Dissclaimer: Soul Eater no es de mi propiedad, si lo fuese nadie se habría quedado con las ganas de un beso.


Para conservar algo debes cuidarlo.

Esta idea había echado raíces con extrema facilidad en la mente de Life Evans, desde aquel día en el que su caja de música preferida —aquella con forma de tiovivo— se había caído al suelo en un descuido. Todo lo que obtuvo de sus padres fue una cara estoica ante los pedazos de cerámica esparcidos por el suelo de la habitación y un seco "si quieres que las cosas duren, deberías tener más cuidado con ellas".

Fue una valiosa lección.

A la pronta edad de ocho años, Life estaba segura de que la relación con sus padres era algo que no quería conservar, así que a diferencia del resto de niños ricos de Londres, para romper su relación no se dedicó a llorar, gritar o montar jaleo en los eventos sociales, simplemente dejó de prestarle atención, y en un momento inesperado (un simple comentario, un simple acto, tan sutil como un codazo a una mesilla de noche) la relación quedó rota para siempre.

Como aquella caja de música.

En todo el tiempo que vivió en la Mansión Evans, no había habido nada más para ella que miradas de reproche y comentarios hirientes; solo encontraba alivio entre las tétricas notas que resonaban por la solitaria sala de música. Esa era su melodía, su propiedad; nadie podía dañarla, ni tocarla. Ni esto ni ninguna de las pertenencias que llenaban el vacío de su habitación.

Si iba a permanecer encerrada entre aquellos muros, Life se aseguraría de crear una fortaleza a base de partituras y objetos que abrazaban su espacio y aplacaban la soledad que se colaba por debajo de la puerta.

A pesar de todo el empeño que había puesto al llegar a Death City para dejar su vida atrás y abrirle paso a una nueva, cuidar con dedicación la parte de ella que habitaba en todas sus cosas se había convertido ya en una filosofía de vida, y fue incapaz de deshacerse de ella, aún estando a kilómetros de distancia del edificio que nunca llegó a considerar su hogar.

Bajo todo el aparente desorden que irradiaban ella y su espacio, no había nada desastroso en la vida de Life Eater. Todas sus cosas estaban impecables y perfectamente conservadas, aunque estuviese esparcidas por todas partes; ni un solo descosido en su ropa, ni un pico roto en la caja de vinilos, ni un solo arañazo en la sartén antihaderente que compró dos meses atrás.

Para conservar algo, debes cuidarlo.

Mike Albarn era…

Era…

Un ratón de biblioteca sabelotodo. Siempre dando la vara con que tenía que ponerse a estudiar y cómo ambos iban a acabar en problemas por su culpa (¿por qué exactamente? Eso no importaba, pero seguro que era su culpa). Cuando creía haber escapado de las críticas severas, Life se encontró de golpe con una batería de quejas que era imposible que cupiesen en el cuerpo del chico flacucho al que parecía sobrarle la mitad de la tela de su jersey de punto.

Las primeras semanas de convivencia fueron difíciles. Mike era una fuerza alterada que bailaba constantemente en la periferia de Life, ordenando, comentando, corrigiéndolo todo, y era agotador. La chica no podía evitar preguntarse qué había pasado con aquella sensación en la sala de música del Shibusen, el reconocimiento de algo bueno y positivo que les había llevado a formar esa asociación.

Hasta aquel día lluvioso de principios de otoño.

No había pasado nada. No hubo ningún suceso drástico que llevase a su mente a la catarsis. O en cierto modo sí lo hubo, pero fue tan sencillamente sencillo que Life se sintió un poco estúpida por ello.

Estaba tumbada en la cama, escuchando el nuevo vinilo que había comprado en la tienda de segunda mano. No era un momento profundo, solo estaba mirando al techo blanco y rugoso sobre ella, dejando el tiempo pasar, rellenando con música el silencio de sus pensamientos.

Y entonces llamaron a la puerta.

Mike no esperó una respuesta, abrió nada más morir el golpeteo de nudillos, y su cabeza asomó por el hueco de la puerta con una sonrisa radiante. Hace un tiempo, quizá habría sospechado de las intenciones de esa sonrisa, una petición oculta quizá, pero a esas alturas Life ya sabía que el chico era una de esas personas raras a las que no solo les gustaba el frío, sino también la lluvia.

Al ver la falta de oposición a su presencia, Mike terminó de abrir la puerta, y la estancia se llenó del fuerte olor a té rojo que desprendía la taza que llevaba entre las manos.

—Te he hecho un té.

Cinco palabras no son muchas, pero cada una de ellas le sonó extraña a Life. Quizá fue su simpleza, o el uso deliberado del pronombre, o el tono con el que las había dicho. O la sonrisa.

Quizá toda la situación.

—¿Por qué?

—Porque hace frío, y sé que no te gusta el frío. Nada mejor que algo caliente.

No supo qué la irritó más, si la simpleza que también bañaba la respuesta o que se hubiese adentrado más en la habitación para dejar la taza en la mesilla, como si hubiese dado por hecho que la estaba aceptando.

Aunque no había motivos para no aceptarla.

