Eran las cuatro de la tarde cuando emergí del sueño. Toshiro no se había movido, pero estaba sentado con la mano sobre mi hombro leyendo un libro grueso acerca del cambio climático. El volumen se extendía sobre su mano abierta como una paloma gorda encerrada entre sus dedos con las alas colgando. Sostenerlo de esa forma durante cierto tiempo debía ser bastante incómodo. Me quedé quieta durante unos instantes observándolo sin que se diera cuenta de que estaba despierta. Me gustaban sus dedos largos y bronceados, el vello oscuro de los brazos hasta la muñeca y luego una pala blanca con líneas muy marcadas. Era agradable conocer esos detalles tan ínfimos acerca de él: la forma en que se agrupaban los tendones mientras daba vuelta lentamente la página para no despertarme, una cicatriz en la palma de la mano. Si yo cerraba la mano en un puño, estaba segura de que él podría envolverla dentro de la suya, que era mucho más grande. Sin embargo, al revés de lo que me sucedía con Zommari, la idea de que él fuera mucho más alto y fuerte que yo no me intimidaba. Ahora estaba segura de que no me haría daño deliberadamente. El hecho de que me hubiera dejado dormir cuando deseaba interrogarme era una prueba de ello. Y todavía más sorprendente era que yo hubiera confiado suficientemente en él como para bajar la guardia. Me pregunté si, en presencia de mi alma gemela, mi traicionero ADN estaría dominando mi cerebro.

Corrí la cabeza al sentir la humedad debajo de mi mejilla, donde se había apoyado mi boca entreabierta. ¿Había babeado durante el sueño? Qué humillante.

-¿Se despertó la bella durmiente? -Toshiro colocó el libro en la mesa baja de vidrio aplastando la foto de los osos polares contra la superficie fría.

Me enderecé rápidamente y pasé el brazo por la boca.

-Gracias. Lo necesitaba.

Se puso de pie y se estiró para quitarse los calambres de las piernas.

-¿Lista para otra bebida? ¿Un refresco?

Lo seguí hasta la cocina de ciencia ficción con aparatos brillantes de acero inoxidable, que olía a café molido y a limón. Grimm estaba frente a la computadora. Al verme, me lanzó una sonrisa fugaz y retornó a su tarea.

-¿De qué sabor es el "refresco"? En realidad, nosotros lo llamamos gaseosa.

-Entonces es una gaseosa de limón. ¿Tal vez prefieres un jugo?

-Sí, de naranja si tienes.

-¿Quieres comer algo?

Negué con la cabeza.

Toshiro puso en una bandeja dos jugos de cartón y una bolsa de galletas y nos encaminamos de nuevo hacia el sofá. Acostumbrada a tomar mis propias decisiones, me sentía bastante patética yendo detrás de él pero, por el momento, preferí esperar y ver qué tenía en mente. Abrió la bolsa y me ofreció una galleta. De un plumazo, desapareció mi propósito de no comer: eran de chocolate y mi fuerza de voluntad tiene un límite. Tomé una.

Continuó sin hablar, simplemente se reclinó y bebió su jugo mientras observaba por la ventana las gaviotas que sobrevolaban la torre. Su silencio comenzó a ponerme nerviosa. ¿Acaso había cambiado de idea mientras dormía?

¿Había decidido "emplear la fuerza"?

-Bueno... mmm... ¿qué quieres saber?

-Por qué regresaste hoy sería un buen comienzo -dijo despacio-. Aunque sabías que los aparatos se habían arruinado, igual me seguiste e intentaste robarme otra vez. Si, como dijiste, estabas detrás de la nueva tecnología Apple, eso no tiene sentido.

Tragué saliva. Tendría que contarle lo suficiente como para satisfacer su curiosidad sin revelar nada importante.

-Sí, entiendo que eso te resulte extraño. La cuestión es que... eh... no le conté a mi Fagin, como tú lo llamaste, que la iPad explotó... no me creería y me habría castigado a mí y a... alguien más a quien tengo aprecio.

