. Encontrarte es lo mejor que me ha pasado en la vida, ¿comprendes? ¿No te pone aunque sea un poquito contenta que sea yo?

Qué dulce era al pensar que yo estaba molesta porque mi alma gemela había resultado ser el chico más amable y lindo del mundo. Me gustó el hecho de que no se percatara cuán atractivo era para las chicas y no diera por sentado que lo encontraría perfecto. Todo eso no sería tan doloroso si hubiera sido un pobre diablo con el rostro cubierto de granitos y la personalidad de una marsopa.

-Mira, sé que es mucho que asimilar, pero tómate tu tiempo. Supongo que te debo haber resultado un poco arrogante con eso de corregirte lo de la extracción del petróleo y esas cosas.

Como si eso me afectara... No me importaba que se burlara de mí: me lo merecía por pretender ser como él y los demás estudiantes.

Me pasó la mano por atrás del cuello.

-Admito que no empezamos demasiado bien.

Ante ese comentario, lancé una risa ahogada.

-¿Lo dices porque robé tus cosas?

Su mano continuó recorriendo la piel sensible de la nuca.

-Bueno, sí, pero yo también te herí cuando hice explotar mi equipo. Lo lamento mucho. ¿Qué dijo el médico?

No podía entregarme a ese momento de debilidad, tenía que ponerme de pie y valerme por mí misma o no sería capaz de marcharme. Me aparté de su pecho, me enderecé y sequé los ojos con el ventaje.

-Está bien.

Tomó mi muñeca y observó el plástico adherente.

-No fuiste al médico, ¿verdad? -el tono de su voz se oscureció de golpe y su mente comenzó a girar en remolinos de rojos y anaranjados. Mi bolso derretido daba vueltas en medio de las llamas como un pincho sobre las brasas, mientras titilaban las malas palabras, esas que no podía proferir en voz alta por ser demasiado educado.

-Las personas como yo no van al médico -intenté retirar la mano.

-Desde ahora sí -se levantó y me arrastró con él. Desafortunadamente para mis planes de fuga, su timidez e inseguridad con las chicas se desvanecía cuando tenía que realizar una misión de rescate-. Vamos, averiguaré dónde está la guardia más cercana. Nunca me perdonaré si te queda una cicatriz.

-No voy a ir. No puedo.

Giró para mirarme, un músculo se contrajo en su barbilla mientras procuraba controlar su ira. Me pregunté si quemaría algo: me había advertido que, cuando se enojaba, le costaba dominar su don.

-Wendy, no te equivoques. Estoy dispuesto a perdonarte por tratar de robarme... ¿fueron dos veces, no? Pero si no buscas atención médica, entonces no tendré más remedio que entregarte a la policía y dejar que ellos se aseguren de que veas a un buen doctor.

¡Pero escúchenlo al señor! Su boca estaba llena de palabras largas y complicadas que demostraban que era más educado que yo. Eché la silla hacia atrás bruscamente.

-Apártate ya mismo. ¡No sabes nada de mí y de mi vida y ya estás dándome órdenes!

Me golpeó en el medio del pecho y se inclinó sobre mí: un hombre enojado de un metro ochenta. Debería haberme asustado pero el instinto me dijo que no me haría daño. Algo podría chamuscarse, pero esta vez no sería mi mano.

-Estás completamente equivocada. Sé mucho sobre ti: eres mi alma gemela. Ahora, ese dato ocupa el lugar más importante en mi vida. ¿Y en la tuya, qué?

Deseando aullar de frustración, me cubrí la cara con las manos.

-¡Vete... de una vez por todas!

Tuve que haberlo exasperado de verdad pues su furia escapaba de él como el vapor del radiador de un automóvil recalentado. Una pila de papeles que se hallaba sobre el escritorio junto a su mano comenzó a arder.

-No puedo marcharme. Estás actuando como una tonta... eres imprudente con tu propia salud -notó las llamas y enseguida las apagó con un libro que tomó del bolso- ¡Dios mío, mira lo que logras!

