La serie Once Upon a Time, sus personajes, y demás mencionados aquí, no me pertenecen.
PD: Estoy sin internet :(
CAPÍTULO 27
—Es muy grande.
—No lo es.
—Tienes que limpiarlo.
—Está limpio.
—No lo usaré si no lo limpias.
—Está bien. Lo limpiaré. Eres increíble —refunfuñé.
—Usa agua caliente.
Torcí los ojos pero hice exactamente lo que Regina me pidió, cuando salimos de la tina pensé que iríamos directo a la cama pero Regina es Regina, y no podemos hacer nada sin que ella ponga un montón de obstáculos y me obligue a saltarlos. Me arreglé el arnés y volví a la cama.
—¿Feliz?
—Soy la Reina, y me gusta ser bien atendida.
—Un par de nalgadas es lo que voy a darte.
—¿Olvidas que tengo mi magia de regreso? Ya no puedes aprovecharte de mí.
Agarré una de sus piernas y la atraje hacia mí, haciéndola gritar por la sorpresa.
—Basta de charla, vamos a hacer el amor ahora.
—Esa no es forma de tratar a tu Reina —intentó empujarme con sus pies pero yo los atrapé, abrí sus piernas y me trepé a la cama sobre ella.
—Voy a tener que castigarte.
—Creí que querías verme montarte.
—Puedo hacer las dos cosas.
—Solo si yo te lo permito —levantó la cabeza y provocativamente me mordió el labio, mi cuerpo entero se estremeció.
Pasó las yemas de sus dedos por mi espalda, erizando mi piel, su boca dulce plantó besos por todo mi cuello.
—Joder Regina, eso no es justo.
—Quiero montarte tan mal, Emma —susurró contra mi boca.
No tenía idea de lo que ella estaba haciendo conmigo pero no iba a oponerme. La besé, dejé que mi lengua jugara con la suya. Sus manos apretaron mis senos y yo la imité de inmediato.
—Eres preciosa.
Ella sonrió, recogió mi cabello detrás de mis orejas y justo cuando iba a decir algo golpearon la puerta.
—Puede ser Henry —dijo Regina empujándome con fuerza fuera de la cama.
—¡Maldición! Uno de estos días vas a matarme con tus empujones —dije desde el piso.
—Vístete. Métete en el baño. Henry no puede verte así.
Se envolvió en la sábana y comenzó a buscar algo de ropa mientras tocaron la puerta con insistencia. Me levanté dispuesta a correr al baño pero la voz detrás de la puerta nos paralizó tanto a mí como a Regina.
—¡Emma! Soy yo, mamá. Abre la puerta.
Regina sonrió, una sonrisa malévola que no auguraba nada bueno.
—No. Regina —Dije firmemente al darme cuenta de sus intenciones—. No lo hagas.
Aflojó el agarre de la sábana sobre su cuerpo para que se pudieran ver sus hombros desnudos y abrió la puerta. Mi primera reacción fue esconderme pero mantuve mis ojos y oídos fijos en ellas.
—Esta no es hora para hacer visitas. ¿Tu madre no te enseñó modales? —Evidentemente el regreso de su magia le había devuelto su exceso de confianza.
—¿Dónde está mi hija? —Escuché a mi madre preguntar enojada.
—Esperándome en la cama para continuar haciendo el amor.
—Eres una…
—¿Qué?
Tuve que intervenir antes que decidieran empezar una nueva guerra.
—Ya la escuchaste, madre —dije presentándome ante ella, casi como me habían traído al mundo.
—¡Oh por Dios! —Sus ojos casi se salieron de sus órbitas al ver mi bonito arnés—. ¡Emma!
—No quiero que vuelvas a interrumpirnos, cualquier razón por la que hayas venido puede esperar hasta mañana.
Regina se giró hacia mí. Sonreí al ver a mi madre cubrirse los ojos cuando Regina dejó caer la sábana al piso. Empujé la puerta cerrándola y respondí con el mismo ímpetu el beso que mi hermosa mujer me dio. Reímos cayendo a la cama, seguramente mi madre debe habernos oído en el pasillo, pero eso solo me produjo más ganas de reír. Seguimos besándonos, cada vez con mayor intensidad, mis manos exploraron su cuerpo y las de ella el mío, el deseo se volvió inaguantable, apreté su cadera y sus piernas mientras ella se acomodó a horcajadas sobre mí.
