Por primera vez en mi vida, estaba vestida con elegancia y tenía adónde ir. Si no me hubiera sentido tan deprimida por Toshiro y Jinta, hasta podría haber disfrutado la experiencia. Cirucci y yo habíamos podido elegir entre muchísimos atuendos. El apartamento del Adivino tenía habitaciones atestadas de ropa, zapatos y joyas de diseñadores famosos, que nunca habían sido usados, ya que sus acompañantes solían llevar imitaciones baratas de las prendas auténticas. Y lo que más me asombraba era esa mentalidad de rodearse de basura cuando podía darse el lujo de poseer lo mejor. Imaginé que debía tener un lado miserable muy desarrollado, satisfecho con poseer sin disfrutar. Una personalidad con inclinación hacia lo más bajo en vez de aspirar a las zonas más elegantes de la ciudad, como el West End, hacia donde nos dirigíamos.

Para la salida nocturna, habían alquilado una enorme limusina blanca. Lo que habrá imaginado el conductor al pasar a buscar al pequeño grupo formado por el líder, Cirucci, Zommari, Nnoitra y yo frente a un apartamento en ruinas... pero, fue muy inteligente como para no demostrarlo. El Adivino llevaba su clásico traje blanco; Zommari y Nnoitra, elegantes chaquetas negras. Cirucci había encontrado un vestido blanco con cuentas y una capa corta al tono, que destacaba muy bien las perlas. Había exagerado un poco con el maquillaje y los productos para el cabello y, cuando terminó, lucía demasiado parecida a Marge Simpson. A mí me habían ordenado ponerme un vestido violeta de seda, que tenía un corte que realzaba mi delgada figura. Suficientemente largo como para cubrir mis rodillas magulladas, tenía los hombros desnudos, la mejor manera de exhibir la larga hilera de diamantes que rodeaba mi cuello. Con un chasquido de desaprobación, Cirucci había arreglado previamente mi espantoso corte de pelo utilizando una tijera con destreza y luego lo había recogido para que dejara ver los pendientes en gota que combinaban con el colgante. Me había quitado el resto de los aretes y los había reemplazado por unas discretas piedras que me cambiaban un poco el estilo "callejero" por otro más elegante. Con un par de delicadas sandalias plateadas, me sentí digna de ocupar el asiento trasero del automóvil.

Las calles angostas del East End cedieron paso a las torres de apartamentos del centro: enormes desfiladeros llenos de humo de tráfico, banqueros y corredores de bolsa retrasados.

-¿Con quién nos vamos a encontrar esta noche, señor?- inquirió Nnoitra procurando no presionar demasiado con sus preguntas después de la previa reprimenda.

-Unos aliados: aquellos que tenemos un don, pero estamos enfrentados a la Red Savant -el líder se despatarró en el asiento trasero, donde solo quedó espacio al lado de él para Cirucci. Estudió mi aspecto mientras me sentaba enfrente- Karin, estás muy elegante. Estoy complacido.

Cirucci esbozó una sonrisa de satisfacción ante el implícito elogio a su habilidad.

-Me esforcé al máximo con ella.

-Gracias -respondí con voz ahogada.

-Vendrás a la reunión, pero no quiero que hables a menos que te hagan alguna pregunta directa -tosió mientras respiraba con dificultad-. ¿Entendido?

-Sí, señor -froté los dedos en la tela de mi vestido y me maravillé de su suavidad. Nunca había tocado algo semejante.

El Adivino sonrió.

-Veo que te fascinan los pequeños lujos de la vida. Si haces lo que te digo, en el futuro tendrás mucho más de eso.

Había elegido a la chica equivocada. Podrían gustarme las cosas bonitas pero no me dejaría sobornar tan fácilmente. Prefería usar harapos si eso implicaba que podría escapar de él.

-Gracias, señor.

El líder se dio unos golpecitos en el estómago con sus dedos de babosa.

-Esta noche deberías llamarme "papi". Sería lo correcto y daría una buena impresión.

Antes preferiría meterme en una tina llena de serpientes, pensé.

Ante esa concesión, Nnoitra y Zommari no pudieron evitar intercambiar una mirada de alarma.

