Buenas a los valientes que siguen mi historia aunque no comenten.
En realidad, no sé si alguien está leyendo esto porque quiero ver reviews para comprobarlo.
De todas formas, tengo que terminar lo que empecé, así que seguiré hasta el final.
Aquí está un nuevo capítulo.
Capítulo 4
La adaptación
Esta vez, Bill se tomó las cosas con mucha más calma, a pesar de que se consideraba un ser de pura energía. Aprendió la lección después de una humillante derrota, aquel día en que ocupó el cuerpo de Dipper, sin tener en cuenta que debía cuidarlo y no golpearlo. Luego de moverse por toda la casa, probando el nuevo cuerpo, él buscó un espejo para poder contemplarse. Al reparar en su imagen, descubrió un par de cosas que quizá inquietarían a los demás mortales: primero, no dejaba de sonreír, con lo que luego de varios intentos, consiguió ponerse serio, sólo por unos momentos. En sí, eso no era tan grave, se decía, a diferencia de sus ojos que parecían a los de un gato, con esas pupilas en forma de rendija y las escleróticas amarillas. Nunca lo había notado antes y ahí se decidió en tratar de ocultarlo, por más que casi nadie sabía lo que significaba. Sin embargo, nunca había escuchado sobre un método para hacer que los ojos se vieran normales, y eso que él sabía muchas cosas. Eso le recordó el misterio de la barrera que tenía Gravity Falls.
—Bueno, igual no creo que nadie lo note —se dijo sonando despreocupado al final y regresó a su habitación—. Los únicos que tal vez podrían descubrirme están lejos de este horrendo lugar.
Mientras caminaba hacia la puerta, uno de sus brazos se golpeó con el marco de esta, dándose cuenta recién ahí que él aún andaba con los brazos doblados, como si todavía estuviera en su cuerpo triangular. Eso era algo que también había que modificar y, cuando quería comenzar a practicar, el sonido de la puerta principal lo alarmó. Un saludo en voz alta por parte del padre de Lee, le hizo recordar que estaba olvidando un pequeño detalle: que tenía que convivir con ese hombre. Por suerte, más o menos él sabía cómo se comportaba el adolescente, así que no más tenía que imitarlo para que aquel no sospechara nada. Después de bajar las escaleras, él se encontró con el recién llegado, abrigado para soportar el clima helado y con una bolsa con las compras que hizo. Durante ese día, en el que ese adulto trabajaba pocas horas, ni percibió que su hijo había cambiado. De todas formas, él no compartía mucho tiempo con el chico por culpa de su trabajo, en el que estaba casi todo el día fuera de casa. Esa situación fue algo bueno para el demonio cíclope: mantener cierta distancia para que ese sujeto no se volviera un obstáculo.
—Día de escuela —habló ni bien se despertó el poseído al día siguiente, preparándose para irse con esa extraña sonrisa que le costaba controlar—. Aun no sé qué podré hacer con esos amigos.
El comportamiento humano lo tenía bien dominado, para no repetir lo de tomar gaseosa por los ojos y así llamar la atención de cualquiera. Esta vez, todo debería salir bien y, de camino a aquel lugar, tuvo una buena excusa por si alguien le preguntaba sobre sus ojos. Antes de poder avistar al grupo de amigos, ellos ya lo vieron y fue Wendy quien lo llamó a gritos, alzando una mano. La pandilla ya estaba completa y todo parecía que estaba bien con el rubio, porque hablaba de una manera animada. Al ingresar el salón, el buen ánimo se esfumó porque había algunos alumnos que recordaban el grito de terror, soltando comentarios sarcásticos. Por suerte, eso no continuó estando los profesores presentes, aunque sí le llegó al involucrado un tosco dibujo similar a El grito, de Munch, con desde luego su cara. Robbie y la pelirroja estaban furiosos, no obstante, el equipo se decidió a ignorar a esos cretinos. A pesar de esto, el resto de la jornada escolar acabó bien, demostrando que el mejor amigo de Nate había estudiado, porque respondía bien a las preguntas de los docentes. Aquello fue otra excusa para que lo molestaran durante el almuerzo.
—¡Cuidado, quizá llore la niña gritona! —se oyó en voz alta luego de que una manzana golpeara la cabeza del muchacho de pelo largo, casi consiguiendo que este se cayera del banco al suelo.
