LA SONRISA MÁS ENCANTADORA DE LA REVISTA CORAZÓN DE BRUJA

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.

Regalo de cumpleaños (con retraso) para Nochedeinvierno13-Friki.


1

Cormac

Una cómoda hamaca en la terraza del hotel. Una taza de té con un chorreón de leche y dos cucharadas de azúcar. Un batín de seda y unas zapatillas de andar por casa bien mullidas. Y la revista Corazón de bruja. Cormac toma asiento, prueba su bebida y abre expectante el folletín de cotilleos. Está emocionado. Ese mismo día se anuncia quién amerita el honor de poseer la sonrisa más encantadora de Gran Bretaña. Espera ser él, por supuesto. De esa forma, se quedará con el viejo récord de victorias consecutivas de Gilderoy Lockhart, que data de 1992.

Es una lástima que no sea la noticia de portada. Por lo visto, el nacimiento del segundo hijo de Harry Potter es demasiado importante. Tampoco va a hacerse mala sangre por esa razón. Sólo tarda dos segundos en llegar a las páginas centrales. Está sonriente, orgulloso, satisfecho. Hasta que…

—¡Joder! ¿Qué hace éste aquí?

Blaise Zabini. ¿Quién puñetas es Blaise Zabini? Lo recuerda de sus años en Hogwarts. Un chaval de Slytherin, alto y presumido. Su madre es famosa por haber tenido siete maridos, cuyas fortunas fue heredando una a una. ¿Qué pinta en Corazón de bruja? ¡Si ni siquiera está sonriendo!

Según Romilda Vane, la autora del artículo, Blaise Zabini es un playboy multimillonario. Se dedica a ir de fiesta en fiesta, siempre se aloja en los mejores hoteles y es un seductor consumado. Por lo visto, también es atractivo. Cormac frunce el ceño. ¿Ya está? Esos son todos sus méritos. ¿Qué pasa con él? Lleva un año currándose sus mejores sonrisas. Es el guardián de la selección inglesa de quidditch. En una entrevista reciente confesó que se ha acostado con más de trescientas mujeres. ¿Qué más necesita esa maldita bruja para darle su título? Y lo peor de todo es que no ha podido superar a Lockhart. Maldita sea. ¿Por qué ha tenido tan mala suerte? ¿De qué le ha servido tanto esfuerzo?

Arroja la revista sobre una mesita auxiliar. Se olvida del té. Afianza los pies en el suelo, convencido de que debe tratarse de un error. Tiene que avisar a su agente. Parvati Patil sabrá bien como solucionar el desaguisado. Ella siempre termina arreglándolo todo. Incluso le salvó del escándalo aquella vez que se folló a una nieta de la reina muggle o algo así. Una chica pelirroja y no demasiado guapa pero que la chupaba que daba gusto.

Cuando se pone en pie descubre que las piernas le están temblando. Tiene que tranquilizarse. Tampoco es para tanto. No puede coger un berrinche por algo así. ¡Qué carajo! Sí que puede. Está en todo su derecho. Puto Blaise Zabini. Menos mal que siempre lleva a su lechuza consigo. Starfish descansa en el interior de su jaula, en un rincón bien iluminado de la habitación. Es un ave extraordinaria, de plumaje pardo y grandes ojos azules. No le gusta nada volar de día. Le pica la mano cuando hace ademán de sacarla de su refugio.

—No me jodas tú también. Tienes que buscar a Parvati Patil ahora mismo. Es un asunto de vida o muerte.

Starfish le mira con odio absoluto mientras Cormac escribe su mensaje. Tiene que darle una chuchería para convencerla de que se marche. Después, aprovecha para darse un baño. Necesita que se le pase el cabrero. La cara se le ha puesto súper roja y está horrible. Deja que el agua fría se escurra por su piel y contempla su cuerpo. ¡Joder! ¡Si está buenísimo! Todos los músculos de su cuerpo parecen haber sido esculpidos por el mejor artista de la Grecia clásica. Es un puto monumento. Se pasa varias horas al día ejercitándose, se alimenta bien, se somete a exhaustivos tratamientos de belleza. Vive para lograr sus objetivos: ser el mejor jugador de quidditch de la historia y satisfacer a sus fans. Y lo hace de cojones. ¿A qué viene tan lamentable fracaso?

No le extraña nada que Parvati tarde menos de diez minutos en llegar. Es una chica guapísima. Una vez quiso acostarse con ella. Recibió a cambio tal bofetón que no ha vuelto a mirarla con lujuria ni una sola vez. Esa mañana parece recién salida de la cama. Tiene el pelo revuelto y se ha puesto un chándal. ¡Ella! Cormac a veces no termina de entender por qué le gusta tanto usar ropa muggle. Una vez le dijo que porque la moda entre la gente sin magia es muchísimo más interesante. Cormac, que se deja asesorar en todos los sentidos, aún no se ha puesto el primer pantalón vaquero. ¿Será eso lo que necesita para recuperar su trono?

—¿Qué? —Le mira con espanto en cuanto Cormac le abre la puerta de la habitación—. ¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien?

—Es una hecatombe, Parvati.

—¿Por qué? ¿Te has lesionado? ¿La has vuelto a cagar? No me digas que te has tirado a una Spice Girl. Están pasadísimas de moda.

Cormac no entiende ni una sola palabra. Agarra el Corazón de bruja y se lo planta delante de las narices.

—Estoy acabado. Fíjate.

Ella frunce el ceño. Al final, encuentra el motivo de su disgusto. A tenor por su expresión, no le parece demasiado grave. De hecho, se la nota un poco cabreada.

—¿He dejado mi clase de yoga por esto?

—¿Yoga?

A lo mejor tiene que empezar a ponerse al día con las cosas de los muggles. Por lo que ha podido averiguar, que no es demasiado porque la vida privada de su agente no le despierta el más mínimo interés, Parvati está saliendo con un tipo sin magia que se llama Peter, Piers, Paul o algo parecido.

—Sí, Cormac. Por si no te acuerdas, yo también tengo una vida.

—Pero yo te pago para que te ocupes de mis asuntos y es evidente que te necesito. Durante los cinco últimos años yo he ostentado ese título. Iba a derrotar a ese fraude de Lockhart y, mira. ¿No te parece terrible? Porque lo es, joder. Es lo peor que me podría haber pasado.

La ve respirar hondo. A veces, Parvati tiene que armarse de paciencia para tratar con él. Escucha sus suspiros y teme que vaya a echarle la bronca. Es algo que hace de vez en cuando. Es que no sabe ni cómo la aguanta, con el mal carácter que tiene. En Hogwarts parecía más dulce, más tontita y manejable. ¡Y una mierda!

—Es sólo una revista de cotilleos. Nadie le da importancia a estas cosas.

—Pues yo sí.

—¿Qué quieres que haga?

—No sé. Podrías hablar con Romilda Vane para que diga que es todo un malentendido.

Alza una ceja. No dignifica su comentario con palabras. A cambio se cruza de brazos después de arreglarse un poco el pelo.

—Romilda Vane no me hará ni caso. La revista ya está publicada. Tendrás que aprender a vivir con la derrota.

