Si los miembros de la Buccigang tuvieran que describir la relación entre Fugo y Narancia en una palabra, seguramente dirían algo como "especial". Excepto Mista; el pistolero la definiría como "gay".

Se conocían desde hace años, y desde el primer momento, a pesar de ser el menor de los dos, Fugo había decidido (de forma inconsciente) proteger a Narancia.

Cualquiera pensaría que sus personalidades tan distintas provocarían un rechazo automático, pero en realidad, se complementaban. Cualquiera que los viera discutiendo por una estupidez pensaría que la relación entre esos dos era bastante tóxica, pero Bucciarati, quien los había visto madurar juntos, sabía que de alguna forma de, sacaban lo mejor del otro. Por ejemplo, gracias a Narancia, Fugo había comenzado a esforzarse verdaderamente en controlar sus ataques de ira, y por otro lado, Narancia trataba de ser más prudente.

Su amistad se topó con un enorme bache frente a un bote en la Isla de San Giorgio Maggiore, cuando Fugo se negó a traicionar a Passione. Acción por la que el rubio comenzó a arrepentirse en cuanto el bote había desaparecido de su vista, y de la que aún se seguía arrepintiendo.

Cuando dos meses después Mista le hizo creer que él y Abbacchio habían muerto en la misión, sintió que el mundo se apagaba. Dicen que a veces tienes que perder algo para entender su valor, y tal vez tenga algo de cierto, porque fue en ese momento, cuando creyó que jamás volvería a ver a Narancia, que cayó en cuenta de que estaba profunda y perdidamente enamorado del chico.

Finalmente, todo resultó parte de un macabro plan para probar su lealtad. Narancia estaba vivo, y fue la primera persona a la que vio en el hospital después de casi morir en su pelea con Volpe. Ni siquiera intentó contener las lágrimas.

Ahora, una cosa era que Fugo se hubiera dado cuenta de sus sentimientos después de pasar años ignorándolos. Otra cosa es que creyera que estos podrían ser recíprocos. O que tan siquiera mereciera que lo fueran. Así que pensaba mantener las cosas de esa forma, como una mera amistad con un amor no correspondido: confesarse ni siquiera era una posibilidad para él.

Narancia, por otro lado, le correspondía. Solo que ni siquiera él mismo estaba consciente de eso, porque llegar a esa conclusión por su cuenta hubiera requerido un nivel de autoanálisis al que no estaba dispuesto a llegar, pues le parecía demasiado aburrido. Esa era otra cosa en la que Fugo y Narancia eran distintos: El rubio no podía dejar de pensar, y Narancia, a pesar de (en contra de la creencia general) no ser un idiota, prefería actuar por impulso.

Fue una de las extrañas pláticas con Mista lo que le hizo llegar a esa conclusión. Ambos se encontraban en el aeropuerto, a una hora de abordar su vuelo rumbo a Isola de Conigli, haciendo fila para comprar comida chatarra.

—Creo que estoy enamorado de Giorno.— Confesó el pistolero.

—¿Por qué lo dices?— Preguntó Narancia, genuinamente intrigado. Sí, notaba que Mista era mucho más atento con el Don que con el resto del equipo, pero había asumido (erróneamente) que se debía a que eran mejores amigos.

—No lo sé... Yo... Cada que estoy a su lado siento que estoy en el lugar que me corresponde. Su mera presencia me hace bien, y cuando lo veo, me siento feliz, y sé que estaría dispuesto a hacer lo que sea por él. Y cuando me toca, te juro que siento mariposas en el estómago. A veces me descubro preguntando a qué sabrán sus labios, cómo se sentirá despertar a su lado. Es decir, es hermoso, pero no se trata solo de eso. Me gusta su carácter, su determinación... ¡Hasta sus casi inexistentes defectos! Ni siquiera puedo decir que jamás me había sentido así por un hombre, porque jamás me había sentido así por nadie.

—Vamos, Mista, eso no significa que estés enamorado. Si lo vemos así, entonces yo también estoy enamorado de Fu...— No pudo terminar la frase, porque la revelación le pegó como un rayo.

—¿Dijiste algo?— Preguntó el pistolero, quien no lo había escuchado por estar soñando despierto con Giorno.

—¡No, no! ¡Nada!

Durante el vuelo, Narancia estuvo inusualmente pensativo. Incluso le preguntaron si se sentía bien. Sí, estaba bien. Solo estaba tratando de recuperarse del impacto emocional que implicaba darse cuenta de que estaba enamorado de su mejor amigo.

En realidad, ya sabía que era gay: Había resultado una conclusión lógica al darse cuenta de que solo los hombres le resultaban atractivos, aunque como a casi todo, no le dio demasiada importancia al asunto. Eso facilitó mucho la aceptación de ese hecho, por lo que para cuando se instalaron en la casa de playa, su nueva preocupación era definir cómo proceder.

Por una vez en su vida, Narancia había decidido observar antes de lanzarse por un precipicio (o a declararle su amor a su mejor amigo, probablemente heterosexual, con problemas de ira). Y lo que descubrió resultó bastante alentador.

Narancia podía llegar a ser muy intuitivo cuando decidía prestarle atención a algo, y ahora que su atención estaba centrada al menos un 75% en Fugo, pudo darse cuenta de que el rubio disfrutaba genuinamente de su presencia, que lo prefería sobre otros, y que a veces, cuando creía que nadie lo notaba, lo observaba más de la cuenta. Esta información por sí misma no era lo suficientemente concluyente, por lo que decidió tantear el terreno.

Empezó con cosas sencillas, como colgarse del brazo de Fugo durante los paseos por la playa (no tomarlo de la mano, eso sería demasiado directo), y aunque al inicio la acción lo tomó por sorpresa, no pareció desagradarle.

