Permanecimos así durante unos minutos, sus brazos me rodearon con fuerza mientras los dedos jugaban con mi cabello y me hacían masajes en la nuca. Toda la tensión que estaba alojada en mi interior empezó a aflojarse. No podía negar lo que Toshiro decía: yo también lo sentía. Con él, ya no estaba sola ni desesperada. Con demasiada frecuencia, me sentía como si acabara de ser operada del corazón y me hubieran dejado un agujero de dolor en el centro del pecho. En los brazos de Toshiro, el hueco desaparecía y me sentía querida y completa. ¿Cómo podía pensar en renunciar a eso si existía al menos una minúscula posibilidad de que hubiera un futuro para nosotros?

-¿Ya te sientes mejor? -preguntó leyendo las señales que emitía mi cuerpo, que ya no estaba a punto de echar a volar.

-Sí, mucho.

-Dime por qué estamos acá.

Seguí el estampado de su camiseta con la yema del dedo.

-Me enviaron para atraparte. Soy la carnada.

-Continúa -señaló sin apartarse de mí.

El virus que el líder había alojado en mi mente me impedía hablarle de la Red Savant y de la amenaza que pesaba sobre mí.

-Mi jefe quiere hablar contigo. Estará en la Tate Modern -apunté hacia el edificio con aspecto de fábrica que se encontraba en el extremo sur del puente-. No estará solo.

-¿Para qué quiere verme?

-No puedo decirlo.

-¿No puedes o no quieres?

Era astuto.

-No puedo.

-¿Qué pasaría si me lo dijeras?

¿Podía responderle eso? El líder no me había ordenado mantener silencio acerca de sus poderes; ni siquiera había imaginado que yo quisiera confiarle esa información a Toshiro.

-Me haría daño. Mucho.

Toshiro me dio un beso en la cabeza.

-Está bien. Entiendo. Ya conocimos a tipos como él, que pueden manipular el cerebro de manera enfermiza como una especie de virus informático. No quiero que te hagan daño. ¿Cuánto tiempo tenemos?

-Más o menos una hora. La galería abre a las diez.

-¿Desayunaste?

Teníamos por delante una reunión con el Adivino y él pensaba en desayunar.

-Eh... no. ¿Pero no deberíamos hacer un plan o algo así?

-Podemos planear mientras comemos -dio un paso atrás y, sin soltarme la mano, me arrastró hacia el extremo sur del puente-. Vamos.

-¿Qué? -lo seguí sin saber si debería reír o llorar.

-Tengo a mi alma gemela solo para mí durante una hora. Pretendo aprovecharla al máximo.

Encontramos un pequeño puesto con café al borde del río y nos sentamos en una de las mesas metálicas. Varios parasoles rojos y blancos ondeaban con la suave brisa como si fueran banderines de fiesta. Una gaviota se balanceó en la punta de un farol, ama y señora de todo lo que abarcaban sus ojos negros.

-¿Qué quieres? -Toshiro entreabrió el menú plastificado-. Café, café, más café, té, té, otro tipo de té. Panecillos con cruz... eso suena muy inglés -tenía la expresión de alegría de alguien que había ganado la lotería.

Sonreí tratando de apartar mis pensamientos erráticos y concentrarme en la charla sobre bollos.

-De acuerdo, tomaré té y panecillos de cruz.

-Yo también -dijo guiñándome el ojo-. Es este momento, estoy cumpliendo uno de mis sueños -apoyó el menú sobre la mesa y le colocó el azucarero encima.

-¿Sueñas con panecillos con cruz? -bromeé.

Tomo mi mano y me besó los nudillos.

-No, sueño con tener a mi alma gemela para mí en un sitio soleado. No sabía que sería en Londres, pero no me parece mal.

-Muy bien, cariño, ¿qué van a querer? -con destreza de ninja, la camarera de aspecto maternal se precipitó sobre nosotros y nos sobresaltó.

Toshiro soltó mi mano y se apresuró a hacer el pedido.

-¿Quieres que traiga mermelada? -dio un golpecito al anotador-. ¿O con tu dulzura es suficiente?

Toshiro le lanzó una sonrisa tímida y dijo que sí, que querríamos mermelada. Me dio mucha ternura la facilidad con que se avergonzaba de la adoración que le profesaban las mujeres de todas las edades.

-Me encantan los norteamericanos -me declaró la camarera- Siempre tan atentos.

