No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.


Orgullo y Placer

4

—No es nada habitual que un cliente sea tan directo. Pero lo agradezco mucho. El resultado de la investigación es mucho más útil.

Bella ladeó la cabeza y un mechón de pelo le cayó cerca de su delicada oreja.

Parecía estar a punto de hablar, pero no lo hizo. En vez de eso, sacó una hoja de papel de debajo del libro de contabilidad y se la entregó.

Edward se echó hacia delante para coger el papel y le dio la vuelta para leerlo. Al igual que en los libros de contabilidad, las columnas eran precisas y ordenadas, pero el modo de formar las letras era algo distinto al que usaba para los números. Éstas le quedaban un poco inclinadas, no como los números, que escribía muy rectos.

Alargaba las letras por arriba y por abajo y a veces les sobraba un poco de tinta, como si no tuviera paciencia para sacudir el exceso antes de ponerse a escribir. Edward se fijaba en estos detalles mientras leía.

Decía mucho de ella el mimo con que escribía los números y la poca atención que le merecía un listado de nombres. En éste había catalogado a sus pretendientes por rango. Especificaba el título nobiliario —si lo había—, el tiempo que llevaban cortejándola, la edad, una concisa descripción física y algún rasgo característico, como una tendencia a aclararse la garganta o un tic en la nariz. Con la información que le había suministrado, a Edward no le costaría demasiado asignarle un nombre a cada cara.

—Estoy impresionado con su capacidad de observación —dijo Edward, alzando los ojos de la lista.

Cuando ella hizo amago de sonreír, Edward se dio cuenta de que todavía no la había visto hacerlo de verdad.

—Gracias. Anoche llegué a la conclusión de que ésta iba a ser mi última temporada en sociedad. Cuando hice mi presentación, llegué a un acuerdo con mi tío.

Seis temporadas como máximo. Pero últimamente me lo había estado replanteando.

Lo hago por él, que me pide tan pocas cosas.

—Ya veo.

Mejor que mejor. No tendría que lidiar con cargos de conciencia por disfrutar de ella si no había querido casarse.

—Así que he decidido utilizar sus servicios durante las seis semanas restantes, señor Cullen . Si me dice usted a cuánto ascienden sus honorarios, me aseguraré de que le paguen mañana mismo.

Edward se echó hacia atrás en la silla, reflexivo. Había algo en el modo que tenía Bella de mirarlo que lo ponía en guardia. Le gustaba cobrar por los servicios prestados, como a cualquiera, pero se preguntó si habría algo detrás de su oferta, aparte del deseo de cuadrar los libros de contabilidad y de saldar sus deudas.

Para algunos miembros de la nobleza, abonar sus servicios era una manera de ponerlo en su sitio. Una vez que había cogido el dinero, dejaban de verlo como a un hombre de negocios y se convertía en alguien a quien habían pagado y al que podían usar a su antojo.

Normalmente, a Edward no le importaba qué sistema usaran sus clientes para quedarse a gusto con su conciencia, pero no iba a permitir que Bella creyera que podía controlarlo a base de dinero.

—Habíamos llegado a un acuerdo —replicó, sonriendo levemente para compensar la rigidez de su opinión sobre el asunto—. Dos semanas a prueba. Si al cabo de ese tiempo está satisfecha con el resultado, puede pagarme entonces.

Ella lo miró con recelo durante un instante.

—Pero yo no tengo intención de reemplazarlo…

—Excelente. No tenía intención de dejarme reemplazar. —Edward levantó la lista —. ¿Por casualidad los ha colocado por orden de más a menos sospechoso?

—Sí, por supuesto —respondió ella, poniéndose en pie y rodeando la mesa.

Edward también se levantó y vio sorprendido que la joven ocupaba la silla que había a su lado, haciéndole un gesto para que volviera a sentarse.

—Si tiene alguna duda, trataré de aclarárselas lo mejor que sepa.