—Había olvidado que me encanta verte siendo una chica mala.
—¿Lista para aprender a montar? —Preguntó provocativamente mordiéndose el labio inferior.
Gemí de deseo solo de verla hundirse en mi juguete de silicón. Se movió despacio, gimió suavemente, completamente concentrada en lo que estaba haciendo.
—Eres demasiado caliente.
Sonrió e inclinó la cabeza hacia atrás manteniendo un ritmo constante que solo lograba torturarme. Me senté, chupé uno de sus pezones, apreté una de sus nalgas y la ayudé a ir más rápido. Sus gemidos se intensificaron y yo froté su clítoris para lograr hacerla gritar mi nombre, pero ella me detuvo antes de conseguir su liberación.
—¿Qué pasa? —Pregunté agitada.
—No quiero llegar tan rápido —dijo también agitada—. Estaba muy cerca.
—Ese es el punto.
—Pero pensé que haríamos el amor toda la noche.
—Y lo haremos. Voy a darte un montón de orgasmos.
—Yo también quiero darte un montón de orgasmos.
Sonrió con malicia, me empujó acostándome de vuelta en la cama y comenzó a moverse más rápido sobre mí.
—Cuando montas… sostienes las riendas en las manos, pero el poder está en tus muslos.
—Me encantan tus muslos, nena.
Puse mi mano en su vientre sintiéndola subir y bajar, froté su clítoris y ella se derrumbó sobre mí sin dejar de moverse, hundió su rostro en mi cuello aunque eso no ahogó el sonido de sus gritos, apreté sus nalgas y la ayudé a moverse hasta conseguir el primer orgasmo de la noche.
—Emma —dijo casi sin aliento.
—¿Sí? —Acaricié su espalda.
—Te quiero.
Giré mi rostro hacia ella, acaricié su mejilla con mi pulgar y rocé mi nariz con la de ella.
—Yo también te quiero.
Salí de ella suavemente, me quité el arnés y lo lancé al piso.
—No. Lo ensuciaste.
—Voy a aparecer otros, y cuando volvamos a casa compraré un montón de juguetes.
Las dos reímos, nos acurrucamos lo más cerca que pudimos físicamente. Ella besó mi quijada y me regaló una hermosa sonrisa.
—Creo que vamos a estar juntas por siempre.
—¿Lo crees?
—Sí.
—Me gusta verte tan feliz.
—A mí me gusta hacerte feliz, y a Henry.
—Me haces inmensamente feliz —la apreté abrazándola y ella besó mi mejilla.
—Emma… sé que ellos son tus padres… quizá…
—Estás viendo a tu madre y a tu novio, ellos lo hicieron… te elegí a ti y a Henry cuando dejamos Storybrooke la primera vez, ustedes siempre serán mi elección.
—Nunca me he sentido más segura, incluso con todo lo que está pasando, siento que nada puede salir mal.
—Todo va a estar bien, romperemos cualquier maldición y derrotaremos todos los monstruos.
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MARY MARGARET
David estaba matándome con su pasividad.
—Voy a explicártelo una vez más.
Suspiró y se acomodó contra las almohadas, como si lo que yo acababa de contarle fuera un tema tedioso sin importancia que solo le impedía dormir.
—Esa mujer está corrompiendo a nuestra hija. La vi con mis propios ojos. Fue horrible, si hubieras visto lo que yo vi no estarías tan tranquilo.
—Todos en el castillo saben que Regina y Emma tienen relaciones sexuales.
—¡La está corrompiendo! La ha convertido en su esclava sexual, por eso la tiene en contra de nosotros. Tienes que hacer algo. No podemos permitir que esto pase en nuestro propio hogar.
—Creí que habías hecho un trato con Gold para que se ocupara de Regina.
—¡Pero no funciona! Sé que tiene su magia de vuelta pero no la ha usado.
—Y me alegra que no lo haya hecho. No quiero que Emma salga lastimada.
—Ese duende manipulador dijo que el conjuro le haría revivir su pasado para que Emma pudiera ver con sus propios ojos el monstruo que es Regina.
—No creo que Regina siga siendo la misma mujer que solíamos conocer. Ahora tiene a Henry y a Emma. No es igual que cuando estaba sola y se convirtió en la Reina Malvada. Su pasado puede provocarle malestar pero por qué habría de activar sus malos sentimientos si es feliz.
