Capítulo nueve: tregua.


Ginny Weasley no quería volver a su casa. Por primera vez en años, no quería ver la cara de Harry. Jamás habían llegado a un punto tan inflexible en su relación en el que ella no quisiera tenerlo cerca y una parte de su cabeza, no podía creerlo. No había vuelta atrás, iban a divorciarse y ella se iba a mudar con sus hijos. Pero a pesar de lo que Harry había entendido, ella nunca le prohibiría verlos. Su ex marido malinterpretó sus palabras, y como siempre él acudía al enojo y no la escuchaba.

Hacía años que no la escuchaba.

Suspiró, tomó su trago y miró su reloj: casi las seis de la tarde. No podía seguir escondiéndose en un bar del Londres muggle, no podía saltearse la cena que compartía con sus hijos. Era hora de volver, poner su mejor cara y fingir que nada estaba mal. Entonces recordó que también vivían con Malfoy y su gesto se torció en una mueca de desagrado.

¿Por qué Harry tuvo que arruinar todo?, se cuestionó, con rabia, sabiendo que estaba siendo injusta. No odiaba a Malfoy, ya no, ni siquiera le guardaba rencor. De hecho, su situación le daba un poco de pena, más que nada por su hijo. Pero que viva con ellos había sido una decisión idiota. Se enojó de nuevo. ¿En qué diablos había pensado Harry? Pero para responder esa pregunta tendría que reconocer un montón de fantasmas que la atormentaban desde cuarto año.

-¿Ginny Potter? -preguntó un camarero muggle.

-Sí, soy yo -respondió. No parecía ser un mago como para reconocerla. El camarero le extendió una carta que tenía en su mano y ella la recibió, con el ceño fruncido-. Gracias -le dijo antes de que este girara para irse.

Al abrir la carta y leerla, tuvo que reprimir con todas sus fuerzas el ponerse a gritar. Dejando un billete sobre la mesa, caminó a paso rápido hacia una calle desierta y se desapareció hacia su casa.

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Cuando Draco entró a la cocina, la mesa estaba lista y los platos servidos. Estaba aseado, descansado y con ropa nueva, lo cual hacia que se sintiera renovado, un poco como su viejo yo. No podía decir lo mismo de su hijo: Scorpius nunca había estado más sucio en su vida. El menor estaba sentado en la mesa, entre medio de Albus, también sucio, y Lily. Al lado de ella, estaba Potter, ubicado en la punta, dándole la espalda a la entrada de la cocina; del lado derecho estaba James, sentado en medio de dos asientos vacíos. La calma que sintió antes de entrar se esfumó enseguida. De modo que la esposa de Potter sí los iba a acompañar para tener la charla, y no solo eso, sino que también tendrían que cenar juntos por primera vez. Estaba horrorizado y curioso por cómo iba a terminar esto.

-¿Te vas a quedar ahí parado toda la noche o vas a moverte y dejarme pasar?

-¡Mami está siendo grosera! -exclamó Lily, riendo.

Malfoy torció la boca en una mueca de desagrado al mirar a Ginny, quien le devolvía la misma mirada.

-¿Los modales no es algo recurrente entre los pobres?

Como respuesta, ella fingió no oírlo, caminando hasta sentarse al lado de Harry, el cual quería desaparecerse en ese mismo instante antes de tener que soportar una cena que sabía que iba a ser tensa. Con un poco de suerte, no se la agarrarían con él.

-Papá -llamó Scorpius-, quedarte mirando con la boca abierta es de malos modales.

Draco ahogó un suspiro, cerrando la boca y sentándose en el único lugar que quedaba vacío, al lado de James, frente a Lily.

-¿Acaso eres mi padre o mi hijo? -murmuró, ignorando la astilla de dolor que se le atoró en el pecho al pensar en su padre.

El menor le sacó la lengua y antes de que pudiera reprenderlo, volteó su cabeza para seguir hablando con Albus. Lejos de sentirse orgulloso ante esa actitud que bien podría haber heredado de él, se reprochó que su hijo fuera menos infantil que él. ¿Qué diablos había hecho mal?

-Eh, bueno, ¿a comer? -interrumpió Potter, inseguro de cómo actuar ante el rejunte de gente que estaba a su alrededor. Se aclaró la garganta cuando la comida apareció y agregó-: Gracias Kreacher.

Lo único que se escuchó después de las palabras de Harry fue el tintineo de los cubiertos y los susurros de Scorpius y Albus inclinados uno sobre el otro, hablando quién-sabe-qué.

-Son como duendecillos, ¿verdad? Nunca sabes que están tramando -confidenció James a Malfoy, hablándole como si fuera un viejo amigo.

Draco elevó una ceja mientras el chico asentía solemne, como si su información hubiese sido el secreto de un sabio. Pese a todo, decidió seguirle la corriente; hablar con el pequeño Potter era una buena excusa en caso de que los otros dos adultos decidían querer hablarle (lo dudaba, parecían estar en su propio mundo, ambos revolviendo su comida sobre el plato).

