Me encontraba en serios problemas, no fue necesario que me lo recordaran. Zommari y Nnoitra decidieron no mencionarlo delante del conductor del taxi pero estaban furiosos. Una parte de su reacción se debía probablemente a la adrenalina posterior a la pelea, pero, al advertir a los Kurosaki y arruinar el ataque de Zommari, había empeorado las cosas. Los miembros de la Comunidad debían mantenerse unidos y yo había demostrado claramente que mi lealtad se había escindido. Solo esperaba que no prestaran demasiada atención al hecho de que Toshiro había sabido mi nombre y salido a defenderme. Me aterraba la idea de lo que llegarían a hacer si se enteraban de que había descubierto a mi alma gemela.
El reloj electrónico del tablero del taxi mostraba que recién eran las seis cuando nos bajamos a metros de nuestro hogar temporario. ¿Tan temprano? Habían pasado tantas cosas durante ese día que me pareció que tendría que ser por lo menos medianoche. Con pantalones cortos, estaba muerta de frío. Nnoitra había perdido la falda durante la riña: no era una gran pérdida para la moda pero tenía en los bolsillos algunas cosas que me habría gustado conservar. Sin embargo, en ese instante, la falda perdida era el más pequeño de mis problemas.
Una hoja de periódico voló por el callejón y se enganchó entre mis piernas. La hice a un lado con una patada.
-¿Voy a mi habitación? -pregunté aunque no esperaba una prórroga.
-¿Estás bromeando? -se burló Nnoitra. Esas eran las primeras palabras que intercambiábamos desde que subimos al taxi.
-Ay, Karin, Karin -Zommari volvió a tomarme del brazo-. ¿Por qué lo hiciste?
Me pregunté qué querría decir exactamente. ¿Dejarme atrapar? ¿Gritar la advertencia? ¿Fracasar en mi misión?
-Después de hablar contigo anoche, el líder percibió que estaba sucediendo algo raro. Nos envió a vigilarte y por suerte lo hicimos -la ira hizo que los tendones de su cuello se hincharan al contraer la mandíbula-. Pasaste cinco horas en compañía de nuestros enemigos.
¿En qué sentido eran enemigos? Para mí, Toshiro había comenzado como una víctima más.
-Eso nos lleva a plantearnos qué les habrás contado- utilizó su poder para abrir la puerta contra incendios sin esperar que Jinta respondiera a su llamado.
-¡No les conté nada! Escapé tan pronto como pude. ¡Zommari, por si no lo notaste, eran tres!
A nuestro paso, las cabezas se retiraban rápidamente de las puertas. Nadie quería que lo atraparan por ser muy curioso.
-Tres personas que ahora saben todo sobre nosotros. Tres savants. Tres problemas. Y tal vez más si se lo cuentan a otros.
-¡Pero no hay nada que contar! -sentí que mis protestas eran gritos que caían en la profundidad del espacio... En el corazón vacío de Zommari, no había nada que transportara el sonido. Nnoitra era peor: su alma estaba llena de crueldad. Ubicarse en su lado malo, era como ser un ratón entre las garras de un gato vengativo.
-Sí, seguro. Puedes explicarle eso al Adivino -Zommari me arrastró por las escaleras.
Cuando llegamos al quinto piso, maldije por lo bajo la decisión que había tomado. Tendría que haber corrido el riesgo de quedarme con Toshiro: mi regreso no había salvado a Jinta sino que había empeorado todo muchísimos más.
Karin, puedo sentir tu enojo. Háblame.
Era Toshiro que trataba de encontrarme otra vez. Como no sabía hacia dónde dirigirlo, su mensaje telepático era débil. No podía responderle. Algunos telépatas pueden escuchar las conversaciones de los demás y, si lo intentan, hasta son capaces de bloquearlas. Una de las acompañantes del líder, una mujer llamada Cirucci, tenía esos dones y siempre se hallaba cerca de él. Lo último que deseaba era que Toshiro y sus hermanos irrumpieran en la Comunidad e intervinieran en una lucha que no tenían posibilidades de ganar.
Nnoitra se adelantó e ingresó en las habitaciones del vidente mientras yo permanecía en el pasillo con Zommari. Así debía ser la espera antes de una ejecución. Me consumía un extraño tipo de pánico, al tiempo que buscaba opciones sabiendo que no había escapatoria. La voz de Toshiro susurraba súplicas que debía ignorar.
