No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.
Orgullo y Placer
7
—Compórtese, joven. Lo ha prometido —le recordó Melville antes de salir de la salita apresuradamente.
Era obvio que tenía prisa por volver a lo que fuera que hubiera estado haciendo antes de ser interrumpido. Dejó la puerta abierta, pero Bella dudaba que eso fuera suficiente para detener a un hombre como Edward si éste decidía actuar de un modo escandaloso.
—Tiene mi palabra, milord —dijo él en voz baja.
Cuando el conde se hubo marchado, ambos permanecieron en un silencio tenso durante unos momentos. Edward la examinó de arriba abajo con la mirada encendida.
Luego volvió la cabeza bruscamente y Bella pudo ver su mandíbula apretada y su pulso acelerado.
Edward se había fijado en que, con las prisas, ella no se había puesto la ropa interior. Sabía perfectamente que no llevaba corsé.
Y saberlo lo estaba afectando mucho.
Y verlo tan afectado la estaba afectando a ella, que notó que el pulso se le aceleraba aún más.
Bella fue a sentarse al sofá, tratando de calmarse. Alisándose la falda floreada, miró el perfil firme y masculino de Edward y dijo lo primero que se le ocurrió:
—Siento no estar más presentable.
—¿Cómo podría aceptar sus disculpas por algo que me proporciona tanto placer?
—preguntó Edward, volviéndose lentamente para mirarla.
Bella tragó saliva. Se le había secado la boca. Los ojos de él, clavados en su cuello, no se perdían detalle. Se sintió incómoda, observada. Era difícil estar con aquel hombre a solas en un ambiente tan íntimo. En aquella salita sólo entraba la familia o los amigos muy cercanos. Que estuviera allí establecía un nuevo nivel de intimidad entre los dos. Se sentía medio desnuda sin la protección del corsé.
Vulnerable de un modo desconocido hasta entonces.
Se forzó a mantener las manos quietas.
—Lo he visto esta tarde —dijo.
Lo que no confesó fue que se había quedado prendada al verlo con el sombrero ladeado.
Él asintió.
—Debe tener cuidado con Montague.
—Francamente, me extrañaría que fuera él el culpable.
—¿Por qué?
—Es un hombre inteligente. Sin duda sabe que hay maneras mejores de obtener mi mano. De hecho, hoy me ha dicho algo parecido. Que creía que por fin ya me entendía, y se ha presentado como una inversión sólida. Ha llegado a la conclusión de que razonar conmigo iba a ser más productivo que tratar de ganarme por el lado de las emociones.
Edward respiró hondo.
—Ese hombre está obsesionado con el juego.
—Pero no se le da mal. Todo el mundo dice que es buen jugador. Y los que juegan contra él no lo hacen engañados. Saben a lo que se arriesgan cuando se sientan a su mesa.
—Hasta ahora la había considerado una mujer razonable —murmuró Edward.
Bella alzó la barbilla.
—Me está provocando.
—Estoy siendo sincero. —Edward se acercó, pero su caminar era decidido, no seductor, como ella había esperado—. ¿Es Montague su pretendiente favorito?
—Disfruto de su compañía —respondió ella con prudencia—. Igual que disfruto de la compañía de todos los caballeros que vienen a verme. De no ser así, no aceptaría sus invitaciones. De hecho, esta misma tarde he advertido a lord Montague que no se ponga pesado.
Edward se detuvo al otro lado de la mesita y la miró.
—¿Y qué la ha llevado a hacerle esa advertencia?
—Estaba perdiendo la paciencia. Quiere casarse cuanto antes. Estaba más decidido que nunca. Aunque su manera de abordar el asunto ha sido original, no me ha convencido en absoluto. Pero parece que lo he dejado intrigado.
—La buena sociedad siempre anda buscando algo que la distraiga de su aburrimiento. Es comprensible. Los pobres tienen que sufrir el castigo de poder hacer siempre todo lo que quieren.
Algo en su tono de voz la puso alerta. No era un comentario irónico inofensivo.
Había algo personal detrás.
Edward inspiró hondo y volvió a caminar, esta vez en dirección a la chimenea. El sonido de sus pasos quedaba apagado por la alfombra. Apoyó el brazo en la repisa y se quedó mirando las llamas. El pelo le brillaba como el de una pantera negra. Los mechones que le caían sobre la frente le quedaban mejor que a ningún otro hombre, a pesar de lo habitual que era su corte de pelo.
A la luz del fuego, su cuerpo le pareció magnífico. Era un cuerpo grande, fuerte, muy masculino y vibrante de energía, como un vaso a punto de derramarse.
Se preguntó cómo podrían las mujeres beber un sorbo de ese vaso sin miedo a echárselo todo por encima.
No era una imagen muy poética y además era muy poco decorosa, pero ¿para qué engañarse? Se sentía muy atraída por él. Su sola presencia la hacía ser consciente de su condición de mujer.
—¿Para qué ha venido?
Tras unos instantes de vacilación, él preguntó:
—¿La muerte de su padre fue inesperada?
—Sí —respondió Bella, juntando las manos sobre el regazo.
Edward la miró por encima del hombro.
—Ha contestado demasiado de prisa. Necesito que sea totalmente sincera si queremos resolver el caso.
La solemnidad con que la miraba la sorprendió.
—De acuerdo. Fue inesperada, pero no del todo —rectificó—. Sabíamos que no estaba bien, pero yo creía que su problema era mental, no físico.
