HIELO Y FUEGO

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.

Esta historia participa en el topic "¡Duelos entre Potterhead!" del foro Hogwarts a través de los años.

Reife me retó a escribir una sobre algún momento especial entre Charlie Weasley y Lucian Bole. ¡Allá voy!


1

Hielo

—La primera lección que debe aprender un cuidador de dragones es muy sencilla: jamás te acerques al nido de un Ridgeback Noruego. Da igual si has criado a mamá dragona desde que salió del huevo: intentará matarte de todas formas. No es por vosotros ni por el animal. Culpad al instinto maternal.

Lucian Bole escucha una serie de risitas que le ocasionan un mosqueo considerable. ¿Qué tiene de gracioso ese idiota? Charles Weasley, recién llegado desde Rumanía, tiene el pelo rojo y los ojos azules. No es demasiado alto y sí bastante ancho de hombros. Aunque hace frío, va en mangas de camisa. Tiene los brazos cubiertos de vello y puede observar sus bíceps desde allí. Es atractivo, aunque demasiado Gryffindor para su gusto. Lucian está convencido de que, al sonreír, ha conseguido que media docena de chavales pierdan su ropa interior. Bufa. Pues vaya cosa.

—No debéis preocuparos por el bienestar de los huevos. La madre naturaleza es sabia. Los dragones llevan siglos cuidando de su progenie sin necesidad de que los magos y las brujas intervengamos en el proceso. Con observar desde la lejanía es más que suficiente. Sólo actuamos si surgen problemas graves.

¿Por qué han tenido que avisarle para dar ese cursillo de verano? ¿Acaso no hay profesionales capacitados en Noruega? Él mismo lleva trabajando en esa reserva diez años. Es uno de los más veteranos. Incluso ha salvado vidas. ¿Qué motivo les ha llevado a ningunearlo de esa forma? Y para traer a un Weasley. Claro que son noruegos. No tienen ni idea de la clase de familia a la que pertenece ese patán. Todos tan pelirrojos, tan pecosos y tan traidores de la sangre. Existen pocos magos en el mundo capaces de saltarse a la torera todas y cada una de las tradiciones mágicas que se han establecido durante generaciones.

—Lo más habitual es que el Ridgeback Noruego sólo ponga dos huevos por cada nidada. El momento crucial llega en el momento de la eclosión. Los dragones nacen con toda la dentadura desarrollada, así que es bastante habitual que luchen a muerte entre ellos. Es justo entonces cuando debemos realizar la maniobra de distracción que nos permita alejar a la madre del nido para separar a las crías. Como ya sabéis, es una especie que podría entrar en peligro de extinción en los próximos años. Preservar la vida de todos y cada uno de los pequeños dragones es vital para que logren subsistir y recuperar su población.

Debe reconocer que los cursos de verano son un auténtico coñazo. Si de él dependiera, no se celebraría ninguno. La reserva se llena de gente curiosa que no tiene nada mejor que hacer, imbéciles que se piensan que un dragón es una criatura dócil que te puedes llevar a casa sin ningún problema. Todo lo que Weasley está diciendo se lo saben al dedillo los trabajadores del lugar. Después de todo, Noruega es el hogar natural del Ridgeback. Llevan siglos estudiándolos, comprendiéndolos, vigilándolos y velando por su bienestar.

—El cuidador Bole —Lucian da un respingo cuando escucha su nombre—, me ha informado de que actualmente cuentan con tres nidadas distintas. Si la naturaleza sigue su curso habitual, los huevos eclosionarán a primeros de septiembre. Lamento tener que deciros que este curso no durará tanto tiempo. Sin embargo, tendremos ocasión de contemplar a los animales que viven en libertad. Es un espectáculo maravilloso. Mañana a primera hora viajaremos hasta las montañas de Storronden para observar a una colonia de quince ejemplares. No olvidéis vuestras varitas, las escobas voladoras y la ropa de abrigo. Os garantizo que las necesitaréis. Gracias por vuestra atención. Recordad que partimos a las seis en punto.

