Advertencias: Este va a ser un capítulo "de los densos" en algún punto. Se van a tratar temas delicados relacionados al crímen organizado. No voy a decir más porque sería spoiler.
Adicionalmente, agradezco a AnyelinD, mi hermana Pao y bizarre_trash por permitirme usarla como personajes, y a cxrashe_ , por prestarme a uno de sus OC.
Por si el asunto de los géneros se pone confuso, recuerden que, ante el mundo, Giorno es hombre.
Tropea. Un hermoso pueblo costero ubicado a aproximadamente cuatro horas y media en auto de Nápoles. Esa pequeña localidad a las orillas del mar Tirreno, a pesar de contar con algunas de las playas más hermosas de todo Italia, es poco concurrida. Su principal fuente de ingresos es la pesca... Además de ser uno de los principales puertos clandestinos de Passione, dónde se recibían las mercancías más raras y costosas. Cuenta con apenas 7,000 habitantes.
Por lo tanto, no es de sorprender que Giorno Giovanna jamás hubiera puesto un pie en ese pueblo, o que el contacto que tuviera con su Capo fuera mínimo y de segunda fuente. Honestamente, Giorno no conocía, ni de cerca, a todos los miembros de Passione. Solo los más altos mandos (líderes de regiones importante o poseedores de gran influencia) habían tenido que rendirle pleitesía personalmente: Con el resto de la organización había sido suficiente la ciega (y distante) sumisión hacia la nueva figura de poder que Giovanna representaba.
Por supuesto, ese era un error que la ("el", ante los ojos del mundo) joven Giovanna trataba de corregir. En su defensa, apenas llevaba siete meses y medio en el poder, y la organización abarcaba básicamente todo el país. Por eso, justo en ese momento, se encontraba en la carretera, rumbo a Tropea, donde había sido citada por Ciavarella, el capo a cargo de ese pequeño pueblo y su puerto.
Si de Giorno dependiera, hubiera llevado consigo únicamente a Bucciarati y Abbacchio, por cuestiones de practicidad. Pero Mista era su guardaespaldas personal, por lo que no podía deshacerse de él tan fácilmente, y al tratarse de un terreno poco conocido, la presencia de Narancia, el segundo a cargo de su seguridad, era requerida. Por supuesto, Narancia no estaba dispuesto a separarse de su amado novio, Panacotta Fugo, y en realidad, resultaba un trabajador más eficiente cuando no se la pasaba suspirando por lo mucho que extrañaba al amor de su vida, así que era más práctico llevar al rubio con problemas de ira. Trish se apuntó sola al viaje, pues tenía ganas de conocer las playas de la zona.
El viaje había sido, (sorprendentemente) bastante tranquilo hasta el momento. Bucciarati estaba tomando el turno actual como conductor, con Trish en el asiento de copiloto. En la siguiente fila de asientos, Giorno, sentada entre Mista y Abbacchio, dormitaba recargada contra el pecho del gótico, quien observaba al pistolero con una pequeña sonrisa de suficiencia mientras la rodeaba de la cintura con un brazo (con el pretexto de que así no iba a caerse). En la fila de asientos posteriores iban Narancia y Fugo, el chico de la bandana naranja jugando con una consola portátil, recostado en las piernas de su novio, quien jugueteaba distraídamente con su cabello mientras observaba el paisaje.
—¿Cuánto falta?— Preguntó Narancia, por vigésimo tercera vez. En realidad, eso era poco para sus estándares.
—Aproximadamente veinticinco minutos.— Informó Bucciarati.
Las voces despertaron a Giorno, quien parpadeó unas cuantas veces, bastante confundida por unos segundos hasta que cayó en cuenta de quién era y dónde estaba.
—¿Ya es mi turno de conducir, Bucciarati?
Absolutamente todos en el auto (excepto Abbacchio, quien había comprobado durante esas escapadas semanales a la tienda, las cuales prácticamente eran ya una rutina secreta, que la chica podía conducir decentemente) se tensaron: Sus experiencias con Giorno al volante no eran del todo placenteras.
—No te preocupes, Giorno, ya casi estamos ahí.
La chica asintió antes de volverse a recostar en su almohada favorita (A.K.A. los pectorales de Abbacchio). Apenas había podido dormir durante la noche, adelantando la revisión de ciertos documentos, pues ese viaje improvisado posiblemente tomaría un par de días. Normalmente, hubiera delegado la responsabilidad a algún subordinado, pero Ciavarella le había dado a entender en su carta que el asunto era de vital importancia. No creía que un capo se atreviera a exigir la atención del Don de forma tan descarada si se tratara de una mentira (no después de que se corrió la voz de lo que le sucedió al último que lo intentó), por lo que lo más lógico era creer que en realidad era algo urgente.
