La serie Once Upon a Time, sus personajes, y demás mencionados aquí, no me pertenecen.
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ADVERTENCIA: Leer con precaución este capítulo.
Capítulo 15
—¿Por qué estás molestando a Regina?
—¿A tu novia?
—Eres insufrible. Solo deja de acosarla.
—Es una táctica efectiva. Le hablo de bebés para que se decida a dar el primer paso y admitir que siente algo por ti.
—Genial —suspiré resignada—. Deja de molestarla, hablo en serio. No he olvidado las tácticas que usabas para corregir a todos los niños.
—Funcionaba.
—Lo que sea. Ahora explícame que es eso que me dijo Henry sobre tu verdadero nombre.
—¿Qué hay con eso?
—¿Qué hay con eso? Te diré que hay con eso, señorita moderna. Me mentiste, me dijiste que tu nombre era Sarah.
—Es el nombre que elegí en este mundo.
—Así que te llamas Ingrid. ¿Algo más que deba saber?
—Me gusta Sarah. Ha pasado mucho tiempo desde que alguien me llamó Ingrid.
—Te estoy vigilando.
—Yo igual. ¿Dónde llevarás a Regina?
—No te lo diré.
—En nuestro mundo no teníamos citas. Había bailes… era maravilloso.
—Regina no tuvo esa suerte, su madre era una loca psicópata.
—Más razones para contarme tus planes, puedo ayudar. Llevo mucho tiempo en este mundo, he ido a citas.
—No. Gracias. Y esto no es una cita.
—Lo que tú digas. Ten, lleva esto, es para los chicos —me entregó un plato con mini sánduches—. Me daré una ducha y luego dormiré un poco. Regina dijo que quería encargarse de la cena.
—Fantástico. Extraño su comida. Y te advierto que no le gustaría nada si te escucha llamándola una de los chicos.
—Me gusta menos que mi comida no te satisfaga tanto como la de tu novia.
Sarah sonrió. Por lo menos iba a dejar de molestarme un rato. Iba a terminar enferma de los nervios por todo el estrés que ella insiste en causarme.
Regina y Henry devoraron los sanduchitos, estaban envueltos en mantas viendo una película horrible de dinosaurios.
—Mamá dijo que la invitaste a salir.
—No hables con la boca llena, cariño.
—No la invité a salir —Regina me dio una de sus miradas fulminantes—, sí lo hice, pero no en ese sentido.
—¿En un sentido sexual?
—¡Henry! —gritamos horrorizadas, Regina y yo.
—¿Qué?
—No es una cita en ningún sentido, mucho menos en ese. Te he educado mejor, jovencito.
—Sí, tu mamá tiene razón. Solo daremos una vuelta por la ciudad para distraernos. Tú también estás invitado.
—Prefiero quedarme, sería raro estar en medio de su cita.
—¡No es una cita! —¿Por qué nadie escucha lo que digo?—. Aprovecharemos para… buscar trabajo… quizá encontrar un lugar para vivir.
—Pero vivimos aquí.
—Temporalmente. Háganse a un lado para que pueda sentarme.
Henry se abalanzó hacia la esquina del sofá, obviamente dejando en claro que no iba a sentarse en el medio. Me dio una sonrisa descarada, y lo peor de todo fue que Regina no se movió ni un solo centímetro.
—No voy a moverme. Puedes sentarte en otro lugar. —Dijo Regina, en el tono más petulante que pudo.
—Quiero sentarme en el sofá —ella no podía impedirme hacerlo.
—En este no, querida.
—¿En serio no vas a dejarme sentar?
Se encogió de hombros, y subió el volumen del televisor, ignorándome por completo.
Ella lo pidió.
Me lancé al sofá, cayendo encima de sus piernas, y la cabeza en el regazo de Henry.
—No. Emma. Compórtate. Lo digo en serio —Sus amenazas carecían de fuerza. No iba a moverme—. Pesas demasiado.
—¿Me estás diciendo gorda?
—Sí. Lo hago. Eres imposible.
Logró salir de debajo de mí y se fue a la cocina a empezar a preparar la cena.
—¿Qué? —pregunté al ver la mirada de reproche que Henry me estaba dando—. No hice nada malo. Ella no me dejaba sentarme en el sofá. Es un sofá muy grande. Deja de mirarme.
—¿Invitas a mamá a salir y le dices que no es una cita?
—No es una cita.
—Entonces no debiste haberla invitado. Deberías intentar ser más romántica, eres la hija del Príncipe Azul.