Lucian escucha los murmullos del grupo mientras se dispersan. La mayoría caminan rumbo a las cabañas de madera que hay acondicionadas junto al bosque. Weasley se baja de la roca que ha hecho las veces de atril improvisado y se le acerca con una sonrisa en la boca. Sus dientes son tan blancos que podrían deslumbrar a un vampiro. Parece feliz, con su pelo revuelto y su barba de tres días.

—¿Qué opinas del grupo que nos ha tocado?

Le habla como si le conociera de toda la vida. Lucian procura no gruñir antes de hablar.

—Que son una pandilla de inútiles y que alguno de ellos se va a poner en peligro mortal, así que mañana tendremos que perder el tiempo para saciar su curiosidad.

—No dejaremos que se acerquen demasiado. Conozco un hechizo cojonudo para evitar que se alejen de nuestro radio de influencia. Funciona como una goma elástica.

—¿Qué puñetas es eso?

—Un invento muggle bastante útil. Yo suelo usar el hechizo cuando me quedo al cuidado de mis sobrinos. Te puedo asegurar que vigilar a media docena de niños es más peligroso que ocuparse de un dragón.

—Niños. ¿Qué clase de loco quiere una criatura de esas cerca?

Weasley se ríe. Su risa es bronca y viaja directa a la boca de su estómago. Desde que llegó a la reserva, Lucian ha procurado no mirarlo demasiado, no centrarse en él, no prestarle atención. La primera vez que lo vio, las entrañas le hirvieron. Y no de coraje, precisamente. En ocasiones se pregunta si Weasley es consciente de las emociones que le despierta. No es nada romántico. Es una fuerza incontrolable que le quema por dentro y que Lucian procura apagar con toneladas de hielo. Es un Slytherin. Está acostumbrado a comportarse con frialdad.

—Supongo que mis hermanos. ¿Quieres que te enseñe el hechizo?

—¿Por qué no?

Weasley saca la varita de inmediato. Los tendones del brazo se le marcan de una forma un tanto sugestiva. Lucian procura centrarse en sus palabras, aunque se vea obligado a mirar el movimiento circular que realiza. ¿Cómo es posible que algo tan insignificante como un brazo cubierto de vello rojo le corte la respiración?

—Mueves así la varita y pronuncias las palabras Nolite Exire.

Lucian lo intenta. No es fácil saber si ha funcionado. En ese momento, la única persona que tiene cerca es Weasley, que sigue hablando.

—El radio de acción afecta a diez personas al mismo tiempo. Tendremos que enseñar el hechizo a algún compañero más, puesto que en el grupo hay veintiocho individuos.

—Hablaré con Thea Berg. Es una bruja muy capaz y odia a los curiosos tanto como yo.

Lucian considera que la conversación entre ambos ya ha terminado. Camina rumbo a su propia cabaña, ubicada entre la espesura del bosque. Sin embargo, Weasley le sigue, hablando sin parar. ¿Qué demonios le pasa?

—Personalmente, encuentro estos cursos muy interesantes. He pensado en proponer a la directiva de mi reserva que los impartan.

—¿Por qué?

Es una locura.

—Muchas personas tienen una visión idealizada de los dragones. Se piensan que pueden dominarlos con suma facilidad y aspiran a convertirse en cuidadores profesionales. Cuando llegan a las reservas para comenzar a prepararse, son muchos los que cometen errores que pueden ser fatales. Se confían, hablan con los dragones como si pudieran comprenderles y se olvidan de su naturaleza salvaje. Hace tres años, en Rumanía, un candidato murió devorado por un Colacuerno Húngaro. No se le ocurrió otra cosa más que planificar un vuelo nocturno junto al dragón, sin comentárselo a nadie más. Fue catastrófico.

Lucian piensa que fue una cuestión de selección natural. Ni más ni menos. Weasley sigue caminando junto a él. ¿Acaso piensa pasar la noche en su cabaña?

—Si toda esa gente tuviera ocasión de contemplar a los dragones tal y como son en la realidad, estoy convencido de que más de la mitad ni se plantearían la posibilidad de convertirse en cuidadores. Hacer los cursillos nos ahorraría a los instructores tiempo, esfuerzo y más de un disgusto.