Unos veinte minutos después, llegaron a la entrada del pueblo. Bruno no estaba seguro de hacia dónde dirigirse a partir de ese punto. No tenía señas particulares sobre cómo localizar a Ciavarella, pero suponía que, tratándose de un pueblo tan pequeño, solo tenía que preguntar a los locales. Mientras se aproximaba al arco que indicaba "Bienvenidos a Tropea", algo llamó su atención: A un lado de la carrera se encontraban dos personas, de las cuales la más alta agitaba el brazo en lo que asumía era la señal universal para pedir un aventón. Mientras se acercaba, pudo darse cuenta de que eran dos chicas. Y un perro.
—Ignóralas.— Sugirió Abbacchio. El sonido de su voz volvió a despertar a Giorno, quien tres segundos después estaba completamente alerta.
Bucciarati entendía el por qué de la desconfianza de Leone. Años de experiencia en el mundo de la mafia es habían enseñado que cualquier persona puede ser un enemigo, incluyendo a dos chicas aparentemente inofensivas. Pero otra parte de él no se sentía cómodo ante la perspectiva de ignorar a dos mujeres (y su perro) en medio de la nada: Hacer auto-stop era ridículamente peligroso. Nunca se sabe con qué clase de loco puedes encontrarte.
Aunque finalmente, no era su decisión.
—¿Giorno?— Preguntó. Se haría lo que la Don dijera.
—Está bien, Bruno. Detén el auto.
Automáticamente, todos en el carro entraron en estado de alerta. El radar de Aerosmith se materializó sobre el ojo derecho de Narancia, Mista llevó una mano hacia su pistola y el agarre de Abbacchio sobre la cintura de Giorno se intensificó.
De cerca, pudieron analizar mejor a las chicas. La más alta, quien era la que estaba haciendo el signo de "stop" era pálida, tenía el cabello (rojo oscuro, excepto por un par de mechones negros al frente) hasta los hombros, usaba un labial carmín, del mismo tono que su corsé decorado con mangas de encaje negro, un cinturón de cuero, así como una falda larguísima, igualmente negra. A demás, traía puestos unos audífonos rosa pastel con orejas de gato que no solo desentonaban con su vestimenta, sino que parecían completamente fuera de contexto. La otra chica era muy bajita, aunque usaba unos enormes tacones rosas para compensarlo. Tenía la piel color canela, el cabello marrón hasta la barbilla en un estilo similar al de Bucciarati. Llevaba una minifalda negra, calcetas también negras hasta las rodillas, un ajustado corsé rosa y varias pulseras de colores.
La pelirroja se acercó a la ventanilla del piloto, la cual Bruno deslizó para poder hablar. La chica lo analizó por unos segundos, así como a los pasajeros del auto. Luego, sonrió.
—¿Eres Bruno Bucciarati?— Su tono de voz era, en contraste con su vestimenta, bastante alegre. Eso no evitó que todos en el auto se pusieran aún más tensos, especialmente al notar que su "cinturón" en realidad era una funda para cuchillos.
—¿Cómo lo sabes?— Preguntó Mista, quien ya le estaba apuntando con su revolver. La joven no pareció intimidada por eso.
—Ah, tú debes ser Guido Mista. No estaba segura, pero lo supuse por las descripciones. Ciavarella nos envió a recibirlos y a guiarlos hacia la casa.
—¿Ustedes trabajan para Ciavarella?— Preguntó Trish, ligeramente sorprendida. No era común ver a miembros de Passione femeninas.
—Sip. ¿Podemos subir? Llevamos un rato esperando y a Any le duelen los pies.
Ante un asentimiento de Giorno, Bucciarati retiró el seguro, permitiendo que la chica abriera la puerta del auto.
—¿Está bien si Any va al frente? Para que pueda indicar las direcciones. Yo soy muy, muy, muy mala guía.— La aludida le dirigió una mirada de pánico, sintiéndome muy incómoda ante la idea de ser dejada prácticamente sola con un desconocido, pero no protestó. De mala gana, Trish se pasó a la segunda fila de asientos.
—Mista, muévete.
—¿Qué? ¡Por qué yo!
—Porque es mi turno de ir a lado de Giorno. Ahora muévete.
Una mirada de advertencia, cortesía de Bucciarati, fue lo que detuvo la pelea que estaba por iniciar. De mala gana, Mista se fue a los asientos traseros. Fugo dio unas palmadas en sus muslos y como respuesta, Narancia se sentó en su regazo, dejando espacio para la desconocida. La chica subió, pero antes de cerrar la puerta, hizo un gesto similar al de Fugo, a lo que el perro parecido a un golden retriver con enanismo (del que todos se habían olvidado) se subió de un salto.
—¿Vas a subir esa cosa al auto?— Cuestionó el rubio, haciendo un gesto de asco.
—No es una cosa. Se llama Doctora, y te aseguro que es mucho más limpia que tú, rubio mal teñido.— Replicó con un tono ácido, mientras acariciaba la cabeza del perro.
