Harry Potter, ni ninguno de sus personajes me pertenece, son propiedad de J.K. Rowling.
Aclaraciones: Este capítulo está contado desde el punto de vista de Harry.
Capítulo dos: El principio del desliz.
Volvió a suspirar: otra pelea más; ya ni recordaba el motivo por el que estaban peleando en primer lugar, pero eso no importaba mucho, ¿cierto? Lo que sí tenía claro Harry es que Ginny había finalizado la discusión —o sus gritos— con la frase de siempre:
—¿Cuándo cambiaste tanto, Harry? —Y con un portazo innecesario que aumentaba el dramatismo de la situación.
Obviamente, él no podía evitar cuestionarse si verdaderamente había cambiado tanto como Ginny se encargaba de señalar frecuentemente. Sí, era cierto que ya estaba más grande; más adulto; que tenía muchas más responsabilidades que antes, como ser el jefe de Aurores o ser padre de tres niños pequeños; que posiblemente estaba mucho más cansado; pero él no se sentía diferente. Recordó el motivo por el cual habían empezado a pelear: su esposa quería ir a una de las tantas fiestas que organizaba el Ministerio y él se había negado, fue entonces que ella lo había llamado viejo y otros improperios que ni siquiera se molestó en escuchar. Vale, es cierto que no se reunía tanto con sus amigos, o que no salía tanto como antes, ¿pero era un crimen querer quedarse en su casa, rodeado de su familia, tomando algo o sólo descansando? No, por supuesto que no; de lo contrario, Hermione ya lo hubiera regañado por estar haciendo algo que considerara ilegal. Aparte sólo tenía treinta y dos años, ¡por favor, estaba en la plenitud de la vida!
Como fuera, las cosas estaban muy mal entre ellos dos y no se refería solamente a las discusiones, sino a su matrimonio en general. ¡Por Merlín!, ¿era normal que hubieran pasado más de seis meses y que no usaran la cama más que para dormir? Seriamente, Harry lo dudaba, puesto que sus muy comunicativos cuñados se la pasaban regodeándose de su satisfactoria vida sexual todos los domingos que se juntaban en la Madriguera a almorzar. ¿Y él? Se quedaba callado por dos razones: eran los hermanos de su esposa y el moreno sabía perfectamente que no era apropiado hablar de eso con ellos; y él no tenía nada que decir porque no lo hacía desde hace más de seis meses. ¡Más de seis meses!
Suspiró otra vez y se volteó para quedar boca abajo sobre su cama. Lo peor de todo era que él sabía la razón por la cual no pasaba nada: Ginny no le atraía. O bueno, no demasiado; es decir, sabía que era hermosa, con una personalidad encantadora y que estaba más que predispuesta a tener sexo con él; todas las noches ella trataba de acercarse en busca de algo más que dormir, pero por una extraña razón, Harry terminaba poniendo excusas estúpidas y poco creíbles para no tener relaciones con su esposa. ¿Por qué? Aún ahora se lo cuestionaba. Por el momento, todo se lo adjudicaba a las obligaciones laborales, con el estrés que conllevaba, y a la crianza de sus tres hijos.
Negó con la cabeza. Decidió que era mejor ya no seguir pensando en sus problemas maritales y concentrarse en… ¿en qué? Maldijo interiormente el que fuera justamente hoy, jueves, su día de franco. Aunque en realidad llevaba maldiciendo mucho sus días de franco. Miró el reloj: recién eran las once de la mañana, tenía todo el día para hacer nada hasta las cuatro de la tarde que llegaba su progenie del Instituto básico donde los preparaban antes de ir a Hogwarts. Estaba bastante enojado por culpa de la reciente pelea que había tenido con la pelirroja, pero sabía que quedarse encerrado sólo provocaría que su mal humor aumentara. No tenía ganas de salir, era cierto, y no sólo porque disfrutara la vida en familia, sino que también era por el constante acoso de las personas y el ahogamiento de la prensa inoportuna que mataba por conseguir una foto o unas palabras suyas. Sí, aun ahora, después de quince años, seguían persiguiéndolo; pero se dijo que no podía vivir como una tortuga tampoco, que salir a caminar le haría bien, así que tomó su chamarra, su bufanda y un par de guantes, y salió de su casa hacia las frías calles de Grimmauld Place. Sí, exacto, ahí es donde él vivía junto a su familia por ahora. Lo cierto es que tenían pensando mudarse cuando terminaran de construir la casa que Harry había mandado a hacer en Godric's Hollow; mientras, se tendrían que conformar con convivir en ese lugar. Tampoco es que se quejaran, habían logrado hacerlo un sitio bastante amigable una vez que lo remodelaron.