Toshiro frunció el ceño y los ojos se entrecerraron con sospecha.

-¿Y quién es esa... persona a quien aprecias?

Estaba celoso, lo cual me pareció extrañamente reconfortante.

-Un hombre de mi grupo que ha sido amable conmigo. Tuvo un accidente muy grave y yo lo cuidé. Recurrí a él cuando necesitaba alguien que me vendara el brazo -jugué con una borla de un gran cojín de satén blanco-. No tienes que preocuparte por él.

Esbozó una amplia sonrisa.

-¿Tan transparente soy? Muy bien, ahora cuéntame sobre tu Fagin.

Apretujé el cojín contra el pecho.

-No es un hombre agradable.

-Eso imaginé -suspiró Toshiro.

-Es muy poderoso... no se puede jugar con él -me di cuenta de que Toshiro no captaba a qué me refería: nadie "captaba" cómo era el Adivino hasta tener la desgracia de cruzarse con él-. La cuestión es que tenía muy claro que debía robarte, pero no me dijo exactamente qué. Como tuve problemas la primera vez, pensé que hoy podría conseguir algo para mantenerlo contento: un pasaporte, dinero o algo por el estilo. Ignoraba que el iPhone y la iPad fueran especiales hasta que te escuché hablando con Momo y Riruka.

Se frotó la barbilla mientras meditaba sobre lo que le había dicho.

-¿Pero por qué correr el riesgo de volver a asaltarme? Si creías que yo no era más que un turista común, podrías haber robado todo tipo de cosas con tu don y decir que eran mías. ¿Quién se hubiera enterado?

-Sí, eso cruzó por mi mente, pero el Adivino...

-¿El qué?

Maldición. Mis ojos se cubrieron de lágrimas ardientes.

Pensé que podría llevar adelante ese juego de responder a cualquier pregunta sin tropezarme con ningún obstáculo y había fallado caso instantáneamente. Me puse de pie, tomé mis anteojos de Wendy de la mesa y los guardé en el bolsillo.

-Toshiro, no puedo hacerlo. Lo siento. Mucha gente sufrirá y yo ya tengo suficientes problemas -Dios mío, el líder me mataría si descubría que había mencionado su nombre ante alguien que no pertenecía a la Comunidad.

-Siéntate, Karin.

-No, tengo que irme. ¡Tienes que dejarme ir! -salí corriendo hacia la puerta.

-¡Grimm! -gritó Toshiro.

-Estoy aquí -su condenado hermano ya se encontraba en el vestíbulo bloqueando la puerta.

Toshiro se ubicó en el camino hacia la cocina.

-No vas a ir a ningún lado. Pensé que ya lo habías comprendido.

Quedé en medo de los dos como si estuviera colgada a mitad de camino sobre un cable suspendido en el aire sin saber cómo hacer para continuar el recorrido.

-No, no, eres tú el que no comprende. Él me va a lastimar.

Toshiro estiró la mano.

-Karin, no dejaré que nadie te lastime.

Dispuesta a escapar, me quedé junto a la mesa baja y me vi reflejada en el espejo de la pared como si fuera un duende loco, el pelo completamente desgreñado. No era raro que no me tomaran en serio.

-No conoces al Adivino. No es tan sencillo. Si hoy no te hubiera robado el agua, ya estaría casi muerta... Él había logrado que yo no pudiera comer ni beber hasta que hiciera el trabajo. Le... le hace cosas a tu mente, te obliga a obedecerlo. Si me atrapa, podría exigirme que te mate... o... que me arroje de un puente... y yo lo haría.

Toshiro se estremeció: ahora que tenía la respuesta a todo, ya no se sentía tan seguro. Miró a su hermano en busca de apoyo.

-Le dije a Byakuya que volviera lo antes posible -afirmó Grimm. Estaban utilizando la telepatía para mantenerme al margen.

