La serie Once upon a time, sus personajes y demás mencionados aquí no me pertenecen.

Muchas gracias por leer y comentar.


CAPÍTULO 44

Al conseguir la misión casi imposible de guardar el moisés en el carro, de camino a casa David y yo nos detuvimos a tomar un par de cervezas. La conversación fluyó totalmente, incluso cuando topamos los puntos delicados como el nombre que le pondría a mi hija; era cierto que Regina había nombrado a Henry después de su padre y su prometido, pero Henry era solo de ella cuando lo hizo, cómo más iba a nombrarlo, también sabía perfectamente que aunque todos los problemas con mis padres no existieran Regina jamás aceptaría nombrar a nuestra hija Eva y Ruth no era realmente de mi agrado.

—No es algo que esté en discusión, y quiero que mi hija no esté ligada a nuestro pasado.

—No voy a rendirme, quizá el próximo sea un niño y lo puedes llamar David.

—He estado pensando… —dije casi distraídamente—, realmente intentando no pensar pero… creo que mi magia funciona en este mundo.

—Es evidente.

—Intenté engañarme creyendo que Regina quedó embarazada en el Bosque Encantado.

—¿Te preocupa tener magia?

—Me gustaría no tener un recordatorio de toda la locura que hemos vivido.

—No estarías por tener una hija de no ser por la magia.

—Lo sé, y estoy feliz, solo… siento como si algo horrible fuera a pasar. Antes mi única preocupación era no terminar en prisión o no tener un lugar donde vivir, ahora sé que podría pasar cualquier cosa… y tengo demasiado que perder.

—Creo que es parte de ser padre, te tomas todo más en serio y las inseguridades se multiplican. Es normal tener miedo. No soy un experto en paternidad y sé que no te gusta recordar el pasado pero cuando naciste, cuando te tuve en mis brazos… creo que hubiese podido pelear contra todo un ejército para protegerte. Fue el único momento en mi vida en que me sentí invencible.

Dejé a David en su casa, recogí a Henry de la escuela y tratamos de entrar a la casa con el moisés sin hacer mucho ruido, a Regina le gustaba tomar pequeñas siestas en la tarde. En lugar de sorprenderla fue ella quien lo hizo. Tinker Bell estaba sentada en nuestra sala.

—Mira quién está aquí amor.

—La veo.

Me dio un beso, y Henry corrió a saludar al hada.

—Se quedará con nosotros. Será bueno tenerla aquí cuando nazca nuestra hija.

—No quisiera molestar —dijo Tink—, aunque sería incapaz de no acompañar a Regina ahora que más me necesita.

—¿La necesitamos? —pregunté susurrando al oído de Regina.

—Emma —me llamó la atención en voz baja—. ¿Compraste el moisés?

—Sí —contesté aceptando cambiar de tema.

—Debimos comprarlo juntas.

—Es mi regalo para ti, bebé —rocé su nariz y le di un beso—. Espero que te guste.

Había pedido que envolvieran el moisés en papeles brillantes de colores y Regina tal cual una niña abrió emocionada su regalo. Ella se quedó en silencio y me hizo dar cuenta que había cometido un error, era demasiado cursi, Regina jamás dejaría a nuestra hija cerca de algo de tan mal gusto como eso. Me había costado un ojo de la cara en una tienda exclusiva de bebés, pero eso no significaba que había hecho la elección correcta, porque incluso con todas las probabilidades a mi favor siempre iba a equivocarme.

—Awww Emma —me miró con sus ojos llenos de lágrimas—, es perfecto.

—¿Sí? ¿De verdad? ¿No lo odias?

—¿Cómo voy a odiarlo?

—Porque es un moisés en forma de cisne.

—Estoy enamorada de un cisne ¿recuerdas?

Escuché que Henry ayudó a Tink a subir el moisés a la habitación, pero mi concentración estaba puesta en besar a Regina.

—No quiero dañar el momento pero ¿estamos seguras que esa es Tink?

