Advertencia: spoilers muy descarados de Tenjiku y cosas más sutiles sobre Bonten y el Three Deities (en general porque uno niega al otro y yo no sé cuál me parece más triste de todos). Pero en serio, no lean si no quieren spoilearse y no van al corriente mínimo con Bonten. Mínimo.
Los niños de ayer
And now this could be the last of all the rides we take
So hold on tight and don't look back
We don't care about the message or the rules they make
We'll find you when the sun goes black
The Kids From Yesterday, My Chemical Romance
Otros suelen decir que perdieron un pedazo de su niñez el día que formaron Toman.
Draken sabe que no fue así.
La perdieron el día que Mikey perdió la voz hablándole a una Emma que ya no lo escuchaba y Draken la vio fría sobre la plancha, con una expresión de paz que él nunca volvería a sentir. Se les escapó de entre los dedos el día que Mikey no pudo responder a sus preguntas. «¿Qué es esto?». «¿Qué carajo es esto?». El día que su puño se estrelló con una rabia que nunca había sentido hasta entonces, ni siquiera a punto de morir y Mikey no se atrevió a responder a ninguno de los golpes.
La perdieron ante la lluvia. Ante el silencio. Ante Emma. Se les escapó el último resquicio de niñez que les quedaba y luego de eso ya no quedó nada, más que el silencio.
Ken Ryuguji y Manjiro Sano dejaron de ser niños entonces.
El mundo sin Toman es extraño, pero al menos todavía tiene a Mikey. Parece que algo está a punto de explotar, pero Draken lo ignora, sentado en la habitación de Mikey en silencio. De repente, el ambiente que antes fue cómodo —el «sólo estar»— se torna complicado y pesado. Están allí porque no saben estar en otro lado. Le entregaron su vida a Toman, a las pandillas, a las peleas. Ese mundo se fue comiendo todo lo que fueron y lo que soñaron ser.
Quizá no debieron haber terminado con Toman, piensa Draken, viendo la mirada perdida de Mikey.
Hay en sus pupilas una sombra de lo que fue y se perdió.
No se ha atrevido a preguntarle si está seguro de que tomó la decisión correcta. Son muy pocos días. Todavía están escribiendo una carta para el futuro.
No tiene sentido, además, preguntarse sobre ello.
Crearon Toman para protegerse y proteger a los suyos y acabaron perdiendo a incontables personas en el camino.
Los cuerpos se acumulan a sus espaldas.
(Y ninguno pesa tanto como el de Emma).
«La extraño, ¿sabes?»
Nunca lo dice.
Pero imagina que Mikey asiente y entiende. Quizá nadie entienda como él. Así que Draken se queda en el silencio incómodo pero consolador de alguna forma. Les queda la seguridad de estar, Draken y Mikey, hasta el fin de los tiempos.
El tic tac del reloj los persigue, pero lo ignoran tanto como pueden.
Sus dedos conocen perfectamente el cabello de Mikey y la manera en que lo peina para alejar el cabello de su cara. Siempre ha sido sorprendentemente suave. Solía hacerlo mientras platicaban de cualquier cosa. Ahora siempre hay demasiado silencio y demasiadas dudas. Sin Toman, Draken no está muy seguro de a dónde debería ir, pero ve a Mikey mucho más perdido.
No encuentra el peine y una sus dedos de una mano para pasarlos entre el cabello de Mikey. Se detiene cuando el otro hecha la cabeza para atrás.
Los ojos de Mikey se clavan en el techo en vez de clavarse en él, como si estuviera buscando allí un cielo que nunca ha visto.
Sonríe y es la primera vez entre las cuatro paredes de esa habitación que parece hacerlo genuinamente. Es por eso que Draken se atreve a hacer la pregunta que lleva días rondándole la cabeza.
—¿Piensas en el futuro?
Mikey nunca deja de ver el techo.
—A veces, ¿tú?
Parece que hace una eternidad fue cuando escuchó a Mikey decir una y otra vez que crearía una nueva era para los delincuentes. Ahora parecen palabras demasiado esperanzadoras en un mundo que ha probado, una y otra vez, estar lleno de nubes grises. Quizá porque la muerte todavía está demasiado cercana, quizá porque han intentado vaciar a Mikey de todo sentimiento demasiadas veces. Quizá sólo es tiempo lo que falta para que el sol vuelva a salir para todos.
¿Cuántos días y cuántas horas tienen qué pasar para dejar de buscar distracciones inútiles y no pensar en quiénes faltan?
—A veces —repite Draken—. No sé lo que haré, no todavía.
Mikey sonríe con los ojos abiertos y parece que sus ojos sonríen con él. Draken no sabe si es verdad o no.
—Pero me quedaré contigo —asegura.
Todavía tiene el cabello de Mikey entre sus manos y de repente todo le parece tan frágil que teme que el mundo estalle y se haga pedazos. Todo excepto esa afirmación. Mikey y Draken. Lo único que no concibe es un futuro en el que estén separados.
—¿Para siempre? —pregunta Mikey.
—Para siempre.
