Toda la conciencia y el dolor de Hermione se habían quedado atrapados en aquellas notas. Eran muy tristes. Tristes como un libro sin dueño. Cada vez que parecía que la melodía iba a recomponerse se quebraba una vez más. Igual que ella. No puedo evitar preguntarse si sería a propósito, si Draco estaría intentando ponerle banda sonora a su dolor. No sabía si eso le parecía cruel o bello.

No se apresuraba, había que tener una paciencia especial para tocarlo. Nunca había pensado en Draco Malfoy como alguien especialmente paciente o delicado. Pero ahí estaba. Desde que se habían vuelto a encontrar, pequeños rayos de sorpresa lograban penetrar a través de la bruma que cubría su cerebro. A veces se quedaban unos segundos jugueteando allí, dando luz y calor, pero una fuerza superior parecía acabar apagándolos siempre.

Pasado un rato, Malfoy dejó de tocar y se volvió hacia ella. La miró fijamente y ella rezó por no echarse a llorar allí mismo.

—¿Me guardas un secreto? —Preguntó Draco desde el piano con una sonrisa contenida en la comisura de su boca.

—Claro —respondió ella un poco nerviosa, sintiendo cómo la intimidad se colaba entre los dos.

—Prefiero a los compositores muggles. Son mucho mejores.

Hermione no pudo evitarlo e hizo un ruido a medio camino entre la carcajada y el asombro.

—Sí, sí, no sé por qué te sorprendes —siguió él, sonriendo ya abiertamente—. Acuérdate de los conciertos que nos daba Flitwick. No sé si has escuchado mucha más música creada por magos y brujas. Pero es toda así.

—Algo he escuchado —respondió no levantando demasiado la voz, aún desconcertada—. Intenté ponerme al día, pero no me gustó demasiado.

—¿Sí? ¿Qué escuchaste?

—Mesomedes, Elio Tuberón y Cneo. Los clásicos que me recomendó Dumbledore.

—Pobrecilla. Y seguro que dedicaste una buena cantidad de tiempo a intentar que te gustaran.

—¡Estuve meses escuchándolos! —Exclamó Hermione—. Lavender y Parvati huían cada vez que lo ponía. Creo que a día de hoy todavía no me han perdonado…

Se calló de golpe llevándose las manos a la boca. Lavender no iba a poder perdonarla ya.

—Hermione —dijo Draco con tono de preocupación—. Es normal olvidarse. Mi cerebro a veces aún me la juega haciéndome pensar en qué estará haciendo Dumbledore o dónde estará Crabbe.

Ella asintió lentamente, haciéndose aún más pequeña en el sofá y arrebujándose en la manta.

—¿Qué fue de ellos? –Preguntó—. Quiero decir… De los demás Slytherin, ¿qué ocurrió con tus amigos?

Draco bajó la tapa del piano con cuidado y apoyó el codo sobre ella, meditando su respuesta.

—De muchos de ellos no he vuelto a saber nada. Tuve mucha suerte cuando decidisteis testificar a mi favor y no quise jugármela más, así que ni siquiera estoy muy seguro de quiénes fueron a Azkaban.

Hermione sintió una punzada de compasión. Habían sido sus amigos y, después de todo, él parecía haberse quedado solo.

—Tampoco sé demasiado de mi familia por lo mismo —continuó—. Sé que es algo hipócrita y egoísta, pero lo prefiero así. A veces visito a mi tía, creo que sois viejas conocidas.

—¿Drómeda? —Preguntó ella con cautela.

—Sí. Tengo algo así como un sobrino, ¿lo sabías?

—Harry es su padrino —respondió asintiendo.

Él se quedó en silencio unos segundos, casi sonriendo.

—¿Quieres escuchar otra confesión realmente mortificante?

El estómago de Hermione burbujeó con anticipación. Le gustaba escuchar aquellos pequeños secretos que ponían todas las ideas que tenía sobre Draco patas arriba. Así que asintió derrochando grandes cantidades de energía.

—No sé si estás preparada para escuchar estas palabras saliendo de mí, pero allá van. Me alegra que Potter sea su padrino. Me hace feliz que Teddy haya crecido rodeado de personas que le quieren y que le hacen bien y que le están convirtiendo en el espléndido niño que es ahora —se pasó la mano por el pelo, dejando que los dedos se escurrieran entre mechones rubios—. Suele reprenderme cuando digo algo cruel o cuando no ayudo todo lo que él considera que debería a su abuela. A veces es casi tan insufrible como eras tú.

La guiñó un ojo al decir eso, pero en realidad no había sido necesario que lo hiciera, Hermione había entendido perfectamente que no era un insulto. Todo lo contrario. Decirle que Teddy se parecía en algo a ella le parecía uno de los mayores cumplidos que podían hacerle. Aquel muchacho había acogido lo mejor de sus padres dentro de sí. Y lo mejor de Remus y Tonks era muchísimo.