-Solamente Karin -advirtió el vidente-. Una hija puede tomarse ciertas libertades. Mis hijos continuarán tratándome con miedo y respeto. Quiero mantener mi reputación frente a estos hombres.

¿Quiénes serían esas personas que hasta el vidente les tenía un temor reverencial? Nunca antes lo había visto dudar de su imagen, aunque, en realidad, nunca lo había visto salir de los confines de la Comunidad. Tal vez eso era para él una especie de reunión de pequeños déspotas al margen de la Asamblea General de Naciones Unidas, esperando en fila la evaluación que determinara quién había sido el mayor violador de los derechos humanos.

El auto entró en Waldorf y un valet uniformado se apresuró a abrirnos la puerta. Zommari descendió primero para estudiar el terreno antes de ayudar al líder a bajar a la acera. Yo fui la última en salir. Acomodando el vestido para ingresar al elegante vestíbulo, quedé fascinada por el hermoso hotel. Las hileras interminables de ventanas encendidas del imponente edificio de unos siete pisos de altura, los empleados alertas a las más mínimas necesidades de los invitados aun antes de que los llamaran, la serena elegancia del lugar: todo lo contrario al sitio donde habíamos comenzado el viaje. El portero mantuvo el rostro inexpresivo mientras se alejaba para dejar entrar a la gigantesca mole del jefe, aunque me pareció distinguir un destello de interés en sus ojos al posarse en mi colgante. Los diamantes eran extraordinarios. Esperaba que el dueño original no estuviera cenando esa noche en el West End.

-¿Puedo ayudarlo, señor? -preguntó el conserje.

-Tengo una reserva en el restaurante. A nombre de Londres -respondió secamente.

-Por supuesto, señor. El resto del grupo ya llegó -el empleado nos guió hasta el restaurante y nos dejó en manos del maître.

-El Sr. Londres.

El hombre nos condujo lentamente hasta una mesa que se encontraba en un salón privado al fondo del restaurante. Tuvimos que zigzaguear entre los comensales sentados a las mesas de manteles blancos. Las velas, las flores, la platería y la cristalería, todo contribuía a la atmósfera de privilegio. En un rincón, una pareja se tomaba de las manos, el hombre acariciaba tiernamente con el pulgar los dedos de la mujer. Algo parecido sospechosamente a la tristeza me llenó los ojos de lágrimas. Toshiro.

Karin, ¿dónde estás?

Lo había llamado a pesar de que no pretendía hacerlo.

Cirucci me echó una mirada de asombro. Hice un ligero movimiento de cabeza y corté la conexión que había establecido. Con un gesto sutil, ella reconoció que yo había reparado el error.

Al entrar al salón, nos encontramos con seis hombres sentados alrededor de una mesa y los guardaespaldas de pie contra la pared. Se levantaron todos cortésmente para estrechar la mano del jefe.

-Caballeros, espero no haber llegado tarde -el Adivino jadeó un poco después de la caminata desde el auto, una maratón para quien se pasaba el día en un sofá.

En la cabecera de la mesa, el hombre de cabello rojizo hizo un ademán para tranquilizarlo.

-No, Sr. Londres, acabamos de pedir unos tragos. Soy Nueva York.

El líder sonrió con disgusto. Le incomodaba la idea de que todos hubieran tenido la posibilidad de hablar de él antes de su llegada.

-Es un gusto conocerlo finalmente.

Los demás balbucearon sus nombres mientras rodeaba la mesa para saludarlos. Moscú, Beijing, Kuala Lumpur, Sidney México D. F.: ningún nombre real, solo lugares geográficos.

El vidente hizo un ademán a Cirucci, Zommari y Nnoitra para que se quedaran junto a los guardaespaldas antes de conducirme hacia adelante.

- Mi hija Karin.

El Sr. Nueva York me tomó la mano.

-Cautivante -exclamó y pude sentir su don deslizándose sobre mí corno una brisa fresca mientras intentaba evaluar mi fuerza. Sin saber cómo funcionaba su mente, mantuve la mía en blanco. Estar a cargo de otros savants requería poder controlar las mentes de los demás, por lo tanto imaginé que todos los hombres que se encontraban allí tenían habilidades en ese campo. Confundido, pero no decepcionado, el Sr. Nueva York soltó mi mano y chasqueó los dedos para llamar al camarero.

