Bueno, estoy segura de que varios de ustedes van a disfrutar mucho de este capítulo.

Advertencias: Descripciones gráficas de violencia.

Recomendación musical: Ando buscando a un Cabrón - Los Originales.

Habían pasado tres días desde que volvieron a Nápoles tras unas bizarras vacaciones que cambiaron completamente la dinámica del grupo de Bucciarati. Inmediatamente después de regresar, se habían visto sumergidos en un montón de trabajo, pues dadas las limitaciones físicas y sociales de ser una tortuga, Polnareff (quien por cierto, casi sufre un infarto al enterarse de lo de Giorno) no pudo hacerse cien por ciento responsable de todo en su ausencia.

Abbacchio terminó de revisar el reporte de la investigación que había tenido que realizar: Algo sobre el asesinato de unos pandilleros involucrados con el tráfico de drogas. En cierto sentido, su nuevo trabajo como jefe de investigaciones dentro de la mafia era una versión más turbia del puesto de detective al que aspiraba en sus días dentro de la fuerza policial. Solo que mejor pagado. Y más sencillo, debido a que no contaba con estúpidas restricciones morales. Ah, y sin que todo su esfuerzo se fuera al caño cuando los culpables se libraban del castigo con un soborno. En resumen: era mucho mejor.

Oh, a veces la vida es tan irónica.

Tras terminar de revisar el documento, lo guarda en una carpeta y se dirige a la oficina de la otra ironía. Antes de llamar a la puerta se acomoda el cabello y la ropa, tratando de verse tan presentable como sea posible.

—Adelante.— Llama una voz aterciopelada.

Ahora que ha recibido el permiso, ingresa a la habitación. Lo primero que ve es a un joven rubio, vestido con un impecable traje negro. A pesar de su juventud, su rostro refleja madurez, autoridad, poder. Era increíble lo que un buen maquillaje podía lograr, aunque ahora, sabiendo su secreto, podía notar algunos detalles que lo delataban, como la ausencia de la famosa nuez de Adán, o lo poco natural que sonaba el timbre grave de su voz.

Porque ese hombre, Giorno Giovanna, el poderoso Don de la organización criminal más importante de Italia, Passione, es en realidad una chica. Una muy hermosa, por cierto, como cualquiera que la haya visto sin su disfraz masculino podría atestiguar.

Detrás de él (ella) se encuentra Guido Mista, su fiel guardaespaldas personal, aparentemente relajado, pero listo para entrar en acción en caso de que el hombre que se encuentra al otro lado del escritorio intente algo raro.

—Oh, eres tú, Abbacchio. ¿Qué necesitas?— Escucharla utilizar ese tono de voz forzado es extraño. Al igual que oírla decir su apellido completo, pues últimamente, cuando están solos (o con personas de confianza) lo llama por su primer nombre. O "Abba", una especie de diminutivo de su apellido que le hace derretir cada que sale de esos labios. Pero en ese momento hay alguien más, ese hombre, probablemente el político al que mencionó durante el desayuno, por lo que deben dar un aspecto profesional.

—Vengo a entregar el informe del caso Pendino.— Respondió, tratando de sonar serio y no como el idiota enamorado que era.

—Excelente. Puedes dejarlo sobre mi escritorio, lo revisaré más tarde.

Tras hacer lo indicado, Abbacchio se retiró a lo que Narancia denominaba como "la casa dentro de la casa", o sea, la sección más hogareña y privada de la mansión, donde estaba la segunda cocina, un comedor, la sala de TV y las habitaciones. Tras recorrer un larguísimo pasillo y traspasar una enorme puerta de roble, la decoración interna cambió a una mucho menos ostentosa, completamente distinta a la fachada que tenían para los escasos visitantes.

Leone se dirigió a la cocina, donde Fugo y Narancia se encontraban demasiado ocupados intercambiando saliva como para notar su presencia, con un par de libros de historia y una libreta olvidados sobre la mesa. No le sorprendió, llevaban comportándose de esa forma desde que regresaron de sus vacaciones.

Ignorando a los mocosos calenturientos, preparó una taza de té negro y buscó algo dulce en la alacena para acompañarlo. Si en algún momento Fugo o Narancia se dieron cuenta de su presencia, no lo hicieron notar.

