Draco se había aparecido tantas veces en su vida que a estas alturas no llevaba la cuenta de cuántas habían sido. Sin embargo, recordaba con nitidez las primeras veces que lo había hecho. Había sido mucho antes de tener la aprobación del ministerio y, por supuesto, lo había hecho instigado por su padre. Lucius había conseguido que lo pasaran por alto y en su segundo año en Hogwarts ya era capaz de aparecerse sin dejarse ningún pelo por el camino. Aunque sabía que no debía presumir de ello porque no era algo que debiera saber todo el mundo, no había podido evitar hacerlo delante de Pansy, que le había mirado con aquellos ojos de cordero degollado que solía ponerle y había intentado besarle ante su absoluta repulsa. En aquel momento una cosa era sentirse idolatrado y otra cosa eran las babas de aquella cría.

Pero no tenía demasiado de qué presumir, en realidad. Durante mucho tiempo fue incapaz de aparecerse sin vomitar o sin caer redondo. Su padre le había insultado y golpeado por ser tan débil, pero él no podía evitarlo, lo odiaba con todas sus fuerzas.

Meterse en el cerebro de alguien era, aparentemente, muchísimo peor. Todavía estaba recitando como un mantra el hechizo cuando el mundo se desdibujó a su alrededor y empezó a dar vueltas. Una, dos, tres, mil.

Cayó de rodillas sobre una superficie que se parecía a aquellos castillos inflables en los que se divertían los niños muggles. Con los ojos aún entrecerrados pudo ver, sin embargo, que no era de uno de esos colores vivos (azules, verdes, rojos, amarillos) que acostumbraban a tener esos parques. Era gris fundamentalmente, la sangre lo recorría en hilos rojos demasiado rápidos para colorear de forma permanente aquella masa.

Respiró hondo. No podía, NO DEBÍA, vomitar allí dentro. Cuando estuvo seguro de que lo tenía todo bajo control empezó a levantar la cabeza y a incorporarse. Había esperado venas, sesos, tal vez incluso poder visualizar las neuronas, las sinapsis. Pero no aquello. Recorrió con la vista el "suelo". Podía pasear por las callosidades y las pequeñas venas, pero era lo de menos. Si levantaba la vista también podía recorrer sus recuerdos, sus pensamientos, sus anhelos. Flotaban allí y supo, sin necesidad de razonarlo, que dándose un pequeño impulso podría también el flotar entre ellos.

Sin pensarlo demasiado, empujó ligeramente y allí estaba. La sensación era extraña e incomparable, podía ver el curso de los pensamientos de Hermione deslizándose bajo sus pies. Se agachó intentando prenderlos con los dedos pero se escurrieron como humo, casi burlándose de sus pretensiones.

De pronto su propio rostro estaba allí, enlazado con alguno de aquellos recuerdos, pero se resistió a inspeccionarlos más de cerca. El plan era, precisamente, no resultar más invasivo de lo necesario. Una fugaz imagen de sí mismo convertido en hurón se lo estaba poniendo ciertamente difícil. Sentía genuina curiosidad por saber qué percepción había tenido ella de aquel episodio de su vida.

—Hipocampo, corteza prefrontal, amígdala —murmuró para distraerse y, de paso, repasar lo que tenía que hacer—. No la cagues en el hipocampo o la tendrás que matar tú mismo. Cuidado con la corteza prefrontal o te olvidará. La amígdala es donde más tiempo vas a pasar. Cuidado.

Por mucho que hubiera leído y hubiera intentado hacerse a la idea, nada de aquello era exactamente como se imaginaba. Había imaginado vísceras y aquello era… Precioso. Si alguna vez alguien le preguntaba dónde estaba el alma diría que allí arriba, al menos en ella. No importaba lo que creyera de sí misma, lo que veía, lo que le rodaba era la prueba sin duda de que era preciosa por dentro.

