Guido Mista era un hombre supersticioso.

Siempre llevaba una cruz de plata en su cuello, se persignaba al pasar frente a una iglesia o capilla, jamás pasaba por debajo de una escalera, evitaba a los gatos negros, dibujaba círculos de protección sobre la sal derramada y salpicaba con agua los cristales rotos. Además de eso, cualquiera que lo conociera sabía del terror que le provocaba el número cuatro.

Pero no todos sabían de las mariposas.

Muchos años atrás, cuando Guido Mista era un niño escuálido con ojos enormes que veían el mundo con asombro y miedo reverenciales, solía pasar los fines de semana al cuidado de su abuela. Y él la amaba, más que a sus padres o a sus hermanos, pues Sonia Mista siempre tenía caramelos de colores y galletas con chispas en una repisa; preparaba sus comidas favoritas; le compraba la manzana más bonita, roja y brillante cada que iban al mercado; olía a parafina y azúcar; acariciaba su cabello para hacerlo dormir; le contaba historias maravillosas y jamás lo golpeaba, incluso si rompía o ensuciaba algo.

Sonia Mista era una buena mujer. Y también era muy supersticiosa.

Un domingo en la mañana, cuando ambos regresaban al mercado, encontraron una mariposa negra posada en el marco de la puerta. Sus alas eran enormes, casi del tamaño de las manos del pequeño Guido. Y negras, tan negras como los ojos del futuro pistolero.

Sonia gritó. El sonido, salido de lo más profundo de sus entrañas, hizo huir a las aves posadas en el bebedero. Y el pequeño Guido dejó caer su única bolsa de lona para cubrirse los oídos. Las bolsas de Sonia también cayeron al suelo y las verduras se cubrieron de tierra, pero ella no lo notó.

—¿Qué pasa, nonna?

La mujer levantó un dedo tembloroso y señaló hacia la puerta.

—Son mensajeras de la muerte, Guido.

Sonia se negó a volver a entrar a la casa, especialmente con su pequeño nieto. Pasaron el resto del día en casa de una amable vecina que incluso le dio galletas y chocolate caliente.

En la noche, cuando la madre de Guido volvió por él, Sonia le suplicó que la dejara quedarse unas noches en su casa, hasta que el rastro de la muerte se esfumara. La mujer respondió que todas las habitaciones estaban ocupadas ya que su hermano estaba de visita, y que no iba a mandarlo al sillón por una superstición absurda.

Mista estaba medio dormido, porque eran las once de la noche y ningún niño de cinco años debería seguir despierto a esa hora, pero aún así, sintió como su nonna lo persignaba al darle su bendición, como hacía siempre que se despedían. También sintió el leve beso en su mejilla.

—Portate bien, piccolo.

Esa fue la última vez que la vio, porque el funeral fue a cajón cerrado.

Unas horas más tarde, un drogadicto irrumpió en su casa. Y en medio de su trance, confundió a la dulce anciana con algún horror indescriptible, así que le destrozó el cráneo con uno de sus propios candelabros.

Mista no pensaría en la mariposa hasta tres años más tarde, cuando una de esas, idéntica a la anterior, apareció en su salón de clases. La visión de esas alas oscuras trajo a la memoria el grito de su abuela, haciéndolo sentirse físicamente enfermo.

Vómito en su pupitre, así que lo mandaron a la enfermería, donde le dieron un té y le indicaron que esperara a que alguien de su familia fuera por él.

Y ahí estaba el pequeño Guido, esperando a que su hermano mayor salía de la escuela para recogerlo, sentado en una silla de metal mientras bebía un té demasiado frío, cuando un montón de gritos infantiles inundaron el patio.

La escuela cerró por una semana. Cuando abrió, todos los ventiladores habían sido quitados de los techos y el salón de Guido estaba clausurado, así que los niños de su grupo fueron re distribuidos entre los tres restantes. Ni su madre ni ningún otro adulto quiso hablarle de lo sucedido, pero los niños siempre se enteraban de alguna forma y luego corrían la voz.

—El ventilador cayó del techo y le aplastó la cabeza a una niña.