Nnoitra regresó demasiado rápido y nos hizo una seña de que podíamos entrar. Me alarmé al ver que la mayoría de los aduladores del líder se marchaban y solo quedaba su equipo principal conformado por Cirucci y un par de secuaces. La examiné rápidamente, esperando encontrar en ella a una aliada. Habíamos mantenido varias conversaciones agradables en los últimos meses. Una pelinegra teñida de treinta y tantos con la piel de una fumadora empedernida ajada precozmente. No era mala, pero estaba demasiado dominada por el jefe. A menudo me preguntaba si él utilizaba su don para plantar la semilla de la adoración en sus compañías femeninas sabiendo que cualquier mujer normal sentiría repulsión de estar cerca de él.
Nadie habló mientras nos acercábamos al trono del líder. Me temblaban las rodillas: algo que seguramente todos habían notado, ya que apenas podía mantenerme en pie.
Tumbado en el sofá, el Adivino volteó hacia mí, sus ojitos tenían tanta malicia como los de un muñeco de vudú y más o menos la misma dosis de humanidad.
Seguía sin preguntar nada.
Incapaz de soportar la tensión, proferí un gemido de angustia que reprimí de inmediato.
El vidente alzó el dedo y me elevé en el aire, Al instante, caí de espaldas en el suelo, mientras el puñetazo mental de Zommari en el estómago me dejaba sin aire en los pulmones.
-Nos traicionaste.
Me hice un ovillo, las manos sobre la cabeza.
-No, no los traicioné.
El siguiente ataque de Zommari me lazó girando por el suelo hasta chocar contra la pared como una pelota de squash. El dolor se extendió por todo mi cuerpo.
-Les contaste a los Kurosaki sobre nosotros y ahora la Red Savant estará enterada de nuestra existencia.
-Por favor, no dije nada. Escapé tan pronto como pude, pero estaba cansada y débil... tuve que descansar antes de intentar huir.
Mis excusas desaparecieron como las gotas de lluvia al caer en la tierra seca y agrietada. En la Comunidad no me prestaban atención, nunca me escuchaban: no era más que una herramienta. El líder se volvió hacia Nnoitra.
-¿Llevaba algo encima?
Nnoitra se cruzó de brazos.
-Nada. Cuando la encontramos en el Centro Barbican, estaba tratando de escapar de ellos. Si consiguió robar algo, debe haberlo arrojado por ahí.
El jefe desvió la mirada hacia mí.
-¿Lo hiciste?
-No, lo intenté -el hombre echaba chispas por los ojos-. De verdad. Pero ellos tenían un mecanismo de detección de fallas, un dispositivo de auto-destrucción. Eran un iPhone y una iPad, pero ambos se destruyeron.
-Qué hecho más desafortunado -golpeteó los dedos sobre el estómago-, para ti.
Me abracé con más fuerza.
-¿Y qué hacemos ahora, señor? -preguntó Zommari tal vez para distraerlo de sus pensamientos de infligir un castigo inmediato. Alguna chispa de compasión fraternal quizá brillaba aún en las profundidades de su corazón como el resplandor de una estrella moribunda-. ¿Qué está sucediendo? Nnoitra y yo nos preguntábamos por qué querría usted que ella asaltara a esos hombres en particular.
El líder jugueteó con un anillo de oro que estrangulaba su dedo regordete.
-Supongo que no existe ningún motivo para que no lo sepan. Recientemente, la Red Savant ha llamado mi atención... y sus miembros han interferido con los contactos de negocios de otros savants.
-¿Qué es la Red? -Nnoitra me miró con el ceño fruncido mientras yo trataba de arrastrarme fuera de la línea visual del Adivino. Me quedé quita.
Durante unos segundos, consideró si estaba dispuesto a compartir la información. En general, se guardaba todo lo que sabía, consciente de que eso le brindaba un poder adicional sobre nosotros. Esta vez, hizo una excepción.
-Es una organización internacional, con conexiones débiles, un grupo de tontos que usan incorrectamente los dones de los savants para lo que ellos denominan "buenas" causas.
Nnoitra hizo una mueca y Zommari rió, pero para mí fueron buenas noticias. ¿De modo que existían savants buenos? ¿Los dones no tenían que usarse solamente en las sombras como lo hacíamos nosotros? Era alentador saberlo aun cuando fuera poco probable que me sirviera de ayuda.
-Tratan de interferir en las actividades de los que deseamos ser libres para ejercitar nuestros poderes de la manera que nos parezca adecuada. Si les brindan a las autoridades información sobre nuestros métodos, veremos muy reducido nuestro terreno de caza y es probable que algunos nos quedemos sin trabajo -el líder agitó la mano hacia mí-. Envié a Karin a obtener las posesiones del que está a cargo de las comunicaciones, pero ella me defraudó. Había contado con su don para que consiguiera la información que necesitan nuestros colegas para eliminar la amenaza sobre nuestras operaciones.
