Hola y bienvenidos a un nuevo capítulo después de dos años. Qué vergüenza.

Ya tengo unos cuantos capítulos escritos así que espero actualizar más seguido.

Ahora a leer:


Capítulo 3

Hagamos un trato

Sus constantes pesadillas, su cansancio extremo, el sentir que lo mataban, el encontrar a sus amigos convertidos en cadáveres, todo esto llevó a Lee a aceptar lo que el demonio de los sueños proponía. Mucho no le importó al muchacho si algunas de estas cosas eran reales o no, pero debía poner un alto a su deplorable situación. Sin protestar ni nada parecido, él se dejó guiar por Bill, internándose en un espeso bosque porque en cualquier momento podrían aparecer los monstruos que buscaban despellejar vivo al joven. En realidad, mucha confianza no le tenía el chico al triangular por obvias razones pero, ¿qué otra opción tenía, si hasta hizo el ridículo en la escuela por culpa de esas pesadillas? Ahora no sabía con qué cara regresaría a estudiar y, aunque contaba con el apoyo de su grupo de amigos, seguramente él sería víctima de las bromas o de una simple golpiza. Pero no era momento de pensar en esas cosas, sino de estar atento en ese mundo de horribles criaturas en el que estaba.

—Creo que aquí no nos encontrarán, por ahora —dijo el triángulo amarillo dejando de flotar de repente y se volvió ante el estudiante, viéndose algo enojado—. Presta atención en lo que voy a decirte. No podemos hacer el trato. No aquí, en el Reino de las Pesadillas.

—Entonces…

—¡Tienes que invocarme! —interrumpió alzando sus brazos negros, aunque luego se calmó para seguir hablando—. Tienes que buscar los diarios. Los escondí en el bosque, dentro de un árbol que en realidad no lo es. En el Diario 2 está el conjuro que necesitas. Date prisa.

El adolescente quería hacer más preguntas pero todo se estaba volviendo borroso, señal de que pronto se despertaría. Él se despertó sintiéndose intranquilo, tenso, como si nunca se fuera a dormir, y aun con la imagen de los dos amigos que vio. Como no era día de escuela, supuso que debería aprovechar ese día para conseguir las cosas que el organizador del Raromagedón le había encargado. Luego de un mísero desayuno, preparó una mochila y ya estaba a punto de salir de su casa, pero un mensaje en su teléfono hizo que sus planes cambiaran. Sus amigos pasarían a recogerlo en media hora, y sabía que él no podía negarse. De nuevo irían a dar un paseo en la camioneta de Thomson, con destino hacia el lago, aunque primero visitarían la Cabaña del Misterio. El de pelo largo no sabía bien si alegrarse o no, pero podría ser que tuviera algún momento para escaparse y dedicarse a buscar. Fue así que tuvo que quedarse y esperar un tiempo.

Con un retraso de cinco minutos, la pandilla llegó con la excusa de que la camioneta no podía arrancar debido al frío que estaba haciendo y, sin más, el rubio subió a bordo. Este último agradeció en el fondo que ninguno de sus colegas tocara el tema de su grito de terror en la escuela, concentrándose tan sólo en que harían ni bien llegaran. De nuevo sucedió otro atentado contra el techo del vehículo cada vez que el conductor soltaba esa advertencia. Pero a pesar de esa broma pesada, el grupo llegó sin inconvenientes en las cercanías del lugar protegido con cabello de unicornio. Con rapidez, Wendy bajó del transporte con entusiasmo, para ser la primera en saludar a Soos y a la novia de este. Los demás marcharon tranquilos aunque querían entrar cuanto antes porque afuera hacía frío. Cuando todos entraron, ellos vieron a la pelirroja y al robusto conversando animadamente y, luego de un simple saludo a quienes atendían el lugar, se pusieron a perder el tiempo observando los distintos artículos a la venta.

—¿Sabes si los ancianos Pines volverán algún día? —preguntó la chica de camisa escocesa.

—No lo sé —respondió Jesús mientras se quitaba y observaba con nostalgia su fez—. Tal vez regresen para navidad o en verano. Los señores Pines no llaman por teléfono muy seguido.