Si bien es cierto que a Weasley parece gustarle muchísimo escuchar el sonido de su propia voz, lo que dice suena bastante lógico. Le fastidia un montón tener que hacer de niñera de todos esos curiosos sin talento e ignorantes de la auténtica naturaleza draconiana, pero las palabras de ese pelirrojo idiota son acertadas. Los cursos de verano son una criba a pruebas de ilusos, cobardes y entusiastas confiados.

—Puede que tengas razón.

Lo dice no sólo porque lo piense, sino porque desea que Weasley se aleje de su lado de una vez. Sin embargo, ahí sigue, a dos metros de distancia, pero con la boca cerrada. Ya no puede soportarlo más. Si se mete en su cabaña, a lo mejor se las apaña para no dejarle salir en toda la noche. Y no es algo que Weasley quiera, eso seguro.

—¿Por qué me sigues?

—El hechizo.

—¿Qué hechizo?

—El que hemos probado antes. Era la única persona que estaba cerca de ti cuando lo probaste. Ahora no puedo alejarme a más de veinte metros de distancia.

¿Qué significa eso? ¿Qué dormirá junto a la puerta de su casa como si fuera un perrito faldero? ¿Qué realmente quiere meterse dentro? No sabe qué decir. Weasley se acerca un poco más, sonriente. Sus ojos azules brillan de forma extraña. Atrayente. Y sus brazos siguen actuando como un par de imanes de carne y hueso.

—Podrías probar con un Finite. Es la forma más efectiva de revertir sus efectos.

Claro. ¡Cómo no! Ese hechizo es uno de los más prácticos que existen en el mundo mágico. Lucian no se lo piensa dos veces a la hora de murmurarlo para liberar a Weasley de una buena vez. No falta mucho para llegar a su casa.

—Es una suerte que tu encantamiento funcione tan bien.

—Te advierto que la cosa puede ponerse un poco fea si alguien se resiste a llevarlo.

—¿Por qué?

—Porque liga al objeto del hechizo con su ejecutor. A como dé lugar. Puede incluso hacer que una persona se desmaye y pase horas inconsciente.

Lucian considera que eso es un auténtico fastidio. No le apetece nada que se le desmaye ninguno de los alumnos del curso, por más despreciables y pesados que los considere. Resultaría muy molesto.

—En tal caso, debemos dejarles las cosas claras antes de salir.

—Los niños aprenden la lección tarde o temprano. Los adultos también pueden hacerlo.

Weasley clava sus pies en el suelo. Hace un gesto con la mano, como indicando que ha llegado el momento de desandar lo andado. Es lo mejor. Por eso le sorprende tanto escuchar el sonido de su propia voz.

—¿Te apetece tomar un whisky de fuego?

¿Qué clase de demonio diabólico le ha poseído? Está fatal de la cabeza. Ojalá que Charlie lo rechace. Le ve sonreír y anhela darse de cabezazos contra un árbol cercano.

—¿Por qué no?

—Vamos. Mi casa está aquí al lado.

Aunque se niegue a sí mismo la realidad, sabe por qué le ha hecho esa pregunta. Quiere poner a prueba a ese idiota, saber si la atracción física que siente es mutua. A veces cree que sí. Charlie se le queda mirando con esos ojos azules y penetrantes y se muerde el labio inferior, como si pretendiera saborearle. Si sus pieles han entrado en contacto alguna vez, han salto chispas. Casi de forma litera. Lucian quiere observarle en un ambiente más distendido, averiguar qué hay debajo de la camisa de cuadros que siempre lleva puesta, saber si su cabello es tan áspero como parece. Escuchar su risa y el horrible sonido de su voz.

Le guía hasta la cabaña. Es bastante humilde, pero la ha hecho con sus propias manos y se siente orgulloso de ella. Después de que su familia lo perdiera prácticamente todo tras la guerra contra Voldemort (es lo que pasa cuando tus padres son unos mortífagos fervorosos que torturan muggles en el sótano), Lucian optó por seguir peleando contra su destino. Consciente de que en Inglaterra lo veían como a un peligroso delincuente pese a no tener tatuada la Marca Tenebrosa, aceptó el único puesto de trabajo que le ofrecieron en Noruega. Llegó al país con lo puesto y durante un par de años convivió con varios de sus compañeros. Harto de la situación, adquirió un pequeño terreno y trabajó durante meses para levantar esa cabaña. No fue una tarea fácil, puesto que carecía de conocimientos básicos en carpintería y albañilería, pero siempre fue un chico con tesón. De hecho, el Sombrero Seleccionador estuvo a punto de mandarlo a Hufflepuff. ¿Qué pensaría Weasley si supiera eso?

