Disclaimer: Ninguno de los nombres de personajes o lugares aquí mencionados son de mi pertenencia, a excepción de aquellos creados para sustentar esta obra. El resto son propiedad de Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.


Negro era el Color…

Por: Devil-In-My-Shoes


Ocho meses antes…

El burdel se hallaba en la parte más oscura y sucia de los muelles. Al igual que en la mayoría de aquellos establecimientos, la planta baja era un bar y las habitaciones de arriba estaban reservadas para las chicas más hermosas. Todas las demás transacciones tenían lugar en las caballerizas que había en la parte trasera del edificio.

Korra recordó las palabras del Sucio Shin mientras entraba en el local. «Él conoce casi todas las caras. Pero a ti no te reconocerá. Finge que eres nueva en el negocio. Ofrécele un buen precio por lo que tenga. Tráeme la mercancía.»

Se le acercaron varias chicas mientras cruzaba la estancia. Todas tenían un aspecto pálido y cansado. A un lado de la sala ardía en el hogar un fuego enfermizo que apenas daba calor. Había un camarero encorvado detrás de la barra, dando conversación a dos clientes.

Korra sonrió a las chicas, mirándolas a todas como si le costara decidirse, y luego, siguiendo las instrucciones del Sucio Shin, se acercó a una muchacha que llevaba una pluma tatuada en el hombro.

—¿Quieres pasártelo bien? —le preguntó la muchacha.

—A lo mejor después —respondió Korra—. He oído que tienen una sala de reuniones oculta en este local.

Sorprendida, la joven se apresuró a asentir.

—Es cierto. Arriba. La última a la derecha. Yo te acompaño.

Cogió a Korra de la mano y la guió hasta la escalera. La chica temblaba levemente y la agarraba con poca fuerza. Korra volvió la vista mientras subía los escalones y descubrió que muchas de las chicas estaban mirándola con miedo en los ojos.

La inquietud la hizo mirar a su alrededor con cautela en el rellano superior antes de abordar el pasillo. La chica tatuada le soltó la mano y señaló las habitaciones del fondo.

—Es la última puerta.

Korra le puso una moneda en la mano y siguió andando. Abrió la puerta poco a poco y escrutó el interior. Era una habitación diminuta, dotada sólo de una mesa pequeña y dos sillas. Korra entró y lo inspeccionó todo en un instante.

Habían taladrado algunas mirillas en las paredes. Sospechaba que había una trampilla bajo el gastado tapete del suelo. Un ventanuco ofrecía vistas a una pared, y poco más.

Korra abrió la ventana y examinó la pared de enfrente. Para el tipo de establecimiento que era, aquel burdel estaba demasiado tranquilo. Se abrió una puerta cerca de la habitación y se aproximaron unos pasos por el pasillo. Korra volvió a la mesa y compuso sus rasgos en una expresión desconfiada. Un hombre cruzó el umbral.

—¿Tú eres el desagüe? —preguntó él con voz ronca.

Korra se mostró indiferente.

—Así me gano la vida.

Los ojos del hombre recorrieron toda la estancia. Su cara podría haber sido agradable si no fuera tan gruesa, o si la luz que tenía en los ojos no fuera tan fría y salvaje. Algo destelló en su pecho. Korra entrecerró los ojos y vio que se trataba de un colgante con la forma de un murciélago de oro.

—Tengo una cosa para vender —dijo el hombre.

Sacó las manos, que había tenido hundidas en los bolsillos. Una estaba vacía; la otra sostenía un brillante collar. Korra inspiró de golpe; no debía mostrar sorpresa. Una pieza como aquella por fuerza debía haber pertenecido a una persona muy rica... si es que era auténtica.

Korra alargó un brazo para coger el collar, pero el hombre lo apartó con rapidez.

—Tengo que comprobar que no es falso —señaló Korra.

El hombre arrugó el ceño, con los ojos endurecidos por la desconfianza. Presionó los labios y luego, de mala gana, extendió el collar sobre la mesa.

—Míralo —dijo—, pero no lo toques.

Korra suspiró y se inclinó para estudiar las gemas. No tenía ni la menor idea de cómo distinguir las gemas reales de las falsas, desventaja que tendría que remediar algún día, pero se había fijado en lo que hacían los dueños de las casas de empeños cuando examinaban joyas.