—No, no le aplastó la cabeza. Le cortó el cuello y la sangre salpicó por todos lados.

—Mi primo iba en ese salón. Dice que no vio bien, porque se sentaba al fondo, pero que le cayó sangre en la cara. Y que otra niña se rompió el brazo.

—¡Oye! ¡Mista! ¿Tú viste qué pasó?

—No. Estaba en la enfermería.

—¿Es cierto que la niña muerta se sentaba a lado tuyo?

—...

—¡Ya, dinos!

—Sí.

A los dieciséis años, Mista consiguió un trabajo como repartidor de pizzas. Las jornadas eran una mierda, pero tras ser expulsado de la escuela por sus inasistencias, su padre le dijo que, o aportaba dinero, o se largaba de la casa. Ocho horas atrapado en el tráfico parecían una mejor alternativa que dormir en un parque a finales de otoño. Además, aunque el cheque quincenal iba directamente a la cartera de su padre, las propinas eran suyas, así que estaba cómodo con el acuerdo.

Hasta que un día, antes de empezar su jornada, encontró una de esas mensajeras de la muerte en su motocicleta.

Trató de llegar a un acuerdo con su jefe, pero el restaurante solo tenía tres motocicletas funcionales, así que un cambio no era opción. Además de que ese hombre era incapaz de comprender la lógica detrás de su petición. Media hora más tarde, Mista trató de alegar que realmente había encontrado la motocicleta con las llantas pinchadas, pero las cámaras de seguridad del almacén vecino lo captaron apuñalándolas con lo que presumiblemente era una navaja de bolsillo.

El dueño del local no presentó cargos, pero Mista fue despedido sin su paga de la semana. Al llegar a casa, su madre preguntó qué hacía fuera del trabajo a esa hora. No mintió, creyendo que ella comprendería.

Durante un par de noches consiguió dormir en la sala de espera de un hospital, fingiendo que tenía un familiar internado. A la cuarta noche (porque por supuesto, tenía que ser el maldito número cuatro) los guardias descubrieron la farsa y lo echaron a la calle.

Hacía frío en la calle, no lo suficiente para matar a alguien, pero lo único que Guido tenía para protegerse del clima era la ropa con la que lo habían echado de casa. Afortunadamente, siempre había sido bueno improvisando. Encontró varios periódicos casi intactos en la basura. Decidió que eran suficiente.

Tenía el rostro descubierto, así que los rayos del sol lo despertaron a primera hora de la mañana. Se estiró perezosamente, haciendo crujir sus huesos en un intento de liberar la tensión acumulada por dormir sobre una banca de concreto. Antes de caer el la inconsciencia, había formulado un pequeño plan de supervivencia que consistía en robar un par de carteras, pagar una noche en un motel barato, tratar de acicalarse un poco y conseguir algún trabajo sencillo como cargador de bolsas o algo similar.

Se puso de pie. Los periódicos cayeron al suelo. Las enormes letras rojas de una de las portadas atraparon su mirada.

"TRAILER SE DESCARRILA Y APLASTA A REPARTIDOR"

Habían imágenes, por supuesto. Después de todo, era la nota roja. Las fotografías no eran de buena calidad y la motocicleta estaba destrozada, pero creyó distinguir la calcomanía de un revolver que él mismo había pegado en el tanque de gasolina.

Tiempo después, una serie de casualidades hizo que Mista terminara metido en la mafia y que adquiriera un stand. A veces hacía mierda peligrosa y salía lastimado, pero su jefe, Bucciarati, era un buen hombre, mejor hermano mayor que su propio hermano mayor. Le tomó cariño, al igual que a Fugo y Narancia, quienes siempre estaban a la orden para sus ideas más estúpidas (y en ocasiones proponían algunas aún más estúpidas). Incluso a Abbacchio, bajo esa fachada de odio al mundo y desinterés, era un excelente amigo.

Al cabo de un año, referirse a ellos como "su familia" se sentía natural.