Mierda.

—La pretemporada comienza dentro de tres semanas. Disfruta de tus vacaciones y prepárate para el próximo campeonato de quidditch. Recuerda cómo te ganas la vida.

Aparte de su sueldo como deportista, Cormac tiene a sus promotores publicitarios. Gana una pasta gansa anunciando pociones para blanquear los dientes y es la imagen de la marca de escobas voladoras Cometa. Lo más probable es que a ellos les importe bien poco todo el asunto de Corazón de bruja.

—Si no tienes nada más que decirme, me voy a casa. Esta mañana he quedado con mi hermana. ¿Te he dicho ya que se casa?

Cormac niega con desinterés. Eso no detiene la verborrea de Parvati. A veces es muy pesada.

—¿Te acuerdas de Zacharias Smith? Es su prometido.

—¿Crees que puede robarme algún sponsor?

—Se dedica a la compraventa de antigüedades.

—Entonces, me toca mucho los huevos.

Parvati bufa.

—Tú siempre tan simpático. —Le da unas palmaditas en el hombro—. Relájate un poco, anda. Estás rojísimo. Si Vane te ve en ese estado, no tendrás ninguna opción de ganar el año próximo.

Bromea, sí, pero sólo consigue cabrearlo más. Parvati se desaparece de inmediato. Cormac permanece varios minutos inmóvil en su habitación de hotel, ataviado con una túnica bastante sencilla y rumiando su derrota. Le da igual lo que diga su agente. Tiene que hacer algo. Lo necesita. No sabe muy bien qué, pero tiene claro su primer paso: encontrarse con Blaise Zabini.

Puto idiota.


2

Blaise

¿Qué tiene de fascinante un bebé?

Blaise examina con ojo clínico al pequeño Scorpius Malfoy. Nació tres meses antes. Es una criatura paliducha, con una fina capa de pelusilla rubia sobre la cabeza que le mira de forma acusadora. Frunce el ceño. ¿Qué le pasa? Tiene los ojos grises y todos dicen que se parece a Draco. Él lo encuentra un tanto decepcionante, al menos de momento. A esas alturas de su vida, Scorpius sólo sabe hacer tres cosas: llorar, comer y cagar. Es un aburrimiento y prefiere no tener que atenderle bajo ninguna circunstancia.

—El hijo de Potter nació ayer.

Es Draco. Está sentado junto a la ventana, atento a cualquier cosa que pudiera necesitar su pequeño bebé. Astoria está pasando el fin de semana fuera de casa. Por lo visto, necesitaba despejar la mente y emborracharse por ahí junto a su hermana y sus amigas. A Blaise le parece inconcebible que se marche dejando a su pobre marido con el marrón de ocuparse del crío. Ninguno de sus siete padres cuidó jamás de él. Ni un solo día de toda su existencia.

—¡Qué espléndida noticia!

—¿Adivinas cómo se llama?

—Ni idea. Seguro que tiene un poco menos de sonoridad que Scorpius Hyperion.

Draco ignora su pulla. Suelta una risita que no es tan maliciosa como hubiera sido en otro tiempo, antes del desastre de la guerra.

—Albus Severus.

Blaise está a punto de atragantarse.

—¡Por los cojones de Salazar!

Ahora, Draco se ríe abiertamente. Continúa leyendo el artículo mientras Blaise sigue observando a Scorpius. Le parece que ha hecho un puchero. No pensará ponerse a llorar, ¿verdad?

—Por lo visto, es un bebé sano y su madre se encuentra bien.

—¿Eso es bueno?

Draco no le responde. Sigue hojeando la revista Corazón de bruja. A Blaise ya no le sorprende. Sabe que le encantan los cotilleos desde que estaban en Hogwarts y le robaba los ejemplares a Pansy Parkinson para leerlos a escondidas en su cama. No está seguro de si su actual comportamiento es una muestra de madurez o algo más complejo.

Scorpius no deja de agitar los bracitos y las piernas. De repente, frunce las diminutas cejas y se pone muy rojo. La expresión de su rostro es extraña y Blaise se siente alarmado.

—¿A tu bebé le pasa algo?

Draco le echa un vistazo despreocupado y chasquea la lengua.

—Sólo está haciendo caca. Terminará enseguida.

¡Qué horror! Blaise no puede ocultar su repugnancia.

—¿Tendrás que limpiarlo?

—Pues claro. ¿Qué quieres que haga?

—No sé. ¿Esperar hasta que vuelva su madre?

Ahora sí, Draco le dirige una de esas lacónicas miradas que le hacen recordar al estudiante un tanto insoportable que un día fue.

—En serio, Blaise. ¿En qué siglo vives? No hace falta ser una mujer para cambiar a un bebé.

—Pues avisa a un elfo doméstico. Para eso los tienes.

El suspiro exasperado le indica que lo mejor que puede hacer es callarse. Está claro que no ha nacido para ser padre. No le gustan nada los bebés y no sabría muy bien cómo mantener vivo a uno. Menos mal que no piensa dar continuidad a su apellido. Sería bastante complicado dejar preñado a un tío.

—Puedes quedarte tranquilo. No tendrás que tocar a Scorpius ni durante un solo segundo.

—Eres muy gracioso. No pensaba hacerlo de todas formas.

Draco niega con la cabeza. Mientras Scorpius sigue poniendo esas caras raras en su cuna (está claro que no le resulta nada fácil aliviar sus tripas), sigue leyendo. Blaise comienza a aburrirse un poco. Se le ocurren mejores formas de pasar una mañana de sábado. Podría haber ido de caza a Escocia. O haber llamado a ese brujo que conoció en Francia. ¿Cómo puñetas se llamaba? ¿Pierre, Michel, Antoine? ¡Bah! ¿Qué más da? Le hubiera proporcionado más diversión que Malfoy en su versión más paternal.

—¡Hostia puta!

La exclamación retumba en las paredes de la sala. Scorpius da un respingo. Blaise frunce el ceño.

—¿Seguro que quieres hablar así de mal delante de tu hijo?

—¡Mira esto! ¡No me lo puedo creer!

Le tiende la revista y comienza a reírse a carcajadas. Se ha vuelto majareta, sin duda. Blaise agarra el Corazón de bruja. No puede ser. ¿Qué ha hecho él para merecer eso?

—¿Es una jodida broma?

—Yo diría que no. ¡Sonrisa más encantadora de Gran Bretaña!

Más risas. Scorpius hace ruiditos. Blaise se contiene para no hacer pedazos ese estúpido panfleto. Lo que le acaban de hacer es una indignidad. No quiere aparecer en una puta revista de cotilleos. No quiere que lo conviertan en el hazmerreír de todo el país. ¿Cuándo ha dado permiso para que publiquen su imagen? ¡Si no está sonriendo! Siempre procura no sonreír en público, por Merlín. Es una forma de mantener alejadas a las personas. Porque Blaise Zabini sólo se acerca a quién quiere y cuándo quiere.

—Voy ahora mismo a hablar con esa Romilda Vane.

