No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.


Orgullo y Placer

3

—A veces me impresiono a mí mismo con mi brillantez —graznó Thomas Lynd al entrar en el despacho de Edward, con el sombrero en la mano.

A Lynd no le gustaba que los mayordomos lo anunciaran. Podía tolerar a los lacayos, pero no a los mayordomos, que, a pesar de formar parte del servicio, eran mucho más expertos en protocolo que él.

Edward se echó hacia atrás en la silla con una sonrisa de bienvenida.

—Esta vez te has superado a ti mismo.

Como de costumbre, la ropa de Lynd era excesiva y el resultado poco satisfactorio. Es lo que pasa cuando se lleva una tela de calidad a un sastre que no sabe cómo utilizarla. A pesar de todo, Lynd tenía un aspecto más elegante que muchos de sus colegas de profesión. Su objetivo era provocar respeto entre las clases bajas y, al mismo tiempo, que su apariencia no resultara amenazadora para la buena sociedad.

Se sentó en una de las dos sillas situadas frente al escritorio de Edward.

—En cuanto mencionó a Montague, no lo dudé ni un segundo.

Aunque Lynd visitaba a Edward con regularidad, miró a su alrededor como si estuviera viendo la habitación por primera vez. Clavó la mirada en la estantería de caoba que cubría una de las paredes y en las cortinas azules que colgaban en los ventanales de la pared opuesta.

—Además —siguió diciendo—, quería un maldito perro faldero, y ninguno de nuestros conocidos tiene un pedigrí como el tuyo.

—Ser un bastardo nunca es una ventaja.

Lynd no tenía ninguna dificultad en cruzar la barrera de clases. Edward en cambio no lo tenía tan fácil, pero, curiosamente, esa incapacidad solía ayudarlo en su trabajo, ya que muchas veces la clase alta lo contrataba precisamente porque en su mundo nadie lo conocía. En el caso de Bella Swan, podría hacerse pasar por su pretendiente, ya que nadie en su entorno sabía quién era.

—En este caso lo será. —Lynd se pasó una mano por su pelo castaño, que aún no se veía afectado por el paso del tiempo—. Te hará falta toda la paciencia del mundo para aguantar a esa pandilla de idiotas pomposos que rodean a la sobrina de Melville.

Y tampoco te irá nada mal tu capacidad de pasar inadvertido, crea ella lo que crea.

Edward se acercó a las licoreras que tenía sobre la consola, junto a las ventanas.

Lynd era una de las pocas personas del mundo que conocían sus orígenes. Edward confiaba en él, ya que en el pasado había mostrado una gran amabilidad hacia su madre que ésta había necesitado desesperadamente.

Mientras servía dos copas de armañac, levantó la cortina con un dedo y vio a los dos lacayos de aspecto no muy respetable que esperaban junto a la puerta principal.

Eran los hombres de Lynd.

A Edward no le había sido fácil encontrar casa en una zona respetable que tolerara sus actividades. Sus vecinos aceptaban las incomodidades de sus continuas idas y venidas a cambio de la seguridad que les daba tenerlo en el barrio. Gracias a su presencia, se había reducido la delincuencia en los alrededores. Le parecía un precio tolerable para no tener que vivir en Fleet Street o en The Strand, o en cualquiera de las calles donde vivían Lynd y la mayor parte de sus colegas. Odiaba aquella zona.

Allí era imposible librarse del hedor que subía de las cloacas que desembocaban en el río, pues ese olor impregnaba los muros mismos de los edificios.

Volvió a su asiento y dejó uno de los vasos frente a Lynd.

—He quedado con la señorita Swan esta tarde. Me informaré sobre el interés real de Montague en conseguir su mano. Tal vez esté ya tan desesperado que haya empezado a hacer tonterías.

—El asunto es absurdo de principio a fin —refunfuñó Lynd—. Si alguien quiere casarse con ella, que se lo pida directamente. Aunque me imagino que los candidatos son tontos o están desesperados por mezclar su sangre con la de los Tremaine. La muchacha debe sentirse agradecida de que su padre dejara la herencia a su nombre.

De otro modo, le habría resultado imposible atraer a un hombre.

Edward alzó las cejas. Él se había sentido atraído por ella desde que la había oído hablar.

—Francamente —siguió diciendo Lynd—, debería decidirse por uno de ellos y olvidarse del tema. Es lo que haría cualquier mujer. A esa chica la han dejado muy suelta. Lo de contratar a un detective fue idea suya. El conde está demasiado ocupado recorriendo su laberinto mental como para controlarla. Cuando me reuní con ellos, las únicas veces que Melville abrió la boca fue para hablar solo.