—¡Oigan, eso fue demasiado! —exclamó Wendy enojada, levantándose de golpe de su asiento.
Unos bravucones se acercaron a la mesa en donde estaba el grupo, comentando que ella no era nadie para intervenir. Aquellos exigieron una respuesta de su víctima, quien sólo sonreía apenas y, al final, este les propuso arreglar este asunto a la salida de la escuela. Ellos parecían estar de acuerdo con eso, pero no sus amigos que no consideraban justo una pelea de cinco contra uno. En el momento en que los pendencieros se fueron, comenzaron las protestas para explicar que eso fue una mala idea. La experta con el hacha repitió que detestaba que los hombres pelearan, y le siguió el gótico con que tenía que cuidar sus manos de guitarrista. En sí, todos no estaban conformes con el enfrentamiento, sin embargo, Lee les pidió que se calmaran, que todo iba a salir bien y les contó que sólo planeaba hablar con ellos. Ninguno de ellos creía que con tal sólo hablando se iba a solucionar todo y, aunque no deseaban luchar, aquellos amigos quedaron en defenderlo. Al demonio le sonaba extraña esas palabras, porque nunca nadie lo defendió, y ahí mismo se decidió a no comenzar con su venganza con la chica Corduroy y aquel joven Valentino.
—Viejo, ni creas que te voy a dejar solo —respondió el tatuado al salir de la escuela, tras oír de nuevo el plan—. Además, te ves enfermo: tus ojos están… amarillos, por más que los escondas.
—Estoy bien, amigo —comentó tranquilo—. Creo que las gotas para los ojos estaban vencidas.
Luego de la salida, la pandilla se dirigió hacia el estacionamiento, lugar donde estaba el vehículo de Thomson. No había señal de los idiotas, que parecía que se habían olvidado del acuerdo, con lo que los seis empezaron a subirse a bordo de la camioneta. Ni bien el conductor giró su llave, aparecieron los busca-pleitos, y exigieron que el rubio diera la cara de una vez. El que una vez se comió un sándwich pisoteado no sabía qué hacer y ya era tarde para escapar, porque esos tipos estaban en todas direcciones. Esta vez había mucho más que cinco y unos cuantos más que sólo vinieron a presenciar el suceso, como si fuera un espectáculo. Como el grupo estaba acorralado y se veía que esos torpes no se iban a ir por las buenas, se terminó por acceder a las demandas y fue así que el alto salió con calma a enfrentarlos. Si bien, él hablaba para calmar la situación, el que aparentaba ser el líder le respondió con un golpe en la cara, tan fuerte que podría aflojarle los dientes. De inmediato, Nate y Robbie querían ir a ayudar a su socio, mas esos no les dejaron.
—El asunto no es con ustedes —indicó enfadado uno de ellos mientras que otros empujaban las puertas para que no se abrieran—. Será mejor que se queden ahí sí saben lo que les conviene.
Por suerte, era uno contra uno, aunque había veces que se metía otro dando una patada. Aquel endemoniado estaba lejos de ser un experto luchador, porque no dominaba del todo su nuevo cuerpo. Podía intentar otras maneras de vencer, si los prisioneros no estaban ahí observándole, de modo que emprendió la huida cuando tuvo la oportunidad. Pese a que le dolía todo, él corrió a toda velocidad posible, esquivando a las personas que estaban en la vereda y recorriendo por unas cuantas calles. Por supuesto que los agresores estaban persiguiéndolo, empujando algunos transeúntes con tal de no perderle el rastro y, después de dejar atrás los negocios, pararon en el depósito de chatarra, en donde el viejo McGucket solía vivir. Ahí estaba su presa, viéndose algo asustado porque estaba acorralado, y unos cinco jóvenes se iban acercando de a poco con una actitud amenazante. El jefe dio la señal a uno de sus seguidores para atacar primero, y al lanzar el golpe, su brazo fue atrapado y su muñeca doblada hasta que sintió un fuerte dolor. El que le siguió logró darle un puñetazo, el cual no fue impresionante, en comparación con el que recibió.
