Disclaimer: Ninguno de los nombres de personajes o lugares aquí mencionados son de mi pertenencia, a excepción de aquellos creados para sustentar esta obra. El resto son propiedad de Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.
Negro era el Color…
Por: Devil-In-My-Shoes
Aquella primera tarde… ¿Cómo olvidarla?
¿Cómo olvidar el trueno que sacudía los cielos y las olas que devoraban la costa?
La lluvia nos caía encima como agujas, fría y afilada, hasta hacernos hundir los hombros. En el timón mi padre gritaba, y la escarcha que helaba sus mejillas se quebraba. La tripulación corría a mi alrededor, un torbellino de hombres, cuerdas por atar y desatar, y agua de lluvia y de mar.
Y en medio de los gritos, el rugir del viento y el salpicar de las gigantescas olas… allí me encontraba yo. Con diecisiete años recién cumplidos y la voluntad de continuar el legado de mi padre, me lancé junto a él y a sus hombres a las voraces fauces del océano.
Era mi primera vez a bordo de su barco, mi primera vez montando las salvajes olas, y apenas logrando domarlas.
Corta hielos, eso éramos. Aquellos que abandonaban la seguridad de la costa para abrirle paso a los grandes buques extranjeros, a través de los mares congelados que abrazaban las costas de nuestra tierra. Que no les extrañe. Éramos hijos del fin del mundo, gente del inhóspito polo sur, a los que guían las primeras estrellas.
Mi padre y sus hombres eran expertos en su oficio de partir el hielo que se formaba alrededor de los grandes buques que se acercaban a nuestro puerto. Navegaban en su barca con punta de hierro hasta donde el mar congelado se los permitía, y luego saltaban armados con sus lanzas y martillos sobre la superficie del hielo. Golpe tras golpe, destrozaban el cristal que rodeaba los cascos de los buques extranjeros hasta liberarlos de su prisión helada.
Esa tarde escoltábamos un navío de Ciudad República. Pero no era cualquier navío, y aunque en ese entonces yo sabía muy poco sobre el mundo exterior, pude darme cuenta de que se trataba de una embarcación tan importante como lo era de imponente.
El navío de tres mástiles era más grande que los que solían atracar en nuestros muelles, tenía un gran castillo de proa, velas teñidas de un ardiente carmesí y doce potentes cañones, montados a ambos lados de la cubierta. La magnífica nave parecía igualmente adecuada para el comercio como para la guerra. Al verla por primera vez pensé: «Para conseguirme un pasaje en ese monstruo de madera tendría que venderme como esclava».
Aún recuerdo, vívidamente, cómo las ráfagas de viento helado me azotaban el cuerpo. Bajé la mirada y fruncí el ceño. La tela que había metido en mis botas, porque me quedaban demasiado grandes, ya estaba empapada, y los dedos de los pies me dolían por el frío. Poco podía hacer para ayudar a mis compañeros sin resbalarme por la madera empapada del piso. Se burlarían de mí y mi padre seguro me reñiría luego.
«Este no es trabajo para mujeres.» Me había dicho él aquella mañana, pero yo me rehusé a escucharlo. Odiaba la idea de quedarme en tierra como las demás chicas de mi edad, deshuesando pescado y cosiendo pantalones. Yo anhelaba la mar: el beso salado de su brisa y su horizonte infinito; las exóticas tierras más allá de este enorme pedazo de hielo al que solía llamar…hogar.
Una terrible ola nos golpeó por estribor y el barco se inclinó bruscamente hacia la derecha. Caí sobre mi estómago y, al intentar levantarme, dos ojos azules me devolvieron la mirada. No era más que mi reflejo en el agua que inundaba la cubierta. Una cara delgada y de mejillas hundidas. Pelo corto y oscuro. Nadie me había dicho jamás que fuera bonita. Si me convenía, aún podía hacerme pasar por un chico, cosa que mi madre odiaba.
¿Cómo creen que me subí de polizona en este barco?
Las olas volvieron a sacudirnos con violencia y esta vez caí por la borda. Sólo pude resignarme a recibir el látigo cruel de las aguas heladas cobijando mi cuerpo. Pensé que moriría congelada antes que ahogada… Si las fornidas manos de mi padre no me hubiesen sujetado en el último momento.
