En el auto camino a casa, me mantuve apartada del análisis de la reunión al que se habían entregado el jefe y sus dos hijos. Estaban satisfechos de cómo habían llevado adelante el negocio y lo felicitaban por haber tomado desprevenidos a los demás, al presentarme sorpresivamente como la jugadora estrella de su equipo. Me desligué de la conversación y reflexioné en cambio acerca de las sobras que habían quedado en mi plato. Lo único que había comido era una ensaladita, la guarnición de verduras y varios bollos de pan con los cuales el camarero me había mantenido bien provista para que no sintiera hambre. Los hombres habían decidido saltearse el postre y pasar directamente al coñac y al café. Si no hubiera sabido de antemano que eran delincuentes, la aversión a la mejor parte de la comida los habría condenado. Me las había arreglado para comer un par de chocolates con mi café latte pero, verdaderamente, ¿qué sentido tenía haber cenado por primera vez en mi vida en un restaurante cinco estrellas y haber aprovechado tan poco la experiencia?

Sabía que me obligaba a pensar cuestiones intrascendentes para evitar enfrentar el punto clave de la noche. El Adivino había prometido usarme como carnada para atrapar a Toshiro y yo no tenía ninguna prisa por averiguar en qué forma lo haría.

De regreso en nuestro no tan dulce hogar, seguí al jefe hasta el quinto piso esperando que ese fuera el final de la noche, pero no iba a tener tanta suerte.

-Karin, quiero hablar unas palabras contigo -jadeó al llegar arriba mientras se secaba el sudor de la frente con un pañuelo de seda rojo. Su corte lo espera en la gala, las mujeres admiraron su elegante apariencia.

-Damas, déjennos solos un momento -anunció con un gesto para que se retiraran.

Al observarlas salir en fila sin protestar, me di cuenta de que él había creado un grupo de mujeres robots para que cubrieran todas sus necesidades, igual que... ¿cómo las llamaban? Ah, sí, Las esposas de Stepford. Era ofensivo. El vidente se acomodó en su lugar favorito del sofá.

-Me imagino que entendiste qué esperamos de ti- Me encogí de hombros y puse los brazos alrededor de la cintura.

-Me parece que sí.

-Debes arreglar un encuentro con tu alma gemela mañana. Dile que no les avise a sus hermanos. Tiene que ir solo o a ti te ocurrirá lo peor, ¿entendido?

Amenazas y más amenazas.

-Sí, entiendo. ¿Dónde deberíamos encontrarnos?

Se frotó la mejilla. Esperé que fuera la señal del comienzo de un dolor de dientes verdaderamente espantoso.

-En el Puente del Milenio. Así, podremos constatar que realmente esté solo.

Un puente colgante y peatonal sobre el Támesis entre la galería de arte Tate Modern y la Catedral de San Pablo: una buena elección para un encuentro clandestino.

-¿Y después qué?

-Lo llevarás a la Tate. Nos encontraremos en el hall central: la Sala de Turbinas.

-Usted... ¿estará allí? -fui incapaz de esconder mi estremecimiento.

-Por supuesto. Tengo que hacer negocios con tu jovencito. No puedes traerlo aquí -se movió y lanzó un eructo-. Lo cual me recuerda algo: él te presionará para que le cuentes de qué se trata todo esto. No debes decirle nada de lo que escuchaste esta noche. Para él, esto solo está relacionado con el hecho de que es tu alma gemela. Si la leyenda del alma gemela es cierta, lo creerá de inmediato.

Mi mente estaba tan confundida que solo atiné a hacer un gesto de aprobación.

Me hizo una seña para que me acercara más a él y me sujetó el brazo magullado. No le dirás nada de lo que escuchaste esta noche.

Mareada, cerré los ojos fugazmente mientras su poder se extendía por mi mente y destruía mi libre albedrío en segundos.