Sumido en sus pensamientos mientras caminaba, no supo determinar en que momento había llegado hasta la calle Charing Cross. Meditó unos minutos entre si le convenía o no acceder al Callejón Diagon, pero finalmente se convenció de que nada pasaría si sólo paseaba por unos minutos, salvo ganarse unos cuantos saludos de sus adorados fans. Aparte no le vendría mal echarle un vistazo a la tienda de artículos de quidditch, o pasarse por Sortilegios Weasley a saludar a George.
Por primera vez, estaba absolutamente entusiasmado por hacer algo que no fuera rellenar informes, ordenar los equipos de Aurores para una misión, pelear con Ginny, o cuidar a sus hijos. Por Godric, ¿hace cuánto que no salía de su casa? De todas formas, no llegó muy lejos en su planificación porque sin querer chocó contra alguien en mitad del Callejón.
—Fíjate por donde vas, idiota.
Ofendido, Harry se volteó para replicar, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta cuando reconoció, por desgracia, ese color rubio platinado tan característico.
—¿Malfoy? —Tuvo que preguntar para cerciorarse de que no se estaba volviendo loco.
Pero cuando el aludido levantó la vista, pudo confirmar sus sospechas. Su ex enemigo del colegio estaba parado frente a él, mirándolo con la misma superioridad de siempre. Sin embargo, esa expresión no engañó a Harry, quien había aprendido muy bien a identificar cuando se trataba de una máscara y cuando no; y ahora, observando detenidamente los ojos de su ex némesis, podía asegurar que estaba fingiendo. Aún así, no fue eso lo que llamó su atención, sino el hecho de que sus ojos grises estuvieran cargados de tristeza y derrota.
—Ahora que ya confirmaste lo obvio, Potter, ¿te importaría soltarme? —Le reclamó Malfoy, enseñándole su mano aferrado a la muñeca de este.
Retiró la mano de inmediato, sorprendiéndose de no haber recibido un hechizo —o maldición— de parte del rubio cuando lo agarró para comprobar que se trataba de él. Bueno, no es que lamentara que no haya reaccionado como lo hubiera hecho años atrás —léase: gritándole o maldiciéndolo o golpeándolo—; tal vez habían madurado. Sí, quizás eso era. Después de todo, no veía al ex Slytherin desde el juicio de este, donde había abogado a su favor, hace ya quince años atrás, y tampoco sabía absolutamente nada de su vida actual, algo que le llamaba la atención.
Mientras Harry pensaba el por qué no se sabía absolutamente nada del susodicho, Malfoy había dado media vuelta dispuesto a irse; fue entonces cuando la vena curiosa —entrometida— del Gryffindor hizo presencia: necesitaba saber por qué Malfoy lucía tan destrozado.
—¡Espera, Malfoy! —Lo llamó, impulsivamente, sin detenerse a analizar la situación.
—¿Qué quieres, Potter? —preguntó el ex Slytherin, deteniendo sus pasos y volteando hacia él, claramente fastidiado.
No pudo evitar sorprenderse. Otra reacción que no se esperaba de parte de Malfoy. Carajo, nunca pensó que en verdad detendría sus pasos y le contestaría. ¿Y ahora, qué hacía? ¿Le preguntaba o era mejor dejar el tema ahí? Bueno, al fin y al cabo, nada perdía con preguntar, ¿cierto? No iba a retractarse de su impulsividad sólo porque Malfoy no haya reaccionado como él esperaba. ¿No era Harry quien se autoproclamaba autor de la frase "actúo, luego pienso"?
—Yo… bueno, sé que nunca nos llevamos bien en el pasado y eso, y que hace mucho no nos vemos tampoco…
Patético, Harry, patético, se reprendía el moreno mentalmente por sus titubeos. ¿Y por qué rayos dudaba tanto? ¡Era Malfoy, por Merlín! Ah, sí, justo por eso. Pero, bueno, a esa altura de la vida, el odio que había existido entre ellos ya debería estar completamente sepultado, ¿verdad? Ambos podrían hablar como viejos conocidos.
—Sigues remarcando lo obvio con tu elocuencia, Potter. ¿Hay algo que en verdad quieras preguntar? —Lo apuró su interlocutor.