Mista comenzó a reírse a carcajadas, mientras Fugo parecía estar a punto de cometer un crimen de odio. Lo único que evitó una masacre fue Narancia, dándole besitos en el cuello y acariciando su cabello en gesto tranquilizador: Bucciarati le había prometido una nueva consola si evitaba que su novio cometiera actos violentos no justificados durante el viaje.
Arrancaron, y por unos diez minutos, lo único que se oía era la melodiosa voz de la chica a la que se habían referido como "Any" cada que indicaba un giro. Eso cambió después de que el perro (Doctora) soltó una especie de quejido.
—Espera un poco, Doc. Ya casi llegamos a la casa.— Dijo la chica, mientras acariciaba su peluda cabeza. Como respuesta, el animal emitió otro sonido similar. —Bien, bien. Veré qué puedo hacer.— Esta vez dirigiéndose a las personas del auto, preguntó: —¿Alguien tiene agua?
Giorno le extendió una botella medio llena.
—Muchas gracias.— A continuación, retiró la tapa y le ofreció la botella a Narancia, quien la tomó, desconcertado, hasta que la chica juntó sus manos, formando una especie de cuenco. —¿Podrías?
El perro comenzó a beber de inmediato, como si llevara días sin tomar agua.
—¿Cómo supiste que quería agua?— Preguntó Narancia, fascinado.
—Por su lenguaje corporal.— Contestó Fugo. A juzgar por la respiración agitada y la lengua de fuera, era obvio que el animal tenía sed.
—Sí y no. Soy buena leyendo el lenguaje corporal de los animales, especialmente de mi Doc. Pero en este caso, ella me lo dijo.
—¿Te lo dijo?— Narancia se veía bastante confundido.
—Sip. Mi stand, Glass Animals, me permite hablar con los animales.— Explicó mientras le daba unos toquecitos a sus audífonos. Ahora, la atención de casi todos en el auto estaba sobre ella.
—¿De verdad? ¡Qué genial!
—¿Quieres intentarlo?
—¿Puedo?— El rostro del chico estaba iluminado de pura emoción. Como respuesta, la pelirroja se quitó los audífonos y los acomodó en la cabeza del azabache. Algunos notaron que estos se conectaban a la oreja izquierda de la usuaria a través de un cable.
—¿Hola?— Preguntó, tentativo, mientras observaba al perro. Este movió la cola y ladró bajito. —¡OH-DIOS-MIO-ME-DIJO-HOLA!— Gritó, casi dejando sordos a todos en el carro. —¡También me gusta como hueles!— Añadió, esta vez para Doctora, quien, en respuesta, le lamió la mano.
—¿Tú también tienes un stand?— La voz de Giorno, súbitamente ronca y masculina, los desconcertó un poco después de varios días escuchándola hablar de forma normal. Any se sintió nerviosa, no solo por la mirada seria de "ese" joven, sino porque sabía, incluso si no se había presentado formalmente, que se trataba del Don de Passione.
—Sí.
—¿Cuáles son sus habilidades?
—Llorar.— Respondió la otra muchacha, en medio de una risita. Any pareció un poco molesta por el comentario, pero no reaccionó mal.
— Técnicamente, sí. Crybaby produce lágrimas, pero es más útil de lo que parece. Puede usarlas como proyectiles o inundar una habitación cerrada.
—Ya veo.— Giorno asintió suavemente, con gesto pensativo. Probablemente estaba analizando las aplicaciones de ese stand.
—¿Todos en su equipo tienen un stand?— Indagó Fugo, quien ya estaba mucho más tranquilo.
—Sí. Todas.— Respondió la usuaria de Glass Animals.
Solo Giorno, Bucciarati y Trish prestaron atención a las implicaciones del "todas".
Antes de que pudieran seguir pidiendo explicaciones, Any les indicó que estaban a punto de llegar.
El lugar era una casa grande de aspecto austero, ubicada a unos quinientos metros de la playa. En la entrada habían un par de camionetas ligeramente oxidadas y una motocicleta aparcadas. También había una pequeña área techada con una mesita de café, varias mecedoras y sillas.
Una chica, vestida con shorts, una sudadera a la altura del ombligo bastante holgada, botas y cubrebocas, todo de color negro, se encontraba leyendo un libro. La brisa marina arrastraba parte de su corta melena castaña a su rostro, y por más que trataba de apartarla, su cabello siempre volvía a su cara. Dejó de leer cuando notó la camioneta acercándose.
La chica del perro bajó incluso antes de que el auto se detuviera completamente y corrió hacia la castaña. Ni siquiera recuperó su stand, el cual seguía en la cabeza de Narancia, aunque eso no fue un problema, pues el cable solo continuó estirándose.
—¡Buenos días, Pao! ¿Dormiste bien?
—Bastante. Gracias por preguntar. ¿Son ellos?— Preguntó, señalando a los recién llegados, quienes bajaban del auto y se estiraban.