Con la taza de té en una mano y su libro de turno en la otra, se acomodó en el sillón y se dispuso a leer hasta la hora de la cena. Aproximadamente una hora después, sintió el peso de alguien más hundiéndose en el sofá.

—¿Qué tal la junta?— Preguntó, sin despegar la mirada del libro (a pesar de que de un momento a otro se había vuelto incapaz de de concentrarse en el texto).

Se escuchó un suspiro, y luego sintió un peso ligero apoyarse en su hombro. Esa era otra de las cosas que habían cambiado con las vacaciones: Giorno, por alguna razón, parecía buscar su cercanía. Siempre había sido algo física con el resto de la pandilla (especialmente con Mista) así que el albino trataba de no hacerse ilusiones al respecto, pero aún así, no lograba evitar que su corazón se desbocara en cada situación similar.

—Bastante bien, en realidad.— Respondió, aunque su voz (esta vez la natural, lo que resultaba un alivio después de horas forzando sus cuerdas vocales) reflejaba lo contrario. —Pero el tipo es bastante desagradable.— Añadió, recordando todos los comentarios desagradables que había hecho sobre su esposa y las "zorras" con las que se acostaba, a demás del despectivo "lo entenderás cuando crezcas, niño" que agregó al notar que no se reía de ninguna de esas "bromas".

—Puedo encargarme de él si quieres.— Ofreció Mista, ansioso por complacer a la rubia (y por impedir que Abbacchio monopolizara su atención), mientras a falta de espacio disponible en los cojines se sentaba en el brazo del sofá, teniendo cuidado de no soltar a Polnareff en el acto. Giorno pareció pensarlo por unos segundos antes de rechazar la oferta.

—Agradezco la intención, pero sería demasiado problemático.

—Mista, te he dicho un millón de veces que no te sientes en el borde del sillón. Así se echan a perder.— Regañó Bucciarati, mientras entraba a la sala acompañado de Trish. Ambos traían consigo voluminosas bolsas de papel.

—Podemos pagar un millón de sillones igual que este y seguiríamos siendo ricos.— Dijo el pistolero (aunque de todas formas, obedeció la orden de Bucciarati).

—No se trata de eso, sino de cuidar las cosas. Por cierto, uno de los restaurantes que acaban de solicitar nuestra protección nos ofreció comida. No está envenenada, así que hoy no tendremos que preparar la cena.

Nadie cuestionó cómo sabía que la comida no estaba envenenada: Bruno tenía sus métodos. Los presentes se dirigieron a la cocina, excepto Giorno, quien primero quería ponerse algo más cómodo. Mista hizo un comentario respecto a lo desagradable que eran encontrar a la nueva pareja tragándose a cada rato, a lo que Narancia respondió que solo estaba celoso de que no fueran él y Giorno. Incluso Abbacchio se rió un poco.

Veinte minutos después, cuando la comida ya estaba servida, Giorno regresó, esta vez usando la camisa que le había cedido Abbacchio (imagen por la que dicho peliblanco había vuelto a creer en Dios, solo para tener a quién agradecerle), descalza y sin maquillaje. Sus hermosos trajes con los que hacía aparición pública no eran nada cómodos (sin contar el uso del binder), así que ahora que no tenía que ocultarse de sus amigos usaba ropa más "casual" dentro de casa.

—Abba, terminé de revisar el reporte sobre los homicidios en Pendino. Bucciarati enviará a un par de hombres a hacerse cargo de los involucrados. No hay más trabajos similares, así que tienes los próximos días libres hasta nuevo aviso.

—Giorno... Nada de hablar de trabajo durante la cena.— Regañó Bucciarati.

Abbacchio, mientras tanto, ya estaba haciendo planes en su mente: llevaba todos esos días esperando para tener suficiente tiempo libre para hacer "una pequeña visita". El mismo día que regresaron a Nápoles había hecho unas llamadas a algunos ex-compañeros de las fuerzas policiacas que le debían favores, por lo que ya conocía la dirección y registro criminal de Cecilio Burnello, el infame padrastro de Giorno.

