Giorno, Dafne, Dessiré, Paola, Anyelin y María iban en la parte trasera de una camioneta, atadas y amordazadas. Las últimas dos tenían la mirada vidriosa: Les habían inyectado algo para mantenerlas sedadas: Dafne lo había gritado antes de que les pudieran las mordazas.

Ninguna estaba tratando de desatarse: Había un hombre con ellas, con una escopeta en mano. Posiblemente también era usuario de stand. Tampoco es como si alguna de las que estaban conscientes pudieran utilizar sus stands: Glass Animals era prácticamente inútil en esas circunstancias, y los ataques de Hot Butter y Mitski eran indiscriminados. Giorno encontró el patrón: Únicamente habían sedado a las usuarias cuyo stand representaba un riesgo.

Excepto a ella.

-Treinta minutos antes.-

En cuanto los gritos habían comenzado, Giorno, Mista y Abbacchio se habían puesto de pie. El pistolero buscó su revolver a tientas, así como su gorro lleno de balas: Siempre los dejaba a la mano.

Los gritos se intensificaron, y pronto se le sumaron sonidos de objetos rotos, disparos, golpes y pasos pesados. No se necesitaba ser un genio para saber que estaban bajo ataque.

Giorno se estaba arrepintiendo de haber bajado la guardia: La camiseta gris y los shorts holgados que estaba usando no servían para disimular su figura, a demás de que, con la ausencia de maquillaje, sus rasgos la delatarían.

De todas formas, iba a pelear: La vida de sus amigos era más importante que su secreto, sin punto de comparación.

—Giorno, quédate aquí.— Susurró Mista, adivinando sus intenciones.

—No me voy a quedar sin hacer nada.— Siseó de vuelta.

Por una vez, Abbacchio estaba de acuerdo con Mista. La seguridad de Giorno era prioritaria, no solo porque era el amor de su vida, sino porque había toda una organización a su cargo. Sin embargo, no pudo dar su punto de vista, pues la puerta se abrió de una patada. Quien había irrumpido en la habitación era un completo desconocido: Lo sabían, incluso si su rostro no podía ser apreciado gracias al pasamontañas que lo cubría.

—¡Aquí hay o...— No alcanzó a terminar la frase, pues un certero disparo de Mista lo silenció para siempre. Aún así, entre el grito y el disparo habían sido más que suficiente para advertir a sus acompañantes.

Todo fue un caos. Lograron abatir a varios, pero uno de los sujetos tenía un stand capaz de paralizar aquello que tocaba. Y los otros eran muchos.

Por alguna razón, Giorno había optado por no sacar su stand a la pelea. Leone observó con impotencia como uno de esos tipos tomaba a Giorno de su larga cabellera cuando intentaba huir, mientras otro la golpeaba en el estómago con suficiente fuerza para dejar sin oxígeno a alguien que duplicara su peso.

"¿Por qué no te defiendes?" Pensaba el ex-policía, pues el efecto del stand ni siquiera le dejaba mover los labios. Como respondiendo esa pregunta, hubo un leve resplandor dorado, solamente percibido por él. Una de las calcetas de Giorno se convirtió en una pequeña lagartija y corrió a esconderse a alguno de los rincones de la habitación.

Entonces entendió su plan.

Y lo odió.

-De vuelta al presente.-

En ese momento, él y los demás apenas estaban recuperando la movilidad total y hacían recuento de daños.

La más "afortunada" era Trish, quien había escapado solo con unos moretones después de que Bruno, al darse cuenta de que estaban yendo exclusivamente por las mujeres, la atrapara (en contra de su voluntad) en uno de los vacíos de sus cierres; Mista tenía una bala (no de las suyas) incrustada en el hombro; Bucciarati aún continuaba inconsciente; Narancia tenía una fractura abierta en la pierna y un corte bastante feo cerca del ojo; Fugo había perdido tres dedos al tratar de evitar que lastimaran más a su novio, a demás de posiblemente tener unas cuantas costillas rotas; Ciavarella tenía el cuerpo cubierto de contusiones y Abbacchio un hombro dislocado. Incluso Doctora cojeaba de una pata.

La única razón por la que seguían vivos era, al parecer, porque el otro equipo así lo había decidido. Esa era la esencia principal de la Vendetta.

(Pero Leone estaba seguro de que, si las cosas hubieran escalado demasiado lejos, Requiem hubiera intervenido y hecho mierda a todos).

—Trish, despierta a Bucciarati.— Ordenó el peliblanco: realmente, ella era la única que podía moverse de forma adecuada. La chica fue por un vaso de agua y lo soltó en la cara del capo, lo que resultó bastante efectivo para sacarlo de la inconsciencia. Al mismo tiempo, él intentó una maniobra extremadamente dolorosa para regresar su hombro a la posición inicial.

—Esto es lo que hay.— Anunció Ciavarella, llevando consigo un enorme botiquín de primeros auxilios.

La prioridad fue detener la hemorragia de Narancia, quien a pesar de tratar disimular su dolor, estaba pálido y su piel cubierta de una capa de sudor helado. Entre Trish y Bruno habían arreglado los huesos de ambos provisionalmente (Spice Girl permitía ablandar los tejidos para reacomodarlos sin hacer daño, mientras los cierres de Sticky Fingers mantenían los trozos precariamente unidos, a demás de cerrar las heridas). Pero no era suficiente. Fugo no quiso decirlo el voz alta, pero sin la intervención de Giorno, el moreno seguramente perdería la pierna. Las heridas del propio Fugo y Mista también eran preocupantes. Aún así, tenían que moverse para organizar el rescate, así que lo hicieron.

