Capítulo XI

"Torre Tokio"

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٠Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ٠·"*•. En capítulos anteriores ·٠Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ٠·"*•

*• Usagi y Rei son advertidas, a través de sus sueños, de que el fin del mundo está cerca.

*• Hikaru, Umi y Fuu conocen las verdaderas identidades de las Sailor. Pero las Sailor desconfían de ellas.

*• Gurú Clef le cuenta a Umi que existe una conexión muy profunda entre la Tierra yCéfiro. También le revela que sus poderes existen independientemente del mundo en el que se encuentren.

*• Rei presencia la apertura del portal en la Torre Tokio, justo en el momento en que Hikaru, Umi y Fuu regresan a Tokio.

*• Ferio y Ascot se encuentran en la Tierra para unirse a la batalla que han de enfrentar las Guerreras Mágicas.

*• Latis decide ir a Mundo Místico a buscar al primer Mago Supremo, él único que puede responder sus interrogantes.

*• La tensión entre las guardianas de Céfiro y de la Tierra sigue en aumento.

*• Mientras, los poderes de nuestras guerreras están fuera de control, ¿de verdad son capaces de desatar catástrofes sin igual?

*• Mokona es, en realidad, una poderosa diosa, creadora de Céfiro y de la Tierra, que busca acabar con la humanidad que tanto daño le está provocando al mundo que ella misma creó. ¿De verdad la única alternativa para nuestro mundo es que la raza humana se extinga?

¡ADVERTENCIA! Este capítulo incluye contenido lemon, no apto para menores de 18. El que avisa no traiciona, vos decidís si querés continuar leyendo.

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Despertó sobresaltada y bañada en sudor. Las pesadillas habían vuelto. Se sentó en el tatami. Entonces reparó en los ojos achinados que la miraban, frente de ella. Sonrió, feliz de volver a verla.

-¡Mokona!- dijo aliviada. La criatura saltó sobre sus piernas y ella la abrazó. - ¡Haz vuelto! Estaba preocupada por ti…- Al tocarla, una imagen llegó a su mente, la imagen de un mundo destruido por la avaricia humana. Un enorme desierto con enormes montañas de basura se alzaba ante sus ojos, sin vida, sin esperanzas. Entonces recordó su sueño. "Los tres talismanes… es la única manera de salvar a este mundo de su cruel destino", eso decía la voz en su sueño. Sus ojos se llenaron de lágrimas al recordar lo que su amiga le había contado el día anterior. ¿Destrucción? Acaso aquella voz quería decirle que la única manera de salvar a su mundo era extinguiendo al ser humano. - ¿Qué es lo que ocurre, Mokona? ¿Qué buscas? - Mokona saltó de sus brazos y comenzó a dar un paseo por su habitación, al ritmo de una canción en su peculiar idioma. Una gota de sudor resbaló por la cabeza de Hikaru. Tal parecía que ella no entendía una palabra de lo que le decía. Sonrió. Claro que Mokona no sabía de lo que hablaba. Ella no sabía de esos sueños y, mucho menos, de la historia que Umi les había contado. ¿Acaso sería cierto? Sacudió su cabeza, intentando alejar esos pensamientos. No podía permitirse flaquear en un momento como este, después de todo, ella era la líder, ella era la fuerte. Se puso de pie y se dirigió al tocador, se daría un baño y comenzaría su día. Fue cuando el medallón que siempre llevaba en su cuello comenzó a brillar. Detuvo su marcha y lo tomo con ambas manos. – Latis…- susurró. - ¿Acaso quieres decirme algo? - Mokona la observaba desde lejos. ¿Acaso él ya lo sabía? ¿Acaso él era capaz de intervenir para cambiar el destino de la guerrera?

Una inusitada nostalgia envolvió a Hikaru. ¿Por qué Latis no estaba allí? ¿Por qué Ascot y Ferio sí? ¿Acaso ellos sabían algo? ¿Acaso Gurú Clef sabía?

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Unos sutiles golpecitos en la ventada la sacaron de sus sueños. Abrió los ojos confundida. Creyó que aquel sonido había sido parte de su sueño, pero allí estaba otra vez: unos sutiles golpecitos en su ventana. Se levantó de prisa y corrió hacia ella. Al correr las cortinas verde manzana, se encontró con el moreno rostro del príncipe cefiriano. Se echó hacia atrás del susto, antes de reaccionar y abrir la ventana.

-¿Qué haces aquí Ferio?- dijo molesta. El joven, de un salto, ingresó a la habitación para luego callar a su amada con un tierno beso en los labios. Beso que ella no pudo evitar corresponder. Y hubiera continuado besándolo hasta la eternidad de no haber recordado el atuendo que llevaba en ese momento. Se separó de él de repente, con sus mejillas sonrojadas. Él sonrió y la miró pícaramente, de pies a cabeza. Llevaba puesto su pijama, un short bien cortito y una musculosa algo suelta, ambos en color blancos, con estampado de flores rosas. La mirada inquisidora del príncipe hizo que se sonrojara aún más. - ¡No deberías estar aquí! ¿Cómo te atreves a meterte al cuarto de una dama? - Él volvió a sonreír.

