No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.
Orgullo y Placer
6
Bella abrió la boca para replicar, pero la cerró cuando unos ojos de un tono azul que empezaba a resultarle muy familiar se clavaron en los suyos. Aunque el carruaje siguió su marcha lenta, ella no apartó la mirada de la de Edward, que, montado en un corcel negro, la observaba con tanta fiereza desde un lateral de Rotten Row que sintió un hormigueo en el estómago.
La reacción de Bella fue tan exagerada que incluso se preocupó. Se le humedecieron las palmas de las manos por el calor, aunque no tenía nada que ver con el tiempo. Fue como si hubiera visto a una pantera agazapada en la maleza, siguiendo a su presa con la mirada, lista para abalanzarse sobre ella en cualquier momento.
Sin darse cuenta, enderezó la espalda y se llevó la mano al sombrero de paja.
La presencia de Edward era tan abrumadora que ni siquiera la luz matizada por las ramas del árbol que caía sobre él podía apagar su viveza. Se preguntó cuánto rato llevaría observándola. Habría jurado que no estaba allí tres segundos antes.
El conde habló, apartándola de sus pensamientos.
—¿Cómo dice? —preguntó, desviando la vista de Edward.
—Cásese conmigo —repitió él—. Le daré cosas que todavía no sabe que quiere.
La entiendo, señorita Swan. Somos muy distintos, pero eso es bueno. Una unión entre nosotros sería una ventaja para ambos.
—Tengo una idea mejor. Le buscaré una candidata más adecuada.
Montague sonrió.
—¿Quiere hacer de casamentera?
—En cierto modo. —Bella era consciente de que los ojos de Edward seguían clavados en ella.
—Señorita Swan, permítame ser franco en mis intenciones. He llegado a la conclusión de que usted es la persona perfecta para mí. Y no le resultará fácil quitarme de la cabeza la idea de que puedo ser el complemento perfecto en su vida.
—Como quiera —suspiró ella—, pero por favor, no se ponga muy pesado, lord Montague. Siempre me ha parecido uno de mis pretendientes más agradables. Me gustaría que las cosas siguieran así.
Él se echó a reír una vez más y la miró con ojos brillantes.
—Es usted una deliciosa sorpresa. Ojalá me hubiera dado cuenta antes.
Bella miró por encima del hombro.
Edward se había marchado, dejando tras de sí un vacío imposible de ignorar.
Cuando Edward hizo salir a su caballo de South Carriage Drive y girar por Rotten Row, el empleado que lo acompañaba, encargado de la vigilancia de Bella, giró con él.
—Ella no te quita ojo —comentó Aaron White, saludando discretamente a otro miembro del equipo de Edward, también encargado de la vigilancia.
Edward asintió con la cabeza. Había ido allí sin pensar. Hasta que no la vio, no se dio cuenta de la verdadera razón que lo había arrastrado hasta el parque. Había sido el deseo de ver su glorioso pelo a la luz del sol. Era absurdo. Ridículamente sentimental.
No era propio de él. Ese día ya le había dedicado todo el tiempo que había decidido asignar a su caso. Tenía otros asuntos de los que ocuparse.
—No me extraña —añadió Aaron—. Te has asegurado de que te viera.
Cullen podía atraer todas las miradas en una sala o pasar totalmente inadvertido sólo con un minúsculo cambio en su postura o actitud. Nadie se había fijado en él hasta que Montague dijo algo que atrajo la atención de Bella por completo. En ese momento, Edward atrapó la mirada de ella y no la soltó.
—Es mejor que nadie crea que se siente atraída por otro de sus pretendientes —se justificó—. Sería perjudicial para el plan y pondría en peligro su seguridad.
—Por supuesto —se burló Aaron, sujetando las riendas sueltas con una mano y con la otra encima del muslo—, no tiene nada que ver con que esa mujer te interese.
Aaron no era muy alto, pero sí fuerte. Un gran trabajador, con tres hijos que mantener. Ésa era la razón de que Edward lo mantuviera alejado de las misiones peligrosas. Vigilar a Bella era un encargo perfecto para él.
—Que sea una mujer atractiva hace que la misión sea más agradable. —Y eso era todo lo que Edward estaba dispuesto a admitir.
Aaron miró a Montague.
—El conde parece estar de acuerdo contigo. Por lo que se ve, la señorita Swan le gusta de verdad.
Edward apretó las riendas con la mano enguantada. La risa de Montague seguía resonando en sus oídos.