Mista sabía que la vida en la mafia era una ruleta rusa y que solo bastaba un descuido en una misión para que todo se fuera al diablo, pero se sentía afortunado. Tenía la noción de que mientras besara la cruz antes de cada misión y se cuidara de los cuatros, los espejos rotos, las escaleras y los gatos negros, él y los demás estaban a salvo. Fugo, siendo un hombre de ciencia, observaba su actuar con escepticismo y una pizca de desdén. Pero a Guido le daba igual, porque las balas nunca daban en puntos letales, las bombas no estallaban en su rango, los cuchillos solo los rozaban y los refuerzos aparecían al momento perfecto.

Durante su primer año y medio en Passione Mista jamás le tuvo miedo a la muerte.

Hasta que una noche a mitad de la primavera llegaron a su mesa especial en Libeccio. Y encontró no una, sino tres de esas mariposas posadas en su mesa de siempre, cada una con idénticas alas enormes y oscuras como el alquitrán.

Como acto reflejo retrocedió tanto como era posible sin que abandonaran su campo de visión y trató de evitar que los otros se acercaran a la mesa, porque estaba contaminada por la muerte. No lo escucharon, así que le disparó a cada una de esas mensajeras del diablo, despedazándolas, luego volcó la mesa y trató de convencerlos de que debían salir en ese mismo momento del maldito restaurante y no volver a poner un pie hasta que las tres almas fueran reclamadas, pero por más que gritaba, ninguno entendió que estaba tratando de protegerlos, así que terminó en el suelo, desarmado como un maniquí roto, mientras los otros los meseros y su familia lo observaban como si hubiera perdido la cordura.

Y cuando fue físicamente incapaz de hacer algo más, gritó y gritó y gritó hasta que alguien, probablemente Abbacchio, presionó un punto específico en su cuello y todo se volvió negro.

Despertó horas más tarde en el sillón del que reconoció como el departamento de Bucciarati. Sus brazos, piernas, cabeza y torso estaban unidos como la madre naturaleza dictaba, como si Sticky Fingers jamás hubiera hecho de las suyas, pero no tenía consigo su revolver ni la pequeña navaja que escondía en sus botas.

Observó el techo, tratando de descifrar cómo salvar a su familia... Si es que nada había pasado aún. Era evidente que no podría convencerlos de alejarse de Libeccio, pues era uno de los únicos lugares en los que podían reunirse y comprar comida sin arriesgarse a ser espiados o envenenados por el personal.

No tenía que ser algo permanente. Solo tenía que alejarlos hasta que las tres almas fueran reclamadas...

O podía despachar él mismo esas tres almas, para que la deuda quedara saldada.

Observó el reloj de la de la repisa. Eran las diez treinta y siete de la noche. Le venía perfecto. Libeccio quedaba a menos de diez minutos a pie y cerraba a las once de la noche. Podía esperar a tres de sus empleados en el callejón de la parte trasera. Y cuando todo estuviera hecho, tal vez trataría convencer a Fugo de que lo ayudara con los cadáveres. O simplemente podría sacarles los ojos y cortarles las huellas digitales y la lengua, para que la policía asumiera que se trataba de un ajuste de cuentas de Passione y no investigaran el caso.

Su revolver le hubiera facilitado las cosas, pero no lo necesitaba. Caminando sobre la punta de sus pies se dirigió a la cocina y buscó uno de los cuchillos para carne de Bucciarati, así como una cuchara y envolvió ambos utensilios en una servilleta de tela. Con el mismo sigilo, se dirigió a la entrada, esperando que la puerta no estuviera cerrada con llave, pues usar la ventana le quitaría un par de valiosos minutos.

La perilla giró sin resistencia...

—¿A dónde crees que vas?

El pistolero maldijo entre dientes.

—Contesta, Mista.

—Necesito encargarme de algo. — Respondió sin voltear a ver a Bucciarati.

—¿De qué?

—Las mariposas. Alguien va a morir y no quiero que sea uno de ustedes.

Bruno soltó un suspiro cansado. Aunque no podía verlo, Guido apostaría por que se estaba masajeando las sienes.

—Siéntate, por favor.