Como no era época de vacaciones, la Cabaña del Misterio no recibía muchas visitas y tan sólo los lugareños frecuentaban el lugar, más para recordar a ese héroe que salvó al pueblo. Bajo la administración del joven dientes de roedor, la tienda se llenó de novedosos objetos, que llamaban la atención e incitaban a comprar, aunque en el fondo sólo eran cosas inútiles. El grupo de adolescentes sólo se dedicó a curiosear porque mucho dinero no tenían, aunque si gastaron algo comprando dulces y snacks. Por otra parte, a Lee le estaba doliendo un poco la cabeza, con lo que creía que el aire fresco le haría bien, y quiso usar esa situación como excusa para salir un rato y buscar esos diarios. Sin embargo, cuando ya se acercaba a la puerta, Wendy anunció que ya era hora para ir a la siguiente parada: el lago. La búsqueda sería en otra ocasión, y después de una brevísima despedida, los estudiantes volvieron a la carretera.

Luego de pasar el tiempo cantando un poco desafinado canciones acompañadas por la guitarra de Robbie, los seis amigos llegaron al gran lago de Gravity Falls. El sitio parecía un desierto, por la obvia razón de que no era la temporada turística, y hasta no había nadie tratando de alquilar botes y vender carnada. Ellos acamparon cerca de la orilla y, aunque hacía algo de frío, no demoraron demasiado para ir a estirar las piernas y tirar piedras al agua. Después de una seguidilla de fotos en poses raras que sacó Tambry y los desafíos de rutina que ejecutaba el más gordo sin pensarlo, incluyendo tocar la basura que traía la corriente, el grupo pasó al momento del almuerzo. Los sándwiches de diferentes tipos estaban a la orden del día, así como más comida chatarra y bebidas gasificadas de colores artificiales. Así también comenzó una conversación que cambiaba de tema a cada rato y mucho sentido no tenía y, mientras tanto, encendieron ahí cerca una fogata, con el que calentarían una jarra con café.

—Eh, enseguida vuelvo —dijo el rubio con una sonrisa forzada y se adentró al bosque.

Él tenía que darse prisa, porque sus amigos habrán creído que sólo fue al baño y nada más, aunque podía decir que se perdió por un momento, por si preguntaban por su tardanza. Tocó rápidamente cada árbol que se le atravesaba en dirección hacia la tienda que hacía poco visitó. Por varios metros, ninguna novedad, hasta que uno de los pinos sonó con un ruido metálico. Él tanteó cada centímetro del tronco, pensando que encontraría algún botón o algo para que se abriera, pero nada ocurrió. Golpearlo con fuerza sólo hizo que se enrojecieran sus manos, y pensó que podría arreglar el problema si le hubiera pedido prestado a la pelirroja su hacha. Pero no había tiempo para nada y su idea sólo ocasionaría sospechas a sus compañeros, hasta que se fijó en una corta rama de forma caprichosa, muy diferente a las demás. Qué bueno que él era alto o, de otra manera, no podía llegar hasta ella. Tiró de esta hacia abajo y en el tronco apareció una pequeña compuerta ya abierta.

Allí dentro estaban esos gruesos libros y el primero de ellos tenía escrito un numero uno, con el símbolo de una mano de seis dedos de color dorado. Se suponía que de esto hablaba Bill, así que el chico puso los diarios en su mochila a toda prisa y regresó hacia donde estaban sus amigos. Por suerte ellos se creyeron la mentira de que él se había perdido por un breve instante y llegó justo a tiempo en que ya tenían preparada la bebida caliente. Por un lado hacía bien y daba asco el café que preparaba el joven gótico, ya que él mismo lo había bautizado como levantamuertos, en honor al oficio de su familia. Antes de que oscureciera y que el frío se pusiera peor, los seis levantaron el campamento para luego regresar a sus hogares. La carretera estaba tan tranquila como al principio del viaje y eso les ayudó a llegar más rápido y también a subir bien alto el volumen de la radio. Llegó el momento de la despedida, prometiéndose que saldrían más a menudo en las vacaciones de invierno.

—Mejor terminemos con esto cuanto antes —se dijo Lee ya en la acostumbrada quietud del interior de su casa.

