No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.
Orgullo y Placer
2
—Eso me parecía.
Entonces, la joven se sentó en el banco con mucha clase.
—Que quede claro de entrada que usted no da el perfil.
—No queda nada claro —replicó él, colocándose el bastón entre las piernas y apoyando las manos en la empuñadura—. Al menos, de momento.
Ella miró a su tío antes de volverse otra vez hacia Edward, claramente irritada.
—Me obliga a decir algo que preferiría omitir, señor Cullen : francamente, es usted demasiado guapo para el puesto.
Por unos instantes, él se quedó demasiado asombrado para responder. Luego sonrió satisfecho para sus adentros. Era deliciosa hasta cuando se enfadaba.
—El señor Lynd llama menos la atención que usted —siguió diciendo ella—.Usted es demasiado corpulento y, como ya he dicho, demasiado atractivo.
Lynd era veinte años mayor que él y de altura y complexión medias. Al mirar al conde, Edward notó que el hombre miraba confuso a su sobrina.
—No entiendo qué tiene que ver mi cara con mi capacidad como investigador —protestó.
—Además —siguió diciendo la chica, más decidida—, sería imposible esconder ese aire que tiene usted y que lo distingue de los demás.
—¿De qué aire está hablando? Le ruego que me lo aclare. —Cada vez le costaba más disimular lo mucho que estaba disfrutando con la conversación.
—Usted es un depredador, señor Cullen . No sólo tiene aspecto de serlo, sino que se comporta como tal. Para que me entienda, tiene usted aspecto de hombre peligroso.
—Ya veo.
La fascinación dejó paso al embrujo. Tal vez su futura clienta no fuera tan inocente como aparentaba. Al fin y al cabo, él se gastaba grandes cantidades de dinero en su aspecto, precisamente para conseguir una apariencia de respetabilidad que, por lo visto, a ella no la había engañado ni por un segundo.
—Dudo que tuviera éxito en su trabajo si no tuviera usted las cualidades de un peligroso depredador —aclaró la señorita Swan, como si quisiera compensarlo.
—Entre otras.
Ella asintió.
—Sí, me imagino que su profesión requiere que sea usted una persona con numerosas habilidades.
—Eso es útil, desde luego.
—Sin embargo, su belleza masculina invalida todo lo anterior.
—¿Podría ser más concreta, por favor, señorita Swan? ¿Puedo saber para qué quería contratarme?
—Para varias cosas, de hecho. Protección, investigación y… para hacerse pasar por mi prometido.
—¿Cómo? —La voz de Cullen retumbó en la galería de la iglesia.
Bella estaba sofocada y nerviosa y la culpa era de aquel hombre. No se había imaginado que fuera a ser tan curioso ni tan insistente. Y, ciertamente, tampoco tan atractivo. No sólo era el hombre más guapo que había visto nunca, sino que iba vestido con prendas dignas de un lord del reino y se movía con la gracia y la elegancia de un gran felino.
Y la manera que tenía de mirarla? Sólo podía traer problemas.
Que alguien así la contemplara de esa forma era desconcertante. Los hombres como él solían ignorar a las mujeres normales como ella. Por eso siempre se esforzaba en ir vestida de manera que no llamara la atención. ¿Para qué atraer la atención de nadie si luego no iban a saber qué hacer con ella?
Tal vez fuese el color de su pelo lo que le había interesado. Su madre le había contado que algunos hombres sentían una gran debilidad por ciertas partes del cuerpo de una mujer o por un tono especial de cabello.
—¿Podría… repetirlo, por favor, señorita Swan? —le pidió Cullen , mirándola con sus ojos negros, tan intensos.
En ese momento, Bella maldijo su costumbre de mirar a los ojos de su interlocutor, porque le resultaba muy difícil pensar ante la belleza de Edward Cullen .
Era asombroso de hombros para abajo, pero más todavía de hombros para arriba.
Tenía el pelo espeso y oscuro como su color de tinta favorito, e igual de brillante.