—Ni siquiera sabes de lo que estás hablando. Regina siempre será la Reina Malvada, eso es todo lo que es, le di cientos de oportunidades y las desaprovechó, no tiene por qué ser diferente ahora. Su supuesta felicidad solo es porque está logrando hacer mi vida imposible y arrebatándome a mi hija.
—Pues yo no quiero tener que enfrentarme a la Reina Malvada otra vez, y mucho menos que mi hija y mi nieto tengan que conocerla.
—No hables de ella como si fueran dos personas diferentes. No sé lo que pasa contigo, es como si estuvieras en mi contra.
—Estoy cansado, Nieve.
Apagó la vela del velador de su lado de la cama, se cubrió con la manta y cerró los ojos. Decidí hacer lo mismo, esperando que un poco de descanso aclarara mi mente, necesitaba ser paciente y confiar en que Rumple había cumplido nuestro acuerdo. Quería a Regina fuera de nuestras vidas para siempre y la única manera de conseguirlo era que Emma se diera cuenta del error que estaba cometiendo al estar con esa mujer.
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REGINA
La insoportable "copo de nieve" nos arruinó el desayuno con su presencia, no paró de hablar del baile que daríamos para anunciar el gran regreso de todos nosotros, aunque seguramente yo no estaba incluida en el "nosotros". Poco le importaba las condiciones en las que se encontraba el pueblo, solo quería demostrar que era la Reina poniéndose un vestido pomposo, una corona brillante, y dar un baile que ni siquiera podía costear.
—Hay muchas cosas por hacer, necesito tu ayuda —le suplicó a Emma, con su voz chillona.
—No me interesa.
—Pero teníamos un acuerdo, eres mi hija, la princesa de este reino.
—Y tú insistes en convertirte en una villana, ¿en serio creías que no me iba a dar cuenta que le hiciste algo a Regina?
—¿Yo? —Se atrevió a fingir inocencia.
—Déjate de juegos, no te creo ni los buenos días —Ni siquiera disimulé mi sonrisa—. Puedes haber hecho lo que sea, incluso convertir a Regina en un árbol y voy a estar de su lado.
—No puedes hablarme así, soy tu madre.
—Pues empieza a comportarte como tal, y deshaz lo que hiciste, si es que quieres que sigamos aquí.
—No he hecho nada malo.
—Sí, claro.
Emma se levantó de la mesa, me tomó de la mano, y yo me dejé llevar feliz dándole una sonrisa descarada a Blancanieves.
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Emma y Henry insistieron que debíamos pasar el día practicando sus habilidades físicas. Salimos del castillo, llevando cada uno un caballo, pasamos el valle, rodeamos una colina y Henry insistió en subir más alto por las montañas, cuando llegamos a un terreno lo suficientemente amplio que no estaba del todo cubierto de nieve, coloqué una manta cerca de un árbol para poder observarlos practicar. Mi caballo pastaba no muy lejos de mí, mientras yo ocupaba mi tiempo haciendo un mapa mental de mi plan secreto.
Henry rió a carcajadas viendo montar a Emma, no podía culparlo, era un verdadero espectáculo de torpeza el que ella estaba dando.
—Si te caes, del suelo no vas a pasar.
—Muy graciosa.
—No vas a caerte, ma.
—Hazle caso a nuestro hijo, y al menos intenta imitarlo sentándote erguida.
—Así estoy bien.
—Mamá —Henry la regañó—, esto es importante, deja de jugar.
Emma se irguió, lo suficientemente tiesa como para quebrarse.
—Joder. Esto es lo peor del mundo, prefiero practicar magia, al menos en eso tengo un talento natural. Tú debería aprender a usar una espada.
—Sé usar una espada —fue el turno de Henry para burlarse de mí—. Lo hago mejor de lo que Emma monta.
Dejé que ellos siguieran practicando y volví a memorizar los pasos que debía seguir. El viento alborotó mi cabello y movió mi vestido, giré mi cabeza a la izquierda y a mi lado estaba Daniel sentado.
—Tú nunca tuviste miedo de montar, adorabas hacerlo.
Rocé su mano, conteniendo el aliento ante lo real que se sentía tocarlo.
—Adoraba ser libre… te adoraba a ti.
—Ven conmigo, Regina —dijo mirándome intensamente, apoyó su frente contra la mía, y sentir su aliento fue tan doloroso porque sabía que no era real—. Tengamos el paseo a Firefly Hill que nunca tuvimos.