—¿Korra? —gruñó perplejo—. ¿Qué demonios haces aquí?
Me aupó casi sin esfuerzo y me dejó caer sobre la cubierta. Yo incliné la cabeza hacia abajo, incapaz de desafiar la mirada de mi padre. Llevaba ropas ajadas por el viaje y un cuchillo encajado en el cinto. Una larga barba oscurecía su rostro, y tenía una expresión angustiada que mostraba su desesperación.
—¡Desobedeciste mis órdenes! —afirmó entonces, recobrando su ferocidad de capitán de barco.
—¡No quería sólo quedarme en casa otra vez con mamá! —repliqué frustrada.
Nuestros cuerpos subían y bajaban, al ritmo del tronar de olas. Mi excusa era una tontería y una necedad, ahora lo reconozco y comprendo el porqué del enfado de mi padre. Su ruda voz rebotó en el agua cuando gritó:
—¡Pues ahí te quedarás hasta el próximo solsticio de invierno! ¡Y a tus deberes diarios añadiré uno más: a partir de hoy el faro será tu responsabilidad!
—¡Pero, papá!
Me fulminó con la mirada. Ya no estaba discutiendo con mi padre, sino con el Capitán Tonraq. Un feroz lobo de mar que me contemplaba con los brazos cruzados sobre el pecho y los pies bien separados para mantener el equilibrio en la barcaza, que se mecía. El viento salado le agitaba la melena, tiraba de su espesa barba y le hacía cosquillas en los pelos de los brazos descubiertos.
No se discute con el capitán, y eso lo comprendía hasta mi yo rebelde de diecisiete años.
Me limité a asentir, y me preparé para aguantar el resto del tormentoso viaje hasta tocar puerto.
X~X~X~X~X
Pasó una hora. Jirones de niebla pegajosa recorrían el gélido aire cuando el viento gemía y aullaba como un espíritu monstruoso.
Yo me aferraba a las jarcias de estribor, en medio del barco, y vomitaba por encima de la borda. Me había esforzado por no sentir ninguna molestia de estómago durante el viaje, pero la tormenta a la que nos enfrentábamos ahora era tan violenta que incluso a los hombres de mi padre —todos ellos, curtidos marineros— les resultaba difícil conservar la sopa en las tripas.
Sentí como si una roca de hielo me hubiera golpeado entre los omóplatos cuando una ola arrolló el barco de costado, empapando la cubierta antes de escurrirse por los desagües y volver al espumoso, malhumorado y furioso océano de donde había salido. Maldije por lo bajo y me sequé el agua salada de los ojos, mis dedos eran torpes como pedazos de madera congelados, y entrecerré la vista para mirar el negruzco horizonte que se alzaba más allá de la proa.
La Tribu Agua del Sur se vislumbraba en el horizonte, blanca y fantasmagórica en el crepúsculo.
El pequeño pueblo era oscuro y compacto, como un mendrugo de pan encajado en una grieta a lo largo de la costa. Quedaba aislado al límite de una gran bahía, recogida sobre sí misma e impenetrable a causa del mar de hielo. Las antorchas brillaban entre las almenas de los muros, y un viejo faro barría con su haz brumoso las oscuras aguas.
Había dos naves atracadas en el extremo sur del puerto y una tercera al otro lado. Entre ellas, nada más que barcos de pesca y pequeños botes. De los dos del sur, uno tenía el mástil roto. No me parecía que fuera, ni por asomo, un puerto adecuado para el portentoso barco que nos seguía de cerca.
—¿Qué clase de personas viajan en un buque así hasta un puertucho como éste? —pregunté alzando la voz.
A mi lado, un fornido marinero con la barba salpicada de canas y un ojo ciego respondió:
—Argh… La clase de personas que traen problemas. —Y se preparó para plegar la vela en el mástil.
Se decía en las tribus del agua que el viento tenía alma, y que al barrer las estrechas calles del pueblo se lamentaba por lo que encontraba a su paso. Ese día, silbaba entre los mástiles que se mecían en el puerto, cruzaba en tromba las puertas abiertas y aullaba entre los edificios. Entonces, como abrumado por lo que había visto, se transformaba en un leve gemido.
