Disclaimer: Ninguno de los nombres de personajes o lugares aquí mencionados son de mi pertenencia, a excepción de aquellos creados para sustentar esta obra. El resto son propiedad de Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.


Negro era el Color…

Por: Devil-In-My-Shoes


Cuando bajé de mi habitación, me trasladé a una estrecha recámara que hacía las de servicio. Tras cerrar la puerta a mis espaldas, me encorvé frente al lavabo y me observé en el espejo. Mi reflejo me contemplaba, y yo lo juzgaba. Quería encontrar en mí algo que pudiese agradarle a Asami, aunque quizá ella jamás sentiría atracción por alguien como yo.

Antes de venir al faro, mi aspecto era fuerte y altivo. Ahora me veía esmirriada. Como si estuviese consumida hasta los huesos, agotada, frágil… Incluso las cicatrices que me cruzaban los hombros y el pecho parecían menos profundas. Y tenía la cara escuálida, muy pálida. Sin los negocios del Sucio Shin, ni los cuidados de mi madre, yo había pasado hambre. El faro me había exprimido como a una ciruela de mar.

Ladeé la cabeza y me miré el costado derecho del cuello. Un tatuaje marcaba mi piel: la silueta de siete gaviotas alzando el vuelo desde mi pecho hasta el trazo de mi vena yugular. Quizá fuera el último vestigio que quedaba de mi inocencia.

"Si yo fuera una gaviota ¡Me gustaría volar tan lejos como pudiera! ¡Volaría a lugares lejanos y secretos! ¡Le daría la vuelta al mundo! Silo deseo con fuerza a una estrella fugaz, mepregunto si mi sueño se hará realidad..."

En el espejo, una niña me devolvió la mirada. Parpadeé y ésta había desaparecido. Los delirios de siempre…

Abrí el grifo y me refresqué la cara con un salpicón de agua fría y salada, esperando que eso alejara el agotamiento, y a los fantasmas de mi pasado.

—Vamos, Korra —me dije—. No es momento para perder la cabeza. Asami te necesita.

Salí del servicio. La cocina se encontraba justo al lado. En realidad, yo no sabía cocinar, pero las circunstancias me obligaron a aprender. Un poco de improvisación, si gustan llamarlo así.

Suspiré y puse manos a la obra. Llené una olla de agua y la coloqué sobre el fuego. Luego busqué en la despensa algunos de los vegetales que había recolectado del huerto la semana pasada. Faltaba algo. Fui al exterior y revisé las trampas para peces que colgaban del acantilado. Tuve suerte; todas estaban vacías excepto por una que contenía un barbo enorme.

Era perfecto para intentar imitar una de las recetas de mi madre.

Cuando empecé a preparar la comida ocurrió algo curioso. Mientras le quitaba las escamas al barbo, lo limpiaba y me ponía a filetearlo, escuché los pasos de mi invitada acercándose. Entró despacio en la habitación, con la sábana de lana sobre los hombros. No dijo nada ni yo tampoco.

Pero podía sentir sus ojos concentrados en mí y en lo que hacía; como cuando cortaba los vegetales y repiqueteaba el cuchillo rápidamente contra la tabla de madera. No pude evitar reírme ante la idea de que a Asami, algo tan común y corriente como cocinar, le llamara tanto la atención. Y no supe en qué momento llegué a tenerla observándome por encima del hombro durante todo el proceso.

Cuando por fin todos los ingredientes estuvieron hirviendo en la olla, tomamos asiento en las dos sillas que había junto a la mesa, y nos pusimos a esperar a que el caldo estuviera listo, en silencio. Un silencio denso, largo, incómodo…

La absurda pregunta relacionada al clima salió primero de mis labios, a la cual Asami contestó con un tono forzosamente casual, argumentando que no había parado de llover desde que la tormenta azotó hace dos días.

—¿Y aún así te atreviste a cruzar el mar en un bote de remos? —dije, incurriendo en una imprudencia.

