Capítulo diez: la suerte de ser un varón Potter.
Albus sabía cosas.
Sabía que James se robaba las galletitas de la cocina después de la hora de dormir. Sabía que Lily miraba sus comics y los dejaba manchados de jugo. Sabía que Scorpius sería su amigo para toda la vida. Y sabía que su padre estaba triste.
Los suspiros que daba todo el tiempo mientras miraba por la ventana, no eran comunes en su padre. El hombre que él conocía sonreía todo el tiempo, le hacía cosquillas, le contaba chistes, y siempre tenía tiempo para Albus. Esta nueva versión de su padre no tenía tiempo para nada, salvo suspirar contra una ventana y llenarse de carpetas que se traía del trabajo.
-¿Podemos ir a Hogsmeade este fin de semana, papá?
-Lo siento, Albus. Tengo trabajo este fin de semana.
Y suspiraba una, dos, tres veces, pasando de carpeta a carpeta, sin importarle que Albus saliera dando pisotones hasta la puerta. Detestaba a esta versión irreconocible y que no tenía tiempo para él. Es decir, tenía a su madre, quien había estado más que pendiente de sus tres hijos estos últimos días, pero no era no lo mismo. Ginny no era Harry.
Pensó en el señor Malfoy, el otro adulto que también vivía en su casa, y se preguntó si Scorpius estaría pasando por lo mismo que él. Así que esa mañana, mientras desayunaban, lo interrogó.
-¡Sí! -chilló su mejor amigo rubio, sorprendiéndolo-. No deja de suspirar y ya no se enoja con los objetos o insulta al aire.
Albus elevó sus cejas, intentando no reírse al imaginar al señor Malfoy peleando con la tostadora de nuevo.
-Humm, esto es muy extraño. ¿Y si hacemos que tengan otra cena?
-Pero no nos salió muy bien la última -ambos hicieron una mueca al recordar-. Podemos ir este fin de semana a Hogsmeade.
Albus resopló, metiéndose una galletita en la boca.
-Mi papá no va a querer. Dice que está muy ocupado trabajando.
-Eso sí que es raro. Mi papá es asistente de tu papá y dice que hace días que no lo ve -dijo Scorpius, poniéndole miel a otra galletita, encogiéndose de hombros ante la boca abierta de su amigo-. Y ya sabes cómo es mi papá, siempre está hablando de Potter.
Ambos rieron ante la imitación que hizo Scorpius de su padre al pronunciar el apellido de Harry. Pero Albus sintió que algo le pinchaba el estómago mientras repasaba lo que el rubio había dicho. Su corazón se apretujó al pensar en que su padre, su héroe, quien le contaba cuentos y chistes, era un mentiroso.
-¿Qué hacen, lagartijas? ¿Curioseando como dos viejas escobas?
Albus se sobresaltó al escuchar a James, pero Scorpius no se había sorprendido al ver al mayor de los hermanos Potter entrar. Al contrario, estaba sonriendo como si hubiesen prendido el árbol de Navidad. Su estómago volvió a pincharle, esta vez con más intensidad, más desagradable.
-¡Hola, James! ¿Galletita? -ofreció Scorpius, ofreciéndole una de las galletitas cubiertas de miel que tenía en su plato.
Mini Potter frunció el ceño. Scorpius nunca convidaba sus galletitas. Miró a su hermano tomar asiento a su lado y el arrebato de tirarlo de la silla le picó las manos.
-Ew, -dijo James- ¿tienen miel? Papá también las come así. Son unos raros.
El comentario no había sido grave, a Albus ni siquiera debería haberle molestado, pero cuando vio a Scorpius bajar la cabeza y borrar su sonrisa, no pudo evitarlo, así que no ignoró más el picor de sus manos y empujó la silla de su hermano haciendo que cayera al suelo junto con él.
Harry inspiró hondo, amargado, y enterró la cabeza entre sus manos. Hacia rato que deseaba un día de paz, un día sin ruido, sin que tuviera que salir corriendo por algo. Pero debería haberlo sabido mejor antes de tener hijos.
-Te traeré un folleto de la oficina la próxima vez. Algunos hablan sobre el bullying y son muy buenos -dijo Hermione, cediéndole un café y sentándose a su lado.
-Mi hijo no es bully -se quejó, sacando su rostro de sus manos para aceptar el café-. Fue una simple pelea de hermanos, Hermione. Ya vas a entenderlo.
La mujer se cruzó de brazos sobre su prominente panza de cinco meses.
-Dudo que Rose vaya a dejarle un ojo morado a su hermano, o que Hugo le parta el labio -Harry la miró con una ceja alzada-. Ay, está bien que tengan sangre Weasley y que yo sea su madre, pero no significa nada.
-No, no significa nada -dijo, encogiéndose de hombros-. Solo son niños. Se pelean. Se arreglan. Se vuelven a pelear y el ciclo continúa.
Hermione se mordió el labio, insegura.
