CAPÍTULO 52
Regina era una madre increíble, si antes lo pensaba, verla con nuestra pequeña había desbloqueado un nuevo nivel de admiración hacia ella, y me sentía más enamorada que nunca. Las dos primeras semanas desde que volvimos a casa se pasaron en un abrir y cerrar de ojos, aunque la mayor parte de ese tiempo nos la pasamos en vela, nada me había preparado para ocuparme de un bebé recién nacido.
Entre mis múltiples ocupaciones, además de tener que cuidar a mi hija me tocó aguantar a mi madre y su insistencia para que sus derechos de abuela sean reconocidos, la estaban matando los celos porque Sarah vivía con nosotros y ella no, lo cual durante esas dos semanas significaron que no podía ir a visitarnos, eran las reglas de Regina, y tradiciones que mi madre respetaba.
Tuvimos un almuerzo tranquilo en casa, donde Regina me hizo compartir con todos que nuestra pequeña princesa se llamaba Charlotte, vestida con un trajecito blanco envuelta en guantes y un gorrito, con sus ojitos bien abiertos como si supiera que era parte de una tradición importante. Con Henry estuvimos a punto de poner de fondo la canción del Rey León, pero los dos sabíamos que tendríamos muchos problemas si nos metíamos con esa tradición, así que fuimos cobardes y seguimos con el plan, una parte de mí estaba igual de emocionada porque me pareció un gesto lindo que nos tomáramos el tiempo de recibir familia y amigos para que conozcan a nuestra hija, lastimosamente nosotros habíamos dejado todos nuestros amigos atrás y no habíamos tenido tiempo de conocer nuevas personas, y no por eso nuestra pequeña ceremonia tuvo menos significado.
Mis padres no dejaron de llenarla de mimos y regalos, les estaba yendo muy bien en sus respectivos trabajos y no tenían a nadie más para gastar; estaban encantados realmente, y nos llenaba de alegría saber que nuestros hijos eran amados, nada más tendría que importar, con o sin discusiones habíamos conseguido lo que habíamos anhelado toda la vida: tener una familia llena de amor.
Mis padres se quedaron hasta después de la cena, David se encargó de preparar una pizza casera con Henry, mi madre me ayudó a bañar a mi hija y prepararla para dormir, las dos reímos un poco por lo torpes que demostramos ser, nerviosas y emocionadas por hacer todo solas, porque las dos habíamos sido madres sin tener la oportunidad de serlo realmente.
—Es tan bonita y tranquila —dijo mi madre.
—No la has visto cuando tiene hambre, en un rato vas a ver el buen par de pulmones que tiene.
—No puedo esperar a que sea más grande y pueda ir a casa a hacer pijamadas, llevarla de compras, recogerla de la escuela e ir por un helado. ¿Si nos van a dejar?
—Claro que sí. Queremos que sean parte de nuestras vidas, solo no queremos que se la pasen tramando cosas raras.
—Lo sé. Nos portaremos bien, en especial yo.
La vestimos con un monito blanco con rosas bordadas y volvimos a la sala a acompañar al resto. Fue el turno de David de sostenerla en brazos el resto de su visita. Cuando los llantos comenzaron no tuvimos que decirles que la reunión había llegado a su fin, se despidieron prometiendo volver pronto y ofreciendo su ayuda siempre que los necesitemos.
Justo cuando creímos que habíamos encontrado una gran dinámica y yo me alistaba para volver sin ganas a la rutina del trabajo, Sarah nos dijo que estaría fuera un tiempo, que debía ir a Arendelle, que había esperado que nosotras pudiéramos organizarnos y en un par de semanas partiría, al parecer era algo que había planeado desde nuestro viaje al bosque encantado.
Los nervios me invadieron, creí incluso que tendría que trabajar un poco desde casa para ayudar a Regina porque no imaginaba cómo podríamos hacer para cuidar de dos niños nosotras solas, estaba trepando por las paredes internamente y disimulando delante de Regina, porque ella a diferencia de mí parecía no tener ninguna perturbación, se movía como entre nubes ocupándose de todo y disfrutando de tener la oportunidad de amamantar a nuestra pequeña, algo que no envidiaba en lo más mínimo.
—Creo que la maternidad no es para mí, los padres la tienen más fácil, el próximo bebé también deberías llevarlo tú.
—¿En serio? ¿Ya lo decidiste?
—Te amo nena, y me ofrecería a hacerlo, pero no… es horrible estar embarazada, el parto es demasiado sangriento para mi gusto y no… soy un zombie, si tengo que hacer lo que tú haces moriré.
—Creo que necesitas dormir —dijo sonriendo porque, aunque yo dijera mil tonterías, nada la enojaba, estábamos en nuestra nube propia—. Y no he dicho que tendremos otro bebé.
—No es como si pudiéramos evitarlo.
—Claro que sí y lo haremos.