Mientras ella se alejaba diligentemente, toqué la mejilla de Toshiro.

-Te sonrojaste. ¿Qué les haces a las mujeres mayores? Todas te coquetean.

Apretó mi mano contra su piel.

-¿En serio? No me di cuenta. Solo estoy interesado en el coqueteo de una mujer.

-Buena respuesta -comenté con una gran sonrisa.

-Menos mal que conservo mis habilidades -Toshiro observó su reloj-. Muy bien, Karin, tienes una hora para contarme todo acerca de ti.

Avergonzada de mi miserable vida, retiré mi mano.

-¿Que quieres saber?

-Sé que no puedes contarme mucho, pero es tanto lo que no sé de ti que estoy seguro de que debe haber algo que puedas compartir conmigo. Eres vegetariana, ¿por qué? Te gusta leer. ¿Tienes algún autor favorito? ¿Qué te hace reír? ¿Llorar? ¿Prefieres las películas viejas de La Guerra de las Galaxias o las que hicieron después? ¿Qué música escuchas?

Aliviada, levanté la mano al ver que ninguna de esas preguntas apuntaba a mi problema.

-Está bien, está bien, ya entendí. Bueno, mmm... como no me gusta matar animales, no los como. Eso también me hace llorar.

-Me parece justo.

-Me gustan muchísimos escritores diferentes. Nadie me dijo nunca lo que debía leer, así que me imagino que mi lista debe ser un poco rara. Yo simplemente tomo libros de los estantes.

-Entonces dime a quién tomaste.

-Isaac Asimov y Jane Austen... en las bibliotecas se empieza por la A.

Los ojos brillantes, se dio un golpecito en la barbilla con el dedo índice.

-Interesante -Orgullo y Prejuicio en el espacio- le veo muchas posibilidades.

Dejamos de hablar mientras llegaba la camarera con el pedido. Cuando se marchó, continuamos.

-Willa Cather, Agatha Christie, George Eliot. Son tantos que me llevaría la hora entera enumerarlos.

-Por mí no hay problema -cortó el panecillo por el medio y untó las dos mitades con abundante mermelada de fresa del bonito envase que nos había traído la camarera- Muerde.

Obedientemente, tomé un trozo de la mitad que me ofrecía.

-¿Sabes algo? Voy a disfrutar mucho esto de alimentarte. Grimm piensa que estás desnutrida -dio un mordisco del mismo lugar de donde yo había comido sin apartar los ojos de los míos. Me pareció tan dulce que estuviera coqueteando conmigo... nadie lo había intentado antes.

Como no me agradaba que me recordara mis orígenes, cambié de tema.

-No las vi.

-No te entiendo.

-La Guerra de las Galaxias. Nunca entré a un cine.

Puso los ojos en blanco con una expresión burlona de horror.

-Vamos a tener que corregir eso de inmediato. Montones de palomitas de maíz y un festival de DVDs -de pronto, enrojeció-. No es que yo sea fanático de La Guerra de las Galaxias ni nada por estilo.

-No te creo -comenté riendo por lo bajo-. Estoy segura de que vas a esas convenciones todo disfrazado.

-Es mejor que esconda mi sable luminoso antes de que vengas a mi casa o mi credibilidad quedará destrozada.

-Demasiado tarde. Ya te descubrí. ¿Cuál fue la última pregunta?

-Música.

-Ah, sí. No sé. No tengo con qué escuchar música.

Apoyó la taza de té en la mesa.

-¿No has... eh... adquirido un reproductor de MP3 o un iPod?

-No me guardo las cosas que robo, excepto alguna ropa de vez en cuando. Está prohibido.

Toshiro acarició la parte interna de mi muñeca, un gesto que implicaba que comprendía, pero en realidad no era así. ¿Acaso el señor respetable y conservador podría entender que me había gustado ser una muy buena ladrona?

-Sin embargo, escucho algo de música en las tiendas: no estoy completamente fuera de onda. Muy bien -dije con falsa alegría- , ¿y qué me puedes contar de ti?

Revolvió el té.

-La opinión sobre La Guerra de las Galaxias de esta persona que está muy lejos de ser un nerd es que las nuevas son mejores: prefiero los efectos especiales y la actuación no me molesta. Nunca pude soportar el peinado de la Princesa Leia ni las criaturas tipo ositos de peluche como para que me gustaran las tres primeras, aunque tengo que admitir que Harrison Ford es híper genial. Como carne pero, por ti, estaría feliz de probar ser vegetariano y sé que sería mejor para el medio ambiente, de modo que debería hacerlo de todas maneras. Me gusta leer y mi novela favorita es Mi Nombre es Asher Lev de Chaim Potok.