—Sip. Parecen agradables. Excepto el rubio de traje agujereado: Insultó a la Doctora.— Explicó, con aire ofendido. —¿Quieres que te haga una trenza?
—Por favor.
La castaña se puso de pie y dejó el cubrebocas sobre la mesita, revelando que era bastante alta, prácticamente de la misma estatura que la otra chica, y un rostro extremadamente joven, casi infantil.
—¿Son hermanas?— Preguntó Bucciarati, incapaz de ignorar el parecido físico.
—Sip, es mi hermanita.— Respondió la mayor, mientras trenzaba el cabello de la otra. —Y si alguno de ustedes la toca, voy a despedazarlo, sin importar quién sea.— Agregó, con un tono inusualmente serio. Bucciarati no se lo tomó a mal.
—Me parece justo.
—Bien, ya está.— Anunció, mientras terminaba de sujetar el cabello de su hermana. —Ahora, por favor, acompáñenme.
Con Bucciarati y Giorno al frente, todos ingresaron a la casa. La sala estaba decorada de forma austera y tenía un aspecto ligeramente desgastado, pero aún así limpio y acogedor.
Sentada en uno de los sillones se encontraba una chica de unos veintitantos, de cabello negro (exceptuando el fleco y una extraña media-coleta, que eran de un azul vibrante), ojos inusualmente oscuros, con jeans rasgados y varios abrigos de distintos colores, uno sobre el otro, a lado de otra joven, morena, de largos cabellos cafés, vestida con shorts turquesa, medias de red, botas azules, crop top negro y plateado y un enorme abrigo morado. Ambas se encontraban jugando cartas. Cuando el grupo de Bucciarati entró a la sala, la de cabello negro y azul aprovechó la distracción para deshacerse de un par de cartas.
—¡Ya llegamos!— Anunció la pelirroja, quien tenía cierta tendencia de decir lo obvio en viz alta.
—Dafne está haciendo trampa.— Anunció la más joven del grupo. La aludida la observó con molestia por unos segundos, para luego comenzar a guardar las cartas.
—¡Oye! ¡Aún no terminábamos!— Reclamó la de cabello largo.
—Ibas a ganar. Lo dejemos como una victoria de tu parte.
—Eh... Chicas. ¿Podrían comportarse? El jefe y su equipo están aquí.— Pidió Any, un poco avergonzada por el comportamiento de sus compañeras.
Eso pareció sacarlas de su estado natural de pendejez. A todas. Mientras la usuaria de Glass Animals caía en cuenta de que había estado tratando al hombre más poderoso de Italia y a su equipo de élite como trataría a alguien a su nivel y se reprendía mentalmente por ello, Dafne observaba a los recién llegados con ojo analítico. Solo su lenguaje corporal le bastó para hacerse una idea de la caótica y homosexual dinámica del grupo. Aún así, sabía que debía manejarse con cuidado, especialmente frente al rubio de traje oscuro. A pesar de su evidente juventud y aparente fragilidad, irradiaba poder y autoridad por cada poro.
—Me disculpo por el comportamiento de mis compañeras. Mi nombre es Dafne, y estoy a su servicio, Don Giovanna.— Para darle énfasis a sus palabras, la joven se apoyó sobre una rodilla, y tomó la mano derecha de Giorno para depositar un suave beso en los nudillos. A tres de los presentes el gesto no les hizo mucha gracia.
Como todo un caballero, Giorno la ayudó a ponerse de pie mientras agradecía el gesto de lealtad. Era fácil comprender como engatusaba a las mujeres (y no solo a ellas) con tanta facilidad.
—Tomen asiento. Iré por Ciavarella. Las demás, por favor, atiendan a los invitados.— Anunció Any antes de desaparecer por un pasillo.
—¿Gustan algo de beber? Agua, café, té...— Ofreció la de cabello largo.
—Cualquier cosa con alcohol para Abbacchio.— Soltó Mista. Últimamente soltaba comentarios de ese tipo con cierta frecuencia, en parte para molestar, en parte para hacerle ver a Giorno que él era mejor partido.
—¡Yo me encargo de eso!— Exclamó la pelirroja, para salir corriendo y en menos de un minuto regresar con una botella de vino rosado y otra de vodka, así como dos copas. Su perro la siguió a cada paso.
—Dess, no puedes embriagarte antes de medio día.— Explicó la chica de cabello largo, con gesto cansado.
—¿Según quién?— Replicó, ofendida, mientras servía una mezcla de ambas bebidas en una de las copas.
—Según el consenso general al que llegamos todas después de que rompiste la mesa.— Explicó Dafne. Mientras tanto, la más pequeña ya estaba en la cocina, hirviendo agua para café y té, y buscando una lata de soda para Narancia, así como agua mineral para Trish.
Finalmente, Abbacchio aceptó el vino (sin vodka añadido), y todos se acomodaron en la sala con ayuda de sillas extras, dejando un espacio vacío en uno de los sillones. Minutos después, Any volvió, seguida de una figura alta e imponente.