La cabaña está construida sobre una estructura de madera, el material más abundante en esa parte del mundo. Tiene una leñera bastante grande a la derecha y un columpio ridículo a la izquierda. Lucian no sabe por qué le dio por fabricarlo. Vaya estupidez. Ni que a él le gustara pasarse las horas muertas allí sentado, bebiendo café y contemplando la espesura del bosque. En el interior, todo es austero y de madera. Cómo no. Hay una pequeña cocina, una sala de estar, un dormitorio y un cuarto de baño. Cualquiera podría pensar que Lucian no desea tener una familia, pero la cabaña está preparada para crecer hacia arriba. Por si acaso.

Weasley echa un vistazo y posa una de sus manos callosas sobre el respaldo del sofá. Se centra en la estantería repleta de libros que hay a su derecha. Lucian se pregunta si reconocerá alguno de los títulos muggles que ha ido atesorando con los años. Porque una cosa es pretender mantenerse alejado de aquellas criaturas y otra muy distinta negar que tienen cierto talento para la literatura. Al cabo de unos segundos, Weasley se da media vuelta y le sonríe.

—Tienes una casa muy bonita.

¿Qué es? ¿Una chica de Hufflepuff?

—Gracias.

—Me recuerda un poco a La Madriguera.

¿Eso es alguna clase de insulto?

—Es mi casa. La de mis padres, quiero decir. Comenzaron a construirla cuando se casaron. Al principio sólo tenía un par de plantas, pero luego fueron añadiendo más y más. Parece un poco caótica, pero tiene una estructura bastante sólida.

A Lucian le desconcierta tener algo en común con un Weasley. Escupe las palabras.

—Yo crecí en una mansión.

La familia Bole fue rica y poderosa. Sangrepuras auténticos. Cuando Charlie le mira, cree ver algo de lástima en sus ojos. Reconoce que podría haberse ahorrado el comentario. No necesita decir que ahora todo pertenece al Ministerio de Magia y que debe sentirse agradecido por no residir en Azkaban.

—Lo importante es que los niños disfruten de una infancia feliz. La mía lo fue.

Lucian no menciona las exigencias paternas ni todas esas fiestas aburridas a las que tuvo que acudir de pequeño. No le habla de los elfos domésticos que le cambiaban los pañales ni de las tardes pasadas en soledad frente a una inmensa chimenea de mármol. En lugar de eso, echa mano de la botella de whisky y de dos pequeños vasitos de cristal. Sirve con generosidad y le tiende uno a Weasley, que se lo bebe de un trago. No hace ni un solo gesto de desagrado, como si estuviera acostumbrado.

—¡Uhm! Un whisky muy bueno.

—Lo compré en Dublín, en la mejor destilería del mundo mágico.

—Debe costar un ojo de la cara.

—Todos tenemos derecho a darnos un capricho de vez en cuando.

Aunque seamos pobres como ratas.

—Siéntate, anda.

Weasley le hace caso. En el interior de la cabaña hace un poco de frío. Lucian enciende la chimenea y se acomoda frente a él, sirviendo la segunda copa para ambos. No pueden abusar demasiado del whisky si quieren salir a trabajar al día siguiente.

—¿Tienes pensado regresar a Inglaterra algún día?

Ya no le queda nada allí. ¿Para qué hacerlo?

—Me gusta Noruega.

—Yo también estoy bien en Rumanía, aunque echo de menos a mi familia. El año pasado, McGonagall me ofreció el puesto de profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas.

—¿A ti?

Suena más sorprendido de lo que le gustaría. Charlie sonríe.