Sintió que una lágrima rodaba por su mejilla al pensar en ellos, pero era una lágrima tranquila y ella estaba lejos de sentirse desesperada. Se la retiró suavemente de la cara y devolvió una sonrisa a Draco, que carraspeó y fijó su vista en la tapa del piano mientras rascaba insistentemente la madera.

—También sigo en contacto con Nott, no sé si le recuerdas.

—Vagamente. ¿Uno de los matones que siempre iban contigo?

—No le llamaría matón y, en realidad, no formaba parte de mi séquito en Hogwarts.

—¿Séquito? —Cuestionó Hermione alzando una ceja.

—¿Tú lo llamarías de otra manera?

—No —reconoció ella—. Supongo que séquito es la mejor forma de describirlo.

—Él era bastante más independiente —aclaró Draco—. Creo que su padre llegó a temer que no acabara en Slytherin. Pero supongo que la sangre es la sangre. En cualquier caso él logró no mezclarse en todo aquello, ni siquiera tuvo que ir a juicio como testigo. Sencillamente desapareció. Me lo encontré años después y… hasta ahora.

—¿Entonces Zabini, Greengrass, Parkinson, Goyle,Davis…?

—Nada no sé absolutamente nada de ellos —negó Draco—. Miento, creo que Davis está trabajando para el Ministerio, pero nunca tuve demasiada relación con ella.

—Es curioso, estaba convencida de que terminarías casado con una Greengrass o con Parkinson —dijo Hermione sin pensar y sin filtrar nada. Sintió como el calor subía a sus mejillas y aflojó un poco la manta, sintiendo que el calor la asfixiaba. No quería reconocer que en algún remoto momento de su adolescencia se había parado a pensar, si quiera un segundo en el futuro sentimental de Draco Malfoy. Sin embargo él no pareció darse cuenta de ese detalle.

—Todo el mundo estaba convencido de que me casaría con Pansy menos yo, me temo. Según tengo entendido hubo incluso un contrato entre nuestras familias.

—¿Y tú no querías?

—Yo no sabía lo que quería. Pero no, no quería casarme con Pansy. Y más tarde ni siquiera consideré que fuera algo que pudiera llegar a hacer —su tono se endureció espesando el ambiente.

—¿Por qué? —Preguntó Hermione con miedo a escuchar la respuesta.

—No contaba con sobrevivir. A partir de sexto me resigné a no tener futuro.

—¿Sabías que perderíais?

—No. Estaba convencido de que ganaríamos. Y por eso sabía que, tarde o temprano, haría algo que me condenaría.

Hermione abrió la boca para preguntar algo, pero la cerró inmediatamente.

—Puedes preguntar lo que quieras. Tienes una pregunta escrita en los ojos.

Esta vez ella no se lo pensó.

—¿Qué creías que harías? ¿Acaso no estabas de acuerdo con todo aquello?

Draco se levantó apoyando ambas manos en la tapa del piano y fue hacía la ventana que había tras él. Paseo de vuelta al piano y después fue hacia a ella, pero se quedó a medio camino.

—Quiero ser sincero contigo. Creo que es importante que aquí, ahora, seamos sinceros. Por eso quiero que sepas que esto es difícil.

—No tienes por qué contestar si no quieres —lo interrumpió Hermione intentando facilitar las cosas.

—Quiero hacerlo. Creo que puede ser bueno para los dos —se acercó un poco más y se apoyó medio sentado en un sillón orejero quedando inclinado hacia ella—. Estaba de acuerdo con una parte de todo aquello. Hoy por hoy ya no pienso así, pero no quiero fingir que era mejor de lo que realmente fui. Creía en el estatus, creía en aquella ridícula pantomima de lo que ellos llamaban justicia. Muy pronto dejé de creer en la violencia, los castigos y los ríos de sangre que llenaron la mansión. Fue más fácil empezar a dudar cuando los castigos también iban dirigidos a nosotros.

—¿Qué tipo de castigo? —Hermione lo miraba fijamente, olvidándose de fingir desinterés.

—Mi familia no siempre cumplió con lo que se esperaba de ella. Bellatrix sí, por supuesto, ella habría hecho cualquier cosa por Voldemort. Pero mis padres a veces se equivocaban. Yo también. Y eso tenía sus consecuencias. Su súbditos también conocimos sus crucios.

Un escalofrío recorrió la espalda de Hermione. No estaba bien que hubiera tenido que pasar también por eso. Una furia inesperada la atrapó haciéndole pensar en que ojalá Voldemort volviera para poder acabar con él con sus propias manos. Un pinchazo helado se encargó de matar esa furia y devolverla al dolor sordo, pero no podía ignorar lo que había sucedido.

—Es importante que entiendas que no era una buena persona —continuó Draco—. Solo lo cuestioné cuando dolió. Literalmente. Cuando lo sentí en mis propios huesos.

—Casi nadie somos esencialmente buenos o malos —dijo ella en un susurro.

