Saludos... Aquí estoy cumpliendo con la promesa de terminar este fic, a pesar de todo.

Como me gustaría que me escribieran un review, pero parece que es difícil.

Bueno, ahora con el nuevo capítulo.


Capítulo 14

Nuevos días oscuros

A mitad de la noche, Dipper y Mabel empacaron en silencio un par de cosas y se llevaron todo el dinero de sus ahorros para comprar unos pasajes hacia Gravity Falls. Además de la ropa y unos dulces, ambos no se podían olvidar de llevar la linterna mágica que agrandaba y encogía cosas y del garfio volador que resultó ser algo bastante útil. Por si ellos tenían problemas al ser menores de edad, la gemela alfa preparó las identificaciones falsas y su hermano le gustó esa idea, si bien en el fondo creía que era una tontería. A lo último, ellos se pusieron unos abrigos y empezaron a bajar despacio por las escaleras, tratando de no hacer ruido en ningún momento. Ellos hacían su mejor esfuerzo para no despertar a sus padres, sin embargo, ese no era el plan de Pato, quien a veces gruñía fuerte y masticaba todo a su paso. Y, hablando de ese cerdito, los chicos tenían que llevárselo sí o sí, ya que desde que llegó de una forma imprevista a California, el animal siempre causaba problemas, según los dos mayores. El que casi fue comido por pterodáctilos se quedaba a vivir ahí sólo para hacer feliz a su hija, y ella estaba al tanto de ese aprieto, de modo que ni en sueños podía dejarlo. Fue por eso que él también tenía puesto un suéter para prepararse a salir.

—Adiós, mamá. Adiós, papá —susurró la niña con tristeza y cerró la puerta principal con calma.

Por las calles solitarias y silenciosas, los gemelos y su mascota iban a paso veloz, guiados por un mapa en su teléfono y mirando hacia todas partes, por si alguien los descubría. Después de una extensa caminata que pareció eterna, ellos llegaron cansados a la agencia de turismo y, tras una discusión con el vendedor un rato, tuvieron que disfrazarlo y pagarle pasaje al rosado. Un largo viaje los esperaba y aprovecharon esas horas dentro del autobús para descansar. Ese era el plan pero los jóvenes estaban intranquilos, porque lo que los esperaba no eran unas vacaciones, sino que se trataba de una guerra que no se sabía si ganarían. Este regreso de Bill les hacía perder el ánimo, ya que su única salvación era reunir a las personas que representaban esos símbolos del zodiaco. Desde luego que el intercambio entre hermanos ancianos no podía funcionar de nuevo, así que había que pensar en alguna otra cosa para derrotar a ese triángulo y salvar a los amigos de Wendy. Si se ponían a pensar, la situación actual estaba igual de grave como si estuvieran en el Raromagedón, debido a que el enemigo también contaba con secuaces temibles. Cada uno de ellos significaba un desafío y ya tenían una idea de cómo vencerlos, aunque lo aprendieron de la manera dolorosa. Cuando ellos dos ya se sentían con sueño por tanto pensar, el teléfono sonó.

—¿Quién es, Dipper? —preguntó la casamentera muy asustada, temiendo que sean sus padres.

—Es un número desconocido —respondió él en voz baja, tras escuchar las quejas de los demás pasajeros y decidió que había que atender esa llamada de una buena vez—. ¿Hola? ¿Quién es?

Los ojos del que una vez fue guardavidas comenzaron a llenarse de lágrimas al reconocer la voz del otro lado de la línea. Por más que había interferencias en la llamada, ese niño sintió que sus tíos estaban a su lado y se llenó de alegría. Cuando él los nombró, la parrandera se desesperó y quería sacarle el teléfono a la fuerza, sin embargo, como llamaban tanto la atención de las otras personas, se conformó con acercarse lo más que podía. Luego de una disculpa por la diferencia horaria, a Stan y a Ford les sorprendió el ruido de motor, los sonidos de bocinas y las voces de la gente, con lo que esos jóvenes confesaron que huyeron de casa. Al preguntarles el motivo de la drástica decisión, la respuesta los dejó aún más perplejos. Las desagradables noticias explicaban a la perfección las extrañas situaciones que atormentaban al viejo McGucket y, por eso, el viaje de regreso debía adelantarse. Por desgracia, con el barco Stan-de-guerra no llegarían a tiempo, de modo que se resolvió dejarlo en donde ellos estaban y tomarse un avión. Tal vez así podrían verse pronto y hacer algo para que aquel pueblo volviera a estar en paz, a pesar de que estaba plagado de anomalías. No obstante, ahora los separaba una gran distancia y, como todos ellos se extrañaban tanto, ninguno quería despedirse todavía, así que el científico dio unos consejos:

—Niños, cuando lleguen, tengan mucho cuidado. No dejen que él los descubra y, sé que será un poco difícil esto, pero traten de hallar a los otros. Cumplir con la profecía es la única esperanza.