-Descuida... tus padres acaban de salir. - dijo, mientras la rubia lo fulminaba con la mirada. ¿Acaso había estado espiando? ¿Acaso había esperado que sus padres se vayan? Miró el reloj en su mesa de luz. Apenas daban las 9 de la mañana. Probablemente sus padres hayan ido al templo, algo que solían hacer todos los domingos, ya que era el único día que contaban con algo de tiempo. Y sabía que su hermana no había dormido en casa. Todos los sábados se quedaba a dormir en casa de su novio y volvía el domingo al anochecer. De modo que estaban solos. Por alguna razón eso la puso muy nerviosa. - ¡Lo siento! - dijo Ferio, con sus manos juntas. Con sólo ver su rostro sabía muy bien que estaba molesta. - Sólo quería invitarte a dar una vuelta... cómo es domingo y no tienes clases, pensé que podríamos divertirnos... Me encantaría llevarte a algún lado, pero ya vez que aquí no tengo dinero... Quizás debería conseguir algún trabajo... Podría pedirle a la señora Ryuzaki que me emplee en su casa...- rascó su cabeza, nervioso. Fuu rio. El donjuán nervioso. Eso sí que era una novedad. - ¡Oye! ¿Qué es gracioso? - Lo observó con detalle. De repente, la vergüenza que había sentido por su atuendo desapareció. Él se veía tan bien como un chico común y corriente. Por momentos, soñaba que él no era el príncipe de un mundo lejano, el príncipe que necesitaba desesperadamente una esposa para asumir al trono. Y todo parecía perfecto. Su amor era perfecto. Si todo fuera tan sencillo. Pero no. Amarlo significaba tener que elegir entre su mundo y el otro, entre su familia y él, entre su vida como una mujer normal o ser la reina y soberana de un mundo entero.

-Te ves muy tierno cuando estas nervioso. - dijo acercándose a él. Rodeó su cuello con sus manos y besó sus labios. ¿Por qué las cosas no podían ser así de simples? ¿Por qué no podía vivir el momento sin pensar en que pasará después? Separó sus labios de los de los del joven y lo miró fijamente a los ojos. Sonrió. Él la tomó de la cintura con una mano, mientras con la otra le quitaba un mechón de cabello que había caído sobre su rostro.

-Tú provocas ese efecto en mi...- respondió con una sonrisa que a la rubia la derritió por dentro. Atrapó sus labios con los suyos, mientras su lengua jugueteaba con la de ella. Tenía tanta sed de sus labios, tantas ganas de su cuerpo. Tantas veces había deseado tenerla. Pero... quizás no era el momento ni el lugar adecuado.

Ella metió sus dedos entre los cabellos verdes del joven a medida que el beso se convertía en apasionado. Él despertaba en ella tantos sentimientos, sentimientos que jamás pensó que tendría. Él la abrazó con fuerza, haciendo que sus partes íntimas rocen. Así pudo sentir la excitación del príncipe a través de sus pantalones. Sintió como las manos inquietas del príncipe bajaban por su espalda, hasta llegar a posarse en sus nalgas. Eso la hizo temblar. Aunque no supo si era de miedo o de placer. Él lo notó. Enseguida retiró sus manos y, lentamente, separó sus labios de los de ella. Ella abrió los ojos y los enfocó en los suyos.

-Lo siento... Fuu, no quiero—Ella volvió a besarlo, acallando sus labios. No quería que se detuviera, realmente no quería. Ya no quería pensar en el mañana, en lo que pasará después. No quería pensar en el momento en que tuviera que elegir, pensar en si podría dejar todo atrás para convertirse en su reina. Sólo quería pensar en el ahora, en lo mucho que deseaba sus labios, su cuerpo. Sin dejar de besarse, retrocedieron lentamente hasta toparse con la cama. Ella se recostó suavemente, mientras él quedaba sobre ella sosteniéndose con sus manos para no rosarla. Sus ojos miel se posaron en las esmeraldas de ella. Ya no aguantaba los deseos de hacerla suya, pero no quería presionarla, no quería hacer nada que la pusiera incómoda. - Fuu... ¿estás segura?

-Nunca he estado más segura en mi vida... Te amo, Ferio...- Ella comenzó a desabrochar su camisa. Él sonrió, acarició su rostro con delicadeza, antes de volver a besarla con desesperación. Sus manos se colaron por debajo de su remera, llegando así a sus pechos, los cuales acarició con delicadeza. Mientras, ella se terminaba de desbrochar la camisa de él y acariciaba su fuerte espalda con sus manos. Pronto, su ropa pasó a ser un estorbo para sus ardientes deseos. Él se quitó su camisa, lanzándola al suelo, para luego hacer lo mismo con la remera de ella. Volvió a sus labios, para besarlos nuevamente. Luego, comenzó a besar su cuello. Eso hizo que a la rubia se le erice la piel. Demasiados deseos contenidos. De a poco, fue bajando desde su cuello hasta sus senos, dejando un rastro con sus lamidos. Un gemido de placer se escapó de los labios de la rubia cuando el joven rey atrapó su pezón con su boca. Eso terminó de enloquecerlo. Ya no podía ni quería esperar más. Con sus manos recorrió el cuerpo de su princesa, hasta llegar a sus pantalones. La miró a los ojos, como pidiéndole permiso para lo que estaba por hacer. La respuesta de la rubia fue un pasional beso en los labios. Eso fue suficiente para que sus pantalones y su ropa interior tuvieran el mismo destino que su remera. Luego desabrochó sus jeans para liberar su excitación. Volvió a besar sus labios, mientras comenzaba a penetrarla suavemente, cuidando de no hacerle daño. Unos cuantos movimientos bastaron para propinarles los momentos de placer más intensos. ¿Cómo harían para separarse ahora que se habían vuelto uno?

Exhausto, se recostó a su lado. Jamás en su vida imaginó que podía llegar a amar con tanta intensidad. Si ya sentía que no podía vivir sin ella, ¿cómo haría para volver a su mundo después de semejante demostración de amor? Volteó su rostro para verla una vez más. Y su mirada miel se entrecruzó con esos ojos verdes que tanto lo enloquecían. Ella le sonrió.

-¿Estás bien?- le preguntó dulcemente.

-Mejor que nunca...- respondió ella.