Escupe el nombre con asco. Ni siquiera sabe quién es. Le importa un bledo. Está preparado para arrancarle los pelos con sus propias manos. Todos ellos. De uno en uno.

—¿Para qué tomarte la molestia? —Draco parece un poco más calmado—. Lo hecho, hecho está. Lo único que puedes hacer es aceptar humildemente tu triunfo.

—Deja de pitorrearte de mí, Malfoy. Te lo advierto.

Scorpius lloriquea. Ya ha terminado de hacer lo que estuviera haciendo. Draco se levanta de inmediato y lo coge en brazos. Sí que se le da bien manejar al crío, sí.

—¡Cuánto miedo me das! —A continuación, su tono burlón se convierte en uno mucho más dulce—. Vamos a limpiar ese culete, Scorpius.

—¿Tengo que quedarme y contemplar esa guarrada?

—Puedes hacer lo que quieras. Sabes que las puertas de mi casa están abiertas para cuando quieras entrar y también para cuando quieras salir.

—En ese caso. Me voy.

Porque no necesita aspirar el aroma de la caca del heredero de los Malfoy. Porque tampoco le hace falta saber que Draco ha cambiado hasta un extremo que le resulta difícil de entender. Y, sobre todo, porque está enfadado y necesita arreglar todo el asunto de la puñetera revista cuando antes. No sabe cómo lo hará, pero hallará la forma. Como que se llama Blaise Zabini.


3

Cormac

Cormac McLaggen está acostumbrado a asistir a los saraos ministeriales. Su tío Tiberius fue funcionario destacado durante muchos años y, en ocasiones, solía llevarlo consigo a las fiestas, los almuerzos o las reuniones dominicales. Cormac casi siempre se aburría. Cuando eres un crío, lo que menos te apetece en el mundo es tener que escuchar un montón de conversaciones de adultos hablando sobre las tetas de la secretaria o el polvo que echaron durante el fin de semana. Viéndolo en perspectiva, ni su tío ni sus amigos fueron demasiado discretos en aquel entonces. Mejor ni pensar en todo el movimiento nocturno que había en las posadas donde se hospedaban cuando iban de caza.

Obviando esa parte de su pasado, Cormac no pierde la oportunidad de encontrarse con Blaise Zabini. Según lo que ha podido averiguar, tiene pensado acudir al picnic que dan los Shafiq para celebrar el centenario del nacimiento de su actual matriarca. Se presenta en la mansión, ubicada en lo más alto de un escarpado acantilado de Gales. Se ha puesto una de sus mejores túnicas y, joder, está guapísimo. ¿Cómo es que Romilda Vane no se ha dado cuenta de que es el brujo más atractivo de su generación? Seguro que se está quedando cegata perdida. No debería escribir tantos artículos.

No le sorprende que en la fiesta no haya demasiada gente joven. Los Shafiq tienen fama de aburridos. De hecho, son tan sosos que llevan varias generaciones sin salir en la prensa sensacionalista. El último escándalo lo propició una tal Philomena, que en 1918 se enrolló con un duende de Gringotts. Las malas lenguas dicen que quedó en estado y que sus descendientes habitan en los sótanos de su mansión, dedicados a la alquimia, ansiosos por lograr la transmutación de la materia en oro.

Cormac saluda a los anfitriones. Los Shafiq tampoco son atractivos. Bajitos, cabezones y de espaldas anchas. Parecen salidos de las ilustraciones de algún libro sobre ogros enanos. Ahora bien, son muy ricos. Tanto que poseen varias cámaras acorazadas en el banco de los magos. Sus tentáculos se extienden por toda clase de negocios y, después de la guerra, se quedaron con varias propiedades de familias mortífagas. Se forraron a base de bien. Después de recibir unas cuantas alabanzas y de felicitar a la homenajeada (está más arrugada que una pasa, por cierto), comienza a pasear de un lado para otro. Se bebe un par de copas de vino de elfo, prueba los canapés hechos con escamas de dragón y busca a Zabini. Sobre todo, eso. Si al final no asiste al cumpleaños, no sabe si será capaz de soportar un nuevo fracaso.

Tras media hora de dar vueltas por ahí, distingue una figura masculina justo en el borde del acantilado. Es un hombre esbelto y de piel oscura. Al menos no le ha quitado su título un tipo feo. De hecho, en Hogwarts podría haber ocupado un lugar de honor en el pódium de lo más bellos, junto a Cedric Diggory y el propio Cormac. Se acerca a él sin pensárselo dos veces, admirando el arte que tiene para vestir esa túnica de color beige. ¡Por las liendres de Morgana! El beige es un color horrible, pero contrasta de forma fabulosa con su piel. Mientras camina, no tiene ni idea de lo que va a decirle cuando lo tenga delante. A lo mejor puede limitarse a arrojarlo al vacío. Un rival menos. Seguro que su sonrisa no es nada bonita si tiene la cara estampada contra las rocas. Treinta segundos después, se detiene a su lado.

—Zabini.

El otro da un respingo. Le observa con los ojos entornados, como si no comprendiera qué pinta allí. Al final, le saluda con una inclinación de cabeza.

—McLaggen.

—Bonita fiesta.

—Un coñazo lleno de vejestorios, querrás decir.

Le gusta que sea así de directo. Sonríe.

—¿Qué haces aquí, entonces?

—No me ha quedado más remedio que venir. Es una cuestión de negocios. ¿Y tú? No veo a nadie que se dedique al quidditch.

—Mis intereses van más allá de lo meramente deportivo.

—¿De verdad?

Zabini gira el cuerpo en su dirección. Pronto están frente a frente. Cormac se fija en la línea bien marcada de su mandíbula. No es algo que haga muy a menudo, pero nunca ha tenido problemas a la hora de reconocer la belleza masculina. Y Blaise es bastante hermoso. Un tanto fascinante. Un rival digno.

—No podía dejar de darte la enhorabuena por tu logro más reciente. —Zabini le mira con desconcierto—. Me has destronado.

—¿Qué puñetas estás diciendo?

—Me has quitado el título de la revista Corazón de bruja. Conseguí la victoria durante cinco años seguidos y tuviste que llegar tú para arrebatarme la sexta.

Zabini se queda muy callado, muy serio y muy flipado. Parpadea un par de veces y sonríe, sin dar crédito a lo que está escuchando.

—¿De verdad me estás hablando sobre esa gilipollez?

—Gilipollez lo será para ti. Yo vivo de mi imagen. Puedo perder mucho dinero por tu culpa.

—No me jodas, hombre.

No es una proposición del todo absurda.

—En realidad eres tú el que me ha jodido a mí. ¿Por qué has tenido que meterte en medio?

—Pero si yo no he hecho nada. Te aseguro que no me hace ni puñetera gracia ver mi cara en ese panfleto ridículo.

—Es una de las revistas más afamadas del mundo mágico.

—Sólo hablan de cotilleos, McLaggen. Podría limpiarme el culo con ella cada mañana si tuviera las hojas un poco más suaves.

Cormac bufa.

—¡Qué grosero! Si Romilda Vane te escuchara, se arrepentiría en el acto de lo que ha hecho.