Entonces, Giorno comprendió el por qué de un escuadrón compuesto de puras féminas.
Ciavarella, el capo de Tropea, principal responsable del tráfico de mercancías exóticas en el sur de Italia, era una mujer.
Tenía el cabello corto, negro salpicado de plata, piel trigueña y hermosos ojos de un verde brillante. Vestía con un traje azúl sencillo pero elegante y zapatos de cuero pulcros, que en lugar de esconder sus atributos femeninos, los resaltaba. Y su razgo más destacable era, sin duda alguna, la enorme cicatriz que viajaba desde su pómulo izquierdo hasta la barbilla, torciendo la comisura de sus labios en una mueca eterna. Giorno le calculó unos cuarenta años.
—Agradezco que nos honre con su presencia, Don Giovanna.— Saludó, con un toque casi imperceptible de ironía en sus palabras. Su voz era ligeramente grave y bastante firme, al igual que su apretón de manos. —Mi nombre es René Ciavarella, aunque supongo que eso ya lo sabe.
—Es un placer conocerla. He escuchado mucho sobre usted.— Respondió Giorno, disimulando perfectamente su sorpresa.
En ese momento, Pao entró con una enorme bandeja, a lo que Dessiré corrió a ayudarla. Dafne, notando sus intenciones, intervino antes de que tirara algo. Giorno y Ciavarella tomaron asiento, una frente a la otra.
—Bien, Ciavarella. Como sabrás, soy un hombre bastante ocupado, así que me gustaría ir directamente al grano. ¿Cuál es ese asunto tan importante por el que solicitaste mi presencia?
—Traficantes de mujeres.
Un silencio sepulcral se asentó en la sala. Giorno apretó los puños: Si había una cosa que despreciaba más que las drogas, eso era el tráfico de personas, en cualquiera de sus modalidades.
—Elabora, por favor.
—Personalmente, tengo un historial con los traficantes de la zona, mucho antes de la reestructuración de Passione y la prohibición del tráfico humano. Pero durante los últimos meses, han sido especialmente agresivos en la búsqueda del control de mi puerto. Hasta hace tres días, consideraba que tenía un buen control de la situación, pero una de mis chicas desapareció sin dejar rastro, por lo que decidimos que era tiempo de pedir refuerzos.
—¿Por qué permitieron que las cosas escalaran tanto?
—Honestamente, porque no esperábamos obtener respuesta alguna. Hasta hace siete meses, el tráfico de mercancías era una de las áreas con menor relevancia en la organización, por lo que pasábamos bastante desperdiciadas. Estamos acostumbradas a manejar las cosas por nuestra cuenta. Incluso con las nuevas reglas, no sabía que esperar de esta nueva administración, Don Giovanna.
Incluso si la versión oficial era que Giorno siempre había sido el infame "Jefe secreto", cualquier persona con dos dedos en la frente notaría que esa era una excusa barata para justificar su toma de poder, no solo por la radicalidad de los cambios, sino porque simplemente, alguien de apenas diesiseis años no podría llevar más de una década a cargo de la mafia.
—Bueno, ahora sabe que estos asuntos merecen toda mi atención. ¿Qué información tiene sobre esos tratantes?
—El líder se hace llamar Angelo.— Para Fugo, quien estaba a lado de Any, no pasó desapercibido el escalofrío que esta tuvo al escuchar el nombre. —Él y sus hombres operaban bajo la protección de Passione hasta hace unos meses. Desapareció del radar con la prohibición del tráfico de humanos y drogas hasta mediados de julio, cuando trató de pasar a un grupo pequeño de chicas por mi puerto. María era una de ellas. Logramos reubicar a las demás con sus familias, pero ella no tenía a dónde ir, así que buscó a Santomassimo y volvió con un stand.
Giorno asintió. Santomassimo era uno de los veintitrés hombres, contando a Polpo, a los que se les había concedido una flecha durante el reinado de Diavolo, y uno de los nueve a quiénes había considerado dignos de conservarla.
—¿Puedo preguntar cómo consiguió que le permitieran hacer la prueba? Tengo entendido que Santomassimo no recluta niños.— Preguntó Bucciarati. Algo hipócrita de su parte, si se consideraba la edad a la que había reclutado a Fugo y a Giorno.
—Dijo que tenía 18.— Respondió, poniendo los ojos en blanco.
—Tengo casi 17. Estoy bastante cerca.— Aclaró la chica del abrigo morado. Entre más se explicaba de su vida, más semejanzas notaban con la historia de Narancia.
—¿Podemos regresar al tema principal?— Solicitó Giorno.
—Claro. Como te decía, después de que frustramos su operación, comenzaron los ataques. Destruyeron algunos de nuestros botes, dejaron animales muertos en nuestros territorios, intentaron algunas emboscadas y casi lograron incendiar esta casa. Tuvieron varias bajas, y después de eso, volvieron a esfumarse por un par de semanas. Hasta que hace tres días. Cassandra salió rumbo al pueblo, para recoger unos encargos, pero nunca llegó.