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-Dime por qué me has seguido – dijo, fríamente, la guerrera, mientras permanecía sentada en una banca del parque, dándole la espalda. El joven, tímidamente, salió de detrás del roble que lo había mantenido oculto, a su entender. Claro, aquel roble podía esconder su físico, no su esencia, esa que era imposible de esconder ante sus poderes.

-¿Desde cuándo lo sabes?- preguntó sentándose junto a quien era su tesoro más preciado.

-Desde que salí de casa…- él sonrió. Ella mantenía su semblante serio y su mirada enfocada en el horizonte, en el lugar donde apenas unas horas antes, había salido el sol. Se veía tan hermosa.

-Lo siento… Siento haberte incomodado…

-¿Por qué estás aquí?… - volvió a preguntar ella, como aquella vez, cuando la salvó de morir a manos de aquel monstruo. Enseguida él entendió que no se refería a porque la había seguido hasta allí.

-Porque prometí que siempre te protegería…- respondió casi sin pensarlo. Entonces ella volteó a verlo por primera vez. Su mirada inquisidora lo hizo sonrojarse. Aquellos ojos tan expresivos. Se había sorprendido por su respuesta. Pero, a la vez, se había sentido alagada. Por primera vez en su vida sentía deseos de que él continúe, que le diga más, que intente confesarle sus sentimientos, o besarla. Pero, a su pesar, él no se animó a hacerlo. Sabía muy bien sus sentimientos por el viejo mago, que también era su maestro. Por eso, se conformaba sólo con protegerla, con verla feliz. Guardó silencio. Se perdió en esos profundos ojos azules que tanto lo cautivaban.

-Entonces… Clef lo sabe…- concluyó la joven. Su afirmación le causó escalofríos. Había prometido a su maestro no decirle a ella. Pero ¡claro! Inevitablemente ella lo adivinaría. Después de todo, además de ellas, él era el único que podía abrir el portal. Notó la tristeza en sus ojos, sabía que algo había pasado entre ellos, algo que la hacía sentirse triste.

-Él... él me pidió que te protegiera. - respondió Ascot, con su mirada fija en el suelo. - Significas mucho para él...- Umi presionó sus puños contra sus rodillas.

-Sólo lo dices para hacerme sentir mejor... Sé que no es así… El sólo me ve como a una niña… ¿de qué otra forma podría verme? Es lo que soy, una niña mimada y caprichosa que siempre lo ha tenido todo en la vida. – Ascot notó que los ojos de Umi se llenaron de lágrimas, lágrimas que ya no pudo evitar que rodaran por sus mejillas. Rápidamente se puso de pie enfrente de ella.

-¡Eso no es cierto! Umi… tú eres la persona más maravillosa que he conocido… Eres dulce y tierna, siempre te preocupas por tus amigos… ¡Has arriesgado tu vida por salvarnos muchas veces! - Umi se puso de pie. Notó sus mejillas sonrojadas. Sabía lo que él sentía, lo sabía muy bien y, por primera vez en su vida, no quería huir de él, ni cambiar el tema para evitar que pase lo que durante tanto tiempo había tratado de evitar.

-Ascot… yo…- Ascot la tomó de los hombros con ambas manos. ¿Qué era ese sentimiento que invadía su corazón? Él era tan dulce, tan tierno, siempre estaba ahí para cuidarla, para apoyarla. Y además era tan guapo. Pero, era su amigo, lo quería como a un amigo ¿o no?

-Él es un tonto, no es capaz de darse cuenta la maravillosa mujer que se pierde. - Umi sonrió. Él la hacía sentir tan bien. Apoyó su cabeza en su hombro. Aun le dolía lo que había pasado con Clef. Algunas lágrimas traviesas escaparon de sus ojos. Él se sorprendió ante su actitud, la abrazó con fuerza. Tenía tantos deseos de decirle cuanto la amaba, de besarla, de acariciarla. Pero no era el momento, no era su momento. Lo mejor que podía hacer era estar ahí para ella.

Umi se sobresaltó de repente. Se separó de él y observó hacia la Torre Tokio. Desde ese parque podía verse gran parte de la cúpula

-Ascot...- dijo. Ascot observó hacia allí también. Entonces pudo verlo. La luz dorada saliendo del lugar. Era algo tenue, pero allí estaba.

-El portal...-dijo

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El fuego sagrado se alborotó. Otra vez esa extraña sensación. Esa presencia. Algo no estaba bien. Interrumpió sus oraciones y corrió hacia la entrada del tempo. Abrió los ojos con sorpresa al ver aquella luz.

-Otra vez...- susurró, mientras Fobos y Deimos revoloteaban alterados alrededor de ella.

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Un rayo cayó sobre la cima de la torre y, como si su pararrayos no estuviera allí, la electricidad recorrió toda su estructura de metal. La gente a su alrededor entró en pánico, muchos de los que estaban junto a los ventanales sintieron la electricidad recorrer sus cuerpos y cayeron inconscientes al gélido suelo. Observó buscando el origen de aquella presencia que sentía tan familiar. Era un ataque, sin dudas. Ella sabía que estaba allí. ¿Qué era lo que ella pretendía? El portal se cerró bruscamente. Sintió un fuerte estruendo y no dudó en que debía salir de allí. La torre parecía estar cediendo a la enorme de cantidad de poder que recaía sobre ella. Levantó su espada en alto, rogando que sus poderes no lo hayan abandonado en ese mundo tan terrenal. Pero sus poderes existían más allá de los mundos, aun en lugares tan inhóspitos como la Tierra o Autozam. El caballo alado ingresó por uno de los ventanales, rompiendo el cristal a su paso. La idea de pasar desapercibido ya no era de importancia, había sido todo lo cauteloso que había podido ser, pero ella lo había notado. Y, al parecer, no estaba dispuesta a permitir que nadie más se interponga en sus planes. Se subió al caballo y salió por la ventana rota, con la esperanza de encontrarla y así evitar que más gente inocente siga padeciendo por sus caprichos. Rodeó la torre siguiendo su presencia, sin dudas ella estaba allí, pero ¿dónde? ¿Por qué no podía verla? El estruendo volvió a sentirse. Observó la torre. No daba crédito a lo que veían sus ojos.