—Ella sería muy infeliz a su lado. El conde sólo se preocupa de sus intereses. Le estoy haciendo un favor a la señorita Swan.
—Es una manera muy curiosa de verlo. Me cuesta imaginarme que arruinar la reputación de una dama de la buena sociedad sea hacerle un gran favor —le reprochó Aaron, con una sonrisa irónica.
Edward entendía las burlas. Todos sus hombres estaban al corriente de su regla que le impedía relacionarse con damas de alcurnia. Era una norma que ahora estaba decidido a romper.
—No voy a arruinar su reputación. Hace años que la señorita Swan decidió que no quería casarse. Me lo ha confirmado hace sólo unas horas.
—Ajá. ¿Y has decidido mostrarle las delicias de la carne para que no muera en la ignorancia? ¿Otro favor? Por Dios, Cullen , qué generosidad. Eres un jodido santo.
Edward lo fulminó con la mirada.
Aaron levantó las manos en señal de rendición.
—Por encima de todo, eres un gran hombre de negocios. Me pregunto por qué quedarte a un paso de conseguir el gran premio. Si planeas acostarte con la dama, ¿por qué no casarte con ella, ya puestos? Así añadirías su fortuna a las demás ventajas de vuestra asociación.
—Desear a una mujer y casarse con ella son cosas muy distintas. La señorita Swan también sería infeliz a mi lado. No tengo ni idea de cómo hacer feliz a una mujer fuera del dormitorio.
—No la dejes salir de la cama y problema resuelto.
—No me hace gracia.
—Sólo era una idea. —Aaron se echó a reír—. Y no muy brillante, por cierto. A mí me va mejor si las cosas siguen como hasta ahora. Si te convirtieras en millonario no trabajarías tanto y yo tendría menos oportunidades de ganarme un sueldo.
Edward siguió a Bella con la mirada hasta que el carruaje de Montague desapareció entre la multitud. «Ojos que no ven, corazón que no siente», pensó. O eso esperaba.
Comprobó la hora en su reloj de bolsillo. Ella pronto volvería a casa para empezar a prepararse para las actividades sociales de la noche.
¿Qué aspecto tendría vestida de fiesta? No creía que fuera de las que se arreglaban demasiado. Algunas mujeres pasaban demasiado tiempo ocupándose de su aspecto, pero el atractivo de Bella no era tan obvio. Si uno se fijaba, veía indicios de que era una mujer de naturaleza apasionada, pero eran tan sutiles que ni ella misma era consciente de ello. Era introvertida, curiosa, tranquila y muy inteligente.
Edward, por el contrario, prefería un estilo de vida más frenético. Llenaba sus días con actividades desde el mismo momento de levantarse hasta que no se caía de sueño.
De ese modo tenía menos tiempo para darle vueltas al tema que lo martirizaba como si fuera una piedra en el zapato.
Bella lo ayudaba a distraerse, pero no podía permitirse ese tipo de distracción.
Cuando no estaba a su lado, se obsesionaba tanto con ella que no podía pensar en nada más. Pero no podía permitirse apartarse de su objetivo, ahora que estaba tan cerca de conseguirlo.
Con un gruñido, se bajó el ala del sombrero para cubrirse los ojos. Odiaba darse cuenta de que había estado sumido en sus pensamientos en un lugar público. Y además por culpa de una solterona que lo consideraba dem8asiado guapo y demasiado peligroso.
—Dejo a la señorita Swan en tus manos —le dijo a Aaron.
—En ese caso podrías pasarte un rato por el club —le sugirió Aaron—. Una visita a la planta de arriba de Remington's podría ayudarte a liberar tensiones.
Aaron no andaba descaminado. Normalmente, no habría rechazado la idea de buscar alivio carnal en las habitaciones de su club favorito.
Aunque la capacidad de observación de su empleado era una de las razones por las que lo había contratado, era un fastidio cuando la dirigía hacia su persona.
—Vigílala a ella, no a mí.
Se volvió en busca de otra figura familiar. Por suerte, no tuvo que buscar mucho.
El caballero que Edward buscaba iba directamente hacia él, cruzándose con los numerosos jinetes y con una mano en el sombrero, en un saludo perpetuo. Gabriel Ashford, noveno conde de Westfield, era un canalla redomado. Su fortuna y posición social justificaban la cantidad de miradas femeninas dirigidas hacia él. Aunque su afición a todos los vicios conocidos era notoria, todavía no tenía signos de disipación que estropearan la belleza de unos rasgos que casi causaban desvanecimientos a su paso. Se veía elegante y en buena forma física y su sonrisa parecía sincera.