O al menos eso pensé, al tocar por fin tierra firme bajo mis pies mojados, y al ver el imponente casco de oro con fauces de dragón talladas que atracaba en el pobre muelle de piedra. Distinguí un nombre grabado en el costado del casco: «Flama del Mar», y un cosquilleo me bajó por la espalda. Jamás habría imaginado lo que ese nombre iba significar para mí en el futuro. En aquel momento, sin embargo, me hizo soñar.
Y olvidé por completo el temor que me había inspirado la voz del viento.
La arena y las piedras rasgaron el fondo del casco de la Flama del Mar cuando ésta encaró la playa nevada. El implacable y rítmico empujón del agua al lanzarse contra la tierra sonaba como la respiración de un monstruo marino. En cuanto arriaron las velas y tendieron la plancha, vi bajar de aquel majestuoso buque un desfile de marinos uniformados y oficiales bien vestidos. Me dejó pasmada lo impecable de sus rostros afeitados y las brillantes borlas doradas de sus uniformes.
Jamás había visto marineros así.
No había nada tosco en ellos, ni ropas ajadas, cicatrices o tatuajes. ¿Tan diferentes eran las personas del otro lado del mundo? ¿O era sólo una cuestión de clase social?
Volví a enfocarme en el tropel que descendía al puerto, y al terminar la procesión de aquel séquito, aparecieron dos figuras aún más peculiares. Un hombre alto de cabello gris y una joven que, tomada de su brazo, miraba con curiosidad el paisaje. El hombre parecía tan cansado como nosotros mismos, a pesar de que él jamás tuvo que enfrentarse a la tormenta. Tenía el rostro arrugado, marcado por las preocupaciones, y triste.
La muchacha era casi tan alta como el viejo, pero muchísimo más joven, como de mi edad. Ella y todo su séquito parecían fantasmas por lo blanco de su piel, cosa que me llamó la atención desde un principio, pero… Había algo en la piel de esa joven que destacaba de entre los demás rostros pálidos. Era como una perla inmaculada. Y resaltaba por el color intenso de sus labios rojos y finos, así como el negro profundo de su largo cabello.
Vino a mi mente la hermosa imagen de una sirena.
No me había percatado de lo fijo de mi mirada hasta que los brillantes ojos verdes de la joven se posaron en los míos. Di un respingo y desvié la vista, avergonzada. Mi madre me había advertido muchas veces sobre lo irrespetuoso que era el quedarse mirando a la gente, especialmente si eran desconocidos. Ya me había metido en suficientes problemas por ese día, así que me distraje pensando en la ruta más rápida para llegar a casa.
Una ola que salpicó sobre el muelle me pasó por encima, absorbiéndome el calor de los huesos. Los escalofríos me recorrían el cuerpo entero. Agotada y empapada como un perro callejero, comencé a andar por el puerto para evitar congelarme en el lugar, mientras esperaba a que mi padre terminara de atar su barco junto a la Flama del Mar.
Cuando llegué a la maltrecha pasarela de tarima que cubría la playa, me detuve un momento y miré el océano, gris por las nubes y moteado de crestas blancas por el errático viento. El hueco restallido del agua contra las columnas que tenía bajo los pies me hacía sentir como si aún estuviera plantada en la cubierta de nuestro corta hielos. El olor a pescado —fresco, destripado y podrido— se imponía a todos los demás.
«Ojalá pudiese navegar lejos, muy lejos de aquí…».
Divagué unos instantes hasta que, de repente, un cálido y pesado, pero confortable abrigo, me cayó sobre los hombros. Al verme envuelta en aquella suavidad giré bruscamente, huyendo nada más que por instinto.
—¡Osos marinos! —grité, entre asustada y confundida—. ¡Son reales!
No sé cómo terminé enredándome en lo que, en realidad, era sólo un abrigo de piel, y casi caí de la pasarela.
—¡Cuidado! —dijo la voz de una chica, quien me volteó justo a tiempo para evitar que me fuera de bruces al mar.