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Un fuerte dolor de cabeza la invadió. Un dolor que nunca antes había sentido. Llevó ambas manos a su frente. El medallón que Latis le había regalado, comenzó a brillar y a flotar, hasta quedar por fuera de su camisa, a la altura de su mentón. Lo observó asustada. No podía tratarse más que de un mal presagio. El brillo se intensificó ente sus ojos, entonces, la piedra que llevaba el medallón se partió en mil pedazos.

Hikaru abrió los ojos con sorpresa. Su corazón se llenó de tristeza y se le hizo un nudo en la garganta. Como impulsada por ese presentimiento, corrió hacia el jardín y observó hacia el norte. Desde su casa no podía verse la Torre Tokio, pero su corazón le decía que algo estaba pasando allí.

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Corrió hacia la vereda de su casa. Él fue tras ella. Ambos habían podido sentirlo. Otro rayo volvió a caer sobre la cima de la torre, ante sus incrédulos ojos. Fue todo lo que la resistente estructura de metal pudo soportar. La torre se partió en dos desde la punta hasta la cima. Ese no era un rayo como cualquier otro. La torre había resistido huracanes y los peores terremotos de la historia de la humanidad, y seguía de pie, como fiel testigo de las catástrofes más grandes de la ciudad.

Observó la cima de la torre caer. La piel se le estremeció. Jamás en su vida había imaginado ser testigo de semejante catástrofe. Las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos. A su alrededor, las personas salían a las veredas, observando, incrédulos, como el emblemático monumento se desplomaba en cuestión de segundos. Así debió haberse sentido la caída de las Torres Gemelas en manos terroristas. ¿Había algo de similitud? ¿Tokio estaba siendo atacado por grupos terroristas? ¿O era sólo una inclemencia del clima? De algo estaba segura, lo que sea que fuera, debía ser algo muy poderoso para acabar con tan impetuosa construcción.

¿Y el portal? Su energía se había agotado, no era como las otras veces que simplemente se cerraba a la espera de que alguien lo vuelva abrir. Más bien, se sentía como aquella vez, hacía dos años, cuando tres heroínas volvían a la Tierra tras haber salvado un mítico mundo lejano.

-No puede ser...- susurró. Entonces se sintió desvanecer. Hubiera caído redonda al suelo, de no ser sujetada por los fuertes brazos de su apuesto príncipe. Él la abrazó con fuerza. Pudo sentir su calidez.

-Fuu... ¡Fuu! Contesta... ¿estás bien?

-Ferio... el portal...- alcanzó a decir, antes de perder la conciencia. Un fuerte y frio viento los rodeó. Las ráfagas comenzaron a arremolinarse sobre ellos, trayendo consigo grandes nubarrones negros. Parecía que se avecinaba una intensa tormenta.

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La televisión japonesa no dejaba de transmitir imágenes de la tragedia en el centro de Tokio. Las imágenes ya recorrían el mundo. La torre se había desplomado casi por completo, quedando sólo hierros retorcidos en sus bases. Los trabajos de rescate habían comenzado de inmediato, buscando sobrevivientes entre los escombros. Mucha gente había alcanzado a salir del monumento, a tiempo para evitar la tragedia. Pero muchos quedaron atrapados entre los escombros. Era domingo en Japón. Día libre de colegio y trabajo, por eso mucha gente aprovechaba para pasear y la Torre Tokio solía ser un lugar muy elegido. Además, claro, los turistas. La torre era gran atractivo turístico, por eso siempre había mucha gente visitándola. Aunque la catástrofe hubiera sido más grande de no haberse dado en las primeras horas de la mañana.

La TV estaba encendida en la tradicional casa Shidou, con uno de los tantos canales de noticias sintonizado. Umi, Fuu y Ferio permanecían de rodillas alrededor de la mesa principal, mientras Ascot permanecía de pie junto a la puerta que daba al parque y Hikaru caminaba inquieta de un lado a otro de la habitación. El noticiero daba ahora el pronóstico del tiempo. Para colmo de males, los radares indicaban de se avecinaba un huracán, hecho climático al que los japoneses estaban acostumbrados, pero que no dejaba de ser extraño en esa época del año. Los vientos aumentaban cada vez más su velocidad y las lluvias comenzaban a azotar la ciudad. Y con semejante tormenta acercándose, nadie sabía cuánto tiempo más podrían continuar los trabajos de rescate.

Umi seguía preguntándose si, acaso, aquel huracán que se avecinaba había sido provocado por ellas mismas, por sus corazones preocupados y entristecidos al sentir la energía del portal desvanecerse. Pero nadie había dicho palabra durante ¿Minutos? ¿horas? Ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado desde que todos se habían reunido en casa de Hikaru.

-Ya cambien esas caras…- dijo Ascot, desde la entrada, tratando de romper con el eterno silencio. - Quizás el portal solo se haya cerrado temporalmente. Sólo será cuestión de que vuelvan a unir sus fuerzas para abrirlo nuevamente. - Hikaru detuvo su marcha, ante aquella muestra de optimismo del joven mago. Cerró sus puños con fuerza, mientras intentaba contener sus lágrimas. No estaba segura de que, realmente, el portal se hubiera cerrado para siempre. Pero si estaba segura de que algo muy malo estaba pasando. Estaba cerrado, podía sentirlo. Quizás algún día se volviera a abrir, pero estaba cerrado. Así había estado durante todo un año, después de que le diera a Céfiro el poder para gobernarse por sí mismo y ni siquiera tenía idea de porque se había vuelto a abrir tiempo después.

