Por alguna absurda razón, ver a Heero molesto con él hizo que Duo recobrara su buen ánimo. Aunque sabía que haber hablado sin pensar estando enojado le traería problemas, en especial porque ahora estaba más lejos de sonsacar una confesión abierta del androide.

Al salir del área de tiro, los dos volvieron a encontrar al hombre de Quatre en la bodega, esta vez esperándolos con un par de formularios.

—La prueba —empezó a hablar pero se calló.

—Sí, ya terminamos de probar las armas. ¿Necesitan que especifiquemos para qué planeamos usar cada una? —preguntó Duo empezando a escribir y viendo de reojo como Heero entregaba sus documentos.

Apostó que sus hojas estarían en blanco y por eso se tomó el atrevimiento de pedir aquellas armas con las que vio que ambos se acomodaban mejor.

—Si por mí fuera, no les daría ni un mondadientes —soltó aquél hombre áspero, revisando los documentos que tenía en las manos.

—Ah, era eso —Duo siguió escribiendo, meditando muy poco en cómo debería responderle a uno de los principales hombres de su querido y rubio amigo—. No se le olvide que somos los chicos buenos —buscó la enjuta mirada de un hombre que de seguro había experimentado demasiados horrores durante la guerra—. Y si quieres te puedo demostrar para que otras cosas soy bueno —sonrió de medio lado y le guiñó un ojo mientras le entregaba la solicitud de todo el armamento que podrían llevar.

Por la mirada que recibió de esos ojos marrón, Duo comprendió que aquél hombre se había abstenido de responder lo que tenía en la cabeza y no caería tan fácil en su provocación. Pero Maxwell no necesitaba ser un genio para saber que la mayoría lo consideraban un peligro y, si de por sí su presencia ponía nerviosos a la mayoría de los que tenían dos dedos de frente, que hubiera alguien parecido a él sería una amenaza considerable para cualquiera. Después de todo, no siempre se veía en acción a un equipo que, desarmado, tuviera la fuerza de un pequeño regimiento muy bien equipado.

—Estén al pendiente de sus monitores. Y no hagan nada sospechoso —amenazó y los instó a dejar la sala de armas.

Una vez fuera, Duo se relajó de camino al comedor. Notó que Heero había vuelto a su estado de "soy una máquina sin voluntad ni sentimientos", pero el simple hecho de que aceptara caminar a su lado le alegró un poco. Por lo menos ya no lo estaba evitando.

"¿Cuál fue el nombre de tu proyecto?", pensó en preguntar, pero no se sentía cómodo siendo tan directo; aunque buscar desarmarlo llevando al extremo alguna de sus emociones, en ese punto, parecía un muro demasiado alto. No. Tendría que probar desde otro ángulo.

—Dices que somos iguales, pero yo y otros tres pertenecemos al proyecto Gun-Man —comenzó a hablar ya que disponía de escasos dos minutos antes de llegar a su siguiente destino—. Fue cancelado hace años, y no se nos informó que hubiera alguien más. Disculpa por mi atrevimiento de anoche, ¿o debería darte las gracias por no asesinarme? Aunque te aseguro que no hubiera sido presa fácil. Si tienes acceso a registros clasificados es probable que sepas de qué hablo. Yo...

—Duo —la seca voz de Heero lo sacó de su honesto discurso y volteó para ver si había provocado algún efecto, pero un—: cállate —fue todo lo que recibió de comentario.

Duo no lo tomó a mal, también escuchó los pasos que venían en su dirección y en corto el sonido de alegres voces empezó a cobrar fuerza.

En cuanto llegaron al comedor, dos grupos se acercaron para recibirlos e intentar separarlos pero, mientras Duo fue arrastrado por una pequeña ola de uniformados, Heero despidió a todos con una mirada asesina. Maxwell no pudo evitar sonreír mientras veía al autómata acercarse a la barra, para luego irse a esconder a la esquina más alejada del bullicio y las miradas indiscretas.


