Todo había fluido con ella. Habían podido hablar del pasado sin que todo terminara en dolor o reproches. ¡Incluso habían podido tocar el tema de Teddy! Él podía ser un insensible, pero había imaginado que sería un tema difícil puesto que le recordaría al profesor Lupin y a su prima. Sin embargo todo había ido bien, suave. La había visto llorar, no demasiado, lo justo. Lo natural.

¿Qué había ocurrido después?

Él se había sentido cómodo. Incluso dentro de su propia piel, en la que normalmente solo conseguía estar realmente bien cuando una desconocida se retorcía entre sus brazos.

Hasta ahí bien. ¿Y después? Después la había cagado. Por todo lo alto. Como un campeón. Satie había estado bien. Era un intenso, pero estaba bajo control, desde que descubrió que en realidad le gustaba tocarlo había sido algo casi mecánico. Ejecutarlo correctamente se basaba en ser preciso y a él aquello le relajaba. ¿De dónde había salido entonces la decisión de tocar Träumerei?

Era íntimo. Demasiado íntimo. Casi tres minutos de puta cercanía. Desde el primer do que abría la pieza había sabido que era un error. Pero no había podido parar. Sentía su presencia, cerca, mirándolo fijamente, crispándolo, haciendo que se tuviera que concentrar en que sus manos no temblaran, que no se volvieran garras sobre las teclas. ¿Habría entendido ella en algún momento todo lo que le estaba diciendo? Si lo había hecho que por favor se lo explicara, porque él no lo sabía, estaba perdido y era quien tenía que mantener el control allí.

Era el profesional, el médico. Y Abbott había tenido razón.

Cuando había terminado de tocar había tenido la sensación de que no podía respirar. Había empezado a jadear sin remedio, pero no lograba hacer que el aire le entrara en los pulmones. Sentía que las paredes lo estaban asfixiando, que la mirada de Hermione le había puesto una soga al cuello.

¿Cómo le podía explicar qué le estaba sucediendo si él era el profesional allí?

—¿Draco? —Escuchó su voz. Sonaba preocupada, pero no se atrevió a mirarla, ella podría ver algo en él antes de que fuera capaz de cerrarse.

—Yo… —empezó, pero no sabía cómo continuar. Y ahí, justo en ese momento, había hecho pedazos todo el avance que habían hecho en aquel rato.

Retiró la silla con fuerza, arrastrándola, y subió hasta el despacho. Después ella fue a ver cómo estaba, eso sin duda era una buena señal, que mostrara preocupación era un paso, al menos estaba despierta. Pero no había sido capaz de corresponder como debía a ese avance.

Menudo gilipollas.

Después de que Hermione cerrara la puerta lentamente se había desmoronado. Había rebuscado en el viejo aparador de su abuela y había encontrado allí una vieja botella de whisky de fuego. Por el aspecto que tenía puede que fuera más vieja que la casa, aquello o lo emborracharía y lo mataría. Por supuesto, contaba con que fuera lo primero. Se sirvió un vaso, después otro y otro más.

Cuando el amanecer empezó a despuntar tras la ventana se despertó sobresaltado y dolorido. Se había quedado dormido allí, en una posición imposible. Miró a su alrededor buscando su varita y cuando la encontró se apuntó a sí mismo para adecentarse, guardó la botella e hizo desaparecer el vaso. Después, abrió un cajón de donde sacó un viejo libro de hechizos. Todo aquello lo hizo mecánicamente, sin pararse a pensar demasiado. Antes de caer redondo bajo los efectos del alcohol había decidido que aquella sería su estrategia: ignorar los hechos, seguir hacia adelante, alentar todos los avances de Hermione, desaparecer como persona.

Aquel libro había sido uno de los motivos para ir a aquella casa. El libro, la cantidad de magia que allí se concentraba y los buenos recuerdos. Era un volumen por el que en el mercado de libros de segunda mano le habrían pagado miles de galeones. Muchos de los hechizos que contenía estaban ya olvidados, apartados del uso cotidiano, a veces por regulaciones el ministerio, otras veces porque, sencillamente, se habían encontrado hechizos mejores. Unos pocos eran demasiado avanzados, demasiado peligrosos para casi todos los magos y buena parte de las brujas. Esos eran los que él estaba buscando.