—Voy a buscarte una escuela militar, chico.
—Y mamá va a buscarse otro novio si la sigues tratando así.
—Bien. Porque ella y yo no somos novias.
—Bien.
Me levanté y fui a cortar un poco de madera. Fue la única opción que pude pensar para evitar asesinar a mi propio hijo.
XXXSQXXX
No era una cita. No iba a planear nada especial ni romántico. Solo daríamos un par de vueltas, tomaríamos algo, y volveríamos a casa.
Regina ni siquiera se molestó en preguntarme si iba a llevarla a un lugar en particular que necesite cierto tipo de ropa. Se quedó dormida apenas puso la cabeza en la almohada, y volvió a poner un montón de almohadas entre nosotras; y en la mañana cuando desperté, ella ya se había levantado, y las almohadas seguían en el mismo lugar que las había colocado la noche anterior.
La vi en la cocina, arrimada al mesón y viendo a Henry jugar afuera en la nieve. Me acerqué a ella, colocándome justo detrás para hacerla asustar.
—Buenos días —se sobresaltó al escuchar mi voz—. ¿Dónde está Sarah?
Se alejó de mí, sacó una jarra de jugo del refrigerador y la puso sobre el mesón.
—Hay cereal y tortitas, puedes escoger lo que quieras. No dejes que Henry coma nada más, y cuando termines lava tus platos.
—¿Y Sarah? —volví a preguntar.
—Dijo que aprovecharía salir en la mañana a hacer lo que sea que tenga que hacer, no soy su niñera.
—Serías una niñera sexy —mordí una tortita para ocultar mi sonrisa.
—Saldremos temprano, podemos tener el almuerzo fuera y volver antes de las siete. Eso nos dará tiempo suficiente para buscar una buena escuela para Henry, y una agencia de empleo. Sarah dijo que sería de mucha ayuda para explorar nuestras posibilidades de conseguir un trabajo decente.
—Eres preciosa, Regina. Bastará con pestañear para tener cualquier empleo que desees.
—¿Te caíste de la cama y tienes una contusión, o solo despertaste con ganas de fastidiarme?
—Solo desperté con ganas de fastidiarte.
—Eres una idiota.
—Y tú eres una fanática del control que necesita poner una barrera de almohadas para refrenar tu deseo de dormir en mis brazos.
Lució sorprendida por dos segundos, después de eso su mirada hizo temblar mis piernas.
—Eso lo aclara todo —sonrió, se acercó a mí, invadiendo por completo mi espacio personal, haciéndome contener el aliento—, estás molesta porque no pudiste abrazarme anoche. Es muy dulce tu enamoramiento infantil, pero soy demasiada mujer para ti, señorita Swan.
Ella era mala, perversa. Se aprovechó de su belleza y ese maldito trasero perfecto que meneó demasiado mientras se alejaba de mí, para dejarme imposibilitada de contestar sus provocaciones.
No tengo ningún enamoramiento infantil. Soy una mujer adulta y he tenido más sexo del que ella solo puede soñar. Debí haberle dicho eso, debí decirle que era ella quién deseaba tenerme, y no solo para usarme como su almohada favorita, sino para darle el mejor orgasmo que nunca ha tenido en su vida.
Sarah volvió unas horas después, trajo comida y un montón de cosas necesarias para la casa. Regina y yo estábamos listas para salir. Henry se despidió, prometió portarse bien, siempre y cuando disfrutáramos de nuestra cita.
Las dos estábamos vestidas demasiado informal. Llevábamos jeans ajustados, los míos más estrechos que los de ella, yo llevaba botas planas de caña alta, ella típicamente llevaba botines de tacón alto. Me puse un top blanco por debajo de una camisa roja a cuadros y una gruesa chaqueta gris de cuero. Lo más difícil de mirarla fue el escote de su blusa negra de algodón, simple, mangas largas, y un poquito larga hasta la cadera, se puso guantes y una chaqueta de cuero de color negro. Por suerte cuando nos subimos al auto, ella envolvió una bufanda gris alrededor de su cuello, de lo contrario no creo que hubiese podido quitar los ojos de sus hermosos senos.
—¿Dónde iremos primero?
—A comer. No puedo hacer nada con el estómago vacío.
—Está bien. Solo elige un lugar decente.
La llevé a comer hamburguesas.
—No puedo comerme eso.
—Al menos inténtalo.
—No. No quiero morir por comer una hamburguesa grotesca.
—Es una Jucy Lucy.