—¿Quieres llegar a alguna parte con tus críticas o sólo estás pasando el rato?

—Seis semanas se te harán eternas, estoy seguro. No hay compensación económica capaz de devolverle a nadie la cordura. Y la señorita Swan es testaruda como pocas. No es una mujer normal. Tuvo el descaro de mirarme de arriba abajo, lo que tiene mérito, porque soy bastante más alto que ella, y decirme que debería buscarme un buen sastre. No tiene modales. No sé cómo la aguanté tanto rato. Me sacó de mis casillas.

—En ese caso, hiciste bien en no aceptar su oferta —bromeó Edward—. No habrías sido un pretendiente nada convincente.

—Si tú lo consigues, te diré que has errado la vocación y que tu lugar estaba en los escenarios.

—Haré todo lo necesario para evitar que Montague consiga el dinero que le hace falta para recuperar el documento de propiedad.

Y si la manera de impedir que conquistara a Bella Swan era seducirla él personalmente, todo eso que saldría ganando.

—La venganza es peligrosa, muchacho. Se vuelve contra el que la practica, no lo olvides.

Él sonrió con ironía.

Lynd se encogió de hombros.

—Haz lo que quieras. Siempre lo haces.

El documento de propiedad al que se refería Edward correspondía a una parcela de terreno en Essex donde se levantaba una modesta casa. Era, con diferencia, la propiedad más pequeña de Edward, pero tenía un valor incalculable para él.

Representaba años y años de tenaz trabajo para conseguir vengarse. Si Montague no conseguía el dinero para recuperarla en seis semanas, sería suya definitivamente, para destruirla o para hacer con ella lo que quisiera.

Edward abrió el cajón del escritorio y sacó un saquito de monedas.

Lynd dudó un poco antes de cogerlo.

—Ojalá pudiera permitirme no aceptarlo.

—Bobadas. Nunca podré pagarte todo lo que te debo.

Edward acompañó a Lynd a la puerta y, cuando éste se hubo marchado, echó un vistazo al reloj situado sobre la repisa de la chimenea.

Faltaban pocas horas para que volviera a ver a la señorita Bella Swan y estaba más impaciente de lo razonable. No debería estar pensando en una mujer que le había dicho que era un saco de músculos sin cerebro.

Pero en su trabajo era importante resolver los problemas de uno en uno, a medida que se iban presentando. Aún faltaban horas para su cita con Bella y de momento había otros asuntos que requerían su atención.

Sin embargo, permaneció apoyado en el quicio de la puerta de su oficina, preguntándose cómo debería vestirse para la entrevista. ¿Debería tratar de impresionarla con su aspecto u optar por un estilo sobrio, parecido al suyo propio?

Se sorprendió al darse cuenta de que la opinión de ella le importaba. No era una mujer fácil de impresionar, por eso su aprobación tenía más valor.

—Me haré un nudo trône d'amour —murmuró, tocándose el pañuelo que llevaba al cuello. Una vez decidido eso, se sentó, dispuesto a centrarse en el trabajo al menos

durante una hora.

Edward cruzó el umbral de casa de los Melville a las once en punto. Tras cerrar la tapa de su reloj de bolsillo, esperó unos instantes mientras el mayordomo se ocupaba del sombrero y el bastón. Sólo fueron unos instantes, pero se le hicieron eternos. Se preguntó cuál sería la causa de su impaciencia y llegó a la conclusión de que la capacidad de Bella para sorprenderlo era lo que más le gustaba de ella.

Al darse cuenta de esto, también llegó a otra conclusión: hacía mucho tiempo que nada lo sorprendía. Siempre sabía lo que los demás iban a decir antes de que lo dijeran. Sabía cómo iban a responder antes de que abrieran la boca. Todo el mundo seguía las normas de etiqueta, las normas de comportamiento. Asistir a un acto social era como ir al teatro. Todos conocían el fragmento de texto que les tocaba recitar y sabían cuándo debían hacerlo.

En cambio, Bella no había dicho ni una palabra previsible.

—Por aquí, señor.

Edward siguió al mayordomo hasta un despacho y se detuvo en el umbral mientras aquél lo anunciaba. Con las manos detrás de la espalda, echó un vistazo a la habitación. Se fijó en que los muebles eran eminentemente masculinos, pero el efecto quedaba suavizado por las cortinas floreadas y los cuadros de paisajes campestres.