—¿Tienen algo que indique que fueron ellos los responsables de su desaparición? ¿Existe alguna posibilidad de que haya decidido marcharse por su cuenta?— El lado policía de Abbacchio había salido a flote en automático.
—Su familia biológica la vendió a los quince años, y ha estado a mi cargo durante los últimos seis. Si quisiera irse, me lo habría dicho. A demás, sí, tenemos inicios de que los hombres de Angelo estuvieron involucrados. Doctora cree que detectó el olor de uno de sus hombres en el punto donde perdemos su rastro.
—Un momento... ¿Están basando sus suposiciones en las palabras de un perro?— Preguntó Fugo, con incredulidad.
Dessiré se acercó a él a un ritmo violento, y por un segundo, algunos de los presentes creyeron que iba a golpearlo por insultar a su perro (quienes la conocían sabían que amaba más a ese animal que a sí misma), pero en lugar de eso, tomó los auriculares, que aún seguían en las orejas de Narancia, y los colocó en la cabeza de Doctora. Glass Animals se ajustó automáticamente.
—Doc, este imbécil está poniendo en duda tu testimonio. ¿Podrías explicarle lo que sabes de Cassandra?
El miedo de que Fugo reaccionara con violencia ante el insulto pronto quedó en el olvido, pues ante la mirada atónita del grupo de Bucciarati, el perro comenzó a hablar.
—¡Sí! Me pediste que siguiera el rastro de Cassandra, aunque fue algo difícil, pues su olor está por toda la zona, pero encontré el rastro más reciente por donde me indicaste, y lo seguí hasta donde se detuvo. Después me pediste que buscara cosas raras, y encontré un olor similar al de uno de los hombres que entraron a la casa la otra vez, pero te dije que no estoy segura de que sea el mismo porque habían muchos olores y era un espacio abierto. ¿Ellos nos van a ayudar a encontrar a Cassandra? La extraño mucho.
—Esa es la idea, Doc.
—¿Va a regresar, cierto?— Internamente, todas las chicas se preguntaban eso. Mista pensó que a esas alturas la joven debía estar muerta, pero, como si leyera su mente y quisiera establecer que era un idiota, Abbacchio respondió.
—Si fue capturada por tratantes de mujeres, que en este caso parece lo más probable, y no han dejado su cadáver o partes de ella como represalia, es bastante probable que siga viva. Probablemente la ven como mercancía.
—Eso mismo dijo Ciavarella. El problema es que no tenemos pistas de su paradero. A estas alturas, podría estar en cualquier parte del país. — Explicó Dafne.
—Llévenme a donde desapareció. Veré que logro encontrar.
—Bebé, ¿puedes llevarnos?— Preguntó Dessiré. Obviamente le hablaba a su perro.
—¡Claro! El rastro ya se borró, pero recuerdo como llegar. Síganme.
Mientras Fugo tenía una crisis existencial, preguntándose qué decía de su vida el hecho de que seguir a un perro parlante no fuera lo más extraño que hubiera experimentado hasta el momento, el resto de las personas trataban de conocerse, o algo parecido. Pao caminaba junto a su hermana y Anyelin al frente. Pronto se les unieron Narancia, Fugo y Bucciarati. El azabache menor comenzó a hacer preguntas sobre el funcionamiento de Glass Animals, y en algún punto, terminó presumiendo su propio stand.
—¡Mira, Pao-Pao! ¡Se parece a Mitski!
—Discúlpame, pero no veo la similitud entre un avión de juguete y una mariposa.— Dijo Anyelin.
—Son más o menos del mismo tamaño, no son humanoides y vuelan. Tres cosas en menos de diez segundos.
—¿Mariposa gigante? ¿Puedo verlo?— Preguntó Narancia, entusiasmado.
—No es buena idea. Mi stand libera una especie de droga que provoca la pérdida de control de las facultades mentales de quien lo aspira. No puedo controlarlo completamente. Por eso uso el cubrebocas.— Explicó la chica. Fugo se sintió identificado. Era algo similar a lo suyo con Purple Haze antes de que este evolucionara.
—¿Qué hay sobre los otros stands?— Preguntó Trish, quien se había decidido unirse a la conversación debido al interés que le provocaban los stands. No había conocido a otros, a demás de los del grupo, en un contexto que no involucrara intentos de secuestro o asesinato.