—De acuerdo, tío Ford —dijo Dipper al final, con una voz quebrada—. También tengan cuidado.

El que tenía una extraña marca en la frente cortó la llamada y se sintió muy afligido, al igual que su hermana, si bien pudieron sentirse mejor con la compañía de uno con el otro. Después de la charla con los ancianos, los hermanos estaban más tranquilos y lograron dormirse por fin. Hasta Pato parecía entender la situación y se comportó mucho mejor que en casa; también ayudaba el hecho de que a esos pasajeros les gustaba la presencia de un adorable cerdito. Es curioso eso de que unos extraños les ayudaran tanto, es más, algunos compartían sus viandas con la inusual y graciosa mascota, sin olvidarse desde luego de los niños. De esta manera, ellos debían pasar las casi diez horas que duraba el viaje de California hasta Oregón, y por ahora todo estaba en cierta paz, como la calma antes de la tormenta. Donde sí esto no se daba, era en el pueblo de Gravity Falls desde hacía unos meses, aunque desde anoche todo empeoró, dejando a la gente sin saber bien en qué creer. A la mañana siguiente de esa noche, al final se consiguió entrevistar a Wendy y a sus amigos, y otra vez hubo muchas opiniones al respecto. Desde huir a ir a enfrentarlo eran lo que las personas tenían en la mente y, por esta razón, algunos se armaron hasta los dientes.

—¡No dejaremos que Bill nos atormente otra vez! —gritó el Varonil Dan frente a un gran grupo de sujetos reunidos en el bar que siempre frecuentaba—. Él no es como antes. Podemos ganar.

—¡Es cierto! —se oyó entre la multitud y todos estaban de acuerdo—. ¡Salgamos ya a buscarlo!

Luego de tomar valor con aquel discurso y con varios tragos encima, los seguidores del leñador salieron a las calles, proclamando sus intenciones a la poca gente que se encontraban. Algunos se les unía, pero otros huían a encerrarse a sus casas, y los veían pasar desde las ventanas. Ellos continuaron con su marcha yendo hacia donde se hacían los actos políticos, tratando de llamar así a otras personas, mas no contaban que el lugar ya estaba ocupado. Justo en el lugar estaban el alcalde Tyler y los pocos policías del pueblo, intentando llevar la calma a unas familias. Aquel mandatario tenía justo el ejemplo de lo que no debía hacerse: usar la fuerza bruta, con lo que el equipo de rudos protestaron diciendo que no tenían otra alternativa. A partir de ahí, todos ellos empezaron a discutir por largo rato, sin llegar a una solución, hasta incluso no dejaban hablar al pobre Ruedabueno. Él, por su parte, dejó por un instante su actitud amable que lo caracterizaba para poder llamar la atención, y lo consiguió. Después, él siguió hablando como siempre lo hacía y les propuso una idea que tenía por finalidad mantener a los pobladores a salvo: él mismo iría a buscar al demonio a tratar de llegar a un acuerdo. Por supuesto que eso sonaba muy arriesgado.

—¿Qué? ¡No puede enfrentarse solo a esa bestia! —exclamó sorprendido el comisario Blubbs, y así también pensaban los demás, quienes era obvio que estarían en contra de esa absurda idea.