Su siguiente acción fue, al día siguiente, hacer un comentario respecto a una turista, dando a entender que le parecía atractiva.

—¿Crees que debería pedirle su número?

—No lo sé. Haz lo que quieras.— Respondió Fugo, incapaz de disimular la molestia en su voz. Narancia soltó una risita, encantado, lo que solo enfadó más a Fugo.

—Nah, estoy bien así. ¿Vamos por un helado?— Esa respuesta tomó al rubio por sorpresa, así que solo se dejó arrastrar hacia el puesto más cercano de dicho postre, sin entender la razón del cambio de idea de su amigo, aunque egoístamente (según su punto de vista) aliviado.

Durante el tercer día, Narancia pensaba pedirle que dieran una caminata en la playa después de cenar, y ahí revelarle su orientación sexual, y si se daba la oportunidad, su amor por él. Pero las cosas se pusieron jodidamente raras, luego de que la casa se incendiara y se revelara que por alguna razón, Giorno era una chica. Y como cereza del pastel, Abbacchio comenzó a comportarse raro.

Los menos sorprendidos por el comportamiento del peliblanco fueron Fugo y Bucciarati, quienes aunque no esperaban una amabilidad tan abierta, sabían que Abbacchio en realidad no detestaba a Giorno: solo prendía (para él y los demás) por orgullo o algo parecido. Eran pequeños gestos los que lo delataban, como cuando el chico (o mejor dicho, la chica) se quedaba dormida en el sillón y le ponía una manta encima, cuando no tomaba el último bote de su pudín favorito alegando que se le había quitado el hambre, o cuando torturó por un par de horas más de las necesarias al ex-capo que lo había apuñalado durante una desastrosa reunión.

Una vez él y Bucciarati habían discutido sus teorías al respecto, y habían llegado a dos posibles conclusiones:
1. Homofobia internalizada (algo irónico, tratándose de un hombre que desafiaba constantemente los cañones estéticos masculinos).
2. Simple orgullo, que le impedía admitir lo mucho que se había equivocado con el chico.

Como sea, aunque Narancia disfrutaba muchísimo del drama de turno (y Fugo también, para qué negarlo), tenía que concentrarse en la misión principal: decidir si tenía (o no) posibilidades con Fugo. En ese momento, estaba un 45% seguro. La posibilidad subió a 55% cuando aceptó su invitación a dormir juntos y su improvisada salida del clóset, al 60% cuando despertó firmemente aprisionado contra su pecho.

En el centro comercial, aprovechó las palabras de Mista respecto a las camisas iguales para sugerir la posibilidad de Fugo y él como pareja. No interpretó la agresiva reacción ante el "Vivan los novios" de Trish como algo negativo, sino como una forma extraña de procesar la timidez, así que, mientras la pelirrosa corría por su vida, huyendo de un enojado Fugo y su tenedor (desechable, recogido de un bote de basura) Narancia compró un par de camisas naranjas con fresas estampadas, una de su talla, la otra de la talla de Fugo.

Cuando volvieron al hotel a dejar las cosas, Narancia se sintió bastante decepcionado al enterarse de que habían cinco habitaciones más disponibles. Al menos, hasta que Fugo dijo:

—Narancia y yo podemos compartir habitación.— Pues el tampoco quería tener que separarse del pelinegro.

Cuando fueron a dejar sus cosas al cuarto y descubrieron que había una sola cama, Narancia casi dio saltitos de alegría.

Más tarde, en el barco, Narancia tuvo que arrojarse al agua por el bien de la decencia pública: Fugo en tanga era una imagen demasiado provocativa para su hormonal y gay existencia. Afortunadamente, los delfines llegaron al rescate, capturando por completo la atención del chico, quien usó todo su conocimiento sobre esos cetáceos (cortesía de Fugo) para tratar de agradarles.

—¡Hola, soy Narancia!— Se presentó al ver al primer delfín. Trish comenzó a reírse a carcajadas, pero su expresión burlona se transformó en una de sorpresa cuando notó que el delfín se acercó, haciendo extraños sonidos de delfín, como si saludara de vuelta.

Luego, el pelinegro se sumergió en el agua, apareciendo en la superficie un minuto después (justo antes de que Fugo entrara en pánico) bastante lejos del bote.

—¡Narancia, no seas idiota! ¡Regresa! — Gritó Fugo, disfrazando su preocupación (pues el muy imprudente se había metido al mar abierto sin siquiera un chaleco salvavidas) como enojo. O por lo menos, intentándolo, pues hasta Jolyne se daba cuenta de la farsa.

—¡No te preocupes, estoy con Freddo!

—¿Y quién demonios es Freddo?

El delfín de hace un rato, ahora amigo de Narancia, asomó la cabeza, respondiendo la pregunta.

Por las siguientes horas, Narancia se la pasó jugando con los delfines. Al parecer, Freddo era el líder de la manada, por lo que al ganarse su aprobación, Narancia consiguió un acceso privilegiado a la manada o algo parecido.

—¿Cómo hizo eso?— Preguntó Kakyoin a su esposo, al notar que los cetáceos lo rodeaban como perritos.

—No tengo idea.— Jotaro estaba muerto de celos, pero lo disimulaba.

—Simplemente es imposible, independientemente de la especie, no amar a Narancia.— Sentenció Fugo, con total seriedad.

—Suena lógico.— Comentó Giorno.

—Es una premisa razonable.— Agregó Bucciarati.

Los demás (incluso Jolyne y Kakyoin, que llevaban un solo día de conocer a Ghirga) asintieron. Jotaro hizo una nota mental de conseguir su contacto más tarde, para pedirle consejos.

