"Este fic participa en la actividad multifandom del foro Alas Negras, Palabras Negras."
Disclaimer: Baccano! no me pertenece.
Prompt: Primer amor, guantes y personaje favorito
El guante no pasó de sus dedos, estaba hecho para una mano mucho más pequeña y con dedos delgados. Al estar hecha de seda forzarla a entrar solo empeoraría las cosas.
―Oh, me equivoque de talla. Lo siento mucho ―exclamó el hombre.
Olvidando la formalidad, Miria soltó una breve carcajada que lo desconcertó.
―No importa ―dijo ella sonriente―, funcionan como buenas orejeras.
El gesto del hombre no era algo nuevo: la sonrisa cortés quedó petrificada en un gesto incómodo, sin comprender su forma de ver la vida.
Lo nuevo fue la risa de su acompañante.
Miria lo había notado desde que llegaron, el menor de los hermanos Dian era tan callado que creyó que era mudo hasta que la saludo. Sin embargo tenía la misma mirada de quien pensaba muchas cosas en un segundo.
―Me fascina su optimismo, señorita Harvent ―murmuró Jacobo.
Miria miró al hermano, quien le sonrió. Con actitudes así otros la llamaron loca o se escondían en la falsa cortesía, como Jacobo, pero este hombre se veía tan contento con ello.
―Discúlpeme, señorita ―Miria observó, sin inmutarse, como su candidato a prometido se despedía con una leve reverencia―, necesito hablar con mis padres. Fue muy agradable hablar con usted.
Pero la inflexión en su voz traslucía todo lo contrario, Miria supuso que no había muchos interesados en averiguar si sería posible destruir bosques al cementar los ríos cercanos.
Jacobo Dian atravesó el jardín como si huyera de un avispero. Al menos no se tropezó en su prisa por escapar, como el heredero del señor Wright.
―No sería suficiente ―dijo Isaac Dian, ocupando el lugar de su hermano con ella bajo el gazebo.
Miria se inclinó hacia él y apartó las dudas.
―¿Qué idea propone usted, joven Dian?
Isaac la observó con severidad, hizo un gesto hacia el cielo.
―Todavía quedaría el agua que viniera del mar. El viento la llevaría sobre el bosque ―cruzó sus brazos, una sonrisa satisfecha se extendió por su rostro―. La solución sería cementar el océano.
Miria estalló en carcajadas. Isaac se vio confundido, más cuando ella golpeó su frente para asegurarse de que la escuchaba.
―Tontito…―dijo riendo, pero Miria recuperó la compostura―, ¿Entonces de donde se sacará agua para los parques acuáticos? Tengo una mejor solución: hay que eliminar a las mariposas.
La expresión de Isaac cambio con la comprensión.
―No provocarían viento con sus alas…
―No habría viento que moviera las nubes ―confirmó Miria, y tomó sus manos.
Isaac vaciló con la iniciativa, pero era incapaz de alejarse y su rostro reflejo la sonrisa que se extendía por el de Miria.
―¿Puedo… llamarte Miria? ―preguntó esperanzado.
Miria apartó la vista, seguían solos en el salón.
―Solo si yo también te puedo llamar Isaac.
Allí, una sonrisa de verdad llego a su rostro. Una que hizo que Miria sonriera en respuesta.
Los gritos que resonaban por el pasillo los hicieron alejarse. Eran tan fuertes que entendían casi cada palabra.
―¿Eso cree? ―gritó el señor Dian―. ¡Darán niños igual de locos! No. Me niego. Mi hijo no merece estar enredado de vida con una orate.
―¡Y mi hija merece un hombre bueno! Uno que la proteja y ayude a ver el mundo de la forma correcta ―El cesé de pasos se detuvo cerca de la puerta, entonces el señor Harvent habló en voz más baja―. ¿Qué tal con su hijo menor? Usted me ha confiado que también tiene esa "tara".
Miria e Isaac intercambiaron una mirada, pero los gritos del padre de Isaac resonaron con mucha más fuerza.
―Ah, ya veo de donde lo sacó. ¡Aquí el loco es usted! ¿Poner a dos locos juntos? Está mal de la cabeza. Ni hablar. Mi hijo no esta tan arruinado como la suya. ¡Mejor mándela a un manicomio mientras no haya hecho daño a nadie!
―¡Lo mismo para usted! ¡Llévese a ese muchacho de mi propiedad!