Mientras se sentaba, le llegó el aroma de su perfume, mucho más exótico de lo que su conservador modo de vestir haría sospechar. Aquella mujer era una contradicción andante. Su aspecto físico, su voz, su caligrafía… nada en ella era lo que uno esperaba.

—¿Por qué está el conde de Montague tan cerca del final?

Bella ladeó la cabeza para ver mejor la línea que le indicaba. Nunca la había tenido tan cerca. A esa distancia pudo ver las pecas que le salpicaban la nariz.

—¿Por qué no debería estarlo? El conde es guapo, encantador y…

—Cargado de deudas.

Edward tuvo que hacer un gran esfuerzo para no arrugar la lista en el puño. La atracción natural que sentía hacia ella había aumentado al oírla hablar bien de su rival. Era un hombre muy posesivo y no iba a permitir que Montague pusiera las manos encima de Bella ni de su dinero.

—Lo sé. Como la mayoría de los demás que aparecen en la lista. O están cargados de deudas o tienen escasos recursos económicos. —Al ver que él alzaba las cejas, volvió a dirigirle una media sonrisa—. Me he informado de las circunstancias de todos mis pretendientes, incluso de los que no parecen tener motivos ocultos.

—¿Cómo lo ha hecho?

—Tal vez no haya contratado los servicios de un detective, señor Cullen , pero…

—Edward —volvió a corregirla él.

Ella echó los hombros hacia atrás.

—No me gustan estas familiaridades en asuntos de negocios.

—Lo comprendo, pero en este caso es necesario. Entiendo que le cueste mostrarse cariñosa conmigo, ya que no soy su tipo de hombre, pero creo que llamarnos por el nombre de pila y pasar tiempo juntos es imprescindible si queremos que la gente se crea que mi interés por usted es personal.

—Dijo que usted se encargaría de eso.

—Cierto. Yo le diré lo que hay que hacer, pero debe seguirme la corriente —replicó Edward, usando un tono de voz que nunca fallaba cuando quería que siguieran sus instrucciones. Sabía que si le daba la menor oportunidad, Bella lo apabullaría—.Y bien. ¿Cómo consiguió la información?

Ella frunció los labios. No estaba acostumbrada a que nadie le marcara el camino.

«A esa chica la han dejado muy suelta», había dicho Lynd.

Edward no quería cambiarla, pero tampoco podía consentir que lo llevara atado de una correa.

—Tengo a un hombre de confianza para cuando debo hacer alguna indagación discreta —explicó ella—. Hay que tener cuidado.

Él se echó hacia atrás para disfrutar más de la conversación.

—¿Y qué ha averiguado su hombre de confianza? ¿Sabe hasta qué punto está endeudado lord Montague?

—Sé lo suficiente como para andarme con cuidado.

—Entonces, ¿por qué lo ha colocado en una posición tan poco sospechosa?

—Como le he dicho, es encantador y podría aspirar a alguien mejor que yo. Creo que me utiliza para poner celosas a otras mujeres. Mi madre solía decir que no hay nada más atractivo que un hombre que pertenece a otra mujer. Montague tiene problemas económicos, pero poca gente lo sabe. Ha logrado que no se corra la voz. Y es lo bastante atractivo como para que muchas mujeres pasen por alto otros defectos.

—Entornando los ojos, lo examinó de arriba abajo—. De hecho, se parece bastante a usted, tanto en altura como en el color de pelo. En constitución también, aunque él no es tan… ancho.

Edward trató de no tensarse bajo su escrutinio. Aquella mujer era demasiado perspicaz.

—Y, sin embargo, dijo que la gente se daría cuenta en seguida de que yo no soy su tipo de hombre.

—Tiene muy buena memoria, señor Cullen .

—Edward.

Bella respiró hondo.

—Su memoria es admirable… Edward.

—Gracias, Bella. —Reprimió una sonrisa de triunfo ante el pequeño avance—.Sí, es una cualidad útil en mi profesión. Aunque confieso que estoy sorprendido por sus contradicciones.