Entrelacé mi mano con la suya, nos levantamos del piso, y me alejé con él sin mirar atrás. Mi cabello se movía sin control a causa del viento, y él sonrió al verme luchar para intentar controlarlo. Tiró de mí y corrimos sin ninguna preocupación, como los niños que fuimos un día soñando con ser felices para siempre.
—Podemos ser felices para siempre —dijo como si pudiera leer mis pensamientos, pero el nombre de Emma cruzó por mi mente y unos brazos me sujetaron con fuerza arrancándome de vuelta a la realidad y haciéndome caer al piso.
—¡Regina! —Era Emma quién me sostenía.
—¡Mamá! —Escuché la voz aterrada de mi hijo detrás de mí.
Me solté desesperada, buscando a Daniel, pero todo lo que pude ver delante de mí era el vacío, el final del camino con un risco de varios metros de altura que tenía a los pies un río repleto de grandes rocas.
—¡Regina! Emma me giró hacia ella, apretando mis brazos, casi sacudiéndome—. ¿Qué estabas haciendo? ¡¿Qué demonios estabas haciendo?!
—¡Nada! —Grité.
—¡Pudiste haber caído! ¡¿Qué demonios estabas haciendo?! —Preguntó otra vez.
Miré hacia atrás, Daniel no estaba allí. Me sentí tan enojada.
—Nada —hice que me soltara y caminé lejos de ellos.
—¿Mamá?
—Regina.
—¡Quiero estar sola!
Podía escucharlos caminando detrás de mí, y mis manos temblaron todo el camino de regreso con el deseo de hacerlos desaparecer para poder estar sola. Eso solo me animó a seguir con el plan, si alguien podía ayudarme a descubrir lo que estaba pasando era Tink. Tenía que encontrarla, Emma no iba a ayudarme a hacerlo, y tampoco quería meterla en problemas, así que al llegar a la habitación respiré profundo y dejé de lado cualquier duda que pudiera tener.
—¿Estás más calmada? ¿Quieres contarme lo que pasó?
—Te alejaste de nosotros, mamá. Parecía como si quisieras saltar al vacío y volar.
—La gente no vuela, Henry —Emma lo corrigió.
—Tengo que hacer algo, y ustedes deben quedarse aquí.
—¿Qué? —Emma estaba enojada—. No vas a ir a ningún lado hasta que me digas qué diablos pasó.
—Lo siento, pero no hay forma fácil de hacerlo.
Moví mi mano y ellos cayeron suavemente dormidos sobre la cama, salí de la habitación, puse un hechizo para impedir que cualquiera pudiera entrar o salir. Me envolví en una nube de humo y aparecí en los jardines del castillo. Sabía que cierta Hada pasaba mucho tiempo allí, la encontré precisamente leyendo un libro sobre magia blanca.
—Oh… —sonrió nerviosa y sorprendida al verme—. Princesa. No la vi llegar, fue como si apareciera de la nada. Soy un poco distraída. ¿Necesita que la ayude?
Si ella supiera que soy yo, y no la versión de Emma en la que me había transformado, seguramente estaría pidiendo ayuda a gritos en lugar de ofrecérmela.
—Sí. —Contesté haciendo mover mis rizos rubios perfectos—. He estado pensando que tú podrías ayudarme con algo muy importante.
—Por supuesto, estaría encantada de hacerlo.
—Muy bien. Sabía que eras la mejor hada de todas.
—¿Yo? Pero ni siquiera soy un hada, en realidad sí lo soy, pero no realmente, porque el Hada Azul sigue pensando que no estoy lista. He estado estudiando mucho pero… yo —rió nerviosa—. Ni siquiera sé qué decir.
—Tranquila, ya aceptaste ayudarme, eso es suficiente.
—Por supuesto —rió histérica, casi brincando de la emoción.
—Ahora que eres mi hada favorita puedes llevarme con Tink.
—¿Con Tink?
—Sí. Sé que la tienen atrapada por su mal comportamiento. A mí nunca me agradó, es un hada terrible, no como tú, que eres noble y confiable, por eso Azul siempre te tiene cerca.
—Se supone que no debemos decirle a nadie dónde está Tink.
—Pero tú vas a decirme ¿no es así? —Fingí total inocencia, lo cual no era muy difícil estando en el cuerpo de Emma, me sabía de memoria sus gestos de dulce manipulación.
—Está bien.