—Emma.

—Aparece de la nada, ¿cómo llegó aquí? ¿Por qué vino? ¿Dónde consiguió esa ropa?

—Le dije que viniera con nosotros ¿recuerdas?

—Sigue siendo sospechoso.

—Emma.

—Está bien, está bien. Puede quedarse, pero si resulta un desastre vas a tener que admitir que yo siempre tengo la razón.

—No sé de dónde te inventas esas cosas —acomodó mi cabello y besó mi frente.

—¿Cómo se ha portado mi pequeña?

—Maravillosamente.

—Se me acaba de ocurrir que podemos tener un fin de semana romántico…

—Todos los fines de semana se te ocurre lo mismo.

—Pero este es el campamento del grado de Henry y Sarah no está, seguro que podemos deshacernos de Tink, la enviamos con mis padres o la dejamos aquí y nos vamos a un lugar romántico.

—Está bien —dijo sin dudar. Sus manos siguieron colgando alrededor de mi cuello y volvió a besarme.

Pasé el resto de la tarde haciendo todo el trabajo que no había hecho en la mañana, Regina tomó el auto y fue con Henry y Tink de compras. Si quería tener el fin de semana libre debía ponerme al día con los casos que tenía pendientes.

—Emma, cariño —dijo mi madre al teléfono—, tu padre me contó que has estado teniendo pesadillas —sonaba un poco ansiosa, yo solo asentí y luego recordé que estábamos al teléfono y le dije que sí.

—No es nada. Solo una pesadilla tonta.

—Cuéntamela.

—Estoy un poco ocupada ahora. Por cierto, Tink está aquí, quizá quieras que te ponga al día sobre las cosas en el Bosque Encantado, ¿puede quedarse con ustedes el fin de semana?

—¿Tinker Bell? ¿Cómo hizo para encontrarnos?

—A mí también me gustaría saberlo pero Regina habló con ella y no es demasiado buena en darme detalles de las cosas que importan.

—¿Crees que está aquí por algo malo?

—¿Tú lo crees? —Dejé el computador a un lado y presté verdadera atención a la conversación.

—No, pero aparecer así de pronto. ¿Qué piensa Regina al respecto?

—Es su mejor amiga en el mundo y su estúpida hada madrina. A mí nunca me ha caído demasiado bien pero ella la adora.

—Pero Tink no tienen ninguna razón para hacerle daño.

—Lo sé.

—¿Y si no es Tink?

—¿Cómo podríamos saberlo? No puedo hacerle una prueba de ADN ni ponerla frente a un espejo mágico que me muestre si es ella o no.

—Pero puedes comunicarte por medio de un espejo, podrías hablar con Ruby o la abuela, puedes preguntarles.

—No puedo hacer algo así, no soy Matilda, mucho menos una de las brujas de Salem, y quizá solo estoy siendo paranoica. Si yo no puedo usar mi magia en este mundo no creo que alguien más pueda.

—Usaste tu magia en este mundo.

—No sé por qué les encanta recordármelo. No es lo mismo. Solo tuvimos sexo y ni siquiera sé cómo pasó exactamente.

—Al menos prométeme que estarás al pendiente. Es una buena idea que se quede con nosotros, intentaré averiguar algo.

—No hagas nada que provoque que Regina se enoje con nosotras.

—Nos odiamos ¿recuerdas? No creo poder hacer que me odie aún más, pero estaré en mi mejor comportamiento.

Le escribí un mensaje a Regina preguntándole si todo estaba bien y ella no demoró en responder que estaban casi de regreso. Compraron solo un par de cosas para Tink pero un montón de ropa de bebé.

—Si sigues comprando así nos vamos a ir a la quiebra.

—Solo son unos vestiditos...

—Y gorritos, zapatitos y mediecitas, ¿cuántos pares de guantes vas a comprarle?

—A Henry le compré mucho más.

—Porque no estaba yo para controlar que te volvieras loca. No puedes comprar todo lo que ves.