-Basta. ¡¿Cómo creen que me siento al saber que están hablando a mis espaldas?! -tomé una pila de revistas y se las arrojé a Toshiro como si fueran Frisbees.

-Cálmate, Karin. Ya estás libre de él, de ese Adivino. Te quedarás conmigo -rechazando los misiles, utilizó un tono tranquilizador que solo consiguió irritarme más. ¡Ese no era el momento para actuar de manera serena y razonable!

-Respóndeme esto: ¿qué le pasará a Jinta? -le lancé un cojín.

-¿Jinta? -repitió mientras lo atajaba.

-¡Mi amigo! No podrás salvarlo a él también, ¿no crees? Si no regreso antes de las nueve, lo van a lastimar mucho y yo le prometí... yo le prometí que respetaría mi parte del trato. Dios mío -sin fuerzas, me doblé en dos y me acurruqué contra la puerta.

-¿Gimm? -Toshiro se acercó corriendo hacia mí.

-Ya estoy -Grimm colocó una mano tibia en mi espalda y me envolvió con su contacto sedante-. Está exhausta y destrozada, Shiro. Tenemos que ser muy cuidadosos con ella, no será capaz de soportar mucho más. Está tan estresada que si recibe más presión podría quebrarse.

-Tengo que regresar -susurré.

-No, no tienes que hacerlo -Toshiro me atrajo contra su pecho y me levantó-. Tu Adivino podrá ser muy fuerte, pero tres Kurosaki juntos superan a un Fagin. Karin Hara, vas a irte a la cama y dejarás que nosotros nos encarguemos de todo. Cuando llegue Byakuya, le dirás dónde encontrar a ese Jinta y pensaremos algo para que no le hagan daño.

-Me parece que necesitamos a Rukia e Ichigo -murmuró Grimm.

-Sí, veamos si pueden interrumpir sus vacaciones. Mamá y papá también -Toshiro me acostó en una cama y me quitó los zapatos.

Grimm rió por lo bajo.

-¿Por qué no traemos a toda la tribu? Es una gran idea. Y ya que estás, llama también a Ulquiorra, a Gin y a Uryuu.

-Ella es mi alma gemela, Grimm. Nada es demasiado -afirmó mientras me cubría con una manta.

-Ya lo sé, hermano. No me estoy burlando de ti. Es una buena idea que vengan papá y mamá. Vamos a tener que trabajar duro y darle documentos genuinos para alejarla de aquí.

Y así continuaron decidiendo qué hacer con mi vida como si yo no tuviera un gramo de cordura. Me trataban como si fuera una persona que acababa de ingresar en la guardia de seguridad de un hospital para enfermos mentales. En cualquier momento, Comenzarían a cortarme la comida y a darme de comer en la boca.

Arrojé la manta a un lado.

-Ustedes no entienden. Ellos sabrán que estoy acá. No puedo quedarme. Es imposible.

Toshiro volvió a taparme con el cobertor.

-No te preocupes por eso, Karin. Nosotros nos aseguraremos de que nadie se acerque a ti.

Al asfixiarme con esa bienintencionada aunque inútil preocupación, no me dejaban salida. No podía pensar más allá de las nueve. Tendría que paralizarlos, pero mis posibilidades de escapar serían mayores si se olvidaban de mí por unos instantes. Debía convencerlos de que estaba cooperando.

Le sujeté la mano con fuerza.

-¿Me lo prometes?

-Claro.

Fingí que eso era suficiente.

-De acuerdo. Descansaré un rato -y me acurruqué bajo el edredón tratando de aparentar ser una niñita buena que no estaba pensando en escapar.

-Gracias -Toshiro corrió las cortinas dejando la habitación en penumbras-. Confía en nosotros, Karin, arreglaremos todo.

¿Confiar? En la Comunidad había aprendido a no confiar en nadie.