—He dicho que hay similitudes, no que sean iguales. —Seguro que la mirada de ella no pretendía ser excitante, pero lo estaba siendo—. Él también es guapo, pero usted lo es de un modo… muy llamativo. Es francamente sorprendente el efecto que tiene sobre el cerebro. Cuando lo vi por primera vez, tardé unos momentos en poder pensar con claridad.

—Me alegra que me encuentre atractivo.

Y sobre todo, se sentía aliviado. Al parecer, ya se había olvidado de buscar parecidos entre él y Montague.

—Tonterías. Estoy segura de que está acostumbrado a ser el centro de atención allá donde vaya. ¿Qué se siente cuando todo el mundo te mira al entrar en un salón o al cruzarse contigo por la calle?

—No me fijo.

—¿De veras?

—Cuando entro en un sitio, estoy pensando en la razón que me ha llevado hasta allí.

—Claro. —Bella asintió—. Es usted un hombre muy centrado, de los que no se distraen con facilidad. Sí, es una de las cosas que más destacan en su manera de ser.

Edward aprovechó la ocasión que le ofrecía su curiosidad.

—Mañana la llevaré a la Royal Academy of Arts. Así podrá ver por sí misma cómo me miran los demás.

—¿Una visita al museo? —Bella frunció el ceño. Curiosamente, a Edward el gesto le gustó tanto como su media sonrisa. Tenía una cara tan expresiva que resultaba fácil saber qué estaba pensando—. Supongo que una salida es la mejor manera de provocar al culpable para que actúe.

—No pretendo usarla como cebo. Lo que quiero es que nos vean juntos, para así convertirme en el objetivo de los ataques. —Dobló la lista con cuidado—. Durante las próximas semanas pasaremos mucho tiempo juntos. Cuantas más veces nos vean, mejor. El culpable se convencerá de que soy una auténtica amenaza.

Ella lo miró guardarse la lista en el bolsillo del chaleco.

—Además, también tendré que reunirme con su hombre de confianza.

—¿Por qué?

—A algunas personas no les gusta que se metan en sus asuntos, por muy discretamente que se haga. Y también necesitaré conocer sus inversiones y las actividades de lord Melville.

La cara de Bella mostró un gran interés.

—¿Se está planteando que pueda haber otras motivaciones tras los ataques?

—No podemos descartar esa posibilidad. Las agresiones pueden deberse a muchas cosas: el amor, el dinero y la venganza ocupan siempre los primeros puestos.Es usted una mujer rica y hay mucha gente que no lo es. Si alguien se ha sentido perjudicado por alguna de sus inversiones o intereses, tenemos a un culpable en potencia. Y si alguien odia a Melville, dañar a su pariente más cercano es causa suficiente. —Edward la miró fijamente—. Entiendo bien que alguien se tome muchas molestias para obtener su mano, pero llegar al punto de hacerle daño… no me entra en la cabeza. Tengo muchas ganas de descubrir al asaltante. Espero con impaciencia el momento en que me lo presenten.

Ella no pareció alarmada por su agresividad.

—Le agradezco su fervor y dedicación al caso.

—Usted no se conformaría con menos.

Bella se levantó. Cuando él la imitó, la joven alzó la cara para mirarlo.

—Tanto el señor Lynd como el agente que se ocupó del caso al principio parecían pensar que yo era tonta. No es agradable que te traten como si fueras retrasada. Fue una demostración, breve pero muy desagradable, de lo que debe sufrir mi tío cada día.

—¿Es ésa otra de las razones por las que se resiste a casarse? ¿Por su tío?

—No. Mi tío es perfectamente capaz de cuidar de sí mismo. El servicio que lo atiende es leal y eficiente y se ocupa de todas las cosas para las que él no tiene paciencia. —Se volvió hacia el reloj que había sobre la repisa de la chimenea para mirar la hora—. Hoy recibo visitas en casa. ¿Se quedará?