Al ver a Edward, su expresión cambió ligeramente. La fachada tan bien construida tras la que se escondía se resquebrajó ligeramente, dejando al descubierto al hombre que había debajo. Un hombre bueno y amable en el que Edward confiaba y al que consideraba su amigo.
—Buenas tardes, Cullen .
Él se llevó dos dedos al sombrero.
—Milord.
—Te he visto observando a Montague —comentó Westfield, deteniéndose junto a su caballo—. ¿Te preocupa que cace a la señorita Swan y pague la deuda con su fortuna?
—De hecho, era la señorita Swan la que había captado mi atención.
—Ah, no tenía ni idea de que te gustaran las intelectuales que se hacen de rogar.
—Las clientas que pagan siempre me gustan.
—Qué interesante. —Westfield alzó las cejas—. ¿Por qué necesita tus servicios la señorita Swan?
Edward espoleó a su caballo y el otro hombre lo siguió.
—¿Qué sabes de ella y de su familia? —preguntó Edward.
—Los Tremaine son… excéntricos, lo que los convierte en víctimas perfectas de las lenguas maliciosas. Se dice que los hombres de la familia son tan brillantes que están al borde de la locura, y las mujeres se caracterizan por un color de pelo increíblemente hermoso. La señorita Swan parece haber heredado las dos características, además de una fortuna nada desdeñable. Respecto a sus padres, el señor Swan era un comerciante y lady Georgina era una mujer encantadora y vivaracha. Aunque la señorita Swan no parece estar tan interesada en los hombres como su madre, me pregunto si no será un tema de ignorancia por su parte. Sería interesante descubrir su potencial, ¿no crees?
—¿Estás diciendo que su madre se acostaba con todo el mundo?
—Lady Georgina era muy aficionada a la compañía masculina. ¿Si se los llevaba a todos a la cama? —Westfield se encogió de hombros—. No lo sé. Lo que sé es que se casó con Swan poco después de ser presentada en sociedad. Podía haber elegido a cualquier miembro de la nobleza, pero en cambio se casó con un plebeyo. ¿Por qué?
La única explicación es que fuera un matrimonio por amor. Y si fue un matrimonio por amor, dudo que le fuera infiel a su marido.
—¿Qué sabes de él?
—Sé que su muerte pilló a muchos por sorpresa. Era un hombre fuerte y vigoroso. Tenía la constitución de alguien que trabaja con las manos, y no le costaba hacerlo siempre que se le presentaba la ocasión. Una noche que no bajaba a cenar, un criado fue a buscarlo y lo encontró muerto en su despacho. Su muerte se achacó a un fallo del corazón.
Edward decidió que ya profundizaría en el tema más adelante. Tal vez los accidentes de Bella no tuviesen su origen en sus pretendientes actuales, sino mucho antes en el tiempo.
Westfield inclinó la cabeza al cruzarse con un conocido.
—Muchos comentaron que el haberse unido a una familia tan extravagante había adelantado su muerte. Vamos, venían a decir que había sido su castigo por haber sido demasiado ambicioso. Tras su fallecimiento, lady Georgina volvió a casarse con otro plebeyo.
Una mujer apasionada y sin prejuicios. ¿Sería Bella como su madre? Sería delicioso si así fuera…
Edward se quitó esos pensamientos de la cabeza.
—¿La señorita Swan tiene un padrastro?
—Lo tuvo. Lady Georgina y el señor Chilcott murieron en un accidente de carruaje, antes de que la señorita Swan hiciera su presentación en sociedad. La pobre ha sufrido mucho en la vida.
¿Había sufrido mucho?
Edward se preguntó si siempre habría sido tan fría y distante o si se trataría de un mecanismo de defensa adquirido recientemente.
—Y bien —dijo su amigo—, ¿vas a contarme para qué te ha contratado la señorita Swan?
—Tiene motivos para estar preocupada por su seguridad.
Westfield alzó las cejas.
—¿De verdad? ¿Quién querría hacerle daño? Vale más viva que muerta.
—Ella cree que alguien, tal vez un pretendiente impaciente, trata de convencerla para que se case cuanto antes. Como mujer casada, estará más segura. Aún no he decidido si es una teoría acertada, pero lo que me acabas de contar sobre la muerte de sus padres no me ha tranquilizado demasiado.
—Qué divertido —dijo Westfield—. ¿Puedo ayudarte de alguna manera?