Normalmente, cuando se decidía qué tipo de hechizos se debían enseñar en una escuela de magia o cuáles se podían introducir en los manuales de curso legal se tenían en cuenta distintos parámetros. Se atendía a su utilidad, por ejemplo. Algunos eran complejos, pero merecían muchísimo la pena. Por ejemplo, los patronus entraban dentro de esa categoría. Otros eran muy peligrosos y se tenían que aprender con rigurosidad. El hechizo para aparecerse estaba entre ellos. Pero merecía la pena, ahorraba grandes cantidades de tiempo y controlar las apariciones (dónde podías aparecerte y dónde no, cuándo, portales privados, portales públicos) era algo relativamente sencillo.

Por todo ello, se había decidido ignorar siglo tras siglo una buena parte de los hechizos que tenía ahora delante. ¿Quién podía querer absorber todo el conocimiento del mundo? Enloquecería a cualquiera. ¿Subir el volumen de tus propios pensamientos? Daría al traste con todas tus relaciones sociales. Ni siquiera hacía falta prohibirlos, nadie quería usarlos.

Nadie quería poder pasear por un cerebro ajeno y nadie quería que lo hicieran en el suyo propio. Los muggles, había aprendido Draco, no tenían ni idea del funcionamiento del cerebro, de sus conexiones, de qué diablos ocurría allí cada día de nuestras vidas. Pero los magos, en este caso, no sabían mucho más. Si acaso menos, porque su conocimiento estaba lleno de supersticiones. Ya vivían en el siglo XXI y aún existían los magos que pensaban en los cerebros como bosques oscuros, llenos de trampas que podían acabar contigo. Los más sensatos, igualmente, no iban muy detrás de aquella línea de pensamiento. Era mejor no darle vueltas e ignorar que existía como realidad física. ¿Qué iban a sacar en claro haciendo lo contrario?

Pasó las páginas poco a poco, mirando todos los hechizos puesto que cualquier ayuda podía ser bienvenida. Por fin llegó al que estaba buscando. La página estaba ilustrada con un dibujo a pluma del exterior de un cerebro. Parecía un laberinto, sombreado con finas líneas negras. Cada poco tiempo, una luz morada lo iluminaba y el laberinto se desenrollaba mostrando un espacio diáfano por el que iban pasando escenas de una vida en forma de burbujas.

Junto al dibujo en movimiento había una pequeña explicación sobre el funcionamiento del hechizo. Era un tanto ridícula teniendo en cuenta las dimensiones de lo que estaba planeando hacer. En la parte inferior de la hoja, en letras más grandes y estilizadas, un pequeño texto en latín. Las palabras que le darían acceso total y absoluto al cerebro físico de Hermione.

Estuvo varios minutos leyéndolo, memorizando cada palabra, pensando en cada error que podría derivarse de todo aquello. Repitió entre murmullos el hechizo. Una y otra vez, una y otra vez. La dicción, como solía decir Flitwick, era la mejor amiga de un buen hechicero.

—Los magos ingleses nos olvidamos a menudo que hemos cogido prestada una lengua y debemos venerarla como tal —decía su viejo profesor—. Algunos de nuestros colegas del continente lo tienen un poco más fácil, pero no debemos desfallecer por ello. Repetid conmigo ¡Wingardium Leviosa!.

En aquellas clases Draco había puesto los ojos en blanco. Equivocado, como siempre. Seguro que Hermione las había atendido con muchísima más diligencia que él. Ese pensamiento le hizo sonreír, imaginándola de pequeña, haciendo aquel sencillo hechizo, concentrada en pronunciar con exactitud cada sílaba, girando la muñeca con precisión milimétrica, levantando en mentón cuando alguien osara meterse con ella.

Cuando el sol empezó a entrar con fuerza en la habitación decidió que era el momento de salir al mundo exterior. Hermione aún no había dado señales de vida, así que tendría tiempo de prepararle un buen desayuno antes de que se levantara. Haría tabula rasa con eso, sí, la despistaría con la comida.