Con algo de esfuerzo conseguí quitarme la espesa capucha peluda que me había cubierto los ojos y… Y ahí estaba ella. La joven que bajó de la Flama del Mar.
—Cuánto lo siento —me dijo apenada—. No era mi intensión asustarte así. Es sólo que… Bueno, me pareció que estabas pasando mucho frío desde que te vi en el muelle. Válgame, ¡estás calada hasta los huesos!
Normalmente yo habría rechazado tanta conmiseración de parte de cualquiera, sobretodo viniendo de una extraña. Pero por todos los relámpagos en el cielo, ¡no hallé fuerzas ni deseos en mí para alejar a esta singular intrusa! Quise hablar y terminé balbuceando como una niña. Y mientras tanto, ¡ella continuaba mimándome!
Me quitó la bufanda. La plegó en un triángulo, me la pasó por la cabeza y me la ató al cuello.
—Ya está —me acomodó el pesado abrigo de piel alrededor de los hombros y se cercioró de cerrarlo sobre mi pecho—. Mucho mejor.
Yo aún no tenía palabras. ¿A qué venía tanta amabilidad? ¿Por qué se esforzaba en cobijarme con su fino abrigo de piel? La miré perpleja. Su cabello negro y largo envolvía unos rasgos de hermoso exotismo. Piel de perla y ojos de esmeraldas. Su nariz, pequeña y recta, añadía elegancia a aquella cara alargada.
—Estoy soñando —musité, rascándome los ojos.
—Pienso lo mismo cuando veo el mar —susurró la joven, fija su vista en el océano y más allá—. Nunca había imaginado que el horizonte pudiera trazar una recta tan perfecta.
Su voz era serena y reservada. Me hizo suspirar y contemplar la misma visión que ella.
La tormenta empezaba a amainar. El aullido horrendo del huracán se desvanecía bajo el ruido normal del viento; el agua adquiría una textura tranquila y lisa que no daba la menor pista de la violencia que solía cernirse sobre el lugar; y la niebla retorcida que se había agitado antes sobre el abismo, se fundía ahora bajo los cálidos rayos del sol, dejando el aire claro como el cristal.
Había sido su voz, estoy segura, la que tranquilizó el océano de la misma forma en que calmó mi agitado corazón.
—Te hace sentir pequeña, ¿verdad? La inmensidad del océano… —dije, hipnotizada al igual que ella, por los últimos trazos del atardecer.
—Sí —afirmó, esbozando una corta sonrisa—. Solía contemplar la hierba alta, preguntándome cómo era el océano. El viento la empujaba, la atraía, la aplastaba en un sitio, y después, en otro; se erguía, se aplanaba y volvía a erguirse. Ondeaba como el agua.
—Pero el mar produce ruidos fuertes, y es gris y frío —añadí—. Este mar es horrible. Hay mares más bellos en otras tierras, muchos marineros me lo han dicho. Esto no es nada…
—Es tu hogar.
—Es una jaula de hielo —me quejé y pronto me arrepentí—. Lo siento. Ni siquiera me he molestado en agradecerte el gesto —dije, arrebujándome un poco en su cálido abrigo—. Gracias.
—Gracias a ti —replicó ella.
Fue extraño, me pareció recoger un asomo de melancolía en su mirada. No creía que hubiera razón para que, una mujer que lo tenía todo, pudiera estar triste por algo. Y, sin embargo, me sonreía.
Y esa sonrisa me hizo arder las mejillas. Apenada, no pude hacer más que preguntar:
—¿Por qué me agradeces a mí?
—Por traernos a salvo a mi padre y a mí hasta aquí. Te vi luchar con la tormenta, y cómo casi caes por la borda. Es un oficio peligroso —afirmó, llena de admiración—. Pero sin tu ayuda y la de tus compañeros, nos habríamos quedado atrapados en el hielo.
Yo no sabía a dónde mirar ni podía estarme quieta; me llevé la mano a la cabeza, pero al punto la bajé para posarla en la valla de madera que rodeaba la pasarela sobre la playa. En aquel momento, deseé con todas mis fuerzas ser capaz de pensar.
Exhalé con ímpetu, buscando qué decir, pero…
—¡Korra! —Mi padre me llamó de repente y supe que todo acabaría ahí.