Los ojos de Draken se quedan fijos en sus labios, en sus ojos, en su nariz. Mikey busca un cielo que no existe en su techo y que quizá nunca ha contemplado con calma y de repente Draken quiere protegerlo del mundo. Signifique lo que eso signifique.
Para siempre es un buen consuelo. Tic, tac.
Se supone que deben reunirse la mañana siguiente. Draken todavía no tiene ninguna carta, ni nada que quiera escribirle a su yo del futuro. Tiene una foto que quiere poner en aquella cápsula del tiempo, aunque no tiene ni la más remota idea de qué contarle a alguien doce años después. Es el problema del futuro: demasiado incierto, demasiado problemático.
Mikey tiene un sobre en las manos cuando llega a verlo y Draken no pregunta qué puso en él. Son palabras para doce años en el futuro. Signifique lo que signifique el paso del tiempo. Puede escribir que desea que sigan juntos, «para siempre», que sigan siendo amigos, que el destruir Toman no signifique destruirse a ellos mismos, aunque tenga un mal presentimiento sobre ello.
—¿Vamos a la playa? —pregunta Mikey, poniendo el sobre debajo de otras cosas. Por primera vez no parece estar perdido.
Draken se encoge de hombros.
—¿Aviso al resto?
—Tú y yo —dice Mikey; hay una pausa después de eso, como si estuviera considerando algo entre él y el universo—; sólo tú y yo, Ken-chin.
La arena se les mete entre los pies y el sol les quema la piel. Draken ve a Mikey desde atrás cuando se acerca a agua y deja que sus pies se mojen con las olas que se acercan. Todo sería más fácil si supiera que está pensando todo el tiempo, pero pasan los años y hay partes de Mikey que siguen siendo un misterio. Impulsos que se le escapan a Draken, sentimientos que Mikey parece enterrar hasta que ya no es posible ocultarlos. Carga con demasiadas cosas sobre sus hombros y apenas parece ya un niño. Se adivina en su postura el peso del mundo que está cargando.
Va a sentarse a un lado de Draken después de un rato. Se abraza las piernas.
Parece más vulnerable de lo que ha sido en días enteros. Desde aquel día en que el puño de Draken se estrelló en sus mejillas y en su rostro hasta que no pudo más de furia y Hina tuvo que devolverlos al mundo y a la vida.
—Fue bueno, ¿no? —pregunta Mikey—. Mientras duró.
Pero todavía no se ha acabado.
—Hablas como si nunca nos fuéramos a volver a ver, idiota. Sólo deshiciste Toman. No es el fin del mundo.
Draken está demasiado acostumbrado a ser la voz de la razón y a arrastrar a Mikey por el buen camino. Desde el principio supo que convertirse en su corazón era necesario para llevar todas sus ideas por un buen camino.
Mikey se encoge de hombros.
Igual para él el fin de Toman sí es el fin de un mundo.
Mirar hacia donde el sol se está poniendo y la luz brillante les molesta en los ojos, pero no apartan la mirada. Dicen poco, porque eso pasa con a muerte: a veces uno tiene menos ganas de hablar de los que se fueron y no sabe cómo rellenar el silencio de ninguna manera. A veces la plática banal no sirve para llenar de manera efímera las ausencias.
Al final, Draken sólo puede decir una cosa:
—Fue muy bueno, Mikey, fue lo mejor.
Toman se está quedando atrás, pero ellos no. Ellos siguen caminando firmemente hacia adelante y Draken se niega a perder de vista a Mikey.
Busca su mano y es sorprendentemente suave a pesar de todos los golpes, de todas las pequeñas cicatrices apenas visibles que quedan cuando uno se despelleja los nudillos una y otra vez y se van borrando con el tiempo hasta que nadie se acuerda del motivo de la pelea que los causó.
—¿Sabes? —dice Mikey—. Yo sólo quería ser… un niño. A veces. Creo que no se supone que esta sea nuestra vida.
Pero es. Qué sentido tiene lamentarse todo el tiempo. Eso sólo hace que las entrañas se lamenten también. Quizá no tendrían que luchar todo el tiempo, pero lo hace. Pospretérito, condicional siempre. No debería ser. Al menos eso lo aprendió en la escuela. Pero es. Presente simple. El tiempo que se usa para narrar los hechos indiscutibles y las verdades que nadie se atrevería a disputar.
—Creo que ahora puedes ser lo que quieras, Mikey.
Y Mikey entierra la cabeza en las rodillas y mira al horizonte.
Draken no sabe qué está pensando —y le pasa con frecuencia desde el día en que todo se les escapó de las manos de manera definitiva, aunque pudo hacer empezado desde antes— y desearía como nunca saberlo.
Pero estruja la mano de Mikey y lo siente ahí, ahí, a su lado.
No le da tiempo imaginarse un mundo en el que no esté.
—Me alegra que hayas estado a mi lado, Ken-chin.
Antepresente del subjuntivo. A Draken se le escapa ese tiempo y quizá más tarde lamente no haberle prestado atención.
Por la noche, cuando vuelven, Mikey está agotado.