—Voy a vomitar.
Parecía como un hermoso venado asustado. Con sus grandes y hermosos ojos muy abiertos. Su nariz se respingó e hizo una mueca de asco al verme dar una gran mordida a mi hamburguesa.
—Si tu intención es torturarme, lo conseguiste. Te esperaré en el auto.
—Oh, vamos. No puedes hablar en serio. Ni siquiera tienes que comértela toda. Hay lechuga en el plato, y papas, te gustan las papas. Te daré las mías.
Soy una idiota. Sabía que ella era una Reina pretenciosa que solo come hojas, pero no creí que se molestaría tanto por una simple hamburguesa. Pedí que me pusieran todo para llevar, no iba a desperdiciar tanta comida deliciosa, y compré una de esas ensaladas que tanto le gustan.
Un extraño sujeto estaba cerca de Regina, y el tipo se alejó rápidamente en cuanto me vio.
—¿Estás bien? ¿Qué pasó?
—Nada.
—Regina —la tomé del brazo y la detuve—. ¿Te hizo algo ese tipo?
—No.
Nos subimos al auto y no tuve que esperar mucho. Sabía que si ella no me miraba a los ojos no sería nada bueno, y yo solo quería saber qué diablos había pasado.
—Me dijo que debía pagarle por cuidar del auto.
Maldición.
—Dijo que eran veinte dólares, y cuando saqué el dinero… me dijo que debía darle el doble por hacerlo esperar. ¿Feliz? El tipo se llevó veinte dólares extra.
No quería hacerla sentir peor, pero no podía quedarme callada.
—No tenías que darle ni un solo centavo.
—Oh.
—El tipo era un ladrón, le habría quitado el dinero a cualquiera.
—Pero yo le creí que debíamos pagarle por cuidar del auto.
—No es para tanto. Cada lugar tiene sus propias costumbres. Yo he pagado unos cuantos dólares para que cuiden de mi auto un par de veces.
Abrochó su cinturón de seguridad, y miró fijamente por la ventana.
—Hey —tomé su mano pero ella no me miró—. Está bien.
—No. No está bien —alejó sus manos de las mías—. No me gusta este lugar. Es horrible, la comida es espantosa y las personas no tienen modales. Quiero ir a casa.
—Es normal sentirse abrumado…
—No me digas lo que es normal o no. Quiero ir a casa.
—Te compré una ensalada. Comeremos y luego daremos una vuelta.
—Quiero regresar a Storybrooke.
Sus ojos se encontraron con los míos y ninguna de las dos bajó la mirada. No podía estar hablando en serio.
—¿Olvidaste por qué nos fuimos de allí?
—Me secuestraste. Yo no quería. Y ahora no tenemos dónde vivir.
—Tienes razón, yo te obligué a hacer esto, pero lo hice por tu propio bien.
—Hiciste lo mismo que tus padres, me sacaste de mi casa y me quitaste mi dinero.
—¡Eres increíble! Siempre te quejas de la forma en que te salvo.
—Siempre me das razones de sobra.
—Voy a darte verdaderas razones para quejarte, porque sin importar los berrinches que hagas no volveremos a Storybrooke.
—Si haces esto con la intención de llevarme a la cama, pierdes tu tiempo.
—Ya te llevé a la cama —sonreí confiada.
—Eres… Nunca me acostaría contigo. Jamás.
—Bien. Porque yo no me acuesto con mujeres inexpertas.
Por supuesto que se bajó del auto, y tuve que perseguirla por tres cuadras, hasta la mitad de un parque dónde no tuve otra opción que detenerla tomándola del brazo.
—Yo… Regina, lo siento.
—Guárdatelo.
Me hizo soltarla y retrocedió alejándose de mí.
—No lo dije en serio. Estaba molestándote… siempre estoy molestándote. Soy una idiota.
—No me importa lo que pienses sobre mí. He terminado con esto.
La aparté del camino en dónde estaba para que un par de ciclistas no la atropellaran, y otra vez caminó lejos de mí.
—Enójate conmigo, pero no podemos volver.
—¿Por qué no? Tus padres están enojados porque creen que estamos juntas, lo cual nunca será cierto. Tarde o temprano van a encontrarnos, no descansarán hasta lograrlo.
—No lo harán. No me importa si mi madre está enojada porque tú eres más bonita que ella, nunca voy a dejarla hacerte daño.
—¿Por qué, señorita Swan? —se detuvo y me miró fijamente, seguía enojada pero no dejaba de verse hermosa.