Él fue hacia la mesa de la cocina a hojear esos diarios, yendo directamente hacia el que tenía el número dos en la tapa. El contenido del mismo parecía ser una enciclopedia de extrañas criaturas y dibujos que no sabía bien de qué se trataba. Había cosas que costaba creer que realmente existieran, pero como él ya fue testigo de muchos casos extraños, debía suponer que todas aquellas cosas son verdaderas. El joven dejó de pasar páginas continuamente cuando se encontró con el dibujo del demonio de los sueños. Fue enseguida hacia la parte del texto en que mencionaba el conjuro y se preocupó cuando decía que, para el ritual, era necesario contar con ocho velas. En seguida fue a buscar tales objetos, revolviendo cajones y armarios, porque simplemente no sabía dónde estaban y ni siquiera podía saber si los tenía. Para él sería raro ir a comprarlos, por más escusa buena pudiera dar, hasta que consiguió dar con un solo viejo paquete de cuatro velas.

¿Serían lo mismo si los dividiera en dos a cada uno?, se preguntó y, como quería terminar este asunto antes de que llegara su padre del trabajo, tomó un cuchillo de la cocina y comenzó a cortarlos con cuidado. Una vez terminado, llevó sus cosas hacia su habitación y comenzó a poner las velas formando un círculo. El rubio se salteó la parte en que también era necesaria una fotografía de una víctima con sus ojos tachados para el ritual, pero en este caso no sabía bien qué poner. ¿Qué clase de trabajos hacía Bill, si había una víctima de por medio? Esa pregunta la dejó de lado para no pensar también en un arrepentimiento de lo que estaba a punto de hacer. Era momento de encender las velas y, a la hora de recitar el conjuro, tardó en empezar ya que todas esas palabras le parecían de lo más extrañas. Repasó con voz interior unas tres veces para no equivocarse cuando las dijera en serio, y así evitaría convocar a cualquier otro ser.

Triangulum entangulum. Veneforis dominus ventium. Veneforis venetisarium —dijo por fin, alzando cada vez más la voz y levantando una mano hacia el cielo. Él se sentía raro luego de emitir esas palabras, como si alguna fuerza se apoderara de él, y no pudo evitar pronunciar cosas sin sentido y moverse como si tuviera convulsiones sin su consentimiento. Todo a su alrededor se volvió gris, como si los colores se apagaran poco a poco, y el demonio triangular comenzó a aparecer, surgiendo primero de una figura oscura, para que luego se viera las demás partes de su cuerpo.

—Bien, es bueno volver —comentó el ser de un solo ojo con tranquilidad y cierto alivio en su tono de voz—. Veo que no has tardado mucho en invocarme. Supongo que quieres ir directo al grano… Así que dime, ¿qué es lo que realmente quieres?

—Quiero, quiero que se terminen esas pesadillas —pidió luego de dudar un momento porque ya era un poco obvio lo que quería, pero quizá era necesario repetirlo por alguna extraña razón—. Y me gustaría que todos se olvidaran lo que pasó en clases, ya sabes, para que no me molesten por eso. Pero eso suena imposible…

—¿Imposible? ¡Claro que se puede! Todo será como tú quieras, porque realmente te estoy muy agradecido por hacer un trato conmigo, que no te pediré nada a cambio. ¿Es un trato?

El chico estiró su mano, como para estrechar la del ser de otra dimensión envuelta en flamas azules, sin embargo, las dudas le impidieron continuar. ¿No parecía sospechosa esa idea de no querer nada a cambio?, ¿sería de verdad ese cambio de comportamiento o tendría otro plan en mente? A pesar de que aquel monstruo casi acababa con el pueblo, su carácter se transformó luego del borrado y de las posteriores apariciones en las pesadillas. ¿Acaso no habría otra forma para arreglar este asunto? Eso debió averiguarlo antes de la invocación y ahora ya era tarde. ¿Será que podía arrepentirse de esto? Allí estaba el de tres lados esperándolo pacientemente y, su desesperación por dar solución a sus problemas, lo llevó a cerrar el trato de una buena vez. Las llamas azules envolvieron la mano del adolescente, sin ocasionarle ningún daño, a diferencia de lo que él había pensado. Luego de que se soltaron, el del sombrero prometió cumplir el trato esta misma noche, algo que calmó al muchacho.