—Fue una oferta tentadora. Un trabajo estable, con un buen sueldo y cerca de los míos, pero no me veo ejerciendo como maestro. Es un estilo de vida demasiado apacible para mí.

Lucian piensa que está equivocado. No se le da nada mal hablar con la gente de los cursillos. El único pero que le encuentra es que los alumnos podrían distraerse contemplando su aspecto físico.

—¿Qué pasa con ese tipo enorme?

—Hagrid se ha marchado a vivir a Francia junto a madame Maxime, la antigua directora de Beauxbatons. Juntos quieren establecer contacto con las colonias de gigantes que habitan en la Selva Negra alemana.

—Gigantes. Qué espanto.

—No son mucho peores que los dragones.

—Un mago no puede procrear con un dragón. Que yo sepa. Mira lo que pasa cuando juntas a un humano con una giganta.

Weasley alza una ceja y apura el contenido de su copa. Lucian se pregunta si le habrá molestado el comentario. Los Gryffindors son bastante susceptibles para según qué cosas.

—En cualquier caso, rechacé su proposición. Creo que terminó contratando a una experta en la cría de unicornios.

Lucian bufa.

—Pues tendrás las clases más bonitas que se han dado en Hogwarts en los últimos años.

—Tú no sabes mucho de unicornios, ¿no?

—Sé que las niñas se flipan con ellos. Con eso me basta.

Weasley se ríe y apoya la cabeza en el respaldo del sofá. Lucian contempla medio embobado su nuez. Debe hacer uso de todo su autocontrol para no lamerla allí mismo. Maldito pelirrojo estúpido. Está haciendo que se sienta muy incómodo dentro de su propia casa. De pronto, se pone de pie.

—Será mejor que me marche. Tengo muchas cosas que preparar para mañana.

Lucian lo imita.

—¿Te encargas tú de enseñarle el hechizo a Thea Berg?

—Claro.

—Sed puntuales, por favor. Nos vemos.

Charles Weasley se marcha en el momento más oportuno. Lucian se siente muy aliviado. El fuego de su interior ha estado a punto de desbordar al hielo. Menos mal que es un Slytherin porque el caos podría haberse desatado sin remedio.


2

Fuego

No resulta sorprendente que los asistentes al curso de verano hayan estado a punto de liarla durante su excursión a Storronden. Tal y como Charlie predijo, un par de ellos se han desmayado después de intentar alejarse del grupo principal. Lucian ha tenido que emplearse a fondo para impedir que se estamparan contra el suelo, aunque lo que más le apetecía era justo lo contrario. Escuchar el crujir de sus huesos le hubiera provocado un gran placer. Por fortuna, el momento de crisis ya ha pasado. Han regresado a la reserva sin tener que lamentar ninguna baja. Han despedido a los alumnos y ahora están allí, caminando entre los árboles en dirección a su cabaña. El por qué Charlie ha decidido acompañarle es una auténtica incógnita para Lucian.

—Primera prueba superada —comenta con optimismo Weasley—. A partir de ahora, las cosas sólo pueden ir a mejor.

—Me temo que has utilizado tu mayor baza al principio. ¿Cómo pretendes mantener entretenidos a tus alumnos?

—Les daré una de cal y otra de arena. Horas y horas de teoría y alguna incursión similar a esta entre medias. Tampoco pretendo que abandonen el curso.

—Si ya hemos cobrado, ¿qué más dará? Mejor para ti. Podrías regresar a Rumanía con los bolsillos llenos y sin necesidad de esforzarse demasiado.

—Me gusta el trabajo duro.

—¿Tú no eras un Gryffindor?

Charlie se ríe. Lucian comprende que su situación cada vez es peor. Ya no hay hielo en su interior que pueda bajar el calor que le recorre las venas. Le mira de reojo y ve su nuez subiendo y bajando, la barba aún sin afeitar, el vello de los brazos. Se imagina el que se oculta debajo de la camisa de cuadros. No le importaría arrancársela allí mismo, en mitad del bosque, arriesgándose a ser visto por sus compañeros o sus alumnos.

Puto Weasley.

—Vengo de una familia de pobretones, ¿recuerdas? Desde niño he tenido que esforzarme mucho para poder comer.