-Otro lugar para la Srta. Londres. Podría ser aquí entre su padre y yo.

De modo que el Sr. Nueva York parecía haberse asignado el papel de cabecilla del grupo. Eché un vistazo a los rostros del resto de los hombres: ninguno protestó, pero tampoco se los veía muy felices con el arreglo. El Sr. Nueva York decidió hacer una broma al respecto.

-Caballeros, les pido disculpas por monopolizar tan bella compañía. Mi única excusa es mi debilidad por las mujeres hermosas. -Dos camareros se apresuraron a preparar la mesa y agregar una silla más. Cuando me senté, los demás me imitaron, una extraña y anticuada galantería que no logró engañarme: sabía que no les importaba en absoluto mi presencia.

Simplemente eran conscientes de que se encontraban frente a extraños y cumplían las formalidades del comportamiento cortés.

El Sr. Nueva York les hizo una seña a los camareros para que comenzaran a tomar el pedido. Me quedé mirando la larga lista de opciones del menú, incapaz de entender la letra enroscada. En ese momento, mi precaria educación me abandonó. Mi experiencia en restaurantes se limitaba a la comida rápida.

-Karin, qué bonito nombre -comentó el Sr. Nueva York mientras cerraba con fuerza el menú después de haber decidido.

-Gracias, señor.

-Llámame, Jim -me hizo un guiño de ojo mientras su mirada se detenía en los diamantes-. Así que eres la preferida de papá, ¿no es cierto? Apuesto a que lo manejas a tu antojo.

Consciente de que el líder estaba escuchando, me estremecí.

-No, el Sr. Londres nos mantiene a todos bajo un control estricto.

-Ah, una rareza: una hija obediente. Quizá podrías darles unas lecciones a mis hijas o, por lo menos, conseguir que bajen un poco el gasto de su cuenta de Bloomingdales- festejó su propia broma con una carcajada. El camarero se inclinó sobre su hombro-: Los huevos de codorniz seguidos de la pierna de

cordero.

-Excelente elección, señor -murmuró el obsecuente camarero-. ¿La señorita?

Las palabras danzaban frente a mis ojos: tantos términos desconocidos.

-¿Hay alguna opción vegetariana? -susurré.

Los ojos del camarero se suavizaron un tanto y señaló curvada que antecedía a los platos vegetarianos. A veces, tan tonta.

-¿Vegetariana? Londres, ¿cómo permite que su hija se prive de las proteínas? -se burló el Sr. Nueva invierto en ganado de carne de primera en Argentina, por lo tanto me resulta difícil no tomar esto como un desprecio a mi persona.

El Adivino frunció el ceño.

-Mi hija comerá el foie grass y el bife Angus.

El camarero continuaba a mi lado dándome tiempo valientemente para corregir el pedido.

-¿Señorita?

-Yo, yo comeré lo que él dijo -mis uñas se clavaron en las palmas de las manos dejando las marcas de pequeñas medialunas.

-¿Y cómo le gustaría el bife? -su voz era gentil.

-Jugoso -intervino el Sr. Nueva York-. Si vamos a convertirla, al menos debería la carne en su esplendor... y no reseca como una suela.

Los empleados se retiraron dejando nuestra pequeña reunión libre de extraños.

-Sr. Londres, ¿consiguió la información que nos prometió? -preguntó un hombre ubicado un poco más lejos: el Sr. Sidney, si la memoria no me fallaba.

El líder sorbió agua con gas de una copa ancha.

-No. La habían programado. Los aparatos electrónicos se quemaron cuando mi gente los robó.

Una oleada de decepción se extendió por la mesa.

-Ya veo. Supongo que me habría sentido defraudado si hubiera sido tan fácil burlar a nuestros enemigos -el Sr. Nueva York intercambió miradas con Moscú y Beijing. Me di cuenta de que tenían poco respeto por su anfitrión-. Pero díganos, Londres, ¿entonces por qué está aquí? Pensé que había quedado claro que esa información era el precio de su ingreso a nuestra organización.

El líder se reclinó y la silla crujió bajo su enorme volumen.

-Porque tengo algo mejor que ofrecer.