Cuando tuvieron que volver al bote, Narancia estaba bastante decepcionado, especialmente porque sabía que las posibilidades de volver a encontrarse con la manada eran mínimas.

—Tranquilo, podemos volver las próximas vacaciones.

— Pero es posible que ni siquiera estén aquí. Les gusta conocer lugares nuevos.— Al parecer, Narancia sí había prestado atención a las lecciones improvisadas sobre delfines de la noche anterior (cortesía de Fugo).

—Varios de ellos tienen dispositivos de rastreo.— Informó Jotaro, quien estaba escuchando la conversación. —Así localizamos a la manada esta vez.— Los ojos de Narancia se iluminaron.

A pesar de que el Dr. Kujo en ningún momento había mencionado algo sobre invitar a Narancia de nuevo, el pelinegro lo daba por hecho, así que volvió al hotel con su habitual buen humor. Durante el camino y en el hotel, no dejó de hablar sobre lo genial que sería vivir con la manada de delfines, en el océano, jugando y explorando el mundo desde las aguas.

—Supongo que podrías hacerlo. No como delfín, por supuesto, pero podrías entrar a la universidad, estudiar biología marina al igual que el Dr. Kujo y dedicarte a observar animales.

—Nah, soy demasiado estúpido para la universidad.

—No lo eres. Simplemente tienes que esforzarte uno poco.

—También puedo casarme con un biólogo marino, como hizo el señor Kakyoin. Eso sería más fácil...

—Eres un idiota.— Siseó Fugo mientras de daba un zape.

—¡Auch! ¿Por qué hiciste eso?

—Para que dejes de decir estupideces cuando te hablo en serio.

—Yo también hablo en serio.— Replicó, con aire ofendido. —Por cierto, Fugo, ¿no te gustaría estudiar Biología Marina?

El rubio tardó unos segundos en procesar las implicaciones de la pregunta, y aunque decidió interpretarlo como una broma, entró en pánico.

—Me voy a bañar.— Escupió, antes de prácticamente huir hacia el baño.

Por supuesto, Fugo no era idiota, se había dado cuenta de varios de los cambios e insinuaciones de su mejor amigo, pero había elegido tomarlos como un juego, tal vez como una evolución en su amistad. Se negaba a creer que Narancia pudiera corresponder, aunque sea remotamente, sus sentimientos.

La cena en el restaurante fue tan animada como sus cenas en casa, con la diferencia de que con Abbacchio abiertamente idiotizado por Giorno, Kakyoin como mediador adicional, Jolyne y Narancia canalizando su energía caótica el uno con el otro y Fugo relajado, las cosas no escalaron tan lejos como de costumbre tras una discusión. La cosa se puso rara cuando Mista declaró que los gatos eran un líquido (hipótesis que Fugo analizaría con más atención al llegar a casa), pero no pasó a mayores.

Antes de irse al hotel, mientras el señor Kakyoin pedía hablar a solas con Giorno, el Dr. Kujo abordó a Narancia. Fugo observó la interacción con desconfianza, demasiado lejos para oír lo que el japonés decía, pero lo suficientemente cerca para ver la sonrisa de Narancia, y escucharlo exclamar un ruidoso "Por supuesto que sí!" antes de anotar algo en el celular del biólogo, presumiblemente, su número de teléfono. Fugo sintió un desagradable burbujeo en el pecho.

—Así que te gustan los mayores, ¿eh?— Comentó el rubio con un tono ácido mientras volvían al hotel. Ambos caminaban un poco apartados del resto del grupo.

—¡Jesús, Fugo, no! El Dr. Kujo podría ser mi abuelo o algo así.— Por supuesto, Narancia no podía dejar pasar la oportunidad de establecer lo MALO que era para las matemáticas. —A demás está casado, tiene una hija, y no es mi tipo ni de lejos.

Fugo se sintió sumamente estúpido por su injustificado arranque de celos. En su defensa, peores cosas se veían día a día. Pero aún así, no tenía ningún derecho a reaccionar de esa forma. Es decir, Narancia ni siquiera era su pareja.

—Lo siento, mi comentario estuvo fuera de lugar.

—Estás disculpado. Y por si quieres saber, me pidió mi número para ayudarlo en un futuro con sus investigaciones. Dijo que ponerle los rastreadores a los delfines es un dolor en el culo o algo así, pero que yo soy fabuloso y tengo talento natural para estas cosas.

—Oh, ya veo.

Cuando estaban en la entrada del hotel, Fugo por fin se atrevió a soltar la pregunta que rondaba en su cabeza.

—¿Y cuál es tu tipo?

—¿Eh?

—Dijiste que el Dr. Kujo no es tu tipo. ¿Cuál es tu tipo?

Narancia decidió que era el momento adecuado para soltar la indirecta más directa del mundo.

—Rubios con problemas de ira.

Y a pesar de ser terriblemente obvio, Fugo decidió (otra vez) malinterpretarlo. Eso sí, estaba más rojo que sus pendientes de fresas.

A pesar de parecer cargado de energía, Narancia se durmió pocos minutos después de dejarse caer en la cama. Inconscientemente buscó la fuente de calor más cercana entre sueños, en ese caso, Fugo.

El rubio, a pesar de estar agotado, no podía dormir. La pequeña situación tras la cena le había hecho darse cuenta de que, algún día, perdería a Narancia. Aunque perder no era el término correcto, pues jamás había sido suyo, pero lo vería enamorarse de alguien más, besar a alguien más, hacer una vida junto a alguien más. Y no podría detenerlo, porque sería terriblemente egoísta, y el chico merecía ser feliz.

Pero en ese momento, lo tenía a su lado. Tal vez no de la forma que anhelaba, pero ahí estaba, ovillado junto a su cuerpo. Darle un beso en la frente parecía algo inofensivo, así que lo hizo.

