Si un gato negro se cruza en tu camino, eso significa que el animal va a algún sitio.
Groucho Marx
La vida nocturna estaba en su apogeo a las afueras de la pequeña capilla. La última ronda para apagar las luces y asegurar las puertas estaba en curso, y el encargado se permitió asomarse por la entrada principal para admirar la Luna. No había ninguna. La luz de las velas del interior era lo único que impedía a la oscuridad devorarlo todo; aún así, el joven vestido de cura se permitió respirar el aroma del campo, impregnado por los restos de leña quemada de las casas vecinas.
Sí, era una buena noche.
El encargado tomó su rosario en el interior de su manga y acarició una de sus pequeñas cuentas. Un Ave María empezó a escaparse inaudible por sus labios y cerró los ojos para concentrarse mejor. En eso, un golpe seco se escuchó por los arbustos y su vista se apresuró a buscar el origen de aquel ruido. No alcanzaba a ver nada más allá de un metro de distancia con su capacidad normal, pero no necesitó ajustar su vista. En menos de un parpadeo, la causa del ruido ya se había colocado a su lado y le estaba apuntando con lo que imaginaba un arma de fuego, si tenía mala suerte sería un láser. Pasó saliva y de inmediato fue arrastrado hacia el interior del descuidado edificio.
—Por el amor de Dios —vio al extraño encapuchado asegurar la entrada, girar rápidamente y extender su mano en lo que adivinó como un gesto para pedirle los candados. Ofreció las pesadas piezas de metal al tiempo que escondía las llaves—. ¿Qué es todo esto?
Las cuencas blancas de aquellos ojos lo enfocaron, pero no alcanzó a ver rastro de algún alma en sus oscuras pupilas. Se hizo para atrás, pero el extraño le volvió a apuntar con el arma. El rápido movimiento dejó parte de la figura humana que lo atacaba al descubierto y fue entonces que notó la mancha oscura en su costado.
—Estás herido —dio un paso al frente—. Hay que curar eso de inmediato —la boca de la pistola centró su frente, pero de un manotazo la hizo a un lado y le coló un golpe al desconocido que lo dejó fuera de combate—. Típico, creen que por ser cura soy inofensivo —rió despreocupado sobre el cuerpo inconsciente en el piso.
Lo siguiente que enfocaron sus ojos oscuros fue una trenza brillando con la tenue luz de una linterna. El ardor de su costado amenazaba con robar de nuevo su conciencia, pero el aroma a licor le dio un poco de fuerzas para continuar despierto.
—No te muevas —el cura lo azotó sobre la superficie donde yacía—. Licor para consagrar —meneó la botella vacía—. Con esto estás oficialmente bautizado. ¿Qué nombre te gustaría? —no le daría una respuesta a esa pregunta tan vaga—. Bueno, por lo menos deberás reponerla. La limosna no cubre tratamiento médico en esta zona.
Pensó que estaría en alguna habitación pero notó en medio minuto que no habían salido de la nave principal de la capilla. Intentó ubicar su pistola, pero se dio cuenta por el aire nocturno erizando su piel que había sido despojado de más que sólo las municiones. El frío de la noche no estaba siendo apaciguado por las pequeñas flamas que descansaban a los pies de los nichos de los santos. Los ojos de las grandes figuras parecían observarle llenas de lástima y dolor. Como si, en medio de sus peores horas, quisieran ser consoladas en lugar de dar paz y tranquilidad a los que creían en ellas.
—¿Te gustan? Es Nuestra Señora de la Sagrada Concepción —lo vio señalar a la más cercana con sus ojos azules—. Y por allá, está La Dolorosa. Todas fueron talladas por los artesanos de esta comunidad.
Entendiendo el valor que representaba aquel lugar para esa gente, intentó levantarse para irse lo antes posible, pero volvió a ser recostado amablemente a la fuerza.
—No me hagas volver a dormirte. Hace mucho que no recibo visitas —el cura comenzó a hacer tiras de una pieza enorme de tela—. Mi nombre es Maxwell, aunque todos por aquí me dicen Padre —rasgó otro pedazo—. Es como uno de esos apodos que te dicen para no tener que recordar tu nombre. Enderézate.
Obedeció al cura desconfiado. Era demasiado joven, para ser un hombre egresado de alguna escuela de cultos antiguos. Demasiado hábil, para haberlo dejado inmovilizado por más débil que estuviera en esos momentos. Demasiado amable, para no ser un hombre al servicio de un Dios en ese o en cualquier otro mundo.