-¿Yo? Lo del fuego es tu problema, no el mío.

Respiró profundamente: estaba decidiendo que, en ese momento, comenzar a insultarse era muy poco productivo.

-Mira, tengo que quedarme contigo... es lo que hacen las almas gemelas, tú lo sabes. ¿Piensas que estoy feliz de descubrir que la mía es una ladrona que usa su don para estafar a la gente? -me encogí de dolor, pero no lo percibió, demasiado ocupado en exhibir lo desilusionado que estaba con su destino-. ¡Diablos, no! Había soñado con este momento, pero había, no sé, luna llena y rosas o algo por el estilo ¡y no una patada en el estómago y mil dólares en aparatos electrónicos carbonizados! ¡Por lo tanto, lo menos que puedes hacer es ir al médico para que te vea esa quemadura como yo te digo!

No necesitaba una banda militar que lo anunciara con estridencia no que él me gritara. Era normal que me despreciara. Yo me despreciaba a mí misma. Nunca debería haber permitido que su amabilidad me hiciera pensar de otra manera.

Tratando de recuperar me magullada dignidad, me puse de pie.

-Curé mi herida lo mejor que pude. No tienes de qué preocuparte.

Hablé con frialdad mientras mi cerebro discurría sobre lo que habría de ocurrir a continuación. Diría adiós, me esfumaría de alguna manera y regresaría a la Comunidad para informar que mi objetivo no tenía encima más que una botella de agua, sus objetos de valor habían sufrido un extraño accidente. Eso resultaría. Recibiría mi próximo castigo y después... En ese punto, mi imaginación dejó de funcionar. El Adivino me mataría o me entregaría a uno de sus seguidores en algún tipo de arreglo matrimonial. No protestaría ni diría nada. De esa forma, nadie llegaría a sospechar que había encontrado a mi alma gemela: era la única manera de protegerlo. Toshiro podría tomar su avión de regreso y ser un científico exitoso o lo que quisiera, quizás no tan feliz como hubiera sido si yo resultaba ser una gacela en vez de una rata apestosa, pero al menos tendría una vida que valía la pena vivir.

Los brazos cruzados, Toshiro se interpuso entre la puerta y yo.

-No es suficiente, Wendy. Hice explotar mis dispositivos y eso te lastimó, así que soy responsable de la curación.

-Esta vez no. No es un problema que tú debas arreglar.

Esbozó una sonrisa forzada.

-Eso es exactamente lo que es.

Cambié de opinión: no era agradable sino un idiota.

-Bueno, gracias por el comentario. Fue un placer conocerte. Realmente me tengo que ir -me dirigí hacia la salida.

-No puedes irte.

Me quedé mirando el cartel contra incendios pegado detrás de la puerta.

-¿Qué piensas hacer? ¿Arrojarme al suelo? Ah, me olvidé que eso ya lo hiciste.

La puerta se abrió antes de que pudiera llegar hasta ella y retrocedí. Momo y Riruka se asomaron por la abertura.

-Toshiro, ¿por qué te demoras tanto? -preguntó Riruka y su expresión alegre cambió al notar mi presencia-. Ah, hola, perdón, ¿interrumpimos algo?

Toshiro tomó su mochila y la colgó del hombro.

-Wendy se quemó la mano. Le estaba ofreciendo llevarla al médico para que se la examinen correctamente.

Momo frunció la nariz ante mi vendaje casero.

-Eso se ve muy mal. ¡Pobrecita! ¿Quieres que te acompañemos? -en su mente, pude ver que mi presencia era tan bienvenida como un tercer perro en una pelea por un hueso.

Toshiro ni siquiera me permitió abrir la boca, se abalanzó para responder.