—Espero que tengas razón —sacudió todo su cuerpo y, dando una palmada, se levantó de golpe haciendo que ella se recostara de nuevo contra el respaldo del sofá, alejándose de él—. ¿Qué te parece si te deleito con alguna pieza más? ¿Tuberón? ¿Cneo? La dama elige.

Ella negó fuertemente con la cabeza solo con escuchar aquellos nombres. No sabía qué elegir, así que permaneció en silencio.

—¿Träumerei? —Sugirió él y ella asintió, sin saber qué era exactamente lo que estaba aceptando.

Draco se sentó delante del piano, levantó la tapa y apoyó el pie derecho en uno de los pedales. Tocó un par de veces una nota con distinta intensidad, cogió aire y empezó.

Si Hermione antes había pensado que Draco estaba poniendo banda sonora a su dolor, ahora podía confirmar que cada vez que él ponía los dedos sobre las teclas estaba también dando con la clave de aquello que ella estaba escondiendo en su pecho. Era una melodía lenta y sencilla, una pequeña canción llena de silencios. A veces se aceleraba buscando un sonido agudo y otras veces el bajo era un susurro. A veces se rompía. Pero siempre era demasiado íntima, demasiado cándida, como llevaban siendo ellos todo aquel tiempo.

Era una pieza breve y cuando el último acorde se extinguió el único sonido que rompía el monótono silencio era la respiración agitada de él. Hermione no podía despegar la vista de él, del pelo cayendo, los hombros moviéndose al ritmo de su respiración, demasiado rápido para la calma que había rodeado aquel momento.

—¿Draco? —Preguntó preocupada.

—Yo… —balbuceó y arrastrando la banqueta se levantó y salió corriendo de la sala.

Y ella… ella no entendía nada.

Se había quedado sola en la sala, con el libro en el regazo sin saber muy bien qué hacer. Perseguirlo habría implicado una iniciativa que no sentía que le quedara, pero no le gustaba aquello. No le gustaba que se hubiera ido de aquella manera, sentía que era culpa suya, aunque no tenía muy claro por qué. Se levantó dejando caer la manta al suelo y dio un par de pasos en dirección al lugar por el que había desaparecido.

Se paró.

No, tal vez le molestaría yendo, puede que solo quisiera estar solo. Tal vez… tal vez se había cansado de estar cercad de ella. Tal vez lo que le dolía era estar cerca porque ella le estaba robando la energía, la felicidad. Es lo que había terminado ocurriendo con Ron, ¿no? Le había estado quitando las ganas de vivir y por eso se había ido.

¿En qué la convertía eso? En un agujero negro, un tremendo e inútil agujero negro.

Sin embargo sus pies se movieron solos. Ellos, no ella, querían encontrarle, asegurarse de que estaba bien. Ahí estaban, sus restos humanos, lo que quedaba de la Hermione que se preocupaba demasiado de los demás. En las puntas de sus pies, en sus talones, en ese movimiento. Ahí residía lo que quedaba de ella.

Primero fue a la cocina. A pesar de sí misma sí que conocía algunas de sus costumbres. Mover más las manos de lo que se podía esperar de alguien con una educación como la suya. Pasarse la mano por el pelo cuando necesitaba pensar. Preparar una taza de té siempre que algo lo contrariaba.

No estaba allí.

Pisando con un cuidado recorrió la planta baja, pero no había rastro de él. Así que subió a la planta de arriba donde se abría un pasillo que daba a varias habitaciones. Todas las puertas estaban cerradas, pero bajo la rendija de una de ellas se escurría la luz. Se acercó a ella y llamó despacio con uno, dos, tres golpes de nudillos. Nadie contestaba, así que insistió un poco más fuerte.

—¿Qué? —La brusquedad de aquella respuesta la amedrentó un poco y ya estaba retirándose con el mismo sigilo con el que había llegado cuando escuchó—. Perdón, ¿qué ocurre, Hermione? ¿Todo bien?

Había corregido el tono de su voz hasta el punto de sonar afable y casual. Abrió la puerta y asomó un poco la cabeza, lo justo para verlo sentado ante un escritorio de madera, ligeramente vuelto hacia ella, con el rostro en sombras.

—Siento molestarte, Draco. Es solo que… —solo que, ¿qué? Sintió que en realidad no tenía motivos para haber subido a importunarlo—. Solo que parecía que te ocurría algo.

—No es nada, todo está bien, quería descansar un poco. ¿Te parece bien si dormimos y mañana nos ponemos a trabajar? ¿Tú estás bien?

—¿A trabajar?

—Mañana te lo explico, ¿vale? ¿Estás bien? Pareces cansada. Deberías descansar, yo… Yo también necesito descansar.

Aquello no le convencía en absoluto, pero decidió que era mejor dejarlo así, así que asintió y cerró la puerta con cuidado. No, no le convencía nada, pero él era tan tozudo como ella o más, no le diría nada en aquel momento.

Además, pensó mientras dirigía sus pasos a su propia habitación, insistir solo le serviría para que le dijera lo que ya era más una seguridad que un temor, que no podía soportarla ni un minuto más.