Cuando Hermione despertó, la luz del exterior la cegó. Debía de ser tardísimo, pero apenas había descansado. Estar en un nuevo lugar, con el sabor agridulce que le había dejado la noche anterior la había mantenido inquieta toda la noche, saliendo y entrando de la duermevela. Además, la música había estado resonando en su cabeza sin parar.

Se desperezó y retiró las pesadas mantas de encima. Cuando puso un pie en el suelo sintió un pequeño escalofrío que hizo que volviera a subirse a la cama mientras buscaba con la mirada sus zapatillas. Las localizó y se estiró hasta cogerlas, agarrando también el viejo jersey de andar por casa.

Con el cuerpo entumecido se arrastró hasta el exterior de la habitación. El estómago olió el té recién hecho y las tostadas antes de que su cerebro pudiera registrarlo y rugió con fuerza. Siguió aquella estela como una zombi y cuando llegó a la cocina lo vio allí, con el pelo algo revuelto y las mejillas sonrojadas. Llevaba puestos unos pantalones de pijama a cuadros y una vieja camiseta de deporte de Slytherin y durante un segundo a Hermione se le pasó por la cabeza la idea de que podría acostumbrarse a verle así cada mañana.

Esa idea cayó sobre ella y sintió un puñetazo helado en el estómago. Tenía que esforzarse, tenía que recordarse a sí misma que todo aquello era un espejismo. La intimidad no debía confundirla de aquella manera. No debía esperar, no debía anhelar. Debía ceñirse a la nada porque lo contrario dolía.

—¿Ya estás en pie, dormilona? —Draco parecía de buen humor. Sonreía de medio lado con un aire desenfadado—. ¿Té y tostadas está bien? ¿Quieres unos huevos? ¿Alubias? Ten en cuenta que va a ser un día duro. Pide por esa boquita y lo tendrás.

—Todo eso suena muy bien —cedió ella con timidez—. Hace siglos que no desayuno como la reina manda. Sigo preguntándome en qué va a consistir el día, pero un poco de comida estaría bien.

—¿Champiñones, hash browns? —Casi parecía estar bromeando, pero ella sabía que estaba tratando de desviar su atención de lo que estaba por venir.

—¡También!

—Vaya, Hermione, veo que te has despertado hambrienta. No sabes cuánto me alegra.

Darle una alegría, aunque fuera así de insignificante, hizo que un calor horrible subiera por todo su cuerpo. Pero decidió pasarlo por alto y fue a por el hervidor para hacer algo, para ignorar aquella calidez. Se sirvió una taza de té y se sentó a observarle cocinar. Era una espectáculo curioso, la mayor parte de las cosas las realizaba con magia, pero de vez en cuando se concedía alguna práctica muggle: apartar la varita para cascar unos huevos con sus propias manos, batirlos después y trocear unos pedazos de manzana. En poco tiempo estuvo todo hecho y desplegado frente a ellos.

Empezaron a comer, Draco echó pequeñas porciones de todo en su plato mientras la observaba de reojo pensando que ella no se estaba enterando. Pero no le preocupó demasiado, llevaba siglos sin tener hambre y todo lo que había sobre la mesa tenía buenísima pinta, así que empezó a devorar. En un momento dado incluso le pareció que él estaba intentando ahogar una pequeña risa.

—¿No sientes curiosidad por saber qué vamos a hacer? —Preguntó Draco mientras se llevaba la taza a los labios.

—No demasiada —reconoció ella, que ya había sacado sus propias conclusiones—. Imagino que implicará grandes cantidades de magia. He estado dándole vueltas y asumo que me vas a poner en un ligero peligro, por eso nos hemos venido lejos del hospital. Y que no va a ser demasiado agradable para ti tampoco, por eso has elegido un entorno agradable y controlado para ti. ¿Pretendes meterte en mi cabeza de alguna manera?

Draco se quedó un momento con la boca abierta, pero en seguida sacudió la cabeza y sonrió.

—Granger, me matas —dijo llevándose la mano al pecho—. Y perdona que te llame Granger, pero cuando te pones así es inevitable. Has acertado en casi… Bueno, en todo realmente.