—Te amo, Narancia.— Murmuró contra los oscuros cabellos.

Eventualmente, Fugo también se quedó dormido.

A la mañana siguiente, Narancia abrió los ojos a las cinco de la mañana. Sin despertador, solo con la ayuda de su enorme entusiasmo por el parque acuático. Se puso de pie casi de inmediato.

—¡FUGO, FUGO! ¡DESPIERTA! ¡TENEMOS QUE IR AL PARQUE ACUÁTICO!

¿Qué fue lo que despertó a Fugo? ¿Los gritos, o la violencia con la que lo sacudían de los hombros? Probablemente ambas cosas. En cuanto abrió los ojos, lo primero que vio fue a Narancia prácticamente sobre él, y lo segundo, el reloj, indicando que apenas eran la cinco de la madrugada. Debería ser ilegal tener tanta energía a esa hora.

Con un brusco movimiento, Fugo tumbó a Narancia sobre el colchón, quedando encima de él.

—Narancia, son las cinco de la mañana.

—Pero si no llegamos temprano no vanos a poder subirnos a todos los juegos.— Trató de protestar. La súbita cercanía era abrumadora.

—Son-las-cinco-de-la-mañana.— Repitió el rubio, como si fuera un argumento irrebatible.

Narancia trató de soltarse mientras gritaba toda clase de improperios en italiano, pero Fugo estaba en ventaja al tenerlo inmovilizado, así que usó las sábanas para envolverlo como una especie de oruga.

—¡FUGO, DÉJAME IR EN ESTE MISMO INSTANTE O JURO QUE TE VOY A...— Las intenciones de Narancia jamás fueron reveladas, pues el objeto de su ira lo amordazó con la funda de una almohada, luego tomó al furioso Narancia-rollito y lo envolvió en sus brazos.

—Es una medida extra de seguridad.— Murmuró contra la unión del cuello y el hombro del mayor, antes de quedarse dormido. Eso fue suficiente para apaciguar a Narancia, permitiéndole dormir unas horas más.

Antes de subir al taxi, Narancia ya estaba un 70% seguro de que, si se le declaraba a Fugo, sería correspondido, pero la firme erección contra su trasero (que estuvo ahí todo el camino, provocó un bulto similar en sus shorts naranjas y casi lo hace jadear durante algunos de los baches) elevó la seguridad a un 85%. 85% era más que suficiente para que Narancia decidiera arriesgarse.

Durante todo el recorrido estuvo buscando la oportunidad de expresar sus sentimientos, pero nunca los dejaban a solas. Bueno, tuvo una oportunidad en el acuario, pero Fugo estaba tan entretenido hablando sobre las características de las toxinas del pez escorpión, que no se atrevió a interrumpirlo.

Pero bueno, esa noche irían al club. Tal vez ahí tendría una buena oportunidad.

Más tarde, en el hotel, cuando Narancia vio salir a Fugo del baño, con el cabello aún húmedo por la ducha, vistiendo una camisa de satín roja con los últimos botones desabrochados y pantalones de vestir negros, decidió que esa noche, sin importar lo que pasara, lo haría su novio.

Por supuesto, los planes de cualquiera cambian cuando uno de tus amigos pide una botella de vodka y propone un concurso de beber.

Varios minutos (y grados extras de alcohol en la sangre) después, el lado caótico del grupo, con Giorno como invitada especial, decidió ir a la pista de baile. Narancia arrastró a Fugo, por supuesto, aunque inicialmente el rubio se limitó a ver a los demás (principalmente a Narancia) bailar mientras movía los pies más o menos al ritmo de la música.

Eso sigue así, hasta que el ritmo de una canción nueva inicia. Los ojos de Narancia y Trish se abren en gesto de sorpresa. Ambos comienzan a menear las caderas casi al mismo ritmo. Fugo nota de reojo que Trish toma a Giorno de la cadera, pero no es importante: Los movimientos del pelinegro son casi hipnóticos y absorben toda su atención.

(Recomendación musical: Maneater, de Nelly Furtado)

Everybody look at me, me (Oh)
I walk in the door, you start screaming (Oh)

Para fugo, los primeros versos de la canción eran horrorosamente apropiados, pues eso sentía: Que Narancia era el centro de atención, y que un grito trataba de escapar de su garganta cuando esos profundo ojos violetas se clavaron en él.

Come on, everybody, what you here for? (Oh)
Move your body around like a nympho (Oh)
Everybody get your necks to crack around (Oh)
All you crazy people, come on, jump around (Oh)

Cuando se dio cuenta de que, sin dejar de contonear las caderas (y los hombros, y el resto del cuerpo), se acercaba a él, olvidó como respirar. Por un momento, incluso consideró huir; sabiendo que había algo de depredador en esos movimientos, pero supo que hacerlo sería la (segunda) mayor estupidez de su vida.

I wanna see you all on your knees, knees (Oh)
You either wanna be with me, or be me

Cuando la distancia fue suficiente para tocarlo si así lo quería, no lo hizo. Cerró los ojos y se dejó llevar aún más por el ritmo, estando suficientemente cerca para que el rubio pudiera sentir su calor corporal.

Maneater, make you work hard
Make you spend hard, make you want all of her love

Por supuesto, Fugo no era el único hechizado por los movimientos del azabache. Un chico, ruso, a juzgar por su acento, llevaba un buen rato con los ojos puestos en Narancia, y decidió que ese era un buen momento para hacer su jugada. Es decir, el rubio frente a él estaba prácticamente congelado en el sitio, lo que se podía interpretar como falta de interés, ¿no?