—¿Un problema mental? ¿No razonaba correctamente?
—No es que estuviera loco, aunque a veces parecía que mi madre no pararía hasta hacerlo enloquecer.
Él la miró interesado.
—Explíquese.
—No era feliz y eso hacía que se refugiara a menudo en la bebida, pero no me di cuenta de hasta qué punto lo afectaba hasta que fue demasiado tarde. ¿Por qué lo pregunta?
—Sus padres fallecieron demasiado pronto. Tengo que asegurarme de que eso no está vinculado de algún modo con los accidentes actuales. ¿Está segura de que la muerte de su padre fue una muerte natural?
—He dicho que no había sido una sorpresa —especificó ella—, no que hubiera sido natural. Como usted mismo ha dicho, murió demasiado pronto.
—¿Qué me dice de la de su madre? ¿Está segura de que fue un accidente?
—Lo único sorprendente de la muerte de mi madre fue que no sucediera antes —respondió ella secamente.
—Bella. —Edward se sentó a su lado.
El aire vibró de energía.
«Nunca me siento tan viva como cuando soy objeto del deseo de un hombre —le había dicho su madre girando sobre sí misma como una niña pequeña, sujetándose la falda con ambas manos—. La sangre canta, Bella. El corazón se desboca. Es la sensación más gloriosa de mundo».
¿Por qué tenía que ser Edward el hombre que despertara en ella esas sensaciones?
¿Por qué tenía que aparecer y demostrarle que no era inmune a los hombres? Que ella necesitaba a alguien en su vida, igual que todo el mundo. Era una decepción darse cuenta de que algunos tonos de placer sólo podían ser coloreados por una mano en concreto.
Él la estaba mirando con preocupación.
—Por favor, quiero que entienda que sólo estoy tratando de ser riguroso en la investigación. Su seguridad me importa mucho.
Ella asintió. Creía en su sinceridad. Con el movimiento, un mechón de pelo se le soltó de la cinta y le cayó sobre el hombro.
Edward se levantó y alargó la mano para ayudarla a ponerse también en pie.
—Dese la vuelta.
Al hacerlo, Bella sintió cómo su aroma primitivo despertaba sus sentidos. Olía a tabaco, a caballo, a cuero y a bergamota. Dio un respingo al notar sus dedos rozándole la nuca. La sensación se extendió por todo su cuerpo como agua caliente.
Cogiendo el mechón de pelo suelto, Edward se lo acarició entre dos dedos.
—Suave como la seda —murmuró.
Tras soltarle la cola, le recogió el pelo y volvió a sujetarlo con la cinta.
Bella miró a su alrededor. Tenía los sentidos tan alerta que le pareció estar viéndolo todo por primera vez. Las cosas le parecían más definidas, más brillantes, desde los cristales que adornaban las lámparas hasta las incrustaciones de madreperla de los extremos de las mesitas auxiliares.
Aturdida, dijo lo primero que le vino a la cabeza:
—¿Es usted de esos hombres que sienten fascinación por las pelirrojas?
—No, yo siento fascinación por usted —respondió él, rozándole el cuello con los labios.
—Edward —murmuró ella, sorprendida por la intensidad del escalofrío que la recorrió—. ¿Qué está haciendo? ¿Por qué ha venido esta noche? ¿No podía esperar a mañana?
Él dejó caer las manos a los lados.
—He visto cómo miraba a Montague. No sé qué le habrá dicho él, pero ha hecho que usted lo viera con otros ojos.
Bella se volvió para mirarlo. Aunque Edward le sacaba casi una cabeza, al estar inclinado hacia ella, su proximidad era muy íntima. Como si estuvieran a punto de empezar a bailar un vals.
El corazón se le aceleró, igual que la respiración.
—No lo entiendo.
Edward le sujetó la barbilla entre dos dedos para obligarla a mirarlo a los ojos.
—Lo ha mirado igual que me mira a mí.
—No es posible.
Montague no le provocaba ninguna de las reacciones que le causaba Edward.
—Necesito que me mire del mismo modo en que la miro yo.
Bella quedó paralizada, presa de la intensidad de su mirada. Era una mirada feroz, ardiente. Con los dedos, Edward iba resiguiendo lo que sus ojos contemplaban. Le tocó la frente, las cejas, la nariz.
Ella aprovechó para estudiar sus rasgos abiertamente. Eran perfectos, simétricos y hermosos, muy masculinos. Era un placer mirarlo. No quería dejar de hacerlo.
—¿Y cómo lo estoy mirando en este momento? —preguntó con un hilo de voz.
—De un modo demasiado racional —respondió él—. Está tratando de encontrar un modo de librarse de la atracción que siente. Deje de pensar —murmuró. Ladeando la cabeza, acercó los labios a los suyos, en un asalto lento pero inexorable. La sujetaba sin fuerza para que no se sintiera amenazada—. Sólo siéntalo.
Ella dio un paso atrás y se tambaleó. No podía respirar si se acercaba tanto.
Edward observó su retirada con los ojos entornados. Bella casi se había alejado ya un metro de él cuando, con un gruñido, Edward la agarró de nuevo y la atrajo con fuerza, rodeándole la espalda con los brazos. La besó con decisión, robándole el poco aire que le quedaba. Con una mano le sujetó la nuca mientras el otro brazo descendía hasta su cintura.
Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo
¶Love¶Pandii23