—Ken-chin —dice, estirando los brazos.
Y él lo deja subirse a su espalda, donde se recarga hasta que Draken hace parte del camino caminando a su habitación. La mejilla de Mikey contra su hombro. Sus manos entrelazadas la una con la otra, sujetándose bien, sus piernas que cuelgan y se balancean con el caminar de Draken. Cree que Mikey se va a quedar dormido a medio camino, pero en lugar de eso cuando intenta dejarlo caer sobre la cama, la mano de Mikey lo busca.
—No te vayas, Keh-chin.
Es curioso lo vulnerable que se ve en ese momento, esa cara que muestra poco o casi nunca. El resto del tiempo tiene una expresión casi insondable del líder que soñó con crear una nueva era para los delincuentes y que juró mil veces proteger a los suyos. Que les dijo que nunca perderían si estaban a su lado. Pero en aquel momento, ya sin Toman a sus espaldas, parece mucho más vulnerable, lleno de sentimientos que quizá todavía está intentando racionalizar dentro de sí. Draken no se ha atrevido a abrir la boca y decir que se arrepiente, porque no tiene ni la más remota idea de lo que harán de ahora en adelante. Toman sigue siendo todo, aunque ya no exista más que en sus recuerdos.
La mano de Mikey lo aferra y él se queda allí.
Se acuesta a su lado sin decir nada.
Entre ambos se esconden un montón de palabras no dichas y puñetazos no dados. Mikey mira al techo como si buscara el cielo estrellado, pero tan sólo hay yeso blanco y ningún astro contesta sus preguntas.
La única vez que ha visto a Mikey en el suelo, no derrotado, pero sí en penitencia fue aquel día de lluvia. Draken recuerda los gritos de Takemitchy y el silencio y las gotas de lluvia contra el pavimento, como si el universo también llorara al cuerpo que estaba en la plancha. No se atreve a pensar su nombre porque teme no poder vivir tras dejarlo entrar en su mente. Tiene todavía un millón de disculpas atoradas sobre cómo la quiso tanto y deseó protegerla.
Sobre como todavía quiere tanto a Mikey y desea abrazarlo y decir «nada de lo que pasó fue tu culpa», pero no es capaz.
—Ey, Keh-chin. Te quiero, ¿sabes?
«Te quiero».
No lo dicen casi nunca. O nunca. Pero lo saben, dentro de sí. Lo saben.
—Sí.
Sospecha que Mikey está buscando una respuesta verbal. Un «sí» que pueda guardar para después, aunque Draken no sabe con qué propósito. Sonríe y parece que la sonrisa llega a sus ojos. Siempre es la misma mirada, la misma manera de curvear los labios, los mismos deseos que se esconden en aquel gesto. La misma razón por la que Draken eligió seguirlo hasta el infinito.
Es Mikey quien busca primero sus labios.
Quizá no es la forma, quizá no es el momento, pero Draken no lo rechaza y tan sólo piensa. «Qué suaves».
Son jóvenes e idiotas, pero ese no es su primer amor. Ya saben lo que duele perder otros y por eso el gesto peca de cuidadoso. La mano de Draken busca el cabello de Mikey y entierra en él sus dedos.
El cuerpo de uno se pega al de otro. Y se quedan allí, sin decir nada, todavía con todas las palabras no dichas en medio y el deseo de ser felices en aquella sonrisa que Draken siempre ha visto a Mikey esbozar.
Está a punto de dormirse cuando lo escucha hablar.
—Se muy feliz, Keh-chin.
Días después no sabrá si lo imaginó. Y años después quizá entenderá a qué se refería Mikey antes de escapársele entre los brazos. Draken no es consciente, pero esa noche se les escapa el futuro que había imaginado. Dejaron de ser niños ante la injusticia de la muerte; pero lo perdieron todo allí, en ese abrazo. «Se muy feliz, Keh-chin». Es una despedida, pero huele a buenos deseos y él no sospecha nada todavía.
La mañana siguiente verá a Mikey poner una carta en la cápsula del tiempo; lo verá sonreír y prometer encontrarse doce años después.
Sonreirá igual y se encomendará a los sueños que aún cree que tiene, pero que ya se le han escapado.
«Se muy feliz, Keh-chin».
'Cause you wanna live forever in the lights you make
When we were young we used to say
That you only hear the music when your heart begins to break
Now we are the kids from yesterday
The Kids From Yesterday, My Chemical Romance
Notas de este fic:
1) Bienvenidos a mi experimento mientras lloro con Tokyo Revengers. Usualmente los relaciono más con otro tipo de música, pero The Kids From Yesterday me suena mucho a deshacer Toman y lo que vino después. (Quizá porque MCR también se deshizo y porque en una entrevista todos coincidieron en que era su canción fav del disco y porque tiempo después la canción hasta pareció una premonición y yo quiero mucho a MCR).
2) Es corto porque apenas estoy experimentando un poco con Draken y Mikey y el universo en el que se enmarca Tokyo Revengers, así que me lo tomé con calma. Pero quiero mucho a estos niños.
Andrea Poulain