—Oye, ¿puedo invitarte una bebida?— Preguntó en voz lo suficientemente alta para que su invitación resultara audible para Narancia (y Fugo), mientras colocaba una mano en el hombre del chico de la bandana naranja para atraer su atención.

Con los ojos fijos en el azabache, no se dio cuenta de que otra persona lo estaba despedazado con la mirada, hasta que sintió un agarre dolorosamente fuerte en la muñeca. Al buscar a su agresor, se encontró con un par de ojos púrpuras distintos a los deseados. La ferocidad que despedían fue suficiente para hacerle tragar su protesta.

—Él está conmigo.

El pobre chico huyó aterrado, pero incluso cuando desapareció de su campo de visión, Fugo siguió observando el punto por el que había desaparecido con rabia. Con el rostro contorsionado por la (irracional) ira, la respiración agitada, y los nudillos blancos por la fuerza con la que apretaba los puños, el rubio irradiaba un aura de peligro que hubiera ahuyentado a cualquiera... Menos a Narancia, por supuesto, quien en lugar de alejarse, rodeó su cuello con los brazos y se paró de puntillas para poder hablarle al oído.

— No lo mires a él. No mires a nadie más. Solo a mí. Quiero que solo me mires a mí, Fugo.— Exigió Narancia con esa honestidad que solo da el alcohol.

Cumplir esa petición fue la cosa más sencilla del mundo, especialmente cuando el pelinegro no rompió completamente el contacto cuando se separó para seguir bailando, pues dejó que sus dedos continuaran apoyados de los hombros del rubio.

She's a maneater, make you buy cars
Make you cut cards, make you fall real hard in love

Dudativo, Fugo colocó una de sus manos sobre la cadera del mayor, gesto que fue correspondido con una sonrisa traviesa. Fugo sabía que si cerraba los ojos, le sería más fácil dejarse llevar, pero eso implicaba dejar de ver a Narancia, contoneándose con una sensualidad desconocida (sin perder ese estilo energético que lo caracterizaba), con las luces neon creando contrastes irreales contra su piel acanelada... Y eso sería un crimen.

She's a maneater, make you work hard
Make you spend hard, make you want all of her love

Aunque en realidad, si solo se concentraba en Narancia, perder el control era la cosa más sencilla del mundo. Comenzando a moverse con mayor soltura al ritmo de la música, colocó su mano libre sobre la cintura del pelinegro, quien en respuesta, afianzó su propio agarre. Cuando el mayor abrió los ojos y ambos pares de orbes morados se encontraron, Fugo supo que ese chico podría pedirle todo lo que tuviera, su alma incluso, y él se lo daría sin chistar.

Continuaron bailando, acercándose cada vez más de forma inconsciente. Cuando la siguiente canción empezó, prácticamente estaban abrazados.

Fugo estaba disfrutando muchísimo de la situación... Precisamente, ese fue el problema: había demasiada fricción, demasiado calor, Narancia estaba demasiado cerca, y sus pantalones se comenzaban a sentir demasiado ajustados. Se obligó a tomar distancia por miedo a que el otro lo notara.

—Iré por algo de beber. ¿Quieres algo?

— Yo... Eh...— El azabache pareció desconcertado por unos momentos. No entendía por qué Fugo había puesto distancia tanto de forma física como emocional de golpe. —Un mojito, supongo.— Contestó por fin, tratando de esconder la decepción en su voz.

—¡Que sean dos!— Pidió Trish.

—¡Y una cerveza!— Añadió Mista.

Fugo sintió el impulso de mandarlos al diablo, pero supuso que lo más cortés hubiera sido ofrecerle algo a los demás desde el inicio. Lo hubiera hecho, pero honestamente, por un momento incluso había olvidado su existencia.

—¿Tú quieres algo, Giorno?

—No, pero gracias.— Respondió la rubia, sin dejar de bailar.

A los pocos minutos regresó haciendo malabares con las bebidas solicitadas (y un vaso de agua para el mismo). Los chicos estaban bailando en bolita, un poco más adentro de la pista que cuando se fue. Cada uno tomó su bebida y agradeció.

—¡Quiero que pongan canciones de Jeff Beck!— Soltó de pronto Giorno. Se veía mucho más borracha que cinco minutos antes.

—Puedo arreglar eso.— Ofreció Mista, más que dispuesto a obligar al DJ a complacer los deseos de la dama.

— Oye Giorno... ¿Qué harías si un día te despertaras, y te dieras cuenta de que Jeff Beck no existe?— Preguntó Narancia. Y a partir de ese momento, las cosas se descontrolaron.

Todos observaron horrorizados como Giorno dejaba de bailar, con los ojos húmedos, justo antes de que pasara lo impensable: La chica comenzó a llorar.

Automáticamente, Mista desapareció la distancia entre ambos en un par de zancadas, y la chica prácticamente se derrumbó hacia él.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien?— Ahora Mista también quería llorar, porque Giorno estaba llorando.

—¡No quiero que Jeff Beck desaparezca!

Fugo observó la escena sin dar crédito a sus ojos. Los sollozos de Giorno solo se hicieron más fuertes, llamando la atención de algunas personas al rededor. Decidió (muy sabiamente) que no estaba capacitado para lidiar con esas situaciones, así que fue por los otros "adultos".

Unos minutos después, Abbacchio prácticamente sacó a Giorno cargando del lugar, y las cosas volvieron a la tranquilidad (dentro de sus estándares).

—¡Ahora voy a tener que bailar con Mista!— Exclamó Trish, con exceso de dramatismo.

—¡Oye!

