Hola, de nuevo. Perdonen la tardanza.
Gracias por sus comentarios. (Por momentos, pensé que me echarían a patadas al traer una cosa media rara).
deahtz: arreglé el género, gracias por el aviso. Y ya que voy por el terror, no creo que haya mucha comedia, pero todo puede pasar.
Guest: gracias y pronto vendrá la acción.
Ahora, sin más, a leer, gente.
Capítulo 2
Ayuda inesperada
"Nada malo ocurrirá. Los sueños no son reales. Nada malo ocurrirá"
Eso es lo que se repetía una y otra vez en la cabeza de Lee mientras que éste iba a su encuentro casi diario con la escuela. Nate, quien iba a su lado, parecía estar tranquilo ya que con su intervención consiguió recuperar a su amigo; sólo restaba que el grupo se volviera a reunir para organizar una nueva salida y así todo volvería a la normalidad. En lo que fue del día, las cosas salieron bien para el rubio y sus amigos: consiguieron buenas notas, buenos lugares para almorzar, y los demás seres no los importunaron con vagos intentos de acoso escolar. Todo parecía ir bien, hasta organizaron un encuentro en el centro comercial después de clases y la buena suerte siguió de su lado. El tiempo fue pasando y llegó el momento para irse cada uno a su correspondiente hogar, esperando simplemente a que todos los días fueran como ese, para compensar de lo terrible que era la adolescencia.
Bajo una noche tranquila, todo Gravity Falls descansó, esperando a que el sol brillara al día siguiente. Eso último fue algo que no sucedió, puesto que el despertador sonó y todavía parecía muy temprano. Eso fue algo que al de pelo largo mucho no le importó ya que no era excusa como para faltar a clases. Aun un poco dormido, se preparó y salió de su casa. Con cada paso que daba, el clima gris de su alrededor iba cambiando; quizá el sol si iba a salir de todas formas. En lugar de encontrarse con el brillo típico del día soleado, las cosas se volvían de un extraño color rojo, como si fuera un atardecer. Por fin apartó los ojos del camino para ver el cielo, y luego de arrepintió de haberlo hecho. El firmamento, las nubes y hasta las gotas de lluvia que empezaban a caer tenían un color rojo antinatural, cosa que le recordó aquellos días del raro Armagedón.
—¿Qué está pasando? —preguntó ya algo horrorizado y lo que había a su alrededor no fue para nada alentador—. ¿Dónde está todo el mundo?
Las calles estaban vacías y presentaban un gran deterioro. Las casas, si se las podían llamar así, casi estaban totalmente destruidas, sólo un par de ladrillos se mantenían en pie. Aun, sin importarle que la lluvia de sangre caliente cayera sobre él, comenzó a correr con desesperación en busca de alguien, en preferencia cualquiera de sus amigos. Llegó al centro de la ciudad y las personas con quienes se encontró estaban reducidos a simples cadáveres y, al parecer, más de uno tuvo una muerte de lo más despiadada. Pero eso no fue lo único con lo que se enfrentó, sino que descubrió también a quienes habían dado muerte a esa gente. Se trataba de extraños seres, tal como los amigos de ese demonio triangular, pero siempre tenían un aura oscura a su alrededor. Cuando estos notaron de repente la presencia del chico, este último empezó a huir, tanto como sus fuerzas le permitían. Correr por entre los escombros fue toda una odisea, con lo que al poco tiempo no pudo evitar tropezar.
Él se había lastimado y el semejante dolor no le permitió seguir adelante, así que lo único que podía hacer era refugiarse tras las ruinas y esperar a que no lo descubrieran. Parecía que una estampida pasaba tan cerca de él y permaneció inmóvil hasta que el estruendo dejara de oírse. Bestias de todos los tamaños se alejaban, buscando a esa insignificante presa pero que servía de todos modos para saciar las ganas de destripar. El joven no sabía bien qué hacer, todo a su alrededor formaba parte de la peor pesadilla, pero lo único que intentó hacer fue salir de su escondite en silencio. Al principio, él lo estaba logrando a pesar de encontrarse rodeado de piedras y demás objetos destrozados, pero uno de sus pasos hizo que se moviera ese suelo inestable. El ruido se notó aunque él creía que esos monstruos no podían haberlo escuchado, sin embargo, el sonido de la estampida volvió a oírse.