—Esperaba tu ofrecimiento. —Edward sacó la pequeña agenda de actos sociales que le había dado Bella. Para alguna de aquellas reuniones iba a necesitar un contacto en las altas esferas para que le abriera las puertas—. Debería asistir a estos actos. A cuantos más mejor.
El conde hojeó el librito con una mano.
—Ya veo que tendré que cancelar mi cita de mañana por la noche si voy a tener que acompañarte.
—Aprecio tu sacrificio.
—Eso espero —bromeó Westfield. Ambos sabían que éste disfrutaba participando en los casos de Cullen . Cuando Edward tardaba mucho en pedir su colaboración, Westfield llegaba a ponerse pesado—. ¿Te recojo a las diez?
—Perfecto.
Bella acababa de ponerse una bata y de sentarse ante el tocador de su dormitorio cuando llamaron a la puerta. La doncella que entró, con la cabeza cubierta por una cofia blanca, dobló la rodilla rápidamente antes de decir:
—El señor conde pregunta por usted, señorita.
—Gracias.
Bella la miró salir de la habitación con el ceño fruncido. Había tomado el té con su tío hacía una hora, escuchando encantada su animada conversación sobre el avance de sus últimos experimentos botánicos. En otra época, el invernadero estaba amueblado con tumbonas y librerías bajas. Ahora, un par de mesas largas albergaban hileras y más hileras de macetas. A Bella no le importaba la pérdida de su rincón de lectura favorito. Entendía que la estancia acristalada era perfecta, el mejor sitio para llevar a cabo los experimentos de su tío.
¿Qué sería tan importante para que su tío la llamase tan tarde? Sabía que a esa hora ya estaba preparándose para la noche. Tal vez había llegado a alguna conclusión, o había tenido alguna epifanía relativa a sus investigaciones. Una vez la había sacado de la cama porque unos injertos habían dado unos resultados sorprendentes.
Se levantó y fue a buscar un vestido de andar por casa al armario. Luego llamó a su doncella, Mary, para que la ayudara a abrocharse los numerosos botones que lo cerraban en la espalda. Aunque no se puso el corsé ni la camisola, tardó un poco en estar presentable. Para no entretenerse recogiéndose el pelo, se hizo una coleta baja.
—¿Qué se pondrá esta noche? —preguntó Mary.
—Saca del armario tres vestidos que te gusten. Cuando vuelva, elegiré uno.
A menudo dejaba la elección del vestido en manos de su doncella. Le daba igual lo que escogiera Mary, ella siempre se quedaba el de la derecha. Todo su vestuario era impecable, lo que no tenía nada de particular, ya que su modista era una de las más cotizadas de Londres. Al principio la modista había protestado por la selección de telas que había hecho Bella, pues, aunque eran tejidos que seguían las tendencias del momento, no destacaban el color del pelo de su clienta. Por suerte, con el paso del tiempo, la mujer se había dado cuenta de que era inútil discutir con ella.
Bella tenía muy claro que no quería dar una imagen falsa con la ropa. No tenía ninguna intención de atraer ni seducir a nadie. Los tonos pastel eran los más populares, pero a ella le quedaban mejor los tonos más oscuros, así que no se dejó convencer de lo contrario.
Salió del dormitorio y se dirigió a la salita privada de la primera planta. La puerta estaba abierta, permitiendo ver el alegre fuego que chisporroteaba en la chimenea. El conde paseaba arriba y abajo, en su habitual estado de dejadez. Iba despeinado, con el nudo del pañuelo torcido, sin chaqueta y con el chaleco mal abotonado.
Bella entró con paso decidido.
—¿Milord?
Su tío la miró y sonrió distraído.
—Siento molestarte, querida, pero tienes visita.
Ella miró el vestido que se había puesto para salir del paso.
—¿Visita? ¿Dónde está? ¿Abajo?
—Buenas tardes, señorita Swan.
Era la voz de Edward. Un escalofrío le recorrió la espalda al oírla. Al volverse lo vio detrás de la puerta. Tenía los ojos entornados y una expresión severa. Iba vestido con la misma ropa de montar que aquella misma mañana, cuando lo había visto en Hyde Park, aunque el nudo del pañuelo que llevaba al cuello ya no estaba tan bien hecho y las botas se veían algo polvorientas.
Como cada vez que lo tenía delante, su cerebro dejó de funcionar durante un rato.
Tras unos instantes, se acordó de que debería decir algo.
Pero no hubo manera de disimular su respiración alterada cuando lo saludó:
—Señor Cullen.
Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo
¶Love¶Pandii23
