No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.


Orgullo y Placer

5

Bella estaba elaborando la lista de propiedades que Edward le había pedido cuando el mayordomo le anunció la visita de su hombre de confianza. Levantó la vista hacia él.

Iba vestido con ropa sobria y oscura, pero su mirada era amable. Le hizo un gesto para que se sentara.

—Buenos días, señor Reynolds.

—Una mañana excelente, señorita Swan. —Terrance Reynolds se sentó y dejó el maletín a sus pies.

Bella negó con la cabeza en dirección al mayordomo, que estaba esperando por si le encargaba que subiera té. Aunque sabía que por cortesía debería ofrecérselo al recién llegado, lo cierto era que no tenía mucho que decirle y odiaba pensar en el silencio incómodo que se produciría mientras esperaban a que llegara la bandeja.

Algunas mujeres tenían una facilidad natural para llenar el tiempo con conversaciones agradables pero intrascendentes. Por desgracia, Bella no era una de ellas.

—Le gustará saber —dijo Reynolds— que he encontrado a alguien interesado en alquilar la tienda libre de Peony Way. Es una vendedora de jabones, velas y cosas por el estilo.

—Excelente. Es usted muy eficiente, señor Reynolds.

—Gracias.

Dejó la pluma a un lado, pensando en que, pese a todo, se sentía mucho más cómoda hablando con el señor Reynolds que con el señor Cullen … Edward. Aunque eso no quería decir que prefiriera su compañía, lo que no tenía sentido, puesto que siempre le habían gustado las cosas fáciles y tranquilas. La vida de su madre había sido un desfile continuo de crisis, estallidos de felicidad, discusiones y desesperación.

Bella había acabado tan harta del constante drama existencial de Georgina Tremaine Swan Chilcott que había decidido basar su propia vida en la moderación. Prefería las cenas reducidas a los lujosos bailes y quedarse leyendo en su habitación a asistir a veladas literarias.

Pero no había nada relajado en Edward Cullen y la intrigaba mucho notar que echaba de menos las intensas sensaciones que experimentaba en su presencia.

Levantó la vista hacia el hombre sentado al otro lado de la mesa.

—La semana pasada mencionó que su hermano se había quedado sin trabajo. ¿Sigue buscando?

Los hombres de la familia Reynolds trabajaban todos como hombres de confianza, haciendo recados o llevando libros de contabilidad. En una ocasión le habían presentado a Tobias Reynolds, el hermano de Terrance, que tenía su mismo pelo rubio y sus mismos ojos color verde oscuro. Desde entonces, se obligaba a preguntar por él de vez en cuando en un intento de ser más sociable, algo que le parecía necesario, pero muy difícil de llevar a cabo. Por eso se había enterado de la muerte del patrono de Tobias.

—Ha estado ayudando a mi padre y a mi otro hermano, pero sí, sigue sin trabajo fijo.

—Me gustaría contratarlo, si le va bien. Tendría que salir de viaje inmediatamente, pero le pagaré con generosidad para compensar las molestias.

Reynolds frunció el ceño.

—¿Adónde tendría que ir?

—Al condado de Wexford. Me gustaría averiguar cosas sobre una persona de la zona. Relaciones familiares, estatus, circunstancias… ese tipo de cosas. —Bella ignoró la incomodidad que la asaltó. Edward le había dicho que su pasado no tenía importancia, y no era el tipo de hombre al que apeteciera hacer enfadar. Sin embargo, iba a tener que mentir sobre él, y eso le daba derecho a averiguar dónde se estaba metiendo—. Tendrá que ser muy discreto. No quiero que lord Gresham se entere de mi interés por él. Y es urgente. Si vuelve pronto, le recompensaré.

—¿Quiere que me ocupe del tema personalmente?

—No, a usted le necesito aquí. Adelantaremos la visita mensual a mis propiedades. La haremos pasado mañana.

—Como desee, señorita Swan. Hablaré con mi hermano en cuanto me marche de aquí.