A pesar del "por favor", Mista supo que era una orden y no tenía otra opción más que obedecer.

—Explícame, ¿de qué se trata esto de las mariposas?

Guido le dijo todo. Le contó sobre la motocicleta con la calcomanía de revolver, sobre Lucía (ese era en nombre la niña a la que el ventilador había degollado) y sobre ese domingo por la mañana trece años atrás. Repitió casi textualmente la explicación de su abuela de que las mariposas grandes y negras anunciaban una muerte inminente y explicó que la única forma de saber que estaba a salvo era que alguien más muriera. Bucciarati lo escuchó con atención, sin interrumpirlo o hacerle muecas, y cuando Guido terminó de hablar, guardó silencio por un minuto, como si estuviera analizando el problemas.

—Haremos esto: Volveremos a Libeccio hasta que sea estrictamente necesario que todos nos reunamos y mañana mismo llamaré para que nos preparen una mesa especial en otra ala del restaurante. También te devolveré tu revolver y tu navaja. Pero si algo le pasa a alguno de los empleados del local y tengo la más mínima sospecha de que tú lo provocaste, haré que te transfieran de mi equipo. ¿Está claro?

Mista no estaba del todo convencido, pero era una propuesta razonable. Y en realidad, no tenía otra opción.

No volvieron a Libeccio hasta una semana después, cuando Bucciarati les informó que tendrían un nuevo miembro en el equipo. Como fue prometido, les asignaron una mesa en un área menos privada, pero a una distancia lo suficientemente razonable de donde habían visto a las mariposas como para que Guido se sintiera tranquilo.

La madera de la mesa relucía. Como si fuera nueva. O como si hubiera sido recién lijada y pintada tras rellenar tres agujeros de bala.

Al principio, Giorno Giovanna no le pareció la gran cosa, pero su impresión cambió rápidamente. Giorno era astuto, determinado, calculador, caballeroso, carismático y letal, además de inhumanamente hermoso.

Esa misma mañana Bucciarati se convirtió en capo y les asignaron la misión más importante de sus vidas: Custodiar a la hija del jefe.

En esos días pasaron muchas cosas. Giorno y él se hicieron rápidamente cercanos, mientras todos tenían sus roces con la muerte, siendo perseguidos por usuario de stand tras usuario de stand. Pero ya había pasado más de una semana desde el avistamiento de las mariposas negras, y a pesar de que la muerte había tenido por lo menos una oportunidad perfecta para tomar a cada uno de ellos, todos seguían respirando.

Mista se sintió nuevamente intocable.

Y entonces murió Abbacchio.

Y luego Narancia.

Y finalmente, Bucciati.

Y Mista tuvo la dolorosa certeza de que los demás estaban a salvo, porque la cuenta ya estaba saldada.

Cuando supo la verdad sobre la conspiración entre Giorno y Bucciarati se sintió traicionado, aunque eso no era nada comparado con su propia culpa. Quiso odiar a Giorno, culparlo por las muertes de sus amigos, pero al irse a dormir, la voz de su consciencia le susurró que el responsable no era Giorno, sino él, quien los mató con su inacción.

Le tomó varios meses perdonar a Giorno. Y necesitó de un par de años para perdonarse a sí mismo. Pero lo hizo.

La suerte jugaba absurdamente a su favor y al de su chico dorado. El mundo entero se inclinaba a sus pies. Otra vez se sentía intocable. En la cima.

Giorno se convirtió en su nueva familia.

Ambos estuvieron de acuerdo con mantener su relación en secreto, tanto por seguridad como por discreción. Estaban bien con eso: De todas formas, la mayor parte del tiempo estaban demasiado ocupados para abandonarse a actividades románticas, pero una vez cada tantos meses, despejaban sus agendas y se aislaban del mundo en una pequeña cabaña secreta en el campo, tan secreta que ni siquiera Fugo sabía de su existencia.

Una mañana a finales de verano, diez años después de la muerte de Diavolo, Guido Mista fue despertado por los rayos del sol que se filtraban por la ventana. La noche anterior había sido excepcionalmente calurosa, así que la habían dejado abierta de par en par. A pesar del clima, Giorno había dormido entre sus brazos. Al notarlo, Mista sonrió perezosamente y se dispuso a despertarlo con una ronda de besos en el cuello.