Rápidamente me despojé del abrigo y se lo entregué con un brusco empujón. Ella me miró confundida, pero no se atrevió a hacer preguntas. Supuse que su padre también era un hombre estricto, y a lo mejor, me comprendía…
Cómo fuera, me alejé de ahí corriendo. La única vez que volteé hacia atrás, la vi todavía ahí; el gesto sosegado, la mirada cariñosa. Pensé que me habría gustado saber más de ella, y fue cuando me di cuenta de que ni siquiera le había preguntado su nombre… De todos modos, era demasiado tarde, y yo demasiado irrelevante para merecer el tiempo de una persona así.
X~X~X~X~X
Aunque había calculado la ruta más rápida para llegar a casa, opté por separarme de mi padre y sus reprimendas, y me fui por el camino largo. Una lluvia leve caía sobre mi pelo mojado y la luna flotaba tranquila entre las nubes.
La chica de la Flama del Mar no abandonaba mi mente, y sentí lástima por haber sido tan grosera cuando ella sólo me había demostrado amabilidad.
¿Pero qué más podía haber hecho? Yo era una zafia de todas maneras. Criada entre marinos sucios, de niña mis únicos amigos fueron unos pillos que me enseñaron a trepar por una cuerda con una daga entre los dientes, y a escupir y mear a la gente desde el mastelero.
Recuerdo que pateé un guijarro con rabia y éste voló acompañado de una estela de lodo.
—¡Maldición! —grité desesperada, porque no me quedaba otra cosa que el destino que me aguardaba al llegar a casa.
El faro.
Me volvería loca allí. Estaba segura de eso. Era el peor de los oficios en la isla; sola día y noche durante seis meses, sin hacer otra cosa más que echarle aceite a una estúpida lámpara. Era un castigo cruel, especialmente para una jovencita que sólo deseaba ser libre y navegar lejos. Ahora tendría que aislarme en un diminuto islote rocoso, a kilómetros de la bahía y aún más lejos del pueblo.
Un pueblo que, de noche, era sombrío y decadente; de innumerables calles angostas y sucias que me conducían a los barrios bajos, en vez de acercarme a aquella extensión de agua inmensa que me llamaba. Agua que se dilataba y me inundaba, que me borraba de la conciencia ladrones, borrachos, calles sórdidas y los edificios en ruinas que había a mis espaldas.
«¿Qué hace la chica de la Flama del Mar aquí?».
La pregunta se me volvió obsesión. Ella y el faro me atormentaban los pensamientos. ¿Por qué una joven de mundo, claramente adinerada y hermosa, tendría que viajar hasta esta isla lejana y olvidada?
«¿Por qué se molestó en perder su tiempo conmigo?».
Los barcos entorno al pueblo eran formas oscuras y grandes, como castillos que se alzaban sobre el mar, provistos de mástiles que semejaban esqueletos y velas que gualdrapeaban, y donde resonaban voces de hombres invisibles en lo alto de los aparejos. Y la Flama del Mar, como un gigantesco dragón entre todos ellos, con sus alas carmín replegadas y sus fauces de oro respirando aire salado, era para mí un recordatorio constante del lío en el que me había metido… Y de esa chica.
Esa chica de mirada amable.
Llegaba demasiado tarde y demasiado pronto al mismo tiempo. Casi todos los barcos de la primavera ya habían venido y se habían ido hace dos o tres semanas. Dentro de un mes, empezarían a soplar los vientos del noroeste, y entonces volverían los cazadores de morsas y llegarían barcos del Reino Tierra y de las Cuatro Naciones para comprar pieles, carne y grasa.
Pero ella y su padre habían venido en un tiempo muerto, a esta tierra de nadie donde sólo florece el hielo. ¿Por qué y para qué? Ansiaba saberlo. ¿Por qué venir a una isla de donde todos queremos escapar? ¿Por qué hacer ostento de tan imponente barco y de tan bella hija? ¿Qué pretendía ese viejo de cabellos grises y mirada lastimera?
Me enteraría de ello en las semanas siguientes.
X~X~X~X~X
El anciano que cuidaba el faro me explicó apenas lo necesario, luego de hablarme sobre la disciplina y la dedicación que implicaba el oficio que había desempeñado durante sesenta años.