-Tú también pudiste sentirlo… Ascot. - dijo sin despegar su mirada del parqué. - Eres muy lindo al intentar levantarnos el ánimo… pero tú, al igual que nosotras, sabes muy bien que está cerrado y que no depende de nosotras volver a abrirlo. - Umi y Fuu la observaron en silencio. Hikaru había puesto en palabras lo que ellas sentían. Ascot no se animó a refutar su afirmación. Era cierto, él también podía sentirlo. Hikaru tomó con ambas manos el medallón que aún llevaba colgado en su cuello y se lo quitó. Con su mano derecha lo tomó por la cadena y lo puso a la vista de todos. Luego de sostenerlo durante algunos segundos, en los que se balanceó suavemente ante ellos, lo colocó sobre la mesa. Los demás se sorprendieron el verlo. - Se hizo añicos en el mismo momento en que la energía del portal desapareció… La primera vez que volvimos el medallón simplemente volvió con Latis… pero esta vez… Quizás, que esté aquí, significa que el lazo entre la Tierra y Céfiro aún existe… O quizás… se ha roto, así como se rompió ese lazo…- concluyó. Fuu tapó su rostro con sus manos. Ya no pudo contener sus ganas de llorar. Ferio la abrazó con dulzura, entonces ella recargo su cabeza sobre su hombro. Los demás guardaron silencio.

Afuera, el viento se hizo aún más intenso. Las copas de los árboles golpearon con fuerza la construcción, haciéndose sentir aún con el sonido de la televisión encendida. Los noticieros pedían a la población que no salga de sus casas a no ser que sea absolutamente necesario. La tormenta estaba cerca. Umi se puso de pie alarmada. Estaba segura de que el viento había aumentado su velocidad en el mismo momento en que Fuu había comenzado a llorar.

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Observaban la televisión en silencio. La pantalla estaba dividida. Del lado derecho se mostraban imágenes de los trabajos de rescate en la Torre Tokio, mientras del lado izquierdo una imagen satelital de la tormenta avanzando desde el mar de Japón. Reí estaba segura de que ambos hechos no eran una mera coincidencia. Otra vez, otra vez aquella torre involucrada. Pero esta vez era diferente. La torre ya no estaba. Y esa energía que emanaba, tampoco. ¿Acaso eso era un buen augurio? Esa energía que siempre había sentido como una amenaza, ya no estaba. Pero ¿valía la pena a costa de tantas vidas inocentes? Y ¿acaso realmente la energía que rodeaba la torre era el poder de aquella poderosa amenaza? No estaba segura de eso, no estaba segura de nada.

Se sobresaltó al sentir las palmas de las manos de Minako, golpear contra la mesa de algarroba. La rubia se había puesto de pie y había interrumpido el silencio de aquella sala. Las demás la observaban en silencio. Mientras Mamoru permanecía apoyado en el marco de la puerta de entrada al comedor.

-Esta tormenta… no es algo normal…- dijo, mientras las demás las observaban sin entender demasiado. Ella sí, ella si entendía a que se refería.

-Ella tiene razón… - interrumpió Mamoru. Usagi se apresuró a ponerse de pie. - Está tormenta no tiene su origen en las fuerzas de la Tierra… hay una energía especial en el aire… Una energía que no pertenece a este mundo…

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Parada en la cornisa del edificio más alto de los que rodeaban a la Torre Tokio, observaba como los humanos trabajaban arduamente para rescatar a las víctimas de aquella tragedia que ella misma había provocado. Pero él ya estaba en la Tierra. Sabía a quien buscaba. Quizás debería dejar que lo encuentre, después de todo, Apolo no sería capaz de ir en contra de su voluntad. Aunque lo hiciera, el destino ya estaba escrito. Ese mundo hostil debía acabar, para que el Milenio de Plata renazca en la Tierra, bajo un sistema de gobierno similar al de su amado Céfiro. El ser humano estaba destinado a perecer... eran ellos o el mundo que tanto le había costado crear. Observó las nubes negras en el cielo de la ciudad, mientras sus largos cabellos negros danzaban al son de las fuertes ráfagas de viento. Estaba oscuro, casi tanto como en las noches terrestres, pero apenas era mediodía. Le reconfortaba saber lo que la unión de sus poderes era capaz de hacer. Dominar el clima era un don reservado únicamente a los dioses. No en vano ellas eran la reencarnación de sus propios herederos: Rayearth, Ceres, Windom. Ellos habían hecho un gran trabajo protegiendo Céfiro, no como Zeus y sus hermanos. Lo cierto era que ellas aun no eran conscientes de todo ese grandioso poder. La tormenta era consecuencia del lado oscuro de sus corazones, que se había despertado al sentir el portal cerrado. Él día que pudieran crear una tormenta de semejantes dimensiones, estando plenamente conscientes de ellos, ese día estarían listas para cumplir con su destino. El viento giraba en círculos alrededor de ella. Podría dar el toque de gracia para que aquel huracán se convierta en la tormenta perfecta. El comienzo de la destrucción no pasaría desapercibido para el alma de Sailor Saturn. Quizás ayudara a su despertar. Sonrió. Cerró sus ojos, al mismo tiempo que levantaba sus brazos en alto. Una luz dorada la rodeó, un remolino de viento dorado se creó a su alrededor y, luego, subió hacia los cielos. La lluvia comenzó a caer con mayor intensidad, y los vientos alcanzaron velocidades nunca antes vistas.

Los equipos de emergencias se vieron obligados a suspender los trabajos de rescate. La llegada del huracán era inminente, ya no se podía poner a más gente en peligro.