Maxwell terminó de sanar las heridas del extraño. A juzgar por el estado de su cuerpo, dedujo que le hacía falta reposo para comenzar a sanar las heridas internas a las que no había podido llegar con su escaso equipo. También le resultó evidente que, a su corta edad, ya había recibido un entrenamiento experimentado; lo que quería decir que, aún sin armas, estaba en peligro de ser asesinado en cualquier momento. Pero el desconocido no se movía, ni hablaba. Era más parecido a un androide que a un ser humano. De no haberlo atendido en persona hubiera apostado por que era un hermoso modelo autómata muy avanzado.
Para la sorpresa del cura, aquel joven accedió a pasar ahí la noche. Le cedió su cama y, por la mañana, encontró los candados deshechos y las puertas abiertas.
—Parece que es hora de que yo también deje esta capilla —volteó al atrio con emoción contenida—. Veremos de qué lado juegas.
—Te conviene más decirme de qué lado juegas tú —se escuchó cómo el androide quitó el seguro del arma.
—Esta zona está bajo el control de las fuerzas de Oz. Por el tipo de armas descontinuadas que llevas, es obvio que perteneces a la rebelión —volteó para enfrentar a los agujeros negros—. La pregunta es: ¿a cuál? —el extraño enfocó su arma dispuesto a disparar—. Adelante, pero sin mí no podrás salir de aquí. No te estoy pidiendo que confíes en mí pero, te guste o no, soy la única opción que tienes —el extraño bajó el arma para sostener su herida—. Ven, es hora de cambiar tus vendajes.
Durante el desayuno, el extraño se dio gusto incomodando al "cura" haciendo tronar sus huesos, para corregir algunas luxaciones que había sufrido. Nada grave pero demasiado incómodo, y útil para hacer hablar al Padre con una buena razón.
—¿Podrías dejar de hacer eso? —el otro provocó un nuevo crujido—. Genial, rescaté a un loco.
La puerta de acceso al atrio sonó con desconsiderada insistencia, Maxwell intentó buscar en el rostro del desconocido alguna reacción, pero no encontró ninguna. Acomodando un poco el cuello de su traje negro, el cura fue a averiguar quién se encontraba al otro lado de la puerta.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? —los guardias de la colonia entraron sin pedir permiso—. Por supuesto, adelante. Esta es su casa.
—Tenemos órdenes de revisar la zona —el que parecía estar a cargo le mostró una orden, mientras otro par comenzó a inspeccionar las habitaciones.
—Y con qué propósito, si se puede saber, comisario.
—Eso es confidencial.
—No hay nadie más aquí, Señor.
—Revisen bien, no quiero tener que regresar.
—Sí, Señor —contestaron sus subordinados al unísono y siguieron inspeccionando con mayor agresividad.
—Vaya, los tienes muy bien educados.
—No intentes distraernos, no te saldrás con la tuya esta vez. Si encuentro alguna evidencia, vendrás conmigo.
—Eso me gustaría —le sonrió sugerente—. Sabes que no tienes que hacer todo esto para venir a verme. Nuestro Padre siempre espera a sus hijos —infirió guiñando uno de sus ojos azules.
Uno de sus hombres tosió para llamar la atención de su superior, quien parecía que estallaría en cualquier momento, y negó con la cabeza.
—Te estaré vigilando —gruñó el comisario, y él y su grupo salieron tan rápido como habían llegado.
—Hmmm. ¿Y ahora quién va a ordenar todo esto? —sintió una intensa mirada a su espalda entre todos los muebles tirados—. Oh, ahí estás. El baño está listo. Seguiré yo en cuanto termines —notó que el autómata no se veía con intenciones de moverse—. Vamos, las toallas y un cambio de ropa están adentro. No pienso salir contigo oliendo a perro callejero, sólo harás que eso nos delate.
—Trabajo solo.
—¿Podrías relajarte un poco? Iré preparando las cosas para irnos.
No se explicaba por qué o cómo le estaba dando el beneficio de la duda a alguien que a todas luces era más que sospechoso. Incómodo por sentirse tranquilo, sintió cómo la ropa prestada se ajustaba como un guante a su cuerpo, y se percató de que no sólo eran similares en edad, sino también en complexión física. En definitiva, aquel joven era mucho más de lo que aparentaba. En menos de un minuto, el cura se las había arreglado para darle a entender la ubicación de un escondite, en donde encontró todas las cosas que le había confiscado; además de un pequeño arsenal muy bien surtido. No pudo evitar notar el gusto del "Padre" por las dagas antiguas y los explosivos más modernos. De seguro alguna de esas armas no lo harían quedar en ridículo como esa mañana, cuando comprobó que la que había tomado de la habitación —la cual le había cedido para recuperarse— no estaba cargada.