—Pregúntele, por favor, qué dinero va a necesitar para gastos y me aseguraré de tenerlo disponible antes de que salga de viaje.

—Por supuesto.

Él se guardó mucho de preguntarle la causa de su interés. Precisamente por eso trabajaban tan bien juntos. A Bella no le gustaba dar explicaciones de sus actos a nadie.

—Eso será todo, señor Reynolds —se despidió ella, con una leve sonrisa—.Agradezco sus servicios, como siempre.

Cuando se hubo marchado, miró la hora en el reloj de sobremesa. Arrugó la nariz.

La mañana se le había pasado volando y la tarde iba por el mismo camino. Pronto empezarían a llegar las visitas y tendría que mantener conversaciones tan banales que se olvidaría de ellas en cuanto sus invitados salieran por la puerta.

Qué lástima que Edward no estuviera allí. Con él presente todo sería mucho más interesante. Qué curioso. En las reuniones solían jugar a las cartas, tocar el piano, cantar o jugar al ajedrez. Pero de pronto todas esas distracciones le parecieron aburridas comparadas con pasar el rato con un hombre que se ganaba la vida con la fuerza bruta.

Algunos días Bella disfrutaba paseando por Hyde Park, a pesar de que los coches de caballos iban a paso de tortuga y debía devolver tantas sonrisas que acababan doliéndole las mejillas. Ése era uno de esos días. La brisa era suave y el sol calentaba sin quemar. Además, al tener que responder a las preguntas de su acompañante, se libraba de pensar en Edward constantemente.

—Parece que hoy disfruta del paseo, señorita Swan —le dijo el conde de Montague, sentado a su lado.

El conde se había presentado para su paseo acordado en un carruaje nuevo y de aspecto caro. Cuando empezó a cortejarla, Bella se preguntó por qué una persona de su aspecto y posición social se habría fijado en alguien como ella. Luego descubrió que su solvencia era una farsa mantenida a base de préstamos y suerte en las mesas de juego. Pero a poca gente le importaba cuál era su auténtica situación económica.

Ella lo miró entornando los ojos. La avergonzaba no ser capaz de moverse en sociedad con soltura o al menos sin que se notara su falta de ésta.

—¿Tan obvio es que no suelo hacerlo?

—No, no es que sea muy obvio —respondió él, manejando las riendas del carruaje con destreza para sortear el abundante tráfico de South Carriage Drive—, pero últimamente la he estado observando con atención y he llegado a la conclusión de que no disfruta demasiado de las actividades sociales.

—Por decirlo de alguna manera, sí, así es.

Montague sonrió, mostrando los dientes, muy blancos a pesar de la sombra que el sombrero proyectaba sobre ellos. De todos sus pretendientes, era el más atractivo.

Tenía el cabello oscuro, tan espeso y brillante que acariciarlo debía de ser como tocar seda, y unos ojos muy expresivos. De un color muy parecido al de los ojos de Edward, aunque su mirada no era tan reservada como la del investigador.

—Comprendo —siguió diciendo Montague— que las mujeres pierden libertad al casarse.

—Algo muy humillante.

—Sí, lo entiendo. De hecho, tengo la sensación de que a usted la gente en general le resulta de lo más desconcertante.

Bella alzó las cejas.

—¿Lo ha notado?

—Sí. Aunque he tardado un poco, me he dado cuenta de que no la he estado cortejando correctamente. Casi todas las mujeres quieren que les regalen flores u otros detalles como muestras de afecto. En general, necesitan que les presten mucha atención.

—Las flores que me envía cada semana son preciosas —observó ella por educación, aunque cada vez que las recibía pensaba que era una lástima que unas criaturas vivas tan bonitas hubieran sido separadas de su fuente de alimentación.

—Me alegro de que le gusten. Pero creo que no las echaría de menos si dejara de enviárselas. No se sentiría herida ni atribuiría razones emocionales a mis actos.

Montague le sonrió y a Bella le pareció distinguir un encanto en él que no había visto antes. Tras haber conocido a Edward, ahora se fijaba más en todos los hombres.