Sorprendentemente, Bucciarati se unió a los más jóvenes a la pista de baile. Por un rato, olvidaron todo el asunto de la mafia y se dedicaron a ser simplemente un grupo de jóvenes revoltosos. Estuvieron bailando y riendo como grupo por cerca de media hora, haciendo un círculo donde cada cierto tiempo empujaban a alguien al centro, incitándolo a sacar "los pasos prohibidos". Cuando fue el turno de Fugo, dejó a todos gratamente sorprendido.

— Tienes que enseñarme esos movimientos en privado.— Susurró Narancia en su oído, en medio de una risita ebria. El doble sentido de la frase era completamente intencional y serio. Fugo se sonrojó furiosamente.

Mista desapareció entre la multitud por unos minutos, y cuando apareció, lo hizo con una enorme sonrisa en el rostro, cosa que por supuesto, levantó las sospechas de Fugo.

—¿Ahora qué estupidez hiciste?

El pistolero no tuvo que responder, pues en ese momento, comenzó a sonar una canción que Narancia, Mista y Fugo conocían perfectamente.

Vocal percussion on a whole 'notha level, coming from my mind~

—¡OH POR DIOS!— Gritó Narancia, dando saltitos en su lugar.

Fugo y Mista pensaron que, a continuación, el azabache daría inicio a un baile perfectamente sincronizado entre los tres, pero el chico tenía otra cosa en mente, como notaron cuando intentó subirse a la barra de bebidas.

–¡Narancia, no!— Gritó el rubio, deteniéndolo en el acto.

—¡Narancia, sí!— Chilló el moreno, mientras trataba de librarse de los brazos de Fugo.

En realidad, el chico no ponía demasiada resistencia, pues apenas lograba mantenerse en pie: Narancia había caído como la segunda víctima del Smirnoff® de esa noche.

—Bucciarati, me lo voy a llevar.— El aludido asintió: era la decisión más sabia.

Después de caminar unas calles, Fugo se echó a Narancia a la espalda al estilo caballito, decidiendo que era más fácil cargar con él que hacerlo caminar. Afortunadamente, el hotel estaba cerca.

— Fugo, yo quería quedarme otro rato.— Se lamentó el pelinegro mientras lo dejaban caer sobre la cama.

—Lo hubieras pensado antes de beber como marinero. Por cierto, ¿en qué momento tomaron tanto? — El rubio se había perdido de la competencia de Smirnoff de Tamarindo®, así que no tenía idea de cómo habían logrado embriagarse.

—Cuando llegamos... Mista hizo... Una competencia... Con Smirnoff...— Balbuceó. Fugo solo suspiró y contó hasta diez. No entendía cómo se les ocurrían ideas tan estúpidas.

—Eres un idiota.

—Pero soy tu idiota.— Replicó, sacándole una sonrisa al menor.

Panacotta buscó las pijamas de ambos. Primero cambió a Narancia (obteniendo muy poca cooperación de parte del chico) y después a el mismo. Luego apagó las luces, excepto la de la mesa de noche, arropó al pelinegro y se metió a la cama.

—Acuéstate de lado. Así no te asfixiarás si vomitas.

En respuesta, el aludido rueda torpemente hacia su derecha, quedando frente a frente con Fugo y extiende una mano para colocarla sobre la mejilla del menor.

—Pannacotta, eres muy bonito.

—Y tú estás muy borracho.— Responde, furiosamente sonrojado.

—Sí, pero eso no te hace menos bonito.— El rubio no contesta, así que Narancia agrega. —Te amo. ¿Lo sabes, cierto?

Y aún en medio de una declaración tan directa, tan obvia, Panacotta Fugo se niega a creer que sus sentimientos puedan ser correspondidos, porque él cree que no merece ser amado por alguien como Narancia, que no puede ser amado por alguien como Narancia, mucho menos de forma romántica. Aún así, se obliga a responder, porque lo siente.

—Yo también te amo.

Envalentonado por la respuesta y por el alcohol, Narancia acerca su rostro al de Fugo, y con una lentitud tortuosa, deposita un suave beso en su mejilla. Y otro. Y otro. Y otro. Cada uno más cerca de sus labios.

Fugo quería sentir esos cálidos labios sobre los suyos. Quería dejarse llevar, besarlo hasta que la falta de aire los obligara a separarse. Hacer el movimiento final. Rodearlo en sus brazos y apretarlo contra su cuerpo mientras lo devoraba... Pero no sabía qué parte de esas acciones correspondían a Narancia, y cuáles al alcohol en su sistema. No podía aprovecharse de su amigo borracho: simplemente, no era correcto.

Sintió los labios de Narancia en la comisura de su boca. Tan suave, tan cálido, tan dulce. Tan él. Y luego, puso distancia. Narancia hizo un sonido de protesta y trató de volver a acercarse, pero rostro sujetó su rostro con firmeza.

—Narancia, detente. Estás borracho.

—No me importa, quiero besarte.

—Éste no eres tú.

—Por supuesto que soy yo. ¿Quién más sería?

Fugo no tenía el humor ni la energía para discutir con borrachos, así que simplemente jaló al pelinegro hacia su cuerpo, aprisionándolo entre sus brazos. Esto pareció calmarlo, pues en lugar de luchar, se acomodó mejor contra el cuerpo del rubio.

—Hueles bien.— Murmuró antes de pasar a la inconsciencia.

En algún momento, Fugo también se quedó dormido.

El primero en despertar fue Narancia, a eso de las nueve de la mañana. Algo tan mundano como la resaca no iba a evitar que aprovechara al máximo el último día de vacaciones, así que buscó una pastilla para el dolor de cabeza, bebió casi un litro de agua, se metió a la regadera y se vistió antes de despertar a Fugo.

—Fugo, Fugo, ¡FUGO! ¡Despierta!— Chillaba el pelinegro, mientras sacudía salvajemente el hombro del menor.

