No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.


Orgullo y Placer

1

Londres, Inglaterra, 1818

En su calidad de detective, Edward Cullen se había entrevistado con gente en sitios de lo más curiosos, pero ésa era la primera vez que había concertado una cita en una iglesia. Algunos de sus clientes se sentían más cómodos quedando en locales de mala muerte. Otros preferían el lujo. Aquél en concreto parecía una persona de profundas convicciones religiosas, ya que había elegido la iglesia de Saint George como lugar de encuentro. Edward suponía que le habría parecido un lugar seguro, lo que lo llevaba a pensar que la persona que lo había citado se sentía incómoda o insegura. Sin duda le habían llegado noticias de su dudosa moral. Mucho mejor. Así le pagaría bien y se mantendría a distancia. Eran los casos que más le gustaban.

Al bajar del carruaje, Edward se detuvo a contemplar el impresionante atrio y las columnas corintias de la fachada principal de la iglesia. Un murmullo de cánticos llegaba desde el interior, en abierto contraste con los gritos de los frustrados cocheros y con el ruido de cascos de caballos a su espalda. Golpeó el suelo del carruaje con el bastón que sujetaba por la empuñadura con forma de cabeza de águila y despidió al conductor con un leve toque en el sombrero.

La cita de ese día había sido concertada por el señor Thomas Lynd, un hombre que contaba con su confianza por muchas razones. La más importante era que Lynd había sido su mentor y maestro en el oficio. Edward no se consideraba moralista, pero le gustaba ceñirse al código ético que Lynd le había enseñado: ayudar a los que realmente lo necesitan.

Nunca exigía dinero a cambio de protección, como hacían otros sabuesos. Ni robaba cosas con una mano para devolverlas con la otra a cambio de una recompensa.

Se limitaba a buscar objetos perdidos y a proteger a los que lo necesitaban. Y eso lo llevaba a preguntarse por qué Lynd le habría pasado este caso, ya que él se movía por los mismos principios.

Edward era muy aficionado a resolver misterios, así que estaba dispuesto a averiguar los motivos de la decisión de Lynd. Lo que no le gustaba era tener que ir a la entrevista personalmente. Por norma general, prefería enviar a un empleado que hiciera las preguntas. Eso le permitía conservar el anonimato, tan necesario para sus planes personales.

Al entrar en la iglesia, se detuvo un momento para absorber la ola de música que lo envolvía. En la parte delantera de la nave, a mano derecha, se alzaba el púlpito cubierto. A la izquierda había una sillería de dos niveles. Los numerosos bancos estaban vacíos. Sólo los miembros del coro ocupaban la iglesia, llenando el aire con sus voces que se elevaban en oración.

Edward miró su reloj de bolsillo. Era la hora exacta que habían acordado. En su profesión era importante ser estrictamente puntual. Se dirigió hacia la escalera que subía a la galería.

Al llegar al descansillo, se detuvo. Su mirada fue atraída sin remedio por una masa de pelo blanco que desafiaba la ley de la gravedad. Una cinta negra trataba de domarlo, pero parecía agotada, como si hubiera perdido la esperanza de lograrlo y se hubiera conformado con recoger sólo una parte en una coleta torcida y despeinada.

Mientras observaba esa coleta, el desafortunado dueño de aquella horrible pelambrera levantó la mano y se rascó la cabeza, despeinándose aún más.

Edward estaba tan fascinado que no se había fijado en la mujer menuda sentada al lado del dueño del espantoso pelo. Pero en cuanto lo hizo, el foco de su atención cambió por completo. Ella era el polo opuesto de su acompañante en lo que a cabellera se refería: tenía una brillante melena de un tono cobrizo tan poco habitual que llamaba la atención.

Eran los únicos ocupantes de la galería, pero ninguno de ellos tenía el aire del que está esperando a alguien. Al contrario, parecían absortos en la actuación del coro.

¿Dónde estaba su cliente?

La mujer pareció notar que la estaba observando, porque se volvió hacia Edward y lo miró a los ojos. Era atractiva. No de un modo tan excepcional como su cabello, pero tenía unos rasgos agradables. Los ojos, de un azul intenso, lo miraban entre unas espesas pestañas. Tenía pómulos altos y una nariz que indicaba firmeza de carácter.

Al morderse el labio inferior, dejó al descubierto unos dientes blancos y bonitos, y cuando frunció los labios se le formó un hoyuelo en la mejilla. Era una cara más bonita que hermosa, aunque lo que más le llamó la atención fue el disgusto que mostró al verlo.

Señor Cullen —dijo, tras un breve silencio—, no lo he oído llegar.

Podría haberlo atribuido al coro, pero lo cierto era que siempre caminaba de forma silenciosa. Hacía tiempo que había aprendido a hacerlo. Le había salvado la vida en el pasado y esperaba que le siguiera resultando una habilidad útil durante mucho tiempo.

La joven se levantó y avanzó hacia él con decisión, ofreciéndole la mano. Como si lo hubieran ensayado, el coro dejó de cantar en ese preciso instante. En el silencio que siguió, ella se presentó:

Soy Bella Swan.

Su voz lo sorprendió. Era suave como una brisa de verano, pero con un fondo de acero. El sonido quedó suspendido en el aire gracias a la resonancia del recinto, despertando la imaginación de Edward y llevándolo en direcciones poco recomendables.

Cambiándose el bastón de mano, se inclinó sobre la que ella le ofrecía.