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El viento era cada vez más intenso. Los noticieros daban la voz de alerta. Era hora de buscar un refugio lo más seguro posible. El celular de Fuu comenzó a sonar de repente. Su madre llamaba preocupada para ver en dónde andaba con tremenda tormenta. Los nervios invadieron a la rubia, se puso de pie y se alejó de sus amigos para contestar la llamada. Su madre la ponía nerviosa. Umi volvió a acercarse a la puerta. La lluvia caía copiosamente, eso le hizo estremecer la piel.

-¿Tu madre no te ha llamado?- preguntó Ascot con ternura, acercándose por su espalda. Ella mantuvo su mirada en la tormenta.

-Probablemente crea que estoy encerrada en mí alcoba. Ella no suele prestarme demasiada atención cuando estoy en casa…- dijo fríamente. Eso le sonó algo extraño. ¿Cómo podía ella ni siquiera saber dónde estaba su hija? Había tenido el gusto de tratar con la señora Ryusaaki un par de veces, le parecía una persona muy dulce y atenta, le parecía que amaba con intensidad a su hija. Aunque, claro, en una casa tan grande y con tantos empleados deambulando por ella, era difícil saber que hacían los demás habitantes. - Esto no está bien… tenemos que hacer algo…- Ascot se acercó a la entrada, poniéndose a su lado. El viento cada vez era más fuerte.

-Ustedes no pueden hacer nada… esto no es Céfiro, el clima no depende del corazón.

-Normalmente no… Pero esto… es nuestra culpa…- Ascot abrió los ojos con sorpresa. Ceres tenía el poder de dominar las aguas, pero… ¿el clima?

-Umi…- la voz de Hikaru la hizo sobresaltar. Ambos voltearon a ver a la pelirroja. - También lo siento… Es como aquella vez, el rayo… el fuego… ¿De verdad lo crees? - Umi volvió a mirar la tormenta.

-¿Haz visto como el viento sopla más fuerte? Comenzó en el momento en que Fuu recibió la llamada de su madre. Eso la puso nerviosa, ¿verdad? - Hikaru observó la lluvia. Su corazón estaba inquieto, sus nervios alterados, su cabeza aún dolía. Sabía que no era una idea descabellada, por más de que lo pareciera.

-¡Tenemos que hacer algo! Si los trabajos de rescate se cancelan, ¿qué pasará con toda esa gente que aún está con vida debajo de los escombros?

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Dio una vuelta por los alrededores, montado en su caballo alado. Para su fortuna, los nubarrones lograban camuflarlo. Aun no daba crédito a que lo que sus ojos veían. La destrucción, la tragedia. Si acaso pudiera hacer algo para ayudar a toda esa gente. La lluvia cada vez era más intensa y los vientos apenas le permitían a su caballo mantener su vuelo. Seguía sintiendo su presencia. Ella estaba allí, estaba seguro. Necesitaba saber que estaba pasando, necesitaba saber porque ella había cerrado el portal, porque había ocasionado tremenda catástrofe. Entonces reparó en aquella silueta, a lo lejos, en la cima de un alto edificio cercano a la torre. Claramente era una mujer, esbelta, de largos cabellos ondulados, que danzaban al son de los fuertes vientos. Se acercó. Ella lo miró con una sonrisa sombría dibujada en sus labios. Eso lo hizo estremecerse. ¿Quién era ella? ¿Por qué le parecía tan familiar? Observó con sorpresa la gema dorada en su frente. Esa gema tan característica, la reconoció enseguida.

-No puede ser...- dijo para sí mismo. - ¿Mokona?.- La mujer lo miró fríamente. Una luz dorada la rodeó. ¿Acaso pensaba atacarlo? Se apresuró a sacar su espada y ponerse en posición de batalla. Pensó en atacarla, pero no pudo. Después de todo, era Mokona, siempre los había ayudado, siempre había protegido a su mundo. Prefirió esperar a ver qué reacción tenía ella. Entonces, notó que ella desvío su mirada. ¿Acaso había alguien atrás de él? Volteó, creyendo reconocer esa presencia, solo para confirmar de quién se trataba. Allí estaban ellas, llegando al lugar, a bordo de una de las criaturas voladoras de Ascot. La enorme bestia alada hacia un gran esfuerzo por mantener su vuelo con semejante tormenta. Por alguna razón, no le sorprendió saber que el joven mago haya podido convocar sus criaturas también en ese mundo, después de todo, sabía cuándo poderoso podía llegar a ser.

La tormenta estaba fuera de control, la lluvia no cesaba y el viento era cada vez más intenso. Llegaron al lugar donde yacían los restos de la torre, a bordo de Paliot, la gigantesca criatura alada amiga de Ascot. A lo lejos pidieron divisar a aquella extraña mujer. Jamás en sus vidas la habían visto. Ascot guio su criatura hacia aquel antiguo edificio. Y ellas bajaron a sus espaldas. La mujer volteó al sentir su presencia. Esbozó una sonrisa macabra.

-¿Quién eres tú?- se apresuró a preguntar Umi, mientras la lluvia caía con mayor intensidad. La mujer se vio rodeada por esa intensa luz dorada y comenzó a levitar ante sus ojos. Al despegar sus pies del suelo, pronto, alcanzó una altura considerable, dejando ante los ojos de las guerreras a aquel espadachín montado en su caballo volador. Los ojos de Hikaru se llenaron de lágrimas.

-¡Latis!- dijo, con cierto desconcierto. Entonces entendió. El brillo inesperado de su medallón. La energía del portal abriéndose, antes de cerrarse inesperadamente, quizás para siempre. Era él. Había sido él.