—¿Qué cojones me importa a mí lo que haga esa tiparraca? Ni siquiera sé quién es.

—Estuvo en Gryffindor. Una vez quiso darle un filtro amoroso a Potter y consiguió que Weasley quedara prendado de ella.

—¿La comadreja?

—¿Quién es la comadreja?

—Weasley.

—¿Weasley?

—Sí. ¿Nunca oíste el mote?

—Ojalá. Le pega mucho.

Menudo gilipollas ese Weasley. Pero no deberían estar hablando sobre él. No es el tema que lo ha llevado hasta allí. Se pone firme y habla con seguridad absoluta.

—Tienes que hablar con Vane, Zabini.

Otra vez el desconcierto. Está harto de que se haga el tonto.

—¿Yo?

—Tienes que decirle que no quieres aparecer en su revista, que sustituya tu imagen por la mía.

Zabini alza una ceja. Sonríe. Es una sonrisa de hijo de puta sádico, pero joder si es bonita. Podría comerle la boca ahí mismo. ¿De verdad está pensando en eso? No ha ido a esa fiesta para eso. Tienes que centrarte, Cormac. Imagina que estás en la final del Mundial de Quidditch. Tú puedes.

—Estás siendo absurdo.

—Te estoy pidiendo algo justo. Tú no quieres el título. Yo sí. Dámelo y todos contentos.

—De verdad que pensaba que un Gryffindor tendría más dignidad. ¿Quieres que te regale la victoria?

—Quiero recuperar lo que me pertenece.

—Tú estás tonto, chaval.

Vale. Tiene razón. Si se para a pensarlo de forma racional, se está comportando como un crío llorón. Tendría que haberle hecho caso a Parvati. Seguro que tiene la cara roja porque está cabreado. Y puede que porque Zabini lo está poniendo un poco cachondo. En el cumpleaños de una vieja de cien años. ¡Qué mierda! Está desquiciado. No debería dejarse arrastrar por esas cosas tan superficiales. Sólo es un artículo en una revista de cotilleos. Una estupidez. Y ha sido derrotado por alguien muy digno. No han escogido a Weasley, con su cara pálida y llena de pecas. Que esa es otra. ¿Cómo pudo ganarle la batalla una vez? Hermione Granger tiene un gusto muy raro. Seguro que fue por eso. No es ningún fracasado. Y está bueno.

Y estás tonto, chaval.

Se encara hacia el mar. Las olas golpean con fuerza las rocas de los acantilados. Respira hondo varias veces. Le encanta el olor del salitre. Cuando se retire del quidditch, dejará los hoteles de Londres y se irá a vivir junto a la playa. Correrá todas las mañanas por la arena y se bañará desnudo por las noches, aunque el agua esté helada. Sí. Es un buen plan. Pensar en cosas frías le está ayudando. Espera que a Zabini le dé por marcharse de allí, puesto que lo considera un estúpido, pero puede notar su presencia ahí al lado. Joder, es que emana calor. Siente la imperiosa necesidad de decir algo.

—¿Sabes que una Shafiq se quedó preñada de un duende?

Zabini chasquea la lengua.

—Todos los brujos ingleses que se precien de serlo saben que eso no es más que una leyenda negra.

—¿Y si fuera verdad?

—No es verdad.

—¿Si lo fuera?

—¿Quieres sugerirme algo, Cormac?

Es el momento. No sabe cómo ha pasado, pero no quiere echarse atrás. No es de lo que pierden la oportunidad de aventurarse en lo desconocido.

—¿Por qué no nos colamos en la mansión e investigamos un poco?


4

Blaise

En la mansión de los Shafiq no hay engendros de duendes alquimistas. Sí hay un sótano con una bodega inmensa. McLaggen tiene las manos apoyadas en la pared y Blaise embiste contra su cuerpo con fuerza. Ha tenido que taparle la boca. No sólo tiene verborrea, sino que es escandaloso. No ha parado de gritar, de gruñir y de gemir desde que ha empezado a follárselo. Pero merece la pena. Es un gilipollas, un capullo, un inmaduro, pero está bueno. Y duro. Podría perderse en su cuerpo durante horas, aunque ese día tiene que ser rápido. A pocos metros de allí, un montón de gente celebra un cumpleaños. No se considera de buena educación que los invitados follen como conejos mientras dura un evento.

—Zabini.

Le ha soltado solo un momento y ha tenido que hablar. Le muerde el cuello y hace que su cuerpo se apriete contra la pared. Le pone muchísimo saber que lo tiene a su merced. Continúa moviéndose. Su respiración errática sólo puede escucharla McLaggen. Está muy cerca. Un par de embestidas más y se corre en su interior. Podría retirarse en ese momento, dejar ahí a ese capullo, pero aún no ha terminado. Lo ayuda dándole un par de tirones bruscos en la polla y, ahora sí, le suelta la boca y se aleja de su cuerpo.

—Joder, Zabini.

—Yo no lo hubiera dicho mejor.

No hay tiempo para mimos absurdos. No lo necesitan. Blaise se coloca la túnica mientras el otro se sube los pantalones. Tiene el pelo revuelto y la cara roja. Ese color no le sienta del todo bien. No es un hombre muy dado a hablar después del sexo, pero tiene que hacer el comentario.

—Reconozco que esto ha sido sorprendente.

McLaggen le mira de reojo. Blaise aclara la duda presente en su expresión.

—Pensé que sólo follabas con tías.

El otro esboza una sonrisa petulante.

—Tenía que probar al tipo que me ha destronado.

—Yo diría que más bien te he probado yo a ti, ¿no crees?

—¡Uhm! No estoy acostumbrado a que me inmovilicen contra las paredes.

—Te quejarás.

McLaggen se ríe. Se ha aplicado un rápido hechizo de limpieza, cosa que Blaise ha olvidado hacer sobre sí mismo, y se está colocando el cabello. A Blaise nunca le han gustado mucho los rubios, puede que por la influencia nefasta que Draco ejerció sobre él durante la adolescencia. Llegó a despreciarlo tanto, a encontrarlo tan soberbio e idiota, que le generó alguna clase de trauma. De hecho, está bastante seguro de que McLaggen es el primer rubio al que se folla.

—¿Todavía quieres que hable con Vane?

Se encaminan juntos a la salida de la bodega. Blaise no sabe qué cara tendrá, pero a McLaggen se le nota lo que acaban de hacer.

—¿Para qué? El mal ya está hecho. Y no soy un mal perdedor, Zabini. Reconozco tus méritos.

—Muchas gracias.

La escalera que baja a la bodega sube hasta uno de los pasillos de la zona de servicio. Los dos se quedan parados cuando llegan allí y se encuentran de frente con una bruja anciana con cara de babosa. Ella les mira con sorpresa y sus ojos se llenan de reproche.

—¿Qué estaban haciendo ahí abajo, jóvenes?

—Nada —asegura Cormac.

—Echar un polvo.

A Blaise no le da ninguna vergüenza pronunciar esas palabras. La bruja se ruboriza de inmediato y sale corriendo como si acabara de ver a Voldemort resucitado. Tiene que reírse. La gente puritana es demasiado patética. De pronto, McLaggen le arrea un golpe en el pecho.