-Eres una buena chica -comentó soltándome el brazo-. Ahora ve a dormir. Ponte en contacto con tu alma gemela temprano en la mañana y no le des mucho tiempo para pensar. No queremos darle la oportunidad de que se le ocurra algo para desbaratar nuestros planes.

Claro que no, ¿cómo habríamos de querer algo así?

-Cirucci estará vigilando todo lo que digas, de modo que no se te ocurra traicionarme.

-No me atrevería -balbuceé con total sinceridad.

-Buenas noches, Karin. Ah, no te olvides de devolverle los diamantes a Cirucci.

Aliviada porque me hubiera dejado ir, deposité el colgante y los aretes en la mano de Cirucci y me retiré deprisa antes de que alguien intentara pedirme algo. No había olvidado el intento de Nnoitra, ayer, de anticiparse al líder haciéndome prometer que le mostraría primero a él lo que había robado. Eso había sido un gran error, y no creía que él hubiera abandonado sus planes personales. Si se le ocurría alguna manera de beneficiarse sin cruzar alguno de los límites de lealtad al jefe, lo haría sin dudarlo. Afortunadamente, el Adivino les ordenó a Zommari y Nnoitra que se quedaran con él para planear lo que harían al día siguiente si Toshiro aceptaba encontrarse conmigo. Al no ser invitada dentro de ese círculo íntimo, mi única alternativa era regresar a mi habitación y pensar cómo haría para mantener a Toshiro fuera de esa sórdida situación.

Me quité la ropa elegante, colgué el vestido en un gancho detrás de la puerta y me puse mi pijama. Permanecí acostada durante una hora, pero el sueño me fue esquivo. Me levanté y caminé de un lado a otro del dormitorio hasta las tres de la mañana, como un ratón corriendo por un laberinto en un laboratorio, cuando el agotamiento me obligó a acurrucarme bajo el edredón.

Entre mis preocupaciones se encontraba Jinta, pero estaba demasiado asustada como para ir a verlo: todo contacto mantenido con mi amigo no había hecho más que empeorar su situación e imaginé que no me agradecería si continuaba llamando la atención sobre él. ¿Había sido yo la verdadera razón de que envejeciera diez años o lo había detenido antes de que le quitaran mucho más? El poder de Nnoitra era irreversible. Nadie había descubierto la forma de mantener a alguien Joven o, de lo contrario, el jefe lo habría embotellado y vendido. Lo hacía Nnoitra solo podía acelerar el ciclo de la naturaleza y que envejeciera.

¿Y qué haría yo con respecto a Toshiro? Tendría que arreglar un encuentro con él ya que, de lo contrario, el líder me forzaría a hacerlo. Pero tal vez, cuando nos viéramos, podría hallar alguna manera de advertirle lo que verdaderamente estaba ocurriendo. Por supuesto que me echarían la culpa si no aparecía en la galería Tate, pero eso era mejor que permitir que el vidente se acercara a él.

En algún momento, debí haberme quedado dormida porque ya era de mañana cuando desperté. Los escasos pájaros que tenían el valor suficiente como para acercarse a nuestro sector la ciudad, saludaban al amanecer con gran energía. Me di una ducha rápida con agua fría (el agua caliente era un lujo de pocos) y me vestí convirtiendo cada prenda en una pieza de una armadura mental para defenderme del día que tenía por delante. Camisa: tenía que proteger a Toshiro; jeans: debía encontrar la forma de soportar el castigo que implicaría no complacer al jefe; zapatos: no podía permitir que le hicieran más daño a Jinta. Finalmente, cuando me sentí lista para dar el primer paso, me sente en el Suelo con las piernas cruzadas y me conecté con Toshiro. Eran las siete y media. Si organizaba para encontrarnos en una hora, podríamos confundirnos entre la multitud que utilizaba el puente para llegar al trabajo. Eso haría más difícil la labor de Zommari Y Nnoitra de vigilar nuestros movimientos, algo que el líder no había pensado cuando propuso el lugar de encuentro.

Shiro. Hola, soy yo.