Esperó a que terminara la cena, así como la inevitable charla extraña traída a flote por Guido (aunque mucho menos violenta de lo habitual, pues tener a Narancia sobre su regazo reducía los niveles de estrés de Fugo a un 10%), luego se metió a su habitación a buscar prendas más discretas, así como una capucha para ocultar su cabello. Se vistió con ropa de dormir, pues existía la posibilidad de que, al igual que las noches anteriores, Giorno llamara a su puerta para desearle buenas noches antes de dormirse, y no quería levantar sospechas. No se equivocó, pues a eso de las once de la noche la rubia hizo acto de presencia, vestida con una pijama de ranitas, musitó un encantador "Buenas noches, Abba" y tras recibir su respuesta se retiró a su propia habitación.

No esperando más interrupciones, se colocó un pantalón deportivo, botas de uso rudo, una camiseta de tirantes y una hoodie, todo de color negro, y se recogió el cabello en una coleta. Volvió a colocarse su maquillaje (porque siempre perra nunca imperra), tomó una mochila deportiva y cuando notó que la casa estaba silenciosa, se escabulló hacia el exterior.

Estaba por atravesar la puerta principal, cuando una voz bastante conocida lo hizo detenerse en seco.

—¿A dónde crees que vas?— Abbacchio buscó la fuente del sonido, encontrando a Mista del otro lado del salón, caminando hacia él.

Como a veces sucedía, las Sex Pistols habían estado molestando a su usuario por un bocadillo nocturno, y Guido Mista sabía perfectamente que la única forma de hacer que sus hijos... Es decir, su stand, dejara de fastidiar era dándoles comida.

—Nada que te importe.— Trató de seguir su camino, pero nuevamente, la voz de Mista resonó en la estancia, amenazando con despertar a todos.

—Tal vez no me importe a mi... Pero seguro que Giorno y Bucciarati estarán interesados en oír sobre tu escapada nocturna.

Abbacchio trató de idear una excusa mientras maldecía internamente a Mista por ser tan chismoso. Escupió lo primero que se le ocurrió.

—Voy a la tienda.

—¿A la una de la mañana y vestido como un puto espía?— Preguntó con sarcasmo, interponiéndose entre el albino y la puerta.

—Sí. Ahora quítate de mi camino.

—¿De verdad crees que soy tan estúpido?

—Sí.

—Intenta otra vez. O puedes decirle la verdad a Bucciarati

—Voy a una fiesta.

El pistolero lo miró con incredulidad antes de colocar sus manos frente a su boca, a modo de altavoz.

—¡BUCCIARA...!— No pudo continuar, pues Leone cubrió su boca con una mano.

—Bien, te voy a decir, pero cierra el puto hocico. Voy a hacerle una visita al padrastro de Giorno.

—Perfecto, voy contigo.

—No.

—O vamos juntos, o le digo a Giorno.

El primer impulso de Leone fue partirle la cara por tener LA AUDACIA de chantajearlo, pero inmediatamente descartó la idea, pues supuso que eso solo le traería más problemas. Después, consideró la opción de llevarlo: En otras ocasiones habían hecho un excelente equipo de tortura, jugando (de una forma muy retorcida) al policía bueno y al policía malo. A demás de que sería una garantía de que no fuera a ir por ahí con el chisme, pues si se hundía él, también lo haría Mista.

—Bien.

Se dirigieron a una pequeña caseta ubicada en la parte trasera de la casa, la cual usaban como almacén de herramientas y cosas que no sabían en dónde más poner. Eligieron algunos artilugios que podían serles de utilidad (una batería de coche, pinzas, un soplete, cables, cuerdas, un martillo, una sierra eléctrica, un machete, etcétera), metieron lo que pudieron en la mochila de Abbacchio y Mista llevó lo demás.

Cuando salieron, se llevaron el puto susto de su vida al encontrar a Trish, ataviada en un camisón de satín y pantuflas a juego, parada en la puerta y viéndolos con cara de "así las quería agarrar, puercas". La pelirrosa había escuchado el grito interrumpido de Mista, y luego vio la luz de la caseta encendida desde su ventana, así que decidió ir a curosear.

—¿Qué están haciendo?— Preguntó, mientras sus preciosos ojazos escaneaban la vestimenta de Abbacchio, así como la motosierra y batería de auto que Mista cargaba.

—Vamos a torturar al padrastro de Giorno. ¿Quieres venir?— Ofreció Mista alegremente, como si fuera una invitación a la tienda. Abbacchio se hubiera dado una palmada en la frente de no tener ambas manos ocupadas.

—Claro. Iré a cambiarme, los veo en el auto.

