Harry Potter, ni ninguno de sus personajes me pertenece, es propiedad de J.K. Rowling.
Capítulo tres: No tan distintos.
Ciertamente, Draco no estaba sorprendido por la reacción de la Weasley. De hecho, era como realmente se suponía que debía reaccionar. Gracias a Merlín, porque él ya empezaba a dudar de si no estaba en un mundo paralelo donde Potter le ofrecía ayuda; él se dejaba ayudar; y la Weasell no se oponía a tal decisión, permitiendo que Draco conviviera en el mismo espacio que ella. Tampoco era como si él quisiera vivir con ella en el mismo sitio, con Potter ya era suficiente; pero no, también tenía que soportar a la familia de este y respirar el mismo aire que ellos. Por Circe, hubiera dado media vuelta para irse en cuanto la vio aparecer por la puerta, si no hubiese recordado por qué estaba ahí; miró hacia abajo, encontrándose con la mirada asustada y aguada de su hijo, quien se aferraba fuertemente a su pierna con sus manitas. Trató de sonreírle de forma tranquilizadora a pesar de la ira contra la comadrejilla por haber asustado a su progenie.
─¡Bajo ninguna circunstancia! ¡¿Me oyes?! ¡De ninguna manera, ese… mortífago ─escupió con desprecio─ va a vivir en MI casa junto a MI familia!
─Ginny, por favor, déjame… ─Trató de pedir Potter, frotando sus ojos por debajo de sus lentes. Draco recordaba haberlo visto hacer esa acción cuando iban a Hogwarts, cada vez que estaba a punto de perder la paciencia.
─¡No! ¿En qué diablos estabas pensando, Harry? ─interrumpió la pelirroja, gritando cada vez más fuerte.
El rubio observó por el rabillo del ojo como varios muggles, vecinos de Potter, comenzaban a acercarse a la ventana; algunos miraban con expresión confundida y otros, expectantes; pero al fin y al cabo, todos aglomerándose para presenciar el espectáculo que la pobretona ─sí, aunque tuviera toda la fortuna del mundo y él absolutamente nada, ella seguiría siendo, ante sus ojos, una pobretona aprovechada─ estaba montando con sus gritos. Se contuvo de bufar, cuan chusmas podían llegar a ser.
De todos modos, no sólo Draco había notado la presencia de ellos, supo que el ex Gryffindor también lo había hecho cuando su mirada verde suplicante cambió a una expresión dura y de enfado.
─Basta, Ginevra. Lo hablaremos adentro ─sentenció Potter, sin gritar pero con los dientes apretados, comenzando a caminar hacia la puerta de entrada.
La mencionada abrió la boca, incrédula.
─¿Disculpa? ¿Acaso escuché bien? ¿Estás de su lado? ─acusó ella, todavía escéptica, en un tono de voz peligrosamente bajo.
Sin embargo, eso no detuvo al moreno de pasar por su lado sin inmutarse para llegar hasta la puerta y abrirla tranquilamente. La mantuvo abierta mientras esperaba que los tres entraran. O eso supuso Draco.
─Malfoy no va a pisar mi casa ─sentenció ella, tozudamente.
Esta vez, Draco tuvo que fruncir el ceño con enojo y apretar fuertemente sus labios para no dejar escapar la sarta de insultos que tenía en la punta de la lengua. ¿Por qué hablaba como si él no estuviera presente? ¿Quién carajo se creía que era? Todo sea por Scorpius, todo sea por Scorpius, se repetía mentalmente una y otra vez, sin atreverse a mirar a su hijo.
─Malf-Draco ─rectificó─ es mi invitado, así que, te guste o no, él se va a quedar, con su hijo, a vivir con nosotros porque resulta que esta también es mi casa ─contestó Potter, con voz endurecida.
La idea de estar en un mundo paralelo volvió nuevamente a su cabeza. ¿Estaba chiflado o Potter lo había llamado por su nombre? No, aún más impactante: ¿acababa recién de defenderlo de la comadrejilla? ¿A él? Bueno, no lo había defendido propiamente dicho, pero se había mantenido firme en la decisión de que Draco viviera ahí, sin importarle que su esposa fuera a matarlo de un momento a otro. Ya podía ver los encabezados: "Lo que Voldemort no pudo terminar, su esposa sí pudo". Vale, tal vez estaba exagerando, pero tenía derecho a soñar, ¿no?