-No es necesario, solo avísenles a los organizadores del congreso adónde fuimos, si llegan a preguntar. Nos vemos después -me tomó del brazo y me condujo hacia el exterior. Ahora ya me resultaba irritante: era como si mis protestas no fueran más que copos de nieve derritiéndose en el océano de su certeza. Estaba herida y Toshiro conocía la cura, yo era su alma gemela y él exigía que lo obedeciera. ¿Acaso todos sus hermanos eran unos idiotas arrogantes o a mí me había tocado el premio consuelo?

Llegamos a la recepción. Solo seguía con él porque me conducía a la salida, pero ya estaba tramando la fuga.

-Discúlpeme -Toshiro esbozó su sonrisa devastadora ante la mujer con las carpetas-. Mi amiga se quemó ayer y creo que necesita ver a un médico. ¿Hay algún hospital cerca?

La mujer,muy vieja para él, cosa que ella no podía ignorar, lanzó unas sonrisitas coquetas y jugó con su pelo hasta que encontró la lista de guardias de emergencia.

-El Royal London en Whitechapel Road. Es una parada de subterráneo... para ti sería el metro -agregó con una risita nerviosa. ¡Increíble!- O pueden ir caminando si ella está en condiciones -trazó un círculo grande en un mapa; no me hubiera sorprendido que le anotara su número de teléfono en el reverso.

Toshiro se ruborizó ante la respuesta exageradamente entusiasta de la mujer.

-Gracias. Tomaremos un taxi -y continuó arrastrándome hacia afuera.

Una vez que salimos, lo aparté de un empujón.

-Ya basta. ¿Acaso no entiendes que no voy a ir contigo al hospital?

-No -contuvo una sonrisa, que yo no pensaba devolverle-. Mira, Wendy, ¿qué mal puede hacerte un viajecito a la guardia? Ni siquiera tienes que pagar, así que no puede ser por un problema de dinero o de seguro médico.

Eché una mirada anhelante al tráfico que fluía hacia el este, fuera de la cuidad y lejos de él. Estaba tan cerca...

-No es que sea estúpida. Simplemente no puedo.

Pasó la mano por su pelo en señal de frustración.

-Wendy, ¿por qué tengo la impresión de que estás por esparcir tu polvo mágico para luego alejarte volando de mí?

Bajé la mirada y crucé los brazos sobre la cintura. Estaba equivocado: él era quien ofrecía arrojar polvo mágico como un Peter Pan prometiendo secuestrarme, llevarme al País de Nunca Jamás de las almas gemelas y vivir felices para siempre. Pero había llegado demasiado tarde. La noche anterior, había tenido que crecer de golpe y ahora sabía que esos sueños no existían; la vida real se parecía más a vivir con los piratas mercenarios del Capitán Garfio que jugar a la familia feliz en la casa del árbol.

Llevó un dedo al mentón y me levantó la cabeza.

-Wendy, háblame. Déjame ayudarte. Lamento las cosas que dije allá dentro pero estaba enojado. Cuando mi don se desata, me porto como un idiota. Pregúntales a mis hermanos. Me vuelve completamente loco que, después de tantos días de práctica y disciplina, no pueda dominar mis emociones -sonrió con tristeza-. Hey, teniendo en cuenta que es el día en que conocí a mi alma gemela, ¿no podrías pasar por alto mi comportamiento?

Incapaz de evitarlo, asentí a pesar de que no quería ceder ante su tono persuasivo. En mi interior sentía un anhelo ferviente de acercarme a ese chico, aunque mi sentido común me dijera lo contrario.

-Wendy, no puedo soportar verte sufrir cuando podemos hacer algo para evitarlo.

Y yo no podía soportar un minuto más que continuara llamándome por ese nombre falso.

-Karin. Me llamo Karin.

Sonrió y sus ojos claros se dulcificaron por primera vez desde que salimos de la clase.

-¿Solo Karin?

-Sip.

-¿Algún apellido?

Nunca lo utilizaba pero consideré que debía tomar el de mi madre. No quería parecer una vagabunda sin apellido.

-Hara.

-Entonces, Karin Hara, ¿eres alérgica a los hospitales? -cambió el peso del cuerpo sobre su otra pierna mientras esperaba una respuesta.

