Disclaimer: todo pertenece a Gege, que me ha dicho que el arco de Shibuya es una broma, que lo olvidemos.

Avisos: spoilers del manga (al menos hasta el capítulo 160).

Esta historia participa en la actividad multifandom del foro Alas Negras, Palabras Negras con los prompts "aguja" y "examen".


Todos se van

...

―No te vayas, por favor.

Shoko la observó, ansiosa por una respuesta. Dejó pasar un par de minutos, por si la chica hacía algún gesto de comprensión, pero no pasó nada.

―Ahora vuelvo.

Necesitaba un momento para sí misma. Las agujas del reloj marcaban las once y media. Apenas había cenado, últimamente no tenía demasiado apetito. El cuerpo le pedía otra cosa.

Salió de la sala de recuperación y fue hasta su despacho: pequeño, cuadrado, desordenado. Rodeó el escritorio y sacó un paquete de tabaco del segundo cajón.

Fumar puede matar.

Shoko ya lo sabía. Se sabía todas las advertencias de las cajas de cigarrillos desde los quince años.

Encendió el pitillo y se lo llevó a los labios con avidez. La segunda calada fue más lenta, la tercera profunda; para la cuarta, le pareció que era un sedante, una sustancia casi paliativa. Sabía que realmente esa calma era la abstinencia tomándose un respiro, pero la parte más irracional de sí misma creía que ese cigarrillo la iba a sanar. Merecía ser la salvada y no la salvadora al menos por una vez, ¿verdad?

Abrió la ventana y dejó el cenicero sobre el alféizar. Su padre solía hacer lo mismo para que su madre no le regañase. Shoko esbozó una pequeña sonrisa. «¿Por qué estoy acordándome ahora de eso?» Su padre había muerto hacía mucho tiempo, mientras ella estudiaba en la facultad de Medicina. Había sido un infarto, algo fulminante, según los médicos. No se podría haber hecho nada. «Quizá yo sí ―pensó―, si hubiese estado en casa y no haciendo trampas en los exámenes para graduarme antes.»

Shoko contempló el pitillo entre sus dedos y echó el humo en un suspiro. Su padre siempre había bebido y fumado por encima de sus posibilidades. «Como yo ―se recordó Shoko―. Los hijos se parecen a los padres. Pero yo tengo mi técnica.»

Había intentado dejarlo en más de una ocasión, sobre todo porque a Utahime le molestaba muchísimo el olor; pero no había sido capaz y, a esas alturas, ya no lo sería. Le daba igual porque, de todas formas, el mundo se estaba yendo a la mierda.

«¡Utahime!» Shoko se palmeó la frente y buscó el teléfono en el bolso. Dejó el cigarrillo humeante sobre el cenicero y tecleó a toda velocidad. «Si han venido a por mí, también irán a por ella.»

Habían pasado tantas cosas en las últimas veinticuatro horas, que apenas había podido procesarlas. En cambio, los altos mandos habían actuado con rapidez.

Dos hechiceros se habían presentado en el Colegio de Hechicería esa misma mañana, la del uno de noviembre. Shoko los llevó a su zona segura, a su propia versión de la expansión territorial. En la morgue, los nerviosos eran ellos. Y había una pila de cadáveres difícil de ignorar.

―¿Cuál es su relación con Gojo Satoru? ¿Desde cuándo conoce a Yaga Masamichi? ¿Cuál era su cometido en Shibuya?

Les había ofrecido respuestas sencillas, claras, sin rodeos. Respuestas desinteresadas. Respuestas sinceras.

―¿Sabe usted que Yaga se encuentra en busca y captura? ¿Le ha visto en el colegio?

Esa misma tarde, los peces gordos lo asesinaron. Shoko se había interesado por el nombre de su ejecutor y no le había sorprendido.

Necesitaban culpables. Necesitaban personas a las que tocar y amedrentar. Necesitaban mantener su frágil ilusión de poder. Shoko supuso que querrían saber si ella también podía ser culpada, pero su interrogatorio no duró mucho. No tenían nada en su contra, en realidad, porque se había mantenido al margen. «O puede que fuese mi cara de póker ―pensó―. Suguru solía decir que tenía una buena cara de póker… y se equivocó en todo lo demás.»

―Solo queremos recordarle que tratar de romper el sello que contiene a Gojo Satoru se considera un acto criminal ―le había dicho uno de ellos, a modo de despedida.

―Me encargaré de decírselo al resto ―había sido su réplica, justo antes de cerrarles la puerta.

No había reconocido a ninguno de los dos. Probablemente pertenecían a círculos que ella no frecuentaba. «Puede que Satoru sí los conozca ―caviló―. Podría decirme sus nombres. Lo haría si no estuviese dentro de una puta caja.»