Me había jurado no tocar el tema por lo mucho que parecía perturbarla. «Ah, Korra, deberías atarte a un ancla y lanzarte al fondo del océano. ¡Idiota!»

Asami, por supuesto, lanzó una respuesta esquiva.

—Larga historia… —Fue una afirmación tajante, huraña.

Me esforcé en elegir mis próximas palabras con cuidado.

—No tienes que decir nada si no quieres. Fue torpe de mi parte abrir la bocota.

Me aproximé a la olla con el caldo hirviendo para probar sus contenidos y así saber cuánto le faltaba para estar listo. En esto estaba cuando escuché los pasos de Asami acercándose a mis espaldas. Me volteé y la miré, impávida. Me pareció que el rostro de la joven describía arrepentimiento.

—Perdona eso que dije. No ha sido fácil para mí… todo esto.

No suelo tener buenas ideas, pero para cambiar el tema, una surgió justo cuando la necesitaba.

—No pasa nada. Ven, hay que cambiarte esos vendajes.

Hice que se sentara en una de las sillas de madera y le pedí que se inclinara hacia mí. Asami se acercó un poco más. Yo comencé a desenvolver la gasa vieja, provocando que ella se estremeciera al sentir que el material empapado de sangre se despegaba de su piel. No era tan malo como parecía; la herida sangraba mucho, pero era sólo una cortada superficial.

—Discúlpame desde ahora, esto va a dolerte.

Asami asintió levemente.

Entonces le apreté la sien con un trapo húmedo. Debió arderle como mil demonios, porque echó la cabeza hacia atrás con un grito.

—Te lo dije. Más vale que aguantes, ya casi termino.

Asami suspiró y se inclinó de nuevo hacia mí, cerrando los ojos con fuerza al tiempo que el trapo le presionaba la herida. Y mientras yo le limpiaban la cabeza, se decidió a volver a hablarme.

—¿Por qué estás aquí?

—Argh… —gruñí.

—Ya veo. También es una larga historia.

—Bah, descuida. ¿Recuerdas que me viste en el barco de mi padre la tarde en que llegaste? Pues se suponía que yo no debía estar ahí. Y ésa fue la gota que derramó el vaso tras una serie de… "errores" cometidos por mí. Mi padre me ama tanto que decidió abandonarme aquí para enderezarme.

Asami soltó una risilla resignada.

—Supongo que… yo también estoy aquí por lo mucho que me ama mi padre.

Froté suavemente la frente de Asami con el trapo, removiendo los rastros de sangre seca. Luego tomé una gasa limpia, corté una tira y la envolví alrededor de su cabeza. Esa herida ya no sangraría más.

—No tienes que hablarme de eso si no quieres.

—Tal vez deba. Creo que me haría sentir mejor —me miró fijamente—. Y tú pareces comprenderme más que nadie en todo el polo sur.

Mi corazón dio un salto.

—Ah, ¿sí? —musité, llevando una mano a mi nuca—. B-bueno. Si eso quieres…

Asami inhaló profundamente, como si estuviera preparándose para lanzarse desde la cima del faro. Supe de inmediato que, lo que estaba por escuchar, no iba a gustarme nada.

—Sé lo que pensaste cuando nos viste llegar en la Flama del Mar —comenzó—. Que somos gente adinerada y poderosa, que lo tenemos todo. Y quizá fue así hace algún tiempo, mas no ahora… Mi padre era el fundador y dueño de una compañía llamada Industrias Futuro, allá en la lejana Ciudad República.

Me levanté tan rápido que casi tumbé la silla.

—¡Joder! ¿Industrias Futuro? ¿La gran corporación de los Sato? ¡Oh, mierda! ¿Eres una Sato? —me llevé una mano a la cabeza, despeinándome el flequillo en el proceso—. E-es… Es que no lo puedo creer… Wow, vaya… Mierda, wow… Y-yo no tenía idea.

—¿Debería halagarme o preocuparme? —replicó Asami, un tanto divertida por mi reacción.

—¡No! ¡No! ¡Es un halago! Nadie en casa va a creerme esto.