En cuanto la regadera volvió a sonar dentro del baño, se equipó con algunos químicos y una diminuta pistola de láser para emergencias. Con eso estarían a mano. Volvió a colocarse la capa y dejó la capilla sin dejar rastros ni evidencias.
Fue buscando la cantina de la comunidad, porque toda población rústica solía tener una, ahí encontraría suministros y, a su pesar, un transporte para que le donaran. Al encontrarla, forzó la chapa de la bodega y se aseguró de hacerse de comida y agua. Para acceder a la cochera tuvo que usar el láser y corrió con la suerte de que no tenían alarmas. Al entrar se dio cuenta del porqué: todavía no tenía nada especial o útil que proteger. Pero por el tipo de alimentos en conservas, se dio cuenta de que aquel lugar era su resguardo para contingencias y nada más.
Tendría que volver al plan A: ir a buscar su aeromoto a la comisaría.
—¿Quién anda ahí? —el grito infantil amenazó con descubrirlo—. ¿Eres tú, papá?
Buscó alguna salida pero, si quería salir con todo lo que había juntado, tendría que regresar por donde había llegado. En cuanto la pequeña cabeza rubia se asomó, la sujetó y la dejó inconsciente. Se aseguró de dejar a la niña lo más cómoda posible y consiguió salir sin ser visto.
Al terminar de bañarse no le sorprendió no encontrar al desconocido, tanto como comprobar que se había llevado sólo algunos artículos de su arsenal privado.
—A parte de loco, ladrón —dijo volviendo a trenzar su largo cabello—. Pero ya verás cuando te encuentre —sonrió con un brillo divertido en sus ojos.
No le fue difícil deducir que los chismes del mercado apuntaban a aquél desvergonzado. La esposa del comisario fue muy amable de contarle que no tardarían en atraparlo, ya que tenían su vehículo confiscado en la estación. "No podía ir muy lejos si no tenía con qué escapar". O eso era lo que los lugareños creían.
Por el apego que había mostrado a las armas tan arcaicas e ineficientes que cargaba, se atrevió a hacer una pequeña apuesta: iría por lo que sea que usara de transporte. Así que esa mañana tendría que hacer su prédica en la comisaría.
Una vez ahí, para su diversión se encontró con una amable mirada asesina donde debería estar algún recepcionista.
—Buenos días, ¿puedo pasar? —canturreó el cura, ahorrándose el "señorita".
—¿Vienes a entregarte?
—¿A ti o a la policía? —consiguió un gruñido del comisario en respuesta y los pocos testigos que había comenzaron a retirarse, según la orden—. Sólo vine por si necesitaban que le diera la Santa Unción a alguno de sus hombres. Escuché que hay un forajido peligroso en la zona.
El comisario se vio molesto por la intromisión, pero eso no fue lo que sorprendió al Padre; sinó la sombra que reconoció en los pasillos de la izquierda.
—Escucha, el único peligro por aquí eres tú. En cuanto al fugitivo, no sé de dónde sacaste esa información, pero deberías mantener tu pequeña nariz fuera de esto si quieres conservarla.
—¿Te gusta mi nariz? Ese es un cumplido que rara vez me dan. A la mayoría les gusta como luzco en mi uniforme —comentó casual observándose, para luego recorrer lo poco que sobresalía del comisario desde atrás del recibidor—. El suyo no le queda nada mal.
—Tus sonrisas no te salvarán cuando pueda demostrar que estás del lado de los rebeldes.
—Si ese fuera el caso, alguien tan capaz como usted ya lo habría descubierto. Deje que este párroco se divierta un poco —alcanzó el hombro del comisario con su brazo y lanzó una pequeña bomba, que fue rebotando hasta dar con los pasillos de la derecha.
—No sé de qué diversión hablas —soltó un tanto nervioso, y a los pocos segundos una fuerte explosión puso el lugar de cabeza.
Enseguida todos se dirigieron al área de las jaulas para verificar que no hubieran fugas, las cámaras dejaron de funcionar por la reverberación del impacto y nadie notó que una reja era abierta en el área de evidencias.
El cura salió para interceptar al escurridizo extraño en su propio vehículo. Y en cuanto intercambiaron las miradas, el padre sonrió de verdad.
—Maxwell —lo reconoció el autómata y el aludido alcanzó a escuchar su tono de sorpresa, justo antes de detenerse en seco al llegar a su lado.
—Iré contigo —le informó en cuanto sus aeromotos se apagaron.
—Haz lo que quieras —el autómata volvió a encender su vehículo y arrancó con mayor velocidad, como si quisiera perderlo en el camino.
—Eso haré —se dijo sonriente, porque el muy maldito ladrón había recordado su nombre.
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