—Cinco minutos más.— Murmuró, más dormido que despierto.

Narancia suspiró, para luego llenar un vaso con agua fría y vaciárselo a Fugo en la cara. Inmediatamente, el rubio saltó de la cama, furioso y confundido. Cuando identificó a su agresor, saltó directamente hacia él, obteniendo un grito muy poco masculino como respuesta.

—¡QUÉ DEMONIOS ESTÁ MAL CONTIGO!- Rugió Fugo, mientras aprisionaba a Narancia contra la cama.

—¡Es que no te despertabas!— Trató de excusarse.

Inesperadamente, Fugo lo dejó ir. No por la patética excusa, por supuesto, sino porque sl darse cuenta de la posición y la cercanía de sus rostros había entrado en pánico.

—Está bien. Lo dejaré pasar por esta vez.— Murmuró, girando su rostro para que el azabache no notara lo rojo que estaba. Una precaución innecesaria, pues el chico ya se dirigía a la puerta.

—Gracias por no matarme. Voy a despertar a los demás.

El rubio se quedó solo, tratando de recuperar la compostura: eran demasiadas emociones para apenas estar despertando. Y las cosas solo siguieron escalando durante los próximos treinta minutos. Antes de las diez de la mañana, el grupo ya tenía dos intentos de homicidio hacia Abbacchio (cortesía de Fugo y Mista) por culpa de un malentendido.

Panacotta se sintió terriblemente mal, especialmente al darse cuenta de que Narancia había escapado con Trish, posiblemente por miedo a que se desquitara con él. Pero no tuvo tiempo de hundirse en su miseria, pues unos minutos después, alguien llamó a la puerta.

—¡Fugooooo! ¡Olvidé la llave!

Resulta que Trish lo había sacado de su habitación para poder arreglarse en paz: Normalmente, él y la pelirrosa se llevaban bastante bien, pero el incesante parloteo de Narancia y la resaca no son la mejor combinación, así que el mal humor de la chica era comprensible.

— ¡Oye, aún no te has cambiado!— Reclamó el mayor al darse cuenta de que el rubio seguía en su pijama de fresitas. Luego, se puso a hablar de sus planes para el día.

A Fugo le intrigaba el comportamiento de su amigo. No porque actuara de forma extraña, sino justo lo contrario. Hasta ese momento no habían tenido la oportunidad de convivir a solas, pero el rubio no esperaba que el azabache se comportara como si nada hubiera pasado, no después de bailar juntos toda la noche, no después de decirle que lo amaba, no después de intentar besarlo. O bueno, la parte lógica de su cerebro sí lo esperaba, pues así era Narancia, incapaz de aferrarse a un suceso por demasiado tiempo (especialmente considerando que todo eso pasó bajo los efectos del alcoho)l, pero otra parte de él quería que algo cambiara.

—Oye...— Llamó, interrumpiendo el monólogo del chico sobre la posibilidad de pasar las próximas vacaciones en el bosque.

—¿Sí?

—Sobre lo de anoche...

—Vas a tener que ser más específico. La mitad de la noche está toda borrosa en mi cabeza.

—Oh... Entiendo. No es nada, olvídalo.— No pudo ocultar la decepción en su voz.

En verdad, los recuerdos de Narancia estaban fragmentados por culpa del alcohol. Recordaba haber bailado con Giorno, Mista y Trish. Y con Fugo. También recordaba a Giorno llorando, aunque creía que eso era producto de su imaginación. Y una agradable sensación de calidez antes de quedarse dormido. Todo a flashazos, mezclados entre sí con música y luces neón.

Tenía la sensación de que había olvidado algo importante.

Pero era el último día de las vacaciones, así que no iba a torturarse por ello: ya le preguntaría a los demás más tarde.

Efectivamente, durante el desayuno hubieron muchas aclaraciones. Aunque nadie le recordó su baile con Fugo, pues el único presente que había puesto su atención sobre ellos y no sobre el espectáculo lesbo-erótico de Giorno y Trish era Bucciarati, y era demasiado discreto para hacer un comentario al respecto.

A petición de Narancia se dirigieron a una de las playas públicas tras el desayuno. Bruno prácticamente los obligó a ponerse bloqueador solar, diciendo que era medio día y a esa hora los rayos UV eran más fuertes, y el chico de la bandana naranja, siendo un genio para sacar provecho a esas situaciones, tomó la oportunidad para ofrecerle a Fugo ayuda con el bloqueador.

—¿Cómo haces para tener la piel tan bonita?— Preguntó el moreno, genuinamente intrigado, mientras extendía la crema por los pálidos omóplatos, mientras en el fondo, Mista y Abbacchio estaban a nada de agarrarse a golpes por el privilegio de hacer lo mismo con Giorno. Trish aprovechó la distracción para tomar ventaja: dentro del mini harem de Giorno, era la más discreta, y eso jugaba a su favor.

—Gracias.— Murmuró, bastante abochornado. Ambos ignoraban olímpicamente los gritos de fondo.

Aunque el azabache no podía ver el rostro de su amigo desde su posición, sí podía ver sus orejas, y notó lo rojas que estaban. Una encantadora risita escapó de sus labios.

—De nada. Pero eso no responde mi pregunta.

—Ehh... Yo... Es genético, supongo.— Logró contestar.

El bonito momento se fue al diablo cuando Mista arrojó un zapato (dirigido a Abbacchio) el cual terminó impactando en la cara de Narancia.

Al anochecer, Ghirga se sentía ligeramente decepcionado. Había sido un día increíblemente divertido, con los castillos de arena, las carreras, el helado, las olas revolcándolo y las ocurrencias de sus amigos. Pero cada que conseguía un momento con Fugo, algo o alguien los interrumpía. El zapato volador ni siquiera había sido lo más extraño.