No me dio tiempo de protestar, sus labios besaron los míos y nos acurrucamos en la cama, debíamos aprovechar durmiendo hasta que nuestra princesa despierte exigiendo comer, era como un relojito, cada tres horas lloraba sin darnos posibilidad de ignorar su llanto, era una pequeña mandona, y mi trabajo era ir por ella para que Regina la alimentara, y luego me tocaba sacarle los gases, me estaba convirtiendo en experta, y podía cambiar pañales hasta con los ojos cerrados.
Me di un permiso de maternidad porque necesitaba trabajar y me negaba a vivir mantenida por Regina, así que establecí un horario de trabajo hasta el medio día en la oficina y un par de horas en casa, para compensar mi tiempo contraté a alguien más, un joven con mucho talento que me había recomendado un viejo colega, su madre se había quedado sin empleo y él quería seguir pagando sus estudios universitarios, así que él trabajaría por las tardes cubriendo mi guardia y persiguiendo personas infieles cuyas parejas nos pagaban mucho dinero para atraparlos.
Mi primer día de regreso al trabajo fue el más difícil. Instalamos una cámara en la habitación de Charlotte, por seguridad y para que yo pudiera vigilarlas desde el trabajo, aunque llevábamos una nueva vida sin amenazas, consideré una buena idea instalar un sistema de seguridad con cámaras de vigilancia, así que teníamos algunas cámaras instaladas dentro y fuera de la casa.
La mañana empezaba conmigo ayudando a Regina para alimentar a Charlotte, preparar el desayuno, esperar que el autobús de la escuela pase por Henry y asegurarme de dejarlo embarcado, luego de despedirme de mis princesas dirigirme al trabajo. A media mañana Regina me hacía una videollamada para que pudiera verlas. Al regresar a casa almorzábamos juntas, después me encargaba de vigilar a nuestra pequeña mientras Regina tomaba un baño, recibía a Henry que llegaba después de su práctica deportiva o algunos de los innumerables clubes a los que se había apuntado y hacíamos tareas juntos. Estaba lista para recibir una estrellita dorada por lo bien que estábamos haciendo las cosas, o eso creía yo.
XXXSQXXX
REGINA
Emma decía que estábamos viviendo entre nubes, agotadas por dormir poco, pero encantadas por la razón de nuestros desvelos. Charlotte y yo parecíamos tener una conexión invisible que nos hacía ser inseparables, ella era más tranquila que Henry, pero mucho más demandante, siempre y cuando tuviera toda la atención puesta en ella podía pasar tranquila, y eso era algo inevitable, no podíamos dejar de levitar a su alrededor.
Me sentía tan feliz y contenida como nunca antes en mi vida, era muy diferente ser una mamá con toda la ayuda de personas que me amaban a ser una madre soltera, y mi experiencia previa me volvía más confiada en todo lo que hacía; así que creía lo que Emma decía, estábamos viviendo entre nubes.
Cuando Sarah nos dijo que se iría, comprendí que ella necesitaba volver con su familia y que no era un adiós definitivo, pero sabía mejor que nadie que un viaje así nos mantendría separadas un buen tiempo. Emma se puso nerviosa con la noticia, al igual que yo, y las dos hicimos nuestro máximo esfuerzo por ocultarlo. Sarah era de gran ayuda y me sentía nerviosa de perderla.
Emma se esforzó por ayudar a establecer una rutina, era algo fundamental para no volvernos locas y evitar que nuestro hogar se volviera un caos. Henry, mi pequeño príncipe, era el niño más feliz del mundo, le estaba yendo muy bien en la escuela, tenía amigos, adoraba ayudar en casa jugando con su hermana y en las pequeñas tareas que habíamos dispuesto para él. Incluso los dos idiotas parecían haberse unido a nuestra rutina perfectamente establecida.
La pediatra nos felicitó, Charlotte estaba evolucionando muy bien, tenía buen peso, buenos reflejos y una salud perfecta. Mi ginecóloga también me aseguró que me había recuperado muy bien después del parto y a pesar de las ideas de Emma pregunté diversas formas en que podíamos cuidarnos, por suerte para nosotras no hizo preguntas inapropiadas que no sabríamos cómo responder.
Mis nervios alcanzaron su punto máximo cuando Sarah partió, nos apenaba despedirnos de ella, estábamos felices también, pero especialmente me preocupaba perder la seguridad que ella nos generaba.
Los cuatro nos acomodamos en la cama a ver una película, había suficiente espacio y Charlotte parecía imperturbable durmiendo sobre mi pecho, acaricié su espaldita, besé su cabecita y me perdí un poco en su aroma de bebé. Emma me rodeó con su brazo y besó mi frente, su mano se posó también sobre la espalda de nuestra hija. No había necesidad de palabras entre nosotras, sabíamos que nuestros hijos tendrían la vida llena de amor que nosotras no tuvimos. Henry rio a mi lado y nosotras reímos con él viendo la película.
La ausencia de Sarah comenzó a sentirse con el pasar de los días, lo cual nos cansó más y me hizo darme cuenta que Emma no me tocaría un pelo mientras no nos cuidáramos adecuadamente, no había forma alguna en que pudiéramos tener otro bebé; incluso comencé a entender que a diferencia de Emma no podría trabajar en un futuro inmediato y que tenía que conciliarme con la idea de quedarme en casa.