—Bueno, ya conocen a Glass Animals. Y como les dije antes, Any tiene a Crybaby, que básicamente llora. También saben sobre Mitski. — Agregó, mientras enumeraba con los dedos. —Dafne tiene a Hot Butter, que secreta una feromona que eleva la temperatura corporal de las personas hasta matarlas, excepto bajo ciertas circunstancias, donde termina siendo algo sexual... No sé, es muy extraño. S&M, el stand de María, es en términos simples un arquero. Hasta ahora a logrado disparar flechas a ochenta y siete metros, pero creo que podría llegar a noventa y cinco. Mis favoritos son los de Ciavarella y Cassie. —Su voz casi se quebró al pronunciar ese apodo, pero logró controlarlo. —Iron Maiden, el de Ciavarella, puede transformar sus brazos en cualquier cosa de metal. Generalmente usa espadas, pero también pueden ser tijeras, desarmadores, ganchos... Lo que sea. Y Cassie... Ella era... Es.— Corrigió rápidamente. —Ella es la médico del grupo. O-Zone genera una especie de catalizador biológico bastante versátil. Suele usarlo para acelerar los procesos de cicatrización, mitosis...
En algún punto, la mayoría se había acercado a Dessiré, tratando de obtener información, o en caso de sus compañeras, para hacer aclaraciones.
Giorno, tal vez de forma inconsciente, se quedó algo rezagada. Ciavarella disminuyó el ritmo para quedar a su altura.
—¿Es difícil?— Preguntó la rubia.
—¿Qué cosa?
—Ser una mujer en el mundo de la mafia.
Ciavarella soltó una carcajada amarga.
—Lo es. Todo el tiempo te subestiman. Los hombres te tratan como si fueras débil, estúpida o ignorante. Inferior. Tipos como Ángelo incluso te ven como un mero objeto. Y cuando pruebas estar a su altura, te odian y tratan de destruirte solo para parchar su orgullo.
—¿Y cómo lo haces? ¿Cómo has llegado tan lejos?
—Siendo doblemente dura. Una perra, como muchos hombres me han llamado. Para ser honesta, a veces es cansado, pero sé que de alguna forma estoy haciendo las cosas más sencillas para las que siguen, y eso hace que valga la pena.— Una sonrisa torcida se formó en su rostro mientras hablaba. Sus ojos estaban fijos en las jóvenes de su escuadrón. —Tú debes saber cómo es.
—¿A qué te refieres?— Aunque su voz sonaba tranquila, Giorno sentía que la sangre había abandonado su rostro. ¿La habían descubierto? ¿Qué es lo que la había delatado?
—Porque eres bastante joven. Supongo que la gente no suele tomarte en serio por tu edad.
—Es verdad.— Necesitó de mucho autocontrol para no suspirar de alivio. Para disimular, decidió hacer otra pregunta. —¿Es por eso que tu equipo está compuesto de mujeres?
—No realmente. Solo fueron llegando. La primera fue Dafne, hace siete años. Tenía diecisiete y era una carterista excelente. Unos policías la detuvieron y trataron de violarla, así que los maté. Después de eso, le ofrecí trabajar conmigo. Cassandra y Anyelin llegaron a los tres años. Escaparon del Angelo gracias a que Anyelin era usuaria nata y usó su stand para inundar el lugar en donde las tenían cautivas. Las encontré y les ofrecí protección. Es desde entonces que ese cerdo nos tiene fichadas. Anyelin tenía apenas catorce.— Aclaró con acidez. A Giorno se le revolvió el estómago. —A Dessiré la encontré unos meses después en una esquina, a punto de prostituirse, unos días antes de que cumpliera los dieciocho. Le ofrecí conseguirle la entrevista con Santomassimo, ya que era una mejor opción: en el peor de los casos, le ofrecía una muerte más rápida y piadosa. Cuando llegó, trajo consigo a Paola, de once años.
—¿Le permitieron hacer la prueba de la flecha a esa edad?
—No. Su stand despertó solo unas semanas después que el de su hermana.
—Ya veo.
—La última fue María. Y ya sabes su historia. A veces quisiera que estuvieran lejos de este mundo, especialmente las más jóvenes. Pero las cosas podrían ser peores para ellas. Y sería bastante hipócrita negarles la oportunidad de elegir, cuando yo misma decidí tomar este camino.
Giorno asintió. Entendía perfectamente cada palabra que salía de la boca de esa mujer. Y dentro de ella, comenzaba a despertar un sentimiento de admiración parecido al que había experimentado hacia Bucciarati, y hacia ese hombre que, muchos años atrás, había sido el primero en tratarla como un ser humano.
A demás, había otra cosa. Una pregunta parcialmente retórica.
"Si ella puede, ¿por qué yo no?"
No tuvo tiempo de formular una respuesta, pues se dio cuenta de que los demás se habían detenido.
—Aquí es.— Señaló Doctora, dando vueltas en círculos sobre un punto.
Giorno notó la vacilación de Abbacchio y recordó el día en que se conocieron, así como su renuencia a mostrar su stand.
—Está bien, Leone.— Susurró en un tono apenas audible para el aludido, mientras acariciaba suavemente el dorso de su mano.
Abbacchio llamó a Moody Blues.
—¿Aproximadamente a qué hora desapareció?