Hermione asintió satisfecha y se llevó un pedazo de tostada untada en mantequilla a la boca.

—¿Y estás de acuerdo? —Preguntó él con inquietud.

—Sí, claro, que más da —respondió ella fingiendo una tranquilidad que no sentía.

—Algunas cosas pueden ir mal, es importante que entiendas eso. Y yo… yo voy a estar muy… eh… No hay una forma buena de decir esto. Voy a estar muy dentro de ti.

Hermione se atragantó y se sonrojó al entender el doble sentido del que acababa de decir. Incluso habría jurado que había visto destellos de sonrojo en el cuello de Draco.

—Ya —le cortó—. Ya lo sé. Pero me da igual. Ya has visto más de lo que habría deseado en un principio y si algo va mal, bueno, con suerte harás tú el trabajo por mí.

Draco frunció el ceño y apartó su plato para apoyar los codos. Le había enfadado, pero no había podido evitarlo.

—Hermione, por favor, no digas eso —su voz, sin embargo, no sonaba enfadada sino angustiada.

—Está bien. Yo… —balbuceó—. Perdón.

—No pasa nada —sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos—. ¿Qué tal está ese desayuno?

—Delicioso —reconoció ella—. Hacía tiempo que no comía algo tan rico.

—Gracias, gracias. La verdad… –dejó en suspensión la frase rascándose la cabeza con gesto pensativo—. La verdad es que soy bueno en todo, ¿no?

Hermione soltó un graznido que podía pasar casi por una risa, pero se recompuso enseguida.

—No seas tan presuntuoso, da las gracias a toda la magia que corre por aquí.

—Me hieres, Hermione, me hieres —respondió él tocándose el corazón teatralmente. Aquellos gestos absurdos empezaban a ser demasiado familiares.

Hermione resopló fingiendo exasperación y cambió de tema, antes de poder valorar una nueva característica más, otro detalle que lo alejara del Draco que ella había conocido.

—¿Y cuándo dices que empieza el día?

—En cuanto terminemos el desayuno. Arriba hay una buhardilla, un espacio abierto y diáfano que aún no has visto. Es una pequeña biblioteca con sillones cómodos, una chimenea para mantener un ambiente cálido, alfombras y cojines… Es un espacio seguro. Además, está conjurada para percibir lo que hace falta y…

—¿Cómo la sala de los menesteres? —interrumpió ella.

—Algo parecido, sí. Aunque en una escala un poco más pequeña, ya lo verás. Creo… creo que te gustará. —Y allí estaba, otra vez ese gesto inquieto de enredar los dedos entre los mechones de su pelo.

—Suena bien —susurró Hermione, aunque una especie de terror empezaba a agarrársele al estómago.

—No te voy a engañar, Hermione —dijo Draco tras una pausa—. No va a ser agradable. Voy a intentar por todos los medios que lo sea, ante todo quiero que estés bien, pero no va a ser fácil.

—No te preocupes —respondió automáticamente-

—Claro que me preocupo. Necesito que tengas claro que voy a estar ahí dentro. Que si te sientes excesivamente mal puedes darme un grito. No hace falta que sufras por nada y no… —las palabras parecen atragantársele—. No quiero que me utilices para hacerte daño.

Hermione abrió los ojos sorprendida. No se le había pasado por la cabeza hacer algo así y no estaba segura de si estaba más sorprendida por la insinuación o, precisamente, porque no se le hubiera ocurrido.

—Oh, no, no tenía esa intención. Está bien. Dire… uhm… Si la cosa se pone fea diré…

—¿Estás intentando poner una palabra de seguridad como en el BDSM? —La interrumpió Draco llevándose de nuevo la conversación a un terreno más seguro. Aquello la incomodó un poco, pero aún así se lo agradeció, era preferible pensar en sexo con cuerdas a pensar en lo que estaba ocurriendo.

—Algo así, sí —respondió intentando estar a la altura pero sintiéndose un poco oxidada. Él soltó una carcajada.

—¡Eres única!

—¿Lady Macbeth?

—Sí, bueno, ella también era única, pero… —¿Estaría pensando que se había vuelto loca? Sus ojos decían que sí.