—Ah, y recuerda: la realidad es una ilusión, el universo es un holograma. Compra oro. ¡Adiós! —dijo Bill a lo último, a modo de despedida, y se fue de la misma forma que surgió.

Lee se sentía desorientado por un momento, ya sea porque finalizó el conjuro o por la peculiar despedida del puntiagudo, y todo a su alrededor volvió a la normalidad. No sabía si las cosas habían salido bien y, antes de que su padre lo descubriera, él se propuso primero a dejar su cuarto como si no hubiera pasado nada allí. A pesar del cansancio que aun sentía, él además sintió que se había quitado un gran peso, al tratar de poner fin a su angustia. Pronto llegaría su familiar a compartir una cena y, ya que el chico no era experto en cocinar, ni en ninguna otra tarea doméstica (aunque se defendía), él llamó a una casa de comidas con entrega a domicilio. Luego de un plato de pastas y de la acostumbrada anécdota del día de trabajo, llegó la hora de poner a prueba la palabra del demonio, esperando tener sueños normales o, que simplemente, pudieran olvidarse al despertar. Esperaba a que todo saliera bien, a pesar de haber recurrido a esa propuesta.

Al día siguiente el sol brillaba y el rubio se despertó con energías. El desayuno no se le quemó y en la televisión pasaba su programa favorito. En el momento de hacer los deberes de la escuela, las preguntas no le fueron complicadas. Pasó sin renegar varios niveles de su videojuego. En síntesis, el día había comenzado bien y así terminó. Los próximos días también se le parecían, haciéndole creer que estaba pasando por una temporada de buena suerte. Atrás se quedó su cansancio por no dormir bien, su sufrimiento porque nada le salía bien, y sus terribles pesadillas que no lo dejaban vivir en paz. Él volvió a ser el mismo de antes, el despreocupado y bromista adolescente que siempre estaba de buen humor y que salía siempre de juerga con sus amigos. No podía decir que su vida era perfecta, pero todo iba bien en general. Fue una cosa del destino el encontrarse con ese ser amarillo, con ese alguien que jamás lo consideraría como su salvador, y ahora tendría que darle las gracias.

—Pobre… Se ve que estaba desesperado —dijo con sarcasmo una voz proveniente del oscuro Reino de las Pesadillas—. Eso lo llevó a creer con facilidad que la realidad era esa fantasía que inventé. La verdad es que estoy mejorando… Sí, fue una total estupidez lo de ese mundo para encerrar a Estrella Fugaz. Ahora, en ese mundo nuevo que cree, no habrá manera de escapar de ninguna forma porque nadie notará que ese chico desapareció. Como su espíritu está aprisionado en ese lugar, creo que ya no necesitará su cuerpo para nada…

—Tu plan está marchando bien, Bill —comentó una voz femenina, con una amplia sonrisa.

—Así es, Pyronica —respondió él con aires de superioridad ante la gran criatura en tonos rosas y ante las bestias que estaban a su alrededor—. Estuvieron de maravilla. Todos actuaron muy bien… Ahora dejen que yo me encargue del resto. ¡Vendré por ustedes luego!

Y así, alejándose volando del centenar de demonios que lo admiraban, el de tres lados abrió un portal directo hacia la habitación de Lee y, sin más, ocupó su cuerpo con cierto apuro y riéndose de paso. Permaneció inmóvil ahí hasta acostumbrarse a estar en el mundo físico, aunque luego se animó a moverse y levantarse. Esta vez, él haría las cosas bien y nada de pruebas raras, como dejarse caer por la escalera, por ahora. Comenzó de inmediato a practicar un poco de esas habilidades sobrenaturales que tienen los poseídos, pero esas cosas llevaban tiempo y eso era lo que más tenía. Durante estos meses los practicaría, prepararía sus artimañas, y comenzaría sus planes contra las amenazas del zodíaco hasta que los Pines volvieran a Gravity Falls el próximo verano, para dejar lo mejor para el final.


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