-Cualquiera diría que eres tú la cabezilla de todos los planes. En especial los más traviesos -comentó, comiendo un poco de su plato.

La sonrisa bien ancha del niño le confirmó que había caído en su trampa.

-Bueno, podría ser... algunas veces, claro.

James miró a su madre con cierto temor de que lo haya escuchado admitir aquello. El rubio tuvo que contenerse para no reír.

-Con que algunas veces, hum. Por supuesto que el episodio de la lechuza atacándote no fue tu culpa, ¿verdad? Alguien más te mandó -afirmó, como quien no quiere la cosa.

Lo cierto es que quería averiguar el motivo por el que los niños quisieron organizarle una cena con los Potter y más importante aun: quién había sugerido tal idea. Y si el mayor de los niños Potter era tan fácil de irritar como su padre, probablemente encontraría la respuesta.

-eh... puede ser -dudó el niño.

-Porque, obviamente, los líderes hacen los planes, pero los súbditos son los que hacen todo. Y siendo sinceros, tú no eres un líder, ¿cierto, James? -provocó Draco.

El chico lo miro con los ojos entrecerrados mientras masticaba con fuerza. Draco suprimió una sonrisa, puede que Albus hubiese heredado la apariencia de Potter, pero James iba a tener su carácter, estaba seguro.

-Se equivoca -declaró, enojado-. Yo soy el líder de mi grupo. Pregúntele a Lorcan, Lysander o Fred. O a Albus, él siempre hace lo que yo digo.

Todo un gryffindor, qué sorpresa, pensó Malfoy, con ironía.

-Ah, de modo que entonces el plan sí fue tuyo -El chico palideció y giró a mirar a su madre, pero esta seguía absorta en sus pensamientos-. Tranquilo, no le diré nada. Esto queda entre tú y yo -prometió. James volvió a sonreír, relajándose enseguida-, si me cuentas de dónde sacaste esa idea de la cena entre tus padres y yo.

-Hey, eso es trampa -se quejó, pero viéndose entre la peor encrucijada de su vida, respondió-: No fue idea mía, fue de los gemelos. ¡Pero yo armé todo!

El rubio suspiró. Bueno, aquello había sido una pérdida de tiempo. Aunque por lo menos confirmó que ningún adulto estaba al tanto de que él estuviese viviendo con Harry Potter y su familia, todo fue un complot entre infantes.

-¡Ya terminé! Scorpius y yo no queremos postre, ¿podemos irnos a la habitación a jugar un rato? -preguntó Albus, bajándose de la silla, sin la intención real de que le den autorización.

-Quieto ahí, Albus. Están los dos sucios y si bien sus padres los dejaron comer en ese estado -Ginevra los miró reprobatoriamente a ambos, para la sorpresa y disgusto de Draco-, me rehúso a que sigan así. Kreacher -llamó. El elfo apareció enseguida, con una reverencia -, acompaña a Albus y a Scorpius hasta los baños y vigila que se laven bien. Luego corrobora que hayan hecho sus tareas. Si no la hicieron, tienes mi permiso para obligarlos a hacerla. Y si terminaron todo y sobra tiempo, pueden jugar antes de irse a la cama -ordenó, sin mirar a nadie y sin importarle los reclamos de Albus, la risa eufórica de James y que Draco la mirara pasmado-. Ya puedes llevarte los platos. Gracias, estaba delicioso -añadió más amable.

-Vaya, se parece a mi padre, señora Potter -comentó Scorpius, riendo, dejándose arrastrar por Kreacher, al contrario que su amigo, quien luchaba por no ir.

Draco quiso replicarle a su hijo, contrariado ante esa indigna comparación, pero los gritos de la versión mini de Potter lo hizo reflexionar sobre que no era el mejor momento y que iba a estar más seguro si cerraba la boca.

-¡Papá, dile algo, dile que no me haga esto! ¡Por favor! -chillaba, tirando de la túnica de Potter.

-Albus, estás haciendo una escena. Vamos, un baño no es malo, hijo. Pasará rápido -animaba el moreno, divertido, haciendo que su hijo suelte su túnica y sea llevado por su elfo fuera de la cocina.

-¡Muestra tu valentía gryffindor, hermanito! -le gritó James, burlándose, pero se calló enseguida cuando su madre lo miró.

-¿Estás de acuerdo con lo que dije, Malfoy? No lamento haberlo hecho, ni estoy pidiendo tu aprobación, pero no sé si debí incluir a tu hijo en esto.

Increíblemente, Ginny se dirigía directo a él, mirándolo con firmeza, imponiendo algo de intimidación.

-Estoy de acuerdo -contestó el slytherin.

Él hubiese hecho lo mismo que la pelirroja de ser su casa. Un pequeño silencio se instaló entre ellos después de ese intercambio. Sin embargo, el más nervioso y pensante, sin extrañeza, era Harry: miraba de reojo a ambos adultos sentados a su derecha, preguntándose cómo terminó estando en esta situación y si tenía alguna forma de salir de esto sin que alguien se diera cuenta. Pero la tensión no disminuía. En lo posible, sentía que aumentaba, y él estaba en llamas frente a la ansiedad que le producía imaginar lo que seguiría una vez que los tres quedaran solos.