-Sí -respondí, ya que me pareció una explicación lo suficientemente buena.

-¿Un consultorio médico?

-Es lo mismo -¿estaba desistiendo? ¿Una pequeña concesión de mi parte y se volvía repentinamente más razonable?

Sacó su teléfono celular.

-Tengo una idea. No te muevas de aquí -seleccionó un contacto en la pantalla y colocó el aparato junto al oído. Me puse tensa, dispuesta a comenzar a correr si era necesario.

-Hola, Grimm, ¿tienes un minuto? ¿Dónde estás? Me encuentro en el medio de una cuestión. ¿Podemos encontrarnos en el apartamento en media hora? Ok. Sí, lo sé, soy un pesado. Dile que la llamarás más tarde. Ajá. Confía en mí, te va a interesar -cortó la llamada y sonrió abiertamente-Todo arreglado.

-¿Con quién hablaste? -me froté los brazos al sentir un cosquilleo de sospecha de que me estaban vigilando.

Eché una mirada alrededor y no vi a nadie pero había muchos lugares donde ocultarse: umbrales, paradas de autobús... ¿Jinta? Él debía estar preocupado de que yo no apareciera con mi parte del trato. Tal vez Nnoitra o Zommari estaban controlándome. Con mi fracaso de ayer, había perdido la confianza del jefe y no sería raro que me mandara a vigilar.

-Grimm, mi hermano. Está conmigo en Londres.

-¿Grimm? -me obligué a concentrarme en lo que Toshiro me estaba contando.

-Sí, mis padres nos dieron nombres raros, empezando por Ulquiorra y terminando con Ichigo. Grimmjow es el que me sigue hacia arriba. Papá y mamá suelen ser así... ya sabes, diferentes, cuando quieren demostrar algo -hizo una pausa al darse cuenta de que estaba desviándose del tema-. Grimm es el sanador, aunque no es algo fácil de adivinar, ya que tiene un trato terrible con los pacientes. Te llevaré a verlo. No tendrás que pisar una guardia de hospital -se detuvo en la acera y le hizo señas a un taxi. De inmediato, se acercó uno hasta nosotros: así era la suerte de ese chico-. Llévenos al Barbican, por favor.

Segura de que todo saldría bien, me subí al taxi sin protestar. Conocía muy bien la zona: el Centro Barbican era un laberinto de hormigón lleno de puentes peatonales, galerías de arte, túneles y elegantes apartamentos, un buen sitio para robar a los que asistían a conciertos y al teatro en horario nocturno. Si lograba que me revisaran la quemadura, aún tenía una buena posibilidad de escaparme de él. Toshiro estiró las piernas en el espacio amplio frente al asiento trasero. Era la primera vez que viajaba en taxi pues siempre me había parecido que era algo solo para ricos. Un ciclista pasó como una flecha vestido con shorts amarillos, zumbando en medio del tráfico como una piedra saltando en el mar.

-Está muy molesto conmigo -continuó Toshiro tratando de mantener una conversación en la que yo no estaba interesada-. Se pasó toda la mañana charlando con una guía del Teatro del Globo y ahora la tiene que dejar justo cuando las cosas lucían prometedoras.

-No debería... no por mí.

-Claro que debería. Eres mía, de modo que eso te convierte en parte de la familia. Nuestra necesidad es mayor que la de él -Toshiro colocó el brazo alrededor de mis hombros. Dentro de mí, algo se quebró y el anhelo de su calidez se filtró por mi cuerpo. Intenté ignorarlo manteniéndome rígida contra el respaldo del asiento-. ¿No tienes hermanos?

Para él todo era tan fácil. Tomaba a una extraña y afirmaba que formaba parte de su círculo íntimo, todo porque, por una peculiaridad de la naturaleza, estábamos unidos a nivel genético. Todo lo que él sabía de mí era malo, pero aun así yo merecía su ayuda. Me replegué en las profundidades de mi ser, como una anémona marina negándose a que la forzaran a emerger con sus preguntas insistentes.