Los secuaces disponibles estaban dudando si ir o no, por lo que esta vez, se armaron con lo que tenían a mano. Ellos fueron con unas barras metálicas que, otra vez, fueron agarradas y torcidas finalmente, dando a saber que aquel de cabello amarillo tenía una fuerza sobrenatural. Aquellos retrocedieron, diciendo groserías al preguntarse qué estaba pasando, y su intención era huir. El líder también pensaba lo mismo y, al momento de dar la espalda, Bill no iba a dejarlos escapar, así que una montaña de basura fue a parar sobre esos chicos. Esos cinco fueron sepultados por una capa de metales oxidados y neumáticos usados y, al poco tiempo, la sirena de la policía se escuchó cada vez más cerca. Estos llamaron a los bomberos al ver el desastre y así se consiguió liberar el camino para rescatar a los adolescentes. Además vino también un par de ambulancias para llevarlos a todos al hospital, excepto al rubio, ya que sus heridas menores fueron atendidas en el acto. Él hizo lo posible para que la enfermera que lo atendía no le alcanzara a ver sus ojos llamativos y, ni bien ella terminó, la policía estaba esperándolo para que diera una declaración.
—¿Puedes contarnos lo que pasó? —preguntó el comisario Blubs, con cara de pocos amigos.
—Estaba escapando de esos bravucones y, de pronto —explicó Lee fingiendo estar asustado—, la montaña de chatarra se derrumbó y cayó sobre ellos. ¡Fue un milagro que pudiera salvarme!
Después de eso, él por poco se echaba a llorar y comentó que esos lesionados no se merecían lo que les pasó, por más que no eran buena gente. En ese momento, la pandilla apareció y, luego del reencuentro, todos creyeron en esa emotiva historia. También fue lo mismo para el padre del joven, a la hora de explicar sobre las heridas. Para asegurarse de que las cosas siguieran así, el triángulo abandonó el cuerpo por la noche, para meterse en los sueños de los que estaban en el hospital internados. Él sólo se presentó como una voz, (porque nunca confiarían en él si tenía su aspecto), y los convenció de creer en el accidente, ya que cosas peores podrían ocurrirles. El incidente traería cierta paz en la secundaria por semanas, incluso meses, ya que los que estaban vivos de milagro de seguro que no volverían a ser los de antes. En la escuela había tranquilidad y nadie conocía la verdad ni sospechaban que algo sobrenatural estaba pasando. Sí, aún estaba el lado raro del pueblo, que sólo se veía en las cercanías del bosque, sin embargo, la parte urbana era como cualquier otra. Lo que sí, una cosa misteriosa y supuestamente inofensiva se difundió.
—¿De verdad que tienes ojos de serpiente? —preguntó Robbie en mitad de la clase a su amigo de gran estatura, aprovechando que salió el profesor—. Quiero ver si es cierto lo que dijo Nate.
—¿Qué? —respondió sorprendido y, a su vez, también los compañeros que estaban ahí cerca.
Ante la pregunta, el poseído se estaba molestando con el de piel bronceada, ya que aquel era el único que se dio cuenta y pensó que cerraría la boca. Él tenía parte de su cabello cubriéndole el rostro y, ante las múltiples miradas curiosas, no sabía qué hacer y se mantuvo inmóvil. Mientras maldecía al soplón, todos se unían al coro que Wendy inició, con la frase "quiero ver" una y otra vez. Esto no debería estar pasándole, se prometió ser discreto, y pronto toda la clase iba a notar que había algo extraño. Eso no se detendría ahí: todo Gravity Falls lo sabría y todo el mundo lo vería de otra forma. ¿Por qué no venía el profesor a parar esos gritos? No le quedaba otra que acceder y, al mostrar claramente sus ojos, los alumnos se asombraron, aunque no con mucha exageración. El asombro fue mayor cuando un muchacho confesó que tenía un dinosaurio de mascota, enseñando las fotos para que pudieran creerle. Otro admitió que se hizo buen amigo de los hombres-tauros, también mostrando la evidencia. Además, una chica comentó un poco avergonzada que los gnomos la estaban presionando para que se convirtiera en la nueva reina.
—Estás en el pueblo más raro de los Estados Unidos —dijo otro—. No hay por qué esconderse.