Quiso reírse del pensamiento, pero no pudo.

La frialdad de la noche la estaba dejando helada. Shoko aplastó la colilla en el cenicero y cerró la ventana. Se estiró en la silla, agotada, decepcionada porque ese pitillo casi no la había hecho sentirse mejor. Se metió el móvil en el bolsillo de la bata y salió del despacho, de vuelta a la sala de recuperación.

―¡Doctora Ieiri!

―Ijichi. ―Shoko se detuvo frente a la puerta de la sala, que el ayudante parecía estar custodiando―. ¿Necesitas algo?

―Ho-hola, doctora. ―El hombre hizo una pequeña reverencia―. Yo… creo que no le agradecí lo suficiente lo que hizo por mí en Shibuya ―le dijo, sonrojándose.

Shoko hizo un ademán, restándole importancia.

―Solo hice mi trabajo.

El ayudante asintió, todavía más avergonzado, y la miró con cara de disculpas.

―Los estudiantes están preocupados ―le contó. Shoko ya lo esperaba―. Ya les hemos dicho que no pueden acceder a esta parte de las instalaciones, pero…

―Los mantendré informados si algo sucede ―interrumpió―. Si me necesitan, solo tienen que llamarme y les atenderé. ¿Cómo está Inumaki?

Ijichi eludió su mirada, con gesto compungido. Shoko se tensó ante esa reacción tan poco habitual. Su kohai siempre la había tratado con mucho respeto, casi con devoción.

―Mejor ―afirmó―. Le habéis quitado todo el dolor.

«Pero le sigue faltando un brazo.»

―Han puesto una recompensa por Itadori ―prosiguió Ijichi.

―Me lo suponía.

―No es justo ―se atrevió a decir el hombre―. Es… un buen chico, ¿sabe? Le conozco.

―Le acompañaste en sus primeras misiones ―asintió Shoko―. Veo que le has cogido cariño, igual que Satoru. ―Ijichi recorrió el pasillo con la mirada y afirmó brevemente con la cabeza, como si estuviese haciendo algo prohibido―. El recipiente de Sukuna es peligroso, por muy simpático que sea. Y ya no tiene a su protector.

―Creo que ahora el chico puede protegerse solo.

Shoko advirtió un punto de orgullo en su tono.

―Entonces cumple con las expectativas ―sonrió―. Satoru siempre creyó que tenía un gran potencial.

«Tal vez fuese demasiado idealista ―meditó Shoko―, al pensar que podría moldear a los jóvenes lo suficiente como para que ellos cambiasen las reglas del mundo de la hechicería… o no.»

Ijichi se inclinó nuevamente antes de retirarse.

Shoko introdujo el código y la puerta se deslizó hacia la izquierda y se cerró a su paso. Comprobó los monitores parpadeantes antes de atreverse a mirarla.

―Me has esperado ―le dijo―. Tienes mucho aguante, chica de pueblo.

Ya había dado el alta al resto de heridos. Había curado al propio Ijichi, a Panda, a Fushiguro y a Kusakabe. Había salvado a Maki, aunque su propia resistencia había sido fundamental. Shoko nunca había visto nada igual, nadie como Zenin Maki.

Pero no había podido hacer nada por el brazo de Inumaki, ni por la mano de Todo.

Ni tampoco por Nanami.

Necesitaba otra vez un maldito cigarrillo.

Su teléfono vibró en el bolsillo. Shoko tocó la pantalla para aceptar la llamada.

―Estoy bien. ―Fue lo primero que oyó al otro lado. Shoko dejó de aguantar la respiración y exhaló profundamente―. ¿Tú estás bien?

―Sí ―mintió―. ¿Te han interrogado?

Utahime tardó unos segundos en contestar.

―El director Gakuganji se interesó por mí. Estaba preocupado. ―Shoko advirtió los rodeos que estaba dando su amiga. Con tantos traidores y enemigos, debían tener cuidado―. Afortunadamente, mis alumnos y yo nos encontramos bien. Todo está de buen humor ―añadió―. Ya sabes, tiene una fe inquebrantable en sí mismo.

―Sí, claro ―convino―. Tampoco le queda otro remedio, ¿no?

Shoko apartó el teléfono para que su amiga no la escuchase sollozar. Utahime conocía todas sus versiones, incluso la más vulnerable, y Shoko sabía que nunca la juzgaría; pero no quería que tuviese que preocuparse también por ella. Especialmente porque era Shoko quien le estaba fallando.

―¡Shoko! ―Utahime sonaba muy lejana―. ¡Shoko, ponte al teléfono!

Hizo lo que le decía.

―Venga, échalo.

―No debe…

―Hazlo.