Una luz dorada salió de la gema que la mujer llevaba en su frente. Su objetivo era aquel espadachín. El caballo logró esquivar el ataque con un rápido movimiento, poniendo así a salvo a su amo. Pero aquel incidente no hizo más que agudizar los sentimientos oscuros en el corazón de Hikaru. Enseguida, las nubes descargaron su carga eléctrica sobre la ciudad.

-¡Hikaru! – intervino el espadachín, entendiendo rápidamente lo que allí estaba sucediendo.- ¡Hikaru, estoy bien! Debes controlar tus sentimientos... - ¿Qué demonios estaba haciendo? Aquella tormenta era producto de sus sentimientos, de sus poderes sin control, de ellas mismas. Las tres habían decidido ir hasta aquel lugar, el lugar en el que la tormenta se había originado, y tratar de detenerla. Jamás se hubiera imaginado encontrárselo allí.

-¡Dragón de agua!- Umi lanzó su poder contra aquella mujer. Pero ella desapareció antes de que la energía del mar de Ceres llegue a ella, y luego apareció a unos cuantos metros de allí. Una poderosa energía la rodeaba. Una vez más, la luz dorada salió de su frente, pero esta vez ellas era el objetivo.

-¡Viento protector!- Fuu reaccionó a tiempo para proteger a sus amigas y a ella misma de aquella poderosa magia. La mujer sonrió. Sus guardianas eran fuertes, lo sabía. Pero sus intenciones no eran hacerles daño. Después de todo, las necesitaba. La tormenta hacia lo suyo, complicando las cosas. A esas horas, las personas estaban refugiadas de la tempestad.

-¡Fuu! ¡Umi! ¡Hikaru! ¡Ustedes pueden con esto! ¡pueden controlar sus poderes! - gritó Ferio, desde el lomo de Paliot, quien seguía sobrevolando el lugar. Podía notar que la confianza en sus propios poderes estaba flaqueando y sentía que necesitaba recordarles los que ellas eran capaces de hacer. - ¡Yo confío en ustedes!

La mujer volvió a lanzar su poder, esta vez contra la criatura voladora y sus tripulantes. Sabía que tan importante eran esos jóvenes para sus guerreras, hacerles daño era la mejor forma de probar sus habilidades. El rayo dorado impactó de lleno contra Paliot, haciendo que volviera a su dimensión, dejando a los jóvenes en caída libre, directo al vacío.

-¡Tornado verde!- alcanzó a reaccionar Fuu, y el viento protector de Windom los rodeó, salvándolos de una muerte segura. El tornado verde los depositó suavemente sobre un edificio cercano.

-¿Quién eres tú? ¿Qué es lo que buscas? - preguntó Fuu. Thia rio. Volvió al alzarse sobre los cielos, el viento la rodeó formando un remolino a su alrededor, atrayendo nubes que, con su descarga eléctrica, empezaron a crear rayos. El remolino comenzó a aumentar su circunferencia, manteniéndola a ella en el centro y atrapando a todos con su energía. Sintieron la poderosa energía de Thia en sus cuerpos, como si estuvieran siendo electrocutados.

Su magia era poderosa, como la energía de Rayearth, Ceres y Windom, cuando se funcionaban en uno solo. Hikaru la observó unos segundos, mientras era víctima de su poderío. Había algo en ella que le resultaba familiar. Ella olía a las praderas de Céfiro, la hacía sentir como en casa. ¿Por qué tenía la sensación de que no estaba usando su poder al máximo? ¿De que, en realidad, si quisiera, pudiera matarlas en cuestión de segundos? Pero ella no quería hacerlo.

-¡Rayo de Júpiter! – La potente voz de la Sailor se hizo sentir en el lugar. El rayo alcanzó a Thia sin darle tiempo de reacción alguna. El rayo de Zeus. Era poderoso. Thia lo sintió en carne propia. Su poder se esfumó, liberando a las guerreras y a los cefirianos. Entonces pudieron verlas. Las Sailor estaban en la cima del edificio de enfrente, listas para luchar.

-Princesa…- dijo Thia con ironía, mientras sus ojos negros como la noche se enfocaban en los profundos ojos azules de Usagi.- ¡Que sorpresa! ¡No esperaba que vinieras! – la voz de la mujer retumbó en la cabeza de Hikaru. Era ella, la mujer de sus sueños.

-¡Eres tú! ¡Tú fuiste la que inició esta tormenta! - la mujer río exageradamente.

-No, mi querida Hikaru… Está maravilla es obra de ustedes… Mis queridas Guerreras Mágicas. - Hikaru abrió los ojos con sorpresa. Eso de "queridas Guerreras Mágicas" le trajo demasiados recuerdos. Recuerdos que prefería dejar enterrados, recuerdos de una pequeña niña con los ojos tristes pidiendo su ayuda.

-Lo sabía…- susurro Sailor Venus, a sus amigas. - Sabía que habían sido ellas.

-Es que no… no puede ser...- dijo Usagi, con sus ojos llenos de lágrimas.

-Aunque debo confesar que he ayudado un poco a que esto sea aún más perfecto. - sonrió, mientras la tormenta no cesaba.

-¿Qué es lo que buscas? – intervino Umi. Thia río nuevamente.

-Jamás les haría daño, mis queridas guerreras. - Hikaru abrió los ojos con sorpresa. Ella estaba confirmando sus sospechas. Ella no quería dañarlas.

-Hikaru… Fuu… tal vez esta tormenta se haya originado en nuestros corazones… pero yo sé que, del mismo modo, podemos detenerla.

-¿Detenerla? ¿Pero, por qué? Si es tan perfecta…

-No permitiremos que destruyas este mundo… ni que le hagas daño a ella. - interrumpió Venus, llamando así la atención de Thia. - ¡Cadena de amor de Venus! - Venus logró rodear a Thia con su cadena y aprisionarla. Pero, en cuestión de segundos, Thia rompió la cadena en mil pedazos. Luego, enfocó su ataque hacia las Sailor, quienes, dispersándose, lograron esquivarlo.