—Cerca de las cuatro de la tarde.— Respondió Anyelin. Mista sintió que la piel se le erizaba de forma desagradable, como solía suceder ante la mención del número maldito.
Un minuto después, el stand tomó la forma de una chica de piel oscura y largos rizos plateados, vestida con un largo vestido verde veraniego. Lucía aterrada y había sangre escapando de su nariz. Abbacchio ordenó que retrocediera unos minutos, antes de que comenzaran los primeros signos de agresión.
Observar cosas a través de Moody Blues solía generar una sensación de impotencia, oues incluso si las escenas recreadas eran extremadamente realistas, no se podía hacer nada para intervenir en el curso de los hechos. Así que se limitaron a observar como Cassandra trataba de escapar como primer impulso y luego, al darse cuenta de que no era una opción, luchaba con ferocidad por su supervivencia. Era obvio que la atacaron entre varios. Un par de minutos antes de que la reproducción finalizara, Leone la pausó, señalando hacia su cuello.
—Le inyectaron algo. Posiblemente algún sedante.— Señalando la piel hundida en sus brazos y en su mejilla, añadió: —Tuvieron que sujetarla entre varios.
—Estoy segura de que se cargó a algunos de esos cerdos antes.— Siseó María, mientras apretaba los puños.
Un sollozo llamó la atención de los presentes. Al darse cuenta de que Anyelin estaba llorando, Paola se apresuró a abrazarla.
Abbacchio reanudó la reproducción. Vieron en primera fila como la voluntad de Cassandra se extinguía, hasta reducirse a una marioneta de carne y hueso. Momentos después, Moody Blues se veía cubierto en estática, incapaz de seguir reproduciendo la escena. Probablemente la habían subido a algún vehículo.
—Vamos a encontrarla.— Prometió Giorno. Para Ciavarella. Para las otras chicas. Para su grupo.
Para ella misma.
Después de presenciar esa escena, fue imposible recuperar el ambiente casi alegre anterior, por lo que regresaron en silencio.
Cassandra no era inocente. Pertenecía a Passione. Seguramente había hecho cosas terribles. Y Giorno pondría las manos al fuego por que había matado. Todos los presentes, a excepción de Trish, y tal vez Paola, tenían las manos manchadas de sangre.
Pero eso no justificaba lo que planeaban hacer con ella. Nadie merecía experimentar ese tipo de infierno.
Giorno pasó toda la tarde con Abbacchio, Dafne, Ciavarella y Bucciarati, siendo el gótico y la matriarca quienes tenían una mejor idea del modus operandi de los traficantes. Trazando teorías. Analizando hipótesis. Dando vueltas en círculos. Como Dafne había dicho: En ese momento podían encontrarse en cualquier parte del país.
Así, llegó la hora de dormir. Trish fue acomodada en la habitación de Dafne y María, mientras que en las dos habitaciones disponibles se repartían entre los "hombres", quedando Bucciarati, Fugo y Narancia en una, mientras Mista y Abbacchio pedían (de forma nada discreta) compartir con Giorno.
Tras cenar, la rubia puso seguro en la habitación, y por fin, después de un día casi eterno, se quitó el binder y se dio una ducha rápida con agua helada, como hacía cada que necesitaba despejar su mente.
Los tres habían acordado compartir la cama: Era lo suficientemente grande para eso. Mientras Mista se daba su ducha semanal, Giorno se acurrucó contra el pecho de Abbacchio.
—Nadie puede desaparecer de la faz de la tierra. Siempre queda algún rastro. Y vamos a dar con él.— Murmuraba Abbacchio, casi con dulzura, mientras acariciaba sus aún húmedos rizos dorados.
Giorno sabía que era cierto. Se durmió tratando de encontrar en la forma de encontrarlos. De encontrar a la chica aterrada de la playa.
Aunque finalmente, no fue necesario buscar.
Los hombres de Angelo irrumpieron en la casa durante algún punto de la madrugada.
Las piratas de Tropea (nombre no oficial):
×Dessiré (yo). Stand: Glass Animals.
×Anyelin. Stand: Crybaby
×María. Stand: S&M.
×Dafne. Stand: Hot Butter
×Paola. Stand: Mitski
×Cassandra (OC) Stand: O-Zone
×René Ciavarella (OC). Stand: Iron Maiden
Hice algunos diseños de personajes. Los pueden encontrar en mi ínstagram "moody_bizarre_b1tch"
Al inicio no me gustó este capítulo, pero es necesario para la trama ajjajaj... Bueno, al final sí me gustó.
Les dejo una escena extra, que no supe como meter.
—Oye, ¿Trish, cierto?— Preguntó María.
—¿Qué sucede?
—¿No es cansado estar rodeada de hombres todo el tiempo?
La pelirrosa le dedicó una mirada fugaz a los chicos. Especialmente a Mista, quien, creyendo que nadie lo veía, se sacaba un moco.
—Sí.— Respondió sin vacilar.