—Lo harán. Ya todos saben quiénes somos y porqué estamos aquí. —Me tomó del brazo y tiró de él—. Por favor, vuelve a sentarte. Es…

—Una larga historia —sonreí—. Lo siento, sigue.

—En resumidas cuentas, mi padre tuvo un abominable golpe de mala suerte. En menos de un año perdió la mayoría de su flota de barcos y, cuando intentó enviar el último cargamento de nuestra mercancía al Reino Tierra, la caravana sufrió una emboscada por parte de unos ladrones forajidos y quedó destruida. Sus acreedores lo obligaron a declararse en bancarrota y vendieron todas nuestras posesiones y propiedades para recuperar las pérdidas. La Flama del Mar ya no era nuestra cuando llegamos aquí.

Yo apoyé los codos en mis rodillas, entrelacé los dedos y me les quedé mirando mientras ponía en orden mis pensamientos. Eso explicaba muchas cosas, desde la apariencia triste del viejo Sato hasta la melancolía oculta de su hija. Quizá habían viajado hasta aquí para entregar a la Flama del Mar a su nuevo dueño. Pero si ese era el caso, ¿por qué tenía que venir el viejo personalmente? ¿Y por qué diantres trajo a la pobre Asami en un viaje tan largo hasta una tierra tan cruel?

Asami estiró el brazo y rozó con su mano mis dedos entrelazados.

—Puedo ver que tu mente trabaja para deducir mi situación —dijo—. Vinimos hasta aquí personalmente porque la Flama del Mar le pertenece ahora a un rico comerciante de la Tribu Agua del Sur, y… —su voz se quebró—. Y así mismo yo… Yo también.

—¡¿Qué?! —Volví a levantarme—. Asami, no irás a decirme que…

Aquellos preciosos ojos verdes… Fue doloroso ver cómo se tornaban opacos, carentes de aquel brillo inteligente, y nublados por las lágrimas.

—Mi padre pensó que sería lo mejor, y lo comprendo. Desposarme con un hombre rico sería regresarme a la vida a la que siempre estuve acostumbrada. Mi padre no quería que yo pasara penurias junto a él, y entregó mi mano sin considerar mi opinión… Vinimos aquí personalmente para celebrar mi boda. Intenté… Intenté afrontar la situación, incluso me dije a mí misma que tal vez no sería algo tan malo, pero… ¡Es que no pude engañarme más!

Finalmente, sus lágrimas se desbordaron.

Yo no tuve corazón para permitir que helaran sus mejillas. Me arrodillé frente a ella y limpié su rostro con el trapo; lo hice muy despacio, con toda la gentileza que mis repugnantes manos eran capaces de reunir.

—Tienes derecho a sentirte así —le susurré—. Llora todo lo que quieras, no sigas cargando con ello…

—Creí… —sollozó—. Me creía más fuerte que esto… Pensé que podría resistirlo, vivir toda mi vida con un hombre que recién conocí… Me casé con él. Fingí disfrutar la ceremonia y la fiesta, y todas esas estupideces, por el amor que le tengo a mi padre. Pero mi fuerza… Mi fuerza se agotó cuando llegó nuestra noche de bodas…

Ya no quería escuchar más. Ya no podía resistirlo. Pensar que Asami le pertenecía, en contra de su voluntad, a un hombre… A algún hijo de puta de los barrios altos, me hizo enfurecer. Hubiera querido abandonar el faro y remar hasta la maldita costa para buscar al imbécil de su padre, decirle lo que pensaba, y luego buscar al miserable que se creía dueño de Asami para partirle la quijada.

Mas no podía hacerlo. Asami me necesitaba aquí. Necesitaba que la escuchara.

Y eso hice.

Odié cada segundo.

Pero lo hice por ella.