Ginevra Weasley le dedicó a Draco una ─de muchas─ mirada envenenada antes de traspasar la puerta que el moreno todavía sostenía abierta, indignada. Observó cómo Potter soltaba un suspiro resignado; seguramente sabía que le esperaban más gritos ─o un Avada Kedavra─ adentro. Aun así, Potter no entró, sino que siguió manteniendo la puerta abierta, esperando.
─¿Qué estás esperando, Potter? ¿Qué te dé permiso para entrar? ─cuestionó Draco, de mal humor. Ya no tenía ganas de ser agradable; estaba cansado, hambriento y fastidiado como para andarse con delicadezas. Mucho menos iba a tener consideración con el Auror.
─Estoy esperando que entres, Malfoy ─respondió el otro, con una inquietante tranquilidad, ignorando el ataque y tono de voz del rubio.
─No voy a entrar, Potter ─aseveró, cruzándose de brazos.
─Por favor, no lo hagas más difícil y entra, ¿de acuerdo? ─Si bien sonaba como una invitación amable, la manera brusca y seca con la que Potter lo dijo, dejaba en claro que no estaba ni cerca de serlo.
Iba a replicar y a gritar que ya estaba harto de que lo mangoneara; que él no era su sirviente para que le diera órdenes, cuando sintió un apretón en su pierna izquierda. Al mirar hacia abajo, se encontró con la mirada de reproche de su hijo. Oh, claro, su hijo estaba ahí. La razón por la que se estaba tragando su orgullo, dignidad y, sobre todo, sus insultos. No es que hubiera olvidado la presencia del pequeño; era imposible hacerlo cuando él era el verdadero motivo por el que estaba soportando todo eso, incluso la disputa matrimonial entre Potter y la otra andrajosa; era sólo que se sentía tan incómodo y frustrado como para darse cuenta de lo real que era su situación actual y lo que pasaría a continuación, en cuanto cruzara esa puerta.
Lo cierto era que Draco no quería vivir con Potter y su familia por una sencilla razón: Draco no quería tener deudas con él. O al menos, no más de las que ya tenía. No era justo, en serio que no. ¿Por qué la vida se empeñaba en que el jodido hombre-con-más-vidas-que-un-gato lo salvara? ¿Acaso era una especie de venganza? ¿Qué problema había en que Draco quisiera conservar un poco de orgullo? ¿Era tan malo que quisiera conservar un poco de su antigua dignidad? Lo peor era que él ya sabía las respuestas a esas preguntas. Suspiró largo y profundo y tomó la mano de Scorpius, quien sonrió con aprobación ─¿cuándo habían cambiado los roles?─, para comenzar a caminar hacia donde estaba Potter. Cuando pasó por el lado del Auror, escuchó como éste le susurró un "gracias", algo que asombró a Draco pero que no lo demostró, por lo que sólo se limitó a dar un breve asentimiento. Una vez adentro, la puerta se cerró finalmente y el rubio sintió un repentino sentimiento de claustrofobia.
El número doce era, ¿cómo decirlo? ¿Horrible? ¿De mal gusto? ¿Erróneamente decorada? ¿Definidamente la casa más acorde a Potter? Sí, quizá la última opción fuera la correcta. Draco recordaba vagamente haber venido de visitar alguna vez cuando era pequeño. Recordaba haberse asustado por lo lúgubre y tétrico del lugar. Sin embargo, ahora era un sitio bastante diferente: estaba más iluminado; ya no estaba tapizado, sino que en cambio se veían las paredes blancas recientemente pintadas. También los muebles habían cambiado; aunque seguían siendo de mal gusto, claramente. Suponía que Potter había remodelado para hacerlo medianamente habitable, dejando su marca registrada de "no sólo me visto mal, sino que también tengo pésimo gusto para la decoración". Arriesgaba el cuello a que la pelirroja tampoco debía tener muy buen gusto si se había casado con Potter y había permitido tal decoración. Se preguntó hasta dónde se podría extender esa manía de escoger lo más horripilante, ¿hasta sus hijos?
Hablando de los hijos de Potter…
Tres pares de ojos los observaban, a Draco y Scorpius, desde detrás del sofá. El ex Slytherin puso los ojos en blanco; dignos herederos de su ex rival. En cuanto los dos pares de ojos marrones y el par de ojos verdes se vieron descubiertos, se ocultaron rápido detrás del sillón.
─Niños, vengan aquí; ya los vi ─informó Potter, reprimiendo una sonrisa divertida.