Pestañeó para deshacerse de las lágrimas. Los monitores seguían titilando frente a ella. Valores bajos, números en rojo. En cualquier momento caería la tensión en picado, o el corazón de la chica dejaría de latir, o su alma se deformaría hasta que dejase de ser Kugisaki Nobara. La técnica de maldición inversa de Nitta le había regalado unos minutos más de vida, lo suficiente para que Shoko pudiese estabilizarla.

Pero no podía despertarla. Sus heridas no cerraban, por mucho que Shoko lo intentase, y aunque se recuperase no podría devolverle a su cara el aspecto de antes.

Si la forzaba demasiado, podría romperla. Perderla definitivamente.

―Se va a morir ―susurró―. He hecho todo lo que sé, Utahime, y no puedo salvarla. Nada funciona. Esa maldición tocó su alma y ahora yo no, yo no sé, yo… ―Shoko reprimió un gemido y se obligó a continuar―. Estoy cansada de esta mierda. ¡Estoy harta de verles morir! ―Shoko se puso en pie, aferrando el móvil con manos temblorosas―. ¡Mueren sin que yo pueda hacer nada! ¡No puedo salvarles, Utahime, y debería poder porque es mi puto trabajo! No salvé a mi padre, ni a Haibara, ni a Nanami, ni a Yaga. Todos, todos acaban en la morgue. En mi morgue. Todos se van delante de mis narices. Odio a la maldita hechicería. Odio a Suguru ―confesó, con la voz más clara, más alta―. Le quería mucho, le queríamos los dos, y ahora le odio. Y creo que ni siquiera es Suguru de verdad, porque… ¿sabes qué? Él también estuvo aquí, en esta misma cama, donde está ahora esta chica. Ya estuvo muerto una vez.

―A mí me salvaste ―respondió Utahime suavemente―. Jamás podré olvidarlo, Shoko. La cicatriz de mi cara es un recordatorio de mi imprudencia, no un defecto en tu destreza.

Shoko podía imaginarse perfectamente a Utahime, afable y firme, obligándola a mirarla a los ojos mientras le impartía una gran lección.

―Nos curaste las heridas a todos más de una vez ―continuó―. Incluso las de El Idiota, antes de que aprendiese la técnica de maldición inversa… ―Utahime suspiró―. Los primeros en fallar somos nosotros. No esperamos que hagas lo imposible, Shoko, y aún así, a veces lo consigues.

Uno de los monitores emitió un pitido. Shoko rastreó la señal y observó los parámetros. Desactivó la alarma y realizó ajustes aquí y allá. «Quédate un poco más ―rogó para sí―. Sobrevive a esta noche y tal vez…»

―¿Cuánto tiempo llevas sin dormir? ―Preguntó Utahime.

―He tenido trabajo.

―Deberías descansar.

―No puedo dejar de vigilarla.

―Bueno, entonces habla conmigo.

―¿Qué quieres que te diga? ―Shoko se mordió el labio. Utahime debía saber que esa no era una línea demasiado segura. Shoko ya se había excedido durante su pequeño discurso.

―Creo que los Leones de Saitama no ganarán la liga este año ―respondió Utahime―. Además, me da la impresión de que uno de ellos es en realidad uno de los nuestros, y tendrá trabajo exorcizando maldiciones.

Shoko tardó unos segundos en reaccionar. Sonrió, comprendiendo las intenciones de Utahime.

―El pitcher ―concedió―. Ese es de grado uno, por lo menos.

―Se le ve capaz.

Pasaron los siguientes cuarenta minutos charlando de frivolidades. Cuando se despidieron, Shoko notaba los hombros más ligeros, la mente más despejada. Arrastró una butaca frente a la cama de Kugisaki y se envolvió con una manta.

―Hasta mañana ―le dijo―. Sé buena y despiértate para desayunar.

Se quedó dormida rápidamente, antes de advertir los cambios en los patrones de ondas cerebrales. Un ojo se abrió en la penumbra de la sala, acostumbrándose a los haces de luz que emitían las pantallas.


...

N/A

Me apetecía escribir de Shoko. Es uno de mis personajes favoritos y sale como cinco minutos en el anime y diez en el manga. Aún así, me gusta. Y al parecer es de las poquísimas capaces de curar gente, así que la pobre mujer estará desbordada. Y después de lo de Shibuya, más. Y aunque se haga la dura, en algún momento le tiene que pasar factura. Sobre el alcance de sus habilidades o la forma que tiene de tratar a sus pacientes... tampoco me he metido demasiado, porque no hay apenas información.

En cuanto a Nobara, no sé qué creer. Gege lo ha dejado en el aire. Espero que nos sorprenda (para bien) y deje de intentar superar a Isayama en ese reto personal de a ver quién castiga más a sus propios personajes.