¿Karin? ¿Dónde diablos estás? Había respondido al menor indicio de que se trataba de un mensaje mío: debió haber estado escuchando todo el tiempo.

Buen día para ti también. Sonreí al percibir su malhumor mezclado con el alivio porque me hubiera conectado.

No tiene nada de bueno hasta que nos veamos.

Excelente: me había dado el pie. De acuerdo. Encontrémonos en el Puente del Milenio a las ocho y media. ¿Sabes dónde es?

No, pero lo encontraré. Ahora dime, ¿estás bien?

Buena pregunta. Ve allí y luego hablamos.

¡Karin!

Y ven solo. No involucres a tus hermanos en esto o no me verás.

Corté la conexión. Ahora que le había hablado, Toshiro podría tener una idea bastante aproximada de mi domicilio, pero dudaba de su habilidad telepática para localizarme.

Zommari, hice lo que me pidió. No me gustaba utilizar ese tipo de comunicación con la gente de la Comunidad -le daba demasiado acceso a mi mente- pero decidí que hablarle a Zommari de esa forma era el mal menor. Podría escabullirme sin tener que verlos.

¿Cuándo? Sus pensamientos dentro de mi cerebro eran como un golpe de maquinaria pesada comparado con el contacto ligero de Toshiro.

Ocho y media. Le dije que viniera solo.

Rayos, Karin, no nos dejaste mucho tiempo para llegar allí antes que tú.

El jefe me dijo que no le avisara con anticipación.

¡No se refería a nosotros! Y la Tate ni siquiera estará abierta... ¿lo pensaste?

No. Pero, bueno, mala suerte. Eso no se lo dije a él, por supuesto.

Lo siento, no lo pensé.

Sí, sí, nunca piensas. Igual ya está hecho. Estaremos ubicados. El Adivino puede llegar a las diez, cuando abre la galería... eso le dará más tiempo para prepararse.

Salgo ahora. No quiero llegar tarde.

¿Cómo está el brazo? Alcancé a percibir una mueca burlona detrás de la pregunta.

Ha estado mejor.

No lo olvides, Tal vez pienses que eres la hijita preferida de papá, pero eso no significa nada.

No tenía por qué estar celoso: yo no me hacía ilusiones sobre mi importancia. No te preocupes, Zommari, de todas maneras los diamantes no te habrían quedado bien.

Corté la conversación contenta, por una vez, de haber dicho la última palabra. Era verdad que él podía lastimarme, pero ya no me asustaba... no como su hermano y el líder.

La vanidad me llevó otra vez al baño para ponerme un toque de brillo en los labios y máscara. A pesar del cansancio, lucía mucho mejor que con mi disfraz de Wendy. Quizás esta vez a Toshiro no le daría vergüenza que lo vieran conmigo en público. Sería agradable que fuera así. Salí deprisa y me trepé a un autobús en dirección hacia la Catedral de San Pablo. Aunque no era lejos, me instalé en el asiento delantero del primer piso, el que se encontraba arriba del conductor y te daba la sensación de que conducías el autobús. Tuve que compartirlo con un colar que estaba escuchando música con su teléfono a un volumen tan alto que yo podía oír la letra de la canción. Reí ante la ridiculez de que los auriculares no fueran silenciosos y tarareé la música hasta que empezó a echarme miradas de odio. Era su problema: si no deseaba compartir sus canciones entonces debería invertir en unos audífonos de mejor calidad. Tenía suerte de que no le hubiera robado el teléfono celular. Normalmente, lo habría hecho solo para ver si lograba arrebatárselo y dejarlo en medio de la canción preguntándose qué rayos acababa de suceder.

Debo admitir que resultaba extraño estar de tan buen humor cuando mi vida era terrible. La única explicación posible era que había tomado conciencia de que, en pocos minutos vería nuevamente a Toshiro, mi alma gemela. No tenía que robar algo para levantar el ánimo porque podía obtener un poco de felicidad con solo imaginar que las cosas eran distintas.