—¡Tío!

—¿Qué pasa?

—No puedes decir eso.

—¿Por qué no?

—Porque, como te dije antes, vivo de mi imagen. Si en la prensa se publica que he estado follando contigo en la fiesta de los Shafiq, me puede costar muy caro.

Blaise pone los ojos en blanco, recordando un par de cosas sobre el tipo que tiene delante.

—A ver, McLaggen, que sales a escándalo sexual por mes.

—Por eso mismo. No me apetece nada que mi agente me regañe otra vez. Es una pesadilla.

—Entonces, deberías procurar mantener la polla dentro de los pantalones, ¿no te parece?

El condenado Gryffindor le dirige una mirada repleta de promesas. Pese a haberse quedado satisfecho, el calor se instala en la parte baja de su vientre y está a punto de sentir un escalofrío.

—¿Seguro que quieres eso?

Blaise chasquea la lengua.

—McLaggen, si no quieres perder el juego, para ahora mismo.

—Soy jugador. Profesional. Nunca me detengo, aunque me gustaría un poquito más de discreción por tu parte. Sé que a ti te toca los cojones todo esto, que eres millonario y puedes hacer lo que te salga de los huevos, pero haz el favor de no ser tan bocazas. ¿Te parece?

Tampoco le está pidiendo demasiado. Conoce el juego de la alta sociedad mágica. Asiente en silencio. Cuando salen al exterior, nadie parece haberse enterado de lo que han hecho. A lo mejor la bruja de antes está tan escandalizada que ha perdido la capacidad de hablar. McLaggen se abalanza de inmediato sobre un platillo con tarta de calabaza y Blaise recurre al hidromiel. Los Shafiq tiene una bodega cojonuda en Francia. Sus productos siempre son de la mayor calidad.

No está seguro de que haya mucho más que decir. Tal vez por eso le sorprende tanto que McLaggen le hable otra vez antes de retirarse de la fiesta.

—Me voy a pasar todo el verano hospedado en Londres. Por si te apetece que nos veamos.

No llega a responderle. Sólo observa su trasero y sabe que sí. Claro que le apetece, joder.


5

Cormac

—¿Es verdad que te has follado a trescientas mujeres?

Están tumbados en la cama del hotel, compartiendo un cigarrillo. Cormac tiene el pelo revuelto y Blaise las rodillas flexionadas. Se sienten saciados. A gusto.

—Mujer arriba, mujer abajo. Sí.

—Venga. Dime algún nombre interesante.

—No puedo. Soy un caballero.

—¡Por favor, McLaggen!

Se ríe. Tiene razón. Pese a haberle exigido discreción, no es que sea un hombre muy cuidadoso. De todas formas, lo del otro día fue más una cuestión de dónde que de con quién. Gira la cabeza para mirar a Blaise. ¿Por qué tiene que ser tan guapo? Tiene los ojos más bonitos del mundo y, aunque no dedique tanto tiempo a su entrenamiento físico como Cormac, está en plena forma. Podría morirse acariciando ese cuerpo.

—La información que te proporcione no puede salir de aquí. Y después tendrás que darme algo a cambio.

—Puedo hacerte una mamada.

Eso suena bien. Genial.

—Me la harás de todas formas. Quid pro quo, Zabini. Un nombre a cambio de otro.

Se lo piensa sólo un segundo. Cormac tiene la sensación de que están a punto de meterse en terreno farragoso. No le importa. Considera que puede ser divertido.

—Empieza tú, venga.

Procura escoger a alguien lo suficientemente impresionante. Evoca aquella noche de hace unos años, cuando comenzó a jugar en el quidditch profesional. Aquella mujer se había metido en su cama sin preguntar demasiado, sólo porque era algo que hacía siempre.

—Rita Skeeter.

Blaise le mira. Parece sorprendido, pero no impresionado.

—¿Skeeter? ¿Tan mayor?

—Ahí reside la gracia del asunto, colega. Echamos un polvo impresionante. Según me dijo, siempre se folla a los debutantes.

—¿A todos?

—Chicos y chicas.

—Si se dejan.

—Merece la pena dejarse, te lo digo yo.

Blaise sonríe. Le quita el cigarro y le da una larga calada. Es una mierda muggle que les encanta a ambos.

—Venga, te toca.

Blaise mira hacia el techo y en sus ojos aparece cierto anhelo. ¿O es desagrado? ¿O una mezcla de ambos?

—Myron Wagtail.

Cormac da un respingo. Acaba de superarle. Con creces.

—¿De Las Brujas de Macbeth?

—¿Conoces a otro Myron Wagtail?

—¡Pero si es heterosexual!

Blaise sonríe, petulante.

—He vuelto a marica a más de un hetero, Cormac. Mira donde estás.

Le acaricia el pecho. Cormac niega con la cabeza.

—No presumas tanto, anda. Soy bisexual desde siempre, aunque suela preferir a las chicas. —Cormac se incorpora un poco y apoya la cabeza en su mano, interesado en lo que está diciendo—. Tienes que contarme cómo fue.

—¿Quieres honestidad?

—Pues claro, tío.

Está convencido de que va a relatarle la experiencia sexual más fogosa y maravillosa de su vida, pero Blaise entorna los ojos y ofrece una respuesta bastante sorprendente.

—Un desastre, McLaggen. Yo no sé cómo folla con las tías, pero conmigo parecía un puto inferius. Mete saca y poco más. Te juro que estuve a punto de quedarme dormido.

—¿En serio?

—Mira, si alguna vez te gana en esa estúpida competición de Corazón de bruja, puedes consolarte pensando que follas mejor que él.

Dicho eso, le da un beso. Cormac se deja llevar, pero no está preparado para un segundo combate. Ni siquiera se han terminado el cigarro. De hecho, por un instante queda olvidado entre sus cuerpos y teme que alguno de los dos vaya a quemarse. Menos mal que Blaise está teniendo cuidado. Cuando se separan, vuelve a recostarse sobre el colchón.

—¿Alguna vez has estado con una chica?

Blaise niega con la cabeza.

—No me ponen nada de nada. En Hogwarts me di un par de magreos con Tracey Davis, pero besarla a ella era igual que besar a mi hermanita. Fue desagradable y no he vuelto a intentarlo desde entonces.

—Yo empecé con las chicas. La primera vez que me enrollé con un tío fue después del colegio. ¿Te acuerdas de aquel alemán que jugaba en los Tornados?

Blaise hace memoria y le viene la imagen de un individuo robusto y rubicundo que solía repartir hostias entre los rivales.

—Nos encontramos en un bar después de la final de copa. Estábamos borrachísimos y, no sé cómo, terminé metido en un cuarto de baño con él. Si quieres hablar de desastres, te puedo dar detalles.

A Cormac le sorprende que sus dedos estén entrelazados con los de Blaise. ¿Cómo han llegado ahí? Han debido de moverse mientras charlaban.

—Es una lástima que el sexo no pueda ser siempre genial. ¿No te parece?

—Ya te digo.