Los dos hermanos Kurosaki abandonaron la habitación. Conté hasta trescientos pero no regresaron: creyeron en mi descanso más de lo que debían. No podía seguir esperando puesto que el misterioso Byakuya ya se encontraba camino a casa: era uno de los Kurosaki a quien no tenía intenciones de conocer. Me puse los zapatos, caminé en puntillas hasta la puerta y la abrí lentamente. Se encontraban en la cocina hablando en voz baja: perfecto. Me deslicé silenciosamente hacia la entrada mientras echaba un vistazo a mi alrededor y examinaba sus mentes. Lejos de la exacerbación que le causaba mi presencia, Toshiro había pasado a una trama más calma y abstracta de grises, verdes y azules, semejante a un diseño en filigrana de hiedra sobre una columna de mármol. Su fantástico intelecto analizaba las alternativas: cómo conseguirme un pasaporte y llevarme con él cuando se marchara a Estados Unidos, qué hacer cuando llegáramos allí. No tenía la menor duda de que teníamos un futuro, juntos. Ojalá. Grimm era más volátil, una marea alocada de pensamiento e imágenes: pistas de esquí, montañas, una chica bonita en el teatro del Globo, todo eso sobre el telón de fondo de una ventana con un arco iris.

Ve lentamente, como si te calzaras unos jeans ajustados, centímetro a centímetro. Sujétalos y... no los sueltes.

La siesta en el sofá me había devuelto algo de mi fuerza habitual. Ignorando que estaban recibiendo un ataque furtivo, los dos hermanos se fueron dejando llevar hacia el estado de suspensión de la percepción. Ya que no podía arriesgarme a quebrar ese delicado equilibrio revisándoles los bolsillos, me dirigí directamente hacia la puerta principal. Como Toshiro la había dejado sin cerrojo, pude escabullirme sin demora.

Y ahora libéralos... Fui reduciendo el control sobres sus mentes gradualmente, como si exhalara; si tenía suerte, ellos ni siquiera habrían notado los breves segundos de abstracción.

Con expresión de que tenía sobradas razones para estar allí, me encaminé hacia el elevador suponiendo que las escaleras no podrían estar muy lejos. Cuando disparara la alarma al abrir sin llave la puerta contra incendios, estaría anunciándoles mi partida, pero esperaba salir con el tiempo suficiente como para que no me alcanzaran. Mi plan era llamar al ascensor en los pisos inferiores durante mi rápido descenso, asegurándome, de esa manera, que el elevador demorara años en llegar hasta el piso veinte. Podrían elegir tomar el mismo camino que yo, pero para entonces ya me habría perdido en el laberinto de concreto del Barbican. Estaba muy segura de que, en mi propio territorio, era prácticamente imposible derrotarme.

Al cruzar frente a los ascensores, las puertas se abrieron con una campanilla. Un hombre alto dio un paso hacia afuera: traje elegante, pelo largo y lacio atado en una cola, ojos grises y sagaces. Tenía que ser el tercer hermano. Sentí la alarma en las tripas: un tiburón había nadado afuera de las plantas acuáticas y se encontraba entre los cardúmenes de pececitos. Puse una sonrisa distraída en mi rostro y agradecí a mi estrella que él no supiera qué aspecto tenía.

-¿Quieres que lo mantenga abierto? -preguntó cortésmente mientras colocaba la mano en el espacio donde se deslizaban las puertas.

-No gracias -respondí de inmediato-. Voy a lo de una amiga -y señalé hacia el final del corredor.

Se apartó permitiendo que las puertas se cerraran y deslizó la llave en el bolsillo trasero. Durante un breve segundo de locura, me pregunté si me atrevería a paralizarlo, pero como no conocía su fuerza, no quise arriesgarme y dejé que se fuera. Caminé resueltamente hacia adelante mientras echaba un vistazo a la escalera al pasar frente a ella. Byakuya entró al apartamento y cerró la puerta.