—La palabra de seguridad —aclaró ella.

—Ah. Sí, no creo que vayas a usar esa combinación para decir cualquier otra cosa. Está bien, trato hecho, lady Macbeth —le extendió la mano para cerrar el acuerdo.

Hermione miró su mano, reticente. En los últimos tiempos el contacto físico no había sido su fuerte, pero la curiosidad le pudo, quería saber cómo se sentiría su mano. En cuanto la estrechó supo que había sido un error. Una corriente eléctrica le subió por todo el brazo hasta el pecho y se encogió, intentando disimular la sobrecarga de sensaciones que había experimentado. Escondió rápidamente las dos manos bajo la mesa y se quedó mirando fijamente su plato vacío.

Él carraspeó y se llevó la mano a un costado. Sin embargo, a Hermione le dio tiempo a ver cómo flexionaba los dedos y la sacudía ligeramente. No habían sido alucinaciones suyas. Esta certeza le hormigueó en su propia palma, pero no hizo nada, no la movió para no delatarse.

—¿Vas subiendo a prepararte mientras yo recojo aquí? Ve poniéndote cómoda y echa un vistazo a todos los libros que quieras. En un rato estoy contigo.

No le dio opción a réplica, se levantó de la mesa donde habían estado desayunando, murmuró un hechizo y le dio la espalda mientras la vajilla le seguía hasta la pila.


La mano de Hermione era suave, tibia y, al parecer, estaba cargada de electricidad. Era la única explicación posible a la onda expansiva que había llegado en oleadas hasta un punto indeterminado entre su corazón y su estómago. Había entrado por sus dedos haciéndolos arder y había ascendido a la velocidad de la luz. Después, durante un milisegundo, había olvidado incluso dónde estaba.

Por eso, para despejarse y darse tiempo, había decidido fregar los platos al estilo muggle. Le liberaba la mente hacerlo, era algo que había descubierto al renegar del abuso mágico. El agua, la temperatura y su acto. El contacto de la vajilla y los cubiertos contra sus manos. El jabón y el estropajo. Palpar en busca de mierda incrustada. ¡Ja! Si Lucius pudiera verlo ahora mismo seguro que renunciaba a seguir en contacto con él. ¡Su propio hijo palpando mierda y disfrutándolo!

Era importante que se centrara, así que se tomó todo el tiempo del mundo. Necesitaba usar todos sus trucos para estar lo mássereno posible. Había repasado una y mil veces el plan, así que no podía dejar que aquello lo desbaratara.

Entrar, retocar, negociar e intentar no inmiscuirse en pensamientos ajenos al problema. Lejos de Hogwarts, de su corazón y de él mismo. No quería que sintiera lo que pensaba o lo que sentía aún más amenazado.

Cuando terminó de fregar subió y la encontró ya sentada sobre la alfombra. No había elegido ninguno de los sillones sino, por supuesto, la alfombra. Estaba con las piernas cruzadas y un libro reposando sobre ellas. No lo estaba leyendo, pero aferraba los dedos a la cubierta. Tal vez sería una buena idea que lo mantuviera allí durante todo el proceso, como ancla.

Desde que él había llegado no habían hablado, pero no hacía falta, ni siquiera era incómodo. Draco cogió un cojín y lo tiró en el suelo frente a ella. Se sentó algo incómodo, tenía unas piernas demasiado largas para aquellas posturas, pero retorciéndose un poco consiguió una postura aceptable. Ella levantó los ojos y le mantuvo la mirada. Parecía asustada, pero también resuelta.

—¿Estás lista?

Ella asintió, sin hablar.

—Recuerda, Lady Macbeth.

Volvió a asentir.

Draco acercó el libro con un accio y lo repasó por última vez.

—Muy bien, Hermione, ahora necesito que te concentres en mis ojos. —Ella lo miró fijamente, dejándole ver unas pequeñas motas algo más oscuras en el iris que a él le parecieron pequeñas constelaciones en un bosque otoñal—. Bien. Allá vamos. Escucha mi voz, solo mi voz… Cerebrum tuum meum est, cerebrum tuum meum est, cerebrum…