—Siempre te ves hermosa.
—¿Qué?
¿Dije eso en voz alta?
Dije eso en voz alta.
—No voy a discutir contigo. No quiero jugar, ni continuar con tus estúpidas bromas.
—Es lo que mejor sé hacer. Siempre estamos discutiendo, y no creo que pueda cansarme nunca.
—Porque evidentemente eres una idiota.
—Y porque yo te gusto.
—¿Perdón?
—Yo te gusto. Admítelo.
Corté el espacio entre nosotras y antes que ella pudiera gritarme, la besé con torpeza.
—Lo siento —retrocedí, lista para lanzarme al lago y ahogarme—. Puedes darme una cachetada si eso te hace sentir mejor.
¿Qué rayos acababa de hacer?
Su mano se estrelló en mi cara. En serio merecía esa cachetada. Quise sobar mi mejilla pero ella tiró de mi chaqueta, acercándome, y me dio un beso.
Apenas me dio tiempo de cerrar los ojos. No sabía qué hacer, ni dónde poner mis manos.
—¿Por qué hiciste eso? —pregunté en cuanto nuestros labios se alejaron.
—Tú me besaste primero —me acusó.
—Pero me diste una cachetada.
—La merecías, me dijiste que lo hiciera.
—Estoy confundida.
Volvió a besarme. Sus labios eran suaves, y esta vez abrí mi boca porque quería explorar la suya con mi lengua… y me dejó hacerlo, hasta que nos vimos obligadas a tomar aire.
—Ahora estoy mucho más confundida.
Sus manos soltaron mi chaqueta. Arregló su cabello y se aseguró que su labial no estuviera manchado alrededor de su boca.
—Tengo hambre, ¿puedes llevarme a un lugar decente esta vez?
—Era un lugar fenomenal, y te compré una ensalada.
—¿Vas a insistir en comer esa hamburguesa horrible?
—¿No me seguirás besando si lo hago? —pregunté bromeando.
—No. No te besaré.
Pasó por delante de mí. Sus mejillas estaban un poco rojas pero no dejó de sonreír confiada.
—El auto está por acá —fue mi turno de sonreír.
—¿Cómo puedes recordar el camino de regreso? Dimos un montón de vueltas. Ni siquiera sé dónde estoy.
—Estás aquí —tomé su mano—. No importa cuántas veces te pierdas, siempre voy a…
—No lo digas —puso su mano sobre mi boca—. Nunca más vuelvas a decir eso.
Definitivamente estoy enamorada de ti, Regina Mills.
XXXSQXXX
Fuimos a una dirección, donde afortunadamente seguía funcionando una oficina de cazadores de recompensa. Trabajar en diferentes ciudades, durante varios años en el mismo oficio, resultó beneficioso, tenía contactos, y bastó con decirles que llamaran a mi anterior jefe para constatar que era buena en lo que hacía.
—No prometo nada, Swan. Ten encendido el teléfono por si algo nuevo aparece.
Eso era mejor que nada.
—No estoy de acuerdo. —Dijo Regina.
Ella se quedó esperando en el auto y cuando le conté por qué me detuve en aquél lugar, no dudó en expresar su descontento.
—Es peligroso.
—Tengo experiencia.
—Eso no disminuye las posibilidades de terminar herida o algo peor.
—Es lo que hago, pagan muy bien y necesitamos el dinero —era inútil discutir, no iba a cambiar de opinión—. ¿Quieres ir a ver departamentos o ir a dar una vuelta?
—No hemos visto escuelas, ni un trabajo para mí.
—Debemos comprar un computador, haremos una búsqueda en casa primero.
—Vamos por el computador.
Distraernos en cosas absurdas como elegir un computador, no estaba ayudando en absoluto. ¿Qué significaban esos besos? Puede que yo la besara primero pero…
—Emma.
—¿Sí?
—Este es uno de los mejores, y no es demasiado caro.
—Perfecto.
No me importaba. La observé hablar con el vendedor, entregarle el dinero y recibir el computador a cambio. Moví la cabeza para asentir cuando ella sugirió dar una vuelta por el centro comercial, ella parecía feliz, sus ojos brillaban viendo cada una de las tiendas.
—La próxima vez traeremos a Henry, él estará encantado.
—Sí —él adora cada aventura y yo adoro ser parte de cada una de ellas.
—Mira qué hora es. Se está haciendo tarde.
—Podemos comer algo aquí, y luego… podríamos ir a tomar un trago.