Bajé del autobús en la sombra de la gran catedral. Las paredes blancas se erguían entre las calles angostas como sucios peñascos de azúcar. Estando tan cerca, no se podía ver bien la cúpula pero sabía que estaba encima de mí, posada sobre la catedral como una de esas tapas que usaban los camareros del Waldorf para cubrir los platos mientras los llevaban a la mesa. Imaginé una mano celestial brotando del cielo y alzándola con un ademán ostentoso, dejando ver el interior lleno de tumbas y de turistas.

Mientras caminaba hacia el puente, el sol brillaba sobre el Támesis. El ruido del tránsito se mezclaba con los gritos de los chicos en el patio de una escuela junto a la entrada del puente peatonal. Nadé contra la corriente mientras, en dirección contraria, se acercaba a paso rápido la marea de personas que llegaban a trabajar a la ciudad desde las terminales de trenes al sur del río. Era excitante estar en medio de tanta gente, sentirse por un momento parte de la vida vibrante de Londres. Imaginé que tenía una buena razón para estar ahí, tal vez un trabajo en uno de los cafés al otro lado del río, una vida normal con amigos y un apartamento en algún barrio barato de los suburbios. Para algunos, eso sería una vida aburrida, pero para mí, la independencia era el paraíso.

Como no tenía reloj, detuve a una mujer de aspecto estresado que se dirigía hacia el norte, una de las pocas personas que no hablaba por teléfono celular. Sin detenerse, me informó secamente que eran las ocho y cuarto. Perfecto: tenía tiempo de sobra para ubicarme en mi posición. Pensé que el medio del puente sería el mejor lugar, ya que me daba la posibilidad de estar atenta a los problemas que pudieran surgir hacia ambos lados. Había hablado en serio cuando dije que no me encontraría con Toshiro si venía con sus hermanos. Al subir al puente, admiré los soportes en forma de catapulta mientras meditaba que si mi mano celestial ya había terminado de servir en la catedral, podría tomar uno de esos aparatos y lanzar un proyectil hacia Kent. Aparté mis absurdas fantasías de la cabeza y me pregunté si la otra gente veía las cosas de la misma manera que yo. ¿Acaso Toshiro entendería la forma en que trabajaba mi mente?

-¿Karin?

Me llevé un susto tremendo al sentir el leve contacto en el hombro. Me di vuelta: era Toshiro, por supuesto. Había llegado antes que yo y había permanecido emboscado en la entrada del puente. Con todas mis maquinaciones, no pensé que él bién habría hecho sus propios planes en el corto tiempo que tuvo.

-Shiro, viniste -apoyé la mano sobre mi pecho, que latía con fuerza.

-No me dejaste muchas opciones -Sonrio, quizá contento con el uso del diminutivo tan familiar; echó una mirada detrás de mí. Los rayos del sol acariciaron su piel y su bronceado se volvió dorado. Me hizo sentir como si fuera una mortal de una de esas historias griegas que recibía la visita de un semidiós. Si no recordaba mal, en uno de esos relatos la humana había tenido un final feliz-. ¿Estás sola?

Asentí. En cierta manera podría decirse que estaba sola.

-¿Y tú?

Su rostro no pudo ocultar el espasmo fugaz de irritación por haber dudado de él.

-Me pediste que viniera solo y eso hice. Tienes que aprender a confiar en mí.

Comencé a caminar hacia el centro del puente, lejos de los peligros que acechaban cerca de la congestionada entrada. Cualquiera podría estar escondido allí.

-Y tú tienes que ser más desconfiado. No todos pueden permitirse ser tan crédulos.

Dejó pasar mis palabras sin hacer ningún comentario, pero no se quedó atrás.

-Bueno, ¿y a qué debo el placer de haber sido convocado esta mañana?.

Podía perdonarle el sarcasmo: hasta el momento, nuestros encuentros no habían sido muy alentadores.

-Hoy no tengo pensado robarte nada, si a eso se refería tu pregunta -hundí las manos en los bolsillos.