Señorita Swan.

Le agradezco que haya sido tan amable de venir hasta aquí. Sin embargo, es usted exactamente como me temía que fuera.

Oh. —Aunque sorprendido por sus palabras, Edward estaba cada vez más intrigado—. ¿En qué sentido?

En todos los sentidos, señor. Me puse en contacto con el señor Lynd porque necesito a un tipo de hombre muy concreto. Y usted, señor, no se parece en nada a mi petición.

¿Le importaría ser un poco más concreta?

Sería demasiado largo de explicar.

En mi profesión, uno espera que los demás sean predecibles, pero odia serlo.

Ya que, al parecer, soy todo lo que no desea encontrar en un hombre, le agradecería que me explicase los criterios que la han llevado a esa conclusión.

La señorita Swan meditó su respuesta. Mientras lo hacía, Edward confirmó lo que su instinto le había dicho en el primer momento: a Bella Swan no le resultaba indiferente. Antes de que su cerebro racional se hubiera puesto en acción, el instinto de la joven había reaccionado del mismo modo que el de él: las ventanas de la nariz se le habían abierto, su respiración se había agitado, todo su cuerpo se había tensado… los signos clásicos de una cierva que nota que un depredador está cerca.

Ya veo —respondió ella con un hilo de voz—. Supongo que no le falta razón.

Claro que no. Nunca miento a un cliente. —Tampoco se acostaba con ellos, pero eso podría estar a punto de cambiar.

No lo he contratado, así que no soy su clienta.

El hombre de la rebelde pelambrera los interrumpió:

Bella, cásate con Montague y acaba con esta farsa.

Al oír ese nombre, Edward entendió al momento por qué Lynd le había pasado el caso. Tuvo claro también que Bella Swan no tenía ninguna posibilidad de librarse de él.

No permitiré que nadie me obligue a hacer nada contra mi voluntad, milord —replicó ella, con firmeza.

En ese caso, invita al señor Cullen a sentarse.

No será necesario —se resistió la joven.

Sorteándola, Edward se sentó detrás de ellos.

Señor Cullen … —empezó a protestar la señorita Swan, pero, suspirando, se resignó—. Milord, permíteme que te presente al señor Edward Cullen . Señor Cullen , le presento a mi tío, el conde de Melville.

Lord Melville. —Edward lo saludó con una inclinación de cabeza. Sabía que Melville era el cabeza de familia de los Tremaine, un linaje famoso por sus excentricidades—. Creo que averiguarán que soy capaz de llevar a cabo cualquier tarea para la que se precise a un detective.

La señorita Swan lo miró con los ojos entornados. Al parecer, no le gustaba que la ignoraran.

Señor, no dudo de que sea usted un hombre muy capaz en cualquier circunstancia. Sin embargo…

¿Los criterios para rechazarme serían…? —la interrumpió él, volviéndose en redondo para mirarla. No le gustaba proseguir la conversación dejando temas pendientes.

Es usted muy tenaz. —La señorita Swan permanecía de pie, dispuesta a despedirlo en cualquier momento.

Una característica muy valorada en mi profesión.

Sí, pero que no altera las demás.

¿Y las demás son…?

El conde seguía la conversación mirando ahora al uno, ahora al otro.

Ella negó con la cabeza.

¿No podemos dejarlo así, señor Cullen ?

Preferiría que no —respondió él, dejando el sombrero en el banco—. Me enorgullezco de mi capacidad para enfrentarme a cualquier situación. Es una cuestión de orgullo personal. ¿Cómo voy a poder seguir afirmándolo si hay algo que no puedo hacer y ni siquiera sé de qué se trata?

No digo que sea usted un mal profesional —protestó la señorita Swan—. Sólo que no es la persona que necesito para mi situación.

¿Y cuál es esa situación?

Es un tema delicado.

En el que no puedo ayudar si desconozco los detalles.

No le he pedido ayuda, señor Cullen . Parece que le cuesta entenderlo.

Porque usted se niega a explicarse. Al señor Lynd le pareció que yo podría ayudarla y usted confió en su criterio, por eso concertó esta cita.

Y Edward se aseguraría de agradecérselo como se merecía. Hacía demasiado tiempo que nada había logrado interesarlo, aparte del deseo de venganza.

El señor Lynd no ha tenido en cuenta las mismas cosas que yo.

¿Y cuáles son esas cosas?

Señor, es usted exasperante.

Y ella fascinante. Le brillaban los ojos mientras golpeaba el suelo con el pie y apoyaba los puños apretados en las caderas. Pero siguió resistiéndose a las provocaciones de Edward. A éste su resistencia le parecía de lo más atractiva. ¿Hasta dónde tendría que llegar para romper sus defensas y verla perder el control? Estaba deseando descubrirlo.

Le compensaré por haberle hecho perder el tiempo —dijo ella—. Ya ve. No habrá sido un viaje en balde. Ahora, no hace falta seguir con esta conversación.

No ha tenido en cuenta, señorita Swan, que podría asignarle el caso a alguno de mis empleados. Sin embargo, no puedo hacerlo si no conozco la situación y no sé qué tipo de servicio necesita. —Tenía intención de ocuparse de sus necesidades de manera muy personal, pero si debía usar algún subterfugio para lograr el delicioso premio, que así fuera.

¡Oh! —exclamó ella y se mordió el labio inferior antes de añadir—: No había pensado en ello.


Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo

¶Love¶Pandii23