Todo guardaba cierto orden lógico y estaba lleno de ideas y de vida. Bullía como nubes, olas y estelas. No tenía sentido que no brillara en sus ojos como lo había hecho antes, en un tiempo en el que él nunca había llegado a atreverse a mirarlos. Seguía allí, intacto, pero apartado. En un lado pudo ver el humo de las pociones surgiendo de calderos, las cientos de clases de Snape categorizadas, entre mezcladas con sus propias adendas. Junto a aquello estaba McGonagall saliendo y entrando de la felinidad en bucle. También estaban allí todas las cosas que habían transformado. Pero no solo eso, pudo verla de refilón, abrazando a una Hermione mucho más joven. Su conocimiento de la Transformaciones estaba irremediablemente ligado con un el cariño casi fraternal de la profesora. Algo parecido sucedía con Flitwick. Dumbledore parecía recorrido por un cierto atavismo que le unía a los propios orígenes de su conocimiento mágico. Todo aquel vasto conocimiento estaba sistemáticamente anotado y lo ocupaba casi todo.

También había amor y cariño cálido y lumino, pero no se atrevía a mirar ó, navegando y andando, maravillado por lo que intuía. Al fondo, de pronto, se empezó a adivinar una masa verde que no parecía pertenecer allí. En aquel momento estaba en el lóbulo occipital y detrás de él no había nada, así que eso sin duda era la amígdala. Se movió hacia la masa con cuidado, procurando no alertar a lo que fuera aquello. No parecía algo reactivo a su presencia, en cualquier caso. Sencillamente estaba allí, como flúor bañándolo todo, fundido con el cerebro y taponando el fluir natural de las cosas.

Cuando estaba junto a la masa presionó ligeramente con el pie provocando una pequeña sacudida en el cuerpo de Hermione.

—¡Perdón! —dijo en voz alta, esperando que le escuchara.

Se agachó y la palpó. Estaba fría y cubierta por una película que vibraba en contacto con su mano.

—Bueno, Hermione, al menos no tendremos que poner un pie en el hipocampo ni en la corteza prefrontal, estás a salvo de mis manazas.

Probó un par de hechizos básicos para eliminarlo, pero ni siquiera se estremeció. La examinó un poco más despacio. Había oído hablar de ese tipo de sustancias, generalmente eran el resultado de un uso desproporcionado de magia negra, pero aquello no tenía sentido. Un hechizo mal realizado o una maldición parecía una opción más plausible. ¿Habría sido Bellatrix?

Una idea cruzó por su cabeza. ¿Y si lo quitaba con sus propias manos? Palpó con cuidado, buscando algún lugar, alguna grieta por donde sujetar. Cuanto más tiempo permanecía en contacto con ella más agotado se sentía. De pronto, casi a ciegas, palpó un orificio cálido e intentó tirar desde ahí. Cuando sus dos manos lograron por fin agarrarse a la sustancia todo su cuerpo se quedó helado, era exactamente como debía ser abrazar a un dementor. Tenía que tener cuidado si no quería quedarse allí clavado, desesperanzado y anulado.

—¿Cómo puedes soportar esto a diario, Hermione? —Susurró.

Tiró un poco más de la sustancia y esta le lanzó imágenes de la guerra. De pronto ya no era él, era Hermione y otra vez él mismo de vuelta. Sintió su propio cuerpo bajo el peso de Bellatrix, su pecho, el pecho de ella vacío cuando creyó que Harry había muerto. El dolor y la humillación física. Lucius mirándolo, mirándola con frialdad y desprecio mientras yacían él, ella, él otra vez sobre una alfombra ensangrentada.

Cuanto más tiraba más pensamientos le lanzaba. Ya estaba completamente tendido, incapaz de levantarse pero incapaz también de soltarlo. Tenía que acabar ese trabajo.

Entonces llegaron imágenes de un matrimonio. Del de ella, del de él que no era él sino ella. Todas las veces que Ron no se dio cuenta de que algo iba terriblemente mal y siguió, únicamente preocupado por sí mismo. Todas las veces que insistió —Hermione, ya basta, tienes que estar bien, ya está todo bien, no sé a qué viene esto—. Las lágrimas le caían por la cara, haciéndole cosquillas, pero no podía quitárselas, no podía soltarlo, si lo soltaba no conseguiría arrancarlo y todo sería peor, irremediablemente peor.

Sus brazos, los de él sobre los de ella, la marca tenebrosa sobre mil marcas, heridas que ella, él, multiplicaba una y otra vez. Sintiéndose más tranquila pero también más inútil, más rota.