¿Ginny hablaría sobre su divorcio y eventual mudanza frente a Malfoy? ¿Malfoy aceptaría lo que le dijeran en cuanto a convivencia? ¿Podría si quiera participar en un encuentro entre la gryffindor y el slytherin? ¿Se quedaría viviendo solo junto a Malfoy, o Ginny esperaría a que pasaran los tres meses que ella misma sentenció?

Ahogó un grito ante tantas preguntas.

-Lávate los dientes antes de acostarte y no quiero que uses la cosa esa que produce fotos. Mañana hay escuela -le dijo Ginny a James, quien rodó los ojos mientras comía la última cucharada de su postre-. Ah, y por favor acompaña a tu hermana. Lily, espéranos en tu habitación con la pijama puesta, ¿sí, mi cielo?

-Y después dice que no hay favoritos -murmuró James, tomando de la mano a su hermana para salir de la cocina-. ¡Traten de no matarse! -bromeó antes de irse, su sonrisa parecía decir que esperaba que hubiera alguna que otra maldición entre los adultos.

-¡Adiós, mami! ¡Adiós, papi! ¡Adiós, señor Dragón! -se despidió Lily, alegre, sin darle la posibilidad a Draco de corregirla, y finalmente los tres quedaron solos.

Un silencio espantoso se volvió a instalar. Los tres estaban incómodos y no sabían por dónde empezar. En realidad, ninguno quería iniciar la charla. Ginny fingía estar ocupada mirando el recorrido que los platos hacían hasta el lavado. Draco miraba sus manos con la cabeza gacha, como si fuera lo más interesante del mundo, con la presión cada vez más alta, no era capaz ni de poner su máscara marca Malfoy en ese estado de inquietud. Y Harry quería largarse, esconderse bajo la excusa de ir a leerles un cuento a sus hijos y aparecer una vez que todo estuviese bien.

Potter suspiró, se refregó los ojos por debajo de los lentes, y una vez que juntó coraje, habló.

-Creo que... -comenzó.

-Tenemos que... -habló Draco.

-No quiero que... -dijo Ginny.

Los tres al mismo tiempo.

Si hubiesen sido otro tipo de gente, hubieran reído. Pero no lo eran, por lo que se quedaron callados y volvieron a mirar a cualquier parte, más incómodos que antes, esperando que alguno retome la palabra. Por suerte, Ginny lo hizo, carraspeando su garganta para tener la atención de los otros dos.

-He reflexionado mucho, una y otra vez sobre la... situación y he llegado a una conclusión -Entonces miró solo a Draco-. Comprendo que estés complicado, Malfoy, y no es que apoye la decisión de Harry de tenerte aquí. No por rencores pasados, simplemente no apruebo que nadie se meta en mi casa sin que yo esté enterada. Cierto es que tampoco sé si yo hubiera hecho lo mismo que él, o si hubiese aceptado que vengas si se me hubiese consultado. Pero ya que estás aquí, y no estás solo, así que voy a establecer las reglas de convivencia que tendrán que respetar. Sí, Harry, ambos. No me mires así.

Harry cerró la boca porque no tenía forma de defenderse. Acababa de comprender por qué Ginny había estado tan molesta al principio y se preguntó por cuánto tiempo habían sido así las cosas, con él haciendo lo que le dé la gana sin escucharla o pedirle su opinión. La culpa lo golpeó enseguida y el sentimiento de vergüenza le tiñó las mejillas de rosa. Draco en cambio sí abrió la boca.

-Solo para aclararte: no pienso dejarme mandonear por ti si eso es lo que esperas como agradecimiento por tu hospitalidad -dijo, cruzándose de brazos-. Escucharé tus reglas y decidiré si son convenientes para mí también. No porque sea tu casa significa que tendré que ser reducido a elfo doméstico. Ya bastante tengo con ser sirviente de Potter en el ministerio -refunfuñó, estremeciéndose al recordar su nuevo trabajo.

Harry supo que la había jodido. Ginny frunció el ceño, enojada, y volteó a verlo.

-¿De qué está hablando? -quiso saber para el terror de Harry.

Draco arqueó una ceja, tragándose una sonrisa divertida. ¿Potter no le había contado nada a su esposa? ¿Si quiera se hablaban?

-Nada importante -se limitó a decir el moreno, aunque sabía que era una respuesta que Ginny se cobraría más tarde.

Lo confirmó cuando la vio fruncir los labios y agrandar lo ojos. Sus posibilidades de sobrevivir habían bajado al 30%.

-Hablemos sobre la organización primero -dijo la pelirroja, volviendo al tema.

El rubio tiró la cabeza hacia atrás, harto, y Harry se permitió respirar, fingiendo un alivio que no sentía.