—Buenos días, Guido.— Murmuró el rubio, con la voz rasposa por el sueño.

—Buenos días, amor.— Respondió el aludido contra su cuello.

Ninguno de los dos era particularmente fanático del sexo matutino, pero las oportunidades de disfrutar plenamente del otro eran escasas, así que tenían que aprovechar cada una de ellas. Hicieron el amor de forma dulce y lenta, murmurándose palabras cariñosas durante todo el acto. Luego de alcanzar el clímax permanecieron en los brazos del otro, tratando de alargar el éxtasis tanto como fuera posible.

Guido Mista, amante de los placeres sencillos, hubiera pasado gustosamente el día en la cama junto a su amado. Pero Giorno era una persona activa, así que decidió tomar una ducha y dar una pequeña caminata.

—Mira, Guido, tenemos un visitante.—Comentó el rubio, mientras se colocaba los zapatos deportivos. La mirada del pistolero abandonó su libro y siguió la dirección indicada por esos ojos verdes hasta llegar al alfeizar de la ventana.

Esta vez Guido no gritó. Tampoco trató de huir: No tenía sentido. Solo Dios sabía cuanto tiempo llevaba ahí ese engendro, pero estaba seguro de que era demasiado tarde. Ya estaban malditos.

—Una mariposa negra.— Le sorprendió la tranquilidad de su propia voz.

—No es una mariposa. Es una polilla. —Explicó Giorno.

Mariposa o polilla, a Mista le daba igual. El bicho era idéntico al de la casa de su abuela, al de la motocicleta y a los de la mesa en Libeccio.

—Ya veo. Gracias.

Giorno terminó de ponerse los zapatos.

—¿Seguro de que no quieres venir? El día está hermoso.

—Seguro.

Giorno frunció el ceño.

—Algo te pasa, Guido. ¿Qué es?

La sonrisa en sus labios fue genuina. Al igual que a Bucciarati, jamás había podido engañar a Giorno.

—Me duele un poco la cabeza.

La mentira no convenció a Giorno, pero optó por no insistir. Sabía que Guido siempre hablaba a su tiempo sin necesidad de que lo presionara.

—¿Quieres una aspirina? ¿O un té?

—El té suena bien.

—Está bien. Espérame aquí.

Giorno se inclinó para darle un pico rápido en los labios, pero Mista lo tomó del los hombros, manteniéndolo sujeto en su lugar casi con rudeza mientras profundizaba el beso. Se separaron solo después de varios minutos, por culpa de la falta de oxígeno.

—Parece que no te sientes tan mal. — Bromeó el rubio.

—Es porque eres un excelente médico. — Esto hizo sonreír a Giorno.

—Iré por el té. Mientras tanto, descansa.

—Te amo, Gio.

—Yo también te amo, Guido.

Cuando Mista escuchó que los pasos se habían alejado lo suficiente suspiró y tomó su revolver.

Una sola mariposa (o polilla) significaba una sola muerte.

Ya le había fallado a Abbacchio, Narancia y Bucciarati. Esta vez, no le fallaría a Giorno.

Verificó que el arma estuviera cargada.

Llevó el cañón a su sien.

Cerró los ojos.

Tomó aire.

Y las alas de la polilla dejaron de ser negras.


Hay dos creencias populares sobre las mariposas (y polillas) gigantes negras en México. La primera es que son almas de visita. La segunda, que anuncian una muerte. No soy particularmente supersticiosa... O bueno, tal vez sí. Pero he tenido un par de experiencias relacionadas con esos bichos que han hecho que tal vez no les tenga terror, pero me hagan sentir nerviosa

La semana pasada ví como tres en el hotel y no he dejado de preguntarme "quién va a morir".

Por otro lado, ¿alguna vez vieron el ventilador de techo en el salón de clases y trataron de adivinar a quién mataría si se caía? Porque yo sí, muchas, muchas veces.