-Guau, suena muy erudito -me sentí contenta de no haber admitido mi debilidad por la literatura romántica popular.

Echó a reír.

-Es una historia maravillosa... muy profunda. Pero también me agradan una buena novela de misterio y la ciencia ficción. Después me gusta la música clásica pero también otros estilos.

-¿Cómo cuáles?

-Rhythm and Blues, para empezar. Canciones como Billionaire la letra es genial, muy graciosa -cantó los primeros versos con tono áspero.

-¿Tú millonario? -pregunté sonriendo.

-No lo tomes en forma literal. ¿Pero no crees que podría convertirme en un gran cantante?

-Lamento desilusionarte, cariño: podrás tener buena estampa, pero te falta voz -le di unas palmaditas de consuelo en la mano.

-Tendré que renunciar a mi sueño de ser una estrella y conformarme en su lugar con ser un científico ambientalista.

-El mundo de la geonosequé se verá enriquecido gracias a esa decisión -comenté con una sonrisita burlona.

-¿Y el resto sentirá un gran alivio?

-Tú lo has dicho.

Ambos nos echamos a reír. No podía creerlo: habíamos pasado una hora fuera de la vida cotidiana y él se las había arreglado para convertirla en un momento precioso. Apenas recordaba todos los problemas que teníamos encima, solo disfrutaba su compañía sin pensar en el ayer ni en el mañana, en nada que pudiera arruinar ese instante.

-¿Y cómo es tu familia? -pregunté mientras bebía el té.

-Ya los conocerás pronto, espero -hizo una mueca al probar su propia bebida. Debo admitir que, incluso para mí, era un poco fuerte.

-Deberías haber pedido café.

-Pero ya sabes: al lugar donde fueres...

-Actualmente, los londinenses también toman café. No nos pasamos el día diciendo "hey, amigo, tómate una taza de Rosie Lee."

Lanzó una sonora carcajada.

-¿Qué dices?

-Ya sabes, es cockney, la jerga de los habitantes del East End de Londres.

Me acarició la mejilla y pasó el pulgar por mi nariz.

-No sé de qué hablas. En Colorado, no tenemos té "Rosie Lee", pero no veo la hora de que me enseñes todo eso.

Las mejillas se me tiñeron de rojo al pensar que estaba haciendo el ridículo.

-No es cierto. Eres muy graciosa.

Lo miré con el ceño arrugado.

-Deja de leer mis pensamientos.

-No fue necesario. Se te notaba en la cara -tragó el último trozo de bollo v comenzó a untar el siguiente-. Mi familia. Como ya te dije, tengo seis hermanos. Ya conociste al número tres y al número cinco.

-¿Les gusta que los llamen por el número?

Levantó la ceja, interesado al ver que yo había tocado el tema.

-No. De hecho, lo detestamos, pero facilita las explicaciones. Creo que todos queremos tener nuestra propia identidad y que no nos definan en comparación con los demás. Es algo normal en familias grandes como la mía.

-Ya veo. Para mí, siempre serás Shiro... no número seis.

-Me alegra que sea así. Sabía que había algo que me gustaba de ti -sonreímos-. El mayor es Ulquiorra. Es policía en Denver y tiene el don de percibir el trasfondo de los objetos con solo tocarlos. Es un rastreador increíble y jamás hace trampa, a diferencia de otros hermanos que podría mencionarte. Uryuu es más parecido a mí, supongo, porque es universitario. Comparado con el resto, es callado y reflexivo. Está haciendo un posgrado en ciencia forense y se conecta con el pasado, algo así como tener atisbos fugaces del futuro, pero al revés.

No pude contener un resoplido de escepticismo.

-Entiendo lo del pasado, pero no creo que nadie puede realmente ver el futuro. Los que conocí resultaron unos fraudes, aun en el mundo savant. No eran mucho mejores que una gitana que te lee la mano en un carro de feria.

Shiro me ofreció otro bocado.

-Entonces no has conocido a mi madre ni a Ichigo, mi hermano menor. Ambos reciben flashes de lo que está por venir. También tienen una asombrosa capacidad para saber en qué estás pensando -me guiñó el ojo.

-Y tú también.