Inspiró profundo para no golpearlo e irse sin preguntar nada, obviando la voz de su conciencia que decía que no le interesaba qué le sucedía al rubio y que debería meterse en sus asuntos.
—Bueno, yo… ¿te sucede algo?
Estaba orgulloso de haber logrado por fin hacer la dichosa pregunta; sentía que había dejado el pasado que los rondaba muy atrás; incluso tuvo ganas de curvar sus labios para formar una sonrisa. Y claro que lo hubiera hecho, si no hubiera recibido una buena patada en las pelotas con la respuesta de Malfoy.
—Vete a la mierda, Potter —escupió el rubio, desapareciendo.
Ok, ¿de qué se había perdido? ¿Acaso había escuchado bien y lo había mandado a la mierda cuando le preguntó, muy amablemente, si le sucedía algo? No pudo evitar pensar con mucho sarcasmo que sin duda el odio que se tenían se había extinto. Sí, claro, como viejos conocidos, pensó con sarcasmo. No debería sentirse enojado y frustrado por la respuesta —o no respuesta— que había obtenido de Malfoy; de hecho, no debería estar sorprendido de que le contestara así, puesto que esa sí era una reacción normal entre ellos dos. ¿Entonces por qué carajos se sentía tan desanimado y furioso? Decidió que se debía a su curiosidad no saciada y no a algún tipo de preocupación no justificada hacia Malfoy. Suspiró nuevamente; se le estaba haciendo costumbre. Ya no tenía ganas de visitar alguna tienda o de ir ver a George. Aparte la gente comenzaba a reconocerlo y a mirarlo fijamente. Lo mejor era volver a su casa; de todos modos, ya era pasado medio día y tenía hambre.
Los siguientes dos días, se la pasó en su lugar de trabajo, donde siguió con su rutina de dar órdenes y rellenar papales, volviendo a su casa exclusivamente para cenar con sus hijos y luego irse a dormir con una enojada Ginny Weasley, algo que —aunque no debería— lo aliviaba. Sin embargo, también pensó mucho en Malfoy y en el encuentro que tuvieron. ¿Por qué razón el rubio petulante, arrogante, desagradable y mal agradecido, llevaría esa expresión en sus ojos? Vamos, conocía a Malfoy mejor que su propia sombra; había estado obsesionado —sí, lo admitía— con él durante siete años como para no haber aprendido nada sobre su ex rival, y en todos esos años no recordaba haber visto al rubio con una expresión parecida. Harry tuvo que corregirse inmediatamente; sabía que mentía; de hecho, sí había una excepción: sexto año. Recordaba lo asustado y sobrepasado que estaba Malfoy en esa época; la imagen actual que tenía de él en el Callejón Diagon era casi idéntica a la de aquel entonces.
Vale, no valía la pena pensar en eso, ni revolver aquellos recuerdos. Maldición, no podía estarse obsesionando con Draco Malfoy otra vez, ¿o sí? No, para nada. Era solamente curiosidad no satisfecha, como se venía auto convenciendo desde que lo volvió a ver. Él no estaba teniendo otro impulso de acoso involuntario contra el rubio. De ninguna manera. Incluso era absurdo y grosero pensar en esa opción; aparte él no acosaba, sólo investigaba. ¡Y ni siquiera sabía dónde vivía Malfoy como para denominarlo acoso! Y no es que lo fuera a acosar aun sabiendo que seguramente seguía instalado en Malfoy Manor. ¿Pero qué clase de idioteces estaba pensando ahora?
Por su bien y salud mental, se fue a buscar a su amigo Ron a la cafetería para distraerse, donde seguramente estaría comiendo su cuarto plato del almuerzo. Aunque debería haber sabido que no lo lograría.
—Vi a Malfoy el otro día —comentó como quien no quiere la cosa. Tuvo que golpearse mentalmente, ¿no había acordado dejar el tema de lado?
—¡Já! ¿Al hurón? Lleva desaparecido desde que le perdonaron la vida en el juicio. Me sorprende que se haya dejado ver —Se mofó su amigo con sorna.
Claro, debería haberse imaginado que el pelirrojo contestaría algo como eso. Puso los ojos en blanco; lo viejos rencores no eran fáciles de olvidar para algunas personas. Dudó si seguir con la charla, pero sentía que tenía que contárselo a alguien o estallaría. Igual que en sexto año, escuchó que le reprochaba una voz.