Es una broma. Bien. Lucian puede seguirle el rollo.

—Supongo que debías competir con tus hermanos. ¿Cuántos tenías?

—Seis.

Lucian recuerda que ahora sólo son cinco. Se siente incómodo, pero Charlie no hace ninguna referencia al respecto. Recuerda a Fred Weasley. Siempre le pareció un gilipollas integral. De los de verdad. Más de una vez quiso golpearle con su bate de quidditch en la cara para borrarle la sonrisa. A Charlie le apetece callarlo de otras formas un poco menos bruscas.

—¡Seis! Me sorprende que pudieras recordar el nombre de todos ellos.

—Soy el segundo. Fueron naciendo poco a poco, así que tuve tiempo de acostumbrarme.

—Por supuesto.

En ocasiones, a Lucian le hubiera gustado tener un hermano. Seguro que ahora no se sentiría tan solo y no se pasaría horas balanceándose en un columpio estúpido. Tendría a alguien con quien hablar de verdad, una persona a la que confiarle sus temores y esperanzas. Nunca ha sido alguien dispuesto a compartir sus intimidades con los demás. Su concepto de la amistad está bastante definido y es exigente. Tal vez demasiado.

—¿Os veis muy a menudo?

Tal vez no tendría que preguntarle por esos asuntos, pero Weasley le interesa más allá de la atracción física. A esas alturas no merece la pena negarlo.

—No tanto como me gustaría. Ya te dije que los echo de menos, aunque la magia facilita muchos las cosas. La chimenea de mi casa en Rumanía está conectada a la red británica. Me costó un mundo conseguir los permisos, pero podría decirse que están a un tiro de piedra. Además, volando no se tarda demasiado en llegar a Inglaterra. Y siempre podría solicitar algún traslador, aunque es un follón y odio los trasladores. Me ponen muy mal cuerpo.

—A mí también. La primera vez que usé uno fue durante aquel mundial de quidditch, cuando debutó Krum.

Y cuando los mortífagos atacaron a los asistentes. Lucian vio a sus padres desaparecer sin más explicaciones. Desde el principio supo lo que habían hecho, aunque nunca lo llegara a mencionar.

—Me puse tan enfermo que me perdí el primer partido de Inglaterra.

No tendría que haber reconocido esa debilidad en voz alta. De hecho, Charlie es la primera persona que sabe eso.

—Pues no te quiero ni contar todos los trámites burocráticos que tienes que hacer si quieres pedir uno. Es preferible viajar menos a Inglaterra.

Lucian vislumbra su casa en la distancia. Sólo les faltan cien metros para llegar.

—¿Alguna vez has usado un medio de transporte muggle? —pregunta Charlie—. Yo cogí un avión. La parte de volar no está nada mal y es bastante rápido, pero tener que esperar en los aeropuertos es un coñazo.

—¿Tengo pinta de haberme subido en una de esas cosas?

—No sería tan raro. Supongo que a Hogwarts ibas en tren, ¿verdad? Pues es un invento muggle.

—Adaptado por brujos, si no recuerdo mal.

—En casa teníamos un Ford Anglia. Un coche. De esos que tienen cuatro ruedas y circulan por las ciudades.

—Máquinas infernales. En Londres, casi me atropella uno.

—Y eso por no hablar del Autobús Noctámbulo.

Lucien se estremece, recordando la primera y última vez que se le ocurrió la genial idea de subirse ahí.

—En mi vida he estado más cerca de la muerte.

Charlie Weasley se detiene un instante para mirarlo. ¿Qué estará pensando? A continuación, se pone a reír a carcajadas. Está loco. Como un hipogrifo rabioso.

—¿Qué te pasa ahora?

—Creo que necesitas abrir tu mente. Me gustaría llevarte de paseo por el mundo muggle para que veas como es en realidad.

—No me parece que sea algo necesario.

—Eres un cuidador de dragones. No pueden asustarte los muggles.

—¡Claro que no me asustan! Es sólo que me parecen desagradables.

—¿A cuántos has conocido?