-Ojalá Rukia estuviera aquí -susurró por lo bajo mientras observaba por la ventana el tráfico que se dirigía lentamente hacia el centro de la cuidad-. Sería de gran ayuda.

Había prometido no hablar pero la curiosidad (¿o eran celos?) me traicionó.

-¿Quién es Rukia?

Esperando que me relajara con su contacto, me atrajo más cerca de él, pero me mantuve erguida.

-El alma gemela de mi hermano menor. Es inglesa.

-Ah -probablemente una de esas típicas chicas bonitas que yo veía en la estación del metro de Liverpool Street yendo a festivales de música con botas de lluvia, mochila y pantalones cortos de jean, con aspecto de sentirse insoportablemente satisfecha de sí misma. Con un solo vistazo, se daría cuenta de que yo era una marginada. -Ella ve las emociones de la gente, lo cual la vuelve muy intuitiva. Además, tuvo una infancia muy dura. Pienso que podría comprenderte mejor que cualquiera de nosotros.

Sí, claro.

-¿Y no está acá?

-No, está de vacaciones con sus padres e Ichigo.

Yo tenía razón: Rukia tenía padres y era educada, en cambio yo era una chica salvaje.

El automóvil se detuvo en uno de los pasos subterráneos del Centro Barbican y el conductor extendió la mano.

-Ya llegamos, amigo. Son seis libras con cuarenta.

Toshiro sacó un billete de diez y se lo alcanzó prestando escasa atención al cambio.

-Karin, cuéntame algo de ti. Quiero saber de dónde eres.

No podía creerlo: se bajaba del taxi sin esperar el vuelto. Metí la mano en la pequeña ranura para juntar las monedas. El conductor lanzó un gruñido de disgusto mientras yo colocaba la pila en la mano de Toshiro.

-No puedes dejarle tres con setenta de propina.

Toshiro volvió a colocar las monedas en la bandeja de plástico.

-Sí puedo. Olvídalo, Karin, no es importante.

Sin dejar de quejarme ante el despilfarro de dinero, me bajé del taxi. Los automóviles pasaban silbando junto a nosotros y el sonido retumbaba en el túnel acallando cualquier protesta. Nuestro desacuerdo acerca de la propina solo sirvió para destacar nuestras diferencias. ¿Qué estaba haciendo con él?

Sígueme. Toshiro estiró la mano esperando que la tomara.

Ya estaba harta de que me diera órdenes, de que me arrastrara de un lado a otro. Guíame, maestro.

Me alegra que hayas visto la luz. Solo quiero lo mejor para ti, dijo levantando una ceja ante mi sarcasmo.

¿No crees que eres un poco arrogante?

No fue esa mi intención, agregó mientras sacudía la cabeza como reprendiéndose a sí mismo. Solo quería hacer las cosas bien, pero parece que me está saliendo todo mal.

Entonces déjame ir.

Eso sería una tragedia. Dame una oportunidad. Por favor. Había regresado su incertidumbre con respecto a las mujeres; ya no daba por descontado que yo estuviera de acuerdo y eso, más que cualquier otra cosa, me ablandó.

De acuerdo. Hasta que me curen la quemadura. Luego nos separaremos.

Hundió la mano en el bolsillo de su chaqueta, sacó una llave y subimos unos escalones hasta la entrada de la torre Shakespeare, un rascacielos impresionante. Al alzar la mirada, me sentí mareada, como si esa mole gigantesca fuera a caer sobre nosotros. Pulsó el botóndel elevador y luego ingresó la llave en la ranura de su piso para poder subir hasta el veinte.

-Pensé que vivías en Estados Unidos -comenté.

-Un amigo de uno de mis hermanos nos prestó el apartamento -golpeó la pared con inquietud mientras los números pasaban a toda velocidad.

-¿De cuál? ¿Gerald? ¿Gabriel?

-Cerca -respondió con una sonrisa-. Byakuya. No tengo ningún hermano que se ame Gerald o Gabriel, sino Gin. Te agradará.

