No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.


Orgullo y Placer

9

Edward observó a Bella mientras ésta miraba a su alrededor buscando pruebas de lo que él había dicho. Verla le provocó una ternura tan grande que incluso le impidió hablar durante unos momentos.

Bella volvió a mirarlo con atención.

—Pues no parece que lady Collingsworth se haya dado cuenta tampoco.

—Ah, Bella —murmuró él con afecto—. Lynd me advirtió que me volverías loco.

Tenía razón, como siempre.

Ella frunció los labios con fuerza.

—Empiezo a pensar que soy tonta —se quejó—. Llevo todo el día sin entender nada.

A Edward su confusión le resultó adorable. Ojalá pudiera comportarse con más delicadeza, pero no era un hombre delicado. Aunque al oírla hablar de apareamiento le había chocado el término, ahora le parecía muy adecuado. Su deseo por ella se había desatado; le ardía la sangre y no sabía cómo iba a poder aguantar. Si hubieran estado solos, se la estaría follando allí mismo. Se estaría apareando con ella. Le clavaría la polla hasta el fondo para que no le quedara ninguna duda de que su interés era sincero, no una actuación.

Echó los hombros hacia atrás, tratando de librarse de la tensión. No podía hablarle de sexo en ese momento, ni siquiera para aclarar sus dudas. Estaba demasiado excitado. El discurso le saldría demasiado grosero y la asustaría con su vehemencia.

Y no estaba seguro de que ella quisiera lo mismo que él. Sabía que el cuerpo de Bella lo deseaba. Ver su reacción en el carruaje había sido la experiencia más excitante de su vida. Pero, al mismo tiempo, estaba abrumada. No pensaba con claridad. Y ella necesitaba tomar una decisión racional antes de meterlo en su cama.

Lo estaba mirando con desconfianza.

Edward la invitó a seguir andando. Necesitaba ponerse en movimiento. No se le escapaba el hecho de que Bella lograba ponerlo en ese estado sólo hablando. No necesitaba ni mirarlo ni tocarlo, sólo decir unas palabras inocentes y sinceras.

—Quiero que me enseñes a bailar.

—¿De verdad? —El entusiasmo de Bella fue la mejor de las recompensas.

—Sí, como compensación por darle mi baile a otro hombre. —Y, de paso, conseguiría que pasaran más rato juntos.

La sonrisa de Bella era un espectáculo delicioso.

—Debo advertirte que no soy buena enseñando. Ni a bailar ni a nada. Me falta paciencia. Me canso en seguida.

—Bueno, yo aprendo rápido —le aseguró él para convencerla.

Pensaba compensarla de otras maneras, pero era pronto para decírselo.

—De acuerdo. Valdrá la pena intentarlo.

Al volver a mirar los retratos colgados en la pared, Edward reconoció que estaba disfrutando de la exposición. No solía ir a éstas porque no le gustaban las aglomeraciones. En ese momento la sala estaba casi llena, pero la gente hablaba en voz baja, por lo que el ruido no era molesto.

No debería sentirse cómodo. Era un chucho entre perros de raza, pero Bella lo hacía sentir como si tuviera derecho a estar entre ellos. A él eso le daba igual, siempre y cuando pudiera estar a su lado.

—¿Cuál es tu cuadro favorito hasta el momento?

—Creo que ése —respondió Edward, señalando la imagen de un caballo al galope—. Casi se puede sentir el viento al mirarlo.

—El mío es ése. —Bella tiró de Edward hasta llegar frente al retrato de una ninfa que bailaba con el pelo al viento—. Hace falta mucho talento para transformar unos tubos de pintura en una imagen que parece estar a punto de salir de la tela. Merece toda mi admiración.

—Me alegro de que hayas venido conmigo y no con Tolliver.

—Yo también —respondió ella, apretándole el brazo.

Siguieron visitando la exposición con calma, deteniéndose cada pocos pasos para admirar las numerosas obras que llenaban las paredes.

Tras una hora, Bella se excusó:

—¿Te importa si te dejo solo un momento?

El primer impulso de Edward fue decirle que no.

—Sólo un momento —respondió al fin.

Ella se marchó. Él pensaba que iría a hablar con algún conocido o a comentar alguna cosa con lady Collingsworth, pero lo que hizo fue salir de la sala. La siguió para asegurarse de que estaba a salvo.

Sin embargo, lady Collingsworth lo interceptó hábilmente.

Edward la saludó con una inclinación de cabeza.

—Me gustaría que nos conociéramos mejor, señor Cullen —dijo la mujer, agarrándose de su brazo con una mano e indicándole que siguieran caminando con el abanico que llevaba en la otra.

—¿Ah, sí? —Edward se volvió hacia la salida, a tiempo de ver que los hermanos Tolliver se marchaban.

—La madre de Bella era una buena amiga mía. Tras la muerte de la querida lady Georgina, la tomé bajo mi protección. La quiero como si fuera mi propia hija.

—Es una joven excepcional.

—No tan joven —replicó ella, con una mirada cargada de intención—. Lleva seis temporadas sin obtener resultados.

—Porque Bella así lo ha querido. Pero es joven y no sólo en años. Por lo que respecta a las emociones se comporta como una niña.

—Cualquiera diría que la conoce bien, pero yo no había oído hablar de usted hasta ayer. ¿Por qué está aquí, señor Cullen ? ¿Y cuándo piensa volver al lugar del que vino?

Mientras doblaban una esquina, Edward consideró qué respuesta debería dar. Una mentira apresurada podría traerle problemas a Bella.

—Estoy aquí por negocios.

—¿Es usted un hombre de negocios? —Lady Collingsworth se apartó lo suficiente para examinarlo de arriba abajo—. Parece que no le van nada mal.