—No, me descubrieron —se dijo en voz muy baja y con desesperación buscó con la vista un nuevo rincón para esconderse. Todo a su alrededor parecía ser lo mismo: sitios en ruinas.
Sólo un edificio se mantenía en pie, aunque también estaba dañado, y ese era el centro comercial. Lee recordó que aquellos puntos servían como refugio, en caso de emergencia, y se decidió a ir allá cuando observó un resplandor intermitente que se veía por los ventanales. Eso quizá se trataba de que ahí había otra persona que le estaba haciendo señales y, aun teniendo cuidado de no llamar la atención, él se dirigió hacia ese lugar. Una vez ahí, el chico notó que los engendros regresaron hacia donde él estaba antes, pero estos no buscaron con esmero; quizá sólo pensaron que se trató de una simple rata. Un poco más aliviado, el adolescente comenzó a adentrarse por los pasillos para ver si podía encontrar a ese algo que provocaba esa luminiscencia discontinua. El lugar estaba casi a oscuras y debía sortear entre las cosas que estaban tiradas para poder avanzar. Al principio, no encontró algo interesante, a excepción de algo para comer cuando pasó por un local de comida rápida, pero una pantalla le llamó la atención.
—Ellos no tardarán en venir y destrozar este lugar para encontrarte —se escuchó una voz en medio de la estática—. No puedes escapar por mucho tiempo.
—¿Qué es lo que está pasando? —preguntó el rubio, extrañado al hablar con un aparato.
—Son las secuelas del Raromagedón. El portal no se cerró del todo y los demonios consiguieron invadir el universo. Pero ellos no saben armar una buena fiesta… no como yo.
—¿Qué? —volvió a preguntar mientras que el terror se apoderaba de su ser. Reconocía esa voz y todo salió a la luz cuando la pantalla mostró a la bestia triangular de un solo ojo. El joven retrocedió unos pasos del susto aunque parecía que Bill estaba encerrado en ese televisor—. ¡No! ¿Acaso no te habían… borrado? Tú… no deberías seguir existiendo.
—Para eso sirven los conjuros, amigo. Pude regresar pero ya no soy el mismo de antes. Estoy más débil pero volví a mi antiguo estado de demonio de los sueños —explicó tranquilamente y salió de esa misma manera de la pantalla—, o, en este caso, de las pesadillas.
—Espera… ¿Todo esto es un sueño? Pero parece tan real.
—Y cada vez se pondrá peor… —respondió mientras flotaba alrededor del muchacho de forma despreocupada—. Al parecer leíste en voz alta un conjuro y las pesadillas terminarán por volverte loco. No sabrás si estás en el mundo real o no.
—¡No! Estás mintiendo. ¡Nunca voy a creerte! —exclamó enfadado y al mismo tiempo atemorizado, al gritarle a un ser que podría acabar con él sin esfuerzo. Sin esperar a que el otro le respondiera, el estudiante empezó a huir, sin embargo, ya estaba delante de él.
—Cambiarás de opinión… —dijo sin perder la compostura—. Además, ya no busco volver con mi plan si ya todos conocen mi debilidad. Es más, puedo ayudarte. Con un simple trato, puedo hacer que esas pesadillas se desvanezcan con un solo chasquido de dedos y así volverás a soñar con perros y tus amigos.
El de pelo largo estaba sorprendido, ya sea al escuchar sobre este rotundo cambio en aquel ser despiadado y al saber que sus sueños estaban siendo vigilados. A pesar de esa propuesta, el chico se hizo a un lado y siguió corriendo sin detenerse, hasta que se encontró con la salida del centro comercial. Echó un vistazo hacia atrás, para asegurarse de que el triángulo amarillo no estuviera siguiéndolo pero, al ver hacia el exterior, los ventanales se hicieron añicos de repente. La lluvia de cristales le dio de lleno sin poder hacer nada para evitarlo, y así fue como consiguió algunos rasguños en su cara. Difícilmente él se reincorporó sólo para poder reencontrarse frente a frente con aquellas bestias espantosas. Sin más demora, una de ellas se acercó de repente, alzó una de sus manos esqueléticas y le dio un profundo zarpazo en su abdomen, quedándole así varias marcas como si fueran hechas con espadas.