Daba la sensación de que la estancia hubiese pertenecido a un hombre en el pasado y que hubiera cambiado de dueño.

—Ah, buenos días, señor Cullen .

Con una reverencia, el mayordomo se apartó, dejando al descubierto a la esbelta mujer que hasta entonces había quedado oculta tras él. Bella estaba sentada ante un escritorio de nogal tan grande que se veía muy pequeña en comparación. No levantó los ojos de su trabajo, lo que permitió a Edward contemplar sus rizos, que llevaba recogidos en la coronilla, y los hombros, parcialmente cubiertos por un vestido de fino encaje.

Se acercó a una de las dos sillas que había frente al escritorio y, antes de sentarse, se fijó en lo que Bella estaba haciendo. Eran libros de contabilidad. Estaba revisándolos a gran velocidad, escribiendo en la última columna números pequeños pero muy claros.

—Una vez más es usted muy puntual —murmuró ella.

—¿Un defecto más para añadir a mi lista?

Bella alzó la vista y lo miró entre sus espesas pestañas.

—¿Le apetece una taza de té?

—No, gracias.

Dejando la pluma a un lado, despidió al mayordomo con un gesto.

—Su puntualidad me indica que valora su tiempo. Quiero creer que también indica que valorará el mío, cosa que agradezco.

—¿Qué más cosas valora, señorita Swan?

—¿Qué importancia tiene eso?

Él sonrió.

—Ya sea como pretendiente enamorado o como cazafortunas, se supone que tengo que saber cosas sobre usted.

—Claro. —Bella frunció el ceño antes de decir—: Valoro la intimidad, la soledad, los libros de mi biblioteca, mi caballo y mi dinero.

Edward observó cómo tamborileaba con los dedos sobre el libro de contabilidad.

—¿Lleva los libros personalmente?

—Como mi padre antes que yo.

—¿Por qué no se ha casado?

Bella se retrepó en la silla y se cruzó de brazos.

—¿Está usted casado, señor Cullen ?

—Edward —la corrigió él, esperando oírla pronunciar su nombre con aquella voz suave e implacable a un tiempo—. Y no, no estoy casado.

—Entonces, le hago la misma pregunta: ¿por qué no se ha casado usted?

—Mi modo de vida no es compatible con el matrimonio. Tengo horarios raros y compañías aún más raras.

—Hum, pues yo no me he casado porque todavía no he encontrado a nadie que merezca la pena, el esfuerzo y el gasto. —Bella se encogió de hombros—.Francamente, el matrimonio me parece algo exageradamente caro. Aparte de que con él perdería el control de mis finanzas, debería invertir una gran cantidad de tiempo en otra persona. Sé que soy rara, o tal vez sólo soy Tremaine hasta la médula, pero las relaciones sociales me agotan. Tengo que pensar cada cosa antes de decirla y pasarla por varios filtros para que mi interlocutor no se ofenda.

Ya había encontrado la clave para meterse en su cama: animarla a ser ella misma.

Era una solución perfecta, ya que a Edward nada le gustaba más que escuchar sus ideas tal como salían de su mente, sin filtrar. Iba a disfrutar muchísimo descubriendo qué clase de mujer se escondía tras ese cerebro.

—Bella —dijo Edward observando con atención cómo reaccionaba ante su inesperada familiaridad: la ligera dilatación de las pupilas, el batir de las pestañas y la aceleración del pulso en el cuello—, debo confesar que estaba ansioso por que llegara nuestra cita, precisamente para poder oír las cosas que salen de su boca.

Lo que lo llevó a pensar en qué otras cosas le gustaban de ella. Como por ejemplo, la curva del carnoso labio inferior y cómo lo adelantaba un poco cuando la provocaba. Incluso el modo en que movía la boca cuando hablaba.

Las cosas que quería hacerle a esa boca lo escandalizaban incluso a él. Quería sentirla sobre la piel, susurrándole palabras atrevidas, cubriéndolo de suaves besos, provocándolo, succionando…

Inspiró hondo, disgustado por primera vez en su vida con su instinto, en el que tanto confiaba y que tantas veces le había salvado la vida. Pero una cosa era que una mujer lo atrajera sexualmente, algo que le parecía agradablemente estimulante, y otra cosa muy distinta que dicha atracción le causara ese efecto.


Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo

¶Love¶Pandii23