—Cuando acabó la celebración de la boda, me recorrió un escalofrío al pensar lo que estaba por venir. Entré en la habitación, nerviosa y humillada. Me sentía como si cada paso lento y metódico que daba añadiera un clavo a mi ataúd…

»Me quedé en el centro de la habitación mirando a mi esposo, dolorosamente consciente de que ahora le pertenecía y de que nadie intercedería si él decidía reclamar sus derechos como marido. Él me observó detenidamente mientras dejaba su chaqueta sobre la cama y se desataba la camisa blanca. Vi que llevaba un colgante con la forma de un murciélago dorado sobre el pecho, un amuleto.

—¿Un murciélago dices? —Tuve que interrumpirla, sabía que había visto un amuleto igual en alguna parte. Pero, ¿dónde?

Asami se limitó a asentir y prosiguió con su espeluznante historia.

—Él se acercó a mí y me besó tomándome el rostro entre las manos, deslizó las manos por mi cuerpo hasta mis caderas. Me puse tan tensa al sentir su contacto que él se apartó de mí.

Date la vuelta —me indicó—, y te ayudaré a quitarte el traje de novia.

—Lo miré en silencio, suplicante, pero no vi ninguna compasión en sus ojos y le di la espalda con renuencia. Empezó a desabrocharme el vestido mientras me besaba con suavidad los hombros y el cuello. Temblé, y él inmediatamente apartó de mí sus manos. Me di la vuelta, sintiendo miedo ante sus intenciones. Allí estaba, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión de frustración en su rostro.

¿Qué tengo que hacer contigo? —preguntó—. Nada me gustaría más que dormir contigo estanoche.

—Bajé la mirada al suelo. Él volvió a dar un paso hacia mí, me puso una mano en la parte baja de la espalda, y la otra, en la nuca, enredada en mi pelo. Apretó mi cuerpo contra el suyo y me besó con más pasión. Involuntariamente volví a ponerme tensa, y él me soltó y se apartó. Esperé, desconsolada, mientras él se pasaba una mano por el cabello; me miraba con enojo.

Es nuestra noche de bodas, Asami. Eres lo bastante inteligente para saber qué es lo que seespera.

Sé qué se espera, pero no me siento lista para someterme, mi señor —le dije, con voz débil. Pensé que la mejor estrategia era utilizar sus propias palabras contra él—. Hace poco me hasdicho que estabas dispuesto a tomarte las cosas con tranquilidad. Te imploro que cumplas esapromesa y me des tiempo para sentirme cómoda contigo... físicamente.

—Para mi sorpresa, él se rió.

La verdad es que eres un demonio, ¿sabes? —dijo, casi divertido—. Bien, entonces, te daré unpoco de tiempo, pero lo quieras o no, tienes la obligación como esposa de darme un heredero.

—Se dio la vuelta y se acercó a la cama. Se quitó la camisa y me quedé mirándolo sin saber qué hacer. Al percibir mi mirada, arqueó una ceja de una forma que me resultó denigrante.

Dime cuánto tiempo quieres mirar.

—Aparté la mirada, de nuevo avergonzada.

Y como sólo hay una cama, puedes elegir entre venir conmigo o utilizar el sofá —añadió con crueldad.

—No pude más —continuó Asami—. Habían sido suficientes humillaciones. Mi vida no podía acabar así. Aún si eso torturaba a mi padre, preferí mil veces convertirme en una mujer de clase baja, antes que pasar el resto de mis días junto a un desgraciado. Miré a mi esposo y le dije lo que pensaba de él.

Jamás quise casarme contigo. Cuando te miro a los ojos, veo solamente el alma de un tirano. Eres despreciable y no vas a acostarte conmigo ni hoy ni nunca. Esta farsa termina aquí. ¡Yo no le pertenezco a nadie más que a mí misma!

—Él se rió, se burló de mis palabras y decidió que, de ser así, me tomaría por la fuerza. Yo me le resistí. Forcejeamos. Me arrancó el vestido e intentó tocarme los pechos. Yo le pateé la entrepierna y, cuando se doblegó, até lo que quedaba de mi traje de bodas alrededor de su cuello y lo asfixié hasta que perdió el conocimiento. Cuando se derrumbó inconsciente, supe que tenía que salir de ahí. Me vestí con lo primero que encontré y me escabullí de su mansión por la ventana y los tejados.

