InuYasha y sus personajes pertenecen a Rumiko Takahashi.
«Sobre mi corazón no manda nadie más que mi conciencia». —Simón Bolívar.
Unwillingly Slave
Había llegado al mundo y con apenas respirar ya tenía grilletes que la ataban. No había pedido nacer en aquel orbe lleno de subyugación para consigo, siendo ella un ser que despedía osadía y anhelaba independencia, pero, aun así, era su realidad, eran los hechos.
Había un linde invisible que marcaba el terreno que podía pisar, sin embargo, Kagura no era ninguna sumisa. Tenía las agallas suficientes como para desafiar el destino que tenía en mente su creador para ella; pues no había ocasión en que no le respondiese a Naraku de forma molesta o tosca, sin dejar de lado que, usaba cualquier táctica para enviarlo al infierno y al carajo a la vez: como darle información a Inuyasha y a su grupo de forma indirecta para que éstos lo venciesen, lo que podría dejarla a ella en libertad.
Últimamente había estado sopesando sobre el hecho de que, había alguien tan fuerte o inclusive más que Naraku: Sesshōmaru. Kagura no negaba que sentía una atracción hacia él, pero fijó más sus anhelos de libertad en planear una forma de evanescer a Naraku del mundo y su vida que en deseos carnales, ya que, cómo podría algún día disfrutarlos si seguía atada y a merced de ese maldito.
Naraku era el claro ejemplo de la atrocidad y perfidia, junto a sus conductas de sádico y manipulador. No obstante, seguía atado a los mismos delirantes deseos de su antigua vida como humano y que luego de resurgir como un demonio, lo ponían a él mismo en aquel tablero que movilizaba, sin darse cuenta que, tenía sus propios grilletes autoimpuestos, cual peón de su propio y macabro juego.
Pero Kagura sí lo sabía, y no dudaría en usarlo cuando creyera conveniente.
Como una extensión de él mismo, estaban atados uno al otro, quizá fuera ello lo que llevaba a Kagura a conocer a Naraku a tan recónditos deseos y pensamientos, asimismo, sus propias debilidades. Eran paradójicamente tan iguales como distintos.
Pero Kagura no era como Naraku, no del todo, ella era consciente de cada acto y cosa que hacía. Porque, aunque él gobernaba por poder, no podía controlar su propio e híbrido corazón, ya que, aunque mantenía el de ella encarcelado y oprimido en sus manos, no le hacía dueño de sus aspiraciones. En cambio, él, embebido por su codicia y apoderamiento de una perla, obsesionado por una mujer cuyo destino había corrompido y manipulado a tal punto de matarla, y que no fue suficiente para dejarla en paz una vez había revivido, cargaba con su más grande maldición y encierro, al que era ajeno.
Eso era lo único que le hacía sentirse mejor cuando mareada de tanto pensar en su estado de amarre, notaba que era libre dentro suyo, que nada ni nadie era dueño de su albedrío. Y eso le daba fuerzas suficientes para seguir luchando y así conseguir deshacerse los grilletes de Naraku y volar por las planicies de sus propios deseos.
—¿Qué haces ahí parada? Ven aquí, Kagura —le ordenó Naraku, enviándole una mirada suspicaz.
Ella fue consciente entonces de que había estado tan ensimismada en su fuero interno que se quedó plantada en el shōji, sin seguir hacia él.
Le miró sabiendo que, un movimiento en falso y adiós planes, adiós sueños, adiós libertad.
Caminó con un sutil meneo de caderas y una mirada de fuego en sus orbes carmesíes. Llegó hasta él con parsimonia, se arrodilló para llegar a su altura, ya que Naraku estaba sentado sobre el tatami con una postura de superioridad egocéntrica y señorial. Colocó las rodillas inclinadas y se dejó ver obediente.
—¿Para qué me llamabas? —dijo con voz monótona en un acto inteligente de no saberse atrapada.
Naraku sonrió con perversidad y alargó una mano hasta su cuello, acarició deliberadamente y fue ascendiendo hasta su moño, el cual desenvolvió con manos gráciles. La masa espesa de hebras negras flotó y emanó la esencia de la mujer los vientos que olía como la misma suya, al tiempo que Naraku se acercó a ella con ínfimo conocimiento de la debilidad de sus talones, y al mismo tiempo consciente de lo que hacía Kagura.
Acercó su rostro al de ella tratando de traspasarla, pero Kagura no flaqueó, lo dejó hacer, sabiendo que él tampoco era estúpido, pero eso no quería decir que fallaría sin al menos intentarlo.
La boca de Naraku fue a la oreja de ella y susurró:
—Esto, podría ser tu castigo si me vuelves a desobedecer —la voz estaba cargada de una promesa ácida y acompañada por caricias suaves y falsas, muy propias de él—. O, puedes tomarlo como un servicio premiado al que, ninguna otra extensión mía ha llegado a tener el honor de dar.
Y fue ahí cuando Kagura estuvo más segura que nunca de hacer todo lo que estuviese en sus manos para eliminar a Naraku.
Ambos sabiendo que se odiaban y al mismo tiempo pactando con la certeza de que un día uno caería a manos del otro.
Entonces, Naraku la besó.
NOTA
Mi primera de pieza de Naraku y Kagura, no saben lo cuidadosa que quise ser. Naraku es uno de esos villanos a los cuales amo por no volverse «bueno» en ningún momento. Y Kagura ese personaje oprimido debido a las circunstancias, que no se hunde y lucha por lo que cree.
Publiqué esta historia hace cuatro años en mi anterior cuenta, la cual está en términos correctos, descartada. Estoy subiendo poco a poco material importante para mí, y hoy sentí que este relato debía volver a salir.
Gracias por leer.