Antes de que nadie pudiera hacer algún comentario, los camareros regresaron con el primer plato. Delante de mí, colocaron un paté de color rosado oscuro con dos obleas de queso que trotaban de él como si fueran alas. No me molesté en tomar los cubiertos ya que el origen de la comida era claramente animal.

-Qué plato fascinante: foie grass -dijo el Sr. Nueva York con tono familiar mientras los camareros circulaban llenando las copas de vino-. Alimentan a los gansos de manera forzada para obtener esa textura aterciopelada del hígado -disfrutó observando cómo me ponía de una tonalidad verdosa y alejaba el plato.

El camarero se precipitó hacia mí.

-¿A la señorita no le agrada el platillo? ¿Desearía reemplazarlo por la sopa de espárragos?

-Tonterías -masculló el vidente-. Le encanta, ¿no es cierto, Karin?

Empecé a comer la pequeña ensalada antes de que me forzara a comer un bocado del paté, como a uno de esos gansos que habían muerto para que hicieran ese plato.

Derrotado, el camarero se retiró de la pelea llevándose con él al resto del personal. Debían tener órdenes de dejar solos a los caballeros entre las labores necesarias de traer, llevar y servir.

Uno de los guardaespaldas colocó su cuerpo corpulento delante de la puerta para impedir que entrara nadie más.

-Sr. Londres, estaríamos muy interesados en escuchar lo que usted considera que es mejor que la información -el Sr. Beijing, un chino muy alto con cara angosta y ojos duros, lo invitó a proseguir.

-El destino nos ofreció un regalo, una manera de derribar a la Red Savant desde adentro -el líder apuñaló a una vieira de su plato, manchando la solapa blanca mientras la sumergía en la salsa.

-Continúe -el Sr. Nueva York hizo girar un vino amarillento con expresión pensativa.

-He encontrado el alma gemela del sexto hijo de los Kurosaki.

-¿Un alma gemela? Un raro placer. Eso sería realmente muy útil. ¿Dónde está ella? -los ojos del norteamericano parpadearon en mi dirección.

El jefe no dijo nada: solo desvió la mirada hacia mí para confirmar su suposición.

-¿Ella? ¿Su propia hija? -el Sr. Nueva York comenzó a reír-. Eso sí que es ganar la lotería.

-Es una deliciosa ironía -el Sr. Sidney alzó la copa por mí.

-Como dije, tenía algo mejor que ofrecer y aquí está -el Adivino disfrutó su momento de triunfo recibiendo las felicitaciones de sus nuevos aliados. Yo había sido su ticket de ingreso en la compañía.

Aclarándose la garganta, el Sr. Moscú puso fin a la pequeña ronda de alabanzas.

-La pregunta es, ¿cómo la usaremos? -me estudió receloso con sus ojos de un verde pálido en su semblante cuadrado y macilento-. ¿Es leal?

-Toda mi gente es leal -corrigió el vidente-. Si no lo son, mueren.

Su afirmación fue recibida con aprobación general.

-Qué has planeado hacer con ella? -preguntó el Sr. Nueva York, tratando al líder por primera vez como su igual.

-Voy a arreglar un encuentro con el chico... en secreto, y averiguaré cuánta información está dispuesto a entregar a cambio de la seguridad de su alma gemela.

El Sr. Nueva York sonrió con escepticismo y me dio unos golpecitos en la muñeca.

-Pero él no creerá que estás dispuesto a lastimar a alguien de tu propia sangre.

-¿En serio? -la expresión del jefe era glacial-. ¿Dudas de que sea capaz de eso -y más- para garantizar el funcionamiento de nuestros negocios sin la interferencia de ellos? Zommari.

El cuchillo del bife pegó un salto en el aire y luego cayó como una flecha hundiendo la punta en la parte interior de mi brazo realizando un corte superficial. Se deslizó lentamente hasta el codo y trazó una línea muy dolorosa. Sabía que no debía moverme pues podía continuar en mi garganta, pero no

pude evitar que mis ojos se llenaran de lágrimas.

El Sr. Nueva York apartó el cuchillo de un golpe, que lo hizo volar hacia el rincón y quedarse inmóvil.

-¡Suficiente, ya entendimos!