—Ya, bueno, pero ¿por qué? En plan, no tenías que molestarte.

—Sandeces —en realidad no tenía muy claro si la estaba contestando, porque una vez la taza dejó de estar en sus manos, Mike había retomado sus pasos hacia la salida, negando ligeramente con la cabeza. Más bien, parecía que hablaba consigo mismo—. Me he hecho un té y he dicho "le puedo hacer uno también a Life", qué molestia ni qué tres cuartos.

Y así sin más la puerta volvió a estar cerrada y la habitación llena de música. Y de té rojo.

Life se incorporó y cogió la taza con cuidado, reticente incluso. Se la llevó a los labios y, sin saber muy bien por qué, algo en ella se retorció al notar que no tenía nada de azúcar. Justo como a ella le gustaba.

Era extraño, y al mismo tiempo no lo era tanto, porque si se paraba a pensarlo, tal y como estaba haciendo ahora, intentando encontrar sus ojos perdidos en el color del agua teñida, este solo era un gesto más de una larga lista que ella misma se había forzado a ignorar.

A lo largo de su infancia había visto cómo lo extraño se desplazaba, así que en cierta medida había sido natural para ella hacer lo mismo con el comportamiento de Mike. Estaba acostumbrada al silencio o las críticas, pero no a la amabilidad, y mucho menos si era genuina.

Pero ahí estaba, entre los huecos (grandes, a decir verdad) de sus reproches. Las palabras de aliento las primeras veces que intentaba convertirse en un arma completa, cada vez que preguntaba por su opinión porque esta importaba, que las cosas que le gustaban nunca faltasen en la cocina; una sonrisa cada mañana, las miradas por encima del hombro para comprobar que no se quedaba atrás, y más de un decidido "¿todo bien?" cuando la notaba distante.

Mike Albarn era un ratón de biblioteca sabelotodo que siempre estaba dando la vara, pero también era su técnico y su amigo. Su primer amigo. La primera persona que parecía ver y aceptar a la verdadera Life, el verdadero comienzo de su nueva vida y una red de seguridad al otro lado del extremo de su ser.

La primera persona en quien sentía que podía confiar plenamente. Alguien en quien poder apoyarse, a quién dejar entrar en su espacio sin ningún miedo.

La primera persona que le hizo sentir que tenía un lugar al que llamar "hogar".

Aquella sensación de su primer encuentro seguía ahí, pero una parte de ella no había querido admitir que podía ser (y era) una constante en su nueva vida, porque no sabía bien qué pensar o cómo actuar en consecuencia. Pero ahora, con la taza humeante entre las manos y la oleada de detalles embotando su cabeza, se permitió relajarse y aceptar la verdad que había evitado durante tantos meses.

Se permitió reconocer ese espacio en el alma de Mike que llevaba su nombre.

Life dio otro sorbo. Mientras las notas del saxofón se perdían en el golpeteo de la lluvia contra el cristal de la ventana, el líquido que baja por su garganta dejó de ser lo único que la calentase aquella fría tarde de septiembre.

Y ahora estaba tumbada en la enfermería del Shibusen, con el torso vendado y una vía en el brazo. La mano de Mike entre las suyas y una sonrisa en los labios sobrepuesta al cansancio. Life no apartaba la mirada de los ojos verdes de su técnico, llenos de una angustia profunda que ella intentaba borrar con suaves caricias disimuladas en sus dedos y en su alma, transmitiendo la tranquilidad plena que le pesaba en el cuerpo, diciendo sin palabras que todo estaba bien.

Y no era una mentira piadosa, un consuelo de tontos para evitar una preocupación innecesaria. De verdad que todo estaba bien, al menos Life lo sentía así, porque era ella la que reposaba con el cuerpo lleno de calmantes y una herida mortal en una camilla, y no él.

A Life no le importaban los golpes ni las cicatrices. No eran más que unas marcas feas para alguien que estaba dispuesta a resquebrajarse y morir echa pedazos contra el suelo, antes que dejar que algo malo le pasase a Mike.

—No te preocupes, estoy bien, tú estás bien, y pronto estaremos en casa.

—No… no vuelvas a hacer algo así, por favor. No te pongas en peligro de esta manera. No soporto verte aquí tumbada, Life —la voz estrangulada de Mike le presionó de más el corazón, y esta vez no se molestó en ser discreta cuando apretó su mano.

—Claro —le aseguró, con una sonrisa un poco más cansada que la anterior.

Porque si quieres conservar algo, tienes que cuidarlo.

Y Life no estaba dispuesta a perderle.


(Mira los alrededores llenos de polvo y suspira con aceptación) En fin...

Este fic es un regalo para Tenshi Everdeen; aunque no es realmente un regalo, porque perdí una apuesta hace la tira de meses sobre el abecedario SoMa que está escribiendo (leedlo), y esta fue la forma de pago. Pero vamos a decir que es un regalo para garadecerle el esfuerzo que está haciendo al escribir el reto y por todas las maravilllosas historias que ha escrito para el fandom.

No todas las heroínas llevan capa.

Muchísimas gracias por todo, de verdad, espero que el pago haya estado cerca de la altura.