Un torbellino impactó contra su pecho, expulsándolo y obligándole a soltar la masa. Sus manos intentaron seguir aferrándose sin éxito y cayó extenuado sobre la superficie blanda. Cerró los ojos, maldiciendo entre dientes, recuperando el aliento. Pero entonces se fijó detenidamente en el orificio cálido desde el que había intentado arrancar la masa. Solo lo había palpado y sentido su calor, pero en aquel momento, mirándolo detenidamente, vio con sorpresa de qué estaba formado.

Ahí estaba él mismo, en una calle de Londres, acompañándola. Hacía frío e iban hacia una cafetería para resguardarse. En otro hilo de pensamientos también estaba él, entrando en su habitación con una bandeja y el desayuno. Otra vez él, mirándola embelesado mientras ella hablaba (¿de verdad tenía esa cara de idiota cuando la miraba). Otra vez él, tocando el piano antes de perder los papeles. Libros, comida, calor. La sensación del aire frío sobre unas mejillas apagadas, el sabor del chocolate caliente. Él.

—¿Qué…? ¿Qué? ¿Qué significa esto? —Dijo para nadie. O para ella. No sabía.

Tenía que salir de allí, tenía que mirarle a la cara y preguntarle. Preguntarle… No sabía el qué, pero tenía que salir de allí. ¡Aquello lo complicaba todo!

—¡Exi! —Gritó.

Una fuerza lo lanzó hacia atrás y de pronto se vio tirado en la alfombra, delante de Hermione que lo miraba confundida.

—¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? —Se arrodilló a su lado, pero él seguía siendo incapaz de contestar, tenía una nausea agarrada a la garganta.

—¡Draco! ¡Hablamé! —Insistió con urgencia.

—Hermione, yo…

—¿Qué ha pasado ahí dentro?

—Yo…

Draco se quedó en blanco. Solo podía hacer una cosa. Se incorporó ligeramente, se acercó a ella que lo miraba recelosa y la besó. Cogió su cara suavemente entre las manos, apartando un mechón que se interponía entre ambos y la besó. Había estado frío, todo su cuerpo estaba recorrido por el hielo, pero en aquel momento el calor volvió y el olor de ella inundó sus fosas nasales, su cerebro, su raciocinio. Solo podía pensar en el ahora. En ese beso. En ese lugar feliz. Pasase lo que pasase atesoraría ese recuerdo, lo sabía. Un momento bueno, un momento de luz para justiciar toda su vida.

Entonces ella le puso las manos sobre el pechó, lo empujó y se apartó rápidamente, dejando un océano entre ellos. Un espacio, unos segundos preciosos que le hicieron volver en sí mismo dándose cuenta de dónde estaba, de qué había hecho. Sintió cómo la sangre lo abandonaba dejándolo lívido.

—Hermione, yo…

—¿Por qué has hecho esto? —Respondió ella cortante.

—Yo… Porque no podía no hacerlo. —¿Alguna vez había estado tan sin palabras como en ese momento? Parecía estúpido.

–¿Porque no podías no hacerlo? Claro, eres un Malfoy y lo que necesitas lo tomas, ¿no?

Aquello le dolió, sí, pero también lo enfureció.

—No seas injusta, por favor. Se que no ha estado bien, que no tengo derecho a… Pero no seas injusta.

—¿Injusta? ¿Yo? —Elevó el tono de voz—. ¿Qué cojones, Malfoy? ¿Qué ha pasado?

—He visto algo en tu cerebro… Algo… algo bueno. A mí, allí, era un pensamiento cálido.

—¿Y has pensado que un beso tuyo me devolvería las ganas de vivir? —Al escucharlo se dio cuenta de lo estúpido que sonaba. Lo había hecho sin pensar y, ¡mierda!, no podía hacer cosas sin pensar. No en ese punto.

—No… No he pensado nada, en realidad —reconoció.

—¿Y tú eres el profesional en cuyas manos estoy? ¿De verdad? Esperaba algo más de ti, Malfoy. —Estaba siendo hiriente, innecesariamente hiriente, pero tenía razón.