Aunque lo llevaba un poco demasiado largo, la longitud era perfecta para enmarcar los rasgos de su cara: la nariz distinguida, los ojos profundos, la boca severa pero sensual. Era muy significativo que, con aquel rostro tan atractivo, siguiera teniendo un aspecto tan amenazador. Era un hombre al que claramente era mejor no hacer enfadar.
—Necesito protección —repitió ella.
—Sí.
—Investigación.
—Eso lo he oído bien.
—Y un pretendiente —añadió, alzando la barbilla.
Él asintió como si fuera la petición más normal del mundo, pero no pudo ocultar el brillo de sus ojos.
—Eso me había parecido.
—Bella… —El conde se miró las manos, que tenía enlazadas en el regazo, y negó con la cabeza.
—Milord —dijo Cullen , al ver que se interrumpía—. ¿Conoce usted la naturaleza del servicio que precisa la señorita Swan?
—Tiempos difíciles los que nos ha tocado vivir —murmuró lord Melville—.Tiempos difíciles…
Cullen volvió la mirada hacia Bella, que alzó las cejas.
—¿Está bien?
—Su cerebro es tan privilegiado que se bloquea ante la mediocridad —respondió ella.
—O tal vez sea su petición lo que lo ha colapsado.
Bella enderezó la espalda.
—Mi petición es muy sensata. Y el sarcasmo es innecesario, señor Cullen . Haga el favor de prescindir de él.
—Claro. —La voz de Edward bajó de tono y se convirtió en un susurro casi amenazador—. ¿Y qué espera que le ofrezca ese pretendiente?
—No estoy buscando un semental, si es eso lo que está pensando, señor Cullen .
Sólo una mente depravada llegaría a esa conclusión.
—¿Un semental?
—¿No era eso lo que estaba pensando?
Edward Cullen sonrió y el corazón de ella dejó de latir por un momento.
—No, no lo era.
Queriendo acabar lo antes posible, Bella preguntó:
—Entonces, ¿tiene a alguien que pueda ocupar el puesto o no?
Él resopló suavemente, pero aquel sonido burlón parecía dirigido hacia sí mismo.
—Señorita Swan, le ruego que empecemos por el principio. ¿Por qué necesita protección?
—Recientemente he sido víctima de una serie de desafortunados… y sospechosos accidentes.
Bella esperaba que Edward se echara a reír o, al menos, que la mirara con escepticismo, pero no hizo ninguna de las dos cosas. Al contrario, su actitud se transformó por completo. Aunque se había mostrado atento desde su llegada, ahora estaba mucho más concentrado en el problema. Por primera vez, Bella lo valoró por algo más que por su aspecto.
Él se echó hacia delante en el banco.
—¿Qué tipo de accidentes?
—Alguien me empujó para que me cayera al lago en Hyde Park. Me cortaron las cintas de la silla de montar. Alguien soltó una serpiente en mi habitación…
—Tengo entendido que fue un agente de la ley quien la puso en contacto con el señor Lynd.
—Sí, investigó el caso durante un mes, pero no consiguió nada. Nadie me atacó durante el tiempo que él estuvo vigilando.
—¿Quién querría hacerle daño? ¿Y por qué?
Ella sonrió levemente, agradecida por el interés que estaba mostrando. Anthony Bell, el agente, nunca se había tomado el caso en serio. No había podido disimular la risa cada vez que le contaba algún percance. A Bella nunca le había parecido que se estuviera esforzando por descubrir quién estaba detrás.
—Francamente, no estoy segura. Sospecho que tal vez no quieran hacerme daño, sino sólo animarme a casarme. Si lo hiciera, mi marido me protegería de manera permanente. No veo otra explicación.
—¿Es usted rica, señorita Swan? ¿O espera serlo en el futuro?
—Sí. Por eso dudo de que quieran hacerme daño de verdad. Valgo más viva que muerta. Pero hay quien considera que no estoy a salvo viviendo bajo el techo de mi tío. Creen que no es un buen tutor. Que está un poco tocado de la cabeza y que habría que encerrarlo. Como si alguien con un mínimo de compasión pudiera encerrar en un manicomio a nadie. Yo no podría encerrar ni a un perro, mucho menos a un ser querido.