Cuando llegaron a la habitación del hotel, el rubio prácticamente se derrumbó sobre la cama: Estaba agotado. Narancia se dejó caer a un lado.

—Creo que voy a necesitar unas vacaciones para recuperarme de estas vacaciones.— Balbuceó Fugo, con el rostro hundido en el colchón.

—¿Puedo ir contigo?

El aludido giró levemente para ver a su interlocutor, encontrándose frente a frente con un par de ojos similares a los suyos. Estaban exactamente en la misma posición que la noche anterior, incluso del mismo lado, y ese hecho no pasó desapercibido para él.

Originalmente, pensó en responder que el punto de relajarse se iría por la borda si iba con él, pero decidió que era innecesariamente cruel. A demás, aunque se tratara de un escenario meramente hipotético, la idea de irse solos los dos por unos cuantos días a quién sabe dónde no sonaba del todo mal.

—Por supuesto. ¿A dónde te gustaría ir?

—No me importa. Iré a donde sea mientras estés ahí.

La intensidad de esas palabras lo tomó por sorpresa. Nuevamente, llegó ese familiar impulso, el de huir. Pero Narancia no pensaba permitirlo: En unas horas, regresarían a Nápoles, y todo volvería a ser como antes. Pero no quería que las cosas siguieran iguales. No todas, por lo menos. Era ahora o nunca.

Así que cuando Fugo trató de ponerse de pie, con la excusa de que necesitaba darse una ducha, Narancia lo detuvo.

—¿Qué sucede?— Preguntó el menor, con la vista clavada en la mano de su amigo sobre la suya.

Narancia permaneció en silencio unos segundos, tratando de decidir las palabras correctas. Quería decirle que era lo mejor que había pasado en su vida, que era su persona favorita, que estaba loco por él, que quería pasar el resto de sus días a su lado. Que lo amaba más que como a un amigo. Pero el tiempo corría, y no tenía idea de cómo expresarse correctamente. Así que, antes de la repentina oleada de valor se esfumara, decidió que si no podía decirle lo que sentía con palabras, lo haría con acciones.

Y rompiendo la distancia entre sus rostros a la velocidad de un parpadeo, lo besó.

Ninguno se movió: Narancia, porque era demasiado obstinado, y no pensaba retirarse hasta conseguir una reacción, ya fuera que Fugo le correspondiera ese beso, o que lo apartara a golpes; y Fugo, estaba, como siempre, pensando demasiado.

"Oh por Dios. Narancia me besó. Narancia me está besando. ¿Por qué me está besando? Esta vez no está ebrio, no lo entiendo, no tiene sentido. ¿Por qué querría besarme? ¿Le gusto de esa manera? ¿Si quiera es posible que le guste de esa manera? No, no puede ser. Pero me está besando. Y ayer intentó hacer lo mismo. Pero ayer estaba ebrio, así que tiene sentido. O no, no lo tiene. Esta vez está sobrio, lo que significa que puedo besarlo de vuelta, ¿cierto? ¿Y si se molesta? Pero no puede molestarse, él fue quien me besó..."

Posiblemente hubiera seguido así por minutos, de no ser por el suave movimiento de los labios de Narancia, quien estaba impaciente por su respuesta. Así que se obligó a, por una vez en su vida, apagar su cerebro, y corresponder el maldito beso.

Pudo sentir la pequeña sonrisa cuando comenzó a mover sus labios. Y ahora que se estaba dejando llevar, pudo darse cuenta de lo cálido y electrizante que era aquel contacto. Quería más. Y por supuesto, Narancia iba a dárselo.

Poco a poco, los movimientos se volvieron menos dudativos. Entreabrieron sus labios, buscando que sus alimentos se mezclaran, pronto dando paso a sus lenguas, iniciando una danza al inicio tímida, pronto salvaje. Narancia llevó su mano al cuello del contrario, buscando profundizar el beso. Y eso fue todo lo que se necesitó para que Fugo perdiera el control.

El rubio lo jaló de la cintura, casi con violencia. El otro chico soltó un jadeo que solo logró encenderlo más. Giró para quedar sobre el azabache, quien en lugar de resistirse, rodeo sus caderas con las piernas, como si temiera que en cualquier momento decidiera escapar. Tal vez una parte de él aún lo temía.

Para ninguno de los dos parecía ser suficiente: No tras de tantos años ignorando lo que sentían, fingiendo que estaban bien siendo solo amigos. Sus manos buscaban aferrarse a cualquier parte del otro, sus bocas trataban de devorarse, sus calderas buscaban fricción. Después de lo que pareció una eternidad, y al mismo tiempo, un segundo, Fugo rompió el beso, no por gusto, sino porque necesitaba respirar.

—Te amo.— Susurró Narancia, entre jadeos.

—Yo también te amo.— Respondió Fugo, para luego volverlo a besar.


Alaverga, me llevó un chingo escribir este capítulo. Y fueron 7,187 palabras (nuevo récord).

Me encantan los fics de esta pareja. Especialmente en los que no tratan a Narancia como un niño pequeño en el cuerpo de un adolescente. A pesar de que Fugo irradia esa energía "dominante", siento que Nara es más abierto, y posiblemente sería el que daría los primeros pasos en la relación.

Por otro lado: Tengo una debilidad por el pop de los 2000. En realidad, la versión de "Maneater" que puse aquí salió hasta el 2004, cuando esta historia se desarrolla en el 2001, pero fijamos que no.

Si quieren material Fugonara más explícito, los invito a pasar a leer "Insomnio", está entre mis fics.

Ah, como aclaración: Aquí los eventos de Purple Haze sí pasaron, pero cuatro meses antes.