Veinte minutos después, la pelirrosa llegó al garage vistiendo una minifalda y un crop top de cuero, así como botas de tacón. Un outfit nada apropiado para la ocasión, en opinión de Abbacchio, pero no iba a juzgar.

—Pensé en invitar a Fugo a unirse a la fiesta, pero escuché la voz de Narancia en su cuarto, y no me malinterpreten, amo a ese chico, pero no puede guardar un secreto aunque su vida dependa de eso.

Con Abbacchio al volante y Mista como copiloto, se dirigieron hacia un barrio de clase media ubicado a media hora de distancia de la mansión. Para cuando se estacionaron frente a una casa de aspecto descuidado, eran poco más de las dos de la mañana.

Y al parecer, estaban de suerte, pues mientras discutían sobre cómo proceder (pues según la información que Abbacchio había conseguido, el tipo vivía con la madre de Giorno, por lo que no estaría solo) una figura tambaleante se acercó al auto. Leone lo reconoció de inmediato gracias a las fotografías que uno de sus contactos le había proporcionado.

—Es él.

—¿Estás seguro?— Preguntó Trish.

—Cien porciento.

—Bien. Yo seré la distracción.— Antes de permitirles replicar, se bajó del auto y caminó directamente hacia el desagradable hombre. —Disculpe, señor...— Comenzó, con una voz extremadamente melosa. —Creo que estoy perdida. ¿Podría ayudarme?

Leone decidió que, dado el desarrollo de los eventos, el outfit de Trish resultaba bastante conveniente, pues como el muy cerdo estaba tan ocupado comiéndose a la chica con los ojos, no notó cuando se aproximó por su espalda para noquearlo con un efectivo golpe en la nuca. Entre él y Mista lo ataron de manos y pies antes de arrojarlo sin cuidado al maletero.

—¿Ahora qué?— Preguntó la pelirrosa, quien a pesar de llevar varios meses como miembro no oficial de Passione, era nueva en eso de secuestrar gente.

—Buscamos un lugar tranquilo, y comienza la diversión.— Explicó el pistolero.

Eso hicieron. Tuvieron la suerte de encontrar una fábrica abandonada, a la que Spice Girl les facilitó la entrada. Buscaron una silla y colocaron sobres ella a Burnello antes de sumergir su rostro en un balde de agua helada mucho más tiempo del estrictamente necesario para que despertara.

Ahora bien despierto y medianamente sobrio por el frío y el miedo, el tipo comenzó a recorrer con la mirada la estancia y a sus captores.

—Los mandó Calvino, ¿cierto?— Indagó, con voz temblorosa. —Juro que le entregaré su dinero mañana. Es más, ya lo tengo en mi casa... Solo... Solo déjenme...

—Esto no se trata de negocios.— Escupió Leone, interrumpiendo su patético balbuceo. —Es un asunto más... Personal.

Pudieron ver la confusión en su rostro. El tipo era un desgraciado, pero siempre tenía cuidado de meterse con personas débiles, carentes de respaldo. No tenía idea de a quién había jodido para meterse en esa situación.

—No... No sé de qué...— Un puñetazo lo suficientemente fuerte para tumbarle un par de dientes, cortesía de Abbacchio, lo calló.

—¿Dije que podías hablar?— El sujeto negó con la cabeza, aterrado.

—Abbachio, ya sabes que no debemos empezar por la cabeza. Si se te va la mano y se muere, se nos acaba la diversión.

Al peliblanco no le preocupó que se dijera su nombre. El plan era dejar vivo al sujeto, pero sabían bien que incluso si hablaba (lo cual era bastante improbable) no podría tomar represalias.

—¿Y si lo hacemos rápido? Para no perder el tiempo.— Sugirió el peliblanco, sorprendiendo a Trish, quien no tenía idea que esa era una clave entre ambos para dar pie a una especie de "broma".

—Okay.— Respondió Mista, sonando casi aburrido, para posteriormente sacar su pistola y apuntar directamente a la frente de Brunello.

—¡ESPEREN, NO, POR FAVOR!

Sonó un disparo, pero la bala nunca llegó a la frente de Cecilio. Abrió los ojos solo para encontrarse que la bala rebotaba al rededor de su cabeza. Al no ser usuario de stand y no poder ver a las Sex Pistols pateando la bala mientras reían y chillaban como desquiciadas, no tenía idea de lo que estaba pasando. Finalmente, tras una discreta señal de Mista, Tres dio un último golpe que dirigió la bala hacia la oreja del hombre, arrancando la mitad.