Ella bajó un poco el tono y suavizó sus facciones, mirándolo casi con pena.

—Yo no quiero nada contigo, Malfoy.

—Lo sé —dijo él rápidamente. ¿Pero de verdad lo sabía? ¿Acaso no había pensado durante un segundo que ahí había algo?

–Y no quiero seguir tratándome contigo. Me rindo.

—No, no, ¡no! —Entró en pánico. Sabía lo que significaba eso. —Tú no puedes rendirte. Me lo prometiste. Es mi decisión.

—¡Pero besarme no estaba en el trato! Estás actuando a la desesperada, sin pensar —volvió a subir el tono y su voz tembló al borde del llanto—. Me prometiste que serías sincero.

—Mierda, Hermione, estoy siendo sincero. ¡Joder! ¡Para! —Las implicaciones de todo lo que estaba diciendo lo sobrepasaban, no podía gestionarlas—. No me he rendido.

Hermione lo miró en silencio, sus ojos miedo y pena y rabia.

—Teníamos un acuerdo, teníamos un pacto. Me has mentido —y entonces ya sí que estaba llorando y partiéndole el corazón por el camino.

—Hermione, necesito saber qué pasa aquí y necesito ayudarte.

—¿Qué pasa…?

—¡Entre nosotros! —No se esperaba decir eso, pero ahí estaba, escupiendo humillación y haciéndole daño de paso.

—Malfoy, entre nosotros no pasa nada. Esto… Esto no es nada. No puede serlo. Te desprecio y tú me odias. Eres la herramienta que he elegido para destruirme y yo soy la herramienta que has elegido para castigarte. No debemos… Esto no está bien.

Aquellas palabras le dolían como si un daga estuviera atravesándole el corazón en el punto justo donde las cosas duelen pero no matan. Porque sabía que ella tenía razón, que no quería estar con él y todo era ficción, esperanza mal entendida, masoquismo. Ella, siendo ELLA, nunca habría vuelto la vista ni una vez hacia él. Y habría tenido razón para no hacerlo, no lo merecía, nunca lo había hecho.

Draco se pasó la mano por la cara, tratando de calmarse, de ordenar sus ideas, de no meter la pata una vez más.

—Tienes razón —dijo finalmente con un sosiego que estaba lejos de sentir—. Perdóname y olvida todo esto. Deberíamos dormir. Mañana será de nuevo un día duro, si te parece bien repetiremos lo de hoy una vez más y volveremos. Confío en que será suficiente.

—¿Volver a…? —Preguntó ella desconfiada.

—Volver a donde tú quieras —respondió Draco derrotado—. Yo te recomendaría volver al hospital, pero tú decides.

—¿Eso quiere decir que…?

—No, no quiere decir que me haya rendido, quiere decir lo que has oído, ni más ni menos. Pero también voy a necesitar que pongas algo de tu parte para variar.

No quería ser así de borde, pero el dolor le hacía revolverse como un animal herido. Siempre había sido así y ahora apenas podía controlarse.

—Está… está bien.

Hermione seguía llorando, pero aún así Draco se fue para evitar que su pecho explotara y acabar con los dos allí mismo.

Los escalones le parecían el camino a una montaña, como si estuviera desangrando. Detrás quedaba ella, todavía podía escucharla llorar bajito, como queriendo que él no la oyera, pero no lo estaba consiguiendo. Sus pies, escalón a escalón, lo alejaban de Hermione contra su propia voluntad.

Se tiró en la cama sin desvestirse y se quedó mirando fijamente un plegue en el dosel, implorando porque lo atrapara el sueño. Pero no aparecía y su cabeza bullía enganchada en los mismos pensamientos. «No mereces el amor, no mereces nada y ella terminará mal por tu culpa». Ni siquiera podía pensar en la palabra «morir». Pero sucedería, tarde o temprano sucedería y él. ¿Cómo podría seguir adelante él después de eso? Había soportado todo, pero no podría soportar eso.

Por fin la escucho moverse, reptando por la casa. Agudizó el oído para asegurarse de que no escapaba, de que dormiría, de que alguien descansaría en aquel lugar.

Después, se preparó para un noche completamente en vela.