Aunque podría ser un reproche, no lo es en realidad. Charlie parece más curioso que otra cosa. Ya han recorrido los últimos metros que los separaban de su cabaña y, sin pensarlo demasiado, Lucian ha ido a sentarse en su columpio. Charlie se acomoda a su lado de forma inmediata.

—No demasiados, la verdad. A mis padres no les gustaba salir del mundo mágico y ahora vivo aquí. No necesito ir más lejos.

Charlie asiente. Clava su mirada en el suelo. Lucian se fija en su nuca. También es fascinante. Se imagina acariciándola al mismo tiempo que se aferra a su cintura y da rienda suelta a su pasión. No. No debe pensar en eso. Siente que su piel está a punto de hervir, pero Weasley tiene a bien regarle con un cubo de agua fría.

—¿Cómo están? Tus padres, quiero decir.

—Ya lo sabes.

Condenados a cadena perpetua en Azkaban. Acusados de cometer crímenes antinaturales y de masacrar muggles.

—Sé dónde están, no cómo se encuentran. Mi cuñada Hermione dice que las condiciones de vida en la cárcel han mejorado mucho.

No le apetece responder. No está seguro de tener suficiente confianza para hacerlo, pero los ojos azules de ese cretino no le dan tregua. Traga saliva y se sincera con él. Tampoco acostumbra a hablar sobre sus progenitores con nadie.

—La última vez que fui a visitarlos fue hace dos años. No tenían mal aspecto. Estaban en la misma celda y tenían acceso a algunos libros. Mi padre estaba aprendiendo a tejer y mi madre pinta.

—Eso está bien, que puedan hacer algo útil. Entretenerse.

—Puede, pero no tienen esperanza. Saben que van a morir en Azkaban. Me pidieron que no volviera por allí, así que me limito a escribirles un par de veces al mes. Casi nunca me responden.

Ya está. Lo ha contado todo. No quiere que Weasley le mire con lástima. Odia que la gente se compadezca de él.

—Creo que con los años se podrán suavizar las penas. Si se muestran arrepentidos, a lo mejor los liberan. El que estén encerrados de por vida no le aporta nada a nadie.

Lucian sonríe. Siente la amargura subiéndole por la garganta.

—Mi madre pinta cuadros de muggles torturados. Mi padre hace bufandas para estrangular a los sangresucia. No sé si son fieles a sus principios o están chalados.

Charlie se queda callado entonces. Mira hacia el suelo y se presiona la palma de la mano derecha con los dedos. ¡Merlín! ¿Cómo pueden ponerle tan cachondo unas simples manos? ¿Cómo es posible que, después de esa breve conversación, vuelva a sentir el fuego en su interior? A lo mejor los señores Bole no son los únicos que están enfermos. Cuando Charlie alza la cabeza y fija en él esos preciosos ojos claros, se estremece entero.

—Lo siento, Lucian.

—¿Qué?

Gruñe porque no sabe qué otra cosa puede hacer.

—Que tus padres estén en Azkaban. Que el Ministerio de Magia te lo quitase todo, como si hubieras tenido la culpa de lo que ellos hicieron. Que tengas que vivir aquí porque en Inglaterra te tratan de puta pena.

Y ahí está la compasión. Justo lo que no desea. Se revuelve, incómodo, con la imperiosa necesidad de defenderse. No sabe muy bien de qué.

—Estoy bien, Charlie.

Él sonríe. A Lucian le parece que el mundo se ralentiza cuando ve esa mano alzarse en el aire en busca de su mejilla. Se le corta la respiración cuando le acaricia con los nudillos. Suave, tierno, decidido.

—Ya lo sé. Eres el tío más fuerte que he conocido en mucho tiempo, Lucian.

Ya está bien. No puede más. No sabe si ese cretino le está provocando, si es un inconsciente o si está perdiendo la razón, pero se acabó el hielo. No más contención, no más tonterías. Agarra la muñeca de Charlie con fuerza, coloca la otra mano en su nuca y le besa. Sin andarse por las ramas. Mete la lengua en su boca, le muerde el labio inferior y no se detiene hasta arrancarle un gemido que suena desesperado.

A lo mejor Lucian no es el único que se estaba quemando por dentro.

