No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.
Orgullo y Placer
8
Siguió besándola como si su boca le perteneciera. Su beso era hábil. Se notaba que sabía lo que estaba haciendo. Pero había algo más. Era un beso… hambriento que ansiaba poseerla con una fiereza que a Bella le costaba comprender.
Rindiéndose a su ardor, se dejó atraer hacia él. Su cuerpo era extraordinariamente duro y fuerte, como de mármol, pero caliente. Ambos estaban pegados desde los hombros hasta los muslos. Sin tantas capas de ropa, la sensación era… Oh, Dios, no podía describir la necesidad que tenía de acercarse más y más a él. Las manos se le abrían y cerraban solas. Querían apresar a Edward, pero volvían a caer, sin fuerza.
¿Dónde podría tocarlo?
Como si entendiera su dilema, Edward le soltó la nuca y fue a buscar su mano.
Agarrándola por la muñeca, se la guió hasta su pecho, entre la chaqueta y el chaleco, justo encima del corazón. A través de la ropa, Bella sintió su piel ardiente. Su corazón latía tan acelerado como el de Edward.
Con la otra mano le agarró la solapa de la chaqueta mientras gemía, abrumada.
Su capitulación hizo que él se calmara un poco y la soltó lo suficiente para que sus pulmones se expandieran un momento. En vez de aplastarle los labios, le acarició el labio inferior con la lengua, provocándola, animándola a que hiciera lo mismo. Ella lo hizo, insegura, temblorosa.
Cuando la lengua de Bella asomó entre sus labios, Edward la capturó, succionándosela suavemente. Ella dio un brinco, sobresaltada, lo que hizo que sus pechos se pegaran al torso de Edward. Éste gruñó y su gruñido retumbó en el cuerpo de ella.
—Bella…
El reloj de la repisa de la chimenea marcó la media hora, pero ella estaba perdida en la maraña de sensaciones que la lengua de él creaba en el interior de su boca. No existía el tiempo ni existía el mundo. Al mover la mano sobre su torso, notó que los músculos de su pecho se contraían. Un sonido suplicante escapó de los labios de Bella.
Edward alzó la cabeza, respirando con dificultad.
—Así es como debes mirarme —dijo bruscamente, tuteándola sin darse cuenta—.A mí y a nadie más que a mí. Como si desearas que acabara lo que he empezado.
Como si desearas sentir mi boca en la tuya, mis manos en tu cuerpo.
Lo deseaba. Lo deseaba mucho. Se sentía intranquila, como si estuviera sedienta de algo y necesitara saciar esa sed. Tenía la piel más sensible de lo habitual. Le temblaban los dedos. Y tenía calor. Mucho calor.
Él dio un paso atrás y se volvió con un movimiento poderoso y elegante al mismo tiempo. Bella no pudo evitar seguirlo con la mirada. Era muy alto y corpulento, pero al mismo tiempo se movía con gracia y agilidad.
—Edward. —Ella se sobresaltó cuando él se volvió y le clavó la mirada—. Mañana por la noche… te guardaré el primer vals.
No sabía de dónde habían salido esas palabras. Las había dicho sin pensar. Había sentido la irrefrenable necesidad de decir algo que hiciera que se quedara un poco más a su lado. Y además era verdad que quería bailar con él. Quería que la rodeara con sus brazos pero en un lugar seguro, con gente alrededor.
Edward se acercó. Le cogió la mano y se la llevó a los labios. Mientras se la besaba, le apretó ligeramente los dedos, intensificando la sensación de sus labios.
—No soy un bailarín experto —confesó él—. O dicho de otra manera: no sé bailar.
—¿No?
Bella se quedó muy sorprendida, tanto por la afirmación como por la falta de educación que ésta implicaba. Sin embargo, se comportaba con total corrección y hablaba muy bien.
Pasarían semanas antes de que Tobias Reynolds regresara. ¿Cómo iba a resistir tanto tiempo sin información sobre sus orígenes?
La sonrisa de Edward la apartó de sus cavilaciones.
—No te preocupes. Me esforzaré para complacerte de otra manera. No descansaré hasta que estés completamente satisfecha. Hasta mañana.