-Merlín, voy a tener que pasar todos mis días aquí en San Mungo.
Harry se rio, negando con la cabeza.
-Al menos piensa que recibiste un poco de entrenamiento gracias a todos esos años en los que tuviste que verme a mi a la enfermería.
-Ni me lo recuerdes -bufó ella, pero se Harry notó que se había puesto tensa ante su comentario.
No comentó nada. Suspiró y tomó un sorbo de su café, esperando a que la enfermera le devolviese a sus hijos y a... Un estruendo de puertas siento abiertas de un portazo resonó por todo el pasillo.
-¡¿Dónde está mi hijo, Potter?! ¡Scorpius!
Ah, debería haberlo esperado. Draco nunca se enteraba de las cosas y las tomaba con calma, en eso se parecía a él. Es decir, de no haber estado en su casa, oído y visto lo que pasó, hubiera tenido el mismo ataque de nervios en el que parecía estar el rubio. Nunca lo había visto más desorbitado, con la corbata estirada, el saco a medio poner y el pelo despeinado. Por Merlín, Harry nunca había visto el color rosa en las mejillas de Draco, marcando sus dos pómulos tan marcados que podrían cortarle la mano si intentara ponerla encima.
Frunció el ceño. ¿Y por qué diablos él pondría una mano encima de los pómulos de Malfoy?
-Tranquilo, Malfoy -dijo Harry, levantándose de su asiento e ignorando la mirada perpleja de Hermione-. Está siendo atendido junto a Albus y James en esta sala.
-Te voy a matar, Potter -espetó el rubio, terminando de cruzar a zancadas el pasillo.
Harry ni se mosqueó ante la amenaza. Pero cuando Draco quedó a menos de cinco pasos suyos y él pudo ver el azul de sus ojos de manera detallada, con cada pestaña rubia resaltando sobre sus pómulos (en serio debería dejar de mirar sus pómulos), el estómago se le agitó y sintió la necesidad de bajar la mirada y reír tontamente.
-No les pasó nada. Scorpius apenas tiene un rasguño.
-¿Y por eso está en San Mungo? No me mientas, Potter, o te juro que de verdad te mataré.
-Ah, ¿antes era mentira?
Draco lo miró furioso, con las fosas nasales dilatadas y los labios apretados, pero no le respondió nada. Harry casi sonríe, dejarlo mudo no era algo que siempre pasara, y se sentía un poco victorioso hasta que notó por qué no le había dicho nada. Sus furibundos ojos ya no le prestaban atención a él, en cambio estaban mirando a Hermione sentada en el medio de ellos, con la boca todavía abierta por la sorpresa.
La cabeza rubia de Draco se inclinó con lentitud hasta Harry, mirándolo de reojo. El agite de su estómago se esfumó enseguida, pero Harry no lo consideraba mejor porque ahora podía escuchar cómo su corazón replicaba la misma fatiga. Al menos tenía la suerte de estar en San Mungo si es que estaba teniendo un ataque cardíaco.
-¿Ella sabe? -preguntó el rubio.
Harry asintió una vez, vigilando la expresión de Malfoy. No porque quisiera mirarlo demasiado, sino por si tenía que frenarlo de hacer algo inoportuno.
-Y Ron también sabe.
-¿Qué tanto saben?
-Eh, casi todo.
Draco asintió, alejándose y dejando respirar a Harry. A continuación, hizo algo que nadie, jamás, ni siquiera en las clases inútiles de adivinación, en ningún otro mundo, hubiese imaginado: extendiendo su mano, Draco se dirigió a Hermione.
-Buenas tardes, Granger -saludó, cambiando de a actitud a una solemne-. Han pasado años, veo que estás bien.
La boca de Hermione se abrió un poco más antes de cerrarse con fuerza. Harry la notaba shockeada y un poco mareada cuando extendió su mano para tomar la pálida mano. Lo cierto es que él también se sentía un poco en shock y mareado frente a la escena que estaba viviendo, y el sofoco de su corazón retumbando hasta en sus oídos no ayudaba. Hacía que se sintiera extraño, como si estuviese... esperanzado.
Una oleada de pánico le amargó la boca. ¿Por qué iba a él a estar esperanzado? Además, ¿sobre qué? ¿Con quién?
No quería ni atreverse a responder esas preguntas.
-Así es, Malfoy. Han pasado quince años para ser exacta, y me, eh, ¿alegro de ver que tú también?
Draco sonrió ante la duda de la mujer y le soltó la mano enseguida. Era la sonrisa más sarcástica que Harry hubiese visto alguna vez y lo cierto es que tenía motivos para usarla. Su mejor amiga sabía de la situación del rubio, por lo que no podría haber elegido peores palabras. Por suerte, ninguno pudo decir nada más porque las puertas de la sala que estaba frente a ellos se abrieron y de ella salieron corriendo tres pares de infantes.
-¡Papá estás aquí! -gritó Scorpius, corriendo y saltando en el aire a los brazos de Draco.