Tiene muy claro lo que desea hacer. Se separa unos centímetros y otra vez se enfrenta a su mirada. Hay fuego en ellos. El fuego de un Gryffindor, de un Weasley. De un puñetero cuidador de dragones.

—Tienes dos opciones, Charles. O te largas ahora mismo o te preparas para todo lo que pienso hacerme.

Debería tenerle miedo. En cambio, sonríe. Provocador.

—¿Cómo qué?

—Para empezar, te voy a follar en este columpio.

¡Oh, sí! Sus recuerdos en relación al estúpido balancín van a cambiar sustancialmente. Nada de melancólicas tardes bebiendo café y buscando algo inexistente entre los árboles.

Weasley amplía la sonrisa.

—A lo mejor me apetece cambiar las tornas. Tengo más experiencia que tú.

¿Cómo puede saberlo?

—Estamos en mi territorio. Decide, Weasley.

La respuesta llega en forma de beso hambriento. Lucian lo agarra por la nuca y tira de sus cabellos, instándolo a recostarse un poco. No piensa darle ni un momento de tregua. Es Noruega, es su reserva y es su columpio. Y su Weasley, por supuesto. Se asegura de que la espalda quede bien apoyada en la madera y cumple con su sueño de los últimos días: le arranca la camisa de un tirón. Le alegra que no lleve nada más debajo. Acaricia con lujuria ese pecho velludo, fibroso y salpicado por cicatrices. No tarda mucho en inclinarse para morder un pezón. Charlie gime y se mueve, pidiéndole sin palabras que no pare.

—Me vas a perdonar, Charlie —susurra en su oído después de otro beso, justo después de abrirle los pantalones y acceder a su intimidad—, pero no hay tiempo para preliminares.

—¡Claro que no, joder!

Ambos están igual de ansiosos. Con un movimiento brusco, hace que se dé media vuelta y consigue acceso total a su cuerpo. A lo mejor, más adelante puedan ponerse más mimosos, pero esa tarde arden. Sus cuerpos podrían apagar las llamas de fuego que escupen los dragones. Se queman y sólo existe una forma de enfriarse mutuamente. Lucian no tarda en moverse sobre él, acariciando, besando y procurando dar tanto placer como recibe. Sus gruñidos reverberan entre los árboles y sus pieles se perlan de sudor. Cuando culminan, Lucian jadea, ahogándose, ansioso por recuperar el aliento.

No se levanta de inmediato. Se inclina hacia delante y besa la nuca de Charlie Weasley. Si, ese estúpido Gryffindor pelirrojo. Se siente pleno, plácido, dichoso. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que compartió algo tan intenso con alguien, si es que tal cosa ha acaecido alguna vez. Le alegra que los cabellos de su amante estén húmedos gracias a él. Porque, joder si hace frío en Noruega, aunque no puedan notarlo.

—Lucian. —La voz de Charlie es un gruñido—. Me estoy clavando el asiento en la tripa.

Se levanta, sentándose a su lado. Charlie no tarda nada en acurrucarse sobre él tras acomodar su ropa. Se mecen juntos durante largos minutos mientras la noche se cierne sobre ellos.

—Es tarde. Debería irme.

Puto idiota.

—Te invito a cenar. Además, me apetece probarte en un sitio más cómodo y con mucha más calma.

Weasley se ríe. Es como si su capacidad para estar de buen humor no se le acabara nunca.

—Eso suena a que seré tu cena.

—Puedes tomártelo como quieras.

Charlie escoge el mejor momento para quedarse callado. Lucian puede sentir los latidos de su corazón en su costado. Es un golpeteo fuerte y constante, tranquilizador. No está seguro de qué es lo que quiere a partir de ese día. No sabe si desea que esa relación vaya más allá o se acabe cuando Charlie regrese a Rumanía. En el fondo le da igual. Es un hombre que siempre ha disfrutado del día a día, que nunca se ha permitido el lujo de pensar en el futuro. Lo que tenga que pasar, pasará, se preocupe o no por ello. Acaricia el brazo de Charles Weasley y cierra los ojos. Escucha el murmullo del viento. Aspira el aroma salvaje de la naturaleza.

Es feliz.