—Mira —me mostró unos zapatitos ignorando por completo lo que yo acababa de decirle—. Son para la nieve.

—Ni siquiera va a caminar cuando los use.

—Pero se verá preciosa.

Ella se veía preciosa. La atraje hacia mí y se sentó en mis piernas.

—Será preciosa igual a ti.

—¿En serio lo crees? —Preguntó acariciando mis mejillas.

—Absolutamente.

La besé y me incliné para besar su barriga.

—Creo que será una gran deportista también —dije al sentirla patear contra mi mano.

—Ha pasado moviéndose todo el día. Tuve que ir tres veces al baño en el centro comercial.

—Y tú que odias ese lugar enorme.

—No por lo enorme. No puedo ni siquiera escuchar mis pensamientos cuando estoy allí.

—Ese es el propósito, que no escuches a tu cerebro diciéndote que no compres tanto.

—Para eso te tengo a ti.

Sus labios besaron los míos y sus dientes mordieron deliciosamente mi labio inferior, recorrió mi cuello mientras mi mano avanzó entre sus muslos. Me encantaban sus vestidos maternos que apretaban únicamente sus senos y caían fluidamente hasta unos centímetros arriba de sus rodillas, el problema real eran los leggins.

—Odio que te pongas leggins.

Su risa llenó la habitación. La dejé caer suavemente sobre la cama y levantó sus piernas para permitirme quitarle los leggins, me incliné sobre ella besando sus senos hinchados, encontré a ciegas el elástico de sus bragas y mis dedos tocaron con afán sus pliegues húmedos.

Sus ojos me miraron fijamente y movió sus caderas para mí, de su boca escaparon suaves gemidos que se incrementaron cuando deslicé un dedo en su interior, apretó las piernas pero se levantó para arrancar prácticamente la ropa de mi cuerpo. Se puso de rodillas sobre la cama y besó mi abdomen ayudándome a deshacerme de mi ropa interior. Recogí su cabello largo para tener una mejor vista de su boca dirigiéndose a mi centro. Le quité el vestido, dejándola únicamente en su ropa interior, toque la curva de su vientre y acaricié su piel hasta apretar sus nalgas. Su lengua se abrió paso entre mis pliegues y apreté el agarre en su cabello para dirigirla mejor.

—Eso es… ¡Joder!

Encontró mi clítoris y se prendió de él chupándolo deliciosamente. Su ritmo comenzó a desacelerar, jugando conmigo, volviéndome loca de necesidad. La miré y había una sonrisa malévola en su rostro. Mi mano izquierda seguía enredada en su cabello así que usé la derecha para darle una fuerte palmada en su trasero.

—No juegues conmigo, bebé.

Alejó su boca en rebeldía y volví a darle otra nalgada. Su piel delicada enrojeció de inmediato. Besó mi vientre, se movió despacio y volvió a deslizar su lengua entre mis pliegues. Dejé caer mi cabeza hacia atrás, abrí la boca respirando con dificultad; no sabía si mis piernas me sostendrían por más tiempo. Regina comenzó chupar mi clítoris como si su vida dependiera de ello hasta que mi orgasmo resbaló por su garganta y dejó sus labios goteando. La besé probándome en su boca. Ella sabía exactamente cómo volverme loca y hacer explotar mi deseo.

La puse de espaldas hacia mí, desabroché su brasier y le quité las bragas. Abrió sus piernas sin siquiera pedírselo y no demoré en enterrar mis dedos en ella profundamente. Se movió al ritmo que le impuse, gimió descaradamente y repitió mi nombre hasta el cansancio. Seguí moviéndome incluso después de su primer orgasmo. Su cabeza cayó sobre la almohada y su respiración se volvió irregular; esa era una de mis vistas favoritas en la cama, sus muslos eran húmedos, su centro hinchado y sonrosado recibiendo mis dedos como si siempre hubiesen pertenecido allí, incluso la redondez de su barriga alimentaba mi fuego al recordar que era yo quien la había puesto en ese estado; me agaché y lamí las gotas de su néctar resbalando de sus labios vaginales.