—Está bien.
Ella estuvo mucho más a gusto teniendo un montón de opciones para elegir, y de todas formas la comida no terminó de convencerla. A mí lo único que me importaba era dejar todo el ruido de aquél centro comercial e ir a un lugar donde pudiéramos hablar de lo que acababa de pasar entre nosotras.
—¿Por qué me besaste? —le pregunté apenas el camarero nos entregó un Martini de manzana y una cerveza.
—¿Por qué me besaste?
—Vamos. Yo pregunté primero.
—Y me besaste primero. ¿Por qué lo hiciste?
—Yo… —dudé.
Quería ser honesta con ella y conmigo, pero no podía dejar de pensar lo que sucedería si ella no se sentía igual que yo.
—Creo que te gusto, señorita Swan.
—No volvamos a eso de señorita Swan.
—¿Esa es tu única objeción?
—Eres una mujer hermosa, es imposible que no me gustes.
—Solo porque soy bonita.
—Eres mucho más que eso. Eres inteligente, divertida, fuerte, absolutamente terca y la mejor mamá del mundo, puedo continuar toda la noche.
—No soy terca.
—Por supuesto te fijarías en eso. ¿Vas a pelear conmigo y darme otra cachetada?
—Puede que lo haga.
—Somos amigas… no quiero dañar lo que tenemos.
—Tengo mucho más que perder.
—Entonces admites que yo también te gusto.
—No he dicho nada de eso.
—¿Quieres bailar?
—Nadie está bailando.
—No aquí.
—Estas a mitad de tu interrogatorio, y ni siquiera hemos terminado nuestras bebidas.
Bebí mi cerveza por completo y pedí la cuenta.
—No he terminado con el interrogatorio. Solo voy a cambiar de estrategia para conseguir la información que deseo.
—No pienso emborracharme.
XXXSQXXX
Era un poco temprano, pero la ciudad tenía un montón de lugares a diferencia de Storybrooke. No fue difícil impresionar a Regina llevándola a una discoteca. La música era alta, la pista estaba casi llena de gente bailando.
—Esto es…
—¿Habías estado en un lugar así? —le pregunté al oído.
—Sabes que no.
—Ven.
La llevé a la pista, nos mezclamos entre la gente, y bailamos.
Nunca creí que vería alguna vez a Regina Mills así, divirtiéndose, riendo y bailando totalmente desinhibida, un segundo Martini ayudó, pero ella parecía realmente feliz.
—¿No vas a beber nada? —Colgó sus brazos alrededor de mi cuello, sus labios rozaron mi oreja mientras me hablaba.
—Alguien tiene que manejar.
—¡Quiero otro Martini!
—Dos es tu límite.
Torció los ojos y me soltó para seguir bailando. Me hacía sentir torpe verla bailar tan bien, y no ayudaba que sacudiera las caderas de esa forma, no creo que Cora le haya enseñado a bailar así, la bruja debía estar retorciéndose en su tumba.
Arrimó su espalda a mi pecho, y comenzó a moler suavemente su trasero contra mí. Eso fue demasiado.
—¡Voy… voy por agua! ¡No te muevas de aquí!
En mi defensa, era imposible pensar con claridad, de lo contrario me hubiese dado cuenta que dejar a Regina sola era una muy mala idea. Ella siguió bailando, y mis ojos no dejaron de verla, excepto los tres segundos que demoré en tomar el agua y pagar por ella.
Quizá solo fue al baño.
Corrí como loca a buscarla al baño, y mi corazón casi se sale de mi pecho cuando la vi discutiendo con una mujer que le dijo que debía formarse en la cola.
—Regina.
—Hay una cola para el baño ¿a qué horrible lugar me trajiste?
Suspiré aliviada, porque aunque estar con ella era como subirse a una montaña rusa, no me sentía capaz de seguir sin ella en mi vida. Salimos de la discoteca, corrimos al auto porque habíamos dejado nuestras chaquetas en él, y la noche no podía haber estado más fría.
—Me duelen los pies.
—Quítate los zapatos.
—Soy una Reina —dijo, por completo ofendida.
—Está bien, su majestad. Te llevaré a casa y podrás descansar como se debe.
—No quiero ir a casa aún.
—Yo tampoco.
Sonreímos.
Evitamos lo más que pudimos mirarnos a los ojos. Moría de ganas por besarla otra vez, fue eso lo que motivó a conducir buscando no solo un bonito lugar para mostrarle, sino también donde pudiéramos estar a solas.