—Menuda tontería —refunfuñó el conde—. Estoy en plena forma. De cuerpo y de mente. ¡Fuerte como una roca!
—Así es, milord. —Bella le sonrió con afecto—. Siempre digo que lord Melville llegará a los cien años.
—¿Y qué espera conseguir añadiéndome a la lista de sus pretendientes? —preguntó Cullen —. ¿Detener al culpable?
—Espero que, al añadir a uno de sus empleados —lo corrigió ella— a mi lista de pretendientes, no vuelva a sufrir ningún accidente durante las seis semanas que quedan de temporada social. Además, si el nuevo pretendiente le parece una competencia peligrosa al atacante, tal vez dirija sus ataques hacia él y así sea más fácil detenerlo.
—Sinceramente, me gustaría poder preguntarle qué la llevó a idear un plan tan absurdo y qué pretendía conseguir con él.
Cullen se echó hacia atrás en el asiento, aparentemente sumido en sus pensamientos.
—Nunca se me habría ocurrido sugerirle a una persona inexperta que se pusiera en una situación tan peligrosa —prosiguió ella—, pero pensé que para un investigador acostumbrado a relacionarse con ladrones y criminales… un cazafortunas no sería rival.
—Ya veo.
Lord Melville, situado junto a Bella, murmuró algo para sí mismo, resolviendo acertijos y ecuaciones en su mente. Al igual que ella, su tío se sentía mucho más cómodo enfrentándose a situaciones predecibles, que pudieran ser cuantificadas de alguna manera. Tratar con asuntos que se escapaban a la razón les resultaba a ambos agotador.
—¿Qué tipo de persona le parecería adecuada para hacerse pasar por su pretendiente, protector o investigador? —preguntó Cullen finalmente.
—Debería ser alguien tranquilo, poco hablador y buen bailarín.
Él frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver ser aburrido o bailar bien con la habilidad para capturar a un posible asesino?
—No he dicho que tenga que ser aburrido, señor Cullen . Haga el favor de no poner en mi boca cosas que no he dicho. Si quiero que se lo considere un rival al que tener en cuenta, debe ser alguien hacia quien pudiera sentirme atraída.
—¿No se siente atraída por los hombres guapos?
—Señor, odio ser maleducada, pero no me deja alternativa. Me temo que su carácter es incompatible con el matrimonio.
—No sabe cómo me alegra oír eso en labios de una mujer.
—¿Alguna lo duda? —Con un gesto de la mano, Bella siguió hablando—: No me cuesta nada imaginármelo en medio de una pelea o en un duelo a espada, pero soy incapaz de verlo disfrutando de una partida de cróquet después de comer, jugando al ajedrez tras la cena o charlando con amigos en una tranquila sobremesa. Soy una persona intelectual, señor Cullen , y aunque estoy segura de que su mente es muy aguda, lo veo más capacitado para actividades físicamente agotadoras.
—Ah.
—Con sólo una mirada, cualquiera se daría cuenta de que no se parece en nada a los hombres que suelen acompañarme. Nadie se creería que me tomaba en serio a alguien como usted. Es obvio que somos incompatibles, y todo el mundo que me conoce sabe que no se me escapan ese tipo de detalles. Francamente, señor, no es usted mi tipo de hombre.
Él la miró con ironía, pero sin la petulancia que lo habría hecho resultar irritante.
Se notaba que estaba seguro de sí mismo, pero no era engreído. Bella comprobó, disgustada, que esa combinación de cualidades resultaba muy atractiva.
Aquel hombre era sin duda una fuente de problemas, y a ella no le gustaban los problemas.
Edward Cullen se volvió entonces hacia el conde.
—Le ruego que me disculpe, milord, pero creo que debo ser muy claro en este asunto. Sobre todo porque afecta a la integridad física de la señorita Swan.
—Me parece bien —contestó Melville—. Directo al grano, siempre lo digo. La vida es demasiado corta para gastarla en tonterías.
—Estamos de acuerdo. —Volviéndose hacia Bella, Cullen sonrió—. Señorita Swan, le ruego que me disculpe, pero tengo que señalar que su falta de experiencia en estos temas no le permite abordar el asunto como debería.