No obstante, la autoridad ya tomó una decisión y les propuso a los habitantes continuar con sus actividades, ya que este problema debía solucionarlo él al estar a cargo de ese puesto. Mientras que todos querían discutir el asunto, una señora asustada los interrumpió gritando que vio algo extraño sucediendo en una tienda. Al instante, aquel hombre quien tardó tanto en elegirse una camiseta, bajó del escenario y se fue en busca de ese lugar. Sólo los policías podían seguirlo, por más que no querían, y se mantuvieron a un par de metros atrás con una expresión de miedo. Al llegar a lo que en realidad era un supermercado, Tyler se quedó frente a la puerta para observar lo que sucedía: el local estaba hecho un desastre, como si hubiera pasado un tornado, con gran cantidad de productos en el suelo. La cajera junto con los demás empleados estaban reunidos y temblando del susto, todos refugiados detrás del mostrador. Cuando el recién llegado les quería dar unas palabras de ánimo, se encontró con la causa del terror, con una canasta en mano llena de alimentos. Ambos se quedaron mirando, como estudiando al otro, hasta que el chico rubio le sonrió de una forma aterradora y empezó a caminar hacia él con calma. Si bien él no estaba tan seguro de que era el mismo ser de un solo ojo, debía de estar alerta y a la vez no mostrar temor.

—¿Bill? —preguntó el alcalde con seriedad, con lo que el otro se detuvo—. ¿De verdad eres tú?

—Así es y esto es temporal. Pronto volveré a la forma en que me conoces —respondió y se fue.

—Todo esto debe resultarte raro, ¿no? —quería seguir conversando el hombre y la pregunta le llamó la atención a ese demonio—. Tener que preocuparte por cosas que antes no te afectaban.

El joven carcajeó por el comentario y siguió caminando, sin embargo, ese tipo no se rendiría tan fácil, con lo que lo siguió no sin antes disculparse por lo sucedido a los empleados de la tienda y dejar una buena propina. Cuando casi lo alcanzó, él primero le ofreció disculpas por tratarlo mal la primera vez que se vieron, logrando que el otro las aceptara porque sabía que a los humanos les costaba creer en seres más superiores que ellos. Al rato, el mayor quería saber bien qué era lo que estaba buscando y por qué estaba haciendo las cosas de esa manera, de la forma mucho más difícil. Tras dar un resoplido, Lee le recordó que estaba harto de existir en esa dimensión y, por eso, haría lo que fuera para conseguir su objetivo. Ese sujeto de baja estatura sintió algo de pena por ese sufrimiento, no obstante, le sugirió al adolescente que todo sería mejor si fuera un poco más amable. Aquel otra vez se rio con sarcasmo y le contestó que algo así no existía en ese lugar de pesadilla, y Giffany desde el teléfono, agregó que en este mundo tampoco, evocando el intento de los programadores en borrarla. Esa voz dulce distrajo al sujeto que usaba una gorra y, antes de preguntar de dónde provenía, él permaneció hablando sin perderle el paso a ese joven.

—Lamento que hayan pasado por tantas molestias, pero no todas las personas son malvadas —comentó el gobernador esperando no rabiar al alto—. No debiste asustar así a esos empleados.

—¡Oye, no tengo tiempo para este intento de terapia! Además, no podrás cambiar nada —gritó enojado luego de detenerse y de enfrentarse con la mirada al hombre que retrocedió asustado.

Tyler temía lo peor, mas no quería mostrarse espantado, así que le explicó la mejor parte de ser amable, que los demás lo ayudarán y lo sorprenderán. Ante eso, la chica virtual los interrumpió opinando con mucha alegría que le gustaría ser sorprendida con algún gesto o regalo y, ante esa situación, una mirada de furia cayó sobre el Ruedabueno. No se supo bien por qué el poseído se inclinó por reaccionar de la siguiente manera, quizá tal vez por la dulce expresión de la japonesa al visualizar su sorpresa, pero lo que sucedió fue que él le reveló algo que el otro no lo esperaba. Con la vista en el piso y un rostro serio, el triángulo sostuvo que, aunque cambiara, las personas del zodiaco no lo dejarían en paz. En lugar de preguntar a qué se refería, el que tenía bigote dijo algo pensativo que debería haber alguna manera de solucionar las cosas sin que ninguno resulte lastimado, por más que eso sonaba imposible. De nuevo, aquel quedó perplejo con la respuesta que el demonio le comentó: que si se le ocurría una buena idea para que él pudiera quedarse en este mundo, sin que nadie quisiera destruirlo, que se lo dijera de inmediato. Mientras tanto, ese muchacho afirmó que continuaría con sus planes y, con eso, él retomó su camino hacia aquella guarida en el bosque. El alcalde permaneció ahí pensando y observando cómo el otro se alejaba.

—Creo que puedo lograrlo —se dijo el hombre apenas sonriendo—. Tengo que salvar el pueblo.