Tres pequeños de, aproximadamente, la edad de Scorpius, salieron a paso lento desde detrás del sofá, bajo la mirada atenta de ambos adultos y la expresión sorprendida del infante. El heredero Malfoy no estaba sorprendido de que alguien agradable como Harry Potter tuviera hijos; de hecho, el pequeño rubio tenía la creencia de que las personas agradables tenían hijos, como su padre, así que, por lógica, el héroe mágico también debería tenerlos; lo que sí no se hubiera imaginado es que tendría tantos. Eso lo entusiasmaba ya que no sería el único niño y tendría a alguien más con quien jugar que no fuera su padre.
Draco sintió como su hijo se agitaba un poco. Genial, seguro que querría interactuar con los tres niños que se encontraban frente a ellos, formando una fila, con una expresión inocente. Lo malo es que Draco dudaba que su hijo pudiera llegar a congeniar con los hijos de Potter. Primero porque, él creía, las comadrejitas debían haber oído más de una vez su apellido, seguido de una explicación de por qué los Malfoy eran malos ─seguro que hasta debían tener una larga lista de razones escritas por la comadreja pelirroja de Ron Weasley─; y segundo, porque Scorpius era, bueno, un Malfoy. Jamás podrían llegar a tener una amistad. Era mezclar el agua con el aceita; como mezclarlos a Potter y a él. Así de imposible.
─Malfoy, te presente a mis hijos: James, Albus y Lily ─señaló el moreno, con un deje de orgullo impregnado en su voz─. Niños, él es Draco Malfoy y éste pequeño de aquí es Scorpius; tiene seis años como tú, Al ─presentó afable, como si fueran amigos de toda la vida.
Draco creía que era porque estaban sus hijos presentes que el Auror se comportaba de manera amable. Ah, sí, y también porque tendrían que convivir en la misma casa por quién sabe cuánto tiempo.
Comprobó como el pelirrojo, quien seguramente era el mayor de los tres, hacía una mueca y como el mini-Potter ─que lo partiera un rayo si no era la copia fiel del ex Gryffindor─ comenzaba a dibujar una sonrisa. Obviamente, la niña no mostró más expresión que la de mirar sin comprender a su padre, ya que no debería tener más de dos o tres años; todavía el exterior debía de serle completamente ajeno. Lo que llamó la atención del rubio fue el niño que desentonaba entre sus hermano pelirrojos con su melena negra. No era una reacción esperada ─o normal─ que el pequeño sonriera. Y si esa simple acción lo dejó sorprendido, el siguiente paso del niño lo dejó casi con la boca abierta: Albus ─vaya originalidad tenía Potter para elegir nombres─ se acercó hacia su hijo y le tendió la mano.
─¡Hola, yo soy Albus! Espero que seamos buenos amigos ─dijo con una sonrisa, mostrando todos sus dientitos de leche.
Scorpius alzó la vista de inmediato hacia su padre en busca de aprobación para responder el saludo, con una mirada suplicante. Su papá parecía estar en shock, ni parpadeaba; al contrario del señor Potter ─sí, Harry ya se había ganado su respeto─, quien sonreía alentadoramente. Justo lo que él estaba buscando.
─Soy Scorpius y también espero lo mismo ─contestó, devolviéndole la sonrisa, pero no tan abiertamente; no podía perder su estilo de un momento a otro.
─Bien, iré arriba a hablar con Ginny. Diviértanse, chicos; Malfoy, te los encargo ─Se despidió Potter, renuente.
Draco puso los ojos en blanco. Seguro que les había presentado a sus hijos sólo para retrasar el momento de enfrentar a la Weasell. Claro, un Mago Oscuro despiadado, sin problemas; pero enfrentarse a su propia esposa, no gracias, paso. Lógica de Gryffindor: jamás la entendería.
─¿Qué…? ¡Espera, Potter, yo no…! ─Demasiado tarde, el muy desgraciado había desaparecido por las escaleras.
Se volteó para mirar a los cuatro infantes frente a él. El día parecía no tener fin.