"Chico bueno". Nunca, ni en un millón de años luz Heero se hubiera imaginado que alguien usaría palabras tan simplonas para describirlo. Si hubiera sido el hombre de Quatre, Yuy también habría sepultado a Duo con algo más que su silencio. Pero, por alguna irritante razón, ese par de palabras lo habían tranquilizado.

A Heero no le importaba que todos lo odiaran o le temieran. Esa había sido la norma desde que tenía uso de razón y era algo que de hecho alentaba. Después de todo, la mayoría que se cruzaba en su camino estaba en peligro de muerte, ya fuera su objetivo o no. La opción más prudente para todos era mantener la distancia. Por contraste, le irritaba ver lo ingenuo que era el trenzado. Que alguien como él alentara que le acompañaran, aumentando de modo innecesario el riesgo de sufrir y de causar muchos daños colaterales, no tenía sentido. Pero la tranquila e irritante sensación no se iba cuando lo tenía cerca. Tal vez se debía a que "Duo" también era conocido por ser el "Dios de la muerte". En el idioma de L11 sería llamado "Shinigami", y Heero siempre se había sentido cómodo pensando que era usado por ellos; es más, se veía atraído por esos seres.

"Eso es", se dijo llegando a una conclusión. Cómo soldado no podía evitar verse atraído por la misma muerte, y esta no era buena ni mala. Al contrario. Cualquiera comparado con ella sería visto con buenos ojos, ¿o era Duo el que lo había puesto al mismo nivel amoral?

Como fuera, Duo, con esa ligera forma de ser, lo había perdonado. Si es que puede contar el perdón de otro asesino. "Yo y otros tres", había dicho. ¿Sería verdad? Viniendo de Duo no lo podía asegurar. ¿Cómo confiar en alguien que parece mostrar emociones pero que, entre tanta pantomima, en realidad le esconde su corazón al mundo? Por lo menos Heero era franco al demostrar que no estaba dispuesto a mostrarlo, aunque en su caso era porque le incomodaba que sus emociones y sus actos fueran una carga para el resto. Si de verdad quería ayudar lo mejor era evitar cualquier posibilidad de daño —empezó a engullir las pastas vitamínicas y proteicas al reconocer que se estaba desviando de lo que en realidad importaba—. "Al menos, parte de todo lo que Duo dice debe ser cierto", Heero siguió conversando consigo. Había oído de la investigación Gun-Man en la matriz, pero desconocía el nombre de su propio proyecto. Lo único que le habían dicho, desde que podía recordar, es que era un "Heero".

"Yuy" fue el nombre que le puso su madre, antes de entregarlo a los cuatro años de edad. Ya a los cinco era una pequeña máquina de matar en entrenamiento. Ese nombre jamás lo volvió a pronunciar. Que Heero se lo hubiera revelado a Duo era nada más que absurdo, cómo todo lo que tenía que ver con el trenzado. Tan absurdo como esa molestia al verlo rodeado de personas que no merecían estar a su lado.

Heero terminó lo poco que había pedido en un par de bocados. Tenía que alejarse de Duo y de sus hermosos ojos. Tenía que alejarse antes de que alguno de los dos saliera dañado o peor: que Maxwell llegara a odiarlo. De hecho, Heero no comprendía cómo eso no había pasado; en especial después de haber cedido a sus instintos. Pero lo había perdonado, es más, se había disculpado.

"Mierda", estaba empezando a perder el control y eso no era nada bueno. Abrumado, se fue al área de máquinas para hacer ejercicio y así poder despejar sus emociones y, en especial, sus pensamientos.


Al ver que Heero se retiraba del comedor, Duo se apresuró a despedirse de sus compañeros y, para liberarse de las chicas, puso como excusa que iba a los baños.

Tomar el camino contrario al que el androide había tomado le supondría una desviación con riesgo de perderlo. Pero tenía que alcanzarlo antes de que llegara a su cubículo, si quería retomar la conversación que habían iniciado.