—Eres deliciosa.

Besé su espalda y jugué con sus pezones. Ella intentó guiar mi mano, más profundo y más rápido.

—Dime lo que quieres.

Escondió su rostro en la almohada y no dijo nada, simplemente siguió gimiendo y moviendo sus caderas hacia mí. Mordí su nalga dejando una impresión de mis dientes en ella, froté su clítoris lubricando mis dedos en sus propios fluidos y los usé para forzar la estrecha entrada entre sus nalgas. Eso la inquietó, casi intentó huir de mis manos.

—Quédate quieta. Solo déjate llevar.

Se puso tensa pero no se opuso a la intrusión de mis dedos. Mordió la almohada cuando me introduje por completo en su interior, podía sentir claramente mis dedos moviéndose. Esperé un momento, dándole tiempo de adaptarse y comencé a moverme.

—Eso es.—le dije y ella gimió—. Eres tan apretada, bebé. ¿Me sientes? —Me incliné sobre ella para hablarle al oído—. ¿Te gusta tenerme dentro de ti?

—Sí —contestó entre gemidos.

—Quiero que vengas para mí.

Chupé su cuello y aceleré mis embestidas. Ella gimió más fuerte y sus paredes apretaron mis dedos tanto que no creí que la sangre circulara por ellos.

Escuché la puerta abrirse y me sobresalté al pensar que podía ser Henry, pero mis ojos se toparon con los de Tinker Bell. Ella tardó no más de dos segundos en retirarse y cerrar la puerta, yo podía estar con mi mente no del todo clara pero sentí que fue demasiado tiempo, no me pareció ver en ella sorpresa, su rostro fue casi ilegible para mí y demasiado extraño. Regina cayó de lado sobre la cama obligando a mis dedos a salir de ella, su pecho subía y bajaba rápidamente. Besé su cadera y fui al baño a lavarme las manos.

Me quedé pensando mil cosas a la vez. Recordaba haber cerrado la puerta de la habitación tras acostar a Henry, era una costumbre, porque aunque él dormía como una roca al otro lado del pasillo, ni Regina ni yo queríamos correr el riesgo de que entrara sin llamar. Sentí a Regina detrás de mí besando mi hombro y caí en cuenta que debí haberme demorado; lucía por completo repuesta aunque su rostro seguía sonrojado y su cuerpo sudoroso.

—Necesito tomar una ducha.

—Tink nos vio. —Besó mi hombro sin prestar demasiada atención—. Abrió la puerta y nos vió.

—Siempre cerramos la puerta.

—Creí que lo hice.

Ella sonrió sonrojándose aún más.

—Me alegra no haberme dado cuenta. Al menos no fue Henry.

—Estabas demasiado concentrada con mis dedos dentro de ti.

—¡Emma! —Me dio un golpecito en mi hombro—. No me gusta cuando haces eso.

—¿Follarte como se debe?

—No es correcto.

—Siempre puedes detenerme.

—Soy tu esposa.

—Esa excusa no te sirve conmigo —me giré hacia ella y levanté su rostro para hacerla mirarme a los ojos—. Las dos sabemos que te encanta.

—No es cierto.

—Entonces no lo haré nunca más.

—Me parece muy bien. —Se alejó de mí y entró a la ducha. La seguí, metiéndome bajo el chorro de agua caliente y la abracé por detrás, acaricié perezosamente su barriga pronunciada.

—Eres muy mala mintiendo.

—Tú eres demasiado descarada.

—No tienes ni idea de todo lo que quiero hacer contigo —susurré a su oído—, un montón de cosas malas

—¿Y si no quiero? —Se apoyó contra mí y guio mi mano hasta su seno.

—Eres mi mujer, debes complacerme en todo.

—Lo haré —dijo agitada guiando mi otra mano entre sus piernas.