Harry se acercó lentamente hacia la puerta de su habitación. Lo bueno es que, al contrario de sus otras discusiones, esta vez sí sabría sobre qué estaban discutiendo. Pero eso no disminuía los nervios o el enojo, mucho menos el sabor amargo que tenía en la boca. ¿Y si Ginny le pedía el divorcio? Era una opción que realmente no podía descartar por ser la más probable. Pero, ¿y si se iba lejos, llevándose a los chicos con ella? No, su esposa no haría eso; ella no sería capaz de alejarlos de su lado por más grave que fuera la situación. Por primera vez, no tenía idea de cómo reaccionar o de lo que ella le diría. Sí, puede que se hubiese excedido con ofrecer ─obligar─ a Malfoy vivir en su casa, pero ya no podía dar marcha atrás. Aun cuando hubiese sido obra de su impulsividad, él no estaba dispuesto a retirar su ayuda tampoco porque gran parte de la decisión que había tomado se debía al pequeño rubio y no a su desconocida ansiedad por abordar a Malfoy cuando estuvieran solos, llenándolo de preguntas que ni él sabía de dónde salían. Por supuesto que no, para nada.
No retrasó más el momento. Sacudió un poco su cabeza para ahuyentar pensamientos platinados y con un suspiró, abrió la puerta. Dentro, una muy enfadada Ginny Weasley se encontraba sentada, de piernas cruzadas, sobre la cama. Mierda. Cerró la puerta despacio y puso un hechizo insonorizador para que no se escuchara en el exterior la próxima discusión.
─No quiero a Malfoy aquí ─Fue la primera demanda de la pelirroja. Bien, esa frase era esperada.
─Yo tampoco ─aclaró Harry, observando como Ginny bajaba la guardia enseguida y le dedicaba una mirada confundida e incrédula─. Yo tampoco ─Volvió a repetir, acercándose hacia ella.
─¿Y entonces? ¿Qué es lo que hace en m-nuestra casa? ─preguntó, alterada.
─Se quedó en la calle. No tiene a donde ir y… tiene un niño, Ginny, no podía dejarlo solo ─Se excusó el moreno, pasando una mano por su pelo, nervioso.
─¿Y qué se supone que tenemos que ver nosotros? ¡No es nuestro problema, Harry, se lo merece! ─exclamó, poniéndose de pie.
─¡Ya te lo dije! Tiene un hijo de la edad de Albus, tú lo viste ahí fuera. No iba a dejarlo solo cuando… ¡ponte en mi lugar! ¿Qué hubieras hecho tú? ¿Dejarlo solo con un niño pequeño al que no puede darle ni siquiera un plato de comida? ─cuestionó él─. ¿Y si hubiera sido al revés? ¿Si hubieras sido tú quién no tenía a dónde acudir, sola y con un hijo a cargo? Imagina la situación por un momento ─pidió, enojado.
Su mujer pareció meditarlo por un segundo, con los ojos entrecerrados. Harry tenía claro que era una jugada sucia, pero no por eso dejaba de ser efectiva, y si tenía que usar su lado Slytherin para lograr su cometido y salir airoso del problema, lo haría. Observó como Ginny aspiraba fuertemente y luego soltaba un suspiro de resignación. Victoria.
─Ambos sabemos muy bien que si la situación fuera al revés, Malfoy no haría lo mismo ─dijo. Harry abrió la boca para replicar, pero ella se apresuró a continuar─. Sin embargo, no logro comprenderte, Harry, juro que lo intento, pero… ─Soltó un bufido─. De todas formas, ¿no podías traer al hijo de Malfoy, sin Malfoy?
─Bueno, Malfoy pidió algo parecido, pero Scorpius se negó a venir sin su padre; y, ciertamente, Gin, dudo que un niño quiera irse con un desconocido sin sus padres. Recuerda como Albus lloraba cada vez que lo dejábamos en la Madriguera hasta hace no menos de dos años ─explicó, encogiéndose de hombros, contento con haber ganado una discusión en seis meses que llevaban peleando.
La pelirroja ladeó la cabeza, mirándola recelosa. Sin duda, iba a decir algo más, pero pareció arrepentirse y optó por suspirar.
─Escúchame bien, si Malfoy hace solo una, y sola una, queja o se comporta de manera inapropiada, me encargaré yo misma de hechizarlo y echarlo a patadas, ¿entendido? ─advirtió.
El ex Gryffindor no pudo más que asentir en respuesta, repentinamente invadido por un sentimiento de paz. Bueno, no podía garantizar que las cosas salieran bien, pero al menos ya habían dado el primer paso: aceptar la situación, y eso le bastaba por ahora. Ginny masculló algo entre dientes y se metió en el baño del cuarto, cerrando de un portazo. Él aprovechó que todavía no lo había maldecido y, haciendo gala de su valentía Gryffindor ─léase el sarcasmo─, salió rápido de la habitación, casi volando escaleras abajo.