—Dale la vuelta —ordenó ella.

El hombre hizo girar el collar. Korra lo miró de cerca y distinguió unas letras grabadas en el engaste.

—Levántalo para que la luz pase por las piedras.

Sosteniendo el collar con una mano, el hombre observó cómo Korra entornaba los ojos.

—¿Qué me dices?

—Me lo llevo por diez de plata.

El hombre bajó la mano.

—¡Pero si vale por lo menos cincuenta de oro!

Korra soltó un bufido.

—¿Quién va a darte cincuenta de oro en los muelles?

El hombre movió un labio con nerviosismo.

—Veinte de oro —dijo.

—Cinco —propuso Korra.

—Diez.

Korra hizo una mueca.

—Siete.

—En la mesa.

Korra hurgó en el bolsillo del abrigo, contó las monedas con la punta de los dedos y sacó la mitad de ellas. Añadió otras, procedentes de los distintos lugares donde había ocultado el dinero del Sucio Shin, para construir seis montones de monedas. Cada pila equivalía a un oro, y suspiró antes de sacarse de la bota una brillante moneda de oro.

—Suelta las gemas —dijo Korra.

El collar aterrizó en la mesa al lado del dinero. Mientras el hombre acercaba la mano a las monedas, Korra cogió el collar y se lo guardó en el abrigo. El tipo contempló la pequeña fortuna que tenía en las manos y sonrió, con los ojos iluminados de regocijo.

—Un buen trato, mocosa. Esto se te va a dar bien.

Él salió de la habitación sin darle la espalda, dio media vuelta y se esfumó a toda prisa.

Korra avanzó hasta el umbral y vio al hombre llegando a otra puerta y cruzándola. Al salir al pasillo, oyó que una chica chillaba asustada.

—Ahora serás mía —dijo la voz ronca.

Korra pasó junto a la habitación y echó un vistazo. La chica del tatuaje estaba sentada en un lado de la cama. Alzó la mirada hacia Korra, con los ojos muy abiertos por el miedo. El hombre estaba plantado junto a ella, mirando las monedas que llevaba en la mano.

Korra siguió adelante y se encaminó a la planta baja.

Mientras bajaba al bar, compuso una expresión huraña y decepcionada. Las chicas interpretaron su cara y la dejaron en paz. Los clientes varones le echaron un vistazo, pero no la llamaron ni se acercaron a ella.

Afuera sólo hacía un poco más de frío que adentro. Vista la falta de clientes en el burdel, Korra sintió cierta pena por las rameras mientras cruzaba la calle y se metía en la penumbra de un callejón.

—Pareces aburrida, Korrita.

Ella se giró a un lado y a otro. Pasó un tiempo largo y desconcertante buscando antes de ver al hombre de piel oscura oculto entre las sombras. Incluso después de localizar al Sucio Shin, Korra se inquietó al descubrir que solamente podía verle un par de ojos celestes y el esporádico destello de los dientes.

—¿Tienes lo que te he mandado a recoger?

—Sí. —Korra sacó el collar y lo sostuvo en la dirección aproximada del Sucio Shin.

Notó que unos dedos enguantados rozaban los suyos y, a continuación, el peso de la joya abandonó su mano.

—Ah, éste es. —El Sucio Shin suspiró y miró el burdel—. El trabajo de esta noche no se ha acabado, Korra. Quiero que hagas otra cosa.

—¿Sí?

—Quiero que vuelvas ahí, y lo mates.

Korra notó que el frío hacía presa en su estómago, una sensación demasiado parecida a lo que imaginaba que dolería un cuchillo atravesándole las entrañas. Por un momento no pudo pensar, y luego su mente empezó a funcionar como un rayo. Era una prueba. El Sucio Shin sólo quería saber hasta qué punto podía presionar a su nueva aprendiz.

¿Qué debía hacer? No tenía ni idea de lo que ocurriría si se negaba. Y quería negarse. Desde luego. Comprender aquello supuso al mismo tiempo un alivio y una preocupación. Que no quisiera matar no significaba que no fuera capaz de hacerlo... Y aún así, cuando consideraba la opción de cruzar la calle y hundir su navaja en los órganos vitales de un hombre, no podía obligarse a dar ni un paso.