—¿Vieron su cara?— Preguntó Mista, con una enorme sonrisa. Trish comenzó a reír a carcajadas, las cuales contrataban notablemente con los gritos de dolor y de fondo, y al darse cuenta de algo, comenzó a reír más fuerte.

—¿Ya vieron? ¡Se orinó encima!— Anunció entre risas.

—¡Es cierto!— Contestó Mista, antes de unirse a las carcajadas. Incluso Abbacchio soltó una risita.

—Bueno, bueno. Sigamos.— Pidió el pistolero, secándose una lagrimilla. —¿Empezamos con las manos o los pies?

—Que sea al azar.— Dictaminó el albino, antes de lanzar una moneda al aire. —Manos.

El tipo no era estúpido, tenía una idea de lo que iba a pasar, pero todo se sintió más real cuando vio las pinzas. Mista acercó una mesa para colocarla frente a él y Leone soltó una de sus manos. Trató de resistirse, pero una fuerza invisible (Moody Blues) sujetó firmemente la extremidad sobre la mesa.

—Esperen. ¿No deberíamos decirle antes de qué se trata todo esto?— Preguntó Trish.

—Oh, cierto, cierto.—Respondió Mista, dejando la pinza a medio camino —Giorno Giovanna. ¿Te suena ese nombre?

Brunello negó desesperadamente. Abbacchio le sacó el aire de un golpe en el estómago.

—¿Estás seguro? Porque eres uno de sus tutores legales.— Informó el peliblanco.

—¡Está bien, está bien! ¡La conozco! ¡Pero no la he visto en años, lo juro! ¡Y no volví a golpearla desde que él lo ordenó!

—Mira, no tengo idea de quién es "Él", pero Giorno es ahora nyestra jefa, y aún más importante, nuestra familia.— Comenzó Mista, mientras sujetaba el borde de la uña con la pinza.

—Y nadie se mete con nuestra familia.— Completó Trish, mientras el pistolero ejercía presión sobre la pinza, rompiendo la uña. El alarido de dolor que obtuvieron como respuesta fue extremadamente satisfactorio. —Oye, Mista, ¿puedo intentarlo?

—Por supuesto.— Respondió, mientras le cedía la herramienta.

—¿Cómo lo hago?

—Solo sujetas la uña y jalas hacia arriba.

—Bueno, voy a intentar.— A continuación, se escuchó un chasquido, y otro grito de dolor.

—¡Solo la golpeaba para educarla! ¡Era una mocosa imposible!

Habían tantas, tantas mentiras en esa frase. Los tres sabían que Giorno era una de las personas más tranquilas (mientras no la provocaran) del mundo, y que, aunque no fuera el caso, eso no era justificación para golpear a un niño. Pero no iban a discutir eso, era una pérdida de tiempo.

—¿Ah, sí? ¿También intentaste violarla para "educarla"?— Cuestionó el ex-policía con voz cortante. Los ojos de Burnello reflejaron el pánico. Recordaba fragmentos de esa noche, los suficientes para saber qué es lo que había estado a punto de hacer.

—No sé de qué me hablas.— A una señal, Trish arrancó una nueva uña. —¡Lo que sea que les haya dicho es mentira! ¡Esa niña es una mentirosa!— Insistió entre chillidos, los cuales volvieron a intensificarse cuando perdió otra uña. —¡NI SIQUIERA LA TOQUÉ! — Un chasquido más, y ya no quedaban uñas en esa mano. —¡ELLA ERA LA QUE ME PROVOCABA, LO JURO!

—¿Vamos con la otra mano?— Preguntó Trish, asqueada por las declaraciones del tipo.

—No.— Declaró Mista, su voz irreconocible por la ira. — Trae el martillo.

Entre los dos, destrozaron metódicamente cada uno de los 27 huesos de esa mano, comenzando con los dedos. Los gritos, en lugar de incomodarlos como harían con personas normales, les provocaban satisfacción. Cuando terminaron, las excusas de Burnello se habían transformado en súplicas.

—¿Quieres parar tan pronto? ¡Pero si apenas estamos comenzando!— Anunció Mista, mientras una sádica sonrisa se formaba en su rostro. Desataron el brazo izquierdo, sin molestarse en atar el derecho: no creían que pudiera hacer gran cosa con él.