-¿Qué clase de información? -inquirió Nnoitra.
-Nombres, direcciones, datos de todo tipo acerca de aquellos que participan de la Red estaban almacenados en la computadora de ese savant y ahora ella nos dice que se hicieron humo. Esos datos eran nuestro elemento de negociación y ahora no los tenemos.
¿Red Savant? Podía adivinar de qué estaba hablando: un grupo online de los que poseíamos dones, ¿pero por qué querría averiguar acerca de ella en ese momento? Podía comprender que la considerara una amenaza pero el vidente solía estar interesado solamente en las ganancias de los hurtos menores y el dinero rápido: enfrentar a la Red Savant estaba en otro nivel. Normalmente se mudaba si creía que las autoridades habían escuchado hablar de nosotros. ¿Acaso sus horizontes se habían expandido a la venta de información bajo la forma de algún tipo de espionaje de savants? ¿O ya estaba involucrado y no me había enterado? No se me había pasado por alto que no era una buena señal que estuvieran hablando tan abiertamente delante de mí. No implicaba confianza: parecía más bien que sabían que sería incapaz de compartir la nueva información.
Zommari se cruzó de brazos y se colocó sobre mí como un guardián de prisión, listo para patearme si me movía.
-Eran tres los que la perseguían. ¿Hay más?
-Muchos más -respondió el jefe-. Esa rama en particular fue la que destruyó el año pasado el imperio de las empresas Kageroza de Las Vegas. Por lo que nosotros podemos suponer, son el centro de operaciones norteamericanas de la Red Savant.
-Discúlpeme, señor -comentó Nnoitra suavemente-, pero usted usó varias veces la palabra "nosotros". No estoy muy seguro de saber a quiénes se refiere.
El hombre lo fulminó con la mirada y su cabeza se hundió más profundamente dentro de su doble papada.
-Te lo diré cuando esté listo, ni un segundo antes.
Nnoitra retrocedió de inmediato.
-Por supuesto, señor.
El líder tomó un cigarro de una caja y lo encendió.
-Nnoitra, puedo ver tu mente con toda claridad. Como la criatura según la cual te bauticé, solo tienes una meta y utilizarías cualquier cosa que hubiera dentro de ese cerebro de cuerno que tienes para conseguir tu objetivo. Quieres gobernar y me desprecias en secreto.
-No, señor -Nnoitra palideció-. Solo tengo curiosidad.
El Adivino lanzó una carcajada semejante a una burbuja tóxica, a un eructo se humo de cigarro.
-No me molesta tu determinación implacable de poder, hijo mío, mientras no actúes de acuerdo a esos pensamientos para deshacerte de mí -se inclinó hacia adelante y el sofá crujió con el desplazamiento-. Déjame decirte que no serás capaz de hacerlo. Planté suficientes semillas de lealtad en las mentes de todo ustedes como para que cualquier paso en mi contra se convierta en suicidio.
No me cabía la menor duda de que realmente o hubiera hecho. Todos sabíamos que era imposible intentar escapar de él.
-Si alguno de ustedes llegara a tomar mi lugar alguna vez, sería por invitación mía. Pero deben saber que, fuera de mi organización, existe un mundo de savants diferente a este, que les presentaré muy pronto, pero en mis términos y cuando yo lo diga. ¿Entendido?
Intimidado, Nnoitra asintió.
-Totalmente, señor.
-Ahora, Karin -dio una pitada al cigarro.
Dios mío, volvía su atención a mí.
-Temo que no nos has contado todo -su poder presionaba mi mente, pero yo estaba demasiado aterrorizada como para tener otro pensamiento que no fuera el miedo. De esa forma no lograba obtener nada.
-Ella pasó toda la tarde con ellos -se apresuró a aclarar Nnoitra, tratando de probar su sospechada lealtad acusándome a mí.
El jefe lanzó una nube de humo.
-¿Y pretendes hacernos creer que no les dijiste nada acerca de nosotros?
Zommari me empujó hasta ponerme de rodillas.
-Contéstale al Adivino.
Busqué datos seguros para darles.
-Me ofrecieron algo de comer y curaron una quemadura que tuve cuando los aparatos ardieron -extendí la palma enrojecida-. Uno de ellos es un sanador.
-¡Un sanador! -gruñó el jefe-. No es una gran amenaza entonces. ¿Y qué más pasó?
-Él... ellos me dejaron dormir. Después me escapé.
La mano extendida. Nnoitra caminó hacia mí con grandes zancadas.
-Nos está haciendo perder el tiempo. Déjeme usar mi poder sobre ella para soltarle la lengua.