—¿Por qué? —Mientras lo decía, Korra supo que había fallado la primera prueba.

—Porque lo necesito muerto —replicó él.

—¿Por... por qué lo quieres muerto?

—¿Te hace falta que lo justifique?

Korra hizo acopio de valor. «A ver hasta dónde puedo llevar esto».

—Sí.

El Sucio Shin soltó un ruidito; aquello le había hecho gracia.

—Muy bien. El hombre con quien has cerrado el trato se llama Zolt. Antes trabajaba para El Jefe de nuestra organización. Pero Zolt a veces usaba lo que había aprendido en el trabajo para ganarse un poco de dinero por su cuenta. El Jefe lo consentía por ser el mejor de sus hombres, hasta hace algunas noches, cuando Zolt decidió hacer una visita inesperada a cierta casa en particular.

Korra apretó los labios, no le gustaba hacia dónde iba aquello.

—La casa pertenecía a un rico mercader que tenía un trato con El Jefe. Cuando Zolt entró, en la casa estaban la hija del mercader y un puñado de criadas... Hizo con ellas lo que quiso —El Sucio Shin dejó de hablar y Korra percibió un siseo de rabia—. Lo que quedó de ellas apenas alcanzó para reconocer sus cadáveres. El Jefe me ha concedido el derecho de castigar a Zolt. Aunque la hija del mercader hubiera sobrevivido, él sería hombre muerto. —Los ojos celestes se posaron en Korra—. Por supuesto, te preguntas si me lo estoy inventando. Tienes que decidir si confías en mí o no.

Korra asintió y luego miró el burdel, al otro lado de la calle. Siempre que debía tomar una decisión sin estar segura de la verdad, confiaba en su instinto. ¿Qué le estaba diciendo ahora?

Pensó en la mirada fría y salvaje que había en los ojos de Zolt, y el miedo en los de la chica del tatuaje. Sí, ese tipo era capaz de cometer atrocidades. Entonces le vinieron a la mente las otras putas, la tensión que se respiraba, los pocos clientes. Los únicos dos hombres que había en el burdel habían estado hablando con el propietario. ¿Serían amigos de Zolt?

Ahí estaba pasando algo más.

¿Y el Sucio Shin? Korra repasó todo lo que sabía de aquel hombre. Sabía que el pirata podía ser despiadado si lo obligaban, pero por lo demás, el Sucio Shin siempre había sido justo. Además, su voz se había teñido de rabia al describir el crimen de Zolt.

—Nunca he matado a nadie —confesó Korra.

—Lo sé.

—No sé si puedo.

—Lo harías si alguien amenazara a tu madre o a tu padre. ¿Tengo razón?

—Sí, pero esto es distinto.

—¿Lo es?

Korra miró al pirata con los ojos anegados. ¿Acaso estaba amenazando a su familia?

El Sucio Shin suspiró:

—No, no me refería a eso. Yo no trabajo así. Te estoy examinando, Korrita. Eso ya debes saberlo. No tienes que matar a ese hombre. Lo importante es que aprendas a confiar en mí, y que yo conozca tus límites. Quieres ser parte de la Triple Amenaza, ¿no?

El corazón de Korra dio un vuelco. Ya esperaba tener que enfrentarse a pruebas para ganarse un lugar en la banda. Pero el Sucio Shin le había encargado tantas tareas distintas, que había empezado a preguntarse qué estaba buscando el pirata. ¿Tenía pensado algo para ella? ¿Algo diferente?

Quizá Korra tuviera que volver a afrontar esa prueba, cuando fuera más mayor. Si se demostraba incapaz de matar o reacia a hacerlo, podría ponerse en peligro a sí misma o a otros en momentos de necesidad. Y si esos otros incluían a su familia...

De pronto la duda y la indecisión se esfumaron.

El Sucio Shin miró de nuevo el burdel y suspiró.

—De verdad que quiero muerto a ese hombre. Lo haría yo mismo, sólo que... No importa. Ya lo volveremos a localizar. —Dio media vuelta y recorrió unos cuantos pasos por el callejón antes de darse cuenta de que su aprendiz no lo seguía. Se detuvo—. ¿Korrita?