Presioné una servilleta sobre la herida manchando de sangre el blanco. Después empujé la silla hacia atrás y me puse de pie.

-Permiso.

El líder hizo una señal de que podía retirarme. Con el corte oculto bajo la servilleta, salí corriendo en busca de refugio.

-¿Se encuentra bien, señorita? -mi camarero me atrapó al llegar a la puerta.

-Sí, no es más que un pequeño accidente -me latía el corazón con fuerza sabía que debía tener una expresión desencajada-. ¿Dónde están los...?

Me entendió de inmediato.

-Al pasar esas puertas, señoritas.

Me escondí en los lujosos baños. En la mesada de mármol, había gruesas toallas de mano dentro de una canasta, grifos automáticos que funcionaban con el movimiento de los dedos, un hermoso arreglo floral, una colección de artículos de tocador de lujo: todo era tan perfecto que me asaltó un deseo irrefrenable de quedarme allí para siempre y no regresar a mi miserable mundo. Me acerqué al lavabo y coloqué el corte bajo el chorro de agua mientras lo frotaba con jabón para limpiar la herida.

Pese a que era superficial, me producía un dolor muy agudo.

Todo el placer que había disfrutado unas horas antes se fue por el desagüe con el agua manchada de rojo. A pesar del aspecto elegante de esa noche, para el líder, yo seguía siendo solamente una herramienta, convertida ahora en el medio para destruir a Toshiro. No podía soportar la idea de que me utilizaran para lastimarlo.

Cirucci entró y se detuvo junto a mí, los brazos cruzados. Miró con el ceño fruncido las manchas de agua que salpicaban mi vestido.

-Me enviaron para ver cómo estabas.

-Estoy bien -mentí sin buscar su mirada en el espejo.

-Zommari no tenía por qué hacerte eso -Cirucci levantó mi muñeca y examinó la herida-. Arruina tu apariencia. ¿Crees que volverá a sangrar?

Me pregunté si estaría preocupada por mí o por su vestido blanco.

-No lo creo.

-Entonces será mejor dejarlo así. Un vendaje sería muy llamativo.

-Y arruinaría mi apariencia -repetí.

Me apretó levemente los dedos.

-Es importante dejar contento al líder y no decepcionarlo frente a sus contactos de negocios.

Debería haber pensado eso antes de ordenarle a Zommari que comenzara a cortarme delante de ellos.

-Cirucci, ¿por qué estás con él? -pregunté sin pensarlo. En el fondo, ella parecía una buena mujer; ¿qué diablos estaba haciendo en ese sitio?

Me sonrió en el espejo, los ojos enfebrecidos.

-El Adivino es el hombre más maravilloso del mundo. Ya lo comprenderás con el tiempo.

Supe entonces que había plantado esa creencia dentro de su mente. Sentí lástima por ella ya que no sabía que era una prisionera, como yo también lo era, pero por distintas razones. De los dos, prefería mi estilo de esclavitud. Mientras secaba el brazo suavemente con la toalla, me pregunté si mi madre también habría profesado esa falsa confianza por el vidente. No podía recordarla lo suficiente como para saber qué había pensado en realidad, pero no tenía ningún recuerdo de ella diciendo algo malo acerca de él. Además, antes de morir, había insistido en que debía tratar de permanecer en la Comunidad, como si fuera el único hogar posible para mí. Y yo había confiado en ella. Otra falsa creencia muy arraigada pero esta vez, inconscientemente por alguien que me había amado de verdad. Arrojé la toalla manchada en el cesto mientras reflexionaba que ella había sido la única persona que me había querido. Incluso Toshiro nunca sentiría verdadero amor por mí, ya que la relación había sido implantada en él por el destino o la genética. Comprendí que podía enamorarme de él, por su amabilidad, por su inteligencia y (aquí admito mi superficialidad) por ser tan atractivo, pero ¿qué podría amar él de mí?

Cirucci agitó la mano delante de mi cara y me despertó de mi aturdimiento.

-Hola. ¿Por dónde andabas?

-Ya voy -eché un vistazo final a la chica de apariencia elegante del espejo, solo dañada por el rasguño del brazo, y no la reconocí. Pero, en realidad, ya no sabía bien quién era yo.