—Esta es mía.— Declaró el ex-policía, antes de reducir la mano a una pulpa sanguinolenta.

Durante las próximas horas, dejaron desbordar su creatividad en el cuerpo del hombre. Golpearon, extrangularon, apuñalaron, asfixiaron, electrocutaron, quemaron, rompieron huesos... Y cada que el dolor le arrebataba la conciencia, volvían a despertarlo para seguir con la tortura. Decidieron que era suficiente solo cuando la luz del sol comenzó a filtrarse.

—Esperen. Hay una cosa más qué hacer. Solo hay una forma de garantizar que no intente violar a nadie de nuevo, ¿cierto?

Los otros dos entendieron inmediatamente las intenciones de la pelirrosa. Mista buscó un par de ladrillos, para usarlos como soporte, mientras Abbacchio lo sostenía. Ya estaba desnudo (toda su ropa había sido cortada en algún punto de la madrugada) así que solo fue cuestión de acomodar el trozo de carne sobre la irregular superficie, extendiéndolo (con ayuda de unas pinzas, pues Trish se negaba a tocarlo) como si se tratara de alguna asquerosa especie de gusano.

A pesar de estar medio inconsistente por el dolor, Burnello espabiló un poco al darse cuenta de lo que estaba a punto de suceder. Trató de retorcerse, y soltó un grito gutural, el cual sonaba especialmente desagradable ahora que no tenía lengua.

Trish levantó el machete, y en un movimiento fluido, lo dejó caer. Pero no pasó nada, excepto que Cecilio estaba (nuevamente) llorando. Para los usuarios de stand, quienes alcanzaron a ver la rosada mano de Spice Girl, la situación resultó bastante cómica.

—Buena esa, Trish.— Soltó Mista entre carcajadas.

La chica también rió, antes de elevar nuevamente el machete. Debido a la falta de filo, necesitó dar varios golpes.

—¿Estás bien, Mista?— Preguntó Giorno, al notar que el pistolero bostezaba por octava vez en lo que iba de la mañana.

No era para menos: Después de tirar al despojo humano en la entrada de un hospital y volver a la mansión, Mista solo había logrado dormir Media hora antes de que Bucciarati le anunciara que tenían una reunión de emergencia en una ciudad vecina, y que contaba solo con veinte minutos para alistarse. Ahora, Bucciarati, Giorno y él se encontraban en la parte trasera de una limusina.

—Sí. Solo... Me desvelé jugando videojuegos.

—Podemos parar por café.— Ofreció la rubia amablemente.

—Eso sería maravilloso.

Notas de Autora:Me causa conflicto utilizar el término "bizarro" sabiendo que el significado es completamente distinto al término anglosajón "bizarre", pero ya que la palabra se ha popularizado como una traducción y soy una firme creyente de que el lenguaje es construído por los hablantes y no las instituciones, lo voy a usar como se me hinchen los ovarios.

Otra cosa: Mi idea alternativa era que toda la gang se juntara para partirle su madre al padrastro de Giogio, pero supuse que Narancia actuaría sospechoso a la mañana siguiente, y Giorno se pondría triste porque creería que le están ocultando algo, y la chamaca merece ser feliz. A Bucciarati todos le tienen miedo (menos Trish y Fugo), aunque de hecho, él estaría encantado con la idea, pero preferiría no intervenir a menos que Giorno lo solicite explícitamente.

Y sí, yo también sentí las Kira/Melone vibes al hablar de manos y pies.

Adicionalmente, les dejo una tabla con las orientaciones sexuales de los personajes en este AU.

-Mista: Heterosexual (según él). Su excepción es Giorno.

-Narancia: Gay.

-Fugo: Gay.

-Trish: Bisexual hot mess. Prefiere a las chicas, eso sí (y no la culpo).

-Abbacchio: Bisexual.

-Bucciarati: Demisexual.

-Giorno: Bisexual, pero del tipo que se considera hétero (incluso aunque a veces se descubre teniendo pensamientos pecaminosos sobre sus amigas). Confunde el "quiero ser ella" con "quiero estar con ella" (básicamente, yo a inicios de secundaria).

Pueden encontrar dibujos de los outfits de Trish en la versión de Wattpad (Dessirenya2047) o en mi Tumblr, Moody-b1tch.