La batalla se enfocó allí, pero la tormenta dificultaba a las Sailor moverse rápido para esquivar los ataques. Una a una fueron cayendo, merced del poderío de la diosa. Mientras, Latis aprovechó la oportunidad para descender en la terraza del edificio en el que las guerreras se encontraban. Al verlo descender de su caballo, Hikaru corrió hacia él, se dieron un fuerte abrazo y luego, se fundieron en un tierno beso. Segundos después, Latis se separó de ella y le tomó el rostro con ambas manos

-Hikaru, ustedes pueden detener esta tormenta…- Hikaru afirmó con la cabeza.

-Chicas…- dijo volteando a ver a sus amigas. Umi y Fuu afirmaron también. Las tres cerraron sus ojos, intentando convocar a sus mashin.

Latis observó, en silencio, como la energía del fuego, del mar y del viento rodeaba a cada una de ellas. Pronto vio manifestarse sobre sus cabezas, las figuras del león, ave y el dragón. Ellos estaban allí, seguían conectados a sus descendientes tal como lo habían estado en Céfiro.

Thia sintió la energía de sus hijos y volteó a ver a las guerreras. A esas alturas, ya había derrotado a cada una de las Sailor, que yacían inconscientes. La lluvia comenzó a disminuir en intensidad, los vientos redujeron su velocidad gradualmente, los rayos dejaron de caer sobre la tierra.

-Rayeath… Ceres… Windom… - dijo. Estaba molesta. Sus hijos. Sus propios hijos interviniendo en sus planes. Una deslumbrante luz dorada la rodeó. No iba a permitir que aquel huracán acabará antes de empezar.

En el momento en que ella volteó, Usagi recobró el conocimiento. Como pudo se puso de pie. No estaba dispuesta a perder. Entonces, observó el edificio de enfrente, a las tres jóvenes. Sus siluetas eran similares a las de las jóvenes de su sueño. ¿Acaso era posible? Se le estremeció la piel. Una poderosa energía las rodeaba, como ráfagas de colores. Rojo, azul, verde. Y esas figuras sobre ellas. ¿Acaso esos eran sus poderes? Notó que la lluvia había cesado, que las fuertes ráfagas de viento se habían convertido en una suave brisa, que las nubes habían perdido su carga eléctrica. Aún estaba nublado y oscuro, como si fuera medianoche, siendo aún de día. Pero la tormenta había cesado. Lo habían hecho ellas. La mujer parecía molesta. Iba a atacarlas, se estaba preparando para eso. No podía permitirlo, no podía dejar que les haga daño, ni que vuelva a crear una tormenta semejante. Jamás lo permitiría. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Su tiara desapareció, para dar lugar a la medialuna, símbolo de su herencia lunar, de la dinastía de Selene. Su cetro apareció en sus manos.

Una poderosa luz plateada salió de aquel cetro, golpeando a Thia, sin darle tiempo a reaccionar. Thía sintió el inmenso poder del Cristal de Plata. La princesa, por fin había despertado en esa jovencita. Ese era el verdadero poder de Selene. Con sus últimas fuerzas, se teletransportó a algunos metros del foco del ataque de Serenity, adonde estaría a salvo de la luz lunar. Estaba débil, sus energías habían disminuido demasiado. No podía seguir luchando, no en esas condiciones.

Usagi notó que la mujer había desaparecido, de modo que cesó su poder. La buscó con la mirada, ¿adónde había ido? Estaba segura de que no había logrado derrotarla.

-Esto no se quedará así, princesa...- dijo, manteniendo la distancia. - Volveremos a encontrarnos...- y, sin decir más, volvió a desaparecer.

Las nubes comenzaron a disiparse, permitiendo el paso de la luz del sol. Los rayos del sol comenzaron a iluminar las ruinas de la Torre Tokio, ya no quedaban rastros de la enorme tormenta que había amenazado la ciudad.

·٠Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ٠·"*•. N/A ·٠Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ٠·"*•

Finalmente, Usagi despertó todo su poder, pero Thia logró huir a tiempo. Estoy segura de que Usagi hubiera podido asesinarla si ella no hubiera huido, ¿o no? Después de todo, Usagi es descendiente directa de Thia, Serenity era nada más y nada menos que su bisnieta. ¡Vaya familia! En el siguiente capítulo, conoceremos al padre de Serenity. Vaya spoiler que me mandé, no debería estar haciendo esto. ¡Hagan de cuenta que no dije nada!

Pues sí que me quedó larguito este capítulo. ¿Qué les pareció el lemon de nuestra querida guerrera del viento? ¿Se vio muy forzado? La verdad es que no quería terminar esta historia sin ese lemon que le debía a Fuu. Comencé esta historia muy arriba con la sexualidad, (recordarán el cachondeo de esta pareja en el primer capítulo), con toda la intensión de que fuera bastante intensa, pero siento que la historia me llevó por otro lado, la sexualidad y el romance se fue extinguiendo con los capítulos y siento que de aquí en adelante no hay mucho lugar para el romance y la pasión. Por eso quería incluir esa escena como sea. ¿No les pasa que comienzan a escribir con una idea y después terminan escribiendo cosas que realmente no saben de donde salieron? A los que han leído "Destino", quiero pedirles disculpas, porque la escena del lemon quedó bastante parecida a la que escribí para esa historia, creo que tengo problemas de falta de imaginación, siento que debería leer 50 sombras de Grey jajajajaja.

¡Espero que les haya gustado este capítulo! Los espero en el próximo, ¡gracias por leer!