Y tras esas palabras, se marchó. Al cabo de varios minutos, Bella se sintió lo bastante calmada como para hacer lo mismo.
Hacía una tarde preciosa. Un breve chubasco justo antes del amanecer había limpiado el aire de hollín, dejando el cielo de color azul pálido. Era el típico día que animaba a la gente a sonreír.
Pero Bella estaba nerviosa, lo que no era habitual en ella. Había pocas cosas que la alteraran. Generalmente, la razón le daba los argumentos que necesitaba para aceptar cualquier situación. Pero la atracción física era otro asunto. No había razones que la explicaran. Era una cuestión de instinto y quedaba fuera del reino de lo racional. Y, lo que era peor, no era inmune a ella, como había creído.
¿Qué iba a decirle a Edward, que la esperaba en el saloncito de las visitas para llevarla a pasear por la ciudad? Suspirando, se volvió y dejó de mirarse en el espejo de cuerpo entero. Tal vez lo mejor sería permitir que él llevara el peso de la conversación. Un hombre como Edward Cullen debía de tener experiencia en esas cosas.
Bajó la escalera con estudiada parsimonia, acariciando la barandilla mientras descendía con paso inseguro. Se reprendió una vez más por haber elegido el vestido amarillo pálido, uno de los pocos tonos pastel que la favorecían. Lo había escogido a pesar de que la doncella no lo había dejado a la derecha. ¿Qué pretendía ganar atrayendo la atención de Edward?
Aunque, por otro lado, ¿qué podía perder?
—Señor Cullen —dijo al entrar.
Aunque se había preparado para el efecto que verlo podía causarle, no le sirvió de nada. Su cerebro dejó de funcionar, mientras sus pies seguían caminando, haciendo que tropezara.
Edward, que se había levantado de la silla al verla entrar, se acercó de un salto y la sostuvo por ambos codos.
—Bella —la saludó, frunciendo el ceño.
—Gracias. —Ella se soltó y dio un paso atrás. Necesitaba un poco de espacio para recobrar el aliento.
Qué inquietantemente guapo era. Llevaba una chaqueta bien ajustada, de terciopelo verde oscuro, que combinaba perfectamente con el chaleco, verde pálido con bordados en hilo de plata. Los pantalones, de color beige, se ajustaban a sus fuertes muslos de jinete de un modo que despertaba en ella ideas poco respetables.
Pero eso era sólo el envoltorio. El hombre que había dentro era lo que más la atraía. El magnetismo que exudaba. La sensación de que en cualquier momento podía pasar algo extraordinario a su lado. Comenzó a notar cosquillas en los labios al recordar el apasionado beso que se habían dado la tarde anterior.
Buscó el reloj con la mirada para distraerse con algo.
—Llegas pronto —comentó, sintiéndose curiosamente complacida.
—Es culpa tuya. Has provocado el caos en mi agenda —dijo él, sonriendo para suavizar la dureza de su comentario.
Bella sintió un agradable calorcillo en el pecho.
—Estás preciosa —susurró Edward—. Quería tenerte unos momentos para mí solo antes de que tener que someterme a las normas del decoro.
—Se someterá a mis normas, joven.
Bella se volvió al oír a Regina, lady Collingsworth, que entraba en el saloncito como un torbellino. Era una mujer de mediana edad, muy rubia, de ojos azules y mejillas coloradas. Aunque tenía buen carácter, era decidida y testaruda. En ese momento, miraba a Edward con dureza.
—Es usted un tipo atractivo, señor Cullen —dijo, señalándolo con el abanico cerrado—. Apuesto a que está acostumbrado a saltarse las normas y a encontrar poca resistencia. Pero ya puede ir olvidándose de hacerlo aquí. Haga el favor de comportarse. Si quiere ser travieso, tendrá que ganárselo con algo más que encanto y una sonrisa.
Aunque lady Collingsworth no le llegaba a Edward ni a la barbilla, era evidente que sabía cómo manejarlo.
Bella hizo las presentaciones:
—Lady Collingsworth y su hijo nos acompañarán esta tarde.