—¿De verdad prefieres vivir en paz, que vengarte de la familia Pines? —preguntó Giffany ya casi en que ambos llegaban al bunker—. ¿O sólo le estabas mintiendo para que dejara de seguirnos?

Ese tipo se tardó en responder, pensando todo con cautela, y le contestó que ella sí estaba en lo correcto, aunque con la segunda opción. Esa familia sí que se merecía una venganza, por tratar de engañar con un resultado casi mortal, y no abandonaría nunca su plan, por más que una vida lejos de la dimensión plana sonaba tentadora. Pensándolo bien, él podría aspirar a ambas ideas, ya que creía que no podía estar tranquilo si los ancianos y esos pequeñines estaban en libertad pero al acecho. Sí, esa era su intención, no sin antes quitarle esa valiosa ecuación a Ford sobre la barrera y así poder acabar con él. Él sonreía mientras caminaba esquivando los pinos, si bien, la reciente conversación con ese torpe humano lo llevó a ponerse pensativo de nuevo. Él presentía que no podía arreglar sus problemas no más con deshacerse de ellos, como si no existiera otra alternativa. Sí, sería una pena, porque sería mucho mejor si lo aceptaran ya a él como su amo y señor, sin embargo y como antes, las personas se levantarían en su contra, una y otra vez, ya lo veía. Al parecer, no hay otra manera de conseguir sus objetivos más que borrarlos de este plano existencial, y con ese pensamiento, él llegó por fin al refugio bajo tierra, que lo halló en silencio.

—Así que todos se fueron —notó él al no ver a ninguno de sus secuaces—. Ya volverán pronto.

—Déjame ayudarte con la comida —se ofreció ella—. Sólo haz eso para tener una forma física.

Gracias a la insistencia con súplicas adorables, la de pelo rosa salió de las pantallas de la sala de vigilancia para ubicarse frente al muchacho rubio. Ella lo abrazó como agradecimiento, y fue tan inesperado para él que permaneció estático, aún más cuando aquella lo miraba fijo a los ojos, y se iba acercando despacio. Pese a que no le creía capaz, esa chica se atrevió a besarle sus labios y, al querer ir a por más, fue detenida siendo apartada por los hombros. Ella estaba a punto de llorar por temer lo peor: que su amor no era correspondido, hasta que vio la causa del conflicto. Dipper ya lo había experimentado con Rudo McGolpes al chocar los cinco: esos pixeles filosos le provocaron un pequeño corte en la piel, haciendo que la universitaria se pusiera triste. Luego de una infinidad de disculpas, ella le pidió resolver el problema, ya que él era capaz de saber sobre casi todo. Y Bill sí que podía solucionarlo dándole una mayor resolución y, como ella estaba muy impaciente, se puso a trabajar al instante preguntándose por qué ella era tan convincente. A la vez que la uniformada preparaba una comida caliente, aquel se puso frente a las computadoras.

Una hora después, los seguidores llegaron y aquel demonio seguía modificando comandos, mas dejó su labor a un lado cuando el almuerzo ya estaba listo. Había calma en ese lugar, incluso con Pyronica quien seguía en el fondo molesta con la cocinera de turno, pero eso no estaba entre la gente del pueblo, especialmente en la casa de Gideon. Una gran discusión surgió cuando ambos padres del niño lo descubrieron tratando de huir, y también fue un duro golpe enterarse que él quería reunirse con sus viejos amigos de la prisión. Los adultos se decepcionaron porque creían que su hijo había cambiado y, en esta ocasión, no le iban a permitir irse para sembrar el caos. A pesar de mostrarse enfadados al principio, ellos trataban de convencer al albino pidiéndole con ruegos que pasara este tiempo con su familia, sin que importaran los problemas del pasado. Los dos estaban perdiendo la esperanza porque parecía que nada funcionaba: el chico no quitaba su mano del picaporte, hasta que por fin dejó de pensar y se fijó en el dolor que causaba. Él insistió en que tenía que irse, porque era uno de los pocos que podía detener a ese triángulo y les pidió que se mantuvieran a salvo aquí o en otra ciudad. Al parecer, él sí se preocupaba por su familia.

—No se preocupen por mí —dijo él al abrir la puerta, dándole un último vistazo a sus padres—. Tengo mis poderes y a mis amigos. Bill piensa que estoy de su lado y, al final, se va a sorprender.


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