Hizo un mapa mental en un par de segundos y no lo encontró en donde se suponía que debía interceptarlo. Así que su siguiente pensamiento se fue directo a su rubio amigo.

Al contactar con Quatre, este le indicó que Heero estaba en el área del gimnasio y le recomendó que no se demorara, porque la mayoría de sus hombres estaban nerviosos. Duo agradeció la ayuda y corrió al área de máquinas, pasando primero por la de realidad virtual y la pista donde lo había puesto a prueba.

La imagen del azul cobalto haciendo brillar su impenetrable y oscura mirada le provocó un escalofrío.

Al llegar al punto señalado en su muñeca, encontró el gimnasio cubierto por una tenue penumbra. El pesado sonido del metal en movimiento lo guió hasta su destino y, por unos segundos, se permitió ver la delgada lycra negra y la ligera camiseta verde que cubrían el largo y torneado cuerpo de Heero.

Era una máquina perfecta.

Cuando el aparato se detuvo, Duo supo enseguida que había sido descubierto. O, tal vez, no. El androide se movió hacia los aros sin reparar en él, dándole estratégicamente la espalda.

Estaba siendo ignorado.

—Oye, Heero —Duo le llamó, sin mucho esfuerzo por hacerse escuchar—. Heero —caminó hasta quedar frente al mentado autómata y este, de inmediato, se alzó y se giró de un movimiento para volver a darle la espalda—. Yuy —soltó aún más suave, para probar qué efecto conseguiría.

Lo que logró fue que Heero dejara el aparato de ejercicio y tomara su uniforme, sin molestarse en vestirlo antes de salir del gimnasio.

Duo lo alcanzó tras una pequeña carrera y comenzó a seguirle con los brazos cruzados por detrás de su cabeza.

—Voy a ser honesto contigo. Me interesa conocer todo sobre ti —Duo se adelantó y comenzó a caminar hacia atrás, para poder ver alguna posible reacción en el rostro de Heero a sus palabras—. Y con todo. Me refiero a "TO-DO" —enfatizó, recorriendo su cuerpo de abajo hacia arriba y descansando la mirada en sus labios. Dio una pequeña e involuntaria sonrisa al imaginar cómo sería robarle un beso a una máquina—. Harías mi tarea más fácil si fueras más expresivo —se giró sobre sus talones, ya que sería demasiado vergonzoso que el calor que comenzaba a sentir se reflejara en sus mejillas—. Yo ya te conté parte de mi origen. Sería justo que hicieras lo mismo, ¿no lo crees?

El escalofrío que sintió en la nuca le avisó que no era buena idea darle la espalda a esa perfecta máquina de matar. Así que, en un respiro, Duo se giró para enfrentar a un congelado Heero, tan amenazante como cuando lo enfrentó a solas en su habitación.

Paradójicamente, ahora en un espacio abierto, no veía la opción de escapar.


Estaba a punto de estallar y ese desvergonzado de Duo no se daba o no quería darse cuenta. Cada ligera sonrisa parecía decirle que le estaba coqueteando a propósito como a todo el mundo, pero algo dentro de Heero decía que el trenzado en realidad estaba nervioso; sin mencionar que todos sus demás sentidos le gritaban que se le fuera encima y lo hiciera callar usando su propio cuerpo.

¿A cuál voz debería hacerle caso?

Por un lado estaba Duo, con un ligero rubor pintando sus mejillas y esperando una respuesta a una pregunta sin sentido. Y por otro, Heero sentía que debía darle la oportunidad de saber a qué se enfrentaba si no se iba.

Después de unos segundos, decidió que lo pensaría mejor una vez que hubiera puesto sus cartas sobre la mesa. Primero, ladeó su cuerpo para reducir sus zonas de impacto y proteger sus órganos internos; enseguida alzó su brazo para simular sostener una pistola con su mano izquierda; y para finalizar enfocó esos ojos azules que se abrieron aún más al ver lo que hacía. Duo tendría la oportunidad de aprovechar ese instante para escapar, pero, como si el trenzado pensara que le estaba tomando el pelo, se empezó a carcajear y tomó la mano de Heero para comenzar a arrastrarlo por los pasillos.