-Menos. No como ellos. Yo manejo mejor la energía- chasqueó los dedos y apareció una llama en la palma de su mano. Di unos golpecitos para apagarla antes de que alguien la viera. Shiro envolvió mis dedos con los suyos para mantenerme cerca.

-Gin puede percibir el peligro, al igual que mi padre. Es muy tranquilo, pero es genial tenerlo a tu lado si surge una pelea.

-Eres afortunado en tener tantas personas queridas.

-Sí, lo soy -acarició mi mano distraídamente-. Los quiero a todos, aunque Ichigo y Grimm pueden ser muy molestos.

Sentí que no lo decía en serio. Se veía claramente que los adoraba.

-Ellos parecen creer que no soy suficientemente macho solo porque prefiero la ciencia a los deportes y les hablo a las chicas de libros y de ideas. Y yo creo que ellos son unos tontos deportistas, de modo que nos llevamos magníficamente bien.

-Pero harían lo que fuera por el otro.

-Eso se da por descontado -Toshiro hizo un ademán para que trajeran la cuenta.

-No en el lugar de donde provengo. Las familias no funcionan así.

-Karin, tú no has tenido una familia, al menos no por mucho tiempo. Por lo que oí, nunca has tenido una -su expresión tomó un aire resuelto-. Pero eso cambió desde ayer. Ahora tienes una gran familia de hermanos fastidiosos que te van a cuidar... y una hermana en Rukia, el alma gemela de mi hermano. Y ya verás cuando mi madre descubra que no tienes madre. Siempre quiso tener una hija mujer y creo que tú llenas esa descripción a la perfección. Antes de que te des cuenta, te llevará de compras y hará contigo todas esas cosas que les gustan a las mujeres.

-Suena maravilloso -repuse con una sonrisa triste.

-Lo será, ya verás -Toshiro le entregó la cuenta a la camarera con un billete de diez libras y, una vez más, no esperó el cambio. Esta vez, no protesté-. Hablemos de nuestro plan.

Nos levantamos de la mesa y yo entrelacé mi brazo con el suyo. Comenzamos a caminar lentamente por la ancha acera que rodeaba el Támesis, haciéndonos a un lado para dejar pasar a un chico en un skate que zigzagueó junto a nosotros.

-¿Tienes escudos poderosos? -pregunté al comenzar a sentirme mal, ya que nos dirigíamos hacia la galería Tate.

-Por supuesto. Si vives en una familia de savants que pueden leerte la mente, los desarrollas doblemente rápido.

-No dejes que nuestro líder se meta dentro de tu cabeza. Tiene una gran capacidad para manejar los controles de tu mente. Yo ni siquiera sé bien qué es lo que ha colocado dentro de mi cerebro, pero imagino que ha instalado algún tipo de protección que impide que nos volvamos contra él.

-Muy bien. No permitiré que me controle. Si me dejas, podría ayudarte a mejorar tus escudos.

Sonó muy seguro para mi gusto y me pregunté si se daría cuenta de que su capacidad intelectual, que lo ponía en el primer puesto en casi todos los lugares que frecuentaba, era inútil dentro de mi mundo. Observé un taxi acuático que pasó zumbando como un insecto hacia Greenwich, agitando el agua y dejando una estela blanca. El rugido de la ciudad ahogaba casi todos los demás sonidos y apenas conseguí escuchar el motor del bote.

-¿Cómo lo harías?

-Puedo tomar energía del ambiente y pasártela a ti para que refuerces tu escudo.

-¿En serio? Eso suena genial. Pero, cuando estoy frente a él, mis defensas se desintegran muy velozmente.

-Esta vez no te sucederá. Desde niño, tuve que aprender a controlar mi propio don para evitar incendiar todo aquello que me molestaba, por lo tanto soy bastante bueno para mantener la calma bajo presión.

-Excepto cuando estás conmigo.

-Sí, bueno, estoy trabajando en eso. Vamos, solo ha pasado un día.

-A él no le agradará que me resista -comenté con un vez sería mejor que hoy no intentaras nada pues encontrará una manera de castigarme si armo una pelea en público -toqué el rasguño de mi brazo al recordar la demostración de poder de ayer.

El movimiento llamó la atención de Toshiro.

-¿Él te lo hizo?

-Indirectamente -respondí encogiéndome de hombros-. No mentí cuando dije que él no tenía ningún problema en lastimarnos para que lo obedeciéramos.

Toshiro luchó con su furia antes de conseguir reprimirla respirando profundamente.