—Sí, bueno, parecía algo… cansado —optó por decir Harry, ya que las palabras "triste" "destrozado" o "derrotado" podrían ser blanco fácil para los hirientes comentarios de Ron y realmente no era eso lo que quería escuchar.
—¿Y eso qué? —cuestionó, mirando recelosamente a Harry.
La costumbre de suspirar volvió al moreno. Debió haber supuesto que hubiese sido mejor hablar con Hermione. Negó con cabeza y decidió cambiar de tema hacia la dirección que más le apasionaba a Ron: la comida; gustosamente, su amigo aceptó el nuevo giro de la conversación, comenzando a hablar como si de repente le hubieran dado la mejor noticia del mundo.
El domingo, el segundo día de franco del héroe mágico, Harry pudo dejar los pensamientos sobre Malfoy a un lado por un momento cuando casi sufre un infarto al ver a su segundo hijo, Albus Severus de seis años, sangrando. No se había dado cuenta en qué momento se había caído de su pequeña escoba de juguete. Corrió alarmado hacia Albus, con sus otros dos hijos flaqueándolo: el mayor, James; y la menor, Lily. Pudo respirar tranquilo recién cuando comprobó que sólo era un rasponcito en la rodilla derecha. Menos mal que su esposa tuvo que cubrir una entrevista de última hora y por eso no estaba en casa.
—Eres más exagerado que mamá, papá —Le reprochó su hijo, divertido.
Ciertamente, Harry era mil veces peor que Ginny en cuanto a los niños se trataba. Quería brindarles todo lo que le había negado a él: amor; cariño; comprensión; caprichos; cuidados; hasta el más mínimo detalle, como darle un beso de las buenas noches. Quizás se le iba la mano con complacerlos y sobreprotegerlos tanto, pero no podía evitarlo; ahora que lo tenía todo, debería aprovechar; después de todo, ¿para qué guardarlo o ahorrarlo? No veía lógica en hacer eso. Y aunque quisiera, con Ginny al lado jamás podría hacerlo; ambos eran completamente iguales en ese sentido, ya sea por diferentes motivos.
—¿Puedes pararte, Al? —preguntó Harry, preocupado. El aludido puso los ojos en blanco.
—Claro que sí. Estoy bien; mira, no fue nada —dijo, flexionando la rodilla varias veces para probarle que no le dolía en absoluto.
—¿Podemos volver a jugar, papá? —preguntó James, impaciente.
Le regaló a su pequeño pelirrojo una sonrisa de disculpa mientras asentía con la cabeza. Por más que no fuera nada, él todavía seguía preocupado; podía darse cuenta de que era una raspadura que se curaría enseguida, sin necesidad de alguna poción o ungüento. De hecho, observó como el niño ya montaba otra vez su escoba y volvía a jugar con sus hermanos como si nada hubiera pasado. Y es que nada pasó, pero Harry no pudo hacer a un lado sus impulsos de padre consentidor.
—Kreacher, voy a salir. Vigila a los niños por mí, ¿quieres? —Le pidió al viejo elfo mientras se abrigaba.
—Por supuesto, amo. Kreacher será un buen elfo y vigilará a los amitos de este decrepito elfo. Es un honor para Kreacher cui…
Cerró la puerta, interrumpiendo el absurdo, y Harry sospechaba que sarcástico, discurso del elfo. Si no fuera porque en verdad lo necesitaba, lo devolvería a las cocinas de Hogwarts. No se había dado cuenta de que era tan tarde hasta que salió de la casa; el sol comenzaba a ocultarse. Se desapareció hasta Hogsmade con destino a Honeydukes para comprarle algunos dulces que sabía que a Albus le encantaban. Claro que también compraría para sus otros dos hijos, pero trataría de ocultar algunos dulces más para el que se había herido y se los daría después de la cena.
Iba caminando deprisa, aprovechando que había poca gente transitando el lugar, y con la cabeza gacha, mirando el piso para evitar tropezarse con algo. Lo que no previó es que alguien lo podría chocar a él. Levantó la cabeza rápidamente y se asombró al reconocer nuevamente la resaltada cabellera rubia. Esta vez, Malfoy parecía más afable que cuando se encontraron, pero sus ojos grises demostraban más tristeza que esa vez. No tuvo tiempo de preguntarle qué era lo que le estaba pasando, ya que un niño que era la viviente copia de Malfoy, se hizo notar, hecho que lo hizo sorprenderse. ¿Malfoy tenía un hijo? ¿Desde cuándo?