Edward se inclinó ante ella haciendo una reverencia impecable.
—Encantado de conocerla, milady.
—Veremos si sigue diciendo lo mismo al final de la tarde.
Poco después se habían puesto en marcha en la cómoda calesa de lord Collingsworth. Regina y ella iban en un asiento y los hombres en el otro. Bella los observaba por debajo de su sombrero de ala ancha, tratando de resolver el enigma de por qué se sentía atraída por uno entre todos los demás.
¿Sería porque Edward también parecía sentirse atraído por ella? Si era por eso, tal vez la solución sería hablarlo abiertamente con él y pedirle que no fuera tan expresivo. Aunque tal vez sólo estaba siendo meticuloso en su trabajo. Al fin y al cabo, ella no era de esas mujeres que levantaban pasiones.
La idea la desanimó un poco.
Reprendiéndose por ser tan débil, dirigió su atención hacia lord Collingsworth.
Era el paradigma de la elegancia aristocrática; alto, esbelto, con labios delgados y severos y nariz aguileña. Tenía el pelo tan claro como el de su madre, pero carecía de la vivacidad de ésta.
Collingsworth había perdido a su esposa y a su hijo no nacido durante el parto, y con ellos había enterrado la alegría de vivir. Su pena se reflejaba tanto en la sobriedad con que vestía como en la parquedad de sus sonrisas.
Bella se preguntó por qué no podía encontrar alegría en las cosas que lo habían hecho feliz antes de casarse. Entendía su dolor por la pérdida de lady Collingsworth, pero no que hubiera perdido también el interés por sus aficiones de soltero.
Era evidente que a ella le faltaba información básica para poder llegar a una conclusión válida. A veces se desesperaba pensando que nunca lograría comprender la auténtica naturaleza del amor romántico.
Edward le dio un golpecito en el pie con la bota. Bella lo miró alzando las cejas.
Fijando la vista en ella, la obligaba a mirarlo a su vez.
¿Por qué le hacía eso? ¿No sabía que para ella representaba una tortura?
No, claro. Él no se sentía acalorado y confuso cada vez que la miraba. Él no sufría tratando de comprender por qué unir sus labios con los suyos había tenido efectos tan abrumadores en otras partes de su cuerpo.
Frustrada, se cruzó de brazos y miró a los carruajes con los que se cruzaban.
Esa vez, la bota de Edward le tocó el tobillo y ascendió por su pantorrilla.
Bella se olvidó de respirar. Sintió un escalofrío en la pierna que le subió hasta partes inmencionables. Se volvió hacia él con el ceño fruncido.
Edward le guiñó un ojo. Mientras la indignación crecía en el interior de Bella, él se pasó la lengua por el labio inferior en un movimiento lento y sensual. El aire volvió a abandonarla al recordar esa misma lengua en sus labios, acariciándola con habilidad y penetrando en su boca en clara imitación de otro acto de naturaleza aún más íntima.
Notó que los pechos se le hinchaban y le rozaban el corsé. El corazón se le aceleró y sintió un hormigueo en la piel. De pronto se le ocurrió que Edward la estaba excitando deliberadamente. A plena luz del día. En medio de la ciudad. A escasos centímetros de otras personas.
Él se llevó una mano hasta un botón de la chaqueta, pasando el pulgar sobre su borde. Bella no podía apartar la vista de sus dedos. Fascinada, se imaginaba que era a ella a quien estaba acariciando. En el hombro, tal vez. O en otra parte.
Edward debía de saber cuál era el mejor sitio para acariciarla.
Pensar en su habilidad y su experiencia la excitó aún más.
Tenía la cara encendida. Se removió en el asiento, tratando de encontrar una postura más cómoda y empeorando las cosas. Se llevó la mano a la garganta, frotándosela con disimulo para respirar mejor. Le pareció que llevaba el corsé demasiado apretado. Si no podía respirar pronto, se iba a marear.
La mirada de Edward se clavó entonces en sus senos, que subían y bajaban rápidamente. Bella sabía que tenía que apartar la vista de él y calmarse, pero no podía. Su cerebro había dejado de obedecerla.