-¡No! -el líder detuvo a Nnoitra súbitamente-. Karin tiene otros usos. Su juventud es parte del valor que tiene para mí. No quiero forzarla a hablar con esos recursos.
Lancé un leve suspiro de alivio... demasiado pronto.
-Trae a Jinta. He notado que parece existir algún tipo de cariño entre ellos dos. Quizá hable para salvar a su amigo.
-¡Por favor, no les conté nada más!
Pero Nnoitra ya se había marchado.
El líder ignoró mis súplicas frenéticas y desvió la vista hacia el televisor como si no estuviera sucediendo nada fuera de lo común. Me encogí contra la pared, las manos en la cabeza para ahogar el horroroso sonido del vidente devorando un puñado de maníes. En la pantalla, un programa de talentos retumbaba sin pausa con su tensión prefabricada y su falsa emoción, jueces de rostros ajados emitiendo sentencias sobre aquellos que eran lo suficientemente tonto como para exponerse a esa tortura. El vidente era una versión agrandada de ellos, manipulando el futuro de otros con una mínima palabra, su castigo por el fracaso no era la expulsión sino el dolor o la muerte.
Jinta entró en la sala arrastrando los pies, sus ojos oscuros y preocupados volaron entre el líder y yo.
-¿Me mandó llamar, señor?
Con un parpadeo, el jefe apagó el televisor en medio de un número de danza.
-Sí, Jinta. Necesito tu ayuda.
Mi amigo quedó comprensiblemente sorprendido ante esa declaración y, en su rostro, se dibujó una sonrisa lánguida.
-Por supuesto. Lo que sea. Conoce mi lealtad hacia usted.
-A Karin le está resultando difícil contarnos todo lo que necesitamos saber. Queremos que la convenzas de que hable.
Jinta no tenía la menor idea de que estaba jugando con él. Me lanzó una sonrisa trémula y persuasiva.
-Vamos, Karin, tú sabes que no se puede desobedecer al Adivino. Tienes que decirle todo lo que sabes.
Hundí las uñas en las rodillas.
-Ya lo hice, pero no me cree.
Jinta se frotó la mano retorcida con la sana.
-Ya veo. Entonces no sé qué podemos hacer.
En una fracción de segundo, la atmósfera de a habitación se tiñó de rojo. El líder le envió a Nnoitra una orden muda y el joven sujetó a Jinta de la nuca.
-¿Cuántos años tienes Jinta? -el jefe le preguntó al hombre que temblaba entre los dedos de Nnoitra.
-Creo que treinta y cinco, señor -respondió mientras me miraba con ojos desesperados.
-¡Por favor, no! -susurré.
-¿Darías la vida por mí? -continuó.
-Por... por supuesto.
-Muy bien. Quiero diez años ahora.
Con una sonrisa ávida, Nnoitra cerró los ojos y esparció su don sobre Jinta. Pude ver un velo sombrío y gris que caía sobre su víctima. El color del pelo de Jinta disminuyo y se opaco, tornandose blanco en algunos lugares, la piel se arrugó un poco mas y el cuerpo se encorvó mientras los huesos envejecían rapidamente. Dios mío.
-¡Karin! -exclamó Jinta con un grito ahogado-. ¡Ayúdame!
Me puse de pie con dificultad para intentar romper la conexión por la fuerza, pero Zommari me arrojó nuevamente al suelo con un movimiento rápido del dedo.
-Dinos lo que queremos saber -ordenó el jefe con tono monótono.
La mente aullando de furia, sentí como si me desgarrara en dos. Nnoitra estaba matando a Jinta... no me quedaba otra opción.
-¡Está bien! ¡Por favor, detente! -grité-. Puedo contarte una cosa más. ¡Pero, por favor, te lo ruego, no le hagas más daño!
Nnoitra alzó la mano y Jinta se desmoronó en el suelo con el pecho agitado.
Tragué saliva.
-El motivo por el cual los Kurosaki me llevaron con ellos... es porque soy el alma gemela de Toshiro.
Ante mi afirmación, todos se quedaron en silencio. ¿Qué había hecho?
-¿Tienes un alma gemela? -preguntó Zommari con incredulidad. Al igual que yo, era probable que él también hubiera dudado de su existencia.
Hice una señal positiva mientras todo mi cuerpo se sacudía como si me hubieran encerrado en un refrigerador industrial, incapaz de conseguir un poco de calor. Había traicionado a mi otra mitad.
El líder se hamacó levemente en el sillón y la estructura crujió.
-Interesante. Eso tiene... posibilidades.