Ahora o nunca. Regresé deprisa y empujé la barra de metal para abrir la puerta contra incendios. La atravesé tan velozmente que la alarma apenas había comenzado a sonar cuando a pesada puerta ya se cerraba de un golpe. La escalera era un espacio gris y desagradable que olía a estacionamiento de concreto, muy distinto del lujoso pasillo alfombrado. Un piso más abajo, irrumpí en la zona de los elevadores y oprimí el botón para descender . Escuché el zumbido cuando el aparato que había utilizado Byakuya comenzó a moverse. Después oprimí los botones de los otros. Dos pisos más tarde, repetí la táctica de demora. Solo tenía tiempo para eso. Los Kurosaki no perderían segundos esperándolos cuando se dieran cuenta de que había bajado por las escaleras; tenía nada más que un espacio muy breve de tiempo antes de que pensaran la forma de capturarme nuevamente.

Veinte pisos es un camino endemoniadamente largo. Al llegar al once, era incapaz de concentrarme en los peldaños, que se habían convertido en una pintura abstracta de líneas... y casi había perdido el paso. Tampoco ayudaba a mi concentración el sonido de la persecución. Los Kurosaki no gritaban ni armaban lío sino que descendían incansables con fuertes pisadas como un escuadrón militar durante el entrenamiento. Por supuesto que también puede ser de gran ayuda que tus compañeros hablen telepáticamente.

¡Karin, detén esta locura!

De modo que, al fin, Toshiro había decidido intentar conectarse conmigo. Había imaginado que lo haría antes, pero supuse que él y sus hermanos estarían muy ocupados planeando la forma de impedir mi fuga. Yo contaba con que no habrían de tener en cuenta que conocía la existencia del primer nivel del estacionamiento subterráneo. Mientras Byakuya o algún otro esperaba encontrarme en el lobby después de conseguir tomarse alguno de los ascensores, yo me encontraría un piso más abajo escapando de ellos.

Planta baja. Subsuelo. Empujé la barra y salí a los túneles oscuros del estacionamiento. Doblé abruptamente hacia la izquierda y corrí hacia el centro Barbican, sabiendo que sería mucho más difícil distinguirme entre la multitud que en una de las aceras vacías de las calles congestionadas de tránsito. Las pasarelas hacia el complejo de artes se estaban llenando de gente que venía temprano a cenar en los restaurantes antes de que comenzaran las funciones nocturnas. Fuentes chatas y rectangulares reflejaban los edificios apiñados contra el cielo, el agua apenas agitada por algunos patos optimistas que se deslizaban sobre la superficie. Pasé zigzagueando por delante de un numeroso grupo de turistas alemanes y disminuí la velocidad. Correr no haría más que atraer la atención sobre mí. Jadeando penosamente, traté de actuar con normalidad. Una mujer de vestido rojo me observó con curiosidad mientras caminaba del brazo de su esposo.

Le lancé una sonrisa tímida y agité las manos para refrescar las mejillas.

-¿Me puede decir la hora? Me temo que estoy llegando tarde.

-Las cinco y media.

-Gracias. Sí, se me hizo tarde -emití una sonrisa de despedida y comencé a caminar rápido a lo largo de los maceteros de concreto rebosantes de flores.

Toshiro me había dado flores de fuego: nadie había pensado jamás en hacer algo así por mí.

Karin, dinos dónde te encuentras, ¡por favor! No estamos enojados contigo, solo queremos ayudarte.

No pensaba responderle ya que podía presentir mi ubicación a través de un pensamiento aislado.

¡Por favor, Karin! ¡No hagas esto!

El Centro Barbican tenía la apariencia de una moderna fortaleza de hormigón grisáceo, tan lúgubre que yo no podía entender cómo un arquitecto había llegado a diseñar algo semejante. Las ciudades ya eran suficientemente tristes de pos sí como para que los edificios cayeran en una depresión profunda e intratable. El interior era mejor: amplios patios donde mezclarse con la víctimas, rincones discretos para revisar el interior de un bolso... estaba muy bien organizado para los de mi profesión. Había oído comentarios de los visitantes sobre lo excelentes que eran los teatros y los auditorios pero esos no eran lugares para personas como yo. Para nosotros, todo el drama sucedía fuera del escenario.