—¿Dónde está Giorno?— Preguntó Fugo, no tanto por estar preocupado por su bienestar, sino porque no entendía por qué mierda no estaba curando a Narancia.

—El muy idiota se dejó capturar. Intencionalmente.— Siseó Abbacchio. Tenía tiempo que no usaba adjetivos ofensivos hacia su Don, pero el que hubiera hecho tal estupidez lo tenía furioso (y preocupado).

Ciavarella pensó en decir que, dado el desarrollo de los últimos eventos, seguir ocultando la verdadera identidad de Giorno era una estupidez. Decidió guardarlo para después, cuando las cosas estuvieran menos tensas.

—Supongo que te dejó una pista.— Inquirió Bruno. Conocía a Giorno lo suficiente para saber que no haría algo así de estúpido sin algún extraño plan de respaldo.

Leone recordó la pequeña lagartija dorada y fue a la habitación a buscarla. La encontró oculta en su abrigo. Mientras la tomaba con delicadeza entre sus manos y la llevaba con los demás, notó que su cabeza siempre apuntaba hacia la misma dirección. Los demás también se dieron cuenta.

Tenía sentido. Las criaturas de Giorno siempre buscaban volver a su origen.

Chalcides viridanus...— Murmuró Fugo, reconociendo la especie.

—Narancia, ¿cuántos eran?— Preguntó Bucciarati, comenzando a trazar un plan apresurado. El tiempo era un factor clave en esa situación.

—Cuando llegaron, creo que treinta y cinco. O cuarenta... No estoy seguro...

Entre el equipo de Bucciarati y el de Ciavarella, habían conseguido matar a ocho de los atacantes. Los cuerpos habían quedado donde cayeron, sin que los hombres de Angelo hicieran el menor esfuerzo por recuperarlos.

—Consideremos que, en el peor de los escenarios, quedan treinta vivos y en condiciones para pelear. Dudo que tengan fuerzas de respaldo: Seguramente utilizaron a todos sus hombres para esta emboscada.— Reflexionó Abbacchio.

—Estaremos en desventaja, con una proporción de seis a uno, considerando que Narancia y Fugo no están en condiciones de pelear.— Agregó Bucciarati.

—Puedo atacar a distancia.— Protestó el usuario de Aerosmith.

—No. Tú te quedas, Narancia.— Declaró Fugo en un tono que no admitía réplicas.

—Las probabilidades de supervivencia de tu novio son mayores si viene con nosotros. Giorno o Cassandra podrán curarlo de inmediato si están en condiciones.— La voz de Ciavarella sonaba tensa por culpa del estrés.— También puedes llevarlo al hospital local, pero te lo advierto: no cuentan con los recursos necesarios para tratarlo adecuadamente.— Dicho esto, la mujer no esperó una respuesta, solo se puso de pie y se dirigió rumbo a la camioneta.

Abbacchio se encargó de cargar a Narancia, mientras Mista servía de apoyo para Fugo. Trish se colocó al volante, con el ex-policía como copiloto, atentos a las indicaciones no verbales del lagarto. Ninguno (excepto Ciavarella) notó cuando Doctora se subió de un salto.

Las chicas fueron arrojadas a una bodega, sin delicadeza, como si se trataran de mera mercancía... Lo que en ese caso, era verdad. Uno de los hombres les había quitado las mordazas: Dijo que escucharlas gritar era entretenido.

Pronto, se dieron cuenta de que no eran las primeras en llegar. Ovilla en una esquina, había un bulto con una melena plateada que le resultó a Giorno ligeramente conocida.

—¡Cassie!— Gritó Dessiré.

—No va a contestarte. Está demasiado drogada.— Era la voz del tipo que les había quitado la mordaza. Giorno estaba seguro de que también era el mismo que la había golpeado en el estómago. El muy cabrón tenía el descaro de reírse.

Decidió que a ese lo mataría ella misma.

La pelirroja lo ignoró. Trató de arrastrarse a su compañera para verificar su condición, pero las cuerdas limitaban sus movimientos.

—Debe ser la misma droga que usaron con Any y María.— Dijo Dafne, más para sí misma que para las demás.

—Es mercancía de la buena, déjame decirte. Se necesita mierda muy fuerte para noquear a los usuarios de stand. Yo pienso que sería más sencillo y barato matar a las problemáticas, pero Angelo insiste en mantenerlas vivas, para darle una lección a la zorra de Ciavarella. Aunque bueno, con quince clientes por noche, puede resultar redituable...

Sí, Giorno ya se podía imaginar despedazando a ese tipo. Eso era lo único que la mantenía tranquila.

Unos minutos después, las dejaron solas. Cuando estuvo segura de que sus captores estaban lo suficientemente lejos, Giorno convirtió las sogas de sus manos en luciérnagas, desató manualmente las de sus pies y se acercó a Cassandra. Sim previo aviso, perforó su yugular.

—¡QUÉ MIERDA TE SUCE...!— Dafne no pudo continuar, pues Gold Experience la paralizó.

—Estoy reemplazando la sangre para eliminar más rápido la droga de su sistema. Después podrá usar su stand para acelerar su metabolización en las demás. No se preocupen, creo que está demasiado droga para sentir dolor. — Mientras hablaba, cerró la herida original antes de que la pérdida de sangre resultara peligrosa y creó una especie de espina hueca que usó como catéter para inyectar nueva sangre, la cual iba creando con las mismas cuerdas de Cassandra.

—¿Y tú quién diablos eres?— Preguntó Dafne. Curiosamente, fue Dessiré, la más distraída de todas, quien contestó.

—Es el Don... Giorno Giovanna.