—De verdad que eres alguien curioso —externó Duo, pero Heero sintió un ligero temblor en su agarre.

El caminar del trenzado, aunque apresurado, parecía saber a dónde iba y estar evitando a todos los demás en el camino. Heero, hipnotizado por el vaivén de ese largo cabello, ya no quería conocer cuál sería su destino; ni siquiera le importaba ya ser visto u odiado. De un tirón, arrinconó a Duo entre sus brazos y la pared, y se pegó a su cuerpo.

—Hey, espera —susurró Duo con una ligera sonrisa, rozando con las yemas de sus dedos las caderas de Heero; pero este no detectó si con ellas le quería dar a entender que se acercara o se alejara.

—Dilo otra vez —ordenó Heero.

—Tendrás que ser un poco más específico que eso, porque he...

—Mi nombre —Heero se enfocó en los labios de Duo, esperando obtener su pedimento y, en cuanto la palabra:

—Yuy —salió suspirada de esos carnosos labios, Heero se apresuró a atrapar el hilo de voz de Duo con su boca.

Sus respiraciones chocaron. Juntando ambos cuerpos, Heero se deleitó con el aliento del trenzado turbando sus sentidos; la lengua de Duo empezó a marcar un ritmo, atentando con pasar la frontera entre sus labios; pero Heero sólo quería devorar los carnosos y suaves pliegues tan bien ejercitados por las risas. Quería que Duo lo aceptara, que lo siguiera en su deseo e hiciera algo más que sólo sujetarse a los costados de su ropa.


El calor sofocante que ardía desde sus pechos hasta sus coronillas era delicioso, como tener su propio infierno privado. Excepto que no estarían solos por mucho tiempo y Duo lo sabía.

Por más que quisiera colar una pierna entre las de Heero, parte de su cerebro que aún razonaba le decía que no era el sitio adecuado para perder el tiempo. Debía alejarse, hacer que su boca lo obedeciera y ocuparla para decir… lo que fuera. En ese punto cualquier palabra sería buena o empezaría a gemir y a chupar todo lo que estuviera en su camino. Era un logro personal no haber empezado a mover la pelvis para que buscara la de Heero y no intentar profundizar el beso, sofocando toda idea que los alejara del momento.

En su imaginación, Duo había pensado que el autómata sería torpe y frío, pero no. Heero tenía una extraña combinación entre tierno y apasionado. No muy experimentado, pero con la suficiente soltura para acoplarse de inmediato a sus movimientos. Era demasiado potencial acumulado.

"¡Oh! Lo que sea, Dios. ¿Cómo eres tan bueno? No. No le saltes encima", se decía. "Heero, por favor, para—". Heero —jadeó su nombre al fin, suplicante, y el autómata se detuvo.

Una gruesa y caliente respiración sobre su boca y un par de duros bultos presionándose a la altura de sus caderas era todo lo que percibía. Duo se sostuvo aún más fuerte del talle de la delgada playera de Heero y empezó a abrir los ojos, mientras este se retiraba. Un ligero roce de sus pelvis le hizo gemir y morder su labio inferior, pero Duo ladeó la cabeza e intentó agarrarse a la fría pared para calmarse.

El trenzado apretó los ojos para concentrarse en recuperar una respiración normal, pero no sería necesario. Su balde de agua fría fue sentir que Heero se separó por completo. Creando un abismo entre ambos, lo vio tomar el uniforme que había caído al piso y, a paso firme, emprender de nuevo el recorrido hacia los dormitorios.

Percibir la presencia de Heero disminuyendo en su cuerpo y en el espacio fue insoportable. Con todo y el dolor de su entrepierna, Duo corrió hasta él y estuvo a nada de saltar y pescarse a su espalda cual koala. Pero no. Tomó su muñeca y lo hizo girar para que lo enfrentara, aunque todo lo que tuviera para él fuera una mirada... ¿Encendida con un fuego azul cobalto?