—Trabajar en el faro —me repetía el hombre con su temblorosa y desdeñada voz—. Es como trabajar en la Guardia Naval. Además de atender la luz, jovencita, debes ocuparte de todas las tareas domésticas que puedas imaginar y mantener un alto nivel de disciplina en lo que respecta al aseo personal, el orden y el cuidado del equipo.
Yo rodeé los ojos con hastío.
—Bien, al menos no me aburriré hasta la muerte —dije.
—¡No te di permiso de abrir la boca! —gritó, y luego reiteró—. Como guardiana del faro, debes tener especial cuidado con el suministro de agua. Recoge agua de lluvia siempre que puedas y úsala para regar la huerta y saciar tu sed. Todo lo demás deberás hacerlo con agua salada, incluso para darte un baño. Recuerda que para llegar al pueblo tendrás que remar tres horas y caminar tres más, ¡así que no la desperdicies!
—Sí, señor.
—Y procura ser muy cuidadosa siempre, y si puedes, ojalá no te enfermes. Digo esto porque si te enfermas, no podrías llamar a tu mamá para pedirle sopa de pescado. Estarás sola. Si te rompes una pierna, aún tendrás que subir cien escalones hasta la cima de esa torre y encender la luz. Por la noche, estará muy oscuro excepto por la luz del faro, ¡así que cuida dónde pisas! Durante el día, te duermes y procura levantarte antes de las tres de la tarde para iniciar tus labores diarias.
—Sí, señor… —repetí con voz monótona, odiando cada segundo de mi vida.
—¡Además! Si hubiera un naufragio cerca del faro, será tu deber salir en el bote de remos y hacer lo que puedas para salvarlo. Recuerda esto chiquilla: los naufragios siempre ocurren en noches de mierda. Eso significa frío, lluvia, nieve, viento, olas y olas y más olas. ¿Está claro? —gritó cual capitán.
—¡Noches de mierda, sí, señor! —dije llevándome la mano a la frente en gesto oficial.
Esto me procuró un golpe en la cabeza con el bastón del anciano.
—Mocosa infeliz, ¿te crees que esto es un juego? —me reprendió—. Ya veo porqué tu padre te envió aquí. ¡Bien pues, estos seis meses en aislamiento te enderezarán!
—O me matarán —musité.
—Sólo si tienes suerte —se burló el viejo.
Así sin más, subió a su bote de remos y se retiró lentamente sobre las ondulantes aguas, hasta que desapareció en la distancia. Sólo entonces comprendí lo remoto de mi nuevo hogar; un pedrusco en medio del mar cagado por las gaviotas, donde apenas había tierra suficiente para cultivar alimento para una sola persona.
Una sola persona.
Yo.
Completamente sola durante seis meses.
El peso del mundo me aplastó y me ahogué en lágrimas, incapaz de contener el raudal que brotaba imparable. Me contemplaba con fijeza las manos, y una lágrima me cayó en la palma.
Permanecí observando la larga sombra del faro que se proyectaba a mis pies, y me pregunté cómo podía sentirme tan desolada. No recordaba haber llorado en toda mi vida; nunca lo había hecho… Hasta que ese estúpido buque de la Ciudad República apareció en el horizonte y encendió en mí la locura de subir a bordo del barco de mi padre, a costa de mi vida, nada más que por amor a la aventura.
Entonces ni siquiera sospechaba de las otras locuras que ese buque habría de encender en mí, por traer a mi vida a aquella joven del cabello negro, profundo como el mar. La sirena que sería mi perdición…
»Continuará…
Notas de la Autora: Hola de nuevo, ¿cómo los ha tratado el 2021? Hoy les traigo un fic inspirado puramente en el nuevo álbum de Mägo de Oz: Bandera Negra. La temática del mar, barcos, piratas y sus leyendas me había atraído desde hace un tiempo, y la música de Mägo fue la gota que derramó el vaso de la inspiración. Ya tengo tres capítulos escritos, aunque sin editar, lo que promete rápidas y constantes actualizaciones (mientras mi tiempo lo permita).
Ojalá les guste.