Korra metió las manos en el abrigo y volvió a sacarlas, empuñando sus dagas. Los ojos del pirata se posaron en las armas durante una fracción de segundo, mientras captaban la tenue luz de las ventanas del burdel. Dio un paso atrás.

Korra sonrió.

—Vuelvo enseguida.


El presente…


Un viento helado zarandeaba la lluvia, la dispersaba en ráfagas y daba tirones a los gruesos capotes del techo. Me arrebujé con mi abrigo y encogí el cuello para hundirlo entre los pliegues de la bufanda. Hice una mueca cuando la lluvia me abofeteó, y después, resuelta, me volví de cara al viento. Salí por la base del faro y me dirigí hacia la maltrecha bodega que había en el exterior.

Me tomó una semana aprender dónde se guardaban las herramientas y las reservas de aceite, cosa que el antiguo guardia del faro jamás se molestó en explicarme. Me hice con el martillo y un puñado de clavos, y me dispuse a subir nuevamente a mi solitaria torre. Estaba cansada, agotada de hecho, pero tenía que esforzarme si quería sobrevivir aquí.

Era un castigo cruel, pero aún a mis diecisiete años de edad, era capaz de comprender los motivos de mi padre para imponerme esta condena.

Yo era una buena persona, pero no era precisamente una santa. Y mi padre debió haberse dado cuenta, de algún modo, que yo seguía malos pasos. Que terminaría convertida en pirata o algo peor sino me enderezaba pronto.

Mas la vida que yo anhelaba para mí misma no podía obtenerse siendo honrada, al menos no aquí, en esta miserable isla congelada.

Mi refugio era una espiral de habitaciones ubicadas en diferentes pisos. Nada extraordinario; un diminuto salón con una mesa y dos sillas, la cocina justo en el otro extremo. Subiendo cincuenta peldaños llegaba a una habitación con un crudo camarote y un lavabo cerca de una ventana redonda. Cincuenta escalones más arriba, se encontraba la luz que me esclavizaba noche tras noche… Todo lo demás era oscuro, vacío y silencioso.

Sólo el pesado zumbido de las olas contra las rocas rompía el silencio, y era un sonido que no proporcionaba consuelo alguno. Yo todavía me estaba adaptando a esta vida, aún estaba tratando de convencerme a mí misma de que ahora me pertenecía.

Me había cansado bajo el peso del trabajo del día, y el de la noche estaba por comenzar. Mientras fregaba los platos del almuerzo hasta dejarlos limpios, poco más podía hacer que escuchar a mi mente inquieta en la vaguedad...

«Deberías escapar de aquí».

«¿Por qué te quedas?».

«Tu padre es injusto y a tu madre no le importó enviarte a esta miserable roca».

«Eres patética».

«No eres nada».

«No tienes nada».

—¡Ya basta! —grité en voz alta, y vi a mi furioso reflejo en la ventana.

Me llevé las manos a la cabeza. Me apreté el cabello.

—Voy a enloquecer aquí… —susurré—. ¡No! Yo puedo soportarlo. Esto me hará fuerte.

Dejé los platos y corrí al exterior, a la lluvia y al frío. Miré el horizonte y respiré. El mar era inquieto, pero estaba calmo. Guíe mi respiración, inhalando y exhalando, al ritmo en que las olas iban y venían. Eso acalló mi mente, y volví al trabajo.


X~X~X~X~X


Pasaron los días. Yo me encontraba dividida entre el resentimiento que sentía hacia cada tarea agotadora que el faro tenía para mí, y el hecho de disfrutarlas. El trabajo diurno me mantenía ocupada: recolectaba agua de lluvia, sembraba y recogía los frutos de la huerta, apaleaba el carbón para encender la calefacción, revisaba las trampas de pesca, barría el piso...

Pero las noches… Interminables, frías y huecas. En poco podía distraer mi mente durante aquellas largas vigilias. Encendía la llama del faro y la encerraba en su prisión de cristal. Las siguientes horas me las pasaba alimentándola, luchando por mantenerla viva hasta la llegada del amanecer.

A veces me parecía que la llama y yo éramos un mismo ser: no podíamos doblegarnos hasta que la luz del sol tomara nuestro lugar.