Se quedan callados unos cuantos minutos. Cormac mira el techo de la habitación. Es blanco, liso, aburrido. Intenta comprender cómo han llegado hasta esa situación. El verano está llegando a su fin. La pretemporada comienza en tres días y ha estado follando con Blaise desde la fiesta en casa de los Shafiq. Al principio no mantenían grandes conversaciones, pero poco a poco algo empieza a cuajar entre ellos. No sabe bien qué es y necesita averiguarlo. Por eso deja que la pregunta flote en el aire.

—Blaise. ¿Cuántas relaciones formales has tenido?

La respuesta llega de inmediato.

—Ninguna.

—¿Por qué?

—Mi madre se ha casado siete veces. Desde que acabó la guerra, ha convivido con cuatro tipos distintos. No creo en las relaciones formales.

—Ya.

Su voz ha debido sonar un poco rara, puesto que Zabini se incorpora y le observa con los ojos entornados. Teme que vaya a hacerle algún reproche. Tampoco es que haya dicho ninguna tontería que lo amerite. En cambio, le devuelve la cuestión anterior.

—¿Cuántas relaciones formales has tenido tú, Cormac?

Tiene su gracia.

—Ninguna.

—¿Por qué?

—Porque soy un inmaduro emocional. Y porque me pone cachondo todo el mundo.

Blaise parpadea y se carcajea. Otra vez se recuesta. De alguna manera, Cormac se siente aliviado.

—Deja de plantearte esas gilipolleces, McLaggen. Disfrutemos de esto mientras podamos.

Tiene razón. Sólo es sexo, aunque siente algo raro en el pecho cuando mira sus manos y ve que siguen juntas.


6

Blaise

Después de la guerra, la familia Malfoy sufrió un considerable descalabro económico. Lucius aún cumple una condena a diez años de prisión en Azkaban y el Ministerio de Magia tuvo a bien incautar una buena parte de su fortuna para costear los gastos de la guerra. Y para castigarles, obviamente. Draco sólo tenía dieciocho años cuando tuvo que ocuparse de todo ese follón. Se libró de la cárcel por los pelos, aunque tuvo que hacer dos años de servicios comunitarios. Durante mucho tiempo, Blaise lo había visto medio hundido. Serio, callado, reflexivo, responsable. Fue justo entonces cuando empezó a caerle realmente bien. Una noche le dijo que le importaba una mierda el legado de su familia, que quería mandarlo todo a hacer puñetas y dedicarse a lo único que le hacía feliz: las pociones. Quería ser alquimista, convertirse en el mejor de su profesión. Blaise le convenció para no dejar pasar la oportunidad de hacer dinero gracias a su talento y ahí está ahora, en el despacho que ese cretino tiene en su propia fábrica de pociones. En los últimos meses, ha ganado una pequeña fortuna exportando la Poción Matalobos a los países balcánicos, que tienen una considerable población de licántropos.

Draco está sentado detrás de su escritorio. Finge que lee El Profeta, aunque Blaise no tarda nada en reconocer esa expresión. Anda inmerso en el mundo de los cotilleos. Está enfermo, el muy cabrón. En cuanto detecta su presencia, alza la vista y le observa con curiosidad. Le habla de sopetón.

—¿Te estás follando a Cormac McLaggen?

Su primer impulso es negarlo. No sabe por qué.

—¿A ese idiota? ¡Claro que no!

Draco suspira, aparta el periódico y deja sobre la mesa un ejemplar de Corazón de bruja. Ahí están ellos, en la terraza del hotel, dando rienda a su pasión. Blaise siente un hormigueo al recordar ese polvo en concreto. Habían estado a punto de despeñarse sobre la barandilla, por idiotas.

—Te estás follando a Cormac McLaggen.

Es una afirmación en toda regla. Blaise se sienta con elegancia sobre el butacón forrado en piel natural y alza el mentón, orgulloso como un Slytherin digno de su nombre.

—¿Y qué? ¿Qué te molesta? ¿Que sea un Gryffindor, un deportista o mucho más guapo que tú?

Draco alza una ceja y señala la fotografía.

—Me incomoda un poco que te hayas vuelto un exhibicionista. No me gustaría ir paseando por ahí con Scorpius y verte a ti follando sin ningún pudor. —Dicho eso, entorna los ojos—. Es que no sé cómo no os caísteis. Justo ahí, se le escapan las manos. Mira.

Sí. Cormac se hizo bastante daño en el vientre. Aún tiene un buen moratón.

—Reconozco que no fue mi mejor momento. Si te quedas más tranquilo, me comprometo a reservar mi efusividad para lugares más discretos y seguros.

Draco le observa, entre molesto e interesado. A Blaise le está empezando a poner un poco nervioso e intenta cambiar de tema.

—¿Y Scorpius?

Hablar sobre su hijo siempre le distrae.

—¿Cuántas veces ha pasado esto, Blaise?

O casi siempre.

Intenta hacerse el tonto.

—Es la primera, ya lo sabes.

No miente. Nunca antes han publicado un artículo sobre Cormac y él.

—No me tomes por gilipollas, anda. ¿Estás con McLaggen?

—¡Claro que no!

Sólo llevan algo más de dos meses durmiendo juntos cada noche. Una cosa puramente sexual y sin ninguna importancia. Cormac no le interesa. Lo único que le atrae es su cuerpo porque, joder, vaya cuerpo.

Draco sonríe con malicia.

—Que nos conocemos, Zabini.

—Vete al carajo, Draco.

Está a punto de hundirse en la silla, derrotado. Por fortuna, logra mantener la espalda erguida. Así es mucho más sencillo convencerse de que no está pasando nada raro en su vida. Sólo es sexo. Y él está muy acostumbrado al sexo. Le encanta. Después de la guerra, se juró a sí mismo que viviría para divertirse. Y es honesto. Eso siempre. No quiere malentendidos. Cormac sabe lo que hay. O eso piensa. Porque lo sabe, ¿verdad? El hecho de que se empeñe en acurrucarse en su pecho por las noches no significa nada. Sólo quiere estar preparado para más y más sesiones de sexo. Sólo sexo. Maravilloso sexo.

—No me voy cabrear contigo porque te guste McLaggen.

—No me gusta. Es un presumido, un gilipollas y un descerebrado.

Habla demasiado. Se excita si le tiras de los pelillos de la nuca. Tiene una cicatriz en la espalda. Se la hizo durante la Batalla de Hogwarts, luchando contra un mortífago que, a lo mejor, era el padre de Theodore Nott. Le encantan las mierdas muggles. Los cigarrillos, las hamburguesas y los caramelos de menta. ¡Qué repugnantes son los caramelos de menta! Vive en hoteles porque le da una pereza horrible buscar casa propia. Quiere mudarse cerca del mar algún día. Siempre que ve a su padre, discuten.

¿Lo ves, Draco? No sé casi nada sobre él.

—Antes no me has contestado, Blaise. ¿Cuánto hace que folláis?

Responde a regañadientes.

—Desde el verano.

Draco da un brinco, alarmado. Será idiota.

—¿Y dices que no te gusta?

