El prota

Disclaimer: Todo pertenece a J. K. Rowling.

Esta historia participa en el topic Duelos entre Potterheads del foro Hogwarts a través de los años como respuesta al desafío de Cris Snape. Espero que te guste, Cris.

El título y los versos del final son de la canción El prota de Rulo y la contrabanda que fue lo que me inspiró este fic.

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I

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Se conocen en una fiesta a la que Zacharias se arrepiente de haber ido. Todos sus amigos están allí, pero la verdad es que parece que ya no son sus amigos. Ernie apenas le dirije la palabra y Justin se refugia en la cortesía, limitándose a contarle lo indispensable. Con Hannah mantiene conversaciones más largas, pero tampoco hablan sobre temas demasiado personales más allá del quidditch o los cotilleos de Corazón de bruja, revista a la que pocos saben que Zacharias es adicto. Megan es la más abierta en su desprecio hacia él, mientras que Susan lo mira con una condescendencia que lo irrita más que todo lo anterior. Es como si para Susan Zacharias debiera estarle agradecido solo porque ella, heroína de guerra, se digne a respirar el mismo aire que él, el único miembro de Hufflepuff de su curso que no recibió una orden de Merlín porque ni participó en la batalla ni ayudó a la resistencia de ninguna forma.

Zacharias piensa que el más inteligente fue Waine, que se marchó a vivir con sus primos de Estados Unidos en cuanto acabó la guerra porque necesitaba empezar de nuevo. Sally-Anne también se marchó, aunque ella lo hizo mucho antes. Se fue a un intercambio a Castelobruxo en quinto curso y decidió quedarse allí. No obstante, a ella no se la considera una cobarde por perderse la guerra, sino una chica sensata que ahora es una magizoóloga muy prometedora que está estudiando las especies mágicas del Amazonas.

Zacharias se pregunta cuál es la diferencia. Supone que se trata de que Sally-Anne no empujó a un niño para poder huir. Sally-Anne aprovechó las oportunidades que le daba la vida mientras que a Zacharias no le importó reducir las posibilidades de salvarse de otra persona.

A Pansy Parkinson no le va mucho mejor. Ella es la chica que señaló a Harry Potter y chilló para que alguien lo apresara. Han pasado ya dos años de la guerra, pero el mundo mágico no está dispuesto a olvidarse de algo como eso.

Zacharias se pregunta por qué la han invitado a la fiesta de inauguración de El gato verde, el nuevo bar que han abierto dos chicas de Ravenclaw de su curso, Lisa Turpin y Mandi Brocklehurts. Después no puede evitar que se le escape una risa amarga cuando se pregunta por qué lo habrán invitado a él.

Es entonces cuando Pansy se da cuenta de que la está mirando. Se acerca a él con paso rápido y el ceño fruncido. Es una bruja talentosa, pero no es legeremante, así que no sabe que él se está riendo de sí mismo y no de ella.

Zacharias es el vivo ejemplo de que no hay que juzgar a las personas por su casa de Hogwarts. Él no es leal, ni trabajador, ni mucho menos justo. No obstante, el primer comentario que le dedica Pansy es venenoso como una serpiente. Va directa a la herida. Sabe quién es Zacharias y no va a dejar que alguien que es igual de paria que ella tenga el descaro de reírse en su cara.

Para sorpresa de la chica, Zacharias no se defiende. Sí, es un paria y sí, no está en posición de reírse de ella. Es una de las pocas cualidades de su casa que sí que tiene, la honestidad. Zacharias siempre es sincero aunque duela a los demás y eso no cambia cuando se trata de sí mismo.

Acaban la noche contándose sus penas y saliendo juntos del bar. Van a casa de él. Ella todavía vive con sus padres y por nada del mundo piensa llevar a su mansión a Zacharias Smith. Los Smith son sangre pura, pero nunca han estado en el mismo grupo social que los Parkinson, que siempre se han movido en ambientes más refinados. A Zacharias le da igual. Él quiere echar un polvo, no conocer a sus suegros.

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II

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Se siguen viendo cada vez con más frecuencia. A veces coinciden en alguna fiesta o en algún bar. A veces simplemente Pansy le envía una lechuza o se presenta en su apartamento sin avisar. Zacharias nunca va a buscarla. Ir a buscar a una chica a la casa de sus padres es como ponerle un anillo de compromiso para familias como los Parkinson.

Al principio simplemente se acuestan, no siempre literalmente, pero poco a poco comienzan a hablar y a conocerse el uno al otro. Algunos días quedan incluso para algo más que para el sexo y simplemente charlan en el sofá de él mientras escuchan la radio o toman un café o una cerveza de mantequilla.

En eso precisamente están el día en que a Zacharias se le ocurre preguntar, medio en broma medio en serio, qué va a pasar con ellos. Se permite dejarse llevar y, con un tono burlón que oculta más seriedad de la que parece, le pregunta a Pansy qué pasaría si quisiera formalizar la relación; qué ocurriría si un día comprara un anillo y llamara al timbre de la mansión de los Parkinson para pedirle que se casara con él.

La risa de Pansy inunda el apartamento. Es un sonido que a Zacharias suele gustarle porque no hay demasiadas risas en su vida, pero en ese momento siente cómo se le clavan en el corazón todas y cada una de sus carcajadas.

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III

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Pansy Parkinson le da el "sí, quiero" a Emmet Bulstrode en la mansión de la familia de él. Zacharias no está invitado a la fiesta. Ni siquiera se enteró por la propia Pansy. Vio la nota de sociedad en Corazón de bruja. Hannah, con la que ha seguido quedando un poco por inercia, le contó que Millicent, la hermana menor de Emmet, era muy amiga de Pansy y que había hecho de celestina de la pareja.

Esa noche Pansy se limitó a decirle que aquella relación sin sentido ya había durado demasiado y que iba siendo hora de romper. Zacharias no dijo nada y se limitó a romper en pedazos el número de Corazón de bruja cuando Pansy se hubo ido.

La noche de la boda de ella acude de nuevo al bar donde se conocieron. A Turpin y Brocklehurts les ha ido bien. Algunas veces Zacharias piensa que a todo el mundo mágico le ha ido bien menos a él.

Incluso los sangre pura relacionados con el que no debe ser nombrado están volviendo a sus viejas costumbres de lujo y opulencia. Él es el único que sigue igual, atascado y solo. Quizá debería hacer como Waine y marcharse lejos, a un lugar donde nadie lo conozca, un sitio donde dejar de ser el cobarde que huyó en la batalla más importante de la guerra o el sangre pura de una familia venida a menos.

Quizá algún día lo haga, pero esa noche se permite ahogar sus penas en vino de elfo y soñar con una vida diferente, una en la que poder lucir una orden de Merlín en la pechera de su túnica o en la que ser capaz de recorrer el camino hacia el altar del brazo de Pansy Parkinson.

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No iremos a Las Vegas ni al bar de la esquina.

Nunca se mezclarán nuestras mierdas de vida.

Yo nunca seré el prota en tu noche de bodas.

Solo seré el idiota al que cuando te cruzas dices hola.