-¿Puedo suponer que finalmente has comprendido que las almas gemelas tienen que permanecer juntas?

Cuando arribamos a la mitad del puente, me apoyé en la reja y eché una mirada hacia abajo a las aguas verdosas y turbias del Támesis. Una bolsa de plástico anaranjada estaba enganchada en uno de los pedestales del puente y ondeaba como si fuera algún tipo de alga venenosa. Toshiro permaneció a mi lado, pero sus ojos no estaban en el río sino sobre mí.

-¿Karin?

No quería responder a su pregunta. Solo deseaba robar unos minutos a solas con mi alma gemela y disfrutar del sol y de la sensación de serena felicidad que tenía al estar con él a pesar de todo lo que se interponía en nuestro camino.

-¿Sabes algo, Shiro? Eres una persona maravillosa.

-¿Por qué siempre tengo la sensación de que te estás despidiendo?

Porque era así.

-Y también, por lo que he visto, tienes una familia fantástica. Estarás bien.

Se cruzó de brazos.

-¿Qué estás intentando decirme?

-Creo que si te quedas conmigo, te haré mucho daño.

Se encogió de hombros ante mi comentario.

-Las almas gemelas no pueden hacerse daño una a la otra... porque son una sola persona. Cuando estamos separados somos incompletos.

-Verás, Toshiro -señalé mientras raspaba la pintura-, la cuestión es que yo fui criada entre... personas malas y no puedo escapar de ellas.

-Yo te arrancaré de allí -la línea firme de su boca me dijo que no se conformaría con menos de eso.

-El líder nos controla -sentí que un escalofrío me recorría la espalda pero, hasta ese instante, no había quebrado ninguna de las reglas establecidas por él; solo tenía prohibido decir lo que había escuchado ayer-. Intenté contarte cómo era, las cosas que suceden; a mi amigo... lo lastimaron en mi lugar porque me quede contigo.

La rigidez de su postura desapareció. Atravesó la distancia que nos separaba y puso el brazo sobre mis hombros.

-Lo siento, Karin, ¿Se encuentra bien?

-No lo sé -hasta yo noté que mi voz se había apagado-. Y después ayer conocí a unos nuevos... bueno, supongo que tú los llamaría "aliados" del líder. No puedo decirte de qué hablaron, pero no es bueno... para ti, quiero decir- un dolor como si me taladraran el cráneo me advirtió no seguir adelante y respiré profundamente-. No puedo decirte nada más.

-¿Karin? -su tono era amable.

Levanté la mirada hacia él deseando poder perderme en la calidez de sus ojos claros.

Me acarició la mejilla con el dedo.

-No tienes que cuidarnos a todos, ¿sabías? Te preocupas por tu amigo, por mí, ¿cuándo permitirás que alguien se preocupe por ti?

Tragué saliva: las lágrimas estaban a punto de brotar, nunca me habían puesto en primer lugar y eso me sorprendió.

-Y creo que no entiendes lo que significa tener un alma gemela -sus dedos levantaban llamas en mi piel demasiado sensible mientras trazaban una línea por mi barbilla y el rincón ultrasensible junto a mi oído-. Seguramente conoces la teoría, pero no lo has visto en la práctica. Mis padres son almas gemelas... y observé durante meses a mi hermano Ichigo junto a Rukia, su alma gemela. Discúlpame, pero creo que sé más que tú de ese tema.

-¿En serio? -¿por qué mi voz se había vuelto ronca?

-Mm-mm -se inclinó más hacia mí. Sentí que temblaba un poco como si no estuviera seguro de que no lo volvería a rechazar. No se dio cuenta de que yo también estaba envuelta en esa atracción magnética- Veo que no vas a creerme a menos que te lo demuestre -sonrió tímidamente.

-¿Eso crees?