-Si alguna vez tengo hijos, cosa que no ocurrirá, le pondré nombres simples como ese. Nombres tan normales que nadie va a parpadear cuando tomen lista en la escuela o... saquen una tarjeta en la biblioteca.

-Sí, te entiendo -dijo riendo de manera extraña-. En primer año, unos chicos tontos se burlaban de mí por el significado de mi nombre... ya sabes, les parecía arrogante. Mis padres tomaron los nombres para sus hijos de sus antepasados en todo el mundo. La mayoría de las familias de savants son verdaderamente internacionales y yo tuve que sufrir las consecuencias. En la escuela, llamarte Karin no debió ser tan malo. Por lo menos hasta que la onda fue ser diferente.

-Imposible saberlo -repuse alzándome de hombros-. Que yo recuerde, nunca fui a la escuela.

La puerta se abrió con un tintineo similar al sonido de una campana al final de un round en una pelea de box.

-¿Cómo? Pero en Inglaterra hay que ir a la escuela. Todos van -me condujo por el pasillo alfombrado.

-Mmm -eso era todo lo que él sabía sobre los que habíamos quedado fuera del mapa.

-Pero sabes muchas cosas... leíste Peter Pan.

-Y Wendy. No dije que no hubiera aprendido nada. Si uno quiere, puede aprender mucho -si estabas hambrienta de conocimiento y desesperada por formar parte del mundo normal. Antes de morir, mamá me había enseñado todos los temas básicos. Después, cuando terminaba mi trabajo diario, entraba a hurtadillas en la sección infantil de la biblioteca pública utilizando mi don para pasar de largo frente a las empleadas de la entrada, y leía todos los libros de los estantes, del primero al último. Actualmente, podía ingresar en la sección de adultos sin que nadie me cuestionara el derecho de estar allí. De esa manera, había llenado mi cerebro con una buena cantidad de conocimientos al azar.

-Supongo que sí -insertó la llave en la cerradura de la última puerta del corredor y entramos. El apartamento era uno de esos espacios completamente blancos que salían muy bien en las revistas pero debían ser horrendos para vivienda de gente real: alfombra blanca, muebles blancos, impactantes tallas africanas de color negro y un costoso sistema de sonido.

-¡Grimm, ya llegamos!

El hecho de que supiera que su hermano ya se encontraba allí implicaba que habían estado hablando telepáticamente desde que entramos en su radio de alcance. Secándose las manos con una toalla negra, Grimm surgió de una habitación a nuestra derecha. El parecido con su hermano resultaba evidente de inmediato, aunque su cabello era más largo e informal, mas largo de arriba, y desordenado, no como el de Toshiro. También era más delgado y de piernas largas, un caballo pura sangre frente a un leopardo. A pesar de que su apariencia no fuera de un intelectual, no cometí el error de subestimar su inteligencia. Sentí que estaba en medio de dos savants brillantes y formidables.

-Hola, Karin. Me instalé aquí. Enfermero, haga pasar a la paciente.

-¿Le hablaste de mí? -susurré negándome a entrar al baño hasta que supiera exactamente en qué me estaba metiendo.

-Solo le dije tu nombre y que te quemaste en uno de mis incendios -Toshiro apoyó suavemente la mano en el medio de mis omóplatos para que entrara-. No quise distraerlo con el resto hasta que haya curado tu mano. No hagamos esperar al doctor.

Grimm había colocado un banco delante del lavabo para que me sentara. Toshiro rondó a mi alrededor mientras su hermano levantaba con cuidado la manga y abría el vendaje. Durante unos segundos, sin decir una palabra, Grimm giró mi brazo para inspeccionar las desagradables ampollas blancuzcas y amarillentas de la palma de mi mano.

-Caramba, Shiro, pensé que ya habías dejado de jugar con fuego.

-No me lo reproches. Sabes que me esfuerzo por no hacerlo -la furia de Toshiro se encendía nuevamente.