Durante el tiempo que Potter y la comaj-su esposa habían estado discutiendo arriba, Draco se dedicó a vigilar a los niños; no porque el idiota del Gryffindor se lo hubiera pedido, sino porque no lograba entender la extraña alianza que se había formado entre su hijo y los hijos de Potter: los cuatro se encontraban sentados alrededor de una mesita para niños, en un rincón alejado de la sala, entre miles de hojas y lápices de colores, dibujando como si se les fuera la vida, comparando y riendo. No lograba comprenderlo.
Despegó la vista de los infantes para mirar hacia la ventana, comprobando que ya era de noche. Estaba tan cansado, hambriento y con la cabeza a punto de explotar, preguntándose una y otra vez cómo era posible que su vida hubiera cambiado tanto en un solo día. Incómodo y dudoso, Draco se despegó de la pared donde estaba recargado y se acercó hacia el sofá, tomando asiento rígidamente. Tenía que admitir que era un sillón horrible, como su dueño, pero demasiado cómodo para su disgusto. Sin quererlo, terminó recostándose en él y a los pocos minutos se quedó dormido, sin percatarse de que cierto moreno de ojos verdes lo observaba fijamente.
Harry nunca había visto esa expresión de paz en la cara de Malfoy; ni una sola vez en sus siete años en Hogwarts. Era… nueva y hasta se atrevía a decir que cálida. Pero se estaría mintiendo demasiado al pensar que el rubio podría llegar a ser una persona cálida. Tal vez con su hijo sí, pero no con él. ¿Por qué pensaba tanto en Malfoy y sus expresiones faciales? ¿A él qué le importaba como lucía el rubio? Nada, absolutamente nada. Frunció el ceño y apartó bruscamente la mirada, dirigiéndose a la cocina para comprobar que Kreacher estuviera haciendo la cena, sin poder evitar preguntarse cómo era posible que su vida hubiera cambiado tanto en un solo día.
Y lo peor es que todavía no terminaba.
─¿Malfoy? Despierta, ya está la cena. ¿Malfoy? ─Lo llamó Harry.
Fue cuando apenas lo rozó con su mano para zarandearlo que Malfoy despertó sobresaltado, mirando para todos lados, hasta enfocar la vista en él.
─¿Potter, qué…? Ah, sí, cierto, estamos en tu casa ─masculló bajito, incorporándose de manera elegante y arreglándose el cabello ligeramente desordenado─. Lamento haberme dormido en tu sofá, no era mi intención ─aclaró, incorporándose, rehuyendo la mirada del Auror.
El moreno puso los ojos en blanco. Malfoy se disculpaba por idioteces en vez de por cosas realmente importantes. Aunque sabía que en realidad se debía más a que lo había encontrado durmiendo en una posición poco digna.
─No importa. Ven, vamos a cenar; los niños nos están esperando.
Malfoy asintió una vez y siguió a Harry hasta la cocina donde, efectivamente, sólo los niños estaban sentados en la mesa.
─¿La com-tu esposa no va a cenar con nosotros? ─preguntó con un deje de burla mal disimulada.
─No ─contestó Harry, secamente, ignorando el tono de burla de Malfoy y tomando asiento en la punta de la mesa, con James de un lado y el rubio mayor del otro.
─Así que me desprecia lo suficiente como para morirse de inanición, encerrada en su propia casa. Interesante ─comentó como quien no quiere la cosa.
─Limítate a comer, Malfoy ─ordenó Harry, tratando de controlarse para no lanzar algún insulto o golpe hacia el rubio.
Mientras los adultos hacían ese breve intercambio de palabras, los menores se dedicaban a observar y comer. No eran estúpidos como para no darse cuenta de que sus padres no se llevaban, lo que se diría, bien. De hecho, que su madre no bajara a cenar, lo confirmaba; pero era mejor dejarlos que resolvieran sus problemas y no meterse. A menos que la situación lo ameritara, claro. Ellos cuatro habían entablado amistad de inmediato: Scorpius y Albus habían sido los valientes en dar el primer paso; pronto, James, decidido a no quedarse atrás, se había acercado hacia ellos mientras dibujaban y, minutos más tarde, ya había determinado que Scorp le caía bien porque hacía unos dibujos de dragones asombrosos. Por otro lado, Lily no participaba, pero se lo había pasado bien con sus hermanos y el nuevo integrante, riéndose de todo.