—¿Estará más tranquila si lo hago?

Ella negó con la cabeza.

—En casa me siento segura.

—En ese caso, no. Creo que será mejor que no me perciban como uno más.

Mañana será nuestra primera aparición en público y contaré con su total atención.

Eso hará que nuestro trato llame más la atención. Necesitaremos una carabina a la que le guste mucho hablar. Cuanto más chismosa, mejor. ¿Tiene alguna que se ajuste al papel?

—Ya me encargaré de conseguirla. ¿Qué debo decir a los que me pregunten por usted, por su familia o su ocupación?Edward aspiró hondo, disfrutando de su perfume. Fue su último instante de anonimato antes de revelar una verdad que muy pocos conocían.

—Puede decirles que soy el sobrino del difunto lord Gresham del condado de Wexford, y que nuestras familias eran viejas conocidas.

—Oh.

Edward apenas conocía a la familia de su madre. Diana Gresham había sido desheredada cuando su embarazo se hizo evidente, una circunstancia que le había impedido salir del infierno en el que acabó muriendo. Cuando él fue a pedirle cuentas a lord Gresham años más tarde, lo único que lamentó al enterarse de la muerte de su tío fue haber perdido la oportunidad de hacerle pagar el calvario de su madre.

—Es usted un auténtico enigma —dijo Bella en voz baja—. Me encantaría resolverlo.

—Si tiene dudas, pregúnteme.

—¿Me responderá?

Edward sonrió. Cuando ella contuvo el aliento, su depredador interior se relamió los labios y ronroneó. A pesar de todas sus protestas sobre su aspecto, no podía negar que se sentía atraída por él.

—Mi pasado y mi futuro no tienen importancia. Pero mi presente es suyo.

Pregunte lo que quiera. Le responderé.

—Sabía que me iba a traer problemas, señor Cullen .

—Edward.

—Pero también creo que resolverá el caso y eso me consuela. —Volvió a su sitio al otro lado de la mesa. Su actitud se tornó más distante. Abrió un cajón y sacó un pequeño cuaderno—. Ésta es una copia de mi calendario social para lo que queda de temporada. Lo mantendré actualizado con las futuras invitaciones que acepte.

—Su meticulosidad es admirable.

—Creo que trabajaremos bien juntos. ¿Me olvido de algo o ya estaríamos listos por hoy?

Edward habría deseado quedarse más tiempo. Al fin y al cabo, aún era pronto.

Cuando saliera de allí, la parte más interesante del día quedaría atrás.

—De momento, trabajaré con lo que me ha dado. Otro día seguiremos hablando de los temas que le he comentado: las inversiones, su hombre de confianza y todos los acontecimientos del pasado de Melville que pudieran poner a un ser querido en peligro.

—Tengo un fondo de inversiones, del que se ocupa lord Collingsworth, y varias propiedades alquiladas —explicó Bella con la cabeza baja y la pluma en la mano—.Se trata de locales comerciales y de viviendas. Puedo enseñárselos si quiere.

—Sí, me gustaría visitarlos.

—¿Le parece bien pasado mañana? Podemos ir a ver las fincas y luego podría presentarle a mi hombre de confianza, el señor Reynolds.

—Me parece bien. También necesitaré una lista de los inquilinos.

Ella alzó la vista.

—Es usted muy minucioso.

Él hizo una reverencia.

—Lo intento. Vendré a buscarla mañana a la una.

—Estaré lista.

Edward se dispuso a marcharse, pero al alcanzar la puerta se detuvo y la miró por encima del hombro, sonriendo al ver que ella lo estaba observando, aunque fuera con el ceño fruncido. Al verse sorprendida, bajó la vista en seguida.

Al llegar al vestíbulo, se sacó el reloj del bolsillo y se sorprendió al ver la hora que era. Iba a llegar tarde a su próxima cita.

Maldición. Se le había pasado el tiempo volando.


Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo

¶Love¶Pandii23