El lago frente a nosotras empezaba a congelarse, las luces de la ciudad al otro lado se reflejaban en él.
—¿Alguna vez pensaste que pasaría esto al romperse la maldición?
—Ni siquiera pude imaginar algo así antes de lanzarla.
—¿Esto es algo bueno?
Desabrochó su cinturón de seguridad, y yo hice lo mismo. Sus labios parecían más carnosos, y sus pupilas estaban dilatadas.
—Sí, Emma. Esto es algo bueno.
La besé sin dudar. Fue un beso necesitado, ansioso. Mordí sus labios y ella enredó sus dedos en mi cabello, sujeté su cintura y la atraje hacia mí.
Su mano tocó la bocina por accidente y las dos nos sobresaltamos.
—Se suponía que esta no era una cita —dije con nerviosismo—, si hubiese sabido que esto pasaría…
—Yo habría dicho que sí.
Se estrelló contra mí esta vez, y tras darle un beso la detuve.
—Hay más espacio en el asiento trasero.
No dijo nada. Se quitó los botines y pasó al asiento trasero, fui tras ella, casi tropezando con la palanca. Ella quiso besarme pero nuestras frentes chocaron. Reímos y nos acomodamos con calma en el asiento.
—Ven aquí.
La ayudé a subirse en mi regazo. Sus rodillas se apoyaron a cada lado de mis piernas y sus brazos rodearon mi cuello.
Apreté sus nalgas, besé su cuello y ella empezó a mecerse lentamente sobre mí. Sus manos guiaron mi cabeza y nuestros labios volvieron a encontrarse, las mías se movieron hacia el norte y tomaron sus senos redondos. Ella gimió y dejó de besarme.
—¿Te lastimé?
—Nunca he estado con una mujer, ¿qué pasa si lo hago mal?
—Dudo que haya algo que puedas hacer mal.
—Pero y si no te gusta.
—Te aseguro que va a encantarme.
Volví a besarla. Ella volvió a torturarme con su leve balanceo. Tomé el borde de su blusa y se la quité, mi boca no tardó en buscar uno de sus pezones.
—¡Oh… Emma! —gimió.
Hice a un lado su brasier de encaje y chupé su pequeño pezón. Sus manos volvieron a apartarme.
—No sé si me gusta que hagas eso.
—¿No?
—Es demasiado. No me deja pensar.
—No tienes que pensar en nada.
La besé en la boca, en el cuello, y volví a chupar su pezón. Ella se arqueó hacia atrás, su cabeza chocó contra el respaldar del asiento delantero, y sus gemidos se volvieron más altos. Di una ligera palmada en su trasero y eso la hizo regresar a mí, le di una segunda palmada haciéndola gemir. Desabroché su jean, bajé el cierre, chupé con avidez su pezón al deslizar mis dedos en el interior de sus bragas, toqué la humedad en sus labios vaginales y…
—No. Espera —dijo agitada.
Me detuve de inmediato, retiré mi mano de sus bragas y solté su pezón.
—¿Qué pasa? —yo también estaba agitada.
—No podemos hacer esto. No aquí.
—Está bien… está bien… no tenemos que hacerlo.
Acomodé su brasier y ella me dio un beso.
—Quiero hacerlo… pero no así. No quiero hacerlo en un auto.
Sonreí y la besé de nuevo.
—Está bien. Yo también quiero que sea especial.
Me concentré en estabilizar mi respiración mientras ella volvía a ponerse su blusa y abrochar su pantalón. Se apoyó contra mí y besó mi hombro.
—No recuerdo la última vez que la pasé tan bien.
—¿Sigues queriendo volver a Storybrooke?
—No.
—Bien, porque sigues estando secuestrada.
Besé su mejilla y acomodé su cabello.
—Parece que te gusta darme palmadas —dijo con una sonrisa.
—Y al parecer a ti encanta.
—Claro que no —no le creí.
Quise contradecirla, pero sus labios atacaron los míos en un beso suave y profundo. Tuve que detenerla y levantarla de mi regazo, era demasiado para mi pobre voluntad.
Cuando llegamos a casa las luces estaban apagadas. Vimos a Henry dormido en su habitación y fuimos a la nuestra. Iba a ser una completa tortura compartir la cama ahora.
—¿Emma?
Me acomodé de lado, apoyando mi codo en la almohada, sus ojos estaban fijos en los míos.
—Somos… me refiero a… si no tuvimos una cita… significa que… ¿somos amigas con derecho?