—¿Qué asunto?
—El de los hombres. Para ser más exactos, el de los cazafortunas.
—Déjeme que le diga que, durante los seis años que han pasado desde mi presentación en sociedad, he adquirido bastante experiencia sobre hombres en busca de financiación.
—Y, sin embargo, se le escapa el detalle de que el éxito de esos hombres no suele deberse a sus capacidades sociales.
—¿A qué se refiere? —preguntó ella, parpadeando.
—Las mujeres que se casan con cazadotes no los eligen porque bailen bien, ni porque sepan estar sentados en silencio. Lo hacen por su apariencia y por su fuerza física, dos atributos que ya hemos establecido que yo poseo.
—No veo por qué…
—No, es evidente que no, pero se lo explicaré. —La sonrisa de Cullen era cada vez más amplia—. Los cazafortunas que triunfan no se dedican a satisfacer las necesidades intelectuales de las mujeres. Para eso están los amigos o conocidos.
Tampoco lo logran gracias a su presencia en una mesa después de comer. Para eso están las reuniones sociales.
—Señor Cullen …
—No. Su triunfo se debe a que se centran en el único campo donde amigos o conocidos no tienen nada que hacer. Y muchos de ellos son tan hábiles en esa tarea que las mujeres se olvidan de todo lo demás.
—Por favor, no siga…
—El fornicio —murmuró el conde, antes de volver a su conversación interior.
—¡Milord! —exclamó Bella, poniéndose de pie.
Siguiendo los dictados de la cortesía, tanto su tío como el señor Cullen la imitaron.
—Yo prefiero llamarlo seducción —dijo este último, con los ojos brillantes.
—Pues yo lo llamo absurdo —lo reprendió ella, con los brazos en jarras—. En el gran esquema de las cosas, el tiempo que pasa una persona en la cama, comparado con el que dedica a otras actividades, es muy pequeño.
Cullen bajó la vista hacia las caderas de ella, sin dejar de sonreír.
—Eso depende de quién sea el otro ocupante de la cama.
—¡Santo cielo!
Bella se estremeció ante su mirada. Era una mirada expectante. No sabía qué había hecho para poner en marcha el dichoso orgullo masculino de aquel hombre, pero el caso era que lo había hecho.
—Una semana —sugirió Edward entonces—. Deme una semana para demostrarle mi punto de vista y mi capacidad. Si al final de la misma no la he convencido, no aceptaré ningún pago por mis servicios.
—Excelente propuesta —opinó el conde—. No tienes nada que perder.
—No estoy de acuerdo —lo contradijo Bella—. ¿Cómo explicaré la súbita desaparición del señor Cullen ?
—Pues alarguémoslo a quince días —propuso él.
—No lo entiende, señor. No soy actriz. Nadie creerá que me siento seducida por usted.
La sonrisa de Edward Cullen pasó de divertida a depredadora.
—Deje eso en mis manos. Al fin y al cabo, para eso me pagará, ¿no?
—¿Y si fracasa? Si abandona, no sólo tendré que inventar una excusa para su desaparición, sino buscar a otro detective que lo sustituya. Eso levantará sospechas.
—¿Lleva seis años con los mismos pretendientes, señorita Swan?
—Ése no es el tema…
—Acaba de hacer una lista de razones por las que no le parezco un candidato adecuado. ¿No puede limitarse a repetirlas cuando le pregunten por mi ausencia?
—Es usted extremadamente persistente, señor Cullen .
—Bastante, sí —admitió él—. Por eso descubriré quién es el responsable de esos lamentables accidentes y qué pretendía conseguir con ellos.
Bella se cruzó de brazos.
—No estoy convencida.
—Confíe en mí. Ha sido una suerte que el señor Lynd me propusiera para el caso.
Si no logro apresar al culpable, me atrevo a decir que será porque no habrá un culpable. —Cogió el bastón con fuerza—. Dejar al cliente satisfecho es una cuestión de orgullo para mí, señorita Swan. Cuando dé por cerrado este asunto, le garantizo que se sentirá totalmente complacida con mi trabajo.
Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo
¶Love¶Pandii23