-Sí -deslizó el brazo por la parte baja de mi espalda y me atrajo hacia él hasta que nuestros cuerpos se tocaron. Su audacia aumentaba al ver que yo no hacía ninguna señal para desalentarlo-. Sabes algo, Wendy me agradó a pesar de su a ropa antigua y su graciosa actitud hacia la Geociencia, pero Karin me gusta en serio: es hermosa, resuelta y protectora. Ayer estuve completamente equivocado cuando dije que me decepcionaba la idea de que mi pareja fuera una ladrona... no valoré que hicieras lo que tenías que hacer para sobrevivir y quiero que sepas que jamás podrás decepcionarme -sentí su respiración en mi mejilla y mis párpados se cerraron solos cuando él cubrió la distancia que nos separaba. Sus labios comenzaron a explorar suavemente mi boca disparando besos tenues en los extremos-. Tranquila, no muerdo -susurró mientras acariciaba el costado de mi rostro para que relajara la mandíbula.

Aflojé los dientes y le devolví el beso. Su lengua cosquillas en mis labios y luego me acarició la boca. Sentí que las rodillas se me derretían. Lo único que impedía que me desmoronara era su mano en mi espalda, que me aferraba contra él. Percibí el calor de su contacto, los dedos flexionándose lentamente sobre mis músculos tensos mientras me persuadía de que podía confiar en él. Nunca me había sentido tan adorada en toda mi vida... ni tan respetada. Y yo había pensado que se sentía inseguro de cómo actuar con las mujeres: ¡qué equivocada estaba! Aprobó ese examen con un sobresaliente, como lo había hecho con todos los demás.

Él fue quien cortó el beso. Surgí de mi sueño maravilloso con su frente apoyada contra la mía. Un señor mayor que pasaba junto a nosotros nos sonrió con indulgencia y me percaté que nos encontrábamos en medio de la multitud.

-Amor de juventud -murmuró a su compañera dándole una palmada en el brazo-. ¿Recuerdas cómo era? -continuaron caminando, las cabezas inclinadas con cariño. Toshiro los observó con alegría y luego se volvió a mí con una gran sonrisa de satisfacción masculina.

-¿Ahora entendiste? -preguntó.

No estaba segura. Me había encendido y ahora no podía apagar el incendio. Mi cuerpo parecía arder con nueva energía como si, después de andar durante meses con baterías gastadas, me hubieran conectado a la corriente eléctrica. Pasé los dedos sobre mi boca.

-Y yo pensaba que no sabías mucho de mujeres.

-¿Por qué? -inquirió con el ceño fruncido-. ¿Estuve mal?

-No -respondí con una risa temblorosa-. Pero tu hermano dijo que...

-No, ¿no me digas que escuchaste eso? -Toshiro se echó a reír y apartó un mechón de pelo de mi mejilla-. No pretendo tener su amplia experiencia, pero he besado a una buena cantidad de chicas.

Molesta ante la idea de que otras mujeres hubieran recibido esos besos con fuegos artificiales, amagué apartarme, lo cual no hizo más que divertirlo.

-No lo hagas. Eso fue antes de conocerte. Contigo, soy completamente distinto. Te necesito como necesito al oxígeno. Ningún beso me conmocionó tanto como este. Ya sabes, me voló la cabeza -sonrió francamente y no pude evitar devolverle la sonrisa-. Espero que sea el primero de muchos besos. Mira, Karin, no tenemos otra opción más que estar juntos; solo debemos pensar cómo apartar los obstáculos -masculló una maldición-. sonó mal. Lo que quise decir es que quiero estar contigo... y no hablo solamente como tu alma gemela. Sé que estás pensando que yo estaría bien sin ti. Y quizá eso fue así hasta la semana pasada, antes de conocerte, pero hoy no. Si te importo, aunque sea un poquito, tienes que darme una oportunidad de demostrarte que puedo ayudarte.

-Nadie puede ayudarme -señalé. Sin embargo, comencé a tener esperanza, a rogar que estuviera equivocada.

-Eso no es verdad. Al menos déjame intentarlo.