En nuestras manos yacían las vidas de los pescadores y los mercaderes, que llegaban y salían de la Tribu Agua del Sur. Y al observar a aquellos botes pasar, esperaba ansiosa por lograr vislumbrar siquiera un atisbo de las velas carmín de la Flama del Mar. Y me decía a mí misma que debía sentirme orgullosa, porque en alguna noche de éstas, quizás, sería mi deber guiarla a salvo por las aguas oscuras, a través de los arrecifes de coral y más allá de los peligrosos témpanos de hielo.

Estaría protegiéndola a ella, al igual que ella me protegió a mí del frío.

¿Por qué me agradeces a mí?

Por traernos a salvo a mi padre y a mí hasta aquí. Te vi luchar con la tormenta, y cómo casi caes por la borda. Es un oficio peligroso…

Me azoraba cada vez que la recordaba, a ella y sus ojos amables; ella y su piel de perla, ella y su cabello negro, profundo como el mar. Debo confesar que mis pensamientos respecto a ella no siempre eran inocentes, especialmente cuando me desahogaba intimando conmigo misma. Y fantaseaba con acostarla de espaldas, y follarla largo y tendido, mientras el sol de la tarde caía sobre nuestros cuerpos.

Pero mis pensamientos se quedaban conmigo, y me decía siempre que, si tenía la suerte de volver a verla algún día, la trataría con respeto. Porque era distinta, sagrada e intocable en su alto pedestal, tan lejano del suelo lodoso en el que yo me arrastraba. Distinta de cualquier ramera en la que había desperdiciado mi sueldo de delincuente...

Esta fijación mía por la chica de la Flama del Mar era ciertamente desconcertante e inútil, pero como mínimo me ayudaba a soportar las noches junto a la cegadora luz del faro, y me animaba a seguir adelante.

El día en que viera a la Flama del Mar cruzar el horizonte y alejarse más allá de mi isla… Bueno, sólo rezaba porque ese día nunca llegara.


X~X~X~X~X


Dos semanas pasaron. Los días se volvieron más nublados y el trabajo nunca se detuvo. A veces llegaba a odiar a mi padre, porque me había impuesto hacer todas estas tareas agotadoras, incluso cuando el clima empeoraba y la soledad me aplastaba. Lo odiaba ferozmente, pero, al final me repetía que en realidad no lo hacía. Y a quien sí debería odiar, era al Sucio Shin, por haberme inducido a robar, estafar y… hasta a matar.

—No seas bestia, Korra —me dije alzando la voz, al tiempo en que me aferraba con fuerza al barandal en la cima del faro—. Esas decisiones las tomaste tú. Tú y sólo tú, Korra. ¡Tú te echaste encima esta condena! ¿Y bien? ¿Aprenderás tu lección? ¿Te convertirás en una mujer respetable y honrada? ¿Abandonarás tus locos sueños de riqueza y aventuras de uno al otro confín? ¿Te conformarás con envejecer y morir en esta apestosa isla?

El viento sopló con fuerza y las olas estallaron en el acantilado. Había decidido que no dormiría ese día, y que pasaría la tarde reprochándomelo todo hasta el anochecer. Cosas mías…

De acuerdo. Tal vez fue más bien cosa del licor que encontré oculto bajo los tablones del piso en la cocina. Y tal vez yo estaba un poco ebria en ese momento. Da igual. Sobria o no, yo ya había perdido mis cabales.

—¿Y bien? —me repetí, esperando por una respuesta que no podía darme.

Las nubes se hincharon hasta adquirir un tono amoratado, cargadas de lluvia, y una furiosa tempestad empezó a soplar desde el noroeste. Yo solté una carcajada. Estar ahí arriba hacía que me sintiera grande. Como si me mezclara con el cielo y la tormenta, hasta ya no poder encontrarme a sí misma.

En ese momento, yo formaba parte de algo enorme, fuerte e indomable.

Me sentía… libre.

Una lámina de relámpagos horizontales tembló entre dos nubarrones , y el mundo se convirtió en un retablo de mármol blanco antes de que volviera a reinar de nuevo la oscuridad. Cada relámpago cegador imprimía en mis ojos una escena inmóvil que luego permanecía allí, palpitando hasta mucho después de desaparecer el claro rayo.