Abrieron las puertas con tal fuerza que los retratos en las paredes amenazaron con caerse. Jacobo ingresó muchísimo más calmado, pero tenso en cada uno de sus pasos.
―Hermano, despídete. Nos retiramos.
Isaac vaciló, miró a su padre y luego a Miria.
―Que pase buena tarde ―dijo con una inclinación respetuosa―. Mir… señorita Harvent, quiero que sepa que estoy encantado con su persona.
Los ojos de sus padres los apuntaban como dagas. Miria hubiera esperado una despedida más cariñosa, pero no era el momento con tanta hostilidad en el ambiente. Aunque, se suponía que ninguno lo había escuchado.
―Lo mismo pienso, señor Dian ―dijo con tono formal, luego añadió alegremente―. Conversar contigo me contagia de felicidad.
El sonrojo de Isaac duró menos de un segundo, porque su expresión calmó a alarmada.
―¿Contagia? ―por un momento olvidó que sus padres seguían allí, solo importaban ambos―. No sé si eso suene bien, ¿no es peligroso?
―¿Crees que la gente se puede morir de felicidad?
―¿Cómo no, si se pueden morir de amor? ―murmuró, con un pequeño énfasis en el final.
Fue el turno de ella de sonrojarse, pero antes de contestar el señor Dian arrastró a Isaac hasta la salida. Jacobo los siguió sin despedirse. Aunque Miria no hizo ninguna señal de moverse, su padre colocó con fuerza una mano en su hombro.
―Olvídate del compromiso con los Dian ―gruñó el señor Harvent en su oído, luego alzó la voz―. ¡Buscaremos a alguien mejor!
―¡Hasta pronto, Miria! ―exclamó Isaac antes de que se lo llevaran por el pasillo.
―¡Nos vemos, Isaac! ―gritó Miria ignorando las protestas de su padre.
Con la excusa de necesitar aire fresco, Miria salió al jardín. Llevaba en una mano una maleta negra con algunas mudas de ropa y fajos de billetes de la bóveda familiar. Sus padres habían estado tan absortos en buscar a otro pretendiente que no se fijarían en su desaparición hasta la hora del desayuno. No tenía idea de a donde iría, tal vez a Japón o Inglaterra, cualquier lugar rodeado por agua.
Se detuvo cuando vio una sombra acercase a ella. Alta y ligeramente encorvada, primero pensó que podría tratarse de una bruja o algo similar. Aunque, una vez que se acercó a una zona más iluminada, lo reconoció.
―Isaac ―susurró con fervor mientras atravesaba el jardín.
Por un instante él se encogió, creyéndose descubierto. Cuando vio a Miria se irguió en su total altura y corrió a su encuentro. Una vez frente a frente quisieron abrazarse, decir cuanta impresión habían dejado en el otro con una sola conversación, pero ninguno lo hizo.
―No puedo creerlo, ¡Que alegría verte! ¿Qué te pasó? ―preguntó Miria, mirando la manga de su saco, rasgada.
―Tu casa necesita mejores sistemas ―explicó Isaac simplemente―. Es muy fácil entrar por los muros de césped. Serian mejor las rosas, al menos tienen espinas.
―¿Viniste por…?
―Porque tenía miedo de morirme de amor.
Miria sonrió, de inmediato tomó su brazo y ambos se dirigieron hacia los enormes setos que rodeaban la mansión.
―Buena idea, nos vamos. Esta vida de lujo no nos conviene. Mis padres quieren un hombre que te proteja, pero pensé: si vivimos así ¿de qué me vas a proteger?
―Eso es un buen punto. Tendremos que exponernos al riesgo y así ganar su aprobación.
―¿A dónde quieres que vayamos?
―A New Jersey, New york ―dijo Isaac con una sonrisa radiante― a donde queramos, incluso podemos ir a Inglaterra y volvernos bandidos como Robin Hood.
―¡Qué gran idea Isaac! Podemos empezar por ir a Manhattan.
―Es un lugar muy peligroso, ¿estás segura?
―Nunca lo había estado más. Mira, podemos ir a una bóveda y coger prestado todo el dinero. Se los devolveremos después de hacer una gran empresa.
―¡Genial! Incluso podemos tener un saludo del trabajo ―Isaac tomó su mano y la sacudió―. Buen trato comercial, socio comercial
Miria apenas lo escuchaba, hace tanto tiempo que no había sido tan feliz.