—Porque lo único que me interesa de él es su trasero. Y un poco su boca. No sabes cómo…

Draco le interrumpe con un gesto. Pese a lo que pudiera parecer, es un tanto remilgado para según qué cosas.

—No te pongas grosero, no vayas a arrepentirte después.

Es verdad. No le apetece hablar mal de Cormac. Sólo necesita defenderse. Nada más. No le gusta nada que se eleven injurias en su contra. Es un hombre adulto con las cosas bien claras. Sabe lo que siente, lo que quiere, lo que espera de su vida. Y no quiere a Cormac McLaggen. Para nada.

Draco apoya las palmas de las manos en el escritorio y respira muy hondo. Parece preparado para hacer un gran sacrificio con tal de echarle un cable. Imbécil.

—Vamos a ver, Blaise. ¿Desde cuándo repites tú con un tío?

—Si alguno me gusta, no me importa llamarlo.

—No me refiero a eso y lo sabes. Deja de hacerte el tonto.

Se siente acorralado. Maldito Malfoy.

—Draco, por favor.

Se produce un breve instante de silencio. ¿Cabe la posibilidad de que se haya librado de él?

No. El cretino tiene que seguir soltándole el rollo.

—Mira, Blaise. Ya eres mayorcito para saber lo que estás haciendo, pero tengo la impresión de que te estás engañando a ti mismo. —Le mira a los ojos. Sí. Está jodidamente acorralado. Quiere salir corriendo de allí y no detenerse hasta llegar a las antípodas—. También cabe la posibilidad de que estés engañando a McLaggen, así que aclara tus ideas, habla con él y haz lo que tengas hacer. El mundo no se va a acabar si admites que te has quedado pillado de alguien. —Draco resopla—. O eso espero.


7

Cormac

—¿No me vas a decir nada?

La revista Corazón de bruja descansa sobre la mesa. A lo largo de los últimos años, han publicado un buen número de fotografías escandalosas sobre Cormac McLaggen, pero ninguna como esa. Y encima se mueve. Blaise está tras él, con la cabeza echada hacia atrás y, de pronto, a Cormac se le escurren las manos y se le queda medio cuerpo colgando fuera de la terraza. ¡Qué idiotas fueron! ¡Y qué bien se lo pasaron! Claro que todavía tiene que aplicarse un ungüento de olor extraño en el abdomen, pero el sacrificio bien mereció la pena.

Le preocupa más la expresión imperturbable de Parvati Patil. Está sentada frente a él, con una vuelapluma agitándose a su alrededor y el cabello sujeto en dos largas trenzas. A veces se pregunta de dónde saca tanto pelo para poder peinarse de semejante manera. Apenas le está prestando atención al artículo periodístico. Seguro que a esas alturas ya lo ha leído un millón y medio de veces. Es su obligación. La cuestión es que siempre se cabrea cuando Cormac se mete en movidas como aquella. Le llama insensato, le insta a tener más cuidado. Esa mañana sólo parece cansada.

—¿Serviría de algo? —Parvati se encoge de hombros—. Ya te dije cosas después de que te pillaran con Gabrielle Delacour. Y cuando pasó lo de Miranda Richardson. Y después del escándalo de Parkinson. ¿Qué puedo decirte esta vez para que cambies de actitud, Cormac?

—Bueno, ahora me he liado con un tío.

—¿Es una novedad?

Pues no. Cormac recuerda el primer escándalo que salió en la prensa. Dennis Creevey cumplía la mayoría de edad y algún periodista insinuó que no era verdad. ¡Vaya follón se armó!

La cuestión es que ese día necesita excusarse porque hay algo más. Porque no es solo sexo, joder. No se lo ha confesado a nadie aún, pero la sensación lo tiene totalmente aturdido. A veces siente que se ahoga. Necesita que Blaise esté a su lado. Cuando se marcha del hotel por las mañanas, la piel le arde de lo mucho que extraña su contacto. Le gusta hablar con él, hundir la mano entre los rizos de su pelo y dejarse hacer todas las guarradas que a Zabini le gustan. Se siente como un monigote a su merced y le encanta. Podría pasarse así el resto de su vida.

Además, no es sólo pasión. De un tiempo a esta parte le está empezando a ocurrir algo muy curioso. Ya no se pone cachondo con la gente. Sólo quiere follar con Blaise. A todas horas, en todos sitios, de cualquier manera. Sólo con él.

Qué idiota, por Merlín.

Se está volviendo loco del todo.

Y necesita decírselo a alguien. Sólo lamenta no tener un buen amigo con quién hablar. Siempre ha sido un poco solitario. En Hogwarts ya era consciente de que no caía bien a la gente. Los que no le buscaban para enrollarse con él, le consideraban un inútil superficial. Y a lo mejor tenían razón, pero es que Cormac en realidad tiene sentimientos. Como todo el mundo. Y de vez en cuando le apetece compartirlos con alguien. Parvati parece ser su mejor y única opción. Carraspea y abre la boca. Al menos le queda el consuelo de saber que no irá a chismorrear con nadie. Por algo tienen un contrato de confidencialidad.

—Parvati.

Suena lastimero. Ella pone los ojos en blanco.

—¿Qué?

—Creo que me está pasando algo rarísimo.

Ella le mira con una ceja alzada y, entonces, sonríe. Hace que se sienta como un bebé unicornio. ¿Por qué tiene que mirarlo de esa manera?

—¡Y qué lo digas!

¿Lo sabe? ¿Es posible que lo sepa? No se considera a sí mismo tan transparente. Más allá de la rojez en su cara cuando se cabrea o se excita, sabe cómo disimular sus sentimientos. ¿No es así?

Puesto que ella parece saberlo, no le da más explicaciones.

—No sé qué hacer.

—¿Has probado a hablar con Zabini?

—No creo que él quiera hacerlo.

—¿Por qué no?

—Porque no cree en el amor.

¡Toma ya! El tío más ñoño del universo mágico. Y sin ser la Sonrisa Más Encantadora de Gran Bretaña.

Parvati hace un ruidito, encandilada por la conversación. A lo mejor sí que sigue siendo tan boba como en Hogwarts. ¿Necesita buscar a un agente un poco menos sentimental? Tampoco es para tanto. Siempre ha sido muy buena profesional. A lo mejor sólo se está alegrando por él. Puede que lo aprecie un poquito. ¿Y si es su amiga? Se estremece de solo pensarlo.

—Cormac, ¿qué quieres tú?

Ni puta idea.

—No lo sé.

Parvati le agarra una mano y aprieta, cariñosa.

—Pues es muy importante que lo averigües. Cuando una relación es meramente física, todo fluye como la lava de un volcán. Te lo pasas bien con tu amante y, llegado el momento, dices adiós y nadie resulta herido. —Hace una pausa. Sigue mirándolo de aquella manera—. Si en un momento dado surgen sentimientos, la cosa puede complicarse. Tienes que pensar en ello. ¿Qué sientes por Blaise Zabini? ¿Qué esperas de él?

Cormac abre la boca, pero ella no le deja hablar.