¿Eso qué significaba?


Haber escuchado a Duo de una forma tan vulnerable hizo que Heero entrara en "Modo ataque". Todos sus sentidos se agudizaron y vio la lucha interna que el trenzado estaba sufriendo por su causa.

En su cabeza, Heero empezó a ver a Duo siendo arrastrado por su propia condición. Fue como si cada sonrisa fuera su forma de ocultar una lágrima, su manera de acallar los gritos y el llanto. De pronto tuvo la urgente necesidad de abrazarlo y consolarlo, pero se dio cuenta de que él también era parte del problema; y le quedó claro más aún cuándo el trenzado hizo todo lo que estaba a su alcance para alejarse de él en el nulo espacio que compartían.

La mirada perdida de Duo, aunque incitante, no lo buscaba a él. Así que hizo lo único que quedaba por hacer: se apartó del calor de su cuerpo y tomó el uniforme del suelo. Tendría que irse pronto para hacerse cargo del evidente problema dentro de sus lycras, o terminaría haciendo algo más de lo que se arrepentiría toda su vida.

La mano de Duo apresando su muñeca no fue sorpresa. Heero se giró al mismo tiempo para amortiguar la posible caída del trenzado, pero más que nada para saber por qué, a pesar de todo, seguía yendo a su encuentro.

Cuando Duo se incorporó, todavía bastante descompuesto, Heero se dio cuenta de cómo su cuerpo era el que había estado actuando por él.

—No —dijo antes de que Duo tuviera oportunidad de decir nada y se soltó del agarre.


Saber que Heero le estaba pidiendo que lo dejara irse le molestó. Su voz había sonado a advertencia, como si Duo no pudiera manejar la amenaza que representaba.

La furia le ayudó a concentrarse y jaló al condenado androide de los tirantes de su playera.

—Escúchame bien, porque sólo lo diré una vez: si te detuve es sólo porque tenemos que llegar a alguno de nuestros cubículos. Porque, por si no te has dado cuenta, ¡estamos en medio de un maldito pasillo! —terminó gritando. No era su culpa que el maldito de Heero no supiera manejar el rechazo y que ¡ni siquiera se diera cuenta de que no lo estaba rechazando!

—Eres tú el que no se da cuenta de nada —respondió Heero mientras su mirada cobalto volvía a convertirse en un par de oscuras fosas sin fondo.

La sorpresa hizo que Duo soltara la ropa de Heero y lo dejó adelantarse por los pasillos, hasta que el autómata volvió a desaparecer tras su puerta.

Duo quiso entrar, saltarle encima y tomarlo para hacer que se sincerase con él entre gemidos, pero, más que caliente, estaba sudando frío. No sabía si era por la ansiedad insatisfecha, por la rabia, la frustración o... miedo. Sí, miedo. Pero ese miedo jamás lo había detenido de cumplir sus objetivos. Al contrario, era el motor que le había ayudado a sobrevivir por más de veinte años. Enfrentándolo. Siguiéndolo. O sencillamente ignorándolo como sabía que debía hacer en esa situación. Si tenía todo claro entonces, ¿por qué demonios sus piernas no le respondían?


Quitarse las imágenes que había visto de Duo le significó mucho esfuerzo, el suficiente para que Heero volviera a recuperar el control sobre su cuerpo. Dudó que su vecino lograra hacer lo mismo, pero no estaba en sus manos resolver o terminar de romper el delicado equilibrio que el trenzado tenía.

Le costaba creer que aún a pesar de todo lo que había percibido, el "Padre" no guardara ningún rencor en su corazón contra él mismo, o contra todos los demás —Heero incluido—. Si ese era el caso, no entendía el por qué tener tantas máscaras. "Tal vez", pensó, "es más especial de lo que me había imaginado", lo que significaría que él tampoco era digno de estar al lado de alguien como Duo.

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