Sin embargo, los varones se cuestionaban el por qué los adultos tenían que ser tan complicados. En especial sus padres. Scorpius les había contado los encontronazos ─exagerando─ entre sus padres y todo lo que habían dicho estos. Si ellos cuatro se llevaban bien, ¿no deberían llevarse bien sus papás también? Automáticamente, James, Albus y Scorpius se miraron entre sí, con sonrisas cómplices mientras terminaban de cenar en silencio.
─Descansa, Al. Tú también, Scorpius ─despedía Harry a cada uno de los niños en el cuarto de Albus, donde también Scorpius dormiría a partir de ahora.
─Buenas noches, papá.
─Buenos noches, señor Potter.
Dijeron ambos al mismo tiempo. Debía reconocer que le causaba gracia que Scorpius siguiera pronunciando su apellido de esa manera tan Malfoyesca. El moreno cerró la puerta y suspiró; hablando de costumbres Malfoyescas…
─¿Dónde están las sábanas? ─interrogó Malfoy, recargado en la pared, al final de la escalera.
─¿Para qué las necesitas? La cama en el cuarto de invitados ya está hecha ─avisó, extrañado.
─Dormiré en el sillón; ahora, si eres tan amable de responder ─demandó el rubio.
─Malfoy, sólo… por favor, no hagas esto más difícil. Ve a dormir al cuarto de huéspedes, ¿quieres? ─espetó Harry, enojado con la actitud de su inquilino.
─No, no quiero, Potter. Olvidalo, dormiré sin ellas; no las necesito ─Chasqueó la lengua y se adentró en la sala.
─¡Maldita sea, Malfoy! ¿Quieres comportarte como un adulto de una vez y dejar el infantilismo y tu orgullo de lado? ─exclamó Harry. ¿Acaso no podía el rubio dejarse ayudar sin cuestionar o, mínimamente, sin hacerlo enfadar en el proceso?
─¿Orgullo? ¿Infantilismo? ¿De qué mierda me está hablando, Potter? ¿Acaso no te diste cuenta de la situación en la que estoy todavía? ¿Crees que es fácil, idiota? Que tengas que aparecer tú y ayudarme como si fuera… como si fuera un indigente o algo parecido. ¡Vete al infierno! ─gritó Malfoy, furioso y respirando agitado.
Por su bien, Harry decidió callarse. Quería gritarle tantas cosas en ese momento; como que era un puto egoísta que no se daba cuenta de todo lo que estaba haciendo por él; que la puerta estaba abierta y que podía irse cuando quisiera; que él también podía irse al infierno; pero se contuvo porque comprendía, más que entendía, lo que estaba queriendo decirle Malfoy. Y realmente, por este día, no quería seguir discutiendo, así que hizo a un lado todos sus pensamientos y le dio la espalda, listo para irse a su cuarto.
─Mañana hablaremos. Que descanses, Malfoy ─Se despidió, sin esperar respuesta.
Y por supuesto que mañana hablarían. Harry todavía tenía que averiguar qué era lo que había pasado para que el ex Slytherin se quedara en la calle. Aparte de que también tendría que ayudarlo a conseguir un trabajo, ¿y eso cuánto podría llevarle? Al parecer no había pensado muy bien las cosas. Por suerte, al llegar a su cuarto, Ginny estaba dormida.
Mientras Potter suspiraba aliviado porque por fin podría dormir, Draco lloraba en silencio en la sala.
… ¿Continuará?
N/A: ¡Hoooooooooliiiiiii! ¡Bellooooooo! No sé cuanto me tardé esta vez, ni siquiera voy a ponerme a pensar en eso, pero no me crucien, T.T. En fin, no tengo mucho que decir esta vez. Sólo espero que no se decepcionen y me abandonen como un perro. Espero que su corazón esté lleno de bondad al igual que el de Harry que no abandonó a Draco, T.T. Ya, mucho drama. Espero sus sensualosos y genialosos sobrevalorados reviews.
Gracias infinitas a Lucas1177, Deardeay, PukitChan, NUMENEESSE, Kasandra Potter, jessyriddle, susigabi, Cannelle Vert, Liziprincsama, Gwenderland, JAFRIN, xonyaa11, Shirokyandi, Kuroneko1490 por sus sensualosos reviews. Se pasaron, en serio, muchas gracias con todo el fondo de mi corazón. (L).
Respuesta al rw de JAFRIN: Tu lógica es muy interesante, realmente. ¿Hueles a gato encerrado? Emmmm, me gustaría leer sobre eso, chica.
Como siempre, gracias infinitas a Maye Malfter, una diosa de persona que se encarga de betear este fic.
Besotes con cariño y gracias por leer.