Todo se volvía muy oscuro, aun así, Lee abrió los ojos tiempo después y el escenario a su alrededor había cambiado totalmente. Él se encontraba en su habitación, precisamente a un costado de su cama, y al tratar de levantarse, un dolor le obligó a moverse con lentitud. Al levantarse la camiseta que llevaba puesto, él no tenía nada raro aunque esa sensación extraña seguía estando, con lo que supuso que no había tenido una simple pesadilla. ¿Esto quería decir que Bill tenía razón? No, imposible. Pero, ¿qué ocurriría si esos sueños seguían estando y empeorando? Con el pasar del tiempo él podría encontrar esas respuestas. Acceder a las demandas del demonio triangular sería lo último que él hiciera y, en todo caso, ¿no era que los sueños eran falsos? Siendo así, aquella propuesta también lo sería, con lo que no representaría ninguna solución. Tan sólo fueron malos recuerdos de malos tiempos.
—No, ya es tarde —dijo el rubio de repente, al fijarse en su reloj y fue a toda prisa a prepararse para ir a la escuela.
No podía decirse que salió corriendo de su casa, como un acróbata, porque él aun sentía las secuelas de la pesadilla y esto le impidió que descansara bien. Se sentía cansado y esto se notó en las horas de densa explicación que recitaban sus profesores. No llegó a dormirse en plena clase, pero había ciertas partes que él no pudo prestar atención y menos mal que estaban sus amigos para ayudarse. Por suerte no era época de exámenes, sino las cosas irían peor aunque igual él no era, como se dice, un estudiante brillante. El chico alto ahora trataba de evitar llegar a la hora de dormir, aunque sonaba estúpido. Las anteriores pesadillas se trataban de lo mismo, caos y muerte por todas partes, pero era la primera vez que lo herían de gravedad así como también hablar con el mismísimo organizador del Raromagedón. Sin embargo, su cansancio lo obligó a dormir y reencontrarse con esos monstruos asesinos.
No quería admitirlo, pero parecía que Clave tenía razón al transcurrir los días: cada día lo lastimaban con más crueldad y el amarillo repetía su propuesta sin cansarse y sin perder esa sospechosa amabilidad. Que él no podía contra las bestias así no más, decía, que el trato lo fortalecería y que podría terminar con la invasión en un abrir y cerrar de ojos. El adolescente siempre le decía que no, a pesar de que quería más que nada en el mundo que se acabara su sufrimiento. Su grupo de amigos no podían hacer mucho por él, ya que no sabían bien qué pasaba y el otro se encargaba de dar falsas excusas. Jamás podría decirles la verdad, ni siquiera a su mejor amigo; quizá ellos traten de llevarlo a la fuerza a un psicólogo o a una sesión de espiritismo o, más simple, ver qué sucede luego de unos cuantos golpes por parte de Wendy.
Pero un día las cosas se salieron de control: Lee se había quedado dormido en medio de la clase y esta vez soñó que lo mataban sin piedad. En todo el salón se escuchó su grito de terror al despertarse repentinamente y, luego de un momento de silencio, la mayoría estalló en risas. Él salió como pudo de allí y Nate fue tras sus pasos. Las preguntas no se hicieron esperar y, al ver que el de pelo largo aún seguía un poco aturdido, el moreno lo llevó a la enfermería de la escuela. La anciana enfermera sólo le dijo que reposara y, cuando escuchó que el paciente estaba cansado, le sirvió un vaso con café de la máquina. Debe estar estresado, concluyó la enfermera, por tantos estudios, exámenes y demás cosas. Eso era algo raro en ambos muchachos, porque siempre habían actuado de forma despreocupada. Luego de un tiempo, los amigos se fueron de ahí y se escaparon de las demás clases que tenían por delante.
—Te ves mal, amigo —comentó el de la gorra mientras caminaban—. ¿Acaso todavía el perro de tu vecino no te deja dormir o aun no pudiste cambiar el colchón de tu cama?
—Las cosas siguen como siempre —respondió apenas levantando la voz y con la mirada clavada en el suelo. Realmente él se sentía mal por tener que mentirle a cada rato.