-De acuerdo. Vayamos despacio. Cuando llegue el resto de mi familia, tendremos refuerzos para ayudarte a resistir. Hoy nos limitaremos a averiguar qué nos quiere decir.

-No te agradará.

Me dio vuelta para que mi espalda quedara contra la pared que bordeaba el río y apoyó la barbilla sobre mi cabeza.

-Supongo que no.

-Entramos, escuchas lo que nos quiere decir y luego te marchas -estaba apoyada sobre su pecho y no quería despegarme ni para respirar.

-Sí, aunque debo hacer una pequeña corrección: nos marchamos.

-No lo permitirá.

-Ya veremos.

Tenía miedo por él, mi dulce e intelectual alma gemela.

No sabía a qué se enfrentaba y yo debía protegerlo por subestimar a sus enemigos. Sentí que estaba conduciendo a mi hermoso leopardo directamente hacia la mira de los cazadores.

-Escúchame, si la opción es que te marches sin mí o que tengamos una pelea, por favor vete. Yo estaré bien.

Se mostró herido ante la idea de que no creyera que él podía enfrentarse solo a ellos.

-Karin, no trates de interponerte entre el peligro y yo porque no lo permitiré.

-¿Y qué piensas hacer? ¿Golpearte el pecho como si fueras el hombre de las cavernas y revolear tu palo ante quien me amenace? Yo no soy una mujercita a quien debes defender.

Su semblante se endureció.

-Eso es precisamente lo que eres: mi mujercita y no permitiré que te sacrifiques por mí.

-Lo mismo digo, viejo, aunque yo tendría que substituir "mujercita" por "hombre grande" -estábamos diciendo ridiculeces y, en el fondo, sospeché que ambos lo sabíamos. Traté de calmarme-. Está bien. Entiendo lo que dices porque a mí me pasa lo mismo. Solo pongámonos de acuerdo en no arriesgarnos mutuamente y compartir la carga.

-Mis hombros son más grandes que los tuyos.

-Y por lo que oigo también tu cabeza. Deja de actuar con ese aire de "ser hombre grandote" y sé razonable. Solo podemos entrar allí si estamos de acuerdo en hacer las cosas de la mejor manera.

Shiro me dio un golpecito en la nariz con actitud de reprimenda.

-Mi padre proviene de una tribu indígena norteamericana por parte de su padre, ¿lo sabías? Podría hacerte arrestar por mantener los estereotipos raciales con tu broma del "hombre grandote".

Ups.

-No quise ofender.

-No hay problema. Pero a cambio, tienes que dejarme dirigir el espectáculo. Si los dos queremos llevar la voz cantante, terminaremos chocándonos bajo el fuego cruzado.

A pesar de que no me gustaba, no podía negar que su propuesta tenía cierto sentido. A la hora de enfrentar al líder, a menudo el miedo me paralizaba. Podía aceptar que, en esa ocasión, él sería más objetivo.

-De acuerdo. Por esta vez te dejaré dirigir, pero solo si me aseguras que no harás ninguna estupidez ni te expondrás al peligro. Entramos, escuchamos la propuesta y después tratamos de marcharnos juntos.

Me dio un abrazo por mi concesión poco entusiasta.

-Sí, ese es el plan. Trataré de no presionar demasiado para que no salgamos heridos, pero quiero que sepas que mi objetivo es llevarte conmigo. Mantente al margen y déjame manejar la conversación: sabré lo que estoy dispuesto a conceder para sacarte a salvo de allí.

Cerré brevemente los ojos.

-Tengo un mal presentimiento de este encuentro.

Me dio un beso suave en los párpados.

-Confía en mí, Karin. Todo saldrá bien.

-¿Tus hermanos no estarán cerca, verdad? ¿No habrán venido como apoyo?

-Te prometí que vendría solo esta mañana. Ni siquiera les dije adónde iba.

Qué lástima. Una parte de mí deseó que no hubiera sido tan honesto.

-Muy bien, ya es hora. Se suponía que yo debía asegurarme de que vinieras solo, de modo que tal vez es bueno que ellos no sepan en qué andamos.

-Los únicos que podrían saberlo son mamá e Ichigo, pero están volando hacia Londres -torció hacia abajo las comisuras de los labios-. Si reciben noticias del futuro, estaré en graves problemas cuando aterricen.

-No te preocupes: yo te protegeré de ellos.

-Eso sí puedo permitirlo.