»Corrí y corrí con la tormenta a cuestas. No sé cómo llegué hasta los muelles. Divisé un bote de remos en la costa y contemplé el furioso océano que se expandía ante mí. Sabía que, o acabaría ahogada en el fondo del mar… O llegaría a algún otro sitio donde podría pensar en mi siguiente movimiento. En aquel momento, las dos opciones me parecieron la salvación. Después de eso, todo es un recuerdo borroso… Una ola monstruosa me estrelló contra unas rocas, y no supe más.

Asami lucía más calmada ahora, y debió notar la angustia que me provocaban sus palabras, porque reposó su mano en mi cabeza y acarició despacio mi corto cabello.

—Entonces desperté —susurró—. Y tú estabas ahí. No te conozco bien, pero… Al verte, fue como si viera a una vieja amiga. Me sentí a salvo contigo y me dije a mí misma que al fin podía descansar. —Sus dedos pasaron de mi cabello a mi mejilla, tocándome como si fuera algo precioso—. Jamás podré pagarte todo lo que has hecho por mí. Eres mi refugio.

—Dirás el faro… —murmuré, esquivando su mirada—. Siempre ha estado aquí para quien necesite su auxilio.

—El faro no me sacó de la playa ni vendó mis heridas —dijo Asami—. Tampoco me abrigó, ni está prestándome ahora su hombro para calmar mis penas. Todo eso lo hiciste tú, Korra.

Esta vez la miré directamente a los ojos; que brillaban intensamente, llenos de emoción. Me encantaba cuando brillaban de esa manera, porque era como si reflejaran todo lo bueno que aún quedaba en este mundo. Eran muy hermosos y hacían que mi corazón latiera muy deprisa.

—No soy lo que crees, Asami. Simplemente hice lo que me dictó el instinto. Siempre he sido así. No significa que sea alguien de fiar. Estoy atrapada aquí por una razón. Las cosas que he hecho… —tragué grueso—. Sólo quiero que seas consciente de lo que soy en realidad. No quiero que te engañes.

—No me engañas. Y agradezco tu sinceridad. Eso me demuestra quién eres.

Me alcé en pie y me alejé de ella. Sentía que el corazón se me iba a salir del pecho, tanto que hasta dolía.

—Y dime… —Busqué la forma de desviar la conversación de mi persona, incluso si eso significaba regresar a aquella terrible historia—. El hombre con el que te obligaron a desposarte, ¿cuál era su nombre?

El desdén se apoderó de Asami.

—Su nombre era Zolt.

Tuve que apoyarme contra una de las paredes. Cada músculo de mi cuerpo se tensó al punto de provocarme náuseas.

—Entonces… —siseé—. Ese malnacido sigue con vida... ¡No puede ser!

Le di tal puñetazo a la pared que el salón se estremeció, y las pocas piezas de vajilla que colgaban de ésta amenazaron con caerse. Asami se puso de pie casi de inmediato y, debo admitirlo, era demasiado valiente para su propio bien, porque a pesar de mi evidente estallido de rabia, se me acercó con actitud consternada.

—¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿Korra?

—Es un monstruo desalmado —le advertí—. Si descubre que estamos aquí, dudo que vivamos otro día. Ahora las dos estamos en su mira.

—¿Y tú qué demonios le hiciste?

—Intenté matarlo —repuse—. ¿Te parece poca cosa?

—Sin duda tuviste una razón de peso para hacerlo.

El sudor se escurría por mi frente.

—Más de una, ¡pero ése no es el punto! —la tomé de los hombros con fuerza—. Asami, es un sádico adinerado. Tiene armas, hombres y quién sabe qué más a su disposición. ¡Si nos encuentra…!

—No lo hará. Korra, no tiene ningún indicio que lo guíe hasta aquí.

La miré incrédula.

—¿Y te quedarías aquí para siempre? ¡Esto es peor que una prisión! ¡Es confinamiento en solitario! ¡Nadie pasa aquí más de un año sin perder la cabeza!