Ambos acuerdan ir a la casa del rubio y no habría problemas en eso ya que el padre de este último salía siempre tarde de su trabajo, mientras que su madre no existía. Estuvieron allí un buen tiempo, entre charlas, videojuegos y comida chatarra, hasta la hora normal de salir, si tendrían que ir a la escuela. La buena compañía le hizo a Lee olvidar sus angustias por un rato, pero luego se encontró con la dura realidad. Él aún se sentía cansado, e intentó descansar en el sillón, por si la culpa de todo lo que le pasaba fuera su cama embrujada. De nuevo se transportó a ese mundo distorsionado y todo a su alrededor parecía peor que antes. Todo el suelo era de escombros y huesos, con algunos lugares agrietados que incluso dejaban ver el magma en la profundidad. El cielo estaba cubierto de nubes coloreadas con cientos de tonos en rojo y se movían todas en direcciones opuestas a notable velocidad. La tierra temblaba y ahora no estaba más aquel centro comercial.
¿Dónde podría refugiarse entonces? Además de observar a unas grandes bestias en el horizonte, sus ojos se fijaron en el bosque, el cual no estaba tan destruida como la ciudad. Teniendo mucho cuidado, él iba llegando de manera más silenciosa posible, y allí fue que recordó que la Cabaña del Misterio tenía como una especie de escudo, según lo que había contado Wendy en una ocasión. Los carteles le ayudaron a no perderse y así consiguió dar con aquel edificio. Esperaba ver a sus amigos ahí, y también que se considerara una meta, para que acaben sus pesadillas, sin tener que acordar nada con el demonio de sombrero de copa y bastón. Su entusiasmo desapareció de golpe cuando unos monstruos aparecieron a los costados de la vivienda, e iban directo hacia él. Tuvo que alejarse de ahí, sintiendo que su oportunidad se desvanecía, y se internó en el espeso bosque, sin saber hacia dónde iba. El joven seguía corriendo como podía y, cuando dejó de escuchar a esos seres, paró un momento para recobrar el aliento.
—¿Qué voy a hacer? —se preguntó después de sentarse en la tierra— ¿Esperar a que se…
—¿Vayan? —dijo una voz a su lado, y el chico descubrió asustado que se trataba de Bill—. No es una buena idea. Ellos utilizan ese lugar como trampa. Créeme, no querrás ir hasta ahí.
—No te creo —respondió con seguridad, sin moverse de su sitio aunque quería alejarse.
—¿No te cansas de decir siempre lo mismo? Hasta ahora, las cosas que te dije fueron ciertas —comentó con cierta superioridad—. Pero si tanto quieres ir, ve y verás que tengo razón.
Con desconfianza, el adolescente se levantó y comenzó a caminar, luego observó que el triángulo flotante le seguía. A pesar de que el demonio le decía que los otros lo buscaban por otro lado, con lo que estaban lejos, el estudiante continuó caminando sigilosamente hasta que llegaron al porche de la cabaña. El amarillo repitió su advertencia, sin embargo, el humano se perdió en la oscuridad del interior de la construcción. El lugar estaba en el completo silencio y se veía que había mucha basura por todas partes, cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra. No quiso recorrer más cuando vio dos cuerpos en el suelo que pertenecían a dos de sus mejores amigos. Él reconoció esa camisa escocesa verde y la gorra blanca y azul, ambas cosas que usaban la hija del varonil Dan y Nate, respectivamente. Los putrefactos cadáveres tenían una bala en el cráneo cada uno, haciendo suponer que ellos habían perdido las esperanzas y terminaron con sus vidas. Luego de derramar unas lágrimas, el alto salió de ahí con desesperación.
—¡No digas nada! —gritó él de repente cuando se reencontró con el ser de un solo ojo.
—Lamento que vieras eso —musitó el de tres lados mientras se quitaba su sombrero, en señal de respeto—. Supongo que querrás estar solo…
—¡Espera! —exclamó, haciendo que Bill se detuviera. Al principio, no sabía bien qué carajos decirle hasta que se decidió por fin—. De acuerdo. Está bien. Hagamos el trato.
—Buena elección.
Y... ¿Cómo quedó? Reviews, porfa.
Nos vemos cuando nos veamos.