Hada ingenua, ni siquiera recordaba su nombre pero sabía que no había ninguna más torpe que ella. Llegar hasta Tink fue mucho más fácil de lo que había planeado, con mi magia siempre era todo más fácil. En lo profundo del jardín, entre los botones de rosas cubiertos de nieve, esa hada agitó su varita y una rosa verde se abrió mostrándome a Tink encerrada en una pequeña urna de cristal. Sonreí emocionada, inquieta ante la posible solución de todos mis problemas.
—Es el hada de… su novia… la Reina Malvada.
—Regina no es malvada, Nieve lo es.
—Pero su madre es Blancanieves.
—Y sin embargo está intentando separarme de mi verdadero amor.
—Es por su propio bien, princesa.
Me agaché y tomé la urna de cristal.
—¿Qué está haciendo?
—Luchando por mi propio bien y el de mi familia.
Chasqueé mis dedos dejándola estática, tomé la barita de su mano y volví a la habitación donde Emma y Henry estaban esperándome despiertos y con ceños fruncidos iguales.
—Ve a comer algo, chico. Tu mamá y yo vamos a tener una conversación muy seria.
—Estás en problemas —dijo Henry pasando a mi lado. Cerró la puerta y nos dejó solas.
—Piensa muy bien en lo que vas a decirme.
—No soy una niña. No puedes regañarme. Hice lo que tenía que hacer.
—¿Quieres pelear conmigo? Porque estoy dispuesta a tener la discusión más grande que te puedas imaginar.
—No quería que me impidieras ir por Tink —le mostré la urna y la puse sobre la cama—. Fui con una de las hadas y la recuperé. Mis sospechas eran ciertas, la tenían secuestrada.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Cómo puedes estar bien? —Se levantó, dejando de lado su aparente calma y expresando toda su molestia—. Primero casi te tiras al vacío y luego secuestras un hada. ¿Tienes idea de lo que va a pasar cuando Azul y mis padres se enteren?
—Pensarán que fuiste tú, es a quien esa hada vio.
—Pero si yo estaba aquí encerrada.
—Me convertí en ti. Van a ser más indulgentes, y era la única forma porque todos confían en ti.
—Ven acá —dijo con firmeza. Me acerqué, y para mi sorpresa, ella me abrazó—. Estoy muy enojada contigo. No quiero que vuelvas a hacer algo así nunca más, es peligroso.
—Era muy fácil. No corrí ningún riesgo.
—Somos un equipo, puedes decirme cualquier cosa y contar conmigo siempre.
—Está bien.
—Bien —besó mi frente y dejó de abrazarme—. Devolvamos tu hada a su tamaño real.
—Ese es su tamaño real.
—Solo hazla grande.
Moví la barita.
—Por supuesto que robaste una varita. Cualquier otro crimen que hayas cometido dímelo de una vez.
—No he cometido ningún crimen.
—Suplantación, robo, y nos dejaste encerrados, eso cuenta como secuestro.
Suspiré exasperada y esta vez la varita hizo su efecto liberando a Tink de la urna, devolviéndola a un tamaño humano.
—¿Por qué te demoraste tanto? —Dijo Tink estirando su cuerpo—. Tenemos que huir de aquí ahora mismo.
—Hey. No vamos a ir a ningún lado —protestó Emma.
—Bien —Tink se sentó en el borde de la cama y cruzó las piernas—. Podemos quedarnos y esperar que Regina sea entregada al mejor postor, tú seas echada fuera del reino y Henry quede a merced de tus padres.
—¿Qué? Mis padres no harían eso, saben que yo no lo permitiría.
—Tus padres son unos idiotas. Azul es el problema mayor ¿no es así? —No debí haber estado tan distraída, obviamente esa polilla tenía su propia agenda.
—Azul es Azul. Siempre es el mayor problema. En cuanto sepa que estoy libre sabrá que tiene que acelerar sus planes.
—Puede que tengan razón, pero eso no significa que vamos a salir corriendo sin tener ni la más mínima idea de lo que vamos a hacer.
—Yo tengo un plan, he pasado un montón de tiempo en esa urna sin más nada qué hacer —dijo Tink—. Lo que no tengo es magia, y vamos a necesitar mucha.
Emma me tomó de la mano, alejándome de Tink.
—¿Confías en ella?
—Sí. Lo hago.
—Soy su hada madrina.
—Cierra la boca. Iremos contigo, pero no significa que confío en ti.