Luego vino otra serie de relámpagos bifurcados, y entonces vi, como en un delirio blanco y negro, que una ola había empujado un bote de remos hasta mi playa.

Por unos minutos pensé que mi mente y la tormenta me habían jugado una broma, y que eso no era más que un enorme tronco hueco a la deriva, traído por la marea hasta mi solitario pedrusco en medio del mar.

Mas luego alcancé a ver que algo se arrastraba por la costa arenosa. Pensé en un león marino o un pingüino. De nuevo falló mi intuición. Lo que se dibujaba en la arena eran huellas de pies humanos.

Ya no podía rechazar más la verdad: alguien había naufragado al pie de mi torre, para arruinar mi soledad o, quizá, para salvarme de ella.

Cien escalones bajé, girando y girando, hasta llegar a la base del faro. ¿Y a quién habría de hallar tiritando de frío en un pozo de lodo salado?

El viento chisporroteaba y rugía, soplando primero en una dirección y luego en otra. El mar rugía al compás del viento y, tan cerca de mí que podía tocarla, se encontraba la chica de la Flama del Mar.

Ya no me cabía duda. La partitura de mi vida había sido compuesta por un demonio que gustaba de la ironía. Eso, o yo me encontraba atrapada en un delirio de locura y alcohol.

La chica estaba boca abajo, con la ropa desgarrada. Me horroricé ante el presentimiento de que se había ahogado. No… Respiraba. Pero su aliento era entrecortado, y cada exhalación parecía el estertor de la muerte.

Consternada, la volteé con suavidad. Tenía la tez gris, inerte y seca, como si la fiebre la hubiera consumido, los labios partidos, y un largo arañazo en el pómulo. Pero eso no era lo peor: en su sien izquierda se agolpaba la sangre y ésta empapaba su cuello y su pecho.

Deduje de inmediato que sus heridas eran recientes; probablemente no había sabido conducirse por las traicioneras corrientes de estas aguas y había estrellado su bote contra las afiladas rocas que ocultaba la marea alta.

Recordé las palabras de mi padre: «Si no conoces al océano, no lo desafíes, a menos que quieras convertirte en cagada de ballena». Lo que me extrañaba era que esta chica no tenía pinta de estúpida, ni por asomo. Ese papel lo llenaba yo.

No, algo la había obligado a lanzarse al tempestuoso mar, aún si no sabía navegar.

¿Pero qué?

Dejé de perder el tiempo y la cargué en mis brazos hasta la torre del faro. Ahora mi mente quebrada tenía algo más en qué ocuparse: resguardar a la chica de la lluvia, del frío, y velar porque se recuperara de sus heridas.

—Descuida… —le susurré, a pesar de que no podía oírme—. Me he partido la madre tantas veces que curar heridas se me ha hecho natural.

Miré hacia la luz del faro mientras me dirigía hacia su interior. Brillaba diligentemente sobre mí, proyectando su resplandor hacia el tormentoso mar. Había algo casi caprichoso en su fulgor, tal vez porque era lo único bello que existía en esta roca.

—Pues adivina qué, amigo mío: ya no eres la única cosa bonita aquí.


X~X~X~X~X


Se despertó a la mañana siguiente con una espantosa exhalación, casi como si hubiera emergido de debajo del agua. Por suerte yo estaba ahí para calmarla. Fue una maldita tortura, pero de algún modo conseguí cuidar de ella y de la llama del faro durante toda la noche. Debí haber subido y bajado los cincuenta peldaños de mi habitación hasta la cima de la torre unas mil veces ese día.

Valió totalmente la pena. Quería ser lo primero que ella viera al abrir los ojos.

Aunque no tenía fuerzas, la pobre se esforzó en incorporarse. Yo entendía que se encontrara desorientada. Había que hacer las cosas despacio por el momento.

—Shh… Calma. Tranquila, todo está bien… Estás a salvo —le dije, dándole golpecitos en el hombro.

—¿Dónde estoy? —Ella apenas pudo articular esas dos palabras.

—En el islote del faro. Muy lejos de lo que sea que te haya asustado.