Comprobó horrorizada que su cuerpo había dejado de funcionar como debía por el mero hecho de que Edward Cullen había decidido desnudarla con la mirada. Sabía que él la estaba recordando como la había visto la tarde anterior. A medio vestir. Fácil de desvestir.
La calesa se detuvo.
—Aquí estamos —exclamó lady Collingsworth con su alegría habitual.
Edward apartó la vista de ella dirigiéndola hacia Somerset House. Bella bajó la vista y vio cómo el pie de él salía de debajo de sus faldas.
No supo cómo llegó hasta el interior del edificio, porque cuando recuperó el uso de sus facultades mentales, estaban entrando ya en la exposición. La luz penetraba en la gran sala por los altos ventanales de medio punto. Las paredes estaban cubiertas de cuadros. Los marcos dorados casi se tocaban, ocupando todo el espacio.
Al acercarse a la parte central de la sala, Edward aflojó el paso hasta casi detenerse.
Bella lo miró, sorprendida al verlo totalmente absorto en una de las pinturas. Tenía la cabeza tan echada hacia atrás que el ala del sombrero le rozaba la espalda.
Ella miró a su alrededor y vio que la persona más cercana estaba a unos metros de distancia. De modo que, acercándose a Edward, susurró su nombre.
—¿Hum?
—¿Te acuerdas de que me dijiste que responderías a cualquier pregunta que tuviera, siempre y cuando estuviese relacionada con el presente?
—Sí —respondió él, sin dejar de observar la obra de arte—. Pregúntame lo que quieras.
Ella se aclaró la garganta.
—¿Quieres… quieres aparearte conmigo?
Él dio un brinco tan fuerte que ella saltó también.
—¡Bella! —exclamó, con los ojos abiertos como platos.
—No sé por qué te sorprendes tanto. Anoche me besaste, y después de tu comportamiento en el coche…
Edward se relajó y sonrió, dedicándole toda su atención.
—Perdóname. Es que me ha sorprendido tu elección de palabras en un sitio como éste.
—No pensaba que tendría que hablar de estos temas contigo, ni aquí ni en ninguna parte. Lo siento si no me expreso con propiedad, pero quería saber si podías dejar de provocarme de esa manera. ¿Lo que haces es una táctica para que nadie dude de nuestra relación o…?
—¿O quiero realmente aparearme contigo? —La sonrisa de Edward era cada vez más amplia—. ¿Es eso lo que quieres saber?
Bella asintió, nerviosa, a pesar de que su pregunta era totalmente lógica, dadas las circunstancias.
Él apretó suavemente la mano que ella tenía apoyada en su antebrazo.
—Quieres saber si estoy actuando o si realmente ardo tanto en deseos por ti que no puedo soportar que tú no sientas lo mismo, ¿es eso?
Ella apartó la vista. Planteado así, su pregunta sonaba ridícula. Edward era un hombre guapísimo. Al mirar a su alrededor, vio que varias de las damas presentes lo miraban disimuladamente de vez en cuando, comiéndoselo con los ojos. Podía tener a cualquier mujer que quisiera. Podía conseguir a una mujer encantadora, coqueta, experta…
—¿Señorita Swan?
Bella se volvió hacia el hombre que había interrumpido su conversación.
—Sir Richard —dijo con dificultad—. Qué agradable sorpresa.
Sir Richard Tolliver era un hombre corriente, ni joven ni viejo, ni alto ni bajo, ni gordo ni delgado. Tenía el pelo castaño claro y los ojos de un verde pálido. Era tranquilo y modesto, uno de sus pretendientes menos insistentes.
—¿Se acuerda de mi hermana, la señorita Amanda Tolliver? —preguntó sir Richard, mirando a Edward de reojo.
—Sí, por supuesto. Encantada de volver a verla, señorita Tolliver.
Bella hizo las presentaciones de un modo informal, pero cuando Edward se inclinó sobre la mano de la señorita Tolliver y ésta se ruborizó hasta la punta de su precioso pelo negro, su humor cambió drásticamente.