-¡Y tú también, papá! ¡Dejaste la ventana! -exclamó Albus, imitando a Scorpius.
-¿La ventana? -moduló con los labios Harry hacia su otro hijo, quien también miraba a su hermano como si estuviese loco.
-Prométeme que jamás te vas a volver a meter en una pelea, Scorpius. Y menos con los hijos de Po-Harry -escuchó que decía Draco, serio.
Harry sabía que en realidad no estaba enojado porque abrazaba a Scorpius como si quisiera envolverlo solo con sus brazos, y las expresiones preocupadas de su rostro se habían aflojado para ser reemplazadas por el alivio. También el beso que le había plantado en la frente era un indicador de que no planeaba sermonearlo de ninguna forma.
-Pero yo no peleé con ninguno, papá -se quejó Scorpius-. Fueron Jamie y Al, y sin querer me golpearon a mí cuando intenté detenerlos.
-¿Es eso cierto, chicos? -quiso comprobar Harry, quien estaba más que dispuesto a retarlos.
Ambos Potter tuvieron la decencia de lucir avergonzados para el disgusto de Harry. Sus hijos eran la viva copia de él y sus antepasados: impulsivos, arrebatados y manipuladores, porque dudaba que en verdad sintieran vergüenza alguna por sus acciones, ya que, al menos dos veces por semana, los hermanos se veían envueltos en alguna pelea entre ellos.
-En mi defensa...
-No -dijo Harry, señalando a James con un dedo acusador-, ni siquiera lo intentes. Estás tan castigado como Albus.
-Pero papá...
-Dije que no -aseveró Potter-. Nada de diversión por una semana, y tampoco libros -agregó, mirando solo a Albus.
Su hijo lucía miserable ante esa sentencia, pero poco le importaba. Tendrían que aprender a comportarse alguna vez. Entonces sintió que alguien le tocaba el hombro. Girándose, sorprendido, se encontró con la sonrisa triste de Scorpius.
-No sea tan malos con ellos, señor Potter. Ellos lo extrañan.
Vio a Draco parpadear sorprendido y él mismo sintió que lo imitaba. Escuchó que sus hijos gritaban indignados ante la confesión del mini Malfoy, y que Hermione se reía por lo bajo.
-¡No le creas! -chillaba James.
-¡Los Potter no extrañan! -declaraba Albus.
Harry se giró a mirarlos, sonrientes, enternecido.
-Ah, pero sí lo hacemos, Albus. Y yo también extrañé a mis hermosos y pequeños bebés. ¡Los muchachos de papá! -Los abrazó a ambos contra su voluntad, haciéndoles cosquillas mientras ellos peleaban por soltarse-. Y como todos nos extrañamos y no tengo ganas de volver a trabajar, ¿por qué no vamos a comprar helado?
Enseguida los infantes dejaron de pelear y comenzaron a festejar junto a su padre. Hermione negó con la cabeza.
-Hugo todavía no nació y ya puedo vernos a Ron y a mi haciendo lo mismo.
Harry soltó una corta carcajada, viendo a sus hijos salir corriendo hacia la puerta del pasillo.
-Vamos, acompáñanos. A Hugo le encantará un pequeño aperitivo -luego vaciló un segundo y con la misma energía y sonrisa, se giró hacia los Malfoy-. Vengan ustedes también. Yo invito.
-¿En serio? ¡Yay! -exclamó Scorpius, bajando de los brazos de su padre y corriendo hacia los otros menores-. ¡Espérenme, yo también voy!
Draco suspiró, intentando peinarse con los dedos, tarea imposible porque un par de mechones se le seguían safando, terminando por taparle el ojo izquierdo. Harry ignoró el impulso de querer acomodárselos él mismo, recordando que se trataba de Malfoy y hacer eso sería una idiotez.
Además, ¿por qué de repente quería tocar tanto a Draco?
-No es como si yo pudiera invitar, ¿no es cierto, Potter?
Las orejas de Harry se calentaron enseguida. No había querido hacerlo sentir mal y lo enojaba que lo hubiera malinterpretado tan rápido. Sin embargo, no tuvo tiempo de hacérselo saber porque Draco ya estaba hablando de nuevo.
-Pero acepto solo porque quiero saber el motivo por el cuál me estás evitando.
Ah, mierda, pensó Harry, comenzando a pensar que la paz era una mentira.
Buenaaas.
Ni yo tengo idea de qué estoy haciendo, pero siento que ya sé cómo seguir ah.
No sé si siguen leyendo, pero siento que dedo terminar esto, aunque sea como ejercicio y porque, eu, why not?
En el próximo capítulo: charlas y tensión en el estudio. POR FIN. y quizá no me tarde tres años más. Pero, ¿quién sabe?
Gracias a los que leen, 3. Y si se animan, comenten, que sé yo, estoy abierta a ideas que quieran leer en ese fic.
Besotessss.