Tardó unos instantes en comprender, y luego se llevó la mano a la sien herida. Palpó el vendaje, húmedo por su sangre, y se estremeció.

—Yo… ¿naufragué? —se quejó por el dolor y yo la ayudé a recostarse en mi camarote.

—Sí, y por fortuna las corrientes te trajeron hasta aquí. De otro modo… —No quise ni decirlo—. No importa. Te recuperarás. ¿Tienes hambre? Iré a preparar algo.

Me levanté de prisa y casi corrí hasta la puerta. Ella atrapó mi mano y tiró de mí antes de que pudiera alejarme. Me volteé sorprendida y ella me miró. Una luz familiar destelló en sus cansados ojos verdes. Entonces apretó mi mano con fuerza y susurró:

—Te conozco…

Suavizó el agarre que imprimía sobre mi mano, como si el reconocerme le asegurara, de algún modo, que yo no la abandonaría allí.

Sonreí y dije lo primero que se me vino a la mente.

—¡Osos marinos!

Su alegre risa me hizo reconsiderar todo lo malo que había pensado sobre mi condena en este faro. Era como un milagro; ya no estaba sola.

Mas tan pronto como apareció aquella adorable sonrisa, así mismo se esfumó. La cristalina mirada se tornó vacía, distante. La niebla ensombreció el brillo de sus ojos, y noté su mano más fría sobre la mía. El recuerdo de nuestro primer encuentro había traído algo más a su memoria. Algo oscuro…

—¿Crees que…? —su voz se quebró—. ¿Crees que alguien podría encontrarme aquí?

Sonaba aterrada. Tuve que hacer algo al respecto.

Mis manos eran horribles; callosas y con andrajos atados para evitar la congelación durante las gélidas noches que soportaba en la cima del faro. Eran toscas y duras, repartían puñetazos y no caricias. Robaban, masturbaban, desgarraban y ultrajaban. Esa mañana, sin embargo…

Esa mañana se volvieron dadivosas, compasivas y sinceras... Las abrí y cogí con suavidad las de ella, cubriéndolas entre las mías. Percibí el temblor en sus dedos y apreté con más fuerza. Ella me miró, pero yo seguí contemplando nuestras manos, por miedo a revelar lo mucho que la deseaba.

—Llámame Korra —dije—. Y para devolverte el favor del abrigo, te prometo vigilar el pueblo día y noche. Nada que venga de allá podrá dañarte sin antes pasar por encima de mí.

—Llámame Asami —replicó, sonriendo ligeramente, como si disfrutara del calor de mis manos maltrechas—. Gracias…

Podía oír su respiración, lenta y relajada. Sus dedos se escurrieron entre los míos y cayeron sobre el colchón. Se había quedado dormida una vez más.

La observé largamente en silencio. Le había lavado las heridas del cuerpo y la había dejado acostada entre una sábana de lino y una manta suave y pesada de lana de oveja. Era lo mejor que puede hallar para ella.

Yo no había dormido en más de doce horas, pero no estaba cansada.

No, ni un poco.

—Descansa, Asami —susurré.

Finalmente había probado el sabor de su nombre en mis labios.

»Continuará…


Notas de la Autora: ¡Gracias por el apoyo queridos lectores! ¡Qué bueno es saber que siempre puedo contar con ustedes! Ojalá les haya gustado esta segunda dosis, y hay más listo para publicarse ;)

Menciones de Honor Pirata

rav.9405: ¡Mil gracias por ser la primera persona en comentar! Te inmortalizo con oro en esta sección de honor :)

Tica97: ¡Qué hermoso es navegar con una compatriota a bordo! ¡Te saludo de vuelta, mil gracias!

Luna del Desierto: ¡Qué gusto tenerte de vuelta, veterana! Es cierto, la idea de Korra pirata ya la traía desde antes, pero no me gustó cómo quedó la primera vez y la mandé al traste. Quizá el momento correcto era éste. Ya tengo varios caps escritos, así que vamos viento en popa. Este fic llegó para quedarse. Te agradezco la lealtad de siempre. ¡Bienvenida a bordo!

"Que el viento sople siempre a favor de aquellos a quienes se les rinde honor aquí, ¡oro y trago para todos!"