-Tiene que verla un médico -advirtió Grimm, echándole a su hermano una mirada severa.

-Se niega a ir.

-Eres una idiota, ¿lo sabías? Yo puedo ayudar, pero no ver cuán profunda es la herida. ¿Te duele? -su contacto era reconfortante.

Me mordí el labio y asentí.

-No me entiendas mal, pero eso es bueno -Grimm me guiñó un ojo para atenuar el haberme llamado "idiota"-. Si fuera realmente profundo, el hecho de que no haya dolor sería una señal de peligro -puso su mano sobre la mía. Sin estar muy convencida, indagué sus esquemas mentales y observé que se tornaban de un azul tranquilizador. Pude ver las distintas capas de mi brazo dentro de sus pensamientos: los huesos, los nervios, los músculos y la piel, como una ilustración de un manual de anatomía.

Estaba haciendo un gran esfuerzo por curarme y me pregunté cuánto habría de costarme.

Detrás de nosotros, Toshiro se movió silenciosamente y desapareció en la cocina mascullando algo sobre preparar unas bebidas y unos bocadillos. La calma después de la confusión de las últimas veinticuatro horas fue un bienvenido oasis. Descubrí que parte de la tensión que sentía se desenroscaba como una camiseta teñida al salir del agua con un nuevo diseño en la superficie. Tenía un alma gemela. Al enterarme, había experimentado tanto pánico que no me había detenido a pensar. Había actuado como alguien que había contraído la peste y trataba de apartarse de los que estaban sanos. Era probable que eso fuera lo correcto, pero debía considerar la cuestión más detenidamente y decidir cuál era el mejor plan a seguir. Solamente llevábamos una hora juntos pero era tan agradable estar cerca de él que, aun cuando estuviera en la cocina, lo extrañaba. Pese a que me irritaba mucho, sentía que me gustaba. La atracción flotaba de manera evidente entre nosotros, incluso cuando nos gritábamos. Y quizá, en esos momentos, con más fuerza todavía.

-¿Ahora está mejor? -preguntó Grimm soltándome el brazo.

La ampolla se había resecado y se apoyaba plana sobre la piel nueva que comenzaba a formarse por debajo. El enrojecimiento había desaparecido. Cuando flexioné los dedos, descubrí que el dolor persistente que había experimentado desde el día anterior casi se había apagado por completo.

-Es increíble.

-Estoy feliz de poder ayudar -Grimm tomó un vendaje de un botiquín de primeros auxilios-. Te pondré esto en la ampolla, pero creo que el resto del brazo estará bien -lo sujetó con cinta adhesiva y luego se alejó frotándose las sienes.

-¿Se encuentra bien, doctor?

Se echó a reír.

-Tengo un terrible dolor de cabeza. Me viene cuando utilizo mi don intensamente.

-A mí también -se me escapó antes de que me diera cuenta. No pareció sorprendido de que yo fuera una savant.

-¿Qué haces? Obviamente no apagas incendios.

Fingí que examinaba el nuevo vendaje.

-Nada en especial.

-Detiene el tiempo... o lo vuelve más lento -Toshiro se había asomado a la puerta para ver si ya habíamos terminado.

-Genial -Grimm arrojó el vendaje viejo al canasto-.Útil.

-Sí, le permite ser una de las más habilidosas ladronas que yo haya visto.

-¡Cierra la boca! -exclamé furiosa de que hubiera contado eso sobre mí.

-Ah, y también es mi alma gemela. El almuerzo está listo -después de lanzar esa bomba, Toshiro retornó a la cocina.

Grimm se quedó mirándome boquiabierto como si acabara de hacer un aterrizaje forzoso con una nave espacial.

-Karin, Grimm, apúrense o me como todo -gritó el estúpido desde la cocina.

Grimm me dio unas palmadas torpes en el hombro.

-Mis condolencias. Aunque a veces se comporte como un tonto, es el chico más bueno de la familia. De modo que podría haber sido mucho peor.