—Scorpius, él es Harry Potter, un ex compañero del colegio —presentó el rubio mayor, secamente.
—¿Él es el mago estúpido al que siempre culpas, papi? —Escuchó preguntar al pequeño.
—Vaya, tienes un hijo muy especial, Malfoy —dijo una vez que dejó de reírse.
Y Harry no se equivocó al hacer tal observación porque segundos después el niño le daría la respuesta de qué era lo que al parecer atormentaba a Malfoy: el jodido rubio petulante, arrogante, desagradable y mal agradecido, se había quedado en la calle con su hijo. ¡Merlín!, ¿cuándo había pasado eso? Harry siempre creyó que el día que Malfoy se quedara en la calle, él estaría buscando la forma de traer a Voldy de regreso. Al parecer, cosas muy extrañas pasaban todos los días, como el repentino impulso de alojar al rubio en su casa.
¡Oh, no, de ninguna manera!, replicó Harry, no le ofreceré mi casa a Malfoy, claro que no. Fue en ese entonces cuando el moreno pudo experimentar lo que los muggles llamaban: el angelito y el diablito. Dos pequeños Harry's se posaron en su hombro, los veía con claridad, uno tenía un par de cuernos rojos y el otro una aureola dorada. Genial, ya se estaba volviendo loco.
—No puedes dejarlo en la calle, Harry —regañó el Harry bueno.
—Claro que puede. ¡Es Malfoy, estúpido! El mismo que le hizo la vida imposible en el colegio —refutó el Harry malo.
—¡Eso fue hace mucho! ¡Ahora ya son adultos! —Siguió protestando el otro.
—¡Já! ¿Adultos, dices? Te recuerdo que hace unos días el hurón, cretino oxigenado ese, nos mandó a la mierda —contrarrestó.
—Sí, bueno, pero… pero… ¡Tiene un hijo! ¡No podemos dejarlo solo, a la deriva, con un niño tan pequeño! —dijo el de la aureola.
El Harry malo pareció meditarlo un segundo, hasta que chasqueó la lengua disgustado.
—De acuerdo, tú ganas esta. Ya quiero ver como reacciona la pelirroja esa —Y con una sonrisa macabra, desapareció. Acto seguido, el Harry bueno sonrió triunfante, desapareciendo también.
De acuerdo, eso fue demasiado raro hasta para Harry Potter, pero prefirió no cuestionar su salud mental ahora mismo. Era cierto, el rubio tenía un niño pequeño a su cuidado y no tenía un techo, comida, o siquiera un lugar temporal donde protegerse del frío; Harry no iba a permitir que alguien sufriera, ni siquiera Malfoy, algo como eso cuando él podía fácilmente darle una mano. Decidido, le impuso al ex Slytherin irse a vivir a su casa y, luego de una pequeña discusión con el Orgullo de Malfoy, por fin logró convencer al rubio de que tenía el suficiente espacio para acogerlos a ambos. Está bien, quizá no fue él quien logró convencerlo, sino su hijo, pero esos eran detalles.
—Bienvenidos a Grimmauld Place —presentó Harry.
—¡Yey! —festejó Scorpius.
—Mfsfms —gruñó Malfoy.
—¡Harry James Potter! ¡¿Qué significa esto?! —gritó Ginny, apareciendo por la puerta de Grimmauld Place.
… ¿Continuará?
N/A: ¡Hooooooli! Ah, que lindo poder subir capítulo antes de los diez días. Ay, ay, ay, estoy tan contenta de que gustara tanto la historia. Vamos, a no bajar que todavía no vino lo mejor y recién vamos por los prólogos. xD. Esperaré sus dulces y sensualosos reviews.
Gracias a AlexLopezGua, PukitChan, lucas1177, Lily Dangerous Black, natyob, jessyriddle, Lunatica Dark, Joe, Nannay, Kasandra Potter, G-Allessandra y JAFRIN por comentar. También agradecer a los que pusieron en Favoritos y Follows este fic, :D.
Aclaración al review de JAFRIN: Oh, depende; hubo varios casos en mi familia en los que no se heredó nada sin testamento. Y en el caso de Malfoy, el Ministerio se expropió de todo; quiero decir, si bien seguían teniendo sus poseciones, hay una clausila que más adelante explicaré. :).
Infinito agradecimiento a Maye Malfter por betear este fic y tener infinita paciencia y más allá. Sabés que me encanta que lo hagas. (L.
Besotes con cariño y gracias por leer.