—No me lo tienes que decir a mí. Piénsalo y habla con Zabini. Lo que ocurra después, sólo os atañe a vosotros. Pero aclarad las cosas o alguien sufrirá. —Le señala con el dedo—. Y como seas tú, más te vale no perder capacidades en el quidditch. Te recuerdo que este año se te acaba el contrato y, si juegas bien durante la liga, podremos conseguirte una renovación millonaria. Eso es lo que quiero yo para ti, Cormac. No voy a consentir que me chafes los planes.

Queda claro que Parvati Patil ha tomado una determinación. Cormac la observa mientras se pone en pie y se acerca a Starfish para darle unas cuantas chucherías lechuciles. Él también ha tomado una decisión y no puede esperar más para ponerse en contacto con Blaise. Sabe que está corriendo un gran riesgo. Es la primera vez en su vida que está preparado para tener algo más que contactos carnales con una persona y, aunque siente un poco de temor, sabe que merece la pena arriesgarse. Si al final sale derrotado, nadie podrá acusarle de no haberlo intentado.


8

Blaise

Es la primera vez que Cormac McLaggen acude a la mansión Zabini. A Blaise le alegra que su madre no esté en casa. Se marchó de vacaciones tres días atrás, a Nueva Zelanda, en compañía de su último amante, un tipo bastante atractivo pero que no le despierta el más mínimo interés. Al final, todo terminará como con los otros. Colmará a su madre de regalos caros, la llevará a los sitios más exclusivos del mundo mágico y terminará con el corazón roto, pero vivo.

Es extraño ver a Cormac bajo el umbral de su puerta. Cualquier otro día, no hubiera dudado a la hora de agarrarlo por la cintura y meterlo en su casa. Ha fantaseado bastantes veces con lo que podría hacerle en la barandilla de la escalera de mármol que sube a la planta superior. Sin embargo, hay algo en la expresión del otro brujo que le insta a mantener las distancias. No está allí para follar. Hay un brillo único en sus ojos, algo que Blaise lleva un par de semanas vislumbrando y que ha ido negando categóricamente. Porque no puede ser.

—Blaise. Creo que me estoy enamorando de ti.

O a lo mejor sí.

¡Qué puñetas! No puede ser verdad. No quiere creer que Cormac tenga sentimientos porque, joder, no quiere hacerle daño. Se queda muy quieto, consciente de que no ha terminado de hablar. Nunca se cansa de hacerlo.

—Sé que no es algo que tú quieras. Yo tampoco quería, pero ha pasado. No puedo negarlo por más tiempo. Y es muy raro porque nunca antes me había pasado, pero sé que es verdad. Ya no me siento atraído por otra gente. Sólo pienso en ti. Quiero estar contigo. Follar, sí, pero también hablar, reír, salir por ahí. A lo mejor hubiera sido más fácil quedarme callado y seguir como hasta ahora, pero creo que empieza a dolerme. Aquí. —Se señala el pecho. Idiota—. Y no puedo hacerme eso, así que tienes que saberlo. No te estoy dando un ultimátum, pero tampoco quiero pasarlo mal. Ya lo sabes. Y sé que no tienes por qué sentir lo mismo que yo, así que me daré la vuelta ahora mismo y te dejaré en paz. Espero que entiendas que no podemos seguir follando. Lo siento, Blaise. Adiós.

Parece que el tiempo se ralentiza mientras se da media vuelta. De verdad que se está yendo. Se presenta en su casa a las doce de la mañana, le suelta un discurso raro y melodramático y pretende irse sin más. Pues no va a consentirlo. Lo alcanza de dos largas zancadas y le agarra de la muñeca, logrando que vuelva a mirarle.

—No seas gilipollas, Cormac.

—No soy gilipollas. Te estoy hablando con sinceridad.

—Ya lo sé, joder.

Tiene que pasarse las manos por la cara. Es extraño que Cormac tenga las cosas tan claras. Él aún sigue un poco confundido, aunque sí cuenta con una certeza, tal vez la más importante: no quiere que se marche.

—No me has dejado decir nada.

Cormac agita la cabeza.

—Es que no tienes que hacerlo. Sólo quería aclarar las cosas contigo y ya. No espero nada de ti. Sé que no estás interesado en una relación a largo plazo y ha sido cojonudo mientras ha durado. Eres el mejor amante que he tenido, de verdad, pero…

Tiene que hacerlo callar. Sólo se le ocurre una forma. Le da un beso, aunque sin lengua. Sólo son labios contra labios. Al principio, Cormac está tenso, luego se relaja un poco y al final le da un empujón. Agacha la cabeza. Parece atormentado.

—No me hagas esto. Me acabo de abrir en canal, joder.

¿Es que no se entera de nada?

—Ya lo sé. No quiero que te vayas, idiota. Cállate y entra en casa conmigo, anda.

Como amante, Cormac es entregado y obediente. Casi siempre le deja que lleve las riendas en las relaciones, lo cual le resultó chocante al principio, habida cuenta del carácter que siempre muestra en el campo de quidditch. En esa ocasión no le hace el menor caso. Bonito momento para ponerse rebelde. Blaise entiende que tiene que hablar ahí y ahora.

—Me acojona tener algo con una persona, Cormac. Ya sabes cómo es mi madre. He visto morir a sus siete maridos. A veces creo que está chalada, aunque no es más que una hedonista egoísta. Yo soy igual que ella. Durante toda mi vida, sólo me he preocupado de mí mismo y de mi placer, pero jamás miento a la gente. A ti no te he engañado.

—Ya lo sé. No estoy diciendo eso.

Blaise suspira. Gira sobre sí mismo. Teme que Cormac vaya a desaparecer, pero sigue ahí.

—Escúchame. No puedo afirmar que me esté enamorando de ti. No sé cómo funciona eso, pero hay otras cosas que sí sé, como que me apetece muchísimo conocerte mejor. Quiero seguir durmiendo contigo y estoy preparado para aguantar tu maldita diarrea verbal, pero no puedo prometerte nada, tan sólo que voy a intentarlo. Si con eso te basta, entra en casa. Si crees que vas a sufrir por mi culpa, es mejor que te marches porque no quiero hacerte daño.

Bueno, no está nada mal como confesión. Ve a Cormac ahí plantado, con todo el cuerpo en tensión. ¿Cuánto tiempo necesita para reflexionar acerca de lo que acaba de escuchar? Espera que no sea toda la eternidad. Comienza a contar hasta cien. McLaggen habla cuando va por el número veinticinco. A lo mejor ha contado un poco despacito.

—Tu mansión es cojonuda.

¿Gracias?

—¿Tienes una bodega como la de los Shafiq?

Blaise sonríe. Ahí está esa expresión traviesa en su rostro, la que tanto le gusta.

—Tengo un sótano que hizo las veces de mazmorra en el pasado. Si buscamos, seguro que encontramos cadenas por algún sitio.

Cormac se ríe y comienza a andar hacia la casa.

—Puto pervertido. No voy a dejar que me encadenes.

—¿Quién ha dicho que las cadenas sean para ti?

Se agarra a su cintura. Es agradable caminar juntos hacia un futuro que, aunque incierto, promete depararles cosas cuanto menos interesantes.

FIN