—Estoy muriendo de ganas por volver a hacerte el amor —dijo Emma cuando se metió en la cama después de dejar a Charlotte en la cama.
—Después de un mes de tomar anticonceptivos.
—Hay otras cosas que podemos hacer —sonrió mientras dejaba su mano pasear por mi estómago.
—No. No haremos nada —dije deteniendo su mano.
—¿Pero me vas a compensar después?
Me acomodé en sus brazos y la besé.
—Claro que sí.
—Te amo.
—Y yo a ti.
Emma aceptó esperar sin pocas ganas, fantaseando con todo lo que haríamos cuando terminara su tiempo de condena, como ella la llamaba, de todas formas, ni siquiera teníamos tiempo para hacerlo, la rutina comenzó a abrumarnos debido a la falta de horas de sueño.
—Podríamos darle el biberón para que descanses un poco más.
—Por supuesto que no —dije casi ofendida—. Lo acordamos, quiero amamantarla, no importa si tengo que levantarme cada tres horas.
—Está bien. Solo quiero que te sientas apoyada.
—Y lo estoy.
—Ven aquí —me atrajo hacia ella y me senté en su regazo, las dos estábamos en el sofá de la sala—. Debo admitir que tenías razón, que debemos cuidarnos y esperar que Charlotte esté más grande.
—No sé cómo funciona exactamente, pero la magia es emoción, así que supongo que si quisiéramos tú podrías…
—No. Ya tuve a Henry y tú a Charlotte, y si tenemos otro bebé me gustaría que fueras tú, adoré verte embarazada, y eres la mejor mamá. ¿Te gustaría volver a hacerlo?
—Sí, pero no ahora. Me voy a volver a loca si tenemos otro bebé ahora.
—Está bien.
Nos quedamos dormidas en el sofá hasta que Charlotte nos lo permitió.
XXXSQXXX
EMMA
Mi vida era maravillosa, tanto que en breves momentos me asustaba, pero ya había cumplido con mi cuota de una mala vida e iba disfrutar al máximo mi actual felicidad. Me encantaba pasar tiempo de calidad con Henry y cumplir las exigencias de Charlotte, bastaba con un solo pucherito para que yo hiciera todo lo que deseaba, Henry también creía que nos tenía conquistados a todos a punta de puro llanto.
Cuando él me pidió permiso para ir de pijamada con sus amigos le dije que sí de inmediato, que debíamos preguntarle a Regina pero que sabía que ella también diría que sí, que se lo había ganado por ayudar en casa y esforzarse en la escuela; y era la oportunidad perfecta para conseguir tiempo a solas con Regina, dos meses era demasiado tiempo.
Había cumplido mi condena de espera y no hallaba la hora de tener un tiempo a solas con Regina, con Henry fuera de casa solo debíamos esperar que Charlotte se durmiera, lo cual no era difícil porque era una bebé que no daba problemas, casi habíamos logrado establecer un horario para dormir y alimentarla, pero ese día no tenía ganas, le cantamos, la alimentamos, le dimos su baño habitual, y ella no mostraba el mínimo interés por dormir.
—Vamos princesita, es hora de dormir.
Me miró con sus grandes y hermosos ojos y se negó por completo a quedarse dormida. Regina la tomó de mis brazos y paseó con ella por la habitación. Pusimos algo de música suave, bailamos y cantamos para arrullarla hasta que creímos que se había quedado dormida, pero en cuanto Regina la puso en la cuna, nuestra princesita volvió a llorar a todo pulmón.
—Aquí estamos mi amor —le dijo Regina para calmarla, pero no funcionó.
Se acomodó con ella en la mecedora, le dio de comer mientras tarareaba una canción de cuna y acariciaba su cabecita, todavía tenía poco cabello, aunque creíamos que sería castaña, a diferencia de sus ojos que se parecían un poco más a los míos.
Creímos que se dormiría tras el segundo intento, pero no fue así, nos engañó una vez más. Fue después del cuarto intento que logramos que se quedara dormida, casi a media noche; corrimos en puntillas y en absoluto silencio hasta nuestra habitación.
—No hagas ruido —dijo Regina susurrando y bostezó.
Ella estaba igual de dispuesta, moríamos de ganas por tener un momento de intimidad. La besé, rodamos en la cama, y entre besos y caricias me quedé dormida, no sé si me dormí antes que ella, solo sé que ninguna de las dos fue capaz de mantenerse despierta.
Cuando Charlotte nos despertó en la mañana llorando, salí de la cama media dormida y fui por ella, nos había dejado dormir más de lo habitual, pero me sentía muy agotada. Se calmó cuando la sostuve y la llevé a la cama con nosotras para intentar seguir durmiendo, la acomodé entre nosotras en la cama y cerré los ojos pensando que oficialmente nuestra princesita era quién mandaba ahora en casa.