Olvidada hasta ese momento, Ciricci apoyó sus dedos delicadamente en el hombro del líder, las uñas pintadas de escarlata.
-Es verdad. Puedo sentirlo tratando de encontrarla. Lo había ignorado hasta ahora al no saber bien qué estaba oyendo, pero se está llevando a cabo una búsqueda.
El vidente volvió a posar la mirada en mí.
-¿Y ella respondió?
Cirucci me echó una mirada piadosa.
-No. Lo está bloqueando.
Golpeteó sus labios gordos con las yemas de los dedos.
-Curioso. Eso parecería apoyar su afirmación de que es leal a nosotros. Quizá la juzgué con demasiada dureza -en ese instante, notó que Jinta se hallaba echado a sus pies- Llévense a este hombre de acá y asegúrense de que alguien lo cuide. Se portó bien.
Los ojos de Jinta se abrieron con un parpadeo mientras dos guardias lo arrastraban fuera de allí.
-Lo siento -susurré.
Sus ojos cansados se cerraron sin darme la absolución.
-Cuéntanos, Karin, ¿cómo es eso de tener un alma gemela? -el interés del Adivino parecía genuino. Dio unos golpecitos en el cojín del sofá que estaba junto a él-.
Ven a contarle todo a tu papi.
Deseé que volviera a torturarme. Sabiendo que hacía mucho que me había quedado sin opciones, me dirigí al asiento que me señalaba.
-Es...
-¿Atemorizante? ¿Horrendo? ¿Maravilloso?
-Especial.
-¿Y harías cualquier cosa para que tu alma gemela estuviera a salvo?
Esa pregunta era mucho más peligrosa.
-Yo... supongo que sí. No lo sé. Apenas lo conocí esta mañana.
-¿Y le gustas? -me preguntó. Observé que se tocaba los labios pensativamente.
Lancé una risa ahogada.
-¿Gustarle? ¿Cómo podría gustar de mí? Traté de robarle sus pertenencias... y escapé de él. Supongo que en este momento debe estar harto de mí.
Se inclinó y me dio una palmada en la mejilla.
-Karin, te subestimas. Tienes la apariencia de tu madre y un don interesante: todavía no debe haber renunciado a ti.
Ojalá lo hubiera hecho. No me agradaba la dirección que estaba tomando esa conversación.
-Esta vez no habrás tenido éxito para conseguir la información, pero me pregunto qué estará dispuesto a entregar él para conservarte. ¿Llegaría a sacrificar a la Red Savant si supiera que es la única forma de salvar a su alma gemela? Un dilema fascinante-se lamió los labios mientras calculaba los efectos colaterales de su pequeño experimento de utilizarme como carnada.
Tenía mis serias dudas de que Toshiro fuera a poner en peligro a su familia y a sus amigos por mí. Ahora que nos habíamos conocido, debía saber que yo no valía la pena, a pesar del vínculo que nos unía como almas gemelas. La leyenda decía que tu alma gemela te completaría y te daría felicidad y renovadas fuerzas para desarrollar tu don, pero Toshiro difícilmente podría esperar algo así cuando yo era un desastre total. La presencia del Adivino en mi vida era como crecer a la sombra del defectuoso reactor nuclear de Chernobyl: conviviría durante años con los efectos de la radiación.
El líder me ofreció maníes pero, como el bol había estado sobre sus piernas, habría preferido comer escorpiones.
-Creo que te llevaré conmigo esta noche -reflexionó-. Vístete para una salida nocturna, mi querida. Hay unos amigos que tú y yo tenemos que conocer. Estarán impacientes por enterarse de esta interesante situación.
-¿Salir? -pregunté asombrada. Nunca había oído que el vidente se aventurase fuera de su sórdido penthouse, aunque no me había atrevido a rastrear sus movimientos.
-Sí. Al Hotel Walford. Cirucci, asegúrate de que lleve el atuendo apropiado para impresionar. Puedes utilizar las joyas -tomó una llave del bolsillo superior y se la arrojó. Cirucci la atrapó en el aire-. Necesito que nos acompañes para que no haya filtraciones de seguridad.
-¿Yo también puedo usar algo de la caja? -preguntó Cirucci esperanzada mientras acariciaba la llave entre los dedos.
El líder suspiró: detestaba la idea de que sus riquezas abandonaran sus bóvedas.
-Supongo que debes hacerlo. Pero los diamantes son para mi hija. Para ti, perlas es suficiente.
Cirucci le echó una sonrisa radiante.
-Gracias. Karin, ven conmigo -frunció el ceño ante mis rodillas raspadas y mis shorts descoloridos-. Veo que me espera un trabajo difícil.