Quería creer que era para comprender por qué el investigador la afectaba tanto.

—Soy una inepta interpretando esas cosas —admitió, ajustando el ángulo del parasol para protegerse mejor del sol. Si le diera directamente, le saldrían más pecas.

—No, es usted una mujer razonable —replicó el conde—. Y ahí fue donde me equivoqué. Apelé a su naturaleza amable, cuando debí haber apelado a su intelecto.

Pero no volveré a insultar su inteligencia. Necesito su fortuna, señorita Swan.

Intrigada, Bella se volvió en el asiento para observarlo mejor.

—Un enfoque novedoso, sin duda. Y muy atrevido.

La sonrisa de Montague era triunfal.

—Pero le gusta. Por primera vez desde que nos conocemos tengo la sensación de haber atraído su atención.

Se interrumpió para saludar a lord y lady Grayson al cruzarse con ellos. Cuando volvió a mirar a Bella, sus ojos brillaban de un modo distinto, un modo que le recordó el brillo que tenían los ojos de Edward al mirarla. No tanto como para dejarla sin respiración, pero sí para que Bella se diera cuenta de que el conde de pronto se sentía intrigado por ella.

—La mejor manera de acercarme a usted era tan evidente que me siento avergonzado de no haberme dado cuenta antes —reconoció él—. A usted la naturaleza de mis sentimientos no le importa tanto como lo que considera que podría perder. Para decirlo claramente, no he sabido mostrarle que yo sería una buena inversión.

Absolutamente cautivada por la conversación, Bella deseó que no estuvieran en un lugar público para poder disfrutar de la sorpresa sin interrupciones.

—Siga, por favor.

—Lo primero y más importante, las tierras de los Montague son extensas. Bien llevadas, serían provechosas.

—¿Por qué no lo son ahora?

—Mi padre gastaba sin preocuparse de los libros de contabilidad, su administrador no era de fiar y su amante era avariciosa. Pero le aseguro que yo no soy mi padre.

—Tal vez no, pero es usted un jugador, milord. Hasta el momento ha tenido suerte.—señaló el carruaje con un gesto de la mano—, pero la suerte es caprichosa. Además, con el tiempo también tendrá amantes. Tal vez se enamore de alguna que sea tan avariciosa como la de su padre. Y sé que no me haría ninguna gracia caer en la pobreza por culpa de sus deudas de juego o de la ambición de otra mujer que además estuviera disfrutando de la compañía de mi marido. Me gusta ser la única propietaria de las cosas que pago. No me gusta prestarlas.

—Ah —respondió él, mirándola con agrado—. ¿Sabe, señorita Swan? Cuanto más la conozco, más me gusta.

—Reconozco que hoy también yo estoy disfrutando de su compañía. Pero sintiéndolo mucho, milord, sigo sin querer casarme con usted.

—Tengo otras ventajas. —Aunque exteriormente no se notaba ningún cambio en él, Bella notó una cierta vacilación, como si Montague se estuviera debatiendo entre contarle algo o no—. Aparte de las consideraciones financieras, hay otros ámbitos en los que un hombre y su esposa pueden llegar a un acuerdo. Puedo asegurarle que estar casada conmigo no le resultaría desagradable. No me gustan los conflictos. Me aseguraría de que en nuestro hogar reinara la armonía.

Por un momento, Bella se quedó perpleja. ¿Llegar a un acuerdo? ¿A qué se referiría? Entonces se acordó de la conversación que había mantenido con Melville y Edward sobre lo que las mujeres esperaban de los hombres. Y eso la llevó a pensar en qué desearía un noble de su esposa.

—¿Se refiere a la procreación, milord?

Él dio un respingo y fijó la vista al frente, sin saber cómo reaccionar. Pero al cabo de unos momentos se echó a reír a carcajadas con tantas ganas que todos los que estaban cerca se volvieron hacia ellos.

—No me extraña que se aburra con las conversaciones convencionales. Hablar con sinceridad de lo que a uno le pasa por la cabeza es mucho más divertido.


Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo

¶Love¶Pandii23