Eso fue un alivio para el demonio: ahora sería parte de la gran cantidad de cosas misteriosas y a nadie le importaba. No obstante, la pelirroja le daba mala espina esa rareza en su amigo pero no sabía por qué reaccionaba de esa manera. Como a ella le gustaría que los Pines estuvieran en el lugar, porque de seguro que Dipper y Ford revelarían el misterio, ayudados por sus hermanos. No era hora para distraerse ni de ponerse a investigar por su cuenta, se aconsejaba ella luego de oír el timbre de salida. Todos los estudiantes salieron tan rápido como pudieron, dejando atrás aquel edificio que parecía una prisión elegante. Luego de que Thomson se encargó de trasladar a cada uno de sus amigos para que regresaran a sus casas, el rubio dejó su mochila y se preparó para salir de nuevo a la calle. Él tenía que salir a investigar algo, si bien podía hacerlo fuera de su cuerpo, mas era mejor así para no perder la conexión. Él tenía que saber qué fue de algunas de sus amenazas y más o menos estaba al tanto de dónde encontrarlas. Debido al frío que hacía, prefirió ir al centro comercial y esperó a que la suerte estuviera de su lado para poder hallarlos.
—Ahí está mi antiguo bailarín personal —se dijo entre dientes al descubrir a Gideon y notó que estaba saliendo de una juguetería, junto con sus dos matones—. Primero tendré que hacer algo con ellos… Serán otras víctimas imprevistas. No quiero que estén interfiriendo con mis planes.
Bill se decía esto a sí mismo mientras trataba de conseguir unos snacks de una máquina, usando telequinesia, y siguió vigilando con disimulo al niño de pelo blanco. Él reparó con desaprobación como esos hombres rudos seguían a todas partes al joven Alegría, el que ahora se veía como un chico normal. El que quería apoderarse de la Cabaña del Misterio incluso se cambió el peinado por algo más común para su edad y, a pesar de tantos cambios, la gente aún parecía desconfiar de él: los niños ni se le acercaban, mientras que los adultos se mostraban intimidados por esos ex convictos. Por eso, él estaba un poco triste, aunque lo ocultaba bastante bien, y teniendo en cuenta esa situación, el triángulo ya sabía por dónde intervenir. Cuando los perdió de vista, él se fijó en otro grupo encabezado por Pacífica Noroeste, que aún seguía siendo poderosa a pesar de que su familia había perdido millones. La seguían a todos lados sus vacías amigas que, tal como ella, estaban usando ropa costosa y demasiado maquillaje, como si ya fueran adultas. La rubia y sus seguidoras se encaminaban hacia una conocida tienda de ropa y ya no pudo observarla más.
—Creo que comenzaré con ella —se decidió yendo a la salida del edificio, para volver al otro día.
Cada vez que podía, Lee iba al acecho de los elementos de la profecía, hasta conocer su rutina y así saber en qué momento atacar. También sucedió lo mismo para McGucket, quien se ocupaba de construir más artefactos en su mansión, sin perder su costumbre de montañés. El anciano no salía nunca de la antigua residencia Noroeste, salvo en fechas especiales, en donde se reunía el pueblo. Por ahora. La investigación iba bastante bien, menos por una cosa tras intentar visitar la Cabaña del Misterio en busca de Soos. El adolescente fue hasta ahí con su grupo de amigos, y al momento de poner un pie sobre los escalones del pórtico, un horrible dolor de cabeza lo atacó. El golpe casi lo hizo desmayar, y los demás chicos acudieron preocupados para ayudarlo, luego de oír su grito de dolor. Como pudo, el alto explicó que se encontraba bien, pero que necesitaba un poco de aire fresco, así que les pidió que se adelantaran. No muy convencidos, Wendy y los demás se fueron hacia la trampa para turistas, dejando atrás a aquel que permaneció apoyado sobre la camioneta. Él no comprendía por qué le había pasado eso, hasta que se acordó de algo.
—El hechizo del unicornio —concluyó sintiéndose molesto, porque pensó que podría atravesar la barrera con su nueva forma—. Ahí el robusto está protegido. Tengo que conseguir que salga.
—Amigo, ¿estás bien? —preguntó Nate ni bien salió de la tienda, acercándose al que se quedó afuera, el cual respondió asintiendo apenas con la cabeza—. Si ya estás mejor, ¿por qué todavía estas aquí? Acá afuera hace demasiado frio. Parece que en cualquier momento va a caer nieve.
—Me gustaría entrar, pero aún estoy mal —confesó sosteniéndose del vehículo de una manera torpe, demostrando que estaba un poco mareado, y se alejaba de a poco—. Creo que me iré a casa… Diles a los demás que no se molesten, que me iré en autobús. ¡Todo saldrá bien otro día!
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