—Lo sé, pero nos da tiempo de sobra para pensar.

Asami era… Aún hoy no he logrado descifrar el mecanismo de su mente. Tenía una forma de pensar las cosas; tan rápida y sin perder detalle. Sagaz y efectiva. Una genio, eso era. Así de simple.

—¿Pensar? —pregunté confundida—. ¿Pensar en qué?

—En cómo apoderarnos de la Flama del Mar. Escuché a Zolt mencionar que zarparán hacia la Nación del Fuego en un mes. No sé qué negocio sucio se trae o qué pretende traficar, pero ya comenzaron los preparativos de carga.

Si su físico no había terminado de obsesionarme, su astuta mente sí que lo hizo.

—Vamos a robar ese barco —concluí, emocionada.

—Sí. Y no sólo por fastidiar a Zolt, o porque la Flama del Mar tiene la reputación de ser el velero más rápido de su tonelaje; sino porque ya estaría cargada de provisiones para un largo viaje. Tendríamos suficiente para llegar hasta Ciudad República. Conozco bien el lugar y tengo contactos allá. Escaparíamos de Zolt y nos libraríamos de él.

Yo solté una carcajada tensa.

—Para librarnos de Zolt habría que matarlo. Y en cuanto a la Flama del Mar, espero que seas capaz de conducir esa nave, Asami, porque yo no sé conducir algo más grande que un pesquero.

Ella sonrió.

—¿Bromeas? Prácticamente crecí en ese buque. En cuanto a matar a Zolt… ¿Es necesario llegar a tanto?

—Eres lista, pero ilusa, Asami. Normalmente no ando por ahí acuchillando gente, pero este tipo… No puedes ni empezar a comprender con quién estamos tratando. —Quería que entendiera el riesgo, pero no quería asustarla demasiado—. No hagas preguntas y deja que yo me preocupe por eso. ¿Está claro?

Asami me miró con frustración contenida. A leguas se notaba que no estaba de acuerdo conmigo, aunque por el momento, aceptó.

—Si no queda más opción… —musitó.

El plan me gustaba: rápido, decisivo e inesperado. Saldría de este basurero en un magnífico velero; conocería tierras lejanas… Era un sueño hecho realidad, nada más y nada menos que por la mujer que protagonizaba mis fantasías.

—Entonces hagámoslo. Robemos ese barco. —Me reí con ganas—. ¡Sí! ¡Hagámoslo, Asami!

Cuando Asami estaba a punto de responderme, se oyó un ruido. Era una especie de rugido proveniente de mis tripas. Me sonrojé, avergonzada, y Asami me miró con una ceja alzada.

—¿Tienes hambre? —me preguntó.

Me sonrojé aún más y aparté la vista. Mi estómago volvió a rugir y Asami rió al oírlo.

—Creo que la sopa ya debe estar lista. ¿Vamos?

—Vamos.

»Continuará…


Notas de la Autora: Mil disculpas, actualicé tarde esta semana por una razón muy tonta: se me olvidó. Esto de tener los capítulos escritos por adelantado es un poco truculento, jaja. De veras lo siento. No es por falta de interés, sólo me enredé. No se volverá a repetir.

Menciones de Honor Pirata

Luna del Desierto: Te agradezco mucho la opinión, y la verdad a mí también me gusta más esta Korra. Ahora, se ablandará con Asami porque en realidad siempre fue una persona blanda a la que le tocó endurecerse, pero ojo, esta Korra es muy mentirosa. No todo lo que le diga a Asami es 100% real. Que no te engañe; fíate sólo de lo que piensa y no de lo que dice, jeje.

Tica97: ¡Gracias! De verdad te agradezco ese comentario tan bonito, espero poder llevar tu imaginación a más lugares y situaciones en los futuros capítulos :)

Guest: ¡Te doy la bienvenida a bordo! Se te agradece, ojalá hayas disfrutado este capítulo :)

"Que el viento sople siempre a favor de aquellos a quienes se les rinde honor aquí, ¡oro y trago para todos!"