¡Karin, no renuncies a nosotros! ¡Dame una oportunidad!

Los ruegos de Toshiro eran cada vez más desesperados.

Bajé unas escaleras siguiendo un cartel de Baño para Damas y me oculté en el interior. Tal vez fuera un refugio fácil, pero me resultaba dudoso que ingresaran a menos que estuvieran seguros de que me encontraba ahí. De pie junto al lavabo, me observé en el espejo. Un espantajo de expresión desquiciada me devolvió la mirada. Si no quería que la gente volteara para mirarme, tendría que hacer un cambio drástico. Había dejado mi bolso en el apartamento de los Kurosaki de modo que tenía que arreglármelas con jabón, toallas de papel y los dedos. Alisé el cabello y me mojé la cara. Entonces recordé que traía un delineador y un brillo para labios: una de las ventajas de la ropa pasada de moda es la amplitud de los bolsillos. Con un toque de maquillaje, me vi mejor. Luego me encerré en uno de los cubículos, me quité la falda y me quedé con los shorts que llevaba debajo. Me desabotoné la camisa blanca y la até por debajo del pecho. Me sentí como si estuviera en uno de esos actos circenses en que se cambiaban rápidamente: ta-rá, la debilucha Wendy había desaparecido y la elegante Karin surgía de sus cenizas. Enrollé la falda y la coloqué debajo del brazo planeando apoderarme de la primera bolsa plástica que viera para guardarla dentro.

Al revisar mi aspecto por última vez en el espejo, me sentí complacida con mi transformación. Un par de mujeres mayores entraron al baño y observaron con desaprobación mi despliegue de panza: sí, había logrado lo que quería.

Karin, sabemos que estás en el Centro Barbican.

¿Cómo lo sabían? ¿O estaban adivinando y esperando atraparme por sorpresa? Esas preguntas se confundían con mis dudas dentro del torbellino de mi mente. ¿Escaparme así era lo correcto? ¿Tenía otra alternativa? Aunque fuera a largo plazo beneficioso para él, abandonar a mi alma gemela era como serrucharme un brazo.

Mira, deja de jugar con nosotros y encontrémonos. Estoy al lado de la tienda de planta baja.

Sí, claro. Y sus hermanos vigilaban las otras salidas. No nací ayer.

¿Quieres que te suplique? Se estaba enojando conmigo y no podía culparlo. Había tocado una zona vulnerable al dudar de su confianza en el trato con las chicas y lamentaba haberlo hecho. Él era perfecto y no tenía por qué ser tímido. Pero no podía ser mío. ¿No puedes darme una pequeña oportunidad?

Lo siento, pero no puedo. No en mi mundo. Su única oportunidad era mantenerse alejado de mí para que mi vida no infectara la de él.

Volví a mirarme en el espejo. Podía hacerlo. Adoptando el diminutivo que el escuche a Grimm, envié un último deseo mientras abandonaba el baño y me dirigía directamente hacia la salida del subsuelo.

Shiro, que seas feliz.

Gran error. Me detuve en seco. Con los brazos cruzados, Toshiro se encontraba frente al baño de damas flanqueado por sus dos hermanos. Me había hecho creer que estaba arriba.

Genial. Como tu nueva apariencia. No pareció agradarle en lo más mínimo. Sonó más bien cono si estuviera muy enojado y necesitara unos sedantes.

¿Cómo me encontraste?

Un sello propio, una energía única y diferente, ¿recuerdas?