Sir Richard le dirigió una sonrisa forzada.
—Ya veo por qué rechazó mi invitación para venir a ver la exposición, señorita Swan. No sabía que tuviese un compromiso previo.
Bella se dio cuenta, sorprendida, de que sir Richard estaba disgustado. Lo había desairado, aunque ésa nunca había sido su intención. Había rechazado su invitación simplemente porque ellos dos no tenían nada en común y pensó que lo mejor para ambos sería ahorrarse la experiencia de pasar horas juntos sin saber de qué hablar.
Pero, claro, no podía decirle eso. La conversación entre miembros de la buena sociedad no tenía nada que ver con expresar lo que uno realmente sentía. Al contrario. Se trataba de encontrar temas seguros, cuanto más neutros, mejor. Y, para la mayoría, la verdad no era un tema neutro.
Mientras buscaba una manera educada de responderle a sir Richard, la señorita Tolliver pestañeó descaradamente mirando a Edward. Bella, que había abierto la boca para empezar a hablar, se quedó petrificada. De pronto entendió perfectamente cómo se sentía Tolliver y lo poco que la razón tenía que ver con ello.
¡Qué complicado era abrirse camino en el mundo de los sentimientos! ¡Era un auténtico pantano!
—¿Nos veremos esta noche en casa de los Lansing, sir Richard?
—Si usted va a asistir, señorita Swan, allí estaré.
—Si lo desea, me encantará reservarle el primer vals.
La sonrisa de Tolliver pareció iluminar la sala. Bella se asustó un poco por el renovado fervor de su pretendiente.
—¿Y usted, señor Cullen ? —preguntó la señorita Tolliver—. ¿Asistirá también? ¿Le guardo un baile?
Bella sintió que Edward se tensaba bajo su mano. Al ver que tardaba en responder, se dio cuenta de que no sabía qué decir. La verdad que a ella le había confesado con tanta facilidad la noche anterior, no era algo de lo que presumir ante desconocidos.
—El señor Cullen se lesionó ayer —mintió entonces por él—. Su caballo le pisó el pie. Puede caminar, pero el médico le ha prohibido bailar.
—Oh, lo siento mucho. —La señorita Tolliver parecía sinceramente apenada—.Espero que se recupere pronto, señor Cullen.
Edward asintió y, tras despedirse de los dos hermanos, se llevó a Bella de allí con un ímpetu que ponía en duda la excusa que ella acababa de inventar. Al llegar a un rincón, se detuvo y se quedó mirando el cuadro que tenía delante, mientras daba golpecitos en el suelo con el pie.
—El baile que le has concedido a Tolliver era mío.
—Pero si tú no sabes bailar —replicó ella, confusa.
—Hace un momento me estabas preguntando si quería estar dentro de ti —susurró él, con rabia— y al momento siguiente estás animando a otro hombre que está claramente interesado en ti.
Asombrada por la reacción física que las palabras de Edward le habían provocado, clavó la vista en el mismo cuadro que él, tratando de comprender su enfado.
—No lo estaba animando —explicó—. Me ha dado lástima. He comprendido que se estaba sintiendo… marginado.
Edward alzó una ceja y esbozó una irónica sonrisa.
—¿Comprendes cómo se siente él pero no cómo me siento yo? ¿Cómo puede ser?
—Es obvio que a la señorita Tolliver le gustas, igual que es obvio que es bonita y encantadora. La había visto varias veces, pero hoy ha sido la primera vez que me ha molestado que tenga esas cualidades.
Edward guardó silencio.
No muy segura de si eso era bueno o malo, siguió hablando:
—Sir Richard ha debido de sentir algo parecido al verte. ¿Cómo competir con alguien como tú? No creo que haya nadie en el mundo que se te pueda comparar. Ese pobre hombre tiene que haber sentido un complejo de inferioridad tan enorme que me ha parecido que lo mínimo que podía hacer por él era ofrecerle un baile.
La cara de Edward permaneció impasible, pero tras una larga pausa le preguntó:
—No eres consciente de que el mundo acaba de moverse sobre su eje, ¿verdad?
Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo
¶Love¶Pandii23