Él sonrió.

—¿No perseguir a la señorita Swan por su fortuna me da puntos ante usted?

—Depende de cuál sea la auténtica razón por la que la persigue. No estoy ciega.

He visto cómo la mira.

—Yo tampoco estoy ciego.

—¡Qué descarado! —lo reprendió la dama, con los ojos brillantes—. ¿Cuáles son sus intenciones?

Edward se quedó mirando un cuadro del tamaño de medio carruaje, mientras pensaba la respuesta. Finalmente, se decidió por una explicación neutra:

—Quiero que esté a salvo y feliz.

Pero a pesar de lo que afirmaba, sus intenciones podían poner en peligro tanto la felicidad de Bella como su seguridad. Sin duda, ella estaba más tranquila ignorando las pasiones que nublan la razón. Su simple trato ya la había hecho sentirse desorientada y con dificultad para razonar.

—Unas intenciones excelentes —sentenció lady Collingsworth—. No podría estar más de acuerdo con usted. ¿Puedo sugerirle que haga su proposición cuanto antes?

Sería fantástico que pudiera disfrutar de unas cuantas semanas en sociedad como mujer prometida.

Él sintió que los hombros se le volvían a tensar, pero por otro motivo. Con cautela, respondió:

—No sé si sería el candidato más adecuado para ella.

—Ya veo. —Durante unos momentos, lady Collingsworth se limitó a tamborilear con los dedos en su brazo—. ¿Sabe, señor Cullen , que puedo contar con los dedos de una mano las veces que he visto sonreír a Bella en público?

—Es cierto. No sonríe mucho —respondió Edward, con una gran sensación de triunfo por la radiante sonrisa que ella le había dedicado ese mismo día.

—Le sugeriría que deje a Bella elegir con quién quiere estar segura y feliz. En los negocios es necesario especular, pero en los asuntos del corazón, eso a menudo lleva a equivocarse.

—Lo tendré en cuenta.

La mujer lo miró con una media sonrisa.

—Ya veo qué le gusta de usted, señor Cullen . Sabe escuchar. Sospecho que no se fía de lo que le cuentan; que prefiere oír las cosas de primera mano.

Habían dado la vuelta. Al volver al lugar de partida, lady Collingsworth lo soltó. Tras una apresurada reverencia, Edward salió de la sala a toda prisa, sólo para volver a ser interceptado, esta vez por lord Westfield, que estaba a punto de entrar en la exposición del brazo de una rubia de aspecto delicado.

—Caramba, Cullen —exclamó su amigo, a modo de saludo—, ¿adónde vas tan de prisa?

El conde se inclinó hacia su compañera y le susurró algo al oído. Cuando alzó la cabeza, ella sonrió y lo miró con una expresión que prometía todo tipo de cosas deliciosas. La joven entró en la sala dejándolos a solas.

—La señorita Swan ha salido hace unos minutos —comentó Edward.

—Y tú la estás siguiendo con notable impaciencia.

—Es la segunda vez que me interrumpen. —La mirada que le dirigió le dejó claro quién era el culpable de la segunda interrupción.

—Bien, en ese caso, lo mínimo que puedo hacer es indicarte el camino al tocador de señoras. Supongo que es allí a donde te dirigías. A menos que la hayas asustado y se haya marchado del edificio. Reconozco que cuando frunces el ceño de esa manera, me asusto hasta yo.

Edward gruñó.

Westfield se echó a reír y le dio unas breves indicaciones. Él agradeció la información, pero no tanto la diversión que su amigo estaba obteniendo a su costa.

Llevándose los dedos al sombrero, fue en busca de Bella. Llevaba varios minutos sin verla. En algunas mujeres eso no llamaría la atención, pero era demasiado tiempo para una mujer que no prestaba atención a su aspecto. Al volver una esquina, le llegó el sonido de su voz, aunque no la veía, pues una estatua se interponía entre ellos.

La estatua, una figura masculina, estaba en el centro de un pasillo, sobre una plataforma movida por rodillos. Bella les estaba explicando a los trabajadores con calma y eficiencia que una de las ruedas se había encallado en la guía.

Edward se dirigió hacia allá negando con la cabeza. Qué típico de ella estar ofreciendo consejo sobre temas de ingeniería, aunque fuera a una escala tan modesta.

Sonrió con afecto.

Bella lo había acusado de ser un hombre inclinado a las actividades físicas, y no le faltaba razón. Pero, al parecer, una mente rápida le resultaba tan atractiva en una mujer como su cuerpo desnudo.

—Señorita Swan —la llamó.

—Señor Cullen —dijo ella, asomándose por detrás del muslo de la estatua—.Llevo viéndole el trasero a esta estatua varios minutos. Al parecer, se ha trabado una rueda.

—¿Cree que podría rodearla, apretándose un poco contra la pared? —preguntó Edward examinando el espacio.

Lo cierto era que no había demasiado. El pasillo era amplio, pero la estatua era enorme.

—¿Hay otro modo de salir de ahí? —les preguntó a los dos sudorosos trabajadores que trataban de meter la escultura en una salita adyacente.

—Sí —respondió el más alto de los dos, aprovechando para sacarse un pañuelo del bolsillo y secarse la frente.

El otro hombre, que aparentemente no quería detenerse ni siquiera en deferencia a una dama, dio un fuerte empujón a la plataforma. La rueda se desencalló y la estatua se tambaleó hacia delante. La madera crujió amenazadoramente y una de las gruesas cuerdas que aseguraban la escultura se rompió. El sonido que hizo al romperse recordó un latigazo.

Horrorizado, Edward vio que la estatua caía hacia ella.


Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo

¶Love¶Pandii23