Hice un rápido análisis de mi situación. Retroceder y esperar que se marcharan... no funcionaría ya que acababan de encontrarme. Ir con ellos y dejar que el líder lastimara a Jinta esa noche y luego a ellos cuando vivieran por mí. Aplicar mi poder sobre los tres hermanos: eran demasiados y sabrían cómo resistir. Una cuarta opción: armar un escándalo. No podrían capturar a una chica en un lugar público si yo armaba un gran alboroto. A pesar de que detestaba llamar la atención, me pareció un buen momento para comenzar a hacerlo.

Ni lo pienses o Byakuya tendrá que utilizar su poder sobre ti, advirtió Toshiro, que debió haber leído mis intenciones por mis miradas furtivas alrededor del vestíbulo.

Entonces arribó a una quinta opción, una que ninguno de nosotros había anticipado. Nnoitra y Zommari aparecieron por atrás de los Kurosaki y pasaron velozmente junto a ellos antes de que se dieran cuenta.

-¡Karin, qué alegría verte! -dijo Nnoitra con falsa amabilidad-. Pensé que llegaríamos tarde al concierto. Vamos -me tomó de un brazo y Zommari del otro.

Ahora que habían llegado, no estaba segura de que deseara ese rescate.

-¿Y ustedes quiénes creen que son? -Toshiro intentó intervenir pero, Byakuya lo contuvo con una mirada muy expresiva: una pela en el Barbican no era un buen desenlace para ninguno de nosotros.

-Somos sus hermanos -Nnoitra me apretó el brazo hasta hacerme doler-. No la verán nunca más. Les pedimos perdón si sus ágiles dedos los molestaron. Ella recibirá su castigo -de modo que Nnoitra pensaba que se trataba de un robo que había salido mal. La idea era razonable: ¿qué otro motivo podían tener tres norteamericanos para estar persiguiéndome por el Barbican? Tomó mi falda de debajo de mi brazo y la sacudió-. No tiene las cosas encima así que les sugiero que revisen el baño de mujeres. Es probable que las haya escondido ahí.

Por detrás, Zommari me torció el brazo.

-Karin, despídete de tus amigos. Lamentablemente no puede quedarse a jugar.

No dije nada.

-¡Vamos, habla!

-Adiós -balbuceé. Dios mío, ya estaba harta de los matones.

El brazalete de oro de la muñeca de Zommari comenzó a ponerse rojo.

-¡Qué rayos...! -me soltó y se lo arrancó. La joya quedó derretida en las baldosas como un disco chato.

Toshiro le echó una mirada desafiante.

-Nadie lastima a Karin.

Falso. Ellos lo hacían todo el tiempo. Pero Toshiro había cometido un error al revelar que era un savant, lo cual colocó ese enfrentamiento en una nueva dimensión. Zommari le lanzó una mirada penetrante a la escultura de metal y vidrio que colgaba detrás de los Kurosaki. Con el repiqueteo de los tornillos que se soltaban, cayó en forma diagonal hacia ellos mientras Zommari la impulsaba con su poder.

-¡Toshiro! -aullé.

Los tres hermanos se arrojaron fuera de su camino y la mole se estrelló contra el suelo perdiendo su forma como una medusa en la playa, y un revoltijo de cables y astillas. La conmoción consiguiente de gritos y agentes corriendo al lugar del incidente nos permitió escabullirnos. Nnoitra y Zommari atravesaron la entrada deprisa y salieron a la calle subterránea antes de que los Kurosaki lograran ponerse de pie. Ante el gesto de Nnoitra, un taxi se separó de la fila y se detuvo para permitirnos subir. Sentí el deseo de echarme a reír como una loca: mi segundo viaje en taxi pegado al primero.

Diablos, lo que era la buena vida.

Shiro, ¿te encuentras bien? Tenía que asegurarme.

Sí, solo unos cortes. Sonó aliviado de que me importara. Pero, Karin, ¿tú estás bien? ¿Quiénes son esos hombres?

Mis hermanos tal vez. Me acurruqué en un rincón, la cabeza contra la ventana, mientras el taxi se alejaba. Adiós